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Deseo.

Deseo.

Autor: : Janine
Género: Romance
Dara empieza un nuevo trabajo como encargada de recursos humanos en una de las empresas más importantes de su país. Al firmar el contrato supo que cosas buenas vendrían a su vida, pero no tuvo en cuenta que el señor Belial, su jefe, no le dejaría el camino tranquilo para cumplir sus propósitos. Con el carácter infernal que lo caracteriza y su extraña manera de actuar, y Dara con la manía de hacerle la contraria en todo, ambos deberán saber trabajar juntos, aunque eso conlleve no dejarse llevar por sus impulsos, o peor aún... Saber dominar el deseo que a ambos los desquicia.

Capítulo 1 Un nuevo comienzo.

Me acomodo en la silla por enésima vez y observo los papeles que estan sobre la mesa delante de mí. He perdido la cuenta de las horas que llevo sentada, solo sé que mis piernas comienzan a entumecerse y el trasero me dueke

-Dary, ¿que tu acaso no piensas comer algo?-me cuestiona Diana desde el otro lado de la mesa.

Levanto la vista y la veo parada con los brazos cruzados observandome con el ceño fruncido, como si estuviera regañandome con la mirada. A veces se toma muy a pecho el hecho de ser un año mayor que yo y me trata como si fuera su hija.

-Todavía tengo cosas que hacer-musito volviendo la vista a los papeles.

Escucho como se dirige a la cocina y no tarda mucho en prepararme un sandwich. Me obliga a dejar los papeles y a devorar el aperitivo que me preparó. No pude negarme, moría de hambre.

-Mujer, ¿Cómo piensas tener el mundo a tus pies si ni siquiera comes algo?-se queja mientras se sienta frente a mi.

Alzo la vista y la miró incrédula.

-En estos momentos en lo que menos pienso es en tener el mundo a mis pies-digo, antes de comer otro bocado.

-Si yo fuera tú-me señala-en este momento estaría alisandome el cabello, preparándome la uñas o cosas así.

-¿Pará qué?-balbuceo.

-¿Cómo que para qué?-frunce los labios-. Dar, es tu primer día en el trabajo, tienes que dar una buena impresión. Además, ¿quién descarta la idea de que tu jefe sea un hombre guapísimo?-me brinda una sonrisa socarrona y pareció muy divertida.

-Punto número 1-levanto el dedo-, no me interesa impresionar a nadie con mi belleza, solo quiero demostrar lo que valgo-comento decidida-. Y punto número 2, el jefe me interesa en lo más mínimo, de hecho lo más probable es que sea un hombre de avanzada edad, un poco obeso y para colmo, cascarrabias.

-¿Por qué siempre le quitas lo divertido a todo?-rueda los ojos-. De todos modos, puede que tú te equivoques, y al final el Señor... ¿Cómo decías que era su apellido?

-Fontanet.

-¿Lo ves? Hasta el apellido es sexy-sonríe y suspira.

-Lo que veo es que tú estás alusinando.

-Cómo sea. Lo que quería decir es que no hay que perder la esperanza de que por fin te toque un jefe que no sea un imbécil, o que al menos sea guapo.

En cierta forma yo también lo espero. Es decir, no espero a un jefe guapo como dice ella, sino que espero a un hombre que no se pase diciendo incoherencias o que lo único que mejor sepa hacer sea coquetear con las empleadas de la empresa. Mi antiguo jefe era de lo peor si tuviéramos en cuenta esos puntos que mencioné, y ni hablar de que ya pasaba los 60 años de edad y al parecer las pastillas azules habían afectado su cerebro, ya que pensaba en muchas cosas asquerosas, que no dejaba de recordarnos a todas las mujeres de allí. Por ese y otros motivos más había decidido dar fin a mi estadía como empleada en la empresa Coval, una compañía que se encarga de la fabricación y distribución de productos de limpieza.

Por suerte no tardé mucho en encontrar nuevo trabajo como encargada de recursos humanos, solo que esta vez en una empresa logística que se encarga de la distribución de medios de comunicación a nivel internacional. Hace pocos días firmé el contrato pero en ese entonces el dueño, y también gerente general, no se encontraba, así que no tuve de otra que cerrar el contrato con la jefa encargada en ese entonces.

Y hasta el momento lo único que sé de mi jefe es su apellido, ya que eso fue lo único que me habían dicho.

-Solo espero que me vaya bien-digo al cabo de unos minutos.

-Yo también espero lo mismo-sonríe-. Pero te lo vuelvo a decir, no pierdo la esperanza de que al menos conozcas a un hombre guapo en esa empresa-hace un guiño con el ojo.

-Y si así fuera ¿que?-me encojo de hombros-sabes que no estoy a favor de las relaciones amorosas en el trabajo, me parece anti ético.

-Pero si la relación solo se consuma fuera de la empresa no es anti ético.

-Si lo es-reitero-. Pero ya, deja de decir babosadas. Así estoy bien, concentrada en el trabajo sin pensar en ningún hombre.

-Y virgen.

La miro con mala cara y ella solo se echa a reir. Ella es la única que sabe sobre mi patetica vida amorosa y mi situación virginal, y no pierde tiempo en tomar eso como burla o algo por el estilo, y a pesar de que no me importa mucho, a veces me irrita que no deje de mencionarlo.

Me tiene sin cuidado el hecho de que con 24 años aún sigo virgen.

Es completamente normal.

¿No?

Diana anuncia que se marcha a dormir y me deja sola nuevamente en la sala, con mis papeles y mis ideas raras. La mujer con la que había firmado el contrato me había pedido que redactara una serie de listas en las que debía detallar mis virtudes, defectos y deseos en cuánto a mi desempeño laboral.

Y pues en eso estoy.

Tardó aproximadamente media hora más en terminar las listas y observo la hora en el reloj que se encuentra colgado en la pared. Al ver que ya son las 10 p.m. decido que es momento de ir a dormir.

Pero antes me encargo de acomodar todos los papeles para poder tenerlos en orden.

Mañana será un gran día.

Capítulo 2 Misterio y arrogancia.

Desde mi posición en mi oficina observo a los demás empleados, quienes me miran curiosos. En cuanto había llegado a la empresa, hace aproximádamente media hora, no habían dejando de mirarme "disimuladamente", entre comillas porque igual me daba cuenta de que me observan como si yo hubiese llegado en una nave espacial, o como si tuviera 3 ojos y se asombraran de ello. En un momento me sentí como un bicho raro.

A penas puse un pie en la empresa, la secretaria del señor Fontanet se encargó de mostrarme mi oficina, para que me acomodara mientras el señor se dignaba en aparecer. Se suponía que debía tener como una especie de cita con él, ya que según lo que había entendido, él debía especificarme mis ocupaciones. Y aquí estoy, acomodandome desde ese entonces.

Pero comienzo a impacientarme por su impuntualidad.

Mientras pasan los minutos de espera, sigo sin hacer nada productivo, así que me dedico a mirar la instalación y noto que la oficina tiene un tinte neutro, pero muy elegante. Las paredes son blancas, decoradas sencillamente con cuadros abstractos y una que otra plantera con flores artificiales que acompañan el suelo, que a su vez, son de color marrón obscuro. Desde mi punto de vista es una extraña mezcla, pero elegante al fin y al cabo. Aunque sin duda lo que más me gusta es el amplio ventanal que le brinda mucha claridad a la oficina.

La sala en sí no es muy amplia, pero si lo suficientemente cómoda para mí. Me siento a gusto con el escritorio, con la silla y con todo lo que me rodea.

En comparación a la oficina que tenía en la antigua empresa, esta es como un palacio lujoso y precioso.

Pasé de un cuchitril a una suite.

Bueno, rara comparación pero ajá.

En cuánto a la empresa, es enorme. Las paredes tienen el mismo tono neutro que mi oficina, pero la entrada, y a simple vista las demás oficinas, cuentan con mayor número de ventanales de vidrio; y se alza con aproximadamente 5 pisos, distribuidas para cada área. Yo me encuentro en el tercer piso. Según tengo entendido, el quinto piso es exclusivo para el señor Fontanet, y está acompañado únicamente por su secretaria.

Vuelvo a observar mi reloj y efectivamente ya ha pasado una hora desde que llegué. Me doy por vencida y decido salir de mi oficina para subir al quinto piso. Sé que el señor Fontanet se encuentra, y me niego a seguir esperando aquí sin hacer nada.

Camino por los pasillos hasta llegar al ascensor. Mientras camino, saludo a algunos quienes me observan de pie a cabeza. Las mujeres no disimulan su mala cara y me pregunto el motivo por el cual me mirarán de esa forma, pero no les presto importancia. Los hombres sin embargo se hablan entre sí y me sonríen, pero les brindo la expresión más seria que tengo.

Con la cabeza en alto espero a que el ascensor se abra y una vez adentro me acomodo la falda. No se si hice bien al optar por ponerme una falda lápiz pero fue lo más cómodo que encontré. Me observo en el reflejo de las paredes metálicas y me aseguro de estar presentable antes de encarar al señor Fontanet.

Mi cabello es bastante largo así que por lo general lo dejo suelto para evitar la fatiga de peinarlo. Por otro lado, acompaño la falda con una camisa floja de color granate y unos tacones negros.

Cuando las puertas se abren tomo aire antes de salir. Me recibe un amplio salón donde se encuentra unos cuantos asientos de cuero y a un costado, el escritorio de la secretaria del señor Fontanet, quien al verme parece alarmarse.

-Señorita-se levanta y alarga sus brazos pidiendo que pare-, el señor aún no puede atenderla. Le ruego que se retire.

Me sorprende la manera en la que me pide que me retire, siento cierto temor en su voz. Pero me niego a seguir esperando.

-Llevo esperando más de una hora-me quejo, haciendo caso omiso a su súplica-. No estoy dispuesta a seguir sin hacer nada por más tiempo.

-La entiendo, pero el señor no me ha dado la orden de hacerla pasar.

Suspiro y ruedo los ojos.

-Dígale al señor que por favor necesito hablar con él.

Me observa con mala cara y al darse cuenta de que no estoy dispuesta a marcharme, no le queda de otra que levantarse y caminar hasta la amplia puerta que se encuentra al fondo del salón, donde deduzco que es la oficina del señor.

Da unos golpes y segundos después la puerta se abre. No logro ver al señor porque al parecer solo habla con la secretaria desde lejos y tampoco escucho lo que dicen, pero no pasa mucho hasta que la puerta vuelve a cerrarse y ella me indica que puedo pasar, no sin antes brindarme una mirada de desagrado.

Camino hasta la puerta y golpeo la madera con mis nudillos. Escucho una voz profunda que me indica que pase, y de pronto siento una sensación de nerviosismo.

Entro y cierro la puerta antes de observar el amplio escritorio que se encuentra frente a mi. Me enderezo y alzo la vista para encararlo.

Y mis ideas de un jefe de avanzada edad con sobrepeso, y para colmo cascarrabias, se esfuman por completo cuando lo veo.

Es un hombre de probablemente 35 años. No tiene sobrepeso en lo absoluto pero lo de cascarrabias creo que si lo mantendré. Tiene el cabello castaño claro y una barba incipiente del mismo color que su cabello. No me sorprende mucho su belleza, sino la manera en la que me observa, muy, demasiado, fijamente.

Carraspeo y dejo de observarlo.

-Buen día, señor Fontanet-lo saludo con toda la seguridad posible y trato de ignorar el hecho de que está recostado en su silla examinandome de pie a cabeza.

-Creo que no le han dejado claro que no puede presentarse aquí a menos que yo la llame-dice con mucha tranquilidad.

Su comentario me descoloca un poco pero no lo demuestro.

-Tal vez si al menos me diera las indicaciones como debería ser, yo no estaría aquí en este momento.

Entrecierra los ojos y pienso en que tal vez no estuvo bien que le haya respondido de esa manera pero no sé cómo pretende que sepa lo que debo o no hacer si ni siquiera se ha tomado el tiempo de explicarmelo.

-¿No conoce acaso el término "paciencia"?-se mantiene en la misma posición, apasible.

-La conozco perfectamente, y también conozco el término "trabajar"-contraataco-, y a eso he venido. Solo deseo que me dé las indicaciones para poder comenzar con mi trabajo, por favor.

Esta vez se pone de pie lentamente y acomoda su saco a la par que se aparta de su escritorio para caminar hasta la estantería de libros, que por cierto no había visto antes. Mientras busca algún libro observo su figura y noto que mide aproximadamente 15 centímetros más que yo, y que es un hombre fornido. He de admitir que el traje gris le sienta muy bien.

Veo que saca un bibliorato negro bastante grueso y se acerca a mi con ella en mano.

-¿Cómo me ha dicho que se llama?-me pregunta en cuánto se posiciona frente a mi, en una distancia de aproximadamente un metro.

-Dara García-respondo.

-Muy bien, señorita García-dice cada palabra sin dejar de observarme, y el hecho de que su voz sea tan gruesa hace que la situación se torne densa-En este libro tiene todas las indicaciones necesarias-me tiende el bibliorato y lo agarro cuidadosamente-. Si tiene alguna duda, pues supongo que lo resolverá usted sola, ya que según he leído en su curriculum, es muy buena resolviendo problemas, ¿O me equivoco?

-No, no se equivoca.

En realidad no recuerdo haber puesto eso en mi curriculum pero no digo nada al respecto.

Al ver que regresa a su escritorio me dispongo a salir de su oficina hasta que me detiene.

-Por cierto, necesito que me traiga sus listas antes de las 7 de la tarde, y específicamente los quiero en mi mesa a las 6:30. ¿Entendido?-me observa fijamente y trato con todas mis fuerzas de no rodar los ojos ante tanta arrogancia.

-Sí-es lo único que digo.

Ya que no dice nada más me doy la vuelta y salgo de la oficina, sin poder aguantar un minuto más.

Deseaba un jefe que no sea imbécil, y me tocó uno peor. Para colmo arrogante, prepotente y cascarrabias.

Esto no puede estar mejor.

Capítulo 3 ¿Soberbia

Salgo del ascensor y me dirijo nuevamente a mi oficina. Mientras lo hago vuelvo a escuchar cuchicheos a mis espaldas, lo que me saca de quicio.

Es cuando escucho "¿En serio ella es nuestra jefa?" cuando termina mi paciencia. En ese momento me detengo en seco, justo en medio del pasillo, como para que todos puedan oírme.

Con el bibliorato en manos, volteo un poco para observar a todos, quienes se han quedado en completo silencio, atónitos en realidad.

-Muy buenos días-los saludo y solo pocos me responden-. Como han de saber, soy la nueva encargada de recursos humanos en esta área, lo que me convierte en parte de ustedes-sonrío y continúo:-Puedo ser amable y amigable con todos aquellos que sean respetuosos conmigo, pero puedo ser todo lo contrario con aquellos que no sean capaces de por lo menos decirme las cosas de frente-observo hacia dónde se encuentra la mujer que había comentado algo sobre mi. Ella se queda en completo silencio, sin poder mirarme si quiera.-Si tienen alguna queja sobre mi persona, les invito a acercarse a mi oficina-señalo el lugar-, los escucharé y si tienen razón pues haré lo posible en mejorar. No quiero volver a escuchar cuchicheos cuando paso por aquí. Espero que nos respetemos mutuamente.

Me quedo en silencio, esperando a que asimilen lo que les acabo de decir. Y como era de esperarse, nadie es capaz de decir nada.

-Bien-digo al cabo de unos segundos-Espero que tengan un lindo día.

Les sonrío amablemente y continúo con mi trayecto a la oficina. Una vez dentro, me aseguro de cerrar la puerta y me dirijo a mi silla para tomar asiento y comenzar a leer "el libro negro".

Es probablemente el libro más largo que he leído en toda mi vida. Me ha llevado casi una hora terminar de leerlo, y me ha quedado claro varios puntos, principalmente la parte "resaltada" del libro:

1-Está prohibido interrumpir al jefe en cualquier reunión o momento inoportuno.

2-No se deberá acudir al jefe a menos que haya sido llamado/a para hablar con él.

3-Si se necesita hablar con el jefe (sólo con suma urgencia), se deberá primero hablar con la secretaria y pedir una cita.

4-Si tiene alguna duda, consulta o queja, no se deberá comentar al jefe a menos que llegue a últimas instancias. Los demás encargados podrán resolver lo que se pueda.

5-No está permitido alzar la voz al jefe en ningún momento.

Y son varios puntos más que me gustaría arrancar del libro. ¿En serio ha puesto una lista así? "No se puede hablar con el jefe" "No se le debe alzar la voz al jefe" "No se debe acudir al jefe". Creo solo les faltó "no se debe respirar el mismo aire con el jefe".

Suelto un profundo suspiro y cierro el libro para comenzar con mis tantas tareas aquí.

Tengo muchas cosas que hacer.

---.

Termino de ordenar los últimos nombres de los funcionarios en la notebook y observo el reloj en mi muñeca. Ya son las 6 de la tarde.

Recuerdo las palabras del señor cascarrabias y me apresuro en dejar todo en orden para ir a su oficina. Mi horario de salida en teoría es las 7 así que supongo que debo entregar mis listas y luego regresar, o algo así.

No sé qué me depara el futuro.

Tomo los papeles de mi maletín y me levanto de la silla para salir de la oficina. Me sorprende ver que los pasillos ya están vacíos y algunas luces apagadas. He estado tanto tiempo en la oficina sin salir que ni me había dado cuenta de que todos se han ido, aunque no pensé que se fueran tan temprano.

Subo al ascensor y me encamino al quinto piso. Me asombra ver que ni la secretaria no se encuentra. Por un momento deduzco que el jefe tal vez ya se haya ido al ver que el salón se encuentra a penumbras pero ha sido muy claro al decir que debía entregarle las listas a esta hora. No creo que sea tan irresponsable como para irse cuando me había pedido que venga.

Suspiro y camino hasta la puerta, que en este momento a causa de la penumbra se ve incluso como la entrada del infierno o algo parecido. Da miedo.

Golpeo 3 veces y espero. Unos segundos después escucho su voz gruesa diciendome que pase.

Entro y cierro la puerta a mi espalda. El señor se encuentra observando su notebook bastante concentrado. Me acerco un poco a su escritorio y me quedo parada con los papeles en mano esperando a que me preste atención. Observa su reloj y luego me mira de reojo.

-Tome asiento-me indica antes de seguir observando su notebook.

Lo hago y mantengo mi vista puesta en su rostro. No recuerdo ningún punto en el libro negro que prohibiera mirar al jefe, total, se lo ve muy concentrado, dudo que note que lo observo.

Recuerdo las palabras de Diana, y su esperanza de que mi jefe sea un hombre guapo se cumple. De hecho lo es, seria tonto negarlo. Mirándolo así incluso parece más joven, pero supongo que cuida mucho su aspecto y nada más.

Lo más llamativo de su rostro son sus pestañas, largas y espesas que me dan un poco de envidia. Luego no tiene nada que me interese. Sus pómulos son firmes, sus facciones marcadas, y sus ojos que por el brillo de la pantalla noto que son de color avellana. Bien, es guapo, pero terriblemente desesperante.

Creo que pasan 5 minutos desde que lo observo hasta que se digna en mirarme y me tiende la mano para que le dé los papeles, cosa que hago y al ver que no hace ni dice nada me pongo de pie nuevamente con la intención de irme.

-Puede retirarse-me informa.

Asiento y doy la vuelta para salir de su oficina.

-Y por favor, traiga una ropa menos provocativa mañana.

Me quedo boquiabierta y giro para encararlo.

-¿Disculpe?

Alza la vista y clava su mirada en mis ojos.

-Ya ha escuchado lo que le dije.

-No tengo ropa provocativa-digo-, si por lo ajustado de mi falda se refiere a que estoy "provocativa"-hago comillas con los dedos-, pues déjeme decirle que lo que sea que me ponga hará que me vea de esa forma para todo aquel que decida mirarme con descaro.

-¿No ha leído que no debe alzarme la voz?-me irrita cómo todo lo dice con tanta tranquilidad.

-No estoy alzando la voz.

Se levanta y camina hasta a mi. Pone sus manos en sus bolsillos y se para en frente mismo, haciendo que tenga que alzar un poco la cabeza para mirar su rostro.

-No me de razones para despedirla, señorita-dice.

-Si me despide será por un acto de soberbia.

-¿Soberbia?-suelta una risa sarcástica que retumba en la oficina.-Creo que no ha entendido muchas cosas aquí.

-He entendido más cosas de las que me gustaría-respondo-, y de todos modos, no me ha dejado demostrarle lo capaz que soy para muchas cosas-enfatizo la última palabra.

-Hasta ahora sólo me ha demostrado que es una mujer prepotente.

Contengo las ganas de no reírme en su cara. ¿El señor prepotente hablando de prepotencia?

-Solo digo lo que no me parece correcto-comento.

-¿Qué no le parece correcto?-me desafía y sus ojos se clavan más prundos en mí.

-Que usted, por ejemplo, me hable de despido cuando es mi primer día en el trabajo-me armo de valor y me acerco un paso, con la cabeza en alto-, cuando no le he dado motivos para hacerlo.

-Está rompiendo muchas normas al acercarse de esa forma-dice, aunque imita mis movimientos.

-¿Las normas de su lista?-cuestiono-. Olvidé que no debo respirar su mismo aire-ya no pretendo ser amable y hablo con firmeza-. Conozco mis derechos y obligaciones, señor.

-Espero entonces-se acerca más y se agacha un poco, haciendo que sienta su respiración en mi rostro-que cumpla sus obligaciones al pie de la letra.

Intento sostenerle la mirada pero no lo logro, me incomoda y no puedo evitar ponerme nerviosa.

-Buenas noches, Señor-es lo último que digo antes de apartarme y salir de su oficina.

Si fuera una caricatura en estos momentos estaría echando humos por las orejas a causa de la rabia que me genera ese hombre. ¿Cómo puede decirme prepotente cuando él se gana el puesto uno? Bien, es el jefe, el dueño y todo lo que quiera, pero soy consciente de que no puede despedirme por algo tan tonto.

Cuando salgo del ascensor, camino lo más rápido que puedo hasta mi oficina y agarro mis cosas para salir de la empresa.

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