En las afueras de la ciudad de Wrille, un fuerte chapoteo resonó cuando algo cayó al río, rompiendo el silencio de la noche.
Kathryn Palmer estaba parada en la orilla, cuando una ola de agua fría la alcanzó sin previo aviso. Instantes después, un sutil aroma metálico se deslizó por el aire nocturno.
Los instintos de la chica se activaron, pues ese olor le resultaba familiar: era el inconfundible aroma de la sangre. Alguien había caído al río, y quienquiera que fuera, estaba herido. Pronto, escuchó voces apagadas en la oscuridad, que se acercaban rápidamente a ella.
"¡Sigan buscando!".
"¡No podemos permitirnos perder ni una sola pista!".
"¡No dejen que salga con vida!".
Una cacofonía de pasos apresurados se acercaba al lugar.
Kathryn se levantó de un salto, con la intención de irse, pero una mano se aferró a su tobillo en un desesperado ruego de ayuda.
"Por favor... te daré lo que quieras. Solo ayúdame...", le dijo un extraño, con una voz tan baja que casi era un susurro. Su agarre se aflojó mientras se desvanecía en la inconsciencia.
Kathryn pensó que el destino nunca colocaba a un sanador en el camino de alguien por accidente. Si ese desconocido había llegado a sus pies, entonces salvarlo era su tarea.
Metiendo la mano en su bolso, sacó un pequeño frasco, dejó caer una píldora en su palma y la deslizó cuidadosamente entre los labios del hombre.
Con cada segundo que pasaba, los pasos se escuchaban más cerca. Los destellos que emitían las linternas cortaban la noche.
Conteniendo la respiración, ella se sumergió en las aguas del río, sosteniendo al extraño.
No mucho después, varios hombres vestidos de negro recorrieron la orilla, con ojos agudos y escrutadores. Sin embargo, la superficie del agua se balanceaba suavemente, sin delatar nada.
Los hombres se dispersaron con las manos vacías, pues no encontraron ni una pista.
Apenas la orilla del río volvió a quedar en silencio, Kathryn arrastró al extraño a la superficie, hasta la tierra firme. El agua helada le entumecía la piel mientras luchaba contra el frío; aunque temblaba y estornudaba, no se detuvo.
Tras una rápida revisión, descubrió que el pulso del hombre era constante, señal de que aún se aferraba a la vida. Sin dudarlo, empezó a hacer RCP.
Los segundos se le hicieron eternos, hasta que, de pronto, el hombre se sacudió en una convulsión y empezó a toser, escupiendo chorros de agua.
Instantes después, Kathryn colocó una de sus suaves manos sobre su nariz, y al percibir el más leve aliento, exhaló aliviada.
Mientras la niebla se disipaba, la luz plateada de la luna inundó la escena. El rostro del extraño se volvió visible: era asombrosamente apuesto, casi demasiado perfecto.
Un movimiento captó la atención de la chica.
El desconocido se movió de nuevo, y abrió los párpados.
Vio a una chica agachada a su lado y, gracias a la luz de la luna, se dio cuenta de que tenía un tatuaje de media luna negra en su clavícula.
Con la poca fuerza que le quedaba, Evan Knight se esforzó por mirar hacia arriba, con la esperanza de ver mejor el rostro de su salvadora, pero el cansancio lo abrumó. Cerró los ojos, antes de volver a caer nuevamente inconsciente.
Kathryn no mostró señales de pánico. Simplemente le metió otra pastilla a la boca.
Los rayos de luna aterrizaron sobre su empapado cuerpo, mientras ella buscaba heridas en el desconocido. La sangre se acumulaba en la cintura del hombre, por culpa de una herida profunda, pero que no estaba destinada a matar. De hecho, se había desmayado, pues esa era la forma en la que su cuerpo lidiaba con la pérdida.
Kathryn rasgó la camisa empapada, limpió la herida y esparció un polvo para detener el sangrado. Sonrió traviesamente cuando terminó con su labor. Luego, pellizcó la mejilla del increíblemente apuesto hombre.
"Te di dos de mis pastillas más raras. Espero que valgas la pena".
Segura de que él se recuperaría, Kathryn recogió sus cosas, lista para irse, pero se detuvo al recordar lo que él le había dicho.
Fijó su mirada en él, específicamente en el colgante que tenía alrededor de su cuello. La luz de la luna hizo que la gema carmesí resplandeciera; era una pieza única e imposible de olvidar.
"Dijiste que me darías cualquier cosa. A mí no me importan las promesas, pero disfruto de pequeños tesoros inusuales", dijo, acercándosele y agarrando el colgante. "Me debes la vida. Solo estoy reclamando lo que me corresponde. Ahora estamos a mano", añadió.
En la mañana, Kathryn se bajó de un taxi que la dejó en el centro de Wrille. Se dirigió directamente al Hotel Summit y sin perder tiempo, se registró.
Una vez dentro de la suite moderna y completamente amueblada, se quitó el abrigo y lo lanzó sobre una silla cercana. Acto seguido, se dirigió al ventanal. La escena ante sus ojos era algo ajeno a su experiencia: edificios imponentes, calles llenas de gente, y el bullicio incesante de la ciudad.
No había visto nada así desde el día en que su mundo se desmoronó. Solo tenía seis años cuando asesinaron a su madre, y a ella la arrojaron a las montañas.
Lo peor era que su propia familia lo había hecho.
De no haber sido por la pareja bondadosa que la encontró, no habría sobrevivido ni una semana. La naturaleza la habría devorado por completo, sin dejar rastro.
Pero aún estaba viva, y no había regresado a la ciudad simplemente para visitar, sino para ajustar cuentas y recuperar lo que le pertenecía.
Un destello de conciencia la sacó de sus pensamientos. Metió la mano en su bolsillo y sacó el colgante que le había quitado al hombre herido.
Lo levantó, dejando que la luz del sol cayera sobre sus bordes. Ahora que estaba limpia, la piedra preciosa brillaba con una especie de arrogante resplandor: se veía fría, clara y obviamente valiosa.
Además, sentía que había algo magnético en la forma en que ese colgante descansaba en su mano. Era como si sus dedos se negaran a soltarlo.
Ella agarró un delgado cordón negro, deslizó la gema a través de él y ató el improvisado collar alrededor de su cuello. Se paró frente al espejo y le dedicó un breve vistazo a su obra. No se veía nada mal; de hecho, le quedaba bien. Decidió que se lo dejaría puesto.
Después de esconder el colgante bajo su blusa, agarró su celular. Con habilidad, ocultó su dirección IP antes de abrir la aplicación de noticias.
La página principal mostraba varias actualizaciones, pero un titular en particular captó su atención.
"Anna Palmer, heredera de los Palmer, en estado crítico. Su familia ofrece grandes recompensas por donadores de sangre".
Kathryn, intrigada, abrió el artículo sin pensarlo dos veces.
De acuerdo con la nota, Anna había estado involucrada en un grave accidente automovilístico. Había perdido mucha sangre y el hospital estaba teniendo dificultades para encontrar donadores de sangre Rh negativo para salvarla.
Los Palmer habían intentado resolver el asunto con dinero, pero prácticamente nadie se había presentado a donar.
Kathryn sonrió, pues parecía que el destino estaba de su lado.
Se había preparado para una larga y ardua batalla solo para colarse de nuevo en el círculo de la familia Palmer, pero ahora se le presentaba una oportunidad perfecta.
Con el artículo aún fresco en su mente, cerró la aplicación, se recostó contra los cojines del sofá y cerró los ojos para ordenar sus pensamientos.
Ella tenía el tipo de sangre que los médicos buscaban desesperadamente. Si quería asegurar su posición en Wrille, necesitaba un título, uno que no pudiera ser borrado ni desestimado. Tras tomar su decisión, se puso su abrigo y salió sin dudarlo.
Ese no era solo su regreso. Se encargaría de que los Palmer se arrastraran; no tendrían más opción que suplicarle que volviera. Y no lo harían en privado, sino frente al mundo entero, reconociéndola como la legítima heredera a la que intentaron robarle todo.
Afuera del Hospital General Wrille, Rhett Palmer salió de su auto, solo para que una persona le bloqueara el camino. Se detuvo en seco, al darse cuenta de a quién tenía enfrente. Cuando hicieron contacto visual, palideció en el acto y todo su cuerpo se tensó, como si hubiera visto un fantasma.
"Tú...", musitó, apenas capaz de articular palabra.
"¿Cómo debería llamarte? Señor Palmer... ¿o sería más apropiado 'papá'?", preguntó Kathryn, sosteniéndole la mirada con tranquilidad, mientras le sonreía dulcemente.
Rhett recibió esa pregunta como un golpe bajo.
Abrió la boca para responder, pero no fue capaz de emitir sonido alguno.
Kathryn no se inmutó ni dio un paso atrás. Dejó que él observara cada centímetro de su rostro. Entre más la mirará, tendría más dificultades para negar lo que había frente: un reflejo de su exesposa.
Si ese hombre sentía aunque fuera el mínimo atisbo de remordimiento, ese era el momento ideal para que lo mostrara.
Ninguno de los dos se movió. El aire entre ellos se sentía denso, por el peso del reconocimiento.
"Kathryn, ¿eres realmente tú?", susurró Rhett, cuando finalmente encontró su voz.
"¿Quieres hacer una prueba de ADN, o vas a confiar en tus instintos, papá?", inquirió la chica, sin inmutarse.
"No hay necesidad. Eres idéntica a tu madre... justo cuando ella tenía tu edad", respondió Rhett, con las manos temblorosas.
Kathryn soltó una carcajada brusca y amarga ante su respuesta.
Después de todos esos años, ¿cómo tenía el descaro de mencionar a su madre ahora? Si no la hubiera abandonado por riqueza y estatus, ella no habría muerto de una forma tan horrible. ¿Y ahora se atrevía a mencionar a la misma mujer que abandonó sin pensarlo dos veces?
"Soy Rh negativa", declaró la chica, con una voz cortante y fría. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y entró al hospital.
Rhett vaciló un instante, aturdido por la intensidad de lo que sentía. Luego reaccionó y la siguió.
Ambos se detuvieron justo afuera de la UCI.
Adentro, rodeada de cables y máquinas, una joven yacía inmóvil en la cama. Su cuerpo se mantenía inerte y su piel se veía pálida. Estaba claro que apenas se aferraba a la vida.
"Donaré, pero solo con una condición", soltó Kathryn, rompiendo el silencio.
No miraba a Rhett, sino a la chica que estaba dentro de la habitación.
Curvó lentamente los labios en una sonrisa indescifrable y añadió: "Restaura mi lugar en la familia Palmer, y que sea oficial. Exijo que todo el mundo lo sepa".
Rhett tensó la mandíbula y su rostro se ensombreció. "Kathryn... si solo buscas un lugar para vivir, puedo comprártelo. Pero reintegrarte a la familia Palmer... eso es complicado".
No necesitaba explicarlo, pues ella ya lo sabía. Incluso si él cedía, el resto de la familia Palmer nunca lo haría.
"Si tu familia se niega a cumplir mi condición, entonces que se prepare para la muerte de Anna Palmer", contestó Kathryn, dándose la media vuelta para irse.
Rhett sucumbió ante el pánico. Se lanzó hacia el frente, la agarró del brazo y le dijo: "Espera, por favor. No te vayas. Yo... hablaré con ellos. Te lo juro".
Finalmente, la familia Palmer aceptó que Kathryn regresara. No mucho después, ella se enteró de todos los pormenores: la decisión había provocado una seria confrontación entre Rhett y su actual esposa, Rebecca Palmer.
Más tarde ese mismo día, la chica realizó su primera donación de sangre para Anna. Debido a que esta última había sufrido una hemorragia grave, se programaron varias transfusiones más durante los siguientes días. Por conveniencia y seguridad, el hospital gestionó todo para que la donante se quedara en una de sus habitaciones VIP.
De repente, el celular de Kathryn sonó sin previo aviso. Ella lo agarró y miró la pantalla. Descubrió que su amiga Lindsay Simpson le acababa de enviar un mensaje.
"El heredero de la familia Knight, Evan Knight, está buscando por toda la ciudad a una mujer, de unos veinte años, con conocimientos médicos y un tatuaje negro de media luna en la clavícula".
"Qué raro. Parece que me está describiendo", respondió Kathryn, con un tono ligero.
"¡No estoy bromeando! ¿Y si realmente te está buscando?", contestó la otra, casi al instante.
"Eso es imposible. Nunca he visto a ese tipo".
"¿Estás completamente segura de que no lo molestaste de alguna manera? Trata de recordar".
Kathryn puso los ojos en blanco, divertida y molesta por la imaginación de su amiga, antes de contestar.
"Ni siquiera llevo en Wrille mucho tiempo. Probablemente solo sea una extraña coincidencia. No te preocupes", respondió.
Lindsay no envió más mensajes después de eso, así que su intercambio terminó sin más discusiones.
Aun sintiéndose inquieta, Kathryn abrió su navegador de internet e hizo una búsqueda rápida. Apenas escribió el nombre de Evan, la pantalla mostró una sola línea en negrita: "Evan Knight, veintiocho años". Esa era toda la información disponible.
'¿Por qué tanto secretismo?', se preguntó la chica, mirando la pantalla con una expresión inescrutable.
Impulsada por la curiosidad, sacó su tableta de la maleta, insertó una memoria USB y comenzó a escribir comandos rápidamente, mientras líneas de código fluían por la pantalla.
No pasó mucho tiempo antes de que estas desaparecieran y fueran reemplazadas por una interfaz de mensajería en blanco y negro.
"Hola, ayúdame a investigar a alguien", pidió.
"¿A quién?".
"Evan Knight", respondió sin demora.
"Entendido. Dame tres días".
Tras recibir esa confirmación, la joven cerró la ventana y apagó su tableta.
En ese mismo momento, Villa Lakeside, enclavada en una de las colonias más elitistas de Wrille, brillaba intensamente desde cada rincón.
"¿Alguna novedad?", preguntó Evan, de pie junto a la gran ventana de su recámara.
A pesar de las vendas y los moretones, su imponente presencia no se había atenuado en lo más mínimo.
Sostenía un cigarrillo entre los dedos, y su punta titilaba suavemente.
"Nada hasta ahora, señor", informó Kayce Wilson, manteniendo su mirada baja.
Su jefe entrecerró los ojos y apagó el cigarrillo en el cenicero, antes de hablar con autoridad serena. "Sigue buscando".
"Entendido".
Acto seguido, Kayce metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó un sobre con estampado dorado, que extendió a su jefe con ambas manos, mientras decía: "Hay algo más que debería ver".
"¿Quién lo envió?", preguntó Evan, mirando el sobre, con una expresión de confusión en el rostro.
"La familia Palmer. Sus miembros organizan un banquete para darle la bienvenida a la hija ilegítima de Rhett a casa. El señor Andrew Palmer pidió específicamente su presencia".
"¿Pidió o exigió?", preguntó Evan, mientras una sonrisa burlona se dibujaba en su rostro.
"¿Le gustaría que enviara una negativa?", sondeó Kayce, tras una breve pausa.
Por lo general, ese tipo de invitaciones se desechaban sin pensarlo dos veces. De hecho, si Andrew, el jefe de la familia Palmer, no hubiera insistido personalmente, Kayce no se habría tomado la molestia de entregar la invitación. Evan tomó el sobre, y su mirada se oscureció por la curiosidad.
Quienquiera que fuera esa hija ilegítima, debía haber causado una gran impresión para que la familia Palmer se esforzara tanto.
"No. Dile a Andrew... que asistiré", respondió, cambiando de opinión abruptamente.
El día del banquete, el cielo estaba despejado. Toda la ciudad estaba bañada por la luz del sol.
Kathryn salió del hospital y manejó hacia la zona montañosa a las afueras de la ciudad. El camino era empinado y estaba lleno de curvas, pero conducía con la confianza de alguien que lo conocía a la perfección.
Finalmente, llegó a una tumba aislada y sin nombre: ese era el sitio donde descansaban los restos de su madre. No había ninguna marca allí, solo un parche abultado de tierra oculto bajo capas de maleza indomable. De no ser por las innumerables visitas que había hecho a lo largo de los años, hasta ella podría haberlo pasado por alto.
Kathryn se agachó y comenzó a arrancar la hierba con cuidado. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos, como si temiera perturbar la paz del sepulcro.
Después de un tiempo, se inclinó profundamente y apoyó su frente contra el suelo helado. Se quedó así por un rato. Ya no faltaba mucho: por fin, su madre estaba a punto de recibir la justicia que le habían negado.
Finalmente, Kathryn se levantó y se dio la vuelta, sin mirar atrás ni una sola vez.
El banquete estaba programado para más tarde ese día, así que cuando regresó al hotel, se puso un vestido de gala y llamó a un maquillista para que se encargara de su apariencia.
Cuando estuvo lista, el cielo ya estaba ligeramente oscuro.
Ella iba ligeramente atrasada. Además, su celular mostraba que tenía muchas llamadas perdidas. Rhett la había marcado más de veinte veces.
Aun así, Kathryn siguió a su propio ritmo. Después de bajar para recoger algo, hizo los arreglos finales y se preparó para irse.
Mientras tanto, en la finca de los Palmer, los invitados esperaban expectantes a que la misteriosa "hija perdida" finalmente se presentara. Los minutos pasaron lentamente, pero la persona por la que se había organizado esa celebración seguía ausente. Pronto, los susurros comenzaron a resonar por todo el lugar.
Rebecca, más molesta que nadie, mostraba abiertamente su frustración. Nunca se molestaba en ocultar cómo se sentía respecto a ese asunto, así que dijo: "En cuanto vi la fecha, supe que tenía malas intenciones. De todos los días, escogió el aniversario de la muerte de su madre. ¡Está haciendo esto para agitar las aguas!".
Luego, con una mueca de desagrado, añadió en un tono cortante: "¿No te parece sospechoso? Justo después del accidente de Anna, toda la ciudad se quedó sin sangre Rh negativa. ¿Y luego ella apareció de repente? Esa chica es una maldición. Mientras esté aquí, no habrá paz entre nosotros".
Cada una de sus palabras aterrizó con una precisión mordaz.
Rhett permaneció callado, con la cabeza baja. Una vena palpitaba visiblemente en su sien.
De repente, estalló un disturbio en la entrada.