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Desaparecer y reclamar mi vida

Desaparecer y reclamar mi vida

Autor: : Valentina AA
Género: Romance
Mi vida parecía perfecta, cubierta de lujo junto a Sofía, la poderosa CEO de Bodegas Valdepeñas, aunque yo, Mateo, su marido, era solo un artista perdido en su sombra. Pero una bofetada silenciosa en mi teléfono lo cambió todo: una notificación de un cargo en su tarjeta corporativa, miles de euros para un retiro de lujo en Maldivas, destinado no a mí, sino a un tal Iván, su amante. La confronté, pero su respuesta fue un acto de crueldad sin límites: amenazó la seguridad de mi querida abuela Carmen en Jerez, me obligó a soportar la presencia de Iván en nuestra propia casa, y en el acto más vil, destrozó mi guitarra, una Conde Hermanos de 1958, herencia de mi abuelo y recipiente de mi alma, delante de mis ojos. Ella orquestó humillaciones públicas, como subastar la canción más íntima que le compuse, y finalmente, me tendió una trampa, acusándome de agresión para enviarme a un calabozo y quebrarme por completo. Allí, entre la desesperación y el dolor, me preguntaba cómo una persona podía ser tan monstruosa, robándome todo, mi arte, mi dignidad, mi libertad, dejándome como un caparazón vacío sin posibilidad de escapar. Pero en mi hora más oscura, una visita de mi abuela Carmen encendió una chispa de esperanza al revelar un secreto olvidado: una cláusula en nuestra capitulación matrimonial que, si se demostraba su infidelidad, liquidaría su fortuna y me liberaría. No estaba solo. Una figura inesperada, la brillante neurocientífica Elena de la Torre, apareció como mi protectora, y juntos, con una precisión meticulosa, trazamos un audaz plan para desaparecer y reclamar mi vida, mi paz y, quizás, un verdadero amor lejos de sus garras.

Introducción

Mi vida parecía perfecta, cubierta de lujo junto a Sofía, la poderosa CEO de Bodegas Valdepeñas, aunque yo, Mateo, su marido, era solo un artista perdido en su sombra.

Pero una bofetada silenciosa en mi teléfono lo cambió todo: una notificación de un cargo en su tarjeta corporativa, miles de euros para un retiro de lujo en Maldivas, destinado no a mí, sino a un tal Iván, su amante.

La confronté, pero su respuesta fue un acto de crueldad sin límites: amenazó la seguridad de mi querida abuela Carmen en Jerez, me obligó a soportar la presencia de Iván en nuestra propia casa, y en el acto más vil, destrozó mi guitarra, una Conde Hermanos de 1958, herencia de mi abuelo y recipiente de mi alma, delante de mis ojos.

Ella orquestó humillaciones públicas, como subastar la canción más íntima que le compuse, y finalmente, me tendió una trampa, acusándome de agresión para enviarme a un calabozo y quebrarme por completo.

Allí, entre la desesperación y el dolor, me preguntaba cómo una persona podía ser tan monstruosa, robándome todo, mi arte, mi dignidad, mi libertad, dejándome como un caparazón vacío sin posibilidad de escapar.

Pero en mi hora más oscura, una visita de mi abuela Carmen encendió una chispa de esperanza al revelar un secreto olvidado: una cláusula en nuestra capitulación matrimonial que, si se demostraba su infidelidad, liquidaría su fortuna y me liberaría.

No estaba solo. Una figura inesperada, la brillante neurocientífica Elena de la Torre, apareció como mi protectora, y juntos, con una precisión meticulosa, trazamos un audaz plan para desaparecer y reclamar mi vida, mi paz y, quizás, un verdadero amor lejos de sus garras.

Capítulo 1

La notificación del cargo en la tarjeta de crédito corporativa apareció en el teléfono de Mateo como una bofetada silenciosa.

Maldivas.

Un retiro de bienestar de lujo.

El nombre del beneficiario no era el suyo. Era el de Iván.

Mateo sintió un nudo frío en el estómago. Llevaba meses sintiendo la distancia de Sofía, su esposa, pero esto era una prueba concreta. Una traición pagada con el dinero de la empresa que ella dirigía.

Esperó a que ella volviera al ático esa noche. El aire en el lujoso apartamento de Barcelona era denso, cargado de palabras no dichas.

Sofía entró, elegante como siempre en su traje de diseñador, y dejó su bolso sobre la mesa de mármol.

"Tenemos que hablar," dijo Mateo, su voz más ronca de lo normal.

Ella ni siquiera lo miró. Se sirvió una copa de cava de su propia bodega, Valdepeñas.

"Estoy cansada, Mateo. Lo que sea, puede esperar."

"No. No puede esperar."

Él le mostró el teléfono. La pantalla brillaba con la notificación del cargo.

"¿Quién es Iván? ¿Y por qué le estás pagando unas vacaciones en las Maldivas?"

Sofía finalmente giró la cabeza. Sus ojos, normalmente llenos de una intensidad calculadora, estaban fríos como el hielo. No había sorpresa, ni culpa. Solo irritación.

"Es un amigo. Necesitaba un descanso."

"Un amigo al que le pagas un viaje de miles de euros con la tarjeta de la empresa."

"Es mi empresa, Mateo. Hago lo que quiero con mi dinero."

"Soy tu marido, Sofía."

Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. Se acercó a él, su perfume caro envolviéndolo.

"Sí, lo eres. Y por eso, deberías saber cuándo callarte."

Vio que su calma no la inmutaba, así que cambió de táctica. Sacó su propio teléfono y pulsó la pantalla.

"No quieres callarte, ¿verdad? Eres un artista. Lleno de pasiones y principios."

Le mostró la pantalla.

Era una transmisión en vivo. La pequeña y humilde casa de su abuela Carmen en Jerez. Dentro, dos hombres corpulentos estaban de pie en la sala de estar. No tocaban nada. No decían nada. Simplemente estaban allí. Su abuela estaba sentada en su sillón, rígida de miedo, sus manos aferradas a los reposabrazos.

El corazón de Mateo se detuvo.

"¿Qué es esto?" susurró, el horror ahogando su voz.

"Son socios de negocios," dijo Sofía con una calma aterradora. "Están allí para asegurarse de que mi inversión está segura. Y mi inversión, ahora mismo, es tu silencio."

Miró a Mateo directamente a los ojos.

"Ahora, dime otra vez que te importa dónde está Iván. Dime que quieres discutir sobre un cargo en la tarjeta de crédito. Atrévete. Porque no puedo garantizar que mis socios sigan siendo tan... respetuosos con la abuela."

Mateo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró la cara aterrorizada de su abuela en la pantalla, y luego la cara impasible de su esposa.

El artista apasionado, el hombre de principios, se rompió.

"Está bien," dijo, su voz apenas un hilo. "Tú ganas."

Sofía sonrió, satisfecha. Hizo una llamada rápida.

"Pueden irse."

Colgó y guardó el teléfono. En la pantalla de Mateo, los dos hombres salieron de la casa de su abuela tan silenciosamente como habían aparecido.

"Ves," dijo Sofía, acariciándole la mejilla. "No era tan difícil. Ahora, sé un buen chico y no vuelvas a cuestionarme."

Se dio la vuelta y se dirigió a su dormitorio, dejándolo solo en el silencio del enorme ático, con el alma hecha pedazos.

Recordó cómo la conoció. Él tocaba su guitarra en un tablao de Jerez, y ella, la poderosa CEO de cavas Valdepeñas, quedó prendada. Lo persiguió con la misma tenacidad que usaba para cerrar negocios. Vuelos privados, regalos caros, promesas de un mundo que él nunca había conocido.

Su abuela Carmen nunca confió en ella.

"Esa mujer no te mira con amor, niño," le dijo una vez. "Te mira como a un trofeo que quiere colgar en su pared."

Mateo no la escuchó. Estaba ciego de amor, o de lo que él creía que era amor. Se casó con ella, se mudó a su mundo de lujo en Barcelona, y poco a poco, su música empezó a apagarse.

La llegada de Iván lo cambió todo. Mateo lo vio por primera vez en una de las fiestas de Sofía. Un influencer de Ibiza, con una sonrisa fácil y ojos vacíos. Vio la forma en que Sofía lo miraba, la misma forma en que lo había mirado a él al principio.

La infidelidad no fue una sorpresa, pero sí un dolor sordo y constante. Sofía ni siquiera intentó ocultarlo.

"Es solo diversión, Mateo," le dijo una vez, cuando él la confrontó. "No significa nada. Yo te amo a ti. Eres mi marido."

Pero sus palabras eran huecas. Su "amor" era posesión. Su matrimonio, una jaula de oro.

La amenaza a su abuela era una nueva línea que había cruzado. Una línea que demostraba que no había límites para su crueldad.

Mateo se quedó mirando la puerta de su dormitorio, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con la temperatura.

Por primera vez, entendió que no estaba en una mala relación.

Estaba en una guerra que no sabía cómo ganar. Y acababa de perder la primera batalla de la forma más devastadora posible.

Capítulo 2

Sofía trajo a Iván de vuelta de las Maldivas. No a un hotel, ni a un apartamento propio. Lo instaló en su ático de Barcelona. En su casa. En la casa de Mateo.

"Se quedará un tiempo," anunció Sofía, como si hablara del tiempo. "Su apartamento en Ibiza tiene una fuga de agua."

Mateo no dijo nada. ¿Qué podía decir? La imagen de su abuela aterrorizada estaba grabada en su mente.

Iván se paseaba por el ático con la arrogancia de un conquistador. Usaba la ropa de Mateo, bebía el vino caro de Sofía y, sobre todo, disfrutaba atormentando a Mateo con pequeños actos de crueldad.

Una tarde, mientras Mateo intentaba encontrar consuelo en su guitarra, Iván entró en el salón. Llevaba una botella de Vega Sicilia, una de las joyas de la bodega personal de Sofía.

"Vaya, el artista trabajando," dijo Iván con una sonrisa burlona.

Pasó cerca de Mateo, y de repente, tropezó. La botella de vino voló por los aires y se estrelló contra la alfombra persa, manchándola de un rojo oscuro y profundo.

"¡Oh, no!" gritó Iván, mirando a Mateo con falsa acusación. "¡Me has puesto la zancadilla!"

Sofía salió corriendo de su despacho, alertada por el ruido. Vio la mancha, la botella rota, y la cara de víctima de Iván.

"¿Qué ha pasado?" demandó.

"Ha sido él," dijo Iván, señalando a Mateo. "Me ha empujado. Creo que estaba celoso."

La furia en el rostro de Sofía era aterradora. Mateo abrió la boca para defenderse, para decir la verdad, pero la mirada de ella lo silenció. Sabía que no le creería.

"Yo no..." empezó.

"Cállate," siseó Sofía.

Pero no lo golpeó. No le gritó de la forma habitual. Su crueldad era más refinada.

Sus ojos se posaron en la guitarra que Mateo sostenía. Una "Conde Hermanos" de 1958. Hecha a mano. Había pertenecido a su abuelo, un legendario tocaor de Jerez. Era la herencia de Mateo, su conexión con sus raíces, el recipiente de su alma.

Sofía caminó lentamente hacia él.

"Así que te sientes celoso, ¿eh? ¿Tu pequeño mundo de artista se siente amenazado?"

Le arrancó la guitarra de las manos. Mateo intentó recuperarla, pero ella fue más rápida.

"Sofía, no. Por favor. Es todo lo que tengo."

Ella lo ignoró. Levantó la guitarra por encima de su cabeza, la madera de palosanto brillando bajo las luces del ático.

Y con un grito de pura rabia, la estrelló contra la pared de mármol.

El sonido fue obsceno. Un crujido seco y desgarrador, seguido por el tintineo de las cuerdas rotas. La guitarra, su guitarra, se partió en dos. Los pedazos cayeron al suelo como los restos de un animal masacrado.

Mateo se quedó paralizado. El aire abandonó sus pulmones. No era solo madera rota en el suelo. Era el legado de su abuelo. Eran las canciones que nunca compondría. Era su espíritu, hecho añicos.

Miró a Sofía. Ella respiraba con dificultad, con una mancha de color en sus mejillas. No había remordimiento en sus ojos. Solo una satisfacción fría y brutal.

"Ahora estamos en paz," dijo ella. "Tú me quitas algo que valoro, yo te quito algo que valoras."

Iván sonreía desde el fondo, disfrutando del espectáculo.

Mateo se arrodilló lentamente. Sus manos temblorosas recogieron los pedazos de madera. La etiqueta de "Conde Hermanos" estaba partida por la mitad. Acarició la madera rota, sintiendo las astillas clavándose en sus dedos. No sintió el dolor.

El dolor que sentía era mucho más profundo. Era un dolor en el alma.

Esa noche, no durmió. Se sentó en la oscuridad del salón, con los restos de su guitarra en su regazo, y lloró en silencio.

Había soportado la infidelidad, la humillación, las amenazas. Pero esto era diferente.

Sofía no solo había roto un objeto.

Había profanado algo sagrado. Había declarado la guerra a la esencia misma de quién era él.

Y en esa oscuridad, rodeado por los restos de su pasado, Mateo tomó una decisión.

No sabía cómo, ni cuándo. Pero iba a escapar.

Iba a sobrevivir. Y de alguna manera, la haría pagar.

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