PRESENTE
-Escúchame bien, Amanda Portal -la voz de Jared Davenport era un filo helado rozándole la piel-. Aquí tu apellido no vale nada. Aquí no eres heredera, no eres intocable... no eres nadie. Y el jeque Joaan Al-Nayef lo sabe. Tú lo desafiaste anoche, lo humillaste frente a su corte, y en su mundo eso se paga con sangre. O te convierte en una de sus tantas posesiones... o desapareces.
Jared dio un paso más, atrapándola entre su sombra y el muro, sin tocarla, pero haciéndola sentir atrapada. Yo soy tu única salida. Entrégate a mi. Cásate conmigo, entrégate a mi protección, y lo mantengo lejos. No aceptes... y él te llevará antes del amanecer.
Su respiración rozó la de ella.
-Elige, Amanda. Conmigo... o con él. Pero no hay tercera opción.
3 DÍAS ANTES
París parecía sostener la respiración aquella noche.
El cielo, cubierto de un velo azul oscuro salpicado de luces, se reflejaba sobre el Sena como una cinta de seda líquida. Los puentes, centenarios y dorados, brillaban bajo el titilar de los faroles, y las fachadas de piedra parecían dormidas en un silencio expectante. Las últimas hojas del otoño danzaban al compás del viento y se arremolinaban frente a las vitrinas de los cafés aún abiertos, donde las voces en francés se mezclaban con el tintinear de las copas.
Desde el ventanal de su apartamento en el octavo Piso, Amanda Portal contemplaba la ciudad con una mezcla de nerviosismo y dulzura. París era su escenario favorito, el lugar donde los sueños y las decisiones se entrelazaban como los reflejos de la Torre Eiffel sobre el río.
A un costado, sobre el maniquí blanco de su habitación, reposaba su vestido de novia. La seda marfil caía con una delicadeza que parecía respirar. Había sido diseñado por una de las casas más exclusivas de Francia, y cada pliegue parecía guardar una promesa.
Amanda, con su piel morena y sus ojos verdes de un brillo casi mineral, lo observaba en silencio. Mañana, cuando el sol asomara por los tejados parisinos, caminaría hacia el altar tomada del brazo de su padre, el gran Carlos Portal, mientras las campanas de Saint-Germain-l'Auxerrois repicaban anunciando su unión con Enzo Ferreiro.
Cuatro años de amor, de viajes, de risas y proyectos compartidos. Enzo, el hombre que había aprendido a navegar los negocios con la misma naturalidad con que sabía pronunciar un juramento. Heredero de la poderosa familia Ferreiro, CEO del F. Group, un nombre que resonaba en la bolsa de valores tanto como en los círculos más elegantes de Europa.
Amanda dejó escapar un suspiro. Todo parecía perfecto.
El vestido. La ciudad. La vida que se abría ante ella como una avenida iluminada.
Mañana sería la esposa de Enzo Ferreiro.
Se sirvió una copa de vino blanco y caminó descalza por el piso de madera. El reloj marcaba las once y media. París se deslizaba hacia la medianoche y, sin embargo, algo en el aire parecía distinto: una vibración leve, un presentimiento que ella no supo nombrar.
El silencio de aquella fría habitación se vio interrumpido por el suave sonido de una notificación.
Amanda giró la cabeza hacia su escritorio.
Su computadora portátil, olvidada entre bocetos de planos y fotografías de la boda, mostraba en la esquina inferior una pequeña alerta: "Nuevo correo recibido."
Frunció el ceño.
Nadie de la empresa debería escribirle a esas horas. Había dejado instrucciones precisas: vacaciones sin interrupciones.
El día siguiente sería su boda, su mente debía descansar. Pero el correo insistía, parpadeando como un ojo abierto en la oscuridad.
Amanda dejó la copa sobre la mesa, el cristal vibró apenas.
Cruzó la cama, el maniquí donde reposa el vestido, el eco de sus pasos resonó en la madera.
El monitor iluminó su rostro con un resplandor frío, casi lunar.
El remitente era desconocido.
No había asunto, solo una dirección de correo anónima, extrañamente cifrada.
Durante unos segundos dudó.
Podría ignorarlo. Podría apagar la computadora y volver a mirar su vestido, pensar en el beso de mañana, en las flores blancas que cubrirían la iglesia. Pensaría en como sería su noche de bodas, la noche en la que entregaría su pureza y su virginidad a Enzo.
Pero la curiosidad esa fuerza que siempre la había guiado en su trabajo y en su vida le ganó la batalla.
Hizo clic.
El correo se abrió.
Y entonces, el mundo pareció detenerse.
El corazón de Amanda dio un vuelco tan violento que el aire se volvió pesado.
Su rostro, segundos antes encendido por la calidez de la lámpara, se tornó pálido, casi translúcido.
El pulso le martilló las sienes y una presión aguda le atravesó el pecho.
Tragó saliva, pero su garganta era un nudo.
En la pantalla había no solo una sola imagen. Eran fotografías.
Y en ella, inconfundible, Enzo Ferreiro.
Él. Su prometido.
Su futuro esposo.
El hombre que le había dicho te amo todos los días.
Estaba en una habitación que no reconoció de inmediato, envuelto entre sábanas blancas, el torso desnudo, la piel iluminada por la penumbra de una lámpara.
A su lado, una mujer. Estaban totalmente desnudos, era evidente lo que allí ocurre, tuvieron sexo.
Amanda parpadeó.
No podía ser.
El cabello oscuro, la piel clara, los labios pintados de rojo carmesí.
Elizabeth Portal.
Su tía.
La hermana menor de su madre.
Amanda retrocedió un paso, como si la imagen tuviera el poder de empujarla físicamente.
Sintió un zumbido en los oídos, un rugido ahogado que la desconectó del mundo exterior.
El vino sobre la mesa tembló.
El reloj del muro siguió marcando el tiempo con una crueldad metódica.
La ciudad allá afuera continuaba brillando, indiferente, hermosa, mientras en el interior del apartamento de Amanda el aire se espesaba hasta doler.
Una oleada de náusea le subió desde el estómago.
Le temblaban las manos.
El cursor titilaba sobre la imagen como un ojo que la vigilaba, como si la obligara a mirar.
Pero el horror aún no había terminado.
Apenas unos segundos después, otro mensaje entró.
Un nuevo correo, del mismo remitente.
Amanda lo abrió, casi sin aliento, impulsada por una mezcla de temor y necesidad.
Y esta vez, no era una foto.
Era un video.
El archivo tardó en cargar.
La barra de progreso se movía lentamente, y con cada porcentaje que aumentaba, el pecho de Amanda se contraía un poco más.
El silencio se volvió insoportable.
Cuando la imagen finalmente apareció, el aire se escapó de sus pulmones.
Dos cuerpos entrelazados.
El mismo cuarto, las mismas sábanas.
Las sombras se movían en un vaivén que no dejaba espacio a la duda.
Se escuchaban gemidos, respiraciones entrecortadas, una voz masculina que ella reconoció de inmediato: la voz de Enzo, pronunciando el nombre de Elizabeth con una pasión escalofriante.
Amanda cerró los ojos, pero el sonido seguía allí, latiendo en la habitación como un eco venenoso.
Las lágrimas no salían aún; estaban contenidas en algún lugar profundo, donde el dolor todavía era incredulidad.
El video terminó, pero no el infierno.
Tres nuevos archivos se descargaban automáticamente.
Fotografías.
Más fotografías.
En una de ellas, Enzo y Elizabeth se besaban frente a una ventana abierta, los cabellos de ella desordenados, el cuerpo de él inclinado con urgencia.
En otra, estaban en un restaurante, las manos entrelazadas, las miradas cómplices.
Y en la última, la que pareció arrancarle el alma, Elizabeth -su tía, su sangre- llevaba el mismo collar de perlas que Amanda había comprado semanas antes para su boda. Eran de un diseño Perlado, hermoso y distinguido, en otras fotografías Elizabeth tenía algunos vestidos de Amanda, eran vestidos que ella tenía en resguardo en la oficina de Enzo para cualquier evento, había videos de su prometido y su tía teniendo sexo con las prendas de ella en la oficina de él, así como en la casa de la familia Carrasco.
El corazón de Amanda se contrajo con un dolor sordo.
Por un instante pensó que el mundo se había quedado sin oxígeno.
Sus rodillas temblaron; tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.
La copa de vino se volcó y el líquido blanco se esparció por la madera, mezclándose con las lágrimas que finalmente comenzaron a caer.
Una, dos, tres gotas que descendieron sin ruido, pero que pesaban como plomo.
El correo no tenía texto.
No había palabras.
Solo esas imágenes que gritaban por sí mismas, crueles y frías.
Amanda retrocedió la silla y se dejó caer.
Sus manos buscaron algo a lo que aferrarse el borde del escritorio, el aire pero todo parecía disolverse.
La habitación giraba, el brillo de las luces de París se filtraba a través de la ventana y se quebraba sobre su rostro como un reflejo distante.
Pensó en su madre, en lo que diría si supiera.
Pensó en su padre, en cómo las noticias podían herir a un hombre que había construido imperios pero no estaba preparado para ver a su hija destrozada.
Pensó en Enzo, en su sonrisa, en las promesas susurradas bajo la lluvia del Sena.
Y pensó en Elizabeth, la mujer que la había visto crecer, la que le enseñó a amar el arte y la arquitectura, la que ahora aparecía desnuda junto al hombre que ella amaba.
Amanda apretó los dientes.
El llanto la invadió al fin, desgarrador, silencioso.
El cuerpo le dolía como si cada fibra protestara contra la traición.
El reloj marcó la medianoche.
La Torre Eiffel destelló a lo lejos, como lo hacía cada hora, recordando al mundo que París nunca duerme.
Pero para Amanda Portal, la noche acababa de cerrarse sobre sí misma.
El cursor seguía parpadeando sobre la bandeja de entrada.
Un último archivo, más pesado que los anteriores, comenzó a descargarse.
Ella no quiso mirarlo, pero su mano se movió sola, obedeciendo al impulso de quien necesita ver el fondo del abismo para entender su tamaño.
El video se abrió.
Era una grabación más nítida, más reciente.
Amanda reconoció el reloj de pulsera de Enzo sobre la mesita de noche, el mismo que ella le había regalado en su último aniversario.
Y entonces, el rostro de Elizabeth apareció de frente, sonriendo hacia la cámara.
La sonrisa de quien sabe exactamente lo que hace.
Amanda se cubrió la boca con una mano.
El grito no salió.
Solo el temblor.
Solo el silencio.
Allí terminó todo.
El amor, la promesa, la noche perfecta de París.
En la pantalla, la última imagen se congeló.
Dos cuerpos, un secreto, y el sonido distante de las campanas de la ciudad que parecía, irónicamente, anunciar una boda que ya había muerto antes de comenzar.
Amanda no apartó la mirada.
La vio toda.
La totalidad del contenido.
Y supo, con una certeza dolorosa, que cuando el amanecer llegara, nada en el mundo sería igual.
La madrugada se deslizó sobre París con una lentitud cruel.
Las luces que horas antes parecían prometer eternidad ahora parpadeaban con una melancolía enfermiza.
El murmullo lejano del Sena, el roce de las hojas sobre los tejados, el canto débil de algún ave insomne, todo sonaba como un réquiem silencioso.
Amanda seguía allí, estaba por delante de aquel escritorio en donde su vida se había quebrado en mil pedazos invisibles.
La computadora aún permanecía encendida, la pantalla negra reflejando su rostro demacrado, los ojos hinchados y vacíos.
No quedaba en ella el brillo de la arquitecta segura, ni la dulzura de la mujer enamorada.
Solo un espectro temblando entre las sombras.
Ha tomado una copa de vino, y la misma se ha derramado, pero con el pasar de los minutos se había secado sobre la madera, dejando un rastro pálido y pegajoso.
A su alrededor, los planos de su último proyecto, una casa frente al mar, símbolo del futuro que pensaba construir junto a Enzo yacían arrugados, como si el dolor los hubiera marchitado.
El amanecer apenas asomaba, pero Amanda no lo esperaba.
Había llorado hasta agotar el cuerpo.
Hasta que las lágrimas dejaron de ser agua y se convirtieron en un vacío helado.
París, la ciudad del amor, se había convertido en la ciudad de su destrucción.
A través del ventanal, los tejados de zinc comenzaban a iluminarse con el primer resplandor del día.
El cielo se teñía de un gris violáceo, y la Torre Eiffel, al fondo, se alzaba indiferente, majestuosa, testigo muda de un amor que se desangraba.
Amanda la miró y sintió una punzada de ironía.
Cuántas veces había creído que aquella ciudad era la encarnación de los sueños.
Ahora comprendía que también podía ser el lugar donde los sueños se pudren.
El eco de la noche y sus verdades reveladas se repetía en su mente como una pesadilla circular: la imagen de Enzo y Elizabeth entrelazados, las risas, los susurros, los momentos íntimos que han de haber compartido burlándose de ella.
Cuatro años de amor convertidos en una mentira.
Cuatro años de ilusiones colgando del hilo invisible de una traición.
Pensó en todas las veces que Enzo había ido con ella a la Casa Carrasco, la residencia familiar donde su madre organizaba las cenas más elegantes de París.
Recordó los brindis, las conversaciones entre política y arte, las sonrisas discretas que intercambiaban los invitados.
Y entonces, las piezas comenzaron a encajar en un rompecabezas que apestaba a engaño.
Elizabeth, siempre impecable, siempre radiante, había estado allí.
Sentada junto a Enzo.
Riendo con él, compartiendo miradas que en ese momento Amanda confundió con cortesía.
Ahora comprendía que en aquellas risas se escondía la complicidad de dos cuerpos que ya se conocían demasiado.
La repulsión le subió como un veneno por la garganta.
Pensó en las veces que Elizabeth le había dado consejos sobre el matrimonio, con esa voz suave, fingidamente maternal.
"El amor, querida, se cuida en los pequeños detalles", le había dicho una tarde mientras le ayudaba a probarse un vestido.
Amanda apretó los puños hasta sentir las uñas clavarse en la piel.
Pequeños detalles... sí, los mismos con los que había destruido su vida.
Recordó también aquellas dos ocasiones en que su tía había llamado, diciendo que su automóvil se había averiado en medio del camino, y Enzo, siempre servicial, se había ofrecido a ir por ella.
-No te preocupes, amor -le había dicho él aquella noche-, no puedo dejar que tu tía esté sola en la carretera.- Ella pensó que Enzo era un hombre muy servicial. Amanda creyó en sus palabras. Porque creía en él. Porque en su ingenuidad pensó que la bondad era amor.
Esa noche, Enzo no volvió.
Ella le escribió, le esperó, caminó por su departamento con el teléfono en la mano, convencida de que algo había ocurrido.
Pero a mitad de la noche, fue Elizabeth quien le envió un mensaje:
"Ya estoy en casa, cielo. Enzo fue muy amable. Le he dicho que se cuide mientras conduce, conducir de noche es peligroso, ya se ha ido"
Amanda se cubrió el rostro con ambas manos.
La memoria dolía más que las imágenes.
Era repugnante.
Todo era repugnante. Aquella noche Enzo y Elizabeth habían pasado la noche juntos.
Se odiaba por no haber visto las señales.
Por haber confundido los silencios de Enzo con cansancio y las evasivas de su tía con elegancia.
Por haber sido tan ingenua, débil, estúpida, ingenua, le iba todos los calificativos posibles, había confiado en dos personas tan sucias.
El reloj marcó las siete.
El día de su boda había llegado, aquella fecha en las que tantas veces ha mirado en el calendario con ilusión, pero ahora era un calvario para la pequeña mujer.
Amanda se incorporó lentamente.
El cuerpo le pesaba como si llevara siglos sin dormir.
El espejo frente a ella le devolvió una imagen desconocida: una mujer de ojos hinchados, piel pálida, y labios secos.
Parecía enferma.
Parecía muerta.
Pero algo dentro de ella se negaba a rendirse.
Quizá era el orgullo de los Portal.
O la necesidad de mantener la apariencia ante el mundo.
El instinto de sobrevivir, incluso entre ruinas.
Caminó hasta el baño.
Abrió la ducha y dejó que el agua fría le golpeara la piel.
No era un baño: era un intento desesperado de borrar lo vivido, de arrancarse el recuerdo de los labios de Enzo sobre los de otra mujer.
El agua se mezcló con sus lágrimas, y por un instante, el sonido del agua corriendo fue el único consuelo posible.
Cuando salió, se envolvió en una bata blanca y permaneció unos segundos frente al espejo.
Inspiró hondo.
Una, dos, tres veces.
Luego comenzó a prepararse.
Eligió un vestido de lino beige, sobrio, sin joyas.
Recogió su cabello en un moño sencillo.
Su rostro seguía marcado por el llanto, pero con base y polvo logró cubrir los rastros de la noche.
Detrás de la apariencia de serenidad, su alma se desmoronaba. Su hermosura eclipsaba cualquier rastro de dolor.
Bajó las escaleras del edificio con paso firme.
El chofer la esperaba afuera, al pie del auto negro que solía llevarla a sus compromisos.
El vestido de novia había sido cuidadosamente embalado por algunas mucamas y ahora reposaba en el asiento trasero, custodiado como una reliquia sagrada.
Amanda lo miró y sintió un escalofrío.
El mismo vestido que anoche la había hecho soñar ahora parecía un símbolo macabro.
Un sudario de promesas muertas. Ella le ha dicho a su madre que quería pasar la noche con el vestido razón por la cual han dejado el vestido en el departamento de ella a diferencia de los demás arreglos, y aquel vestido se convirtió en testigo de como la destruyeron.
-Estoy lista Fredy, podemos marcharnos -dijo con voz baja, apenas audible.
El chofer asintió.
El vehículo arrancó, deslizándose entre las calles aún húmedas por la llovizna.
París se desperezaba lentamente, pero Amanda no veía belleza en sus calles.
Los cafés abrían sus puertas, los panaderos colocaban baguettes recién horneadas en los escaparates, los niños corrían con mochilas a la espalda.
La vida seguía, vibrante y ajena.
Para Amanda, en cambio, todo era gris.
El aire olía a traición, y los sonidos de la ciudad los motores, las risas, los pasos se convertían en una sinfonía lejana, insoportable.
Cruzaron el Sena.
El río brillaba con un fulgor metálico.
Amanda apartó la mirada.
No quería ver reflejos.
No quería verse.
Mientras el auto avanzaba hacia las afueras, su mente regresó una y otra vez al mismo punto: Elizabeth Carrasco y Enzo Ferreiro.
Los imaginó en los pasillos de su casa, riendo, tocándose con la impunidad de quienes creen que jamás serán descubiertos.
Los imaginó en cada esquina del pasado, infiltrados en los recuerdos que antes consideraba puros.
Ahora, cada sonrisa, cada viaje, cada palabra de amor, se transformaban en una sombra.
El trayecto hasta la villa se hizo eterno.
Amanda mantenía la mirada fija en el horizonte, las manos apretadas sobre las rodillas.
Por momentos sentía ganas de gritar, de romper el vidrio, de huir.
Pero no lo hizo.
Se limitó a respirar y a mantener la compostura.
La máscara debía sostenerse. Era una Portal, la digna Heredera de Carlos Portal y los Ancestros Portal
El auto se detuvo finalmente frente a la villa de su Familia Paterna..
Un paraíso arquitectónico de piedra clara, enmarcado por jardines franceses y fuentes de mármol.
La mañana resplandecía, el aire olía a flores y perfume caro.
Decenas de trabajadores se movían de un lado a otro: decoradores, floristas, técnicos de sonido.
El bullicio del montaje de una boda perfecta.
El chofer bajó del auto y se apresuró a abrirle la puerta.
Amanda descendió con movimientos lentos, casi mecánicos.
El vestido de novia fue trasladado con delicadeza por dos asistentes, envuelto en una funda de satén blanco.
Todos la saludaban con sonrisas, sin notar las grietas detrás de su gesto.
-¡Señorita Portal! -dijo una de las coordinadoras-. Todo estará listo a tiempo, no se preocupe, la villa va a quedar como un verdadero palacio.
Amanda asintió.
Sus labios dibujaron una sonrisa forzada, mientras por dentro una voz gritaba.
Un palacio.
Sí.
Pero para ella, aquello no era un palacio.
Era un calabozo.
Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre sí mismas.
Los jardines, antes deslumbrantes, le recordaban a un cementerio de sueños.
Las flores blancas sus favoritas ahora la asfixiaban con su pureza hipócrita.
Amanda caminó hacia el interior de la villa, arrastrando el peso invisible de la noche anterior.
Cada paso resonaba como un eco hueco en los pasillos alfombrados.
La boda seguía su curso.
El mundo seguía su curso.
Pero en el corazón de Amanda Portal, todo había terminado.
El aire en la villa Portal olía a jazmín, a pan recién horneado, y a secretos.
Los pasillos vibraban con una actividad nerviosa: pasos, risas contenidas, el murmullo del personal ultimando los detalles de la boda.
Entre ese bullicio ordenado, Amanda Portal avanzaba como una sombra elegante, perfectamente compuesta, impecablemente rota.
Nadie lo notó.
Nadie adivinó la tormenta detrás de sus ojos esmeraldas.
Ni los floristas que le cedieron el paso con sonrisas admiradas, ni los empleados que se inclinaban con respeto al verla cruzar el vestíbulo con su porte sereno, la cabeza erguida y el gesto indescifrable de quien parece haber nacido para los retratos.
Pero sus padres sí lo notaron.
Lucía Portal fue la primera en acercarse.
Emergió desde el fondo del salón principal, resplandeciente en un vestido color lavanda, con las manos entrelazadas y una sonrisa que intentaba ser maternal, aunque se quebraba en los bordes.
-Mi amor -susurró, acariciándole la mejilla-, estás tan hermosa.
Amanda sonrió apenas. Un gesto leve, calculado, que no alcanzó a sus ojos.
Lucía interpretó aquel silencio como nervios de novia. No imaginó que era la calma del naufragio.
Detrás de ella apareció Carlos Portal, con la sobriedad de un hombre acostumbrado al control.
Se acercó despacio, tomó la mano de su hija y la sostuvo con firmeza.
-Amanda -dijo, mirándola a los ojos-, si llegas a dudar... aunque sea un instante... no pienses dos veces. Papá está aquí para contener cualquier tormenta mientras tú avanzas.
Ella sintió la garganta cerrarse.
Un temblor quiso asomar, pero lo contuvo.
-No dudo, papá -murmuró - Pero estoy en donde quiero estar y hacía lo que quiero ir.
Era mentira, pero dicha con la elegancia de los Portal, esos que sabían mentir con la postura perfecta.
Su padre asintió, satisfecho, y se apartó con la tranquilidad de creer que había cumplido su deber.
Lucía, sin embargo, la tomó del brazo con delicadeza.
-Ven, cariño, te esperan en la habitación. Hay tanto por hacer...
Amanda avanzó junto a su madre por los corredores de piedra clara.
Las paredes estaban adornadas con flores blancas y cintas de seda que flotaban al paso del aire.
Parecía un templo dedicado a la pureza.
Y sin embargo, a Amanda le parecía que cada flor exhalaba un perfume fúnebre.
Cuando la puerta de su habitación se cerró detrás de ellas, el ruido del mundo se disolvió en un silencio espeso.
El vestido aguardaba allí, suspendido sobre un maniquí como un fantasma.
La seda blanca relucía bajo la luz que entraba por el ventanal, tan pura, tan intocable, tan muerta.
Amanda lo observó con una mezcla de repulsión y ternura.
Aquella prenda que había soñado con amor ahora le parecía una mortaja.
Un símbolo perfecto de su rendición.
Cada encaje era una promesa que se había podrido en la boca de Enzo.
Las maquillistas comenzaron su labor con movimientos precisos.
Cepillos, brochas, perfumes.
El aire se llenó de polvo de arroz y susurros.
Amanda cerró los ojos y se dejó hacer.
Como una estatua que otros adornan, como una víctima que se ofrece al ritual.
Lucía, sentada frente al tocador, observaba a su hija en silencio.
La veía tan serena, tan dueña de sí, que casi creyó que todo estaba bien.
Pero hubo un instante, cuando Amanda abrió los ojos, en que su madre sintió un escalofrío: había en esa mirada una profundidad que no conocía, una oscuridad que no pertenecía a su hija.
Amanda rompió el silencio con voz tenue:
-Madre... ¿mi tía Elizabeth ya ha llegado?
Lucía alzó la vista.
Su expresión cambió, apenas un segundo, lo suficiente para revelar preocupación.
-No, cariño. Desde ayer no he tenido noticias suyas. He intentado llamarla, pero no responde.
Luego, como si temiera haber dicho demasiado, añadió con dulzura forzada:
-¿La necesitas, amor?
Amanda sostuvo su reflejo en el espejo, fría, inmóvil.
-No -respondió sin dudar.
Y sin embargo, dentro de ella la frase se expandió como una herida abierta:
Yo no... pero quizás mi prometido la necesita para calentar su cama.
Sintió un nudo subirle al pecho, pero no permitió que su voz temblara.
El arte de las Portal consistía en morir sin hacer ruido.
Las horas comenzaron a disolverse.
Fuera, el cielo se aclaraba lentamente y el jardín se vestía de esplendor.
Los músicos afinaban sus instrumentos, los invitados llegaban en automóviles negros y brillantes.
Dentro de la habitación, Amanda se transformaba.
La seda rozaba su piel con un frío casi humano.
Las costureras ajustaban los pliegues del vestido, las maquillistas aplicaban el último toque de brillo en sus labios, las flores de azahar se entrelazaban en su cabello.
Cada gesto la acercaba un paso más al sacrificio.
En el espejo, la imagen final era impecable.
Una novia perfecta.
Nadie habría sospechado que, bajo esa superficie de pureza, se escondía una mujer que se había quedado sin alma.
Lucía lloró en silencio al verla.
-Pareces un sueño, como si fueras tallada a mano sin ninguna imperfección, Enzo Ferreiro se lleva un monumento y espero que estés a la altura de lo que tú representas mi princesa-murmuró.
Amanda la abrazó con una dulzura que dolía.
Porque sabía que, cuando la besara en la mejilla, sería la última vez que su madre la reconocería como la hija que fue.
Después de ese día, sería otra. O no sería nadie.