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Deseo compartido

Deseo compartido

Autor: : Axel2931
Género: Romance
Es una historia de amor, confianza y redención, donde un matrimonio ejemplar se ve amenazado por la aparición de una tentadora y manipuladora secretaria. Ricardo y Dulce han construido una vida perfecta juntos, hasta que Eliza, la nueva secretaria de Ricardo, comienza a seducir a su jefe con intenciones oscuras, desestabilizando su relación. A medida que la atracción de Eliza se intensifica, Dulce debe enfrentar sus propios temores y la creciente incertidumbre sobre la lealtad de su esposo. Cuando Ricardo se ve atrapado entre su amor por Dulce y la persistente influencia de Eliza, se ve obligado a tomar decisiones difíciles que podrían costarle más de lo que imagina. La batalla por salvar su matrimonio se convierte en un juego peligroso donde la honestidad, la transparencia y la confianza son las únicas armas que tienen para superar la tormenta. ¿Será suficiente el amor que se profesan para resistir las tentaciones y las pruebas que se avecinan?

Capítulo 1 Inicio

Dulce y Ricardo siempre habían sido la pareja ideal. Se conocieron en la universidad, ambos en sus últimos años de carrera, y desde el primer momento supieron que sus destinos estaban entrelazados. Su relación nunca estuvo llena de altibajos dramáticos ni inseguridades. Desde el principio, la comunicación y el respeto fueron los pilares que cimentaron su amor. Se entendían sin necesidad de palabras, se apoyaban mutuamente en los momentos difíciles y compartían sueños y aspiraciones para el futuro.

Vivían en una casa moderna, decorada con un estilo minimalista y cálido, reflejo de la personalidad de Dulce. Ella era una mujer dedicada a su familia, pero su pasión por el diseño de interiores la llevaba a tener proyectos de renombre, aunque nunca dejó que su carrera opacara su rol en casa. Ricardo, por su parte, era un hombre de negocios exitoso, dueño de una agencia de publicidad que había logrado levantar desde cero. Ambos compartían una vida llena de momentos felices, pero nunca dejaban de lado la importancia de mantener una vida privada equilibrada.

Aquella mañana, como cualquier otra, Dulce preparaba el desayuno mientras Ricardo leía el periódico en la mesa de la cocina. Las tazas de café humeaban en la mesa, y el sol entraba suavemente por la ventana, iluminando el comedor de su hogar.

-¿Vas a estar tarde en la oficina hoy? -preguntó Dulce mientras organizaba los platos sobre la mesa.

Ricardo levantó la mirada y sonrió, sin apartar los ojos del periódico.

-Creo que sí, hay algunas reuniones importantes. Pero no te preocupes, prometo no alargarme demasiado -respondió con su tono tranquilo y confiado.

-Te esperaré, entonces -Dulce sonrió, sirviendo el café en las tazas con una sonrisa que reflejaba su cariño genuino.

En ese instante, el sonido del teléfono móvil de Ricardo interrumpió la calma de la mañana. Dulce no le prestó mucha atención, acostumbrada a que su esposo siempre tuviera alguna llamada o mensaje de trabajo. Sin embargo, vio que la expresión de Ricardo cambió sutilmente al leer la pantalla.

-¿Todo bien? -preguntó Dulce, al notar la pequeña pausa que hizo su esposo.

-Sí, todo bien -respondió él rápidamente, metiendo el teléfono en su bolsillo sin decir más.

Dulce no pensó demasiado en ello. A veces Ricardo era así, se guardaba para sí mismo detalles de su trabajo, especialmente cuando se trataba de proyectos confidenciales. Ella respetaba su espacio y confiaba plenamente en él. No podía imaginar que, en ese preciso momento, su vida tranquila y predecible estaba a punto de dar un giro inesperado.

Esa tarde, después de que Dulce terminara su jornada de trabajo y se preparara para recibir a Ricardo, algo en el aire parecía diferente. Los minutos parecían alargarse más de lo habitual, y Dulce comenzó a sentir una ligera inquietud, como si hubiera algo que no encajara del todo en la normalidad de aquel día. Decidió entonces ir al gimnasio, como hacía algunos días a la semana, para liberar un poco de tensión y despejar su mente.

Cuando regresó a casa, la luz del sol ya comenzaba a desvanecerse y la quietud del hogar la recibió con la misma calma de siempre. Ricardo no había llegado aún, lo cual no era raro, pero lo que sí llamó su atención fue el mensaje en la pantalla de su móvil. Era un mensaje de su mejor amiga, Julia, que le preguntaba si todo estaba bien en casa.

Sin saber por qué, Dulce sintió una extraña sensación de nerviosismo, como si algo estuviera a punto de romperse. Dejó el móvil sobre la mesa y se recostó en el sofá, esperando a que su esposo llegara.

A las ocho de la noche, finalmente escuchó la puerta abrirse. Ricardo entró con su porte elegante, como siempre. Llevaba su traje oscuro, con la chaqueta ligeramente desabotonada, y su expresión era tan serena que parecía estar en completa calma.

-Te estaba esperando -dijo Dulce, levantándose del sofá con una sonrisa-. ¿Cómo estuvo tu día?

-Cansado, pero productivo. ¿Y el tuyo? -respondió él, colgando su abrigo y besándola en la mejilla.

-Igual. Pensé que podríamos cenar juntos hoy. ¿Te parece? -preguntó Dulce, mientras lo observaba con atención.

Ricardo asintió con una sonrisa.

-Me encantaría, pero tengo que terminar unos detalles de un proyecto. Me va a tomar un poco de tiempo, pero te prometo que después de eso estaremos juntos. ¿Te parece?

Dulce asintió, aunque no pudo evitar sentir una punzada en su pecho. Había algo en su voz, una pequeña sombra de distracción que no pasó desapercibida para ella.

Cuando Ricardo subió al despacho, Dulce no pudo evitar pensar en el mensaje que había recibido. ¿Por qué Julia preguntaba por su día? A veces las mujeres tienen un sexto sentido, y Dulce sabía que algo no estaba del todo bien. Decidió esperar, pero una pequeña duda comenzó a aflorar en su mente. ¿Podría ser que algo estuviera alterando su matrimonio tan perfecto?

Mientras la noche avanzaba y Ricardo permanecía ocupado en su oficina, Dulce no pudo evitar mirar hacia la puerta del despacho una vez más. Aquel silencio que los rodeaba ya no parecía tan reconfortante como antes.

El reloj marcaba casi las diez de la noche cuando Dulce, ya cansada de esperar, decidió ir a la cocina a preparar algo ligero para cenar. No quería interrumpir a Ricardo, pero la creciente inquietud en su pecho le impedía concentrarse en cualquier otra cosa. Mientras picaba una ensalada, su mente seguía dando vueltas a los pequeños detalles que no encajaban. La leve distancia de su esposo, su actitud distraída, las llamadas y mensajes que había recibido durante el día... Todo parecía tan diferente, como si él estuviera en otro lugar, lejos de ella.

Al poco rato, el sonido de los tacones de Ricardo bajando las escaleras la sacó de sus pensamientos. Él apareció en la entrada de la cocina, con la camisa desabotonada en el cuello, ya sin su chaqueta. Sus ojos reflejaban una mezcla de cansancio y preocupación, aunque lo disimulaba bastante bien.

-¿Comemos algo? -le preguntó Dulce, tratando de sonar casual.

-Sí, claro. Pero antes quiero hablar contigo, Dulce. -La seriedad en la voz de Ricardo hizo que Dulce se tensara. Sabía que algo estaba ocurriendo, aunque no sabía qué era.

Ambos se sentaron en la mesa, donde la luz cálida de la lámpara iluminaba sus rostros. Ricardo comenzó a hablar, pero con una especie de titubeo que nunca antes había mostrado.

-Hay algo que quiero contarte, algo que ha estado sucediendo en el trabajo. -Dulce lo miró fijamente, con el corazón latiendo más rápido. El tono de su voz no le gustaba nada. -Tú sabes que la empresa ha estado creciendo, y con ello las responsabilidades. Últimamente, he tenido que trabajar con más gente... gente nueva, que llega con ideas frescas y diferentes.

Dulce asintió, aunque un nudo se formaba en su estómago. Por alguna razón, temía lo que su esposo iba a decir a continuación.

-Eliza ha estado trabajando más estrechamente conmigo estos días. -Ricardo hizo una pausa, mirando a Dulce a los ojos. -Es una joven muy capaz. Muy competente. Pero... hay algo que no te he contado.

Dulce lo miró en silencio, esperando. Algo en su tono la hizo sentirse incómoda, como si él estuviera preparándose para disculparse por algo que ya sabía que no iba a gustarle.

-¿Algo pasó con ella? -preguntó Dulce, a sabiendas de que esa respuesta podía cambiarlo todo.

Ricardo suspiró profundamente y se pasó una mano por el cabello.

-Sí. Eliza ha estado... -hizo otra pausa, como buscando las palabras adecuadas-... ha sido un poco... insistente. En su forma de comportarse conmigo. A veces, me siento incómodo con la forma en que actúa. -Un destello de culpabilidad cruzó su rostro, y Dulce, aunque aliviada en parte, no pudo evitar sentir que algo estaba por llegar.

-¿Insistente cómo? -preguntó Dulce, su voz apenas un susurro.

Ricardo la miró, y por primera vez en la conversación, parecía vacilar.

-Sutil, pero... es evidente. -Ricardo bajó la mirada, como si tuviera miedo de enfrentar las consecuencias de sus palabras. -Ella ha mostrado un interés más allá de lo profesional. Y aunque he intentado mantener las distancias, no puedo negar que su actitud me ha desconcertado.

Dulce sintió que su mundo se desmoronaba en ese momento. No era celosa, no solía serlo, pero esta situación era diferente. Eliza no solo era una joven atractiva, también estaba trabajando cerca de su esposo, buscando continuamente su atención, y él, aparentemente, no había podido poner un límite claro.

-¿Y qué vas a hacer al respecto? -preguntó Dulce, intentando mantener la calma.

Ricardo se inclinó hacia adelante, su expresión ahora más seria.

-He decidido que necesito hablar con ella y dejar las cosas claras. No quiero que esta situación afecte lo que tengo contigo. Te lo prometo. -Su voz tembló ligeramente, como si le costara admitir lo que había ocurrido.

Dulce no dijo nada durante un largo rato. Estaba procesando lo que le había contado su esposo, buscando la manera de comprenderlo. No estaba segura de cómo sentirse. Por un lado, Ricardo parecía arrepentido, pero por otro, su falta de acción hasta ese momento la hacía sentir desprotegida. En su mente, las preguntas comenzaban a acumularse: *¿Por qué no me lo contó antes?* *¿Por qué dejó que todo esto llegara tan lejos?*

-No quiero que me hagas promesas, Ricardo. Quiero ver qué haces. Quiero ver qué tan lejos estás dispuesto a llegar para proteger lo que tenemos -dijo finalmente, su voz firme pero cargada de emociones contenidas.

Ricardo asintió, reconociendo la gravedad de las palabras de su esposa.

-Lo entiendo. Te debo una disculpa. Te prometo que esto no volverá a suceder. -Se levantó de la mesa y se acercó a ella, tomándola de las manos. -Te amo, Dulce. Y no quiero que nada ni nadie nos separe.

Dulce lo miró, pero una parte de ella seguía distante. No podía simplemente olvidar lo que había pasado. Sabía que el camino hacia la reconciliación sería largo, y que esa promesa, aunque sincera, no borraba el daño ya hecho.

***

Mientras tanto, en la oficina de Ricardo, Eliza ya sabía que las cosas no se estaban desarrollando como ella esperaba. Había sido paciente, había jugado sus cartas con astucia, pero su jefe, al que había estado seduciendo con cada sonrisa y cada gesto insinuante, no estaba respondiendo como ella esperaba. Y eso la irritaba.

Eliza no había llegado a la ciudad solo para ser una secretaria. Había llegado con un objetivo claro: conseguir lo que quería, y lo que quería era a Ricardo. Si su matrimonio era un obstáculo, entonces tendría que hacer lo que fuera necesario para eliminarlo. Y si eso significaba destruir su relación, entonces lo haría sin pensarlo dos veces.

La guerra no había hecho más que comenzar.

El día siguiente transcurrió entre la tensión de lo sucedido la noche anterior y la incógnita sobre el futuro de su matrimonio. Dulce no podía dejar de pensar en las palabras de Ricardo. Había prometido que hablaría con Eliza y que pondría fin a lo que sea que estuviera sucediendo entre ellos, pero algo dentro de ella no podía calmarse. No era simplemente la idea de una tentadora secretaria que seducía a su esposo lo que la inquietaba; era el hecho de que, por primera vez, Ricardo había fallado en proteger lo que ellos habían construido, lo que representaban como pareja.

Ricardo, por su parte, sentía una profunda culpa. No solo por la situación incómoda que había permitido que creciera con Eliza, sino también por ver a Dulce tan distante. Cada vez que la miraba, sentía que la conexión que siempre habían tenido comenzaba a desvanecerse, como si ella estuviera construyendo un muro entre ellos, uno que él no sabía cómo derribar.

Esa tarde, al llegar al trabajo, Ricardo encontró en su escritorio una nota de Eliza. Estaba escrita a mano, con una letra cuidadosamente estilizada, y decía lo siguiente: "Te espero en mi oficina después de las 6. Necesito hablar contigo. Eliza."

Ricardo sintió un leve nudo en el estómago. Había estado evitando a Eliza todo el día, centrado en asegurarse de que su conversación con Dulce no fuera en vano, pero sabía que tenía que enfrentar a la joven secretaria. Ella no iba a dejarlo ir tan fácilmente.

A las 6 en punto, Ricardo se dirigió hacia el despacho de Eliza. Al entrar, la encontró sentada detrás de su escritorio, sonriendo con una seguridad que hizo que su corazón latiera más rápido. Ella no parecía preocupada, no parecía arrepentida por nada. Era como si estuviera esperando que Ricardo cediera a sus encantos, como si ya lo tuviera completamente bajo su control.

-¿Qué pasa, Eliza? -preguntó Ricardo, manteniendo su tono serio y profesional. -Sabes que tenemos que hablar sobre tus actitudes en el trabajo.

Eliza levantó la vista de los papeles que tenía sobre su escritorio, fijando su mirada en él. Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos, fríos y calculadores, revelaban lo que realmente pensaba.

-Sé que quieres hablar de eso, Ricardo. Pero antes de seguir, debo decirte que me ha molestado mucho lo que ocurrió ayer. -Su voz era suave, casi seductora, y sus palabras parecían estar cargadas de un subtexto oculto. -Tú y yo tenemos una conexión. Lo sabes. No tienes que ocultarlo. ¿Por qué no aceptarlo?

Ricardo se tensó al escucharla, pero se obligó a no perder el control. Sabía que Eliza estaba manipulando la situación para ponerlo contra la pared.

Capítulo 2 Novios

-No estoy aquí para jugar a esos juegos, Eliza. Ya he hablado con mi esposa sobre ti, y quiero que dejes de hacer esto. Esto no es profesional, ni para ti ni para mí. -Ricardo intentó que su voz sonara firme, pero algo en el aire entre ellos, la proximidad, hacía que su confianza comenzara a tambalear.

Eliza se levantó lentamente, acercándose a él con pasos decididos. Cada movimiento estaba calculado, como si estuviera creando una atmósfera cargada de tensión.

-¿De verdad lo crees, Ricardo? -dijo, su tono ahora mucho más bajo y sugerente. -¿Qué tan perfecta es tu esposa? Porque yo no veo nada que sea tan perfecta. Tú y yo sabemos lo que hay entre nosotros. ¿Por qué seguir luchando contra ello?

Ricardo sintió que la presión aumentaba. Eliza estaba siendo descaradamente provocativa, y aunque su mente le ordenaba mantenerse firme, algo en su interior comenzaba a dudar. No de su amor por Dulce, sino de su capacidad para manejar la situación. Eliza estaba jugando con él, y aunque él lo sabía, no podía evitar sentirse atrapado en su propia red de palabras y miradas.

-Te he dicho que esto se acabó. -Ricardo dio un paso atrás, alejándose de ella. -No quiero que esto vuelva a ocurrir, Eliza. Si sigues con este comportamiento, te voy a reportar.

Eliza lo miró con una mezcla de desdén y desafío. Sus labios se curvaron en una sonrisa, pero esta vez no era cálida. Era una sonrisa de quien sabe que tiene el control de la situación, aunque Ricardo no lo supiera aún.

-¿Crees que con una amenaza vas a detenerme? -Eliza lo miró con intensidad, como si estuviera esperando una respuesta que sabía que no llegaría. -Tú y yo sabemos que esto no ha terminado, Ricardo. Yo siempre consigo lo que quiero.

Ricardo, sintiendo un torbellino de emociones, salió rápidamente de la oficina sin decir una palabra más. Necesitaba aire, necesitaba claridad, porque en ese momento algo le decía que Eliza no iba a detenerse. Había desatado algo dentro de él que no podía ignorar, aunque su amor por Dulce seguía siendo su mayor prioridad.

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Al mismo tiempo, Dulce se encontraba en casa, esperando a que Ricardo regresara. La tensión entre ellos seguía siendo palpable, pero Dulce sabía que su esposo estaba tratando de hacer lo correcto. Sin embargo, una parte de ella no podía evitar sentirse insegura. La situación con Eliza no solo la estaba afectando a ella, sino a su matrimonio entero. No era solo el hecho de que su esposo estuviera siendo seducido; era la falta de comunicación, la falta de transparencia.

Dulce decidió hacer algo que nunca había hecho antes: ir a la oficina de Ricardo, sin previo aviso, para ver cómo estaban las cosas. Quería saber si él estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que su matrimonio siguiera intacto. Sin embargo, al llegar al edificio, no sabía que sus pasos la llevarían a una confrontación que cambiaría todo entre ellos.

Al ingresar al edificio, Dulce vio a Eliza salir del despacho de Ricardo, con una sonrisa que, para ella, estaba llena de significado. Eliza no la vio al principio, pero cuando sus ojos se encontraron, la sonrisa de la secretaria desapareció, y algo en su mirada se oscureció. Dulce no necesitaba palabras para entender lo que había sucedido. Algo en su pecho se quebró al instante.

Eliza había ganado la primera batalla. ¿Sería Dulce capaz de recuperar lo que había perdido? ¿O dejaría que Eliza destruyera todo lo que había construido junto a Ricardo?

Dulce se quedó paralizada en el umbral de la puerta, observando a Eliza salir del despacho de Ricardo con una expresión que no dejaba lugar a dudas. Algo había sucedido, algo que no era solo profesional. La sonrisa de la secretaria, cargada de una confianza que le resultó insoportable, fue suficiente para que Dulce comprendiera que su peor miedo se había hecho realidad. Eliza no solo había estado coqueteando con Ricardo; había cruzado una línea.

Eliza, al notar su presencia, detuvo sus pasos y la miró con una mezcla de desafío y suficiencia, como si la situación le perteneciera. Dulce, sin embargo, no quería enfrentarse a ella. Lo que necesitaba era hablar con Ricardo, y lo necesitaba ahora.

Sin decir palabra alguna, Dulce siguió su camino hasta la oficina de su esposo. El pasillo parecía más largo que nunca, y su corazón latía con fuerza mientras sus pensamientos se aceleraban. ¿Qué haría Ricardo al verla? ¿Por qué no le había dicho la verdad antes? El dolor y la confusión nublaban su juicio, pero sabía que tenía que enfrentar la realidad.

Cuando llegó frente a la puerta de la oficina de Ricardo, dudó por un momento. La puerta estaba entreabierta, y dentro, la luz de su escritorio iluminaba su figura en la sombra. Lo vio en su silla, con la cabeza inclinada sobre papeles que probablemente ya no le importaban. Al principio, no quiso interrumpir, pero un impulso la hizo avanzar y golpear suavemente.

-Ricardo... -dijo con voz baja, casi temerosa.

Él levantó la cabeza rápidamente, sorprendido, y por un instante, los dos se quedaron en silencio, como si ninguno de los dos supiera qué decir primero. Ricardo se levantó de su asiento, con un gesto de incomodidad.

-Dulce, no... no es lo que parece -empezó, pero ella lo interrumpió antes de que pudiera seguir.

-No me mientas, Ricardo. ¿Qué estaba haciendo Eliza en tu oficina? -su voz se quebró, aunque ella trató de mantener la calma. No quería que su debilidad se notara, no quería que él viera lo frágil que se sentía por dentro. -La vi salir, y no puedo ignorar lo que está pasando.

Ricardo, al ver la desesperación en los ojos de su esposa, sintió que su mundo se desplomaba. Se acercó a ella, tratando de buscar una explicación, pero Dulce retrocedió un paso, alejándose de él.

-Lo siento, Dulce. No sé cómo ocurrió, pero te juro que no ha pasado nada... -dijo con la voz temblorosa, sin saber cómo hacerle entender lo que realmente había sucedido. Pero Dulce no quería promesas vacías ni excusas. Ella quería hechos. Quería que él demostrara que la amaba, que estaba dispuesto a protegerla a toda costa.

-¿Y qué hay de tu promesa de ayer, Ricardo? ¿Acaso tu palabra no significa nada? -dijo, su voz cargada de frustración. -¿De qué sirve hablar si no haces nada al respecto?

Ricardo, al ver el dolor en sus ojos, comprendió lo grave que había sido su error. Pero también sabía que había algo más que estaba comenzando a afectarlo: Eliza. Aunque no la quería, algo en su presencia lo había desconcertado. Nunca se había sentido tan vulnerable con una mujer, y por más que quisiera deshacerse de esos pensamientos, no podía. Sin embargo, el amor que sentía por Dulce era lo más importante para él.

-No sé qué pasó entre nosotros, pero te juro que lo voy a solucionar -dijo con determinación, acercándose a ella, pero Dulce se alejó otra vez, esta vez más firme.

-No sé si quiero que lo soluciones, Ricardo -respondió con tristeza, su voz temblorosa. -Yo no quiero ser la segunda opción. Y si lo que te atrae de Eliza es más fuerte que lo que compartimos, entonces... entonces esto no tiene sentido.

Ricardo sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. Estaba claro que Dulce estaba decidida a poner un límite, y su corazón se llenó de desesperación al comprender que su matrimonio estaba al borde del colapso. Tenía que hacer algo. No solo por él, sino por ella.

-Dulce, por favor... dame una oportunidad para arreglar esto. Te amo. Eres mi vida. -Su voz, cargada de emoción, mostraba la urgencia con la que sentía la situación.

Dulce lo miró fijamente, como buscando una respuesta en sus ojos. Por un momento, sus miradas se entrelazaron, y algo dentro de ella se quebró aún más. ¿Realmente lo amaba? ¿Era capaz de perdonarlo? Su corazón le decía que sí, pero su mente estaba llena de dudas. ¿Era esto lo que merecía?

-No sé si puedo seguir confiando en ti, Ricardo. Lo que más me duele no es lo que hizo Eliza, sino lo que tú permitiste que pasara. -Dulce intentó hablar, pero las lágrimas comenzaron a asomarse. -Te prometí que sería tu compañera, que lucharíamos por todo. Y ahora no sé si estoy luchando por un matrimonio que vale la pena.

Ricardo la miró, su corazón destrozado por las palabras de su esposa. Sabía que no podía esperar más. No podía seguir siendo el hombre que dudaba. La veía a ella, su amor, su apoyo, y el pensamiento de perderla lo aterraba.

-Te prometo que lo voy a arreglar, Dulce. Yo soy el que tiene que cambiar, y haré lo que sea necesario para que confíes en mí de nuevo. Haré lo que sea para que volvamos a ser los de antes, porque no quiero perderte. No quiero perder lo que tenemos.

Dulce lo miró durante unos segundos que parecieron eternos. Su mente estaba en guerra. El dolor, la desconfianza, la traición... pero también el amor. Había un lugar en su corazón que no quería soltarlo, que deseaba creer en su arrepentimiento. Sin embargo, sabía que no podía seguir viviendo con esa incertidumbre.

-Lo que tenemos está en juego, Ricardo. Yo no quiero seguir con esta sombra entre nosotros. Si me amas, tienes que demostrarlo. No quiero palabras. Quiero hechos.

Ricardo asintió, sus ojos reflejando una determinación feroz.

-Lo haré, te lo prometo. Y si me das una oportunidad, haré todo lo posible para que nunca más dudes de mi amor por ti.

Dulce lo miró una última vez, y aunque la duda seguía en su mente, algo dentro de ella comenzó a calmarse. Quizás, solo quizás, aún había una oportunidad para reconstruir lo que había sido su matrimonio. Pero esa reconstrucción no dependería solo de Ricardo, sino de ella también. Ambos tendrían que luchar.

-Entonces, empieza por hacer lo correcto -respondió Dulce, con una mezcla de tristeza y esperanza.

Ricardo la observó, y en sus ojos se reflejaba el compromiso de que no volvería a fallarle.

Dulce salió de la oficina de Ricardo con el corazón agitado y la mente llena de dudas. La conversación con su esposo había sido intensa, pero también reveladora. ¿Qué hacer ahora? Pensó mientras caminaba hacia el ascensor, que parecía más lento que nunca. Su mente no paraba de dar vueltas, sopesando lo que había escuchado y vivido en las últimas horas. Aquel amor que había creído inquebrantable, ¿podría resistir la prueba de la traición?

Ricardo le había prometido que cambiaría, que lo arreglaría, y Dulce quería creerle. Pero había algo en su interior que no podía ignorar: Eliza no se detendría, y si Ricardo no actuaba con determinación, podría perderlo para siempre.

Mientras tanto, en la oficina de Eliza, la situación no era tan sencilla. La joven secretaria, que hasta ese momento había jugado a su favor, comenzaba a sentir la presión de haber cruzado la línea. No esperaba que Ricardo fuera tan claro en su rechazo, y mucho menos tan comprometido con su esposa. Eliza había tenido la certeza de que Ricardo cedería ante sus avances, que él sería como todos los demás hombres que había manipulado en su carrera profesional. Pero algo en su actitud le indicaba que no iba a ser tan fácil.

Eliza había calculado bien cada movimiento, pero ahora se encontraba ante un obstáculo que no había anticipado: el amor de Ricardo por Dulce. ¿Qué hacer cuando el amor verdadero está en juego? La respuesta era simple: Elimina el obstáculo.

Esa tarde, mientras Ricardo atendía una llamada importante en su oficina, Eliza se acercó a la suya, tomando un pequeño sobre con una carta escrita a mano. La carta no era solo un intento de disuadir a Ricardo, sino una jugada estratégica para manipular la situación aún más a su favor.

Con paso firme, Eliza entró en la oficina de su jefe sin previo aviso, dejando la carta en su escritorio antes de que él terminara su llamada.

-Eliza, ¿qué es esto? -preguntó Ricardo al ver la carta, sorprendida por su entrada abrupta.

-Es algo que debes leer -respondió ella con una sonrisa, dejando claro que la conversación estaba lejos de terminar. -No quiero que pienses que todo esto se trata solo de trabajo, Ricardo. Hay cosas que aún no entiendes.

Eliza dio media vuelta y salió rápidamente de la oficina, dejando a Ricardo con la carta en sus manos. Él la miró por un momento, dudando si abrirla o no, pero algo en su interior le decía que lo que fuera que estuviera escrito en esa carta podría cambiarlo todo.

Con las manos temblorosas, Ricardo abrió el sobre y comenzó a leer.

Capítulo 3 Segunda pareja

"Ricardo,

Sé que no has sido claro conmigo. Estoy dispuesta a dar un paso más, a hablar de lo que realmente está entre nosotros. Si no tomas una decisión pronto, será demasiado tarde. Tú y yo sabemos lo que queremos.

Eliza."

Ricardo sintió como el peso de las palabras de la carta caía sobre él. Sabía que Eliza había jugado con fuego, pero ahora su mensaje era claro. No era solo una secretaria tratando de acercarse a su jefe, sino una mujer dispuesta a todo por conseguir lo que quería. Eliza estaba tomando el control, y Ricardo no podía permitírselo.

Se levantó rápidamente de su silla, decidido a hacer lo que debía hacer, pero antes de salir de la oficina, pensó en Dulce. En el compromiso que había hecho con ella. No podía permitir que Eliza destruyera su matrimonio.

Al día siguiente, Ricardo decidió enfrentarse a la situación de una vez por todas. Tenía que poner las cartas sobre la mesa, y no solo con Eliza, sino con Dulce. No podía seguir viviendo en la incertidumbre, y mucho menos perder lo que más amaba en este mundo.

Dulce estaba en casa esa mañana cuando Ricardo llegó, con el rostro serio, como si llevara una carga pesada. Sin decir una palabra, se sentó frente a ella, observando a la mujer que amaba, la mujer por la que estaba dispuesto a luchar.

-Dulce, he tomado una decisión. -Su voz sonó firme, aunque en el fondo, Ricardo sentía el peso de las palabras que estaba a punto de decir.

Dulce lo miró con una mezcla de temor y esperanza. Sabía que el momento había llegado.

-¿De qué se trata, Ricardo? -preguntó ella, intentando controlar la ansiedad que le revolvía el estómago.

Ricardo inspiró profundamente y luego, sin rodeos, le contó todo. Le habló de la carta de Eliza, de sus avances y su intento de manipular la situación. Le dijo que la situación con ella había sido más complicada de lo que había imaginado, pero que ahora, finalmente, entendía lo que debía hacer.

-Dulce, te prometo que lo que más quiero en este mundo es estar contigo. No voy a permitir que Eliza siga interfiriendo en nuestra vida. -Tomó la mano de su esposa, buscando en su mirada una señal de que aún había esperanza.

Dulce lo miró en silencio, procesando cada palabra. El dolor seguía allí, pero algo dentro de ella comenzaba a calmarse. Si Ricardo estaba dispuesto a tomar esa decisión, tal vez había una oportunidad para ellos, pero solo si él realmente lo hacía por amor, no solo por evitar perder lo que tenía.

-¿Qué vas a hacer con ella? -preguntó Dulce, su voz baja, pero clara.

-Voy a hablar con ella. Y esta vez, voy a poner fin a todo esto de una vez por todas. No voy a permitir que juegue con nosotros. Te lo prometo. -Ricardo apretó su mano con más firmeza, mientras sentía la determinación crecer dentro de él.

Dulce, aunque aún herida, asintió lentamente. Había algo en su interior que le decía que Ricardo estaba siendo sincero, y aunque no sabía si podría olvidar por completo lo que había sucedido, al menos podía darle la oportunidad de demostrar que su amor por ella era real.

El destino de su relación estaba en juego, y ambos sabían que el futuro dependería de las decisiones que tomaran en los próximos días. Eliza había mostrado sus cartas, pero ahora era el turno de Ricardo.

El silencio que invadió la casa de Dulce y Ricardo esa mañana era más pesado que nunca. Ricardo había sido claro con su decisión: enfrentaría a Eliza, pondría un punto final a la situación y demostraría a Dulce que su amor por ella era lo más importante. Pero, en el fondo, sabía que su relación no volvería a ser la misma de inmediato. El daño ya estaba hecho, y las cicatrices eran profundas.

Después de la conversación con Dulce, Ricardo se dirigió directamente a la oficina. Sabía que Eliza lo estaba esperando, pero también sabía que cualquier enfrentamiento con ella sería complicado. La secretaria había sido persuasiva, manipuladora, y había jugado con sus emociones de manera peligrosa. Pero esta vez, no dejaría que ella ganara.

Cuando llegó a la oficina, encontró a Eliza en su escritorio, como siempre, con una sonrisa de suficiencia en el rostro. No pareció sorprendida al verlo entrar, pero algo en sus ojos reflejaba una tensión palpable, como si estuviera consciente de que este encuentro sería diferente.

Ricardo cerró la puerta con fuerza detrás de él, sin dar lugar a preámbulos. Se acercó al escritorio de Eliza, mirándola con determinación.

-Eliza, esto tiene que parar. -Su voz sonó más fuerte de lo que había imaginado. No había lugar para rodeos ni excusas. -No voy a seguir permitiendo que manipules la situación, ni que sigas interfiriendo en mi vida. Ya basta.

Eliza levantó una ceja, divertida, pero en sus ojos brillaba una chispa de incredulidad, como si no pudiera creer que Ricardo estuviera tomando una postura tan firme.

-¿Y qué vas a hacer, Ricardo? -dijo, deslizándose de su silla con una sonrisa burlona. -¿Me vas a despedir? ¿Vas a dejar todo lo que hemos compartido atrás?

Ricardo sintió que la rabia comenzaba a subir por su pecho, pero se obligó a mantener la calma.

-No es sobre lo que hemos compartido, Eliza. Es sobre lo que estoy dispuesto a perder. Y no estoy dispuesto a perder mi matrimonio por un juego que tú estás jugando.

Eliza lo observó por un largo momento, como evaluando su sinceridad. Sabía que había perdido terreno, que la carta que había dejado en su escritorio no había tenido el efecto deseado. La mirada de Ricardo era clara: él había elegido a Dulce, y no dejaría que nada ni nadie lo apartara de esa decisión.

-Ricardo... -dijo Eliza suavemente, acercándose a él con pasos lentos, como si no estuviera dispuesta a rendirse sin más. -Tú y yo sabemos lo que hay entre nosotros. No puedes simplemente ignorarlo. Nosotros tenemos una conexión. No tienes que estar atado a una mujer que no te comprende.

Ricardo se mantuvo firme, sin dejarse llevar por sus palabras. Había pasado demasiado tiempo considerando sus opciones, pero ya no había vuelta atrás.

-No quiero una conexión contigo, Eliza. Mi vida, mi futuro está con Dulce. Y si me sigues presionando, haré lo que sea necesario para que esto se termine. Tú también tienes que entender que no soy tu juguete.

Eliza lo miró fijamente, y por un momento, sus ojos parecieron suavizarse, como si reconociera que había perdido la batalla. Sin embargo, la joven secretaria no era alguien que se rindiera fácilmente. En su interior, una mezcla de furia y frustración hervía. Había hecho todo lo posible para ganar a Ricardo, pero se había dado cuenta de que había subestimado la fuerza de su amor por Dulce.

-Creo que entendí todo lo que necesitaba saber, Ricardo. -Eliza dio un paso atrás, cruzándose de brazos, como si la situación estuviera bajo su control nuevamente. -Es una pena. Pensé que podía tener todo lo que quería, pero parece que no.

Ricardo se acercó un poco más, sin bajar la mirada.

-No puedes tener lo que no es tuyo, Eliza. Y tú no me perteneces.

Eliza sonrió una vez más, esta vez con una mirada fría y calculadora, y sin decir más, salió de la oficina sin mirar atrás, dejándole claro que aunque había perdido esta batalla, no se consideraba derrotada por completo.

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Mientras todo esto ocurría en la oficina de Ricardo, Dulce permanecía en casa, contemplando la situación con una mezcla de incertidumbre y esperanza. Había decidido darle a Ricardo una oportunidad, pero aún sentía el peso del dolor en su corazón. Sabía que el amor por su esposo estaba ahí, pero también sabía que reconstruir la confianza no sería fácil.

Mientras preparaba la cena, sus pensamientos no dejaban de ir y venir. ¿Y si Ricardo no cumplía su promesa? ¿Y si Eliza volvía a aparecer?

Fue en ese momento cuando su teléfono vibró sobre la mesa, interrumpiendo sus pensamientos. Era un mensaje de Ricardo.

"Dulce, ya hablé con ella. No voy a dejar que nada se interponga entre nosotros. Te amo, y haré todo lo que sea necesario para demostrarlo."

Dulce miró el mensaje en silencio, sintiendo un torbellino de emociones. ¿Podía realmente confiar en él?

En ese mismo instante, la puerta se abrió. Ricardo había llegado.

Al verlo entrar, Dulce sintió un nudo en el estómago, pero al mismo tiempo, algo dentro de ella le decía que era hora de enfrentarse a sus miedos, de creer en lo que sentía. Él se acercó a ella, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y amor.

-Dulce, sé que esto no va a ser fácil. Pero estoy aquí, contigo. No te voy a fallar. -Ricardo tomó su mano con firmeza, como si de esa manera pudiera transmitirle su sinceridad.

Dulce lo miró por un largo momento, buscando una señal en sus ojos. Finalmente, suspiró profundamente y asintió.

-Te quiero, Ricardo. Y quiero creer en ti. Pero no quiero más mentiras, no quiero más dudas. Necesito saber que esta vez lo que dices es real.

Ricardo la abrazó con fuerza, como si temiera que ella pudiera irse en cualquier momento.

-Lo que te prometí lo cumpliré, Dulce. No voy a dejar que nadie, ni Eliza ni nada, destruya lo que tenemos.

Dulce se aferró a él, sintiendo que, por primera vez en días, algo de paz volvía a su corazón. Sabía que el camino por delante sería difícil, pero si Ricardo estaba dispuesto a luchar, ella también lo haría. Juntos podrían reconstruir lo que se había roto, un paso a la vez.

El futuro aún era incierto, pero en ese momento, ambos entendieron que el amor que se tenían podía ser la fuerza para superar cualquier obstáculo.

El tiempo pasó rápidamente, pero el aire en la casa de Dulce y Ricardo seguía cargado de una tensión palpable. A pesar de la promesa que Ricardo había hecho, el camino hacia la reconstrucción de su relación no era fácil. Aunque intentaba demostrarle a Dulce que sus palabras eran sinceras, las sombras del pasado reciente seguían acechando.

Cada vez que Dulce miraba a su esposo, su mente inevitablemente volvía a los momentos de duda y dolor que había vivido. No podía evitar recordar las veces que él le había fallado, y aunque intentaba perdonarlo, la desconfianza persistía como una niebla que no terminaba de disiparse.

Ricardo, por su parte, estaba haciendo todo lo posible para demostrar su arrepentimiento. Había cortado todo contacto con Eliza, le había dejado claro que no quería tener nada que ver con ella, pero aún sentía el peso de lo que había permitido que sucediera. No era solo su matrimonio lo que estaba en juego; su propia integridad como hombre estaba siendo puesta a prueba. Y aunque veía que Dulce lo estaba intentando, sentía que ella aún no lo perdonaba por completo.

Eliza, sin embargo, no era el tipo de mujer que se rendía tan fácilmente. Aunque había perdido la batalla con Ricardo, no había abandonado la guerra. Había quedado profundamente resentida por el rechazo, y aunque no había hecho ningún movimiento directo hacia él en los días posteriores, no podía evitar pensar en cómo podría vengarse de la situación que había perdido. Sabía que, si bien había dejado claro a Ricardo que él había elegido a Dulce, la jugada no estaba completa.

Eliza sabía que, si quería destruir a Ricardo y su relación con Dulce, necesitaba algo más que seducción y juegos mentales. Necesitaba algo que pudiera dividirlos, algo que les mostrara a ambos lo que estaba en juego de una manera mucho más directa.

Un día, después de la jornada laboral, Eliza se presentó en la puerta de la oficina de Ricardo, con una sonrisa que, esta vez, no tenía nada de amigable. Cuando él la vio, una alarma interna se activó. No podía seguir ignorando que Eliza aún tenía el poder de causar problemas.

-Ricardo... ¿puedo hablar contigo? -dijo Eliza con una voz que sonaba demasiado tranquila para lo que él imaginaba.

Ricardo, sabiendo que no podía evitar una confrontación directa, asintió.

-¿Qué es lo que quieres, Eliza? Ya te he dejado claro que no hay nada entre nosotros.

Eliza dio un paso hacia él, acercándose lentamente, pero sin tocarlo. La atmósfera se volvió densa y cargada de tensión.

-Lo que quiero, Ricardo, es lo que siempre he querido. -Su mirada era penetrante, casi desafiante. -Creo que ahora sabes cómo es jugar con fuego. Y como todo fuego, cuando se descontrola, puede arrasar con todo. Yo te di lo que querías, y tú simplemente me tiraste. Pero ahora es mi turno de que tú sientas lo que es perderlo todo.

Ricardo frunció el ceño, comenzando a darse cuenta de que Eliza no se iba a quedar quieta. Algo en su actitud lo hizo sentir que esta conversación no terminaría bien.

-Lo que sea que estés planeando, no va a funcionar. Ya tomé una decisión, y es mi esposa la que quiero a mi lado.

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