Emma Davies llevaba poco más de media hora de pie frente al espejo, mirándose, tratando de fingir una sonrisa; pero en su lugar solo había una mueca horrenda. Exhaló con pesadez, intentando contener el llanto. Los recuerdos del pasado no la dejaban en paz. Se vio las manos por un momento y finalmente, después de haber estado batallando por días, se dejó vencer.
Lloró.
Afuera, el cielo estaba nublado, casi oscuro. Daba la impresión de que, en lugar de ser las dos de la tarde, eran las siete de la noche. Aunque también le imprimía cierto aire de tristeza, como si en ese reino invisible al que todos pretendían llegar estuvieran de luto y lamentara la partida de alguien importante. La brisa mecía con suavidad las ramas de los manzanos del jardín. Parecía que iba a llover, lo cual resultaba refrescante en pleno verano.
Con los cambios climáticos nunca se sabía.
Sin embargo, el frío y la lluvia casi nunca resultan ventajosos cuando se está a punto de sepultar a un ser querido. Le dan cierto aire de tristeza. Hacen que el día parezca salido de una película antigua y melodramática; pero la verdad es que a veces, solo a veces, el cielo acompaña con sus lágrimas a quienes han sufrido una gran pérdida.
Al menos a ella le pareció de tal forma.
Los sueños, se dijo, todos ellos habían muerto, al igual que sus esperanzas. Esos anhelos que una vez creyó que se volverían realidad. No importaba; la vida se le iba a paso lento, escurriéndose de forma dramática como el agua entre los dedos.
Desvió la mirada hacia la derecha y vio la vieja fotografía que guardaba como un tesoro. Había algo en ella que no le era posible describir con simples palabras, y hubiera sido hipócrita hacerlo en ese instante; aun así, lo intentó. Fue masoquismo quizás, ella no lo supo entonces, y tampoco le interesó. Quería sentirse viva otra vez, con motivos para seguir adelante.
-Chris -susurró.
Anheló poder devolver el tiempo para estar a su lado al menos durante un minuto. Nada más uno, rogó, y repetirle lo mucho que lo amaba. Besarlo, sostenerle la mano mientras él se entregaba al sueño eterno.
Incluso pensar en eso se hacía desgarrador.
Se preguntó, sin dejar de observar cada detalle de la fotografía, los motivos que tuvo la muerte para arrebatarle todo cuanto tenía de la forma más cruel. No lo supo, mas tuvo claro lo que perdió: le arrebataron la vida entera en un instante. Aunque nada se podía hacer, porque el destino era así de injusto. No era posible regresar el tiempo para evitar los terribles eventos que le había tocado experimentar. De eso se trataba estar vivo, asumió.
Cuando el dolor es tan intenso es usual que la lógica sea relegada a un segundo lugar. Nada tiene sentido cuando el corazón está roto y el alma no consigue motivos. Nada interesa cuando respirar se convierte en una tarea casi penosa y las lágrimas queman la piel.
Era una pregunta sin sentido y, a pesar de ello, Emma se la planteó varias veces: «¿por qué a mí?». La respuesta no llegó; por el contrario, se hizo distante como ese cielo nublado que no le ayudaba en nada. Recorrió con la yema de los dedos el rostro de aquel niño encantador que la protegió de todo el que quisiera hacerle daño, ese con el que compartió mil y una experiencias maravillosas, el que le amó sin medidas y se convirtió en su otra mitad.
-Chris... Christian...
«Dame una razón -pensó-, por favor. Solo una». No la hubo, no llegó en eso pocos minutos, y Emma creyó que no lo haría nunca.
Aspiró y contuvo el aire hasta que pareció hervir en sus pulmones. Los recuerdos no cedían en el ataque a su mente frágil. Sentía un malestar hondo, pero no era físico. Espiró. Emma consideró lo injusto que era el destino. ¿Por qué Chris había tenido que irse así? Tal vez era su culpa. Al pensarlo de ese modo, las ganas de avanzar le faltaron.
Otra vez deseó la muerte, pero tenía claro que su deber era luchar contra la desgracia costara lo que le costase. No podía fallarle al rendirse; no quería decepcionarlo, no a él. No sin dar una pelea digna antes.
«Regresa».
Si tan solo Christian hubiera podido oírla, si tan solo él hubiera podido responderle como antes, cuando todo estaba bien.
«Chris, quiero verte».
-Ya es hora. -La voz de Ava, su hermana menor, le sacó del horroroso laberinto que representan sus pensamientos-. Tenemos que... ¿Emma? Te estoy hablando.
Aunque la oyó, prefirió permanecer en silencio, con el retrato en sepia arrugado dentro de la mano, aferrado a su pecho porque ahí Christian estaba más cerca y, por ende, no volvería a perderlo; porque ahí había estado desde hacía unos años y... Los motivos se le acabaron.
Ava, no obstante, continuó viéndola, esperando en silencio a que su hermana respondiera. Cuando se dio cuenta de que no lo haría, decidió insistir, y dijo:
-Hermana, nos esperan abajo. Ya es hora de...
Emma se dio media vuelta, la vio distante, después se lamió los labios y ladeó la cabeza. Eso siempre funcionaba con los extraños, esperó que con su hermana también.
-Lo sé -respondió en voz baja, interrumpiéndola.
Emma consideró que su hermanita había madurado hasta convertirse en una muchacha hermosa, la versión femenina de David, su padre: alta, bonita y con unos maravillosos ojos grises. Ambas habían heredado eso de él, pero Emma se parecía más a su difunta madre.
-Nuestro padre ha dicho que -habló de nuevo-... que tus viejos amigos vendrán para el sepelio. De hecho, ya llegaron algunos. Están esperando por ti en la parte de abajo, junto a él. -Emma afirmó con un movimiento de cabeza. Ava continuó con esa misma entonación latosa-: Gabriel y sus hermanos llegaron anoche, al igual que Debra, Michelle y ese chico raro..., el de los rizos..., ¡Raúl! Por otro lado, Dylan y Tyler, y Sebastian y Lily se irán directo al cementerio y... Reece viene en camino, creo que estaba en Toronto de vacaciones con su mujer. Lo escuché bastante conmovido por lo que ha pasado, te envió sus condolencias. Dijo que...
-¿Reece, dijiste? -Emma intervino asombrada-. ¿Reece Green?
Durante la infancia, y buena parte de la adolescencia, ella lo había querido. Pero eso fue hasta que Christian llegó para mostrarle lo que significaba amar y ser correspondido con la misma pasión. Se preguntó cómo se encontrarían él y su esposa Julie, imaginó que mejor que ella, ya que tenía entendido que ambos esperaban un bebé. A pesar de vivir en el mismo país, llevaba mucho tiempo sin verlos.
Ava calló. Resopló viendo hacia arriba, cansada, y respondió momentos después:
-Sí, el mismo Reece idiota de siempre.
Emma se limitó a suspirar.
«Al menos tú eres feliz, ¿verdad? Encontraste a la mujer correcta y pronto serás padre. Al menos tú eres feliz», pensó colocándose el abrigo lila, que solía usar casi siempre, y se soltó el cabello, el cual cayó con suavidad sobre sus hombros estrechos.
Era curioso que el sol no hubiera salido. Quizás lo imaginaba, podían ser ideas de su mente, mas le pareció que el mismo Reino Celestial lamentaba la pérdida de uno de los mejores hombres que el mundo hubiera visto nacer: Christian Dunne. Eso, todo lo que representaba la situación en sí, le recordó un viejo poema que nunca le gustó. Era demasiado fúnebre, cruel y real.
-Vamos -dijo.
Tomó con suavidad la mano de su hermana y salió de la habitación tratando de verse lo más calmada posible.
«Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono, porque los espíritus de los muertos -que existieron antes que tú en la vida- te alcanzarán y te rodearán en la muerte (...), por lo tanto, permanece tranquilo », pensó mientras bajaba las escaleras.
Incluso lo recordaba a perfección.
Si Christian continuara con vida seguro le diría que era bastante fatalista. Quiso saber cómo no serlo en una situación como esa.
No hubiera querido tener que atravesar tan lamentable proceso ni tener que enfrentar la cruda realidad que le golpeaba la cara, pero era su deber. Agradecía a su padre que se hiciera cargo de todo el papeleo y las llamadas. Ella no habría podido, ¿cómo hacerlo cuando quien estaba en aquella caja de madera era su prometido? Y, en ese instante, sus últimas palabras le volvieron a la cabeza como un eco: «Sé feliz. Si yo mañana no estuviera, quiero que me prometas que lo serás, que volverás a reír, que cumplirás tus metas. Que no dejarás la repostería, por mucho que David te diga que estás perdiendo el tiempo. Emma, quiero que... Emma, si mañana llegase a faltarte, quiero que ames con más intensidad, que no te encierres en tu mundo solitario, que no vuelvas a ser esa muchachita que se escondía de todos por temor. Quiero que vivas, por ti y por mí».
Eso hacía, a pesar de que lo único que deseaba era suicidarse.
Tan pronto como se encontró con los hermanos McAdden, Emma sonrió con la misma delicadeza de siempre, haciendo su mejor esfuerzo, repitiéndose: «que no se note, que no se note». Aun así, Gabriel tosió para llamar su atención y la observó durante unos instantes con esos impasibles ojos verdes, que en un pasado parecieron arder como el propio infierno, hasta que consiguió ponerla nerviosa.
-No necesitas fingir que estás bien -dijo severo, para sorpresa de los presentes, mas con suavidad-, Emma.
Y ella se derrumbó. Emma Davies lloró en silencio, desconsolada, deseando poder ser invisible. Gabriel se acercó y, después de acariciarle el cabello, le abrazó con fuerza. Emma le enterró los dedos en la espalda, a pesar de eso, él no se movió ni dejó escapar ningún sonido. Le permitió desahogarse en su pecho mientras era visto con asombro por Karl y Tessa, sus hermanos mayores.
Gabriel pocas veces daba muestras de afecto.
El chofer de la familia informó que el automóvil se encontraba listo. Emma se alejó de Gabriel y, luego de sonreírle agradecida, se limpió las lágrimas. Él se limitó a mover la cabeza en señal de aprobación.
En silencio, el grupo de personas abandonó el salón con dirección al cementerio.
Emma miraba por la ventanilla del vehículo. El aire fresco la hizo sentir aliviada por un momento, así que se dedicó a pensar en los días del pasado. La imagen de Christian le vino a la memoria, vaporosa, distante. Lejana como ese sol que anhelaba ver y, pese a ello, no salía de entre las sombras. Inclinó la cabeza hacia la derecha, la larga cabellera negra se le desbordó como una cascada nocturna sobre el hombro. De estar a su lado, Christian le hubiera dicho que olía a rosas, aunque su perfume en realidad fuera una mezcla de flores silvestres.
Él no sabía distinguir unas de otras, pero a Emma no le molestaba en absoluto.
Sonrió. Christian era un hombre cursi, tan romántico que a ella le parecía increíble su personalidad a veces seria. Pero, si se lo pensaba mejor, él era más bien equilibrado.
Lástima, se dijo, que jamás fue abierto con nadie aparte de ella, que nunca les permitió a otras personas saber sobre el buen corazón que tenía. Qué pena que se hubiera ido tan pronto.
Emma se acordó de lo sobreprotector que era, sobre todo cuando la veía llorar. Pensó en lo débil que fue ella durante la adolescencia, luego de que le rompieran el corazón.
Por esos años su autoestima era baja, ella no se consideraba alguien fuerte ni digno de nada bueno, y el que Reece rechazara su confesión amorosa diciéndole que pretendía iniciar una relación con Julie no hizo sino empeorar el escenario. Fueron meses duros en los que se sumió en una terrible depresión que parecía matarla. Pero también fue en ese período, en medio de aquel infierno en la tierra, que Christian apareció para salvarla. No se trataba de que nunca hubiera estado, no era que no la hubiera salvado antes, mas en ese tiempo él se presentó como un caballero sin armadura que, tendiéndole la mano, le ayudó a levantarse. A lo mejor no había sido tan romántico en un principio, con todo, aquello no evitó que ella lo amara.
Después de lo sucedido con Reece, Emma se había limitado a ser una sombra que respiraba, lo que entristecía a Christian, quien no tenía idea de cómo ayudarla. Él la quería, pero no le era fácil expresar sus sentimientos. Ser el hijo de un soldado estricto -como lo era su padre- tenía sus consecuencias. Ella se había alejado de su grupo de amigos, sobre todo de Christian, debido a la vergüenza que sentía por haber sido rechazada por Reece el día de San Valentín. Esa actitud le había convertido en un blanco fácil de los brabucones. Emma siempre lo fue, no obstante, la situación llegó a convertirse en algo insufrible que ella se dedicaba a soportar en silencio y con la cabeza gacha, como si la vida le importara poco.
Estaba deprimida. Christian lo tenía claro, pero no podía aceptarlo. No pudo aguantarlo más cuando la vio acorralada contra una de las paredes siendo molestada por varias estudiantes del curso superior; le dolió verla morderse el labio con los ojos cerrados, temblando de miedo.
No fue capaz de contenerse al escuchar el débil lamento que suplicaba ayuda.
Christian había llegado a ellas y, en un momento, la liberó de lo que Emma consideró su condena. Sin embargo, no parecía feliz ni preocupado; él lucía enojado más que cualquier otra cosa. Tenía los labios fruncidos, al igual que el ceño, y una expresión que Emma nunca antes vio en él. Respiraba agitado, no por la discusión en sí misma, sino por la ira.
Emma casi sintió temor.
Christian la tomó del brazo y la obligó a verlo a los ojos. Eran de un hermoso color café, pero a ella le parecieron horribles en ese momento.
-¿Hasta cuándo? -preguntó. Su voz estaba cargada de dolor-. Deja de comportarte como una maldita niña cobarde. Dime por qué no te defiendes y dejas que te humillen como si no importara. ¿Acaso no tienes orgullo? ¡Basta ya, Emma, basta!
Emma no respondió nada en absoluto. Christian tenía razón. No obstante, las lágrimas brotaron tibias, cargadas de angustia y esa frustración que se guardaba en el alma desde tenía uso de razón.
Al verlas, Christian no pudo evitar sentirse culpable. Su mejor amiga continuaba siendo linda y cuando eran niños ella le gustaba..., sin embargo, eso había sido antes, durante la infancia; lo que sentía por Emma no era más que... Recién se dio cuenta que no dejó de amarla. Quiso acariciarla, jalarla hacia su pecho para darle un beso profundo y lleno de eso que pretendió matar en miles de oportunidades. Pero no lo hizo.
Christian acercó la mano hacia el rostro de su mejor amiga y le secó las lágrimas. Emma colocó su propia mano sobre la de él, y le hizo sentir confundido cuando la acarició con suavidad.
-Chris -dijo.
-Deja de llorar, Emma. Yo solo... me preocupo por ti.
-Lo siento, Chris.
Emma lo vio directo a los ojos. Eso lo desarmó por completo.
Se sonrieron.
-No importa, yo no debí haber dicho eso. Perdóname, Emma.
Christian la atrajo hacia sí mismo y la rodeó con sus brazos para consolarla. Emma volvió a quebrarse. Lloró por Reece, al mismo tiempo que le enterraba las uñas la piel. Eso dolió, aunque no más que el verla sufrir sin poder hacer nada.
-Shhh... Emma, Emma, estoy aquí, estoy aquí..., no me iré, Emma, lo sabes. Lo sabes, ¿verdad?
Emma elevó la cara para verlo un momento y afirmó con un pequeño movimiento de cabeza. Christian la besó en la frente.
-Gracias, Chris -susurró, después volvió a esconder la cara en su pecho.
Christian no contesto, con todo, se propuso ganarse su corazón. Si Reece no lo quería era cosa suya, pero él lo anhelaba como a la vida misma.
Ese fue el comienzo de una ilusión inigualable que se prolongó por años. De las miradas cómplices y las sonrisas coquetas. De los halagos y las caricias disimuladas. De la confusión y la dicha de saberse amada con tal intensidad por quien menos lo esperaba. Fue el inicio de un preciosísimo cuento de hadas que terminó convirtiéndose en una historia de terror. Y, aun así, no se arrepintió nunca de haberlo vivido, de lo poco que duró. Con todo y el dolor, con toda esa amargura que amenazaba con devorarla, Emma no sentía ni un poco de remordimiento.
Él tampoco lo hizo. Christian jamás se arrepintió.
De volver a nacer, se dijo Emma, lo habría amado con igual o más fuerza.
-¡Emma! -exclamaron haciéndola reaccionar. Reconoció la voz de inmediato. Era la de Reece- ¡Hey, Emma!
Dudosa, levantó la vista hasta encontrarse con sus ojos. Estaban velados por la tristeza, y no brillaban como antes, no como ella los recordaba. Emma sintió pena por él. Reece y Christian no fueron grandes amigos, pero existía cierta camaradería entre los dos.
Recorrió con la mirada el espacio. Había más de treinta personas, la mayoría jóvenes de su edad. Todos conocidos para ella. Unos habían cambiado al punto de que se volvía difícil reconocerlos, sin embargo, fue capaz de diferenciarlos. Tenía buena memoria. Se alegró de que sus compañeros más cercanos del colegio estuvieran en el cementerio e incluso que la rectora se encontrara junto a ellos, pretendiendo ser fuerte, conteniendo el llanto mientras conversaba con su marido, el viejo Freddy.
Se detuvo por unos segundos en Debra Gordon. Ella estaba afligida como el resto. Llevaba el cabello trenzado hacia la parte derecha, lo cual le daba un aspecto maduro y sufrido, además tenía puesto un vestido negro con una flor de loto blanca bordada en la parte izquierda. Sollozaba en silencio, a la vez que acariciaba con el dedo pulgar la parte interna de su mano. Ambas se vieron durante unos segundos y se sonrieron de forma sutil. Después Emma suspiró cansada y volvió la mirada hacia Reece, quien -al igual que el resto de los asistentes- se encontraba vestido de luto.
-Pe-pe-perdona, no te escuché -dijo.
Recién se dio cuenta de que esperaban por ella para iniciar la ceremonia. Reece meneó la cabeza restándole importancia, le apretó el hombro con suavidad y sonrió.
-No te preocupes, Emma. Sé cómo se siente. Cuando murieron mis padres, yo pasé algo similar.
Ella no pudo evitar sonreír al oír la vieja muletilla de Reece, eso hizo que dejara de sentirse tan culpable por no ser capaz de abandonar su tartamudeo del todo.
-S-s-sí, cuando perdiste a tus padres te veías muy afectado. Yo nunca imaginé volver pasar por algo como esto. Después de que mi madre muriera..., tú entiendes.
Reece rio por costumbre.
-Sí que lo hago, ¿sabes?
Emma, a pesar de sentirse invadida por la tristeza, lo imitó. Necesitaba con urgencia reír al menos una vez, pero reír de verdad. En seguida, el silencio los envolvió cuando Julie se acercó a ellos para saludar a la pobre mujer que se había quedado viuda antes de casarse. Ellas se sonrieron mientras se estrechaban las manos. A pesar de que nunca fueron amigas en realidad, se trataron como si lo fueran.
Emma agradeció el gesto dentro de sí, diciéndose que Reece había elegido una grandiosa esposa.
El cielo sombrío fue iluminado de repente por un destello de luz, de inmediato se dejó oír un espantoso trueno. Uno tras otro, se hicieron escuchar rabiosos. Emma lo consideró una señal de Dios; mas no le afectó en gran manera, ya nada lo hacía desde de la partida de su prometido. Aun así, meditó en la situación, en lo que haría. ¿Qué sería de su vida en adelante?, ¿cómo enfrentaría los desafíos que tenía al frente sin él? No lo concebía. Creía que por sí misma era una mujer incapaz, siempre fue de ese modo, a pesar de que Christian se esforzó por años en negarlo.
Una figura se hizo presente. Emma se sintió confundida tan pronto como lo vio. Le molestó el hecho de que con cada paso que él daba, con su habitual soberbia, las personas se dedicaban a murmurar entre ellas, a su espalda, criticándolo sin ningún tipo de pudor.
-Davies -dijo. Hubo frialdad en su voz.
Ella lo vio a los ojos, y sintió cómo su intensa mirada le penetraba el alma.
Damian Yoshida regresaba después de casi cinco años.
Emma se sintió perdida durante unos instantes en su rostro serio. Tenía ese brillo inusual en los ojos, el mismo que había visto años atrás, cuando eran tan solo un par de adolescentes inmaduros que jugaban a ser adultos y la vida le parecía más simple, más bella, pese a ser un completo infierno.
«Pero incluso en aquel tiempo, yo era mucho más feliz porque tenía a Chris», pensó mordiéndose el labio.
Damian continuaba frente a ella, sin decir una palabra, con los labios casi rectos. Emma se preguntó cómo podía llegar a ser así de reservado. Él daba la impresión de ser frío y distante, casi cruel; aunque en otras, se mostraba amable y comprensivo con ella, pero solo a veces.
Dirigió la vista hacia la izquierda. Sebastian, un viejo amigo que solía ser descrito como «raro» gracias a su actitud contradictoria, se hallaba a su lado junto a Lily, su prometida. Él estaba molesto debido a la inesperada visita de su antiguo compañero de estudios, sin embargo, a Emma le pareció que era una conducta infantil.
Sebastian vio hacia arriba, hastiado, mientras bufaba. Emma le sonrió para calmarlo, pero él se limitó a rodear la cintura de su novia con el brazo. Emma se acordó de los dos tuvieron una pelea por aquel tiempo, algo relacionado con el padre de Damian y una humillación pública hacia Sebastian. Hizo memoria. Ese día ella había estado ocupada en otros asuntos, pero el chisme se regó como pólvora: un asiático alto, magro y con cara de perro rabioso, había desdeñado al pobre Sebastian en público llamándolo asqueroso y sangre sucia. Tal vez por ello, asumió, él estaba a la defensiva. Pero eso había sido mucho tiempo atrás, no tenía sentido estar celoso a esas alturas.
-Da-Damian -respondió. Se regañó dentro de sí por no ser capaz de decir una frase entera-, cuánto tiempo. No has..., ehm..., cambiado nada.
-Sí, no has cambiado nada. Sigues siendo el mismo chino bastardo e hijo de papi de siempre, ¡a que sí! -añadió Sebastian.
Una pizca de furia se reflejó en el rostro casi siempre sereno de Damian. Emma bajó la cabeza, sintiéndose nerviosa de una forma aterradora. Era como si el odio que él albergaba en su interior, hacia el mundo entero, amenazara con devorarla.
-¿Es que tengo que cambiar algo, Rohde? -contestó él al fin. A pesar de dirigirse a Sebastian, continuaba viendo a Emma-. Y, a todas estas, ¿qué te importa? Mejor búscate una vida.
-¡Qué te den, chino de mier...!
Sebastian elevó el tono apenas un poco. No obstante, se vio interrumpido por Lily, quien halándolo del brazo, dijo:
-¡Basta! ¿No piensan en la pobre Emma? Mírenla, por Dios. Es el funeral de su prometido, tengan algo de consideración.
Sebastian inclinó la cabeza, apenado, a modo de disculpa. Emma le mostró una sonrisa amable. Ella entendía, no tenía por qué disculparse.
-Lo lamento, Emma -susurró, y se retiró junto a Lily.
Damian permaneció en silencio. No estaba de humor como para seguir discutiendo, además, no le apetecía. Tampoco era el lugar indicado para iniciar una disputa verbal que seguro ganaría, se dijo, no era tan inhumano como alegaban y se mostraba a sí mismo.
-Siento lo de Christian -habló de nuevo, entregándole un par de rosas.
Eran naturales, pero estaban teñidas de azul. Azul místico como el cielo y el mar; como lo imposible, como lo inalcanzable..., como Emma Davies.
El dolor en el rostro de Emma se incrementó. Damian fue consciente de ello, mas ya era tarde para volverse atrás. Le había entregado las flores, eso era todo. No era como si después de la ceremonia volvería a verla ni a hundirse en ese par de ojos aniñados que durante la adolescencia le causaron tanta confusión.
-G-g-g-gracias, Damian. Yo... yo... te lo agradezco, de verdad que sí.
Damian se cruzó de brazos y sonrió con la mitad de los labios. «Respira, cálmate. No voy a comerte», quiso decirle, pero se contuvo.
Ella era hermosa, se dijo a sí mismo, tímida, encantadora y hermosa. Lo opuesto a su expareja, lo cual le parecía estupendo.
No se trataba de que Michelle hubiera sido una mala mujer. Por el contrario, el tiempo que pasó junto a ella le pareció maravilloso, pero su idea de felicidad nada tenía que ver con vivir atado a una persona que no amaba. Desde el inicio su corazón había pertenecido a Emma Davies, aunque no importaba en aquel momento. Él nunca había significado nada en su mundo, nadie fuera de Reece lo hizo. Luego, Christian acabó con cualquier oportunidad de acercarse a la mujer.
-Solo hice caso a las palabras del idiota; dijo que debía ser educado. Ya sabes cómo es esto, Davies: si no obedeces a Reece, él entra en su fase de vieja menopáusica.
-No... entiendo.
-¿Nunca te lo ha hecho? Es cuando empieza a chillar como histérico y te reclama por lo mismo durante un mes.
Emma asintió con una sonrisita.
Damian se vio tentado a acariciarle las mejillas, no obstante, se dominó repitiéndose a sí mismo que solo estaría en Lago Púrpura unos días, que pronto tendría que volver a Japón y que, hiciera lo que hiciera, Emma Davies no se fijaría en él. Además, pretender algo en semejantes circunstancias era egoísta..., incluso para alguien como él.
De momento, se sintió observado. Volteó hacia atrás; se encontró con los ojos azules de Lily, quien lo veía como si le hubiera salido un cuerno en la frente o una nueva nariz. Con discreción se llevó la mano al rostro: todo estaba bien, no tenía nada de más; aun así, ella seguía con la mirada puesta en él. Frunció el ceño y ladeó la cabeza, solo en ese minuto Lily dejó de escudriñarlo con los ojos, pero puso toda su atención en sus manos; y Damian se dio cuenta de una cosa: le temblaban.
Arqueó una ceja y la vio desdeñoso, fingiendo indiferencia; pero con los nervios a flor de piel. Había estado a punto de tocar a Emma, como siempre lo deseó. Cuando Lily se dio media vuelta y comenzó a conversar con Michelle, él exhaló con libertad.
«Contrólate», se dijo centrando su atención en Emma. Ella seguía con la mirada fija en las rosas, al mismo tiempo que trataba de contener el llanto. «No debes. No hagas nada. Ningún intento. No debes...».
Sin embargo, se rindió antes de empezar. Terminó deslizando los dedos largos, temblorosos y fríos por la mejilla de Emma Davies, limpiándole las lágrimas. También le sonrió sin un atisbo de arrogancia. Ella lo vio asombrada, pero él se alejó antes de que pudiera hacer alguna pregunta.
«Eres un idiota», pensó. «¡Lo has arruinado todo!».
[***]
La lluvia azotó de un momento a otro el cementerio. El cielo ennegrecido tronó de forma pavorosa mientras las inclementes gotas de agua caían sin cesar sobre el césped. El sacerdote abrió la Santa Biblia, bajo la sombrilla que lo resguardaba, ante los presentes que -al igual que él- temían por la salud física de Emma, quien se negaba a cubrirse alegando que no tenía por qué hacerlo si el ataúd de Christian iba a mojarse.
Damian sintió dolor, con todo, permaneció impasible, aparentando que la escena desgarradora no le interesaba en absoluto.
-Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos -dijo con voz solemne el anciano.
Los recuerdos arremetieron contra la mente de Emma, ya deteriorada por la tragedia y la falta de sueño. Los últimos momentos de Christian le vinieron a la cabeza. Ella no supo cómo enfrentarlos. Una duda le llenó el corazón: dónde estaba Dios. Si era tan real como Christian juraba, ¿por qué no lo ayudó, por qué no hizo nada para salvarlo?
Recordó cómo de un instante a otro, y después de varias conversaciones con su padrastro, Christian se mostró lleno de una impresionante fe en alguien en quien antes no creía y, aunque las dudas causaban estragos en su interior, ella prefirió no preguntar. Él poseía una esperanza viva, una que ni su enfermedad parecía poder matar, eso bastaba. Fue suficiente hasta que Christian no volvió a abrir los ojos.
La tristeza se incrementó. Las lágrimas mezcladas con la lluvia empaparon el rostro pálido de Emma. La angustia se tornó insoportable, a tal punto que no fue capaz de contener los lamentos. Se tapó la boca con ambas manos, para que nadie pudiera escucharla, pero era tarde: el llanto se había contagiado al grupo de personas. O a casi todas. Damian continuaba distante, pese a estar en el mismo lugar, impávido como de costumbre.
-¡Chris!
Emma se arrojó sobre el féretro frío en el cual se encontraba el amor de su vida, su mejor amigo, su otra mitad. El hombre que una vez, con un sencillo «te amo», consiguió unir todos los pedazos de su roto corazón.
-Chris, levántate ya. De-de-deja de jugar, vamos. Chris, ¡Chris!, ¿n-no ves que me lastimas?
Su voz se fue apagando hasta hacerse un lamento casi imperceptible.
Quiso saber por qué no despertaba. Ella ya no podía con la situación; estaba cansada. Quería ir a casa con él y terminar con los preparativos de la boda. Quería que Christian viera lo hermoso que había quedado el vestido de novia, que le diera su opinión sobre los manteles y la vajilla. Sabía que no era lo suyo, Christian odiaba esas cosas; pero por ella era capaz de tolerarlo, porque le amaba. Porque se amaban.
-Christian, ¡despierta por favor! Quie-quiero ir a casa. Llévame a casa, por favor, por... favor...
Damian no soportó verla otro segundo en ese estado. Se acercó con cuidado y le abrazó por la espalda. El ligero perfume floral, que aún conservaba en el cabello, le llegó a las fosas nasales. Aquello era trágico, casi poético. Sus amigos lo vieron atónitos y, de inmediato, se elevaron los murmullos, mas no le interesó. Emma estaba sufriendo, él no era capaz de permanecer indiferente ante eso.
-Emma -susurró.
No hubo respuesta de su parte. Damian se dio cuenta de que ella había perdido el conocimiento. La tomó en brazos y la llevó lejos de la gente, hacia el automóvil en el que llegó junto a su familia y los hermanos McAdden. El chofer todavía esperaba por ellos. Emma necesitaba descansar y él... desaparecer después de haber abandonado su actitud estoica. Ese no representaba ningún problema, pensó, era un experto en ello.
«Siempre desapareciendo» dijo para sus adentros. ¿Qué más daba?, no era como si alguien fuera a echarlo de menos. Ni siquiera Reece, él tenía una familia a la cual atender.
Lily lo siguió sin que se percatara, cubierta por su sombrilla negra, y permaneció oculta detrás un árbol cercano al automóvil.
-¿Y tú qué? -dijo.
Él se tensó. Se giró para verla, carraspeó, y fingió naturalidad, pese a estar empapado y a punto de empezar a temblar por el frío.
-¿De qué?
-Em-ma.
Hubo malicia en su voz. Damian se cruzó de brazos y curvó la comisura de su labio. Estaba sorprendido, Lily se había dado cuenta, pero trató de disimularlo.
-¿Qué hay con ella?
-No séééé, dímelo tú.
-No tengo tiempo para tus estupideces, Byrne.
-Ahí vas con esa cosa de los apellidos, la hostilidad y tu cara de no-me-imporDa-nada. Sabes que eso no funciona conmigo, ¿cierto? Soy bastante... ¿insistente?
-Byrne...
-La quieres, ¿verdad? Se te nota por cómo la miras. ¿Desde cuándo?, ¿Michelle lo sabe?
-Y si así fuera, ¿a ti qué?
-Ohhh -dijo llevándose la mano al mentón y entrecerrando los ojos-. Vaya, vaya, pero qué sorpresa... ¿Y te irás de nuevo, así como un cobarde? Eso nunca lo hubiera esperado de ti. Eres el hijo del hombre aterrador de la cadena hotelera y los viñedos, se supone que alguien como tú no...
Damian apretó los labios, se acercó a ella dando pasos largos y la acorraló contra el árbol detrás del que estuvo escondida. Ella soltó el paraguas temblando, pero él lo ignoró adrede. Golpeó la madera con la palma abierta. Lily cerró los ojos.
Los abrió segundos después.
-No sabes nada, ¡nada! No te metas en lo que no te importa. ¿Crees que es fácil ser quien soy, vivir con toda esta maldita carga? ¡No tienes ni la menor idea!
Lily calló. Damian sonrió con esa amargura casi palpable que sentía dentro de sí mismo. La dejó libre y siguió su camino hacia la motocicleta que lo esperaba, sin siquiera mirar atrás.
«Adiós, Emma -dijo para sus adentros, colocándose el casco-. Fue un placer verte por última vez».
La lluvia cesó y el sol, como una señal de esperanza, recién asomaba sus brillantes rayos. Damian se preguntó si ella volvería a ser la misma de antes. Todavía llevaba esa sonrisa tatuada en la mente: la que no le obsequió a él y, con todo, atesoró por años. Él continuaba anhelando ser el causante de una de esas porque Emma era como un ángel y con una sola sonrisa de sus labios el mundo se le iluminaba, pero eso no sucedería.
Se consideró a sí mismo estúpido. Jamás pensó llegar a sentir nada aparte de odio y, sin embargo, en ese momento...
No debió haber regresado.