Yo era la prometida de Bryant Barnes, el frío heredero de un imperio tecnológico. Nuestro compromiso fue una unión de conveniencia entre familias, una mentira perfecta para las revistas. Pero a puerta cerrada, nuestra vida era una guerra librada a base de dinero y humillación pública.
Esta se volvió brutal cuando su amante, Kalia, irrumpió en nuestra casa con sus amigos y me golpeó, pisoteándome la mano hasta rompérmela.
Por supuesto, presenté cargos, pero cuando Bryant llegó a la comisaría, solo echó un vistazo a mi cara magullada antes de pasarme por el lado para consolar a la sollozante Kalia.
"No montes una escena, Charlotte", me dijo, con voz irritada. Entonces hizo que los soltaran sin pensárselo dos veces.
La traición final llegó cuando Kalia me arrastró a un lago, sin que yo supiera nadar. Bryant se zambulló, nadó junto a mí para salvarla, y me abandonó mientras me hundía en el agua, dejándome allí para morir.
Por suerte, un desconocido me sacó. Fue en aquel momento cuando por fin lo entendí: no era que él fuera incapaz de amar, sino que no me quería. Por la persona que de verdad adoraba, destruiría a cualquiera. Por la que no, la daría por muerta.
Finalmente, los últimos rastros de mi insensato amor se convirtieron en cenizas. Tumbada en la cama del hospital, saqué mi celular y llamé al único hombre que me había mostrado bondad.
"Jaden", dije, con voz firme. "Estoy dispuesta a quemarlo todo hasta los cimientos".
Capítulo 1
Dentro del exclusivo círculo de la élite neoyorquina, Charlotte Glover y Bryant Barnes eran la pareja perfecta. Ella, la elegante heredera de la dinastía inmobiliaria Glover; él, el frío y brillante sucesor del imperio tecnológico Barnes. Sus fotos de compromiso aparecían en todas las revistas de sociedad, símbolo de la unión entre la fortuna ancestral y la nueva riqueza.
Sin embargo, detrás del flash de las cámaras, su vida se libraba como una guerra silenciosa y despiadada.
Bryant transfirió un millón de dólares a su amante, una modelo de Instagram llamada Kalia Barron, para un nuevo auto deportivo. Al día siguiente, Charlotte transfirió exactamente la misma cantidad a una fundación, destinándola a un fondo de becas.
El último becado fue un joven llamado Jaden Holt.
Luego, Bryant le compró a Kalia un apartamento con vistas a Central Park. Charlotte, por su parte, compró una casa histórica en West Village y la donó a un refugio para mujeres.
Toda esa competencia fue la comidilla de su círculo. Era un duelo extraño y tácito que se libraba con transferencias bancarias y gestos públicos.
En un momento, él estaba listo para adquirir una prometedora empresa de inteligencia artificial. Pero justo antes de cerrarse el acuerdo, AURA, la empresa de moda y tecnología de Charlotte, compró a la principal competidora, una empresa pequeña pero más innovadora, arruinando los planes de expansión del hombre.
"Son una pareja forjada en el infierno", susurraba la gente en las galas, con su mirada oscilando entre la sonrisa cortés de Charlotte y la expresión indiferente de Bryant. "Ella está obsesionada con él, y él no la soporta. Es una catástrofe que se desarrolla a fuego lento".
De hecho, tenían razón sobre la catástrofe, pero se equivocaban con la obsesión.
Charlotte estaba sentada en su despacho, con el horizonte de Manhattan extendiéndose ante ella. Todas sus acciones, todas sus represalias aparentemente insignificantes, tenían un único y desesperado objetivo: hacer que él la notara. Hacer que la viera como algo más que una socia en su matrimonio por conveniencia.
La raíz de todo eso era un recuerdo de cinco años atrás, un fragmento de conversación que nunca debió escuchar.
Bryant había estado hablando con su padre, Barnett. Su voz era fría, carente de toda emoción.
"¿Ella? Es una Glover. Eso es lo único importante. No finjas que te interesa algo más".
"Ha estado enamorada de ti desde que eran niños", había dicho su padre, con un interés distinto a los negocios en su tono.
"Eso lo hace más fácil", había respondido Bryant. "Ella hará lo que yo quiera".
Sus palabras habían destrozado algo dentro de Charlotte. Había amado desde que tenía memoria, de forma silenciosa y persistente, al chico brillante e inalcanzable que vivía en la casa de al lado. Cuando él la rechazó, no terminó con su amor, sino que lo distorsionó, convirtiéndolo en un reto. Era algo que ella tenía que lograr.
Entonces, pensó que si era lo bastante perfecta, exitosa, e implacable, podría ganarse su afecto. Era una enfermedad, una obsesión autodestructiva que confundió con fuerza.
Al momento siguiente, su celular zumbó, sacándola de sus recuerdos. Era Jaden Holt, el hombre que la fundación de su familia había enviado a Stanford. El prodigio de la tecnología que había convertido su beca en una empresa de capital riesgo de mil millones de dólares.
"Charlotte", su voz era cálida, un marcado contraste con la frialdad a la que ella estaba acostumbrada. "Volví a Nueva York".
Ella sonrió débilmente. "Bienvenido, Jaden. Escuché que has estado ocupado".
"No lo suficiente como para no enterarme de lo que pasa", dijo él, con tono serio. "Vi las noticias sobre Barnes Tech y Kalia Barron. Esto tiene que acabar".
La mujer apretó con fuerza el celular.
"Te amo, Charlotte", dijo Jaden, con palabras claras y directas. "Te amo desde hace años. Te mereces algo mejor que esto. Solo rompe el compromiso y déjame cuidar de ti".
Las palabras la impactaron como un golpe físico. Amor... Era una palabra que Bryant nunca le había dicho.
"Yo... tengo que irme", balbuceó ella, con la mente en blanco.
"Piénsalo", dijo él suavemente. "No tienes por qué vivir así".
Ella colgó, con el corazón acelerado. Luego echó un vistazo al apartamento de lujo que compartía con Bryant. Las paredes estaban llenas de fotos de ellos sonriendo a las cámaras, una galería de bellas mentiras. En todas las fotografías, los ojos de él se veían sin emoción.
Ya llevaban cinco años comprometidos, pero durante todo ese tiempo, Bryant había encontrado excusa tras excusa para posponer la boda. Si no era que estaba muy ocupado con el lanzamiento de un producto, era que el mercado se ponía demasiado volátil, o que su padre se ponía mal.
Pero siempre había algo.
Todavía recordaba su adolescencia, siguiéndolo en las fiestas, con el corazón destrozado por un amor que él nunca reconocía. También recordaba a los amigos de Bryant preguntándole por qué nunca le prestaba atención.
"Ella solo... se mantiene ahí", había dicho él encogiéndose de hombros, con una crueldad tranquila que la había hecho llorar durante toda una noche.
Pero luego, los intereses comerciales se alinearon. El imperio inmobiliario de los Glover necesitaba una inyección de tecnología, y la dinastía tecnológica de los Barnes necesitaba la legitimidad de una fortuna generacional. De repente, ella ya no era la mujer que "solo se mantenía allí". Ahora era un activo valioso. Una prometida.
El compromiso fue como una sentencia de prisión que ella aceptó voluntariamente, con la esperanza de que eso cambiaría a Bryant.
Pero no fue así.
Poco después del anuncio oficial, apareció Kalia Barron, una bella y astuta modelo que él patrocinaba y exhibía abiertamente.
Charlotte lo notó de inmediato: la forma en que sus ojos se suavizaban cuando miraba a esa mujer... era una calidez que nunca le mostraba a ella. Además, le compraba regalos, la llevaba de viaje y la protegía de las críticas.
Aun con todo eso, Charlotte intentó luchar. Solían tener discusiones furiosas y unilaterales en las que ella gritaba y él se limitaba a mirarla, con expresión impasible.
"¿Terminaste?", le preguntaba cuando ella estaba exhausta y ronca.
"¡Soy tu prometida!", había gritado una vez, con el autocontrol hecho añicos.
"Sí", había dicho él con calma. "Y me casaré contigo. Cumpliremos los términos del acuerdo. Pero no esperes amor, Charlotte, porque no voy a dártelo".
Ese fue el momento en que su esperanza debería haber muerto. Sin embargo, ella siguió aferrándose, ya que anhelaba el amor. Lo ansiaba.
¿Debía rendirse? La pregunta había resonado en su mente miles de veces. Pero simplemente no podía, pues lo amaba demasiado. O eso se había dicho a sí misma.
Ahora, al oír la sencilla y sincera declaración de Jaden, los cimientos de su mundo empezaron a resquebrajarse. Por primera vez, un camino diferente parecía posible. La vida era demasiado corta para pasarla persiguiendo a alguien que nunca la miraría.
De repente, la puerta principal emitió un pitido, procedente del panel numérico al desbloquearse. Charlotte frunció el ceño, ya que Bryant pasaría la semana en Silicon Valley.
La puerta se abrió y entró Kalia Barron, seguida de dos de sus amigos de aspecto rudo.
La chica sonrió con satisfacción y miró el apartamento como si fuera suyo. "Bonito lugar, aunque un poco frío. Necesita un toque femenino".
Charlotte se levantó, con la voz temblorosa por la ira. "¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?".
"Bryant me dio el código, por supuesto", contestó la otra, examinándose las uñas. "Dijo que debía sentirme como en casa".
Las palabras se sintieron como una puñalada en el corazón. ¡Él le había dado el código de su casa!
"¡Fuera!", dijo Charlotte, con voz grave.
Kalia se rio. "¿O qué? ¿Le llorarás a Bryant? Tú no le importas, bruja patética". Luego hizo un gesto a sus amigos. "Ella me está poniendo nerviosa".
De pronto, uno de los hombres agarró a Charlotte del brazo. Aunque ella forcejeó, él era demasiado fuerte. Entonces el otro le dio una bofetada.
El sonido resonó en la silenciosa habitación.
"Más fuerte", animó Kalia, con una sonrisa maliciosa. "Bryant dijo que ha sido una verdadera perra últimamente".
De ese modo, le dieron puñetazos y bofetadas. Finalmente, Charlotte se desplomó en el suelo, con el dolor recorriéndole el cuerpo.
Kalia se agachó, con la cara a escasos centímetros de la de ella. "¿Lo ves? No tienes nada. Él es mío".
Mientras se daba la vuelta para marcharse, le pisó deliberadamente la mano extendida. Tras un fuerte crujido, Charlotte soltó un grito ahogado.
El dolor era cegador, pero a través de él, oyó el sonido del ascensor que llegaba. Su equipo de seguridad, alertado por una alarma silenciosa, irrumpió. En cuestión de segundos, abordaron a los hombres y a una Kalia que gritaba.
"Llamen a la policía", jadeó Charlotte desde el suelo. "Presenten cargos. Por agresión y allanamiento de morada".
En la comisaría, los agentes parecían reacios. "Señorita Glover, tal vez podamos arreglar esto en privado. Un malentendido...".
"No", dijo Charlotte, con voz firme a pesar del dolor. Tenía la mano rota y la cara magullada. "Quiero que sean procesados con todo el peso de la ley".
Kalia, la actriz de siempre, ya estaba teniendo una llamada, diciendo con voz llorosa: "¡Bryant, ella está intentando hacer que me arresten! ¡Tienes que ayudarme!".
El hombre llegó en menos de treinta minutos. Mientras echaba un vistazo a las heridas de Charlotte, frunció el ceño durante una fracción de segundo. Era el único indicio de preocupación que esta vería.
Enseguida, ella lo miró, con sus ojos ardiendo en una silenciosa súplica de justicia. "Irrumpieron en nuestra casa y me agredieron. ¡Los quiero en la cárcel!".
Pero Bryant la ignoró. Al instante, se acercó al oficial jefe y habló en voz baja. El dinero y el poder se intercambiaban a través de las palabras. Con eso, los agentes, que habían estado tomando notas, apartaron de repente sus bolígrafos.
"¿Qué están haciendo?", preguntó Charlotte, alzando la voz.
"No montes una escena, Charlotte", dijo Bryant, con voz irritada. Luego se volvió hacia Kalia, que ahora sollozaba en sus brazos.
"¿Cómo puedes dejar que se vayan?", gritó Charlotte, con la voz quebrada. "¡Mírame! ¡Ella me hizo esto!".
"¡Basta!", dijo él, con un tono de enfado. "Solo detente".
El dolor crudo y desgarrador que había sido el constante compañero de Charlotte durante años surgió como un maremoto de agonía y traición. "¿Acaso tienes corazón, Bryant? ¿Sientes algo?".
Él se limitó a mirarla, con los ojos fríos y vacíos.
"Yo... La castigaré", dijo desdeñosamente, como si hablara de una mascota que se portaba mal.
Castigarla. La palabra era tan absurda, tan insultante, que casi resultaba graciosa. Tras sus palabras, Bryant abrazó a Kalia, le acarició el cabello y le susurró palabras de consuelo mientras la sacaba de la comisaría. No miró atrás ni una sola vez.
Al quedarse sola, Charlotte sintió que los últimos rastros de su amor por él parpadeaban y morían.
Después de salir a la fría noche, empezó a caer un aguacero repentino que la empapó en segundos, pero no lo sintió. El frío ya estaba dentro de ella, un profundo y definitivo escalofrío en su alma.
Todos los años de crueldad que él le dio, siendo la segunda porque prefería a Kalia, se unieron en una sola y cruda comprensión: nunca la amaría. Ni siquiera la respetaría.
La lluvia le lavó las lágrimas de la cara. Cuando llegó a casa, sacó el celular. Aunque sus manos temblaban, estaba segura de su propósito.
Al instante, buscó el número de Jaden y lo llamó.
"Jaden", dijo, ahora con voz firme. "Estoy lista para quemarlo todo hasta los cimientos".
En cuanto terminó la llamada con Jaden, una nueva claridad se apoderó de Charlotte. El dolor en los huesos y en la mano rota persistía, pero la niebla de su obsesión se había disipado.
Primero, se ocupó del daño físico yendo al hospital, en donde le enyesaron la mano y le curaron los hematomas, al tiempo que ignoraba las miradas de lástima de las enfermeras.
Luego se fue a casa y empezó a borrar al hombre.
Pasó la noche entera limpiando el apartamento de todo rastro de Bryant Barnes. Quitó las fotos enmarcadas, rompió los portarretratos e hizo trizas las imágenes. Todos los regalos que él le había hecho, (indiferentes y obligatorios para cumpleaños y fiestas), los metió en bolsas de basura.
Los trajes a medida de su armario, las colonias caras de su tocador, los libros de su mesita de noche... todo desapareció. Ella trabajó con una furia metódica, sintiendo una sombría satisfacción que crecía al desechar cada objeto. Al amanecer, el apartamento estaba medio vacío, reflejando por fin la verdad de su relación.
Bryant regresó a la mañana siguiente, esperando enfrentarse a otro de sus "episodios". Sin embargo, cuando entró, se detuvo en seco, mirando la sala de estar vacía.
"¿Qué demonios es esto?", preguntó con voz irritada.
"Estoy limpiando", dijo Charlotte, con voz tranquila. Estaba sentada en el sofá, tomando café, con la mano enyesada apoyada en el regazo.
"¿Todavía estás molesta por lo de ayer?", se burló él. "Te dije que me encargaría de Kalia. No necesitas hacer un berrinche".
"Esto no es un berrinche", replicó ella, sin mirarlo. "Solo me estoy deshaciendo de cosas que ya no necesito".
Él entrecerró los ojos, estudiándola. Supuso que era una nueva táctica que empleaba, desesperada por llamar su atención. A decir verdad, estaba tan acostumbrado a que ella luchara por él, que no podía reconocer que por fin había dejado de hacerlo.
"Tus amenazas no funcionan conmigo, Charlotte. Me da igual que tires todas mis cosas", le dijo con frialdad.
Ella finalmente se volvió para mirarlo, con una sonrisa leve y curiosa. Ahora que el amor había desaparecido, sentía una extraña sensación de desapego. "Tengo una pregunta para ti, Bryant".
Él esperó, molesto.
"¿Por qué aceptaste este compromiso? ¿Cuál fue la verdadera razón?".
"Ya te lo he dicho", contestó él, agitando una mano desdeñosa. "Es por nuestras familias. Fue una buena decisión de negocios".
"Una decisión de negocios", repitió ella en voz baja. Un peón. Eso era todo lo que ella había sido para él. Pero, en este punto, ya ni siquiera le dolía darse cuenta. Era solo un hecho, frío y duro.
Tras respirar hondo, las palabras comenzaron a formarse: se cancela el compromiso.
Pero antes de que pudiera hablar, el celular de Bryant sonó.
De pronto, su expresión irritada se suavizó. El cambio fue tan brusco, tan completo, que fue como ver surgir a otra persona.
"Kalia", murmuró, con voz grave y suave como una caricia. "¿Estás bien? ¿Dormiste bien?".
Escuchó un momento, de espaldas a Charlotte. "No te preocupes, voy enseguida".
Con esas palabras, pasó junto a ella y se dirigió a una pequeña caja antigua que había sobre la repisa de la chimenea. Luego la abrió y sacó un collar de perlas. Era algo que Kalia había deseado, así que él se lo había comprado y guardado allí.
Sí, Bryant había vuelto por el collar de esa mujer, no por ella.
Finalmente, la última y microscópica pizca de duda se desvaneció. Todo se había acabado. Por fin, de verdad.
Al instante, una risa amarga escapó de los labios de Charlotte, seguida de una única lágrima silenciosa que trazó un camino por su mejilla magullada.
Tema aparte, tras descansar un poco, ella se preparó para la Gala Sterling anual, que se celebraría esa noche. Era uno de los acontecimientos más importantes del calendario social neoyorquino. Por eso, eligió un impresionante vestido negro de espalda abierta, que gritaba confianza y desafío.
En la gala, la recibió la escena que esperaba. Bryant estaba allí, y Kalia se aferraba a su brazo, radiante, con un collar de diamantes que Charlotte sabía que costaba más que un auto sencillo.
De la nada, su corazón se estremeció de forma familiar y dolorosa, pero se obligó a contenerlo. Después de todo, era solo un reflejo, fantasma de un amor muerto hacía tiempo.
Frente a ella, Bryant adoraba abiertamente a Kalia. Le traía champán, le ajustaba el chal cuando se movía, y se reía de sus chistes, con los ojos llenos de una luz que nunca, nunca mostraba a Charlotte.
A raíz de eso, los murmullos resonaron mientras esta última se movía entre la multitud.
"Míralo, ya ni siquiera intenta ocultarlo".
"Pobre Charlotte. Es un chiste. Todo el mundo sabe que él solo la usa por el apellido".
"Escuché que se está volviendo loca. Un amigo de un amigo dijo que tuvo un colapso total la semana pasada. Le doy seis meses antes de que termine en un sanatorio".
Las palabras flotaron a su alrededor, agudas y crueles. En el pasado, la habrían calado hasta los huesos. Pero esa noche, las sentía distantes, como un ruido que no tenía nada que ver con ella.
'No voy a volverme loca', pensó, con una fría determinación endureciéndose en su interior. 'Voy a vengarme'.
Pondría fin al compromiso, cortaría todos los lazos y le haría ver lo que había tirado a la basura.
Al momento siguiente, necesitando un poco de tranquilidad, Charlotte salió a uno de los grandes balcones con vistas a las luces de la ciudad.
Instantes después, una voz goteó veneno detrás de ella. "¿Todavía tienes el valor de mostrar tu cara después de que te derroté?".
Era Kalia.
"Pensé que estarías en casa, llorando en la almohada", se burló, acercándose. "Pero supongo que ya estás acostumbrada a la humillación".
Continuó: "Bryant solo te mantiene cerca por el nombre de tu familia". Su tono era completamente despiadado. "Él mismo me lo dijo. Le pareces aburrida. Predecible".
Charlotte se volvió hacia ella, con una expresión ilegible.
"Soy Charlotte Glover", dijo, firme y clara. "Era mi nombre antes de conocer a Bryant, y lo seguirá siendo mucho después de que él no sea más que un recuerdo sin importancia en mi vida. Tú, en cambio, no eres nada sin él".
Haciendo una pausa, se acercó un paso más, y sus ojos se clavaron en los de Kalia.
"Eres un parásito. Uno bonito y codicioso. Pero los parásitos no pueden sobrevivir sin un anfitrión. Y él nunca se casará contigo. Nunca tendrás un título, ni un nombre. Siempre serás solo la amante, el pequeño y sucio secreto".
Charlotte sonrió, lenta y fríamente.
"Ahora dime, ¿cuál de las dos es más patética?".
El rostro de Kalia se retorció de ira, pues las palabras de Charlotte habían dado en el blanco.
"¡Perra!", gritó, con su compostura cuidadosamente construida desmoronándose. "¡Te crees mucho mejor que yo!".
Charlotte vio el desenfreno en los ojos de la mujer y decidió marcharse. Después de todo, la confrontación no tenía sentido.
Sin embargo, Kalia no había terminado. De repente, se abalanzó para arañarle la cara.
El asunto fue que Charlotte la esquivó con facilidad. Entonces, Kalia, impulsada por su propio ímpetu, tropezó y su tacón se enganchó en el dobladillo del vestido. Con un grito de sorpresa, cayó sobre el suelo de piedra.
El estruendo resonó en el balcón y, de repente, todas las miradas se centraron en ellas.
En un instante, Bryant llegó allí y pasó corriendo junto a Charlotte sin mirarla, arrodillándose y tomando a Kalia en brazos.
"¡Kalia! ¿Estás herida?", preguntó, con voz entrecortada por el pánico y la preocupación.
La mujer rompió a llorar, en una magistral interpretación de la inocencia agraviada. "¡Ella lo hizo, Bryant! ¡Me llamó parásito y luego me empujó!".
Él levantó la cabeza y miró a Charlotte con furia. "¡Tráiganla aquí!", ordenó a uno de sus guardias de seguridad.
Este la escoltó de vuelta al salón de baile, donde ahora era el centro de un círculo silencioso que la juzgaba.
"¿Qué te pasa?", gruñó Bryant, con el rostro sombrío. "¿No puedes dejarla en paz por una noche? ¿Tienes que ser tan mezquina, tan celosa?".
La multitud murmuraba, y sus miradas pasaron de la compasión al desprecio, pues se habían creído la mentira.
Sin embargo, Charlotte mantuvo la cabeza alta y la voz firme. "Yo no la empujé. Ella me atacó y se cayó".
Afirmó: "Primero me insultó, Bryant". Su tono se mantenía uniforme.
"Luego intentó pegarme", continuó. "Y tropezó con sus propios pies".
Tras escucharla, Kalia sollozó con más fuerza en los brazos del hombre. "Yo no... Yo no intenté golpearla. Y ella debió hacerme tropezar", susurró, tergiversando la verdad con práctica facilidad. "Bryant, por favor, no te enfades con ella. Estoy segura de que no quería hacerlo".
Su falsa súplica de clemencia no hizo más que reforzar la convicción del hombre. Ahora veía a Charlotte como la agresora, la prometida celosa que arremetía.
"Discúlpate con ella", le ordenó, con voz baja y peligrosa. "¡Ahora mismo! O te juro que haré que te arrepientas".
La exigencia era tan absurda, tan totalmente desconectada de la realidad, que Charlotte casi se echó a reír. ¿Disculparse? ¿Con la mujer que había orquestado su paliza?
"No", dijo, con voz firme. "No me disculparé por algo que no hice".
El rostro de Bryant se endureció en una máscara de pura rabia. "De acuerdo", siseó. De repente, la agarró del brazo y la arrastró hacia el balcón, empujándola hacia el borde. "Tienes dos opciones. Discúlpate o haré que mis hombres te tiren".
El aire de la noche era frío contra su piel. Abajo, las calles de la ciudad eran una caída vertiginosa. En este punto, una oleada de miedo la invadió.
"Bryant, no puedes hablar en serio", susurró, con voz temblorosa. "Ella hizo que me golpearan en nuestra propia casa y no hiciste nada. Ahora, por esto, ¿me matarás?".
El marcado contraste entre la reacción de él ante las lágrimas falsas de Kalia, y su desdén por la agresión física real que sufrió Charlotte, quedó suspendido en el aire.
En ese momento, Kalia soltó un suave gemido y se desvaneció en los brazos de Bryant, con los ojos cerrados. Se había desmayado.
Por supuesto, toda la atención del hombre volvió a centrarse en ella. Su rabia contra Charlotte fue sustituida por una preocupación frenética por su amante. "¡Kalia! ¡Kalia, despierta!", llamó, levantándola en brazos con cara de terror. Mientras se daba la vuelta para llevarla al médico, lanzó una última mirada venenosa a Charlotte.
"Tírenla", ordenó a sus guardias.
El mundo se tambaleó, sin que la mente de ella pudiera procesar las palabras. No, él no podía decirlo en serio. ¡No podía!
Al instante, los guardias se dirigieron hacia ella, con rostros impasibles, y la agarraron por los brazos.
Entonces ella cayó.
El impacto fue una explosión de dolor abrasador. En realidad, aterrizó en el tejado de la terraza, un piso más abajo, pero fue suficiente. Al hacer contacto, oyó un crujido nauseabundo de su pierna rota.
Con eso, se le nubló la vista, pues el dolor la consumió por completo. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue la imagen de Bryant, con Kalia en brazos, desapareciendo en la noche sin mirar atrás.
Tiempo después, se despertó en la cama de un hospital. Todo se veía de un blanco borroso, con un olor antiséptico de fondo.
Mientras tanto, dos enfermeras cuchicheaban junto a la puerta.
"Es ella, la prometida de Bryant Barnes".
"Lo sé. Pero él ha estado aquí toda la noche en la habitación del fondo del pasillo. No se separa de esa mujer".
"Debe amarla de verdad".
Charlotte cerró los ojos, con una risa amarga y silenciosa atrapada en la garganta.
Estaban hablando de Kalia.
En ese momento, por fin comprendió. No era que Bryant fuera incapaz de amar. Sí que podía hacerlo. Era solo que no la amaba a ella. Por la persona que quería, movería montañas, perdonaría cualquier pecado y destruiría a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Y por la que no, la dejaría rota y sangrando sobre un frío tejado de piedra sin pensárselo dos veces.