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Deshonra y Redención

Deshonra y Redención

Autor: : Gabbi Galt
Género: Urban romance
La música de mariachi era la banda sonora del día más importante de mi vida: el ochenta cumpleaños de mi abuelo, El Santo de Plata, donde me presentarían como el heredero de los Ramírez, con mi prometida, Sofía, a mi lado. Pero el nudo en mi estómago solo crecía, hasta que Sofía se lanzó a los brazos de Pedro, mi entrenador de boxeo, y lo besó frente a todos: mi familia, la sociedad entera. "¡Tengo que ser honesta! ¡No puedo seguir con esta farsa! ¡Amo a Pedro! ¡Lo amo porque es real! ¡Tiene un alma humilde, algo que todo tu dinero nunca podrá comprar!" Sus palabras me llovieron como latigazos, mientras cientos de ojos me devoraban; algunos con lástima, la mayoría con un morbo insaciable. "No es tu culpa, Diego. Simplemente no eres suficiente para mí. Yo necesito pasión, necesito verdad. No necesito una vida de lujos vacíos. Pedro me ha liberado." La humillación ardía, pero su cinismo me hirvió la sangre. ¿"Alma humilde"? ¿"Amor verdadero"? ¡Qué descaro! Mi abuelo, mi heroico abuelo, rugió como un depredador: "¡Desgraciados! ¡En mi casa! ¡Vienen a deshonrar a mi nieto!" Fue como una sentencia: "¡Te voy a enseñar lo que es un alma humilde cuando te la arranque del cuerpo, pedazo de mierda!" Ellos huyeron, dejándome ahogado en el silencio de los juicios. El jardín se vació, mi abuelo me miró con una frialdad aterradora; no había ira, solo una promesa silenciosa. "No te preocupes, mijo. Esto no se queda así." Y susurró su verdad: "A esa familia le vamos a poner una maldición. El Santo de Plata jura venganza." Y así, en las cenizas de mi orgullo destrozado, nació una sed de retribución que ni el tequila más fuerte podría calmar.

Introducción

La música de mariachi era la banda sonora del día más importante de mi vida: el ochenta cumpleaños de mi abuelo, El Santo de Plata, donde me presentarían como el heredero de los Ramírez, con mi prometida, Sofía, a mi lado.

Pero el nudo en mi estómago solo crecía, hasta que Sofía se lanzó a los brazos de Pedro, mi entrenador de boxeo, y lo besó frente a todos: mi familia, la sociedad entera.

"¡Tengo que ser honesta! ¡No puedo seguir con esta farsa! ¡Amo a Pedro! ¡Lo amo porque es real! ¡Tiene un alma humilde, algo que todo tu dinero nunca podrá comprar!"

Sus palabras me llovieron como latigazos, mientras cientos de ojos me devoraban; algunos con lástima, la mayoría con un morbo insaciable.

"No es tu culpa, Diego. Simplemente no eres suficiente para mí. Yo necesito pasión, necesito verdad. No necesito una vida de lujos vacíos. Pedro me ha liberado."

La humillación ardía, pero su cinismo me hirvió la sangre. ¿"Alma humilde"? ¿"Amor verdadero"? ¡Qué descaro!

Mi abuelo, mi heroico abuelo, rugió como un depredador: "¡Desgraciados! ¡En mi casa! ¡Vienen a deshonrar a mi nieto!"

Fue como una sentencia: "¡Te voy a enseñar lo que es un alma humilde cuando te la arranque del cuerpo, pedazo de mierda!"

Ellos huyeron, dejándome ahogado en el silencio de los juicios. El jardín se vació, mi abuelo me miró con una frialdad aterradora; no había ira, solo una promesa silenciosa.

"No te preocupes, mijo. Esto no se queda así."

Y susurró su verdad: "A esa familia le vamos a poner una maldición. El Santo de Plata jura venganza."

Y así, en las cenizas de mi orgullo destrozado, nació una sed de retribución que ni el tequila más fuerte podría calmar.

Capítulo 1

La música de mariachi llenaba el jardín de la hacienda, un sonido de celebración que chocaba violentamente con el nudo en mi estómago. Era el cumpleaños número ochenta de mi abuelo, El Santo de Plata, una leyenda viviente de la lucha libre mexicana. Todo el que era alguien en la ciudad estaba aquí, brindando con tequila caro y comiendo mole poblano preparado por los mejores chefs. La fiesta era para mi abuelo, pero también era mi presentación formal como el heredero de la fortuna Ramírez, con mi prometida, Sofía, a mi lado.

Mi abuelo, con su cabello plateado y una espalda todavía ancha como un ropero, me dio una palmada que casi me saca el aire.

"¡Mijo! Te ves bien, Diego. Fuerte. Pero esta niña tuya... parece que un soplo se la lleva."

Sofía sonrió, una sonrisa tan perfectamente practicada que no llegó a sus ojos.

"Don Ramiro, es un honor estar aquí. Su nieto es el hombre más maravilloso del mundo."

Mi abuelo la miró de arriba abajo, sin disimular su escrutinio. Él nunca había confiado en ella. Decía que tenía "ojos de hambre". Justo cuando iba a responder, un silencio incómodo comenzó a extenderse desde la entrada del jardín, una ola de murmullos que apagó la música.

Sofía se tensó a mi lado. Vi sobre los hombros de los invitados y sentí que la sangre se me helaba. Allí estaba Pedro, mi entrenador de boxeo, parado con una confianza que no le correspondía, con la ropa sudada del gimnasio.

Sofía soltó mi brazo.

"Tengo que hacer algo."

Dijo, y antes de que pudiera detenerla, caminó directamente hacia él. No, no caminó, corrió. Se lanzó a sus brazos y lo besó. Lo besó frente a mi abuelo, frente a mi familia, frente a toda la alta sociedad de México.

La música se detuvo por completo. El único sonido era el jadeo colectivo de los invitados.

Sofía se separó de Pedro, pero lo mantuvo agarrado de la mano. Se giró para mirarme, con los ojos brillantes de un fanatismo que nunca me había dedicado a mí.

"¡Diego!"

Su voz resonó en el silencio mortal.

"¡Tengo que ser honesta! ¡No puedo seguir con esta farsa!"

Señaló a Pedro, que ahora tenía una expresión de falsa humildad en su rostro.

"¡Amo a Pedro! ¡Lo amo porque es real! ¡Tiene un alma humilde, algo que todo tu dinero nunca podrá comprar!"

La humillación fue como un golpe físico. Sentí cientos de ojos sobre mí, algunos con lástima, la mayoría con morbo. Mi cara ardía.

Sofía continuó su discurso, cada palabra un nuevo latigazo.

"No es tu culpa, Diego. Simplemente no eres suficiente para mí. Yo necesito pasión, necesito verdad. No necesito una vida de lujos vacíos. Pedro me ha liberado. Me ha mostrado lo que es el amor verdadero, lejos de la superficialidad de tu mundo."

Pedro asintió solemnemente, como si estuviera de acuerdo con una profunda verdad universal.

"Lo siento, Diego," dijo él, con una voz que pretendía ser comprensiva pero que goteaba arrogancia. "El corazón quiere lo que quiere. No planeamos que esto sucediera."

¡Qué descaro! ¡Qué cinismo! Se atrevían a pararse en la fiesta de mi abuelo, después de haberme traicionado, y a sermonearme sobre el "amor verdadero". La ira comenzó a hervir debajo de la vergüenza, una furia tan caliente que me hizo temblar.

Fue mi abuelo quien reaccionó primero.

"¡Desgraciados!"

El rugido del Santo de Plata silenció hasta el viento. Se movió con una velocidad sorprendente para un hombre de ochenta años, apartando a los invitados como si fueran muñecos de trapo. Agarró una botella de tequila de una mesa cercana y la levantó.

"¡En mi casa! ¡En mi fiesta! ¡Vienen a deshonrar a mi nieto!"

Sus ojos, los mismos ojos que habían aterrorizado a rudos y técnicos por igual durante décadas, estaban inyectados en sangre.

"¡Te voy a enseñar lo que es un alma humilde cuando te la arranque del cuerpo, pedazo de mierda!"

Pedro, el valiente boxeador, retrocedió, escondiéndose ligeramente detrás de Sofía. Ella, en un acto de estupidez monumental, se enfrentó a mi abuelo.

"¡No se atreva a tocarlo! ¡Esto es entre Diego y yo!"

Mi abuelo se rio, un sonido seco y peligroso.

"Tú no eres nada, niña. Eres un adorno que se rompió. Pero este," dijo señalando a Pedro con la botella, "este se metió con la familia Ramírez. Y eso se paga."

Pedro, viendo que la situación se salía de control, agarró a Sofía del brazo.

"Vámonos, mi amor. No tenemos nada que hacer aquí, con esta gente violenta."

Caminaron hacia la salida, con la cabeza en alto, como si fueran los héroes de una película romántica. Pasaron a mi lado y Sofía tuvo la audacia de susurrar:

"Espero que algún día lo entiendas, Diego."

Se fueron. El silencio que dejaron era pesado, lleno de juicios y burlas silenciosas. Uno por uno, los invitados comenzaron a despedirse con excusas torpes.

"Felicidades, Don Ramiro. Nos retiramos."

"Una gran fiesta. Lamentamos que terminara así."

"Diego, lo sentimos mucho."

Cada palabra era una pala de tierra sobre mi tumba social. En quince minutos, el enorme jardín estaba casi vacío. Solo quedaba la familia, los sirvientes recogiendo los restos de la fiesta y un silencio sepulcral.

Mi abuelo se sentó pesadamente en su silla, que parecía un trono. Dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco. Me miró, y por primera vez en mucho tiempo, no vi ira, sino un cálculo frío y oscuro.

"No te preocupes, mijo," dijo en voz baja. "Esto no se queda así."

Se inclinó hacia adelante, susurrando como si compartiera un secreto sagrado del ring.

"A esa familia le vamos a poner una maldición. Le haremos un 'mal de ojo' tan fuerte que desearán no haber nacido. El Santo de Plata jura venganza."

Y en su voz, no había humor, solo la promesa de una retribución bíblica al estilo de la lucha libre.

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Capítulo 2

A la mañana siguiente, la resaca de la humillación era peor que cualquier resaca de tequila. Mi abuelo, sin embargo, se había levantado con una energía aterradora. El desayuno no fue de chilaquiles y café, fue una junta de guerra.

"Primero, un golpe simbólico," declaró mi abuelo, mientras movía piezas de un juego de ajedrez antiguo como si fueran nuestros enemigos. "Esa familia de Sofía, los Valderrama, se creen muy importantes con su cadena de boutiques de lujo. Vamos a darles una pequeña probada de su propia superficialidad."

Una hora después, un camión de volteo, contratado anónimamente por uno de los viejos contactos de mi abuelo, descargó diez toneladas de estiércol de caballo justo en la entrada de la boutique insignia de los Valderrama en Polanco. El "regalo" venía acompañado de una gran manta que decía: "Aquí huele a traición. Con cariño, un cliente insatisfecho."

La noticia se esparció como pólvora en los círculos sociales. Fue vulgar, fue primitivo, pero fue extrañamente satisfactorio. Ver la foto de la señora Valderrama, la madre de Sofía, gritándole a la policía con sus zapatos de diseñador hundidos en el estiércol, me arrancó la primera sonrisa en veinticuatro horas.

Pero para mi abuelo, eso era solo el calentamiento.

"Ahora, el siguiente paso," dijo esa noche durante la cena. "Hay que ir a la raíz. Sé dónde está enterrada la bisabuela de esa niña. Podríamos... hacer una visita nocturna. Desenterrar unos cuantos huesos. Eso sí que es una maldición de verdad. Tocar a los ancestros es lo peor."

Mi madre casi se ahoga con su sopa. Mi padre se puso pálido.

"Papá, por favor. Eso es... un delito federal. Y es macabro."

"¡Macabro fue lo que le hicieron a tu hijo frente a todos!" rugió mi abuelo. "¡Ojo por ojo, hueso por hueso!"

Tuve que intervenir. La idea era tentadora en un rincón muy oscuro de mi mente, pero impractical.

"Abuelo, aprecio el entusiasmo," dije con calma. "Pero quizás algo un poco menos... profanador. ¿Qué tal si en lugar de desenterrar a sus muertos, simplemente nos aseguramos de que los vivos deseen estarlo?"

Mi abuelo me miró con interés.

"Tengo una idea," propuse. "Conozco a alguien que cría cucarachas para alimentar a reptiles exóticos. Miles de ellas. Podríamos liberarlas en el sistema de ventilación de su oficina central. Es una plaga, no un crimen federal. Una maldición moderna."

Una sonrisa lenta y maliciosa se dibujó en el rostro de mi abuelo.

"Me gusta. Es creativo. Sucio. Poético."

A pesar de la locura de nuestra conversación, me sentí un poco mejor. La venganza, aunque fuera en forma de plaga de insectos, era un bálsamo. Pero la realidad me golpeó al día siguiente. Tenía que volver al trabajo. Tenía que dirigir Ramírez Corp., una de las constructoras más grandes del país. Y tenía que enfrentarme a las consecuencias del escándalo.

Esperaba susurros, miradas de lástima, quizás incluso la cancelación de algún contrato por parte de socios conservadores. Me preparé para lo peor mientras caminaba por los pasillos de mi propia empresa.

Pero no pasó nada.

Nadie susurraba. Nadie me miraba con lástima. El ambiente era extrañamente normal. Demasiado normal. Mi asistente, Laura, una mujer eficiente y sin pelos en la lengua, me entregó mi agenda del día.

"Buenos días, señor Ramírez. El contrato con el consorcio japonés se firmó esta mañana. Enviaron flores. Y Don Ricardo llamó, dijo que lo llamaría más tarde."

"¿Don Ricardo? ¿Don Ricardo Villa?" pregunté, sorprendido. Don Ricardo era un titán, un magnate de los bienes raíces aún más grande y poderoso que mi familia. Era una leyenda, y no éramos particularmente cercanos.

"Sí, señor. Dijo que era sobre un asunto de honor familiar."

Eso me dejó helado. ¿Qué asunto podría tener él conmigo? ¿Acaso la humillación había llegado hasta sus oídos y quería cortar lazos?

Pero antes de poder pensar en ello, mientras me dirigía a mi oficina, vi una figura familiar en el área de entrenamiento de la empresa. Nuestro gimnasio corporativo.

Era Pedro.

Estaba allí, presumiendo, enseñándole a uno de mis ejecutivos cómo lanzar un jab. Estaba en mi edificio. En mi territorio. Usando mis instalaciones como si nada hubiera pasado.

La rabia que había sentido en la fiesta volvió con toda su fuerza. La calma calculada de la venganza con estiércol y cucarachas se evaporó. Esto era personal. Esto era ahora.

Caminé directamente hacia él, sintiendo las miradas de todos en el gimnasio. Me detuve frente a él. Él me vio y tuvo el descaro de sonreír.

"Diego. Qué bueno verte. ¿Vienes a entrenar? Necesitas liberar algo de estrés."

El olor a sudor y arrogancia me revolvió el estómago. Lo miré a los ojos, fríamente.

"No. Vengo a trabajar."

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