Si tuviera que empezar a contar mi historia sería desde el día que me subí en aquel avión, con rumbo a una vida mejor para recuperar lo que me habían quitado. Mi único propósito en aquella travesía era trabajar duro, pero el destino me tenía algo diferente preparado, enamorarme del nieto de la anciana que cuidaba, y el problema no era eso, sino quien era él.
Detrás de cada persona siempre hay un libro lleno de vivencias, el mío estaba lleno de borradores que fueron acabando con mi autoestima, con la confianza en los hombres, hasta que llegó él y decidió ponerme la vida en bandeja, era yo la que tenía que jugar con esta y ver lo que se sentía al estar en la cima más alta y viéndolo todo desde arriba. Pero había un problema en todo esto, y es que no era la mujer que él necesitaba, porque Lars era el duque de Baden, un diamante en todo su esplendor y yo solo una piedra barata que no pegaba ni con cola con él.
Mientras su arrolladora mirada me observaba, mi alma danzaba en lugares desconocidos.
Ante él, siempre me sentía desnuda, y me hacía ser lo que no quería mostrar a nadie, me ocultaba bajo una fachada falsa, y lo único que conseguía con eso fue dejarlo mirar en lo más profundo de mi ser.
Fue un error caer, y los errores se suelen pagar con precios elevados.
Yo... A mis veintidós años en un país ajeno en busca de esa esperanza para volver a recuperar a mi bebé.
De valientes, es decir: Yo no me merezco esto. Pero de ganadores, es decir: Merezco una oportunidad.
Y yo no sabía en qué punto poner. ¿Valiente o ganadora?
Obra completamente mía, está prohibido su copia o adaptación de ningún tipo
Obra completamente mía, está prohibido su copia o adaptación de ningún tipo.
Todos los personajes de esta historia son ficticios, cualquier parecido con una persona es pura coincidencia.
Obra registrada en SAFE CREATIVE bajo el código: 2204050864331
Todos los derechos reservados ©️
MARTINA
Si pudiera explicar la manera en la que me sentía y sin sacarlo todo fuera, creo que algo en mí se repondría y al menos parecería más segura de mí misma. Y es que a veces el problema es ese. Porque cuanto más me prometo dejar lo que me rompe a un lado, más acabo rota.
El día que supe que estaba embarazada de aquel hombre que me engañó, fue el día más feliz de mi vida porque pensé que había encontrado al hombre ideal, el que me haría feliz y al fin formaría una familia la cual jamás tuve.
Con el corazón encogido bajé la mira al recordar todo lo que me había pasado en estos dos últimos meses, en como mi vida soñada desapareció y sola me dejó en la soledad de mis temores.
Flashback
-Ya que la señora Martina Navarro no puede demostrar que puede mantener a su hijo de doce meses, y darle una buena...
En ese momento no necesité escuchar más, porque supe que me iban a quitar la custodia de mi pequeño. Por el siempre hecho de ser pobre. A veces la vida y la justicia no son justa.
-Puedes venir a visitarlo una vez cada dos meses, ya que el juez me dejó a elegir- dijo ese desgraciado, el cual jamás olvidaré.
-Sabes que no puedo estar viajando a Alemania cada dos meses.
-Ese es problema tuyo.
Fin del flashback.
Ese fue el primer día de muchos que no encontré ningún sentido a nada. De noches en velas y llorando por mi hijo.
... Y después de tanto, un reflejo de esperanza me deslumbró la mirada al ver que el mismo correo electrónico que había mandado mi currículum y mis datos me respondió y me anunció una vida cerca de ese ser que tanto amo. Había leído un anuncio en alemán que buscaban una chica para cuidar a una anciana. Ofrecía buen sueldo y casa, comida y un día libre. Probé suerte y esta vez esta aceptó ponerse de mi parte.
Era lo que necesitaba para dejar a mi país atrás y embarcarme en lo desconocido. Con un solo propósito, recuperar a mi hijo.
De: Lorenz Hoffmann
Para: Martina Navarro
Buenos días, señorita Navarro. De ante mano le agradezco que esté interesada en el puesto de trabajo. Ya que cuidar a una persona mayor no es nada fácil. En primer lugar, está hablando con el nieto de Zelinda, la anciana de la que se ocupará en los próximos días. Porque el puesto es suyo. Espero que su inglés sea igual de magnífico como me hizo entender al leer su nota acompañada en su currículum. En este email, le adjunto su billete de avión. Nos vemos en dos días, en mi lugar de trabajo.
Atentamente:
LORENZ HOFFMANN, DIRECTOR DE EMPRESAS HOFFMANN, DUQUE DE BADEN.
Sonriendo como hace tiempo que no lo hacía, cerré el portátil y me puse a prepararlo todo.
Pronto te veré, mi vida- pensé mientras guardaba mis pertenencias en las maletas.
No soy de creer en que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Pienso que solo es una frase que nos calma en algún momento dado. Solo eso. Pero esta vez podía decir que algo de sentido encontré en esta. Quizás debería creérmelo.
Con el corazón encogido, salí del avión que me llevó hasta el país más frío que había pisado en toda mi vida. Era pleno diciembre y el trozo de abrigo que llevaba no era apto para este clima.
-Caminé por el aeropuerto en busca de la salida. A lo lejos percibo a un señor vestido de negro con un cartel en sus manos. En este estaba escrito mi nombre.
-Hola, soy Martina Navarro- le dije en mi perfecto inglés al señor.
-Bienvenida, señorita.
Me ayudó con el equipaje y lo seguí.
-La llevaré a las oficinas del señor Hoffmann.
Asentí.
No sabía qué me iba a encontrar ahí, ni mucho menos como iba a ser mi estancia con aquella señora, ya que era la primera vez que iba a cuidar a una señora de avanzada edad.
El calorcito de la calefacción del lujoso coche que me transportaba, me devolvió el alma al cuerpo.
Intenté investigar acerca del nieto de la señora Zelinda, pero apenas encontré imágenes, mejor dicho, ninguna. Cosa que me sorprendió, ya que él era un duque. Lo único que recopilé fue su edad, y las múltiples empresas repartidas alrededor de Alemania.
-El señor la espera en su despacho. La secretaria espera su llegada- me indicó aquel hombre de semblante serio.
-Gracias- dije y este asintió cerrando la puerta del auto a mis espaldas.
Tomé aire una última vez y solo deseé que todo siguiese igual de bien como hasta ahora. Todo fácil y sin complicaciones.
Una mujer rubia me examinó de arriba a abajo y con seriedad también me dio las buenas tardes.
¿Es que todos los alemanes son así de serios?
-El señor la espera- dijo secamente, sin una gota de amabilidad o lo que tenga de bueno que pudiera trasmitir esa mujer.
-Vale, gracias.
La seguí también mientras recorría aquella ancha planta de mármol caro y mesas de cristal. Sillas de cuero y cuadros de arte que al parecer deben de costar una fortuna.
-Es aquí.
Dijo y se marchó.
Con el corazón a mil. Toqué la puerta y escuché algo en alemán, pero como no entendí nada, volví a tocar.
Supuse que significaba un <
Abrí despacio la enorme puerta de madera oscura y entré. Sin subir aún la mirada, sentí como ese olor a hombre, a colonia muy cara azotaba mi piel, mis fosas nasales y mi sistema nervioso.
Se hizo el silencio tanto por mi parte como por parte de él.
A cámara lenta alcé mis ojos grises en busca de los suyos y me encuentro con la sorpresa más grande de mi vida. Nada más y nada menos que con el hombre más guapo, atractivo y sexi del mundo. Con una mirada arrolladora. Mis piernas no podían mantener mi cuerpo, y me dejo sostener contra la puerta que había cerrado segundos antes.
-Señorita Navarro.
No me mires así, no me mires así- nota mental que fui repitiendo al ver como sus ojos azules me calaron hasta los huesos en cuestión de una milésima de segundo.
Bajé de nuevo la mirada porque está dolía mirarlo, me picaba el corazón al hacerlo y dos segundos después asentí.
-¿Le ocurre algo? - su voz. Esa voz. Maldito sonido que me entró en la cabeza y suena como eco.
Su voz, ¿por qué se me hacía tan familiar?
Negué sin mirarlo.
¿Qué me pasaba? Me estaba comportando como tonta y eso no era bueno.
Contesta.
Vamos, hazlo.
Míralo, se supone que estás muerta para todos hombres. Qué más da que su belleza te deslumbre si no confías en ninguno de ellos.
Míralo, y sé fuerte.
Mi voz interior no dejaba de aturdirme, no se callaba y yo no sé si podría con todo esto.
MARTINA
Bajo la atenta mirada de él, tomé fuerzas que ya no tenía y me presenté como era debido, sin dejar de morder el interior de mi mejilla con lascivia cada vez que guardaba silencio.
-Siento ser indiscreto, pero es necesario hacerle esta pregunta, señorita Navarro.
Mis ojos se encontraron con los suyos-. ¿Qué es lo que la trajo a cambiar de país para trabajar en un empleo como este?
Con esa voz me ponía cardiaca. Y joder, no quería sentirme así. Me lo prometí a mí misma.
-Un cambio de aires. Eso es todo. Señor Hoffmann.
Este no parecía muy convencido y no sé si lo hacía a propósito o realmente era así su manera de mirar a todo el mundo. Pero me detalló a tal punto que me sentí desnuda ante su mirada y creo que, no se creyó ninguna de mis palabras.
-Su pequeña nota me sorprendió bastante, de hecho, estaba casi suplicando que le diera este trabajo.
-Discúlpeme si insistí tanto en lo que escribí- bajé la mirada.
-Una cosa. Si vas a estar trabajando para mí y en mi casa, debes saber que no me gustan las mujeres que bajan la mirada.
Me dio un revoltijo en el estómago al oírlo-. Por favor, mírame.
Con miedo subí lentamente mis ojos hacia los de él y lo miré.
-Tienes unos ojos muy idílicos, no los ocultes en el suelo.
Me sonrojé por la forma en la que me lo dijo. Solo me dieron ganas de llorar. Su forma de hablar no era un coqueteo de un hombre hacia una mujer. Él me dio la sensación de que era mucho más que eso. Más hombre- sacudo la cabeza y retiré esa idea de mi cabeza. No había hombres diferentes.
-Señor, estoy aquí para trabajar y cumplir con mi función. Y realmente me hace falta el dinero, por eso insistí y dejé esa nota adjunta a mi currículum.
Intenté ser más convincente y no sabía si esta vez lo había conseguido. Todo por mi hijo.
-Bien. Este es su contrato- me extendió el documento y apenas lo leí. Firmé y este arqueó la ceja al ver que no me tomé ni un minuto en leerlo.
Con ese simple gesto podría alcanzar el orgasmo.
-Le aconsejo una cosa, señorita Navarro. La próxima vez, lea lo que vaya a firmar. Retiró esa carpeta que había dejado sobre su suntuoso escritorio y lo guardó-. Bienvenida. Mi abuela está ansiosa de conocerla. Se alzó de su asiento de cuero y se puso su elegante abrigo. Sentí como esa ráfaga de aire que dejó en su movimiento bloqueó mi garganta.
-Gracias, señor.
Había un millón de millas de diferencia entre él y yo. Una de ellas era su estatus social, estamos hablando de un duque. Segundo, su físico merecía estar expuesto en una galería de arte, y yo no tenía ni un cuerpo bonito, ni un semblante que fuese el protagonista de cualquier espacio como lo era el de él. No soy la típica mujer pequeña con unas piernas largas y una cintura diminuta. Mi vientre cambió después de cargar nueve meses a mi bebé y esa es la mejor huella que puede recordarme mi cuerpo. Y, por último, la seguridad que desprendía este ser humano era extremadamente importante, y mi seguridad no llegaba ni al diez por ciento de lo que él tenía.
-Mi abuela se vino a vivir conmigo el día que mi padre falleció. No se quiso quedar con mi madre y en parte lo entiendo. Porque se volvió a casar y jamás lo aceptó.
Presté atención a lo que me estaba diciendo sin dejar de pellizcarme la piel del dorso de mi mano. Estaba nerviosa, y tenerlo sentado a mi lado la verdad que no me ayudaba a calmarme.
El chofer conducía en silencio y su voz era la melodía que cualquier mujer quería escuchar-. Hubo una mujer que la estuvo cuidando y al parecer no le cayó bien a mi querida abuela. Espero que contigo sea diferente, aunque déjame decirte que pareces opuesta a lo que ella está acostumbrada a ver. Más joven, española...
Lo detengo.
-Media española. De hecho, mi padre era americano.
Crucé mis ojos con los de él y este asintió-. Le gustarás- concluyó omitiendo lo que le había dicho.
-Eso espero- mi voz apenas se oía y tragué duro.
-A su edad, aún se basta por si sola. Es decir, que únicamente le harás compañía e irás con ella a las revisiones con el médico.
-Vale, ¿hay algo que deba saber y que sea importante?
Este frunció el ceño y pensó-. Es alérgica a cualquiera tipo de marisco. Ten cuidado con eso.
-Entendido.
Estaba ansiosa de conocer a la señora más afortunada del mundo. Tener un nieto como lo era el señor Hoffmann era como haberle tocado la mayor lotería de la historia.
Cuando el coche se detuvo, mis ojos detallaron el lugar donde se suponía que iba a vivir, una enorme casa con diseño moderno y un espectacular jardín con un pequeño lago que se veía a distancia-. Es aquí- su voz atrajo mi atención como un imán.
Salió primero del coche al abrirse la puerta ante él, visualicé sus movimientos y sus piernas largas y bien atléticas bajo ese pantalón a juego con su americana y complementándose a la perfección con su abrigo, causó un cosquilleo latente.
Parecía haber salido de una revista de moda.
-Señorita, Navarro- me abrió la puerta de mi lado.
Se supone que él no debería de hacer eso con una empleada, ni mucho menos conmigo.
¿Es que acaso todos los duques son así? Usan esta estrategia para convencer la soberanía de que son merecedores de su título.
-Gracias.
-Debería comprarse un abrigo más apto para este clima. Se enfermará- miró a la tela fina que cubría mis hombros y asentí. Sinceramente, me olvidé del frío al estar a su lado.
La anciana estaba sentada en el lujoso salón, con la chica del servicio, o al menos eso me pareció a mí. El señor Hoffmann me presentó y me puse de cuclillas y la saludé amablemente. Era una señora bastante elegante y muy hermosa. Ahora entendía de dónde venía la belleza de semejante hombre que tenía a mis espaldas.
-Hola, señora. Soy Martina.
La mujer puso su mano suave como el terciopelo sobre el dorso de la mía que dejé caer segundos antes al inclinarme hacia ella. La señora Zelinda me mostró una sonrisa y miró a su nieto.
-¡Es ella!
-¿Ella quien, abuela?
-Ella. Es ella, Lars.
Y entonces me giré hacia el duque que le sonrió a su abuela con esa hechizante sonrisa que acabo de conocer.
No sabía de qué hablaban, pero fuera de lo que fuese, no era asunto mío. ¿O sí?