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Despertar Después de La Muerte De Nieve

Despertar Después de La Muerte De Nieve

Autor: : Rianon Fisk
Género: Romance
La fiesta de mi cumpleaños número veintiocho, celebrada en la fastuosa mansión de mi esposo Ricardo, era solo una farsa más en mi jaula dorada. Ocho años viviendo a la sombra de un fantasma, el de mi difunta hermana, y soportando el odio de mi hijastro Mateo. Pero esa noche, todo cambió cuando Mateo, con una rabia desproporcionada, me empujó a la piscina, revelando ante la élite de la ciudad la cruda realidad de mi matrimonio. Empapada y humillada, emerjo del agua para verle destrozar mis diseños, el único escape a mi nula existencia. El último golpe llegó cuando encontré a Nieve, mi único consuelo, inerte, colgado de una bufanda de seda, una mancha de sangre el elocuente testamento de la crueldad de Mateo. Ricardo, ajeno a mi dolor, despreció la vida de mi gato como una vulgar mancha que debía limpiarse, y mi madre me imploró que guardara silencio por el "bien" de la familia. ¿Cómo podían todos ser tan ciegos? ¿Tan crueles? ¿Acaso mi sufrimiento no importaba, ni siquiera la cruel muerte de mi amado Nieve? La verdad se me vino encima: no era mi cumpleaños, sino el de mi hermana, una vez más, celebrando su memoria a mi costa. Ocho años de infierno. Ocho años de ser una incubadora fallida por la poción de la suegra. Y fue entonces, con el corazón destrozado, que decidí que la sofía dócil había muerto con Nieve. Ya no más. Enfrenté a Ricardo, rechacé su insultante propuesta de "concubina oficial" por miles de lujos y riquezas, y declaré mi libertad. Trató de retenerme, para mí era un juego de niños, y para mi sorpresa, Mateo, el niño que me odiaba, me disparó una flecha con su arco de juguete. Pero antes de que me golpeara, mi águila de compañera desvió su trayectoria, y aunque la punta de la flecha me rozó el brazo, el dolor físico no era nada comparado con la libertad que sentía. Con mi último aliento como su madrastra, le corté a Mateo el amuleto de la paz que una vez fue mi regalo. Ricardo intentó detenerme, pero mis palabras de despedida, llenas de la verdad reprimida, resonaron en el patio: "Nunca fui yo misma. Y nunca te amé". Monté mi caballo, mi compañero leal, dejando atrás los escombros de mi vida anterior, lista para galopar hacia mi verdadera libertad en el desierto.

Introducción

La fiesta de mi cumpleaños número veintiocho, celebrada en la fastuosa mansión de mi esposo Ricardo, era solo una farsa más en mi jaula dorada.

Ocho años viviendo a la sombra de un fantasma, el de mi difunta hermana, y soportando el odio de mi hijastro Mateo.

Pero esa noche, todo cambió cuando Mateo, con una rabia desproporcionada, me empujó a la piscina, revelando ante la élite de la ciudad la cruda realidad de mi matrimonio.

Empapada y humillada, emerjo del agua para verle destrozar mis diseños, el único escape a mi nula existencia.

El último golpe llegó cuando encontré a Nieve, mi único consuelo, inerte, colgado de una bufanda de seda, una mancha de sangre el elocuente testamento de la crueldad de Mateo.

Ricardo, ajeno a mi dolor, despreció la vida de mi gato como una vulgar mancha que debía limpiarse, y mi madre me imploró que guardara silencio por el "bien" de la familia.

¿Cómo podían todos ser tan ciegos? ¿Tan crueles? ¿Acaso mi sufrimiento no importaba, ni siquiera la cruel muerte de mi amado Nieve?

La verdad se me vino encima: no era mi cumpleaños, sino el de mi hermana, una vez más, celebrando su memoria a mi costa.

Ocho años de infierno. Ocho años de ser una incubadora fallida por la poción de la suegra.

Y fue entonces, con el corazón destrozado, que decidí que la sofía dócil había muerto con Nieve.

Ya no más.

Enfrenté a Ricardo, rechacé su insultante propuesta de "concubina oficial" por miles de lujos y riquezas, y declaré mi libertad.

Trató de retenerme, para mí era un juego de niños, y para mi sorpresa, Mateo, el niño que me odiaba, me disparó una flecha con su arco de juguete.

Pero antes de que me golpeara, mi águila de compañera desvió su trayectoria, y aunque la punta de la flecha me rozó el brazo, el dolor físico no era nada comparado con la libertad que sentía.

Con mi último aliento como su madrastra, le corté a Mateo el amuleto de la paz que una vez fue mi regalo.

Ricardo intentó detenerme, pero mis palabras de despedida, llenas de la verdad reprimida, resonaron en el patio: "Nunca fui yo misma. Y nunca te amé".

Monté mi caballo, mi compañero leal, dejando atrás los escombros de mi vida anterior, lista para galopar hacia mi verdadera libertad en el desierto.

Capítulo 1

La fiesta de mi cumpleaños número veintiocho se celebraba en la enorme piscina de la mansión de Ricardo. Él había invitado a toda la élite de la ciudad, no para celebrarme a mí, sino para mostrar su poder y conexiones. Yo, Sofía, era solo otro de sus adornos, una esposa por contrato cuyo único propósito era llenar el vacío que mi hermana, su difunta esposa, había dejado.

Durante ocho años, viví a la sombra de un fantasma. Ocho años siendo la madrastra de un niño que me odiaba.

Llevaba un vestido de seda blanca que yo misma había diseñado, una pieza simple pero elegante que contrastaba con el lujo ostentoso de los invitados. Mientras sostenía una copa de champán, sintiendo las miradas curiosas y compasivas sobre mí, vi a Mateo, mi hijastro de diez años, acercándose con una expresión extrañamente seria.

Justo cuando pasaba por el borde de la piscina, Mateo me empujó con todas sus fuerzas.

Perdí el equilibrio y caí al agua helada con un chapoteo que silenció la música y las conversaciones. El champán se derramó, la copa se hundió en el fondo azul. El agua fría me empapó hasta los huesos, pegando el vestido a mi piel, pero no sentí el frío. Solo sentí el peso de ocho años de humillación cayendo sobre mí.

Emergí a la superficie, con el cabello pegado a la cara, y vi a Mateo de pie en el borde, con el rostro rojo de ira.

"¡Nunca te aceptaré!" gritó, su voz infantil llena de un odio que no le correspondía. "¡Tú le quitaste el lugar a mi mamá! ¡Te odio!"

Sus palabras resonaron en el silencio. Todos me miraban, algunos con lástima, otros con una mal disimulada satisfacción. Ricardo no se movió. Se quedó de pie junto a la mesa principal, con el ceño fruncido, no por preocupación, sino por la vergüenza pública.

Me quedé flotando en el agua, mirando el cielo oscuro. El reflejo de las luces de la fiesta bailaba en la superficie, distorsionado, como mi vida. Y en ese momento, una extraña calma me invadió. Ya no había lucha. Ya no había esperanza. Solo un cansancio profundo y una decisión clara como el agua que me rodeaba. Se acabó.

Salí de la piscina sin ayuda, goteando sobre las baldosas de mármol. Ignoré las miradas y caminé directamente hacia mi habitación, dejando un rastro de agua y silencio a mi paso.

Al entrar, vi uno de mis bocetos para una nueva colección de moda sobre la mesa. Era un diseño que me había tomado semanas perfeccionar. Mientras me quitaba el vestido mojado, Mateo entró corriendo a la habitación, con los ojos todavía llenos de lágrimas de rabia.

"¡Todo es tu culpa!"

Agarró el boceto de la mesa. El sonido del papel rasgándose fue agudo y definitivo. Lo rompió en pedazos y los tiró al suelo.

"¡Tú lo rompiste!" gritó, con la cara contorsionada en una mueca de acusación. "¡Le diré a papá que destruiste tus propios dibujos para llamar la atención!"

Lo miré. Vi la mentira en sus ojos, una astucia que había aprendido de su padre. En el pasado, habría tratado de explicar, de razonar, de buscar su comprensión. Pero ya no.

Simplemente me di la vuelta y entré al baño, sin decir una palabra. No lo perseguí. No valía la pena. Mi corazón, que durante años se había esforzado por sentir algo, ahora estaba quieto y vacío.

Cuando salí del baño, vestida con ropa seca y sencilla, Mateo ya no estaba. La habitación estaba en silencio, salvo por el eco de la música lejana de la fiesta. Mi mirada se posó en un rincón de la habitación, y el aire se me escapó de los pulmones.

Mi gato blanco, Nieve, el único ser en esta casa que me había mostrado afecto incondicional, estaba colgado de la lámpara de pie con una de mis bufandas de seda. Sus patitas no se movían. Debajo de él, una pequeña mancha de sangre oscura se había formado en la alfombra persa.

La puerta se abrió un poco y escuché la risita contenida de Mateo desde el pasillo, una risa de triunfo y crueldad.

Me quedé paralizada, mirando la escena. No grité. No lloré. Me acerqué lentamente y toqué el pelaje de Nieve, todavía tibio. Recordé cuando lo encontré, un gatito abandonado en la calle. Recordé las noches en que se acurrucaba a mi lado, su ronroneo era el único consuelo en la fría y vasta mansión. Le había dado todo el amor que tenía, el amor que Ricardo nunca aceptó y que Mateo siempre rechazó. Y ahora, estaba muerto.

La sangre en la alfombra parecía extenderse, manchando no solo el suelo, sino cada uno de los dos mil novecientos veinte días que había pasado en esta casa. Ocho años. Había sido una buena esposa, una madre paciente, una nuera obediente. Había renunciado a mis sueños, a mi carrera, a mi propia identidad.

Todo por nada.

Con una lentitud deliberada, descolgué el cuerpo de Nieve y lo acuné en mis brazos. Lo abracé contra mi pecho, manchando mi ropa limpia con su sangre. La calidez de su cuerpo se desvanecía rápidamente. Y con ella, la última pizca de esperanza que me quedaba.

Capítulo 2

La puerta de la habitación se abrió de golpe. Ricardo entró, su traje impecable sin una sola arruga, su rostro una máscara de fría irritación.

"¿Qué es todo este desastre, Sofía?" preguntó, su voz baja y controlada, pero con un filo de molestia. Su mirada pasó del cuerpo de Nieve en mis brazos a la mancha de sangre en la alfombra. No había horror en sus ojos, solo fastidio. "¿Ahora qué hiciste?"

Levanté la vista hacia él, mis ojos secos.

"Mateo lo mató."

Mi voz sonó extraña, hueca.

Ricardo frunció el ceño, su mirada se endureció.

"No culpes al niño por tu descuido," dijo con frialdad. "Seguramente lo provocaste. Mateo es solo un niño, todavía está de luto por su madre. Deberías ser más comprensiva."

La absurdidad de sus palabras me golpeó. ¿Comprensiva? Había pasado ocho años siendo comprensiva. Había soportado el desprecio de un niño y la indiferencia de su padre, todo en nombre de la memoria de una mujer muerta.

"Él me empujó a la piscina," dije, mi voz todavía sin emoción. "Él rompió mis diseños. Él mató a mi gato. Y tú lo defiendes."

Ricardo suspiró, un sonido de pura impaciencia.

"Ya basta de drama, Sofía. Es solo un gato." Se giró hacia la puerta y llamó a la servidumbre. "Limpien esto. Ahora."

Dos sirvientas entraron, con los ojos bajos, y se llevaron el cuerpo de Nieve de mis brazos. Vi cómo una de ellas comenzaba a frotar la mancha de sangre de la alfombra, borrando la única evidencia del horror, borrándome a mí, a mi dolor. Para Ricardo, mi pena era solo una mancha que debía limpiarse.

Él se acercó a mí. El calor de su cuerpo no me ofrecía ningún consuelo, solo una sensación de opresión.

"Mira, entiendo que estés molesta," dijo, su tono ahora un poco más suave, la voz que usaba cuando quería algo de mí. "Pero no puedes culpar a Mateo. Él es mi hijo. Es el hijo de Ana."

Ana. Mi hermana. Siempre Ana.

Su mano se posó en mi hombro, un gesto que pretendía ser reconfortante pero que se sentía como una jaula.

"No te preocupes," continuó. "Mañana te compraré otro gato. Uno más caro, si quieres."

La frialdad de su oferta me recorrió por completo. Un escalofrío me sacudió. Me aparté de su toque, y fue la primera vez en ocho años que lo hice.

"No quiero otro gato," dije, mi voz finalmente temblando con una emoción que no era tristeza, sino una rabia helada. "Quiero irme."

Ricardo me miró, y por un segundo, vi una genuina sorpresa en su rostro, rápidamente reemplazada por su habitual arrogancia.

"No seas ridícula. ¿A dónde irías?"

"A cualquier lugar lejos de aquí."

Su mano intentó tocar mi mejilla, un gesto posesivo que había llegado a odiar. Su aliento cálido rozó mi piel, pero yo sentía un frío que me calaba hasta los huesos.

"Estás cansada, eso es todo. Descansa un poco. Mañana todo se verá mejor."

"No," dije, mi voz más firme. "No habrá un mañana aquí para mí."

El recuerdo de los últimos ocho años me inundó. El recuerdo de las tazas de té amargo que su madre me obligaba a beber cada noche, un brebaje para "regular mi cuerpo", que en realidad era para evitar que quedara embarazada. El recuerdo de las dos veces que, a pesar de todo, el embarazo ocurrió, y las visitas silenciosas y aterradoras a una clínica clandestina para "resolver el problema". Ricardo no quería otro hijo. Quería preservar la línea de sangre pura de Ana. Yo solo era un útero temporal, un cuerpo para calentar su cama, pero nunca una madre para un nuevo heredero.

Ocho años.

Ocho años de beber ese té amargo.

Ocho años de ser una cáscara vacía en una casa llena de recuerdos de otra mujer.

"Me voy, Ricardo," repetí, mirándolo directamente a los ojos. "Esta vez, de verdad."

Cuando intentó agarrar mi brazo de nuevo, di un paso atrás, esquivando su toque con una agilidad que me sorprendió a mí misma. La sorpresa en su rostro se convirtió en una mueca de disgusto. El juego había terminado.

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