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Denuncio tu Declaración de Fallecimiento

Denuncio tu Declaración de Fallecimiento

Autor: : Luo Xi
Género: Urban romance
Han pasado tres meses desde que mi marido, el torero Javier, desapareció en un encierro. Yo, Sofía, su esposa, la chef que aparcó su carrera por él, estaba destrozada, mi vida sumida en el luto y la búsqueda incesante. Pero esta noche, en un tablao flamenco escondido de Sevilla, lo encontré. Vivo, riendo a carcajadas, brindando con su amante, Isabella, la periodista taurina. Los oí. Oí a Javier decir que su desaparición era una farsa planeada con ella: "Un susto y ya está. Sofía necesitaba una lección". Mientras yo recorría hospitales y morgues con su foto, ellos se revolcaban en mi cama, bebían mi vino, se mofaban de mi dolor. La rabia me incendió el alma, un fuego que quemaba la humillación y el engaño. ¿Cómo pudo ser tan cruel, tan calculador, tan despiadado? En ese instante, mi corazón, antes roto, se endureció hasta convertirse en acero. Ya no habría lágrimas, solo un plan. Acababa de nacer una nueva Sofía, y mi venganza sería un plato que se serviría muy frío.

Introducción

Han pasado tres meses desde que mi marido, el torero Javier, desapareció en un encierro. Yo, Sofía, su esposa, la chef que aparcó su carrera por él, estaba destrozada, mi vida sumida en el luto y la búsqueda incesante.

Pero esta noche, en un tablao flamenco escondido de Sevilla, lo encontré. Vivo, riendo a carcajadas, brindando con su amante, Isabella, la periodista taurina.

Los oí. Oí a Javier decir que su desaparición era una farsa planeada con ella: "Un susto y ya está. Sofía necesitaba una lección". Mientras yo recorría hospitales y morgues con su foto, ellos se revolcaban en mi cama, bebían mi vino, se mofaban de mi dolor.

La rabia me incendió el alma, un fuego que quemaba la humillación y el engaño. ¿Cómo pudo ser tan cruel, tan calculador, tan despiadado?

En ese instante, mi corazón, antes roto, se endureció hasta convertirse en acero. Ya no habría lágrimas, solo un plan. Acababa de nacer una nueva Sofía, y mi venganza sería un plato que se serviría muy frío.

Capítulo 1

Han pasado tres meses desde que mi marido, el torero Javier, desapareció.

Se lo tragó la tierra durante un encierro en San Fermín.

Yo, Sofía, su mujer, la chef que aparcó su carrera para que él triunfara, estaba destrozada.

Hasta esta noche.

Estoy en Sevilla, en un tablao flamenco escondido en el barrio de Santa Cruz, un lugar que encontré por pura casualidad mientras seguía una pista falsa.

Y allí está él.

Javier. Vivo. Riendo a carcajadas.

No lleva el traje de luces, sino una camisa de lino abierta que deja ver su pecho. Sostiene una copa de fino y brinda con un grupo de amigos. A su lado, pegada a él, está Isabella, la periodista taurina. Su "amiga".

Me escondo en la sombra, cerca de la salida, el corazón me golpea en el pecho. El sonido de la guitarra flamenca se mezcla con sus voces.

Oigo a Javier con una claridad que me hiela la sangre.

"Gracias a tu idea, Isa. Ya casi había olvidado lo que era ser libre".

Isabella le sonríe, acariciándole el brazo.

"Te lo dije, mi amor. Un susto y ya está. Sofía necesitaba una lección".

Javier se ríe de nuevo, un sonido que antes amaba y que ahora me revuelve el estómago.

"Volveré en una semana, cuando esté completamente loca buscándome. Le servirá para que no sea tan dependiente, para que entienda quién manda".

Siento que el aire me falta.

Salgo del local sin hacer ruido, mis piernas tiemblan. Me apoyo contra una pared fría en el callejón. El olor a azahar y a fritanga me marea.

Saco el móvil. Mis dedos apenas responden.

Marco el número de un amigo que trabaja en el Registro Civil de Madrid.

"¿Sofía? ¿Estás bien? ¿Alguna noticia de Javier?".

Trago saliva, intentando que mi voz no se quiebre.

"Sí, Miguel. Tengo noticias".

Hago una pausa.

"Tras tres meses sin saber nada... he decidido iniciar los trámites para la declaración de fallecimiento. Ya no puedo más".

Cuelgo antes de que pueda responder.

No quiero sus preguntas. No quiero su lástima.

Solo quiero venganza.

Capítulo 2

Al llegar a casa, a nuestro apartamento en Madrid, el silencio me recibe como un golpe.

Durante meses, este silencio ha sido mi tortura, un recordatorio constante de su ausencia.

Ahora, es el lienzo en blanco para mi plan.

Voy directa al despacho y enciendo el ordenador. Abro los archivos de las cámaras de seguridad que instalamos por "protección".

La ironía es amarga.

Retrocedo las grabaciones. Semana a semana. Día a día.

Y ahí están.

Javier e Isabella. En nuestra cama. En nuestro sofá. Bebiendo mi vino. Usando mis copas.

Lo hicieron mientras yo recorría cada hospital y cada morgue de Navarra, con su foto en la mano, el corazón en un puño, preguntando a extraños si habían visto a mi marido desaparecido.

La rabia sube por mi garganta, caliente y espesa.

No lloro.

Apago el ordenador.

Voy a la cocina, mi santuario. Abro el frigorífico. Saco verduras, carne, especias.

Cocinar siempre me ha calmado. Picar, saltear, reducir. El orden en medio del caos.

Pero esta noche, no cocino para calmarme.

Cocino para afilar mi mente.

Cada corte del cuchillo contra la tabla es preciso, metódico.

Estoy preparando mi estrategia.

A la mañana siguiente, con el sol entrando por la ventana, redacto un correo electrónico.

El asunto: "Misa en memoria de Javier".

El texto es breve, solemne. Anuncio una misa conmemorativa para la semana siguiente en una prestigiosa iglesia de Madrid, para honrar la vida y el "trágico final" de mi amado esposo.

Lo envío a toda la prensa, a la cuadrilla de Javier, a sus amigos, a su familia, a todo el mundo taurino.

Mi teléfono empieza a sonar casi al instante.

Son sus "amigos", los mismos que brindaban con él en Sevilla.

"¿Estás loca? ¿Cómo te atreves?".

"¡Él va a volver, desagradecida!".

No contesto. Dejo que sus insultos se pierdan en el buzón de voz.

Entonces, entra una llamada de un número desconocido. Dudo, pero contesto.

"¿Sofía?".

Es Mateo. El apoderado de Javier. El hombre de negocios respetado, de una familia ganadera de prestigio. El hombre que apadrinó a Javier y que siempre me ha mirado con una extraña mezcla de respeto y tristeza.

"Mateo. Qué sorpresa".

"Acabo de recibir tu correo. Lo siento mucho, Sofía. Pero hay algo que debes saber".

Su voz es grave, seria.

"Javier no está desaparecido. Está en Sevilla. Y no está solo".

"Lo sé", digo, mi voz firme. "Yo también lo vi".

Hay un silencio al otro lado. Luego, un suspiro.

"Entonces, supongo que esto no te sorprenderá".

Suena una notificación en mi móvil. Un vídeo.

Lo abro.

Es Javier, en el tablao flamenco. Besando a Isabella. No es un beso de amigos. Es un beso largo, apasionado, de amantes que no se esconden.

"Gracias, Mateo", digo, y la gratitud en mi voz es real. "Me has confirmado lo que ya sospechaba".

"Haré cualquier cosa para ayudarte, Sofía. Ese miserable no merece tu lealtad".

"Entonces, ven a la misa", le digo. "Quiero que seas testigo".

"Allí estaré", responde sin dudar.

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