-¡Alégrate por mí, Karen! Porque voy a hacer papá- comento mi esposo apenas abrió la puerta.
-¿Qué?
-He dejado embarazada a una guapa empleada de 20 años, por favor, divorciémonos- su expresión se veía radiante mientras decía eso.
Me quedé atónita y abrumada por lo repentino de su comentario. Me tumbé en el sofá en silencio por un buen rato.
-¿Estás seguro? - pregunté, intentando procesar la noticia.
Él asintió con una sonrisa triunfante. Sentí que mi corazón golpeaba fuertemente contra mi pecho y agradecí estar sentada porque me habría caído por la sorpresa. No era capaz de organizar mis pensamientos ni de formular palabras. Desde hace unos años, Sebastián había insistido en el tema de los hijos y, por más que nos esforzáramos, simplemente no ocurría.
Ahora él era un futuro padre. Se me saltaron las lágrimas y mi corazón se fragmentó en muchos pedazos. No podía creerlo. Habíamos estado casados por siete años, trabajábamos juntos en la misma empresa, y jamás pensé que él fuera capaz de algo así. Ni siquiera me di cuenta de las señales. Todo había sido en vano; la sensación de abandono inundó mi pecho.
Sebastián se arrodilló delante de mí y limpió algunas de mis lágrimas.
-Lamento hacerte esto, he estado pensándolo por un tiempo. Sabes que nuestra relación no es la misma -trató de explicarme con voz dulce, y mi estómago se revolvió en un arrebato de rabia. - Y esa chica es dulce y encantadora, es muy buena en su trabajo
-No puedo creer que me engañaras -fue lo único que pude decir.
-La amo -fue todo lo que me respondió.
Lloré desconsoladamente en sus brazos después de eso. Parecía rehusarse a dejarme ir. Finalmente, me llevó hacia la habitación principal para que me recostara en la cama.
-Quédate aquí, yo dormiré en el sofá -me comentó mientras me acostaba-. Solamente quiero ser papá y darle un hogar a ese niño.
Sus palabras eran como puñaladas para mí. Dormí o al menos lo intenté. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el hambre me hizo acercarme a la cocina, donde estaban encendidas las luces. Mi esposo. No, mi exesposo, estaba de pie con el teléfono en alta voz.
-¿Por qué no la dejaste? Me prometiste que lo harías -empezó diciendo una voz que conocía muy bien-. Una mujer que no puede tener hijos no debería ser tu esposa.
Era una empleada de contabilidad. No hacía mucho que había llegado a la empresa, quizá un año. Se llamaba Catalina. Era una mujer alta y con curvas pronunciadas, pero por lo que había escuchado, tenía una personalidad terrible. Nadie en el departamento la soportaba, y ahora podía entender por qué; no respetaba límites.
-Escucha, llevamos siete años. No puedo simplemente echarla de la casa.
-Deberías haberlo hecho. El bebé necesitará un hogar en unos meses.
-Y todo estará solucionado para entonces -declaró mi exesposo, poniéndose una mano en la cabeza, algo que hacía cuando se sentía frustrado.
-Ahora deberé verla en el trabajo; será muy incómodo -exclamó la mujer con desesperación.
-Ella no sabe tu nombre. No se lo dije.
-¿Ah no? -preguntó preocupada-. No entiendo por qué insistes en no echarla.
-Ella es excelente en su trabajo. Mis jefes no me dejarán hacerlo.
Cada palabra hacía que odiara más a esa mujer.
-Bueno, si es excelente en su trabajo y siempre quiso hijos, ¿crees que estaría dispuesta a ayudarnos con el bebé? -preguntó la mujerzuela.
Mi mandíbula cayó casi hasta el suelo. Era la idea más estúpida que había escuchado nunca.
-¿Qué?
-Bueno, ella es mayor. Seguro que sabe mucho del cuidado de los niños -bromeó con voz cantarina.
-Ya que es incapaz de tener uno o satisfacerme, quizás sea una buena opción -aquello fue un golpe bajo para mí.
-Y está fea. Todos en la oficina hablan sobre que no sabe cómo vestirse.
-Oh, vamos. No tienes idea de lo mucho que se esfuerza por verse como una mujer de noventa años -las carcajadas estallaron en ambos.
-Y con esas gafas, creo que está esperando protagonizar Betty la fea, por segunda vez.
Ambos comenzaron a reírse. Apreté los puños, sintiéndome completamente humillada. ¿Cómo se atreven? No se reirán de mí por mucho más tiempo, pensé alejándome de vuelta hacia la recámara. Me aseguraré de haberme engañado, me prometí silenciosamente cerrando la puerta. Era cerca de medianoche y comencé a trazar un plan para hacerlos pagar por sus acciones.
El primer paso en la mañana sería llamar a un abogado. ¿Pero qué sería lo suficientemente doloroso para él? Me pregunté, y entonces lo vi, una foto que nos tomamos el día de la boda con sus padres. Tuve una gran idea. Su familia era dueña de una conocida empresa del sector, en la que ahora trabajábamos. Su padre había muerto hacía un año, y su madre estaba preparando a Sebastián para que asumiera el cargo de director en uno o dos años más.
Le arrebataría la empresa.
Aquella foto me trajo recuerdos sobre nuestros comienzos. Fuimos compañeros durante toda la secundaria y universidad, siempre cercanos, pero sin hablarnos. Ambos tenemos personalidades opuestas. Siempre fui muy tímida, pero él parecía estar rodeado de personas todo el tiempo. No sé si era aquella personalidad despreocupada y amable lo que me enamoró de él y hoy maldecía.
En nuestro último año de universidad, tuvimos un proyecto final juntos. Me llevó a cenar y una cosa llevó a la otra; terminó proponiéndome matrimonio en un elegante restaurante de la ciudad. Mi familia parecía estar cerca del cielo; lo que más temía era la suya. No es fácil para personas que tienen tanto dinero aceptar a alguien que no lo sea.
-Bienvenida a la familia -me dijo mi suegro-. ¿Cuándo puedes empezar en la compañía?
El hombre mayor valoraba mi capacidad en gestión empresarial, contabilidad y mis buenas calificaciones. Creía que un buen elemento para la empresa debía ser aprovechado, en especial si ahora era parte de la familia. Así fue como comencé hasta llegar a dirigir todo el departamento de ventas del lugar. Me había hecho un nombre con el paso de los años.
Busqué mi mejor atuendo por la mañana y me maquillé para encubrir el cansancio. No les daría el gusto de que me vieran derrotada. Cuando me acerqué a la sala, Sebastián ya estaba vestido para la oficina. Parecía haber podido dormir muy bien. Lo maldije por eso.
-Tenemos que resolver muchas cosas antes del divorcio. Trae a tu amor a casa en una semana; ambos estamos lo suficientemente grandes para lidiar con una situación así -mis palabras lo dejaron con la boca abierta.
-¿Es una trampa? -preguntó con algo de humor.
-No, pero si no la conozco, no creas que la recomendaré con tu madre -presioné aquel cable emocional con la única conexión viva que tenía.
Un mes antes...
Había notado que miraba con desaprobación todas las cosas que hacía, especialmente si se trataba de nuestra habitación.
-¿Por qué siempre haces un desastre en el baño? -se quejaba Sebastián.
Me acerqué para ver de qué hablaba, pero no había nada fuera de lo ordinario.
-¿De qué hablas? Todo está en su lugar, cariño.
Él me miró con furia.
-Tus productos de mierda. ¡Recógelos! No puedo afeitarme con tantas cosas -me sentí avergonzada por incomodarlo tanto, me preparé para recogerlos-. No es como si te hiciera más joven, eres una vieja, acéptalo -me gritó la última parte.
Me mordí el labio; teníamos la misma edad. Si yo era una vieja, él también lo era. No quería pelear, no hoy, era el aniversario de nuestro matrimonio y quería que pudiéramos pasarlo de la mejor manera, aunque él me hacía muy difícil tener paciencia.
-Voy a hacer una reserva en nuestro restaurante de siempre -comenté con alegría.
Desde el espejo me lanzó una mirada malhumorada mientras se afeitaba.
-No tengo tiempo.
Su respuesta me dejó sorprendida; él jamás rechazaba una salida con nadie.
-Pero... -traté de expresarme.
-¿No ves que estoy ocupado con mi trabajo? No tengo tiempo de ir a un restaurante.
-¿Y qué pasa? Siempre sacas el tiempo para ir.
-Si estás tan desocupada, ve tú sola. ¿Hasta cuándo vas a seguir con este numerito de recién casada? Somos adultos y tenemos responsabilidades -proclamó girándose para verme con una expresión enojada.
-Yo solo quería pasar tiempo contigo... -pronuncié con voz dulce.
Su expresión pareció suavizarse por un momento, pero no me dijo nada. Para compensarlo, decidí enviar su marca de comida tailandesa a la empresa; me había esforzado para conseguir que fuera la mejor de la ciudad y le envié gran variedad para que pudiera comer a gusto. Nada parecía ser suficiente para él.
-Karen, ¿No tienes gusto? ¿Qué fue lo que enviaste a la empresa? -me cuestionó colérico.
-Envié comida tailandesa, ¿no es tu favorita?
-Estoy harto de esa marca; siempre la piden para todos en la oficina. ¿Estás diciéndome que soy un empleado común? ¿No merezco algo especial? -me cuestionó aún más furioso-. Y mira esta casa, parece un tiradero. ¿Qué haces cuando sales de la oficina? No sé, ni por qué me casé contigo.
Agaché la cabeza y contuve las lágrimas. Ni siquiera notó el vestido nuevo que había comprado para hoy.
-Lo siento, había investigado en internet y vi que era el mejor de la ciudad.
Chasqueó su lengua.
-Haces un pésimo trabajo -su mirada parecía recorrer mi piel, porque mis brazos comenzaron a erizarse- ¿Y qué llevas puesto? Vístete decentemente, eres una mujer casada, no una zorra de la calle, no me hagas pasar vergüenza.
Se sentó en el sofá y encendió la televisión.
-Prepara la maldita cena y la quiero lista en treinta minutos.
Me cambié a ropa de cocina y fui a la cocina para hacer lo que él me pidió. Por momentos como estos, lo odiaba con cada parte de mi ser. A lo largo de los años, había estado haciendo estas cosas que hacían que mi corazón se entristeciera. Parecía solo tener estos estallidos de ira mientras estaba conmigo, porque con cualquier otra persona, era un excelente amigo o jefe.
Tenía una expresión amable y un carácter asertivo que las personas solían adorar. Era muy fácil para él hacer amigos, especialmente en el ambiente comercial, lo que ayudaba mucho a la empresa. Aunque no era perfecto, cuando comenzó, lo hizo prácticamente conmigo. Los errores que cometió hicieron que lo pusieran como gerente general.
Los ejecutivos reprobaban su comportamiento, y su madre era muy crítica con sus acciones. En aquella época, tuve que disculparme, aceptar muchas culpas, así como aprender. Tomé todo lo que ellos ofrecían para hacer el trabajo, hasta el punto que mi esposo venía suplicándome que lo ayudara cuando cometía un error. Fui quien sostuvo su mano y él parecía olvidar sus inicios, porque ahora tenía éxito en el cargo.
Ganaba mucho más que yo, aunque compartíamos los gastos. No dudaba en echarme en cara el hecho de que parecía tener más éxito, la gente parecía perseguirlo a todas partes.
-¿Ya está lista la cena? -gritó desde la sala.
-Aún no -fue mi respuesta.
Escuché el ruido de movimiento. Cuando me acerqué para ver qué pasaba, él parecía listo para irse.
-¿Qué haces? -lo cuestioné secándome las manos.
-Me largo, eres una perra inútil -me respondió abriendo la puerta-. No sirves ni siquiera para cocinar.
En cuanto la puerta se cerró, las lágrimas comenzaron a salir por mis ojos, haciendo que me sintiera completamente vacía. Me culpaba por no haber hecho lo suficiente; quizás él tenía razón, porque estaba dedicándome a hacer más cosas externas y no en la relación. Necesitaba aprender a ser una mejor esposa.
Cuando sentía que todo estaba perdido, el sonido del teléfono llamó mi atención.
-¿Sí? -respondí con un sonido de tristeza.
-¡Oh, querida! ¿Estás bien? Suenas terrible. ¿Estás llorando? -era la voz de mi suegra. Me limpié las lágrimas y mordí mi labio conteniendo las ganas que tenía de decirle la verdad.
-No, no... solamente tengo un terrible resfriado -traté de excusarme.
-Ay, querida, enviaré mi sopa favorita de pollo para ayudarte -su voz me hizo sentir comprendida.
-Beverly, eres muy dulce.
-Eres mi nuera, y te quiero. Sabes que estaré contigo en cualquier situación, solamente tienes que decirme -sus palabras me recordaron el amor que tenía en este matrimonio, ahora solamente cruzábamos por un bache, todos los matrimonios los pasaban.
-Gracias, Beverly, espero que cuando esto se pase podamos pasar tiempo juntas.
-Lo haremos, deben venir este fin de semana. ¿Y mi hijo? ¿Dónde está? -eso me hizo sentir algo nerviosa.
-Ah, él... salió para comprarme algo de comer.
Hubo una breve pausa por parte de ella.
-Debería estar contigo, ese niño, no aprende nada. Por algo existe él envió a domicilio.
No tenía idea de que responderle.
-No seas dura con él, es un buen esposo- trate de excusarlo, sintiendo dolor en mi corazón.
-Cariño, dile que me llame en la semana. Hace mucho no lo hace, parece más como si tu fueras mi hija, mientras que ese bribón, solo me llama cuando hay una crisis en la empresa.
-Lo siento, se encuentra bajo mucha presión, hay mucho trabajo en la empresa.
-Eres un amor, siempre viendo lo bueno de la situación. Mi hijo es afortunado de estar contigo.
Tan sólo si ella supiera la verdad de su hijo.
Siempre soñé con un matrimonio feliz, por eso el hecho de que nuestro matrimonio se desmoronara me hacía sentir fuera de lugar y con el corazón roto. Había derramado muchas lágrimas por eso, aún sentía la presión en mi pecho como si estuviera desolada. A la mañana siguiente, me preparé para ir a la oficina, con algo clásico que usaría todos los días. Nos encontramos en la sala, cuando él ya estaba listo para salir.
-Buenos días -saludó Sebastián. Las palabras del hombre de la noche anterior me parecían un cinismo ahora. Tenía que fingir que estaba de acuerdo con esto.
-Buenos días, Sebastián -comentó, tomando las llaves de la casa para salir.
-Sé que vas a la empresa, vamos juntos -eso me pareció impresionante viniendo de su parte, aunque era una rutina que teníamos todos los días-. Los empleados pensarán mal de nosotros, no queremos crear chismes en la oficina.
Forcé una sonrisa para que saliera de mi boca y acepté de mala gana. Detestaba que me tratara como un objeto más en su escritorio, pensando que era muy superior a nosotros solo porque él era el próximo heredero, pero era un completo idiota. Si quisiera, podría reunirme con los ejecutivos para destituirlo si era necesario, y si reuniera evidencia, podría presionarlo con mi suegra.
Mientras estaba trabajando, me disponía a salir de mi oficina cuando escuché una conversación en mi puerta que me heló la sangre.
-Es divertidísimo que no se haya dado cuenta antes, llevamos dos años en esto -anunció Catalina.
-No es muy brillante -contestó Sebastián haciéndola reír.
-¿Por qué no la dejaste antes? -presionó ella de nuevo.
-Como no puede tener hijos, es buena ama de llaves. Además, es bueno en su trabajo. Si nos divorciáramos antes, sería incómodo y probablemente ella renunciaría. La empresa la necesitaba en aquella época -trató de consolarla él.
La furia fue acumulándose en mí. ¡¿Una ama de llaves?! Ese desgraciado no dejaba de hacerme sentir enferma. No me trataba como un igual, no me respetaba, me veía como la servidumbre y pensaba que siempre podría humillarme y obtener todo de mí. Eso me hacía sentir aún más enojada con él. Había aguantado mucho pensando que este matrimonio algún día daría sus frutos, pero ahora, solamente me decepcionaba.
-Entonces mantenla cerca, por ahora -el tono de la mujer cambió a uno más seductor-. Pueden divorciarse antes de que nazca el bebé, o incluso podrían criarlo dentro del matrimonio.
-¿Qué dices? Pero si tú sabes que solamente te amo a ti.
-Sí, lo sé -bromeó en un tono juguetón-. Pero si lo hacemos así, ella podría llorar al bebé. Tendría que quedarse en casa y ocuparse de todo. Después de todo, es estéril. Le haríamos un favor y mientras tanto, nosotros podemos avanzar... -la forma en que dijo la palabra daba a entender que se trataba solo de sexo lo que querían en realidad.
Una risa masculina salió de Sebastián.
-Catalina, eres muy lista. Si le decimos que es por el bien del bebé, seguramente aceptará.
Mi estómago dio un vuelco del asco que sentía por ellos dos. Tomé mi teléfono y llamé a un investigador privado. Necesitaba evidencia contundente de que ellos eran amantes para mi suegra, ella no le perdonaría aquello. Pero me quedó un cabo suelto más. Era Catalina, ella no se quedaría de brazos cruzados cuando comenzara a atacar, entonces medité la situación en mi silla.
Había escuchado quejas sobre ella. Era perezosa, tardaba mucho en hacer las cosas y parecía no importarle lo que pasara con el personal. Si amarrar a Sebastián era tan importante para ella, debía haber cometido errores, y me encargaría de averiguarlos todos. Solicité de forma sutil los libros de contabilidad de la compañía.
En un abrir y cerrar de ojos, ya era lunes de nuevo. Un golpe en la puerta me advirtió que ella estaba aquí. Sebastián se paró para abrirle con una expresión de dicha en su rostro y esperé borrarle esa sonrisa para siempre. Ella tenía un vestido corto de flores incluso a pesar del frío del clima.
La mujer entró como si estuviera de visita en casa de una amiga, sonriendo de par en par, como si pensara que pronto sería su casa o que podríamos compartirla, como lo hacíamos con mi esposo.
-Perdón por la intromisión, pero vaya, la casa de Sebastián es hermosa -le dio una mirada general al lugar maravillada-. Siempre he querido venir aquí y supera completamente mis expectativas.
El brillo en sus ojos aumentó.
-Podrías haber preguntado antes -respondió con completa arrogancia-. Incluso hice que nos prepararan la cena.
Mordí mi labio para no contestar algo desagradable.
-La cocina es elegante y espaciosa, es un contraste con la casa que tengo ahora. Mi pequeño departamento podría caber ahí, es impresionante cómo vive el señor presidente -sus palabras escondían dobles intenciones que Sebastián no podía diferenciar.
-Podrías vivir aquí, si lo deseas -ofreció sin más el cínico.
Las mejillas de ella se sonrojaron.
-¿Puedo ver las otras habitaciones? -preguntó en un tono más tímido.
-Claro, ven por aquí -sujetó su mano llevándola hacia la segunda sala de estar-. Aquí está nuestra segunda sala y la terraza acristalada.
La mujer parecía casi salir corriendo para ver.
-¡Oh, es muy sencillo! -se quejó-. No hay ni una planta.
-Es la preferencia de Karen.
-¡Oh, es un desperdicio de espacio! Si fuera yo, agregaría unas hermosas sillas de jardín y pondría muchas plantas para hacerlo más natural -criticó.
Solo eso me faltaba, la mujerzuela criticaba mi gusto de interiores. Parecía que no tenía ningún límite. Era una completa descuidada.
-Karen odia las plantas, no puede mantener las vivas lo suficiente -bromeó él.
Aclara mi garganta para hacerles notar mi presencia, cuando ambos me miraron les lancé una sonrisa.
-Creo que hemos venido a hablar -comenté.
Los dos se sentaron en el sofá y yo tomé una de las sillas para quedar frente a ellos.
-Catalina, ¿realmente estás embarazada de Sebastián? -ambos asintieron.
-Lo siento mucho Karen, sé que debe ser duro para ti, pero debe ser el destino. Lo supimos en cuanto nos miramos -suspendido de manera teatral, viendo al estúpido de Sebastián que parecía conmovido por ella-. Es como si fuera el destino. Voy a tener un hijo. Sé que cometió un error al casarse contigo, entiendo que él no quisiera pasar el tiempo solo, pero ahora estoy yo. Karen, tenemos que corregir este error y empezar de nuevo.
Su absurda lógica me dejó sin palabras por unos segundos. Sentí ganas de pararme y abofetearla, para después lanzarme sobre Sebastián y ahorcarlo por ser un completo idiota.
Lancé una débil sonrisa.
-Quiero tener al hijo de Sebastián, por favor, déjanos ser felices -me dijo en un tono suplicante la mujer.