Repentinamente, volví a la vida, en el bullicioso Casino de Madrid. Mi vida anterior, una pesadilla. Mi obsesivo amor por Alejandro, el mejor amigo de mi padre, me llevó a un acto desesperado: lo drogué y me acosté con él para 'salvarlo'. Pero en vez de eso, Isabel, su amor de la infancia, nos encontró, huyó y murió trágicamente.
Consumido por el odio, Alejandro me forzó a casarme. Mi existencia se convirtió en un infierno de maltrato silencioso y desprecio. Morí sola, embarazada de un hijo que él nunca quiso, con la cruel satisfacción en sus ojos como mi última visión.
Ahora, estoy de vuelta, en el mismo casino, viendo el mismo escenario: Alejandro a punto de ser drogado. El pánico de revivirlo me invadió, pero esta vez, con una claridad desgarradora. Mi 'sacrificio' no hizo más que destruir a Isabel, la mujer que él realmente amaba. Mi 'salvación' fue su condena. ¿Cómo pude haber sido tan ciega? Sentí una abrumadora injusticia, la necesidad de enmendar un error que no era solo mío.
Mis dedos temblaron mientras marcaba un número. No por miedo, sino por una fría resolución. Esta vez, rompería el ciclo. Esta vez, escribiría mi propio destino, y el de Alejandro e Isabel, lejos de la tragedia.
Renací en el Casino de Madrid, rodeada del murmullo de la élite y el tintineo de las copas de champán.
Mi vida anterior se proyectó en mi mente en un instante doloroso.
Amaba a Alejandro de la Vega, el mejor amigo de mi padre. Él, un arquitecto prestigioso de treinta y dos años, y yo, una simple estudiante de veinte.
Mi amor era una obsesión.
Una noche, en esta misma gala, un rival de negocios drogó a Alejandro. Para "salvarlo", lo llevé a una habitación y me acosté con él.
Isabel Serrano, su amor de la infancia, nos encontró.
Huyó, devastada. Murió en un accidente de coche esa misma noche.
Alejandro, consumido por el dolor y el odio, se casó conmigo. Mi vida se convirtió en un infierno de maltrato silencioso y desprecio helado.
Murió embarazada de nuestro hijo, un hijo que él nunca quiso, en un hospital frío, sola. Mi última visión fue su rostro, lleno de una satisfacción cruel al verme desaparecer.
Ahora, estoy de vuelta.
Mis ojos se fijaron en Alejandro. Estaba al otro lado del salón, hablando con unos socios. Vi cómo un hombre dejaba caer algo en su copa.
Todo estaba sucediendo de nuevo.
Sentí el pánico de mi vida pasada, el terror de revivir esa pesadilla. Pero esta vez, tenía el conocimiento del futuro.
Sabía la verdad que no vi antes. Alejandro nunca me amó. Siempre amó a Isabel. Mi sacrificio no lo salvó, solo destruyó a la mujer que él realmente quería.
Mi "salvación" fue su condena.
Decidí cambiarlo todo.
Saqué mi teléfono, mis dedos temblaban. No por miedo, sino por una resolución fría. Busqué el número de Isabel.
"Isabel, soy Sofía Vargas".
Hubo una pausa en la línea.
"¿Sofía? ¿Qué ocurre?" Su voz era educada, pero distante.
"Alejandro no se siente bien. Alguien lo ha drogado. Está en el salón privado del segundo piso. Necesita tu ayuda".
Silencio. Luego, un tono de escepticismo. "¿Por qué me llamas a mí? ¿No estás tú con él?".
"Porque tú eres a quien él necesita. Siempre has sido tú".
Dejé caer el teléfono en mi bolso. No necesitaba escuchar su respuesta.
Me escondí detrás de una columna de mármol y observé.
Minutos después, Isabel apareció, su rostro una máscara de preocupación. Entró en el salón privado. Escuché el sonido ahogado de sus voces, el ruido de algo cayendo.
Luego, el sonido de un beso.
Un dolor agudo me atravesó el pecho, un eco de mi amor pasado. Pero lo aplasté.
Era el sonido de mi liberación.
Di media vuelta y me alejé, sin mirar atrás.
Salí del casino y el aire frío de la noche madrileña me golpeó la cara.
Por primera vez en dos vidas, respiré.
A la mañana siguiente, mi padre, Ricardo Vargas, me llamó desde Mendoza.
"Hija, ¿estás bien? Tuve un mal presentimiento".
"Estoy bien, papá. Mejor que nunca".
"¿Segura? El acuerdo de transferencia de la universidad está listo. Puedes volver a Buenos Aires cuando quieras".
Mi padre era un magnate del vino. Se había mudado a España temporalmente para expandir su negocio y me había dejado al cuidado de su mejor amigo, Alejandro. Qué ironía.
"Papá, quiero volver a casa. Lo antes posible".
Hubo un suspiro de alivio al otro lado de la línea. "Gracias a Dios. Ya he hablado con Mateo Rossi. Su padre es mi socio en Buenos Aires. Mateo tiene una milonga en San Telmo. Te presentará a gente nueva, te ayudará a instalarte".
"Gracias, papá".
Colgué y empecé a hacer las maletas. Estaba metiendo mis cuadernos de bocetos en una caja cuando la puerta de mi estudio se abrió.
Era Alejandro.
Llevaba la misma ropa de anoche, pero su pelo estaba húmedo, como si acabara de ducharse. Tenía una marca roja en el cuello. Un chupetón.
Lo miré sin expresión.
"Isabel se va a mudar conmigo", dijo, su voz fría como el acero.
Asentí. "Entiendo".
"No juegues conmigo, Sofía. Sé que estás tramando algo. El numerito de anoche, llamando a Isabel... ¿qué pretendes?".
"No pretendo nada. Os deseo lo mejor".
Se rió, una risa sin humor. "¿Tú? ¿Deseándonos lo mejor? No me hagas reír".
Isabel apareció detrás de él, envuelta en una de sus camisas. Se aferró a su brazo, sonriendo con dulzura.
"Alejandro, cariño, no seas tan duro con ella. Sofía solo es una niña".
Luego me miró. "Sofía, espero que no te importe. Alejandro y yo hemos decidido formalizar nuestra relación".
"Felicidades", dije, mi voz plana.
"Oh, y una cosa más", continuó Isabel, su sonrisa se ensanchó. "Este estudio tiene la mejor luz de todo el ático. Siempre he querido un espacio así para pintar. ¿Te importaría mudarte al cuarto de invitados del sótano?".
Miré a Alejandro. Él no dijo nada. Su silencio era su consentimiento.
"Por supuesto", respondí. "Tío Alejandro, tía Isabel, el estudio es vuestro".
La palabra "tío" hizo que Alejandro frunciera el ceño. Siempre había odiado que lo llamara así, prefería que usara su nombre. Pero ahora, era un recordatorio de la distancia, del abismo que yo misma estaba creando entre nosotros.
"No me llames así", espetó.
Isabel sonrió, victoriosa. "Gracias, Sofía. Eres muy comprensiva".
"Solo soy la hija del amigo de tu prometido. Conozco mi lugar", dije, y comencé a sacar mis cosas del estudio.
Pasé los siguientes días evitándolos, empacando en silencio. Los escuchaba reír en el salón, los veía besarse en la cocina.
Cada risa, cada beso, era una confirmación de que había tomado la decisión correcta.
Empaqué los bocetos que había hecho de Alejandro, los regalos que me había dado, todas las pequeñas pruebas de mi amor obsesivo.
Los metí en una caja de cartón con la intención de tirarlos a la basura.
Era hora de borrar el pasado.