No recuerdo que fecha era, si era de día o de noche, no lo sé, quizás llovía y creo que hasta hacía un poco de frío...Bueno, tampoco estoy segura. Lo que sí recuerdo con claridad es que ese día recibí el ultimátum que oscurecería mi vida.
Recuerdo la carta deslizada debajo de la puerta y el sello de la universidad estampado en el sobre, solo eso; así que no me pregunten por el contenido, porque no lo memoricé, mejor pregúntenme por cómo me sentí, porque aún me estoy sintiendo fatal.
Todas las noches el insomnio me controla y consume mis sueños, me cuesta esforzarme en mis estudios y poder concentrarme en clases; es que todo se ha tornado tan difícil para mí... Ya son más de dos meses intentando conseguir un pequeño préstamo, me siento frustrada al ver cómo me rechazan en cada intento de conseguir un trabajo. Podría aceptar cualquier cosa, no importa, me urge encontrar algo que me ayude a pagar el alquiler de este apartamento y las letras atrasadas de la universidad, sino no podré regresar a clases y hasta podría perder un lugar en la ceremonia de graduación de este año. Por lo que decía en esa carta, la universidad no pretende darme más plazo para pagar, solo tengo diez días para abonar, por lo menos, el monto más atrasado de mi deuda.
Un minuto de silencio por mi situación económica...
Esta es otra de esas noches en la que se me hace difícil dormir, dar vueltas en la cama no es que me ayude en algo, así que decido levantarme y ponerme ropa para salir: un sweater de lana lila que en el pecho borda la marca Gucci, unos jeans que se ajustan hasta la cintura y unas zapatillas blancas. El reloj que está sobre mi mesita de noche marca las 1:00 de la madrugada, a estas horas solo hay farmacias y bares abiertos. Sé que mi mejor opción es ir a la farmacia y comprar pastillas para dormir, pero no tengo pensado volver a consumirlas, ya lo he intentado antes y no me ha funcionado, estos dos últimos días solo he logrado dormir con mis venas alcoholizadas y mis sentidos vueltos un etcétera.
Salgo del edificio residencial y al instante soy abrumada por el intenso olor a azucenas que transita por todo el floreado y estrecho callejón, no comprendo por qué en las noches aumenta tanto el olor de estas flores, me parece demasiado empalagoso para mi gusto, jamás podría acostumbrarme, aun cuando llevo años viviendo en esta calle; no ha sido nada fácil permanecer aquí, y no lo digo solo por las detestables azucenas, sino también por lo costoso que ha resultado vivir en Kensington. Resido en un área lujosa que alberga elegantes edificios victorianos y que deslumbra por su arquitectura sofisticada. Aquí todos los residentes parecen amar los jardines, y como nadie tiene patio para sembrar, lo que hacen es llenar todos los edificios de masetas y enredaderas llenas de flores; y es en el verano cuando las malditas azucenas florecen para prender todo el callejón con su jodido olor silvestre...Sí, como se habrán dado cuenta, tengo un pequeño problemita con el olor de las azucenas, y tengo que aguantármelo porque estoy cerca del mejor campus de negocio de todo Londres, sí que vale la pena, porque no me toma mucho tiempo llegar a la universidad.
Mientras voy saliendo del callejón voy recordando aquellos tiempos en el que tenía un empleo y me daba para pagar los costos de esta vida. Solo fueron cuatros meses viviendo como una asalariada feliciana, ahora soy de las que corta el tubo de pasta dental para embarrar el cepillo de diente con lo último que queda, de las que le echa agua a la botella del champú.
Camino un par de cuadras y me detengo frente a la puerta del bar que frecuenté ayer. En mi mente se proyecta la nota mental que guardé luego de salir corriendo de este lugar: No iniciar platicas de política en un bar lleno de borrachos. Recuerdo que minutos después surgió la madre de las trifulcas y que el dueño se vio obligado a cerrar este lugar más temprano de lo normal.
«Mejor no entro aquí, de seguro el bartender aún recuerda mi cara».
Dejo atrás aquel bar y sigo avanzando bajo la luz de la luna, rumbo a un bar holandés que visité hace días. La calle está desierta, por tal razón no dejo de ir precavida en cada paso que doy. No dejo de observar a mi alrededor, en cualquier momento podría aparecer un asaltante y no tengo a nada para defenderme. Mi valentía parece haberse quedado en el callejón junto con las azucenas.
Por suerte, llego sana y salva frente a la puerta del bar holandés. Hoy veo más autos estacionados al lado de la acera, muchos más de lo normal. Levanto la mirada y observo que en la parte alta de la entrada hay un gran letrero pintado en tela.
-Vive la final de la Eurocopa 1988 -leo en voz baja.
Cierto, recuerdo que, por la tarde, en la clase de contabilidad, escuché a unos compañeros hablar sobre el partido final de la Eurocopa, dijeron que estaba jugando Países bajos contra Unión Soviética, y que Países bajos iba ganando.
«El bar debe estar repletos de holandeses alborozados... Fantástico».
Solo hago entrar al bar para que la algarabía holandesa sacuda con gritos y cánticos alegres cada uno de los tejidos que conforman mis tímpanos, a duras penas puede escucharse el enérgico rock When It's Love, de Van Halen; es más alto el volumen de la felicidad de los holandeses que cualquier otra cosa, y es entendible, pues cualquier europeo estaría extasiado luego de la victoria de su país en la final de una Eurocopa.
Cuerpos sudorosos y rostros sonrojados debido a la gran ingesta de alcohol, el aire huele a cebada germinada y a tabaco con menta, y mientras me doy paso entre las personas, empiezo a sentirme un poco incómoda al sentir varias miradas lujuriosas encima de mí.
-Mi amor, ¿necesitas compañía? -alguien dice sobre mi oreja. No puedo evitar asquearme ante aquel aliento alcohólico.
-Mantente lejos de mí -advierto viéndole de reojo y avanzo dejándole atrás.
Es difícil caminar aquí dentro, hubiera preferido encontrar el bar vació, pero no importa, esto es lo más cercano que tengo para olvidarme de todo por un rato.
Al llegar a la barra, me siento en uno de los taburetes que están libre y espero a que el bartender termine de atender a las otras personas que llegaron antes que yo.
Un par de minutos después, el bartender se fija en mí.
-Señorita, ¿qué le sirvo?
-La mejor cerveza holandesa que tengas.
-No se diga más. -Me guiña un ojo y luego voltea para buscar el barril y servirme el trago.
El bartender pone el espumoso vaso frente a mí e inmediatamente lo levanto de la barra para dar mi primer trago. No es la primera vez que pruebo esta cerveza, es muy buena, y lo mejor de todo es que pega rápido.
-Yo... no puedo mantenerme lejos de ti, muñeca. -Vuelvo a sentir el mismo aliento alcohólico llegando tras mi nuca.
«Tremendo asco».
Volteo a verle con un inevitable gesto repulsivo y echo el rostro hacia atrás para mantener distancia frente a él, es el mismo borracho de hace un rato.
-Aléjate de mí, imbécil -exijo a regañadientes.
De repente, sonríe inesperadamente.
-¡Feliz año nuevo, hermosa! -grita y trata de verse seductor mientras levanta el trago en el aire.
Borracho de mierda, estamos en junio. De seguro ya ha olvidado hasta su nombre.
Recorro su cuerpo con la mirada. Ni tan siquiera es guapo el condenado, pero debo aceptar que sí hay algo en él que me resulta curioso, es increíble como los iris de sus ojos se distancian uno de otro, el iris derecho al este y el izquierdo al oeste... Y no creo que esté bizco.
-Sabes, la persona que está escribiendo la historia de mi vida debe estar igual de borracha que tú.
Se queda tambaleando y sonriente detrás de mí, como si no hubiese percibido mis últimas palabras. Yo le ignoro por completo y regreso mi mirada hacia el apuesto bartender que está del otro lado de la barra.
De repente, siento unos robustos y sudorosos brazos rodeando mi cintura.
-Quiero que te vengas conmigo esta noche -el borracho susurra en mi oído.
Su atrevimiento me espanta y me enoja tanto que hasta termino dándole un codazo en la nariz, él borracho holandés pierde el equilibrio y cae al piso mientras se lleva las manos al rostro y se revuelca del dolor. Intento huir de la escena, pero antes soy interceptada por otros dos hombres igual de enormes que él. Uno de ellos me agarra del cuello del sweater y con rudeza me jala hacia su frenético rostro.
-Hija de perra -me insulta mientras se mantiene viendo dentro de mi sweater-, te crees muy machita para golpear a mi amigo ¿eh?
«Mierda... Estoy en problemas».
Somos sorprendidos por una delicada y larga mano femenina que agarra el brazo de aquel borracho y muestra claras intensiones de detener la agresión hacia mí.
-Quita tus callosas manos de esta perfecta réplica Gucci -dice la mujer al referirse a mi sweater.
Fijo mis ojos en ella, en la espléndida, alta y elegante rubia de ojos claro que está parada al lado mío, tiene una larga cabellera muy bien cuidada, viste ropa oscura de cortes finos y claramente costosa. Es una mujer que irradia seguridad, podría ponerle como unos 30 años.
-Señora Hikari... -El borracho suelta mi sweater y se muestra asustado frente a la mujer-. Disculpe usted, no sabía que era su amiga.
Todas las personas, que han puesto su atención en ella, la observan con mucha admiración, se siente la oleada de respeto que absorbe esta mujer. Ella debe ser alguien muy importante.
-Sí sabes que tengo poder para echarte de este bar, ¿verdad?
-¡Sí, señora!
-Entonces espero y no vuelvan a tan siquiera mirarla. Si la sigues viendo de esa forma tan obscena harás que sus enormes pechos parezcan pezones empacados al vacío.
La rubia sacude su mano para indicarles que se alejen y ellos obedece al instante, agarran al borracho que está tirado en el piso y lo arrastran por todo el suelo hasta desaparecerlo de nuestras vistas.
Aquella mujer regresa a mí y es ahora cuando sus ojos conectan con los mío, su rudo rostro se transforma en una amplia sonrisa que podría relajar hasta a la persona más tensa, como si con ello me asegurara que todo va a estar bien.
-No sé cómo le hiciste, pero gracias -le agradezco y luego tomo un gran respiro.
-Si conocieras quien soy, sabrías que no necesitaba hacer algo. -Me extiende su mano y con cierto donaire se presenta-. Mi nombre es Murgosia Hikari, pero puedes llamarme Murgos.
-Mucho gusto, Murgos. -Estrecho su mano y también me presento-. Mi nombre es Miriam Douglas.
-Miriam, como tu salvadora, deberías agradecerme haciéndome compañía en lo que resta de la noche, no siempre veo chicas de porte elegante en este bar.
-¿Me estás coqueteando, Murgos? -pregunto y sonrío coqueta.
-Ya quisieras, mendiga de media noche -Trata de insultarme usando un tono jocoso-. No me gusta amasar tortilla, yo prefiero el tabaco de carne.
Murgos suelta un par de risas y luego señala hacia la parte alta del bar, a lo que para mí siempre fue, el área VIP.
-¿Quieres subir? Podrías conocer personas muy importantes.
Desde aquí abajo se nota la clase de personas que ocupan el área VIP, la mayoría son hombres que visten igual de elegante que Murgos.
Le regresa la mirada y la veo con un rostro pasivo. Creo que no hay manera que yo termine rechazando su propuesta. Muero por subir a aquella zona y conocer a todos esos hombres con rostro de chequera. Así que asiento a su invitación y nos ponemos en marcha.
Luego de subir el último escalón del área VIP, veo a cuatro hombres rodeando una mesa que soporta varias botellas de vinos, todo visten trajes de etiqueta, zapatos excesivamente lucrados, peinados acicalados y un olor a tabaco que se mezcla con una suave y exquisita fragancias de Christian Dior.
No nos sentamos con los radiantes caballeros, Murgos termina sentándose en una mesa que está distante a ellos. Yo me siento frente a ella sintiéndome un poco intrigada y desilusionada.
-Creí que estabas con ellos -digo muy cerca de su oído, el escándalo del bar me obliga alzar la voz.
-Sí estoy con ellos... Es más, ellos están aquí por mí.
Me causa gracia lo presumida que es esta chica.
-Te sientes riquísima, ¿eh?
-No me siento, lo soy. -Murgos se sonríe de medio lado.
-Ojalá yo tuviese la autoestima que tú tienes -me lamento recordando el caos que hay en mi vida.
De repente, un mesero llega a nuestra mesa para dejarnos un par de copas y una botella de vino, él abre la botella y sirve las copas hasta la mitad.
Murgos agarra su copa y toma un trago.
-¿Esa misma autoestima es la que te trajo aquí?
-Vine aquí en busca de alcohol para desconectarme de los problemas.
-¿Problemas económicos?
-¿Por qué crees que es económico?
-Porque es el problema que más golpea a la humanidad.
-Buen punto...
Agarro mi copa de vino y tomo de ella, es deliciosa y tiene un buen nivel de alcohol, no me molestaría embriagarme a punta de un buen vino, siempre y cuando Murgos siga patrocinándome esta noche.
-¿Conocerás de alguien que pueda ofrecerme un préstamo? -Dejo la copa sobre la mesa y continúo-. Pareces conocer gente con mucho poder adquisitivo.
-¿Tienes empleo?
-Estoy desempleada.
-¿Entonces como pretendes pagar un préstamo?
-Bueno..., tenía pensado hacer una venta de patio frente a mi casa...Claro, no sería una venta de patio, porque no tengo patio, sería una venta de callejón.
Murgos se me queda viendo inexpresiva y luego vuelve a beber de su copa de vino.
«Doy es pena... En serio, ¿venta de callejón?».
Murgos deja salir un par de risas que rayan en el cinismo mientras menea su cabeza con negatividad.
-Nadie te prestaría dinero con una garantía tan absurda. Lo primero que debes hacer es conseguir un empleo.
-¡Es lo que trato de conseguir! -me exalto controlando mi disgusto-, pero la mayoría de las vacantes exigen mínimo dos años de experiencia laboral, y yo no la tengo.
El estrés vuelve a apoderarse de mí. Hundo mis dedos dentro de mis esponjados risos y mantengo mi mirada agachada al tratar de reprimir mis ganas de llorar..., lo cual no ayuda, así que alcanzo mi copa de vino y vuelvo a tomar otro buche, uno grande.
-¿Cuánto te urge?
La pregunta de Murgos me hace fijarme en ella.
-Necesito doscientas libras.
-¿Y si te dijera que puedo hacer algo para que esta noche puedas conseguir trecientas libras?
-No quiero ser traficante de drogas -estipulo negando con la cabeza.
-No tiene que ver con drogas ni con nada ilegal, descuida.
-¿De qué trata?
Murgos gira la mirada sobre sus hombros y me hace dirigir mi atención en dirección a la mesa donde están los hombres de traje elegante.
-Ese hombre de corbata morada es mi cliente, está esperando a una chica que va a ofrecerle servicios sexuales, pero ella se ha demorado en llegar. Necesito hacer algo rápido, porque no puedo perder a ese cliente, ya que es alguien sumamente importante para mi negocio. Estamos hablando de un gran y apuesto empresario que solo buscan conseguir una noche de diversión, nada más.
-¿Sugieres que me prostituya? -le cuestiono con cierta molestia.
-No lo veas de esa forma, sino como una noche de parranda que al final te dejará un extraordinario encuentro sexual y hasta algo de dinero... No es que te vayas a dedicar todos los días a ser una trabajadora sexual, amiga.
Trato de enfocar mi mirada en el rostro de aquel hombre para capturar el mínimo detalles en sus facciones y así validar si realmente se le puede catalogar como un apuesto empresario que amerita ser consumido. Nariz perfilada, tiene una sonrisa que deslumbra junto con una blanca y alineada dentadura, cejas gruesas y ojos profundos. Desde aquí se ve buenísimo, realmente me ha llamado la atención.
-No puedo negar que es un sexy y suculento empresario -digo mientras me sonrío maliciosa-...No me molestaría tener una noche con él.
Acepto la propuesta de Murgos, porque también tengo necesidades sexuales y ya hace más de un año que nada de nada.
Antes de levantarse de la silla, Murgos me deja varios puntos claros: el cliente no tiene derecho a maltratarme físicamente y no puede ir a rin pelado. Me recomendó no dar mi información personal. También me ha pedido que, si el cliente llegara a preguntarme si soy una de las chicas de La rana que baila, que diga que sí; supongo que es el algún tipo de prostíbulo.
Murgos va hacia donde está el cliente, le susurra algo al oído y luego desvían la mirada hacia donde estoy sentada, el cliente se levanta de su silla e inmediatamente viene caminando hacia mí. Al llegar frente a mi mesa, me sonríe coqueto sin apartar sus ojos de los mío y luego me extiende su mano.
«Vamos», es lo que logro leer en sus labios.
No dudo en tomar su mano para levantarme de la silla, el hombre me hace entrelazar mi brazo con el suyo y luego salimos del agitado bar.
Ya estando afuera, ambos nos detenemos en la entrada del bar, a la orilla de la calle.
-Mi chofer llegará en un par de segundos.
-Ok.
La brisa fría de la noche y lo nerviosa que estoy hacen que un escalofrío recorra todo mi cuerpo hasta tensionarlo por completo; necesito relajarme frente a él, no puedo parecer inexperta en este tipo de encuentros.
Frente a nosotros se estaciona un elegante Rolls Royce que parece ser del año, carrocería negra, rines plateados y vidrios ahumados. El chofer baja del auto y corre hacia nosotros para abrirnos la puerta, agacha la mirada mostrando respeto frente a su jefe y luego nos permite entrar. Después de asegurarse de que ambos nos acomodáramos en el sillón trasero del auto, el chofer regresa frente al timón y enciende el motor.
El auto se pone en marcha en medio de la madrugada, con la calle despejada y los faros alumbrando hasta donde alcance la luz.
-A la suite de The Langham, Max.
El chofer levanta la mirada para verle desde el retrovisor central del auto.
-Como ordene, señor.
¡Oh, por Dios! ¿En serio dijo The Langham? Estamos hablando de uno de los hoteles más lujosos de Londres, jamás me imagine entrado a una de sus suites, es de esos lugares que siempre me han parecido inalcanzables por lo costoso que es... Este tipo debe estar podrido en dinero.
De pronto, lo tengo más cerca de mí, lleva su mano hacia el cabello que cae sobre mi oreja y empieza a jugar con unos de mis risos.
-Estas muy callada... ¿Cómo puedo llamarte?
Ahora puedo asegurar que el aroma a Cristian Dior viene de él.
-Mi...-«¡No Miriam, no des tu nombre!», pienso y enseguida una valla publicitaria de una barra de chocolate me da una idea-. Milkyway.
Malísima idea.
-¿Tu nombre artístico es el de una barra de chocolate? -me pregunta curioso.
-Sí.
-¿Por qué?
Su sonrisa es torcida y coqueta. Su atrevimiento se hace sentir con una suave caricia bajo mi entrepierna y logra que un corrientazo de excitación navegue hasta el interior de mi vagina.
-Po-Porque es lo que digo cada vez que pucho un pene. -digo y quedo sonrojada al instante.
El empresario se echa a reír sofisticadamente.
Fijo la mirada en el retrovisor del auto para ver si chofer también escuchó eso, y sí, sonríe como si reprimiera las ganas de reír.
El auto entra al valet parking del hotel y se estaciona frente a una majestuosa entrada de pilares altos y portón de cristal, el botones del hotel se acerca al auto y abre la puerta trasera para dejarnos salir. Luego de que el empresario baja del auto, el botones extiende su mano hacia el interior del auto y, con un gesto de caballerosidad, me ayuda a salir tomando mi mano.
Camino tras la espalda de aquel elegante empresario, al cruzar la puerta principal del hotel quedo maravillada por la finura del lugar, por primera vez en la vida logro admirar todo el lobby desde su interior, no desde afuera o a lo lejos como siempre lo he hecho; esto es exageradamente lujoso: gruesas columnas revestida con un blanco y deslumbrante mármol, piso igual de blanco junto con delicados detalles oscuros, y en el centro de todo el lobby una enorme lampara de cristal que alumbra en blanco led.
El empresario llega a la recepción, yo me quedo atrás de él.
-Tengo una reserva para hoy a nombre de Steve Smith.
La persona encargada de la recepción empieza a revisar su libreta de registro, luego levanta la mirada para responder:
-Listo, señor. -Hace una leve inclinación y de la parte baja del mueble saca una llave-. Esta es su llave. Que tenga una buena estadía -dice sonriente al entregársela.
Avanzamos hacia el elevador, subimos en él y en pocos segundos nos detenemos en el piso más alto del hotel. El empresario introduce la llave en la cerradura de la puerta y luego la abre.
Madre mía...
Aquí podría haberse hospedado la mismísima reina Isabel II.
Me da miedo entrar aquí y destruir alguno de esos jarrones que parecen haber sido barnizados con oro. La alfombra que está frente a mis pies me hace dudar si pisarla o no. Aquí dentro hay varios sofás que parecen haber sido robados del dormitorio de la reina. Y el hermoso paisaje nocturno de Londres que se deja apreciar desde los altos ventanales de la suite hace que se complete toda esta perfección.
De repente, el empresario me toma de una mano y jala de ella para hacerme pasar.
-Te comportas como si nunca hubieses pisado una suite.
Si supiera que hace años tuve un perrito llamado París, y que le puse ese nombre solo para engañarme cada vez que me decía que iba a pasear a París.
-Pues no -respondo en tono indiferente, engreída-, ya estoy acostumbrada a visitar este tipo de suite.
Pongo un pie sobre el costoso alfombrado y rezo al dios de la pobreza para que se olvide de mí, por lo menos, en los próximos minutos. El empresario no me suelta de la mano y jala llevándome hacia donde está una puerta caoba; al cruzarla, me percato de que se trata de una recamara matrimonial, en todo el centro de la habitación está una esponjosa cama Queen con su cabecera llena de cojines, paredes rosadas con estampado de otoño, sedosas cortinas doradas que cubren las largas ventanas, en el techo alumbra una lámpara en forma de candelabro y otras dos pequeñas sobre las mesitas de noches.
Mientras me mantengo contemplando la habitación, soy sorprendida por las escurridizas manos del empresario; desde la espalda, lleva sus manos sobre mi vientre y se adentra bajo el sweater para tocar mi piel, sus dedos empiezan a subir lentamente y con delicadeza transita sobre mis costillas haciéndome gemir de gozo. Sus manos se posan sobre mis pechos y los aprieta convirtiéndolos en la kriptonitas que hacen debilitar mis piernas.
-Espero y me des el mejor sexo de mi maldita vida. ¿Oíste, perra?
La idea de tener relaciones sexuales con un extraño no sonaba tan complicada hace una hora. Me da un poco de susto verle desprenderse del nudo de su corbata con tanta desesperación, como si se tratara de un león hambriento frente a una atemorizada cervatilla. No me extrañaría si, de repente, tirara un rugido y se lanzara sobre mí para devorarme con todo y ropa.
Le veo desabrochar los botones de su camisa y librarse de su cinturón; tardo un poco en reaccionar para también empezar a hacer lo mismo, levanto la basta de mi sweater hasta quitármelo por completo y me quedo solo con el oscuro sostén strapless que cubren mis senos, dejando a aquel hombre embelesado por el tamaño de estos. Él no pierde tiempo y de un solo bajón se saca el pantalón, dejando a la vista un boxer blanco que se amolda hermosamente hasta la parte baja de su entrepierna, lo cual me roba el aliento, hace que pierda el susto y me hace rogar para que aquella bocanada de aire no sea lo único que vaya a tragarme esta noche. Así que de inmediato desabrocho el botón de mi jean y dejo al descubierto mi braga de encaje negro y mis recién depiladas piernas. Por suerte me rasuré completita esta mañana.
El empresario se aproxima acompañado de una mirada lujuriosa, una sonrisa coqueta y unas evidentes ganas de tocarme. Por su pausada y prolongada respiración es evidente que está conteniendo las ganas de enloquecer con mi cuerpo. Se detiene frente a mí y lleva las puntas de sus dedos sobre mis hombros, luego baja deslizándolos lentamente hasta navegar entre el canal de mis pechos, engancha un dedo entre las copas de sostén y con su otra mano desprende los broches tras mi espalda. El sostén cae al piso, frente a nuestros pies.
-Tus tetas son hermosas... -alaga sin apartar la vista de mis pechos-. ¿Son reales?
-Claro, no soy una muñeca inflable -susurro en su oído y adentro mis pulgares bajo el elástico de su boxer-. Soy cien por ciento real, ¿quieres probarme?
Me agarra de la cintura y me empuja hacia la cama, caigo de espalda sobre el colchón y le espero acostada mientras le veo gatear hacia mí. Cuando ya lo tengo sobre mí, me agarra de las muñecas y aprisiona con unos fuertes agarres llevando mis manos por encima de mi cabeza.
-Sin ropa te ves mucho mejor -dice y luego lame sus labios-, en especial porque la que traías puesta era un montón de trapos viejos y de mala calidad.
-Irrespetuoso... -Levanto mi cabeza para atrapar sus labios entre mis dientes y, al lograrlo, muerdo su labio inferior dándole un estirón sin llegar a lastimarlo.
-Sin dudas, eres única. Eres la primera ranita dorada que no derrocha lujo.
«No entendí lo de ranita dorada, pero no importa».
Prensa la abertura de su boca sobre mi cuello y luego chupa suavemente, humedeciendo así la piel que recorre junto con el roce de su lengua. Suelta una de mis manos y la suya la lleva hasta mi pecho para iniciar una estimulante y excitante sesión de masajes. Sus labios y su lengua bajan desde mi cuello hasta mis hombros, sigue avanzando hasta llegar a mis pechos y permanece ahí chupando alrededor de mis pezones. Deja libre mi otra mano para usar la suya sobre mi humedecida zona íntima, sus dedos alcanzan un ritmo exquisito, una fricción casi nula; de repente, se detiene para tantear sus dedos chorreantes sobre mi rostro y luego sonríe como si hubiera alcanzado el mayor de los logros de la noche, pero lo que realmente me sorprende es ver cómo lleva sus dedos a su boca y los chupa como si se tratara de jalea de manzana.
«¡Diablos! Nunca nadie me había saboreado de esa manera». No puedo ocultar mi rostro asqueado.
Se baja de la cama para levantar su pantalón del suelo y del interior de un bolsillo saca un condón sellado. Aún acostada en la cama, contemplo el momento exacto en que se quita el boxer, abre el envoltorio del condón y lo enrolla en su erecto miembro, el cual no es exagerado ni tampoco deprimente, es decente.
El empresario regresa a la cama con su cabello despeinado y su cosita forrada; sus brazos cruzan bajo mis rodillas y me abre para darse paso. Sin ningún tipo de consideración me penetra profundamente.
-¡Maldita seas, eres bastante estrecha!
Al parecer, mi vagina le ha impresionado bastante, tanto que hasta ha tardado un par de segundo en iniciar con el estregón.
-No eres como las demás putas que me ha traído Murgos, las otras son de vagina floja.
¿Será que digo algo para ver si este tipo se caya? Está bajando mis niveles de excitación.
-¿Qué pasa? -pregunta entre jadeos-. De pronto te siento más dura.
-Si te cayas, de seguro podré relajarme -respondo un poco molesta.
Repentinamente, saca su espada de mi humedecida funda y me agarra de las caderas para darme vuelta y ponerme en cuatro. Vuelve a penetrarme, con sus manos aprieta fuerte mis senos y, sin soltarse, empieza dar varias estoqueadas.
No pasa mucho cuando le siento eyacular dentro del condón, lo saca y luego baja de la cama. Me quedo sentada en el colchón y me le quedo viendo en silencio mientras se aleja a, lo que creo es, el baño.
Regresa ya sin el condón puesto, agarra su ropa del piso y luego empieza a vestirse como si tuviera prisa y sin decir una sola palabra. Ni siquiera gira a ver cómo me dejó sobre la cama. Me hace sentir un poco extraña, esperaba que dijera algo referente al sexo que le acababa de dar. ¿Le gustó?... ¿Me dará propina?
Luego de acicalar su cabello frente al espejo que está a un lado de la mesita de noche, saca su billetera del pantalón y lanza un fajo de dinero sobre la cama, a un lado mío. No tardo en agarrarlo para contarlo.
«Trecientas libras. No hay propina... Bueno, ni modo».
-Gracias por sus servicios, ranita.
Me ha dado la sensación de que le ha hablado a mi vulva...
El empresario sale de la recamara, yo le sigo los pasos aun estando desnuda y desde la entrada de la recamara le veo cruzar la puerta principal de la suite.
Me ha dejado sola.
No estoy segura si también debería irme o si puedo quedarme hasta mañana, no sé por cuanto tiempo está reservada la suite. Aquel hombre ha dejado la llave sobre la mesita de noche y no me dijo nada al respecto.
Luego de darme un baño decido bajar hacia la recepción, solo para averiguar por cuanto tiempo ha sido reservada la suite. El recepcionista me confirma que la suite se reserva por noche, que tengo hasta el mediodía de mañana para entregar la llave.
No me dejó propina, pero si una noche en una suite. Nada mal.
Esta noche he disfrutado de la comodidad de aquella acolchonada cama, de la calidez de la suite y de una copa de champán mientras contemplo la belleza del paisaje nocturno Londinense a través de las altas ventanas de la habitación.
Esta noche dormiré sola en la enorme suite de un prestigioso hotel.
Ha pasado un mes desde que conseguí el dinero para pagar parte la deuda que tengo pendiente en la universidad. Un mes más buscando empleo, porque tengo claro el hecho de que todos los meses se suma una mensualidad a mi deuda y vuelvo a correr el riesgo de que no me dejen entrar a las clases.
Esta mañana, antes de salir del apartamento para ir a la universidad, recibí la misma carta donde me advierten de las consecuencias de no pagar parte de mi deuda dentro de quince días, por tal razón se me hace difícil concentrarme en mi clase de ingeniería económica; y mi amiga tampoco es que ayude mucho en mi concentración, no si sigue dando golpecitos con la punta de su bolígrafo sobre mi hombro.
Giro la mirada y echo la cabeza hacia atrás para escuchar lo que tenga por decirme. Danna se me acerca al oído y me susurra:
-El maldito italiano no deja de sorprendernos, esta mañana llegó en un hermoso Ferrari rojo.
-Lo odio, lo único que viene a hacer aquí es a presumir toda su mierda...
No estoy segura si Giovanni Paussini ha comprado a varios de los profesores como para llegar hasta el último año de la carrera, no conozco mucho de él ni tampoco hemos cruzado palabras -y espero no hacerlo-, lo único que sé de él es que es un estúpido engreído y que vive rodeados de personas que solo le buscan por su estatus social, porque para cualquiera es evidente que este tipo tiene mucho dinero.
-Amiga, míralo -Danna vuelve a susurrarme y me hace buscarlo con la mirada-, ni siquiera está prestando atención a la clase. ¿Cómo carajos es que está aquí?
Desde mi silla puedo ver que está dibujando el rostro de un niño y está utilizando un bolígrafo de tinta negra; no puedo negar que es un buen dibujante, lo cual no le es ventajoso en la carrera de negocios.
-Las desconcentradas somos nosotras, mejor prestemos atención a la clase...
La primera vez que vi a Giovanni Paussini me dejó impresionada con aquellas delicadas facciones en su rostro y me deslumbró con la noche polar que caracteriza la oscuridad de su lacio y abundante cabello, no puedo negar que también me interesó aquel lujo en el que vive, pero fue el verde y frío pantano que hay en sus ojos lo que me mantuvo alejada, esa frialdad con la que mira a las personas es intensa; a algunos parece no afectarle, pero a mí sí.
Meses después de observarle desde la distancia, me di cuenta que no es lo que busco en un chico, es demasiado presumido, indiferente y grosero; además, está rodeado de demasiados sangrones como para querer estar en su mismo mundo. Giovanni Paussini no es de buscarle el habla a las personas, las personas lo buscan a él, jamás deja que los demás sepan de sus calificaciones, pero los demás sí buscan hasta el mínimo pretexto para hablarle, aunque sea para bromear por una mala calificación; Giovanni Paussini no le importa el mundo, pero el mundo si parece interesado en él.
Luego de que la clase terminara, Danna me ha invitado a comer un helado. Ambas salimos del campus y caminamos por los jardines de la universidad rumbo a los estacionamientos, porque Danna tiene un auto, casi todos los estudiantes tienen uno, menos yo.
-¡Oh, mierda! ... Casi me olvido de entregarle mi investigación al profesor de mercadeo -dice Danna llevándose las manos a la cabeza-. ¿Me esperas un momento? No demoro.
Me implora con las manos, ella sabe que detesto que me hagan esperar.
-Claro, ve. Yo te espero.
Danna regresa corriendo al interior del campus y yo decido esperarla sentada en una banca que está bajo la sombra de un árbol, porque a nadie le me gusta aguantar sol.
Mientras espero por Danna, saco mi libro de contabilidad y empiezo a repasar los temas que vendrán en el examen de mañana. No pasa ni un minuto, cuando siento que alguien se sienta a mi lado, quedo muda al ver de quien se trata.
-Miriam Douglas -Giovanni tiene sus ojos puestos en mí, su rostro está demasiado cerca del mío-... Acabo de enterarme en rectoría que eres la studentessa de negocios con mayor índice -informa con suma seriedad, con aquel acento italiano-... ¿Pero adivina?... Estoy a punto de alcanzarte. -Se sonríe cínico-. Voy a adueñarme de ese primer lugar.
Este desgraciado... ¿De verdad es el segundo universitario con mejor índice académico?