Me encontraba en la cafetería de siempre, esa pequeña joya escondida en la esquina de la plaza principal. El aroma a café recién molido llenaba el aire, mezclándose con el suave murmullo de conversaciones que flotaban a mi alrededor. Había pasado una década desde que Alejandro se fue, y aunque siempre pensé que me acostumbraría a su ausencia, nunca lo hice del todo.
Estaba hojeando un libro, pero mi mente estaba en otro lugar. Las páginas pasaban sin que realmente absorbiera nada de lo que estaba leyendo. Era uno de esos días en los que la nostalgia me atrapaba, me arrastraba hacia recuerdos que intentaba mantener a raya.
Recuerdo perfectamente el día en que Alejandro me dijo que se iba. El sol se ponía, tiñendo el cielo de un naranja suave mientras caminábamos por el parque que tanto habíamos frecuentado. Yo estaba nerviosa, el corazón latiéndome con fuerza porque, por fin, había decidido decirle lo que sentía. Pero antes de que pudiera articular las palabras, él lo dijo.
-Me voy, Sofía. He conseguido una beca para estudiar en el extranjero. Es una gran oportunidad... pero estaré fuera por mucho tiempo.
Las palabras se me quedaron atoradas en la garganta. Todo lo que pude hacer fue sonreír y decirle lo feliz que estaba por él. Lo abracé, apretando con fuerza, intentando memorizar cada detalle de ese momento, porque sabía que todo cambiaría.
Y cambió. La vida siguió su curso sin Alejandro. Al principio, nos escribíamos cartas, compartíamos pequeños detalles de nuestras vidas. Pero, poco a poco, las cartas se hicieron menos frecuentes, los mensajes más distantes. Sabía que él estaba construyendo su futuro, pero a veces me preguntaba si alguna vez pensaba en el pasado, en lo que pudo haber sido si tan solo...
Todo había cambiado, ya yo no era la misma chiquilla con sueños e ilusiones, había abandonado la universidad por un trabajo para poder salvar a mi familia, pero mis sacrificios fueron en vano, mi madre había fallecido y mi padre no sabía ni quien era, mama nunca lo confeso. Ahora yo era una simple joven de veinte y cuatro años, jefa de camareras en el mejor hotel de la ciudad, pero alguna vez soñé con ser una gran administradora, supongo que los sueños son solo eso.
Sacudí la cabeza, volviendo al presente. Miré el reloj. No tenía ninguna cita, ningún motivo para estar ahí salvo mi propia necesidad de estar en un lugar que me conectara con algo familiar. Pero entonces, sentí una presencia que me hizo levantar la vista.
Alejandro estaba ahí, en la entrada de la cafetería, como si los años no hubieran pasado. Llevaba una camisa blanca, el cabello un poco más largo, con esa misma sonrisa que siempre lograba desarmarme. Me quedé congelada, incapaz de procesar que realmente estaba frente a mí.
Él me vio y, por un momento, pareció dudar. Pero luego sonrió, una sonrisa más suave, más triste de lo que recordaba, y se acercó.
-Sofía-dijo, su voz profunda y cálida. -¿Puedo sentarme?
Asentí, incapaz de encontrar mi voz. Se sentó frente a mí, y por un momento, ambos guardamos silencio, como si estuviéramos intentando reconstruir los años perdidos a través de miradas.
-No puedo creer que estés aquí- logré decir finalmente, aunque mi voz sonaba extraña, como si no fuera mía.
-Vine a ver cómo estaba todo. Es extraño volver después de tanto tiempo.
Nos quedamos en silencio de nuevo, pero esta vez era más cómodo. Había algo en su presencia que me calmaba, incluso cuando mis pensamientos eran un torbellino. Quería preguntarle tantas cosas, pero no sabía por dónde empezar.
-¿Te quedaras mucho tiempo? -pregunté, y me odié a mí misma por lo banal de la pregunta. Pero necesitaba saberlo, saber cuánto tiempo me quedaba con él antes de que volviera a desaparecer.
-Recién llegué. Pensé en pasar una temporada aquí, retomar algunas cosas.
-¿Qué cosas?
Sonrió de nuevo, pero sus ojos eran serios.
-No lo sé. Supongo que necesito redescubrir qué significa este lugar para mí.
Había algo en su tono, algo que insinuaba que no estaba hablando solo de la ciudad, sino de algo mas. Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de esperanza y temor.
-No has cambiado mucho-dije, intentando sonar casual-Sigues siendo ese Alejandro que siempre tenía una respuesta para todo.
-¿Y tú? ¿Sigues siendo la Sofía que se queda callada cuando tiene algo importante que decir?
El golpe fue suave, pero directo. Nos quedamos mirando, y en esos segundos, todo lo que había guardado durante diez años amenazó con desbordarse. Quise decirle que no, que ya no era esa Sofía, que había cambiado, que había aprendido a decir lo que sentía... pero la verdad era que, frente a él, me sentía como aquella adolescente de nuevo, incapaz de ser valiente.
-Quizás-respondí, dándome cuenta de que, a pesar de los años, aún había partes de mí que no habían cambiado. Partes que aún temían, que aún dudaban.
Alejandro suspiró y, por un momento, pensé que iba a decir algo más, algo que rompería el delicado equilibrio que habíamos construido en esos minutos. Pero en lugar de eso, solo se recostó en la silla, mirándome como si estuviera viendo algo que solo él podía entender.
-Me alegra verte, Sofía. Más de lo que puedo explicar, a la final eres la única amiga que conserve aquí después que me fui.
No sabía qué responder, así que solo sonreí.
-¿Quieres caminar? -le pregunté, buscando algo más seguro que decir.
-Me encantaría-dijo, levantándose. Y mientras salíamos juntos de la cafetería nos ganamos unas cuantas miradas de varias persona, al parecer arriba existía un Dios que me estaba concediendo una segunda oportunidad, o tal vez era mi mente.
El aire fresco de la tarde me envolvió al salir de la cafetería. Mis sentidos parecían haberse agudizado de repente, como si durante todos esos años yo hubiera estado congelada en el tiempo. La risa de los niños jugando en la plaza resonaba a lo lejos, y el murmullo de las conversaciones flotaba en el aire, pero nada se comparaba a la presencia de Alejandro a mi lado, mi amor secreto
Caminar a su lado era como regresar a un lugar familiar, un refugio perdido en el tiempo. Sin embargo, había una fricción en el ambiente, una tensión que podía cortarse con un cuchillo. Alejandro y yo habíamos compartido tantas risas, tantas confidencias, que era extraño este silencio que ahora nos envolvía, parecíamos dos extraños.
Dimos unos pasos antes de que él rompiera el silencio, cosa que le agradecia
-¿Recuerdas la última vez que estuvimos aquí, en este parque? -Su voz era suave, como un susurro familiar.
-¿Cómo podría olvidarlo? -respondí, mi corazón palpitando más rápido al pensar en el día que nos había separado-El sol se estaba poniendo, y tú tenías esa sonrisa de 'todo estará bien, que equivocados estábamos.
-¿Y ahora? -preguntó, deteniéndose para mirarme a los ojos-¿Todo está bien?
No pude contestar de inmediato; mis pensamientos se agolpaban en mi mente. La verdad es que no todo estaba bien. La vida me había enseñado lecciones duras. Pero en ese momento, todo lo que quería era disfrutar de su compañía, aunque en el fondo sabía que cada instante era un recordatorio de lo que había perdido por no confesarme antes.
-Intento seguir adelante-respondí finalmente, eligiendo mis palabras con cuidado. -La vida ha sido... diferente.
Preferí usar esas palabras para no perder mi control.
Él asintió lentamente y, en su mirada, vi un mar de angustia, lo conocía como la palma de mi mama, pero este hombre que estaba parado frente a mi, no era esa persona.
-A veces, el camino que elegimos no es el que imaginamos-dijo, y su voz se tornó melancólica-He estado alejado, persiguiendo mis propios sueños, los cuales ahora debo abandonar, lo único constante en mi vida siempre fue tu valiosa amistad.
Esa afirmación me golpeó. Las palabras caían con un peso que no esperaba, como un puñal que mataba los sentimientos que había guardado.
-Yo también he pensado en nuestra amistad, fuimos inseparables-admití, sintiendo el calor de mis mejillas-A menudo me preguntaba... qué hubiera pasado si..."
Estuve a punto de decirle, pero algo en su mirada me paralizo.
Su mirada se intensificó, y por un instante, creo que ambos supimos que había algo más que amistad en juego. La conexión entre nosotros era palpable. Sin embargo, la realidad se interponía, la vida no es tan sencilla.
-Necesito decirte algo-continuó él, rompiendo el hechizo de nuestro momento-Estoy comprometido.
Las palabras resonaron en mi cabeza como un trueno. Un latido del corazón se detuvo, mi mundo se tambaleó por un instante. No podía creer que había alguien más en su vida.
-No lo sabía-murmuré, tratando de mantener la compostura-Me alegra que hayas encontrado a alguien.
Me sentí como una verdadera hipócrita, estaba fingiendo alegría mientras el amor de mi vida iba a casarse con alguien que no era yo, pero era lógico el se marcho hace tanto tiempo, nunca me insinuó que sintiera algo por mi, pero aquí estaba yo queriéndolo aun después de tanto tiempo
Él se detuvo y me miró con una mezcla de tristeza y sinceridad.
-Las cosas han sido complicadas. Nunca pensé que las decisiones que tomábamos podrían llevarnos a caminos tan diferente
Asentí lentamente, sintiendo que una parte de mí se hundía.
Mientras caminábamos de nuevo, un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Me preguntaba si él estaba pensando en todo lo que no habíamos dicho, en todos esos años perdidos que ahora pesaban sobre nuestros hombros.
-¿Y tú, Sofía? -preguntó finalmente. - ¿Sigues en esa relación con... cómo se llamaba? Daniel? Creo que ese fue el nombre que me escribiste en aquella ultima carta.
La pregunta me tomó por sorpresa. Había hecho un esfuerzo por seguir adelante, por encontrar estabilidad, pero mi relación con Daniel no era como la que había soñado.
-Sí-respondí, tratando de sonar casual-Las cosas no son perfectas, pero al menos hay... tranquilidad.
-¿Sientes que es lo que deseas? -Alejandro cuestionó con intensidad, y su interés hizo que mi corazón diera un vuelco.
¿A que estaba jugando? ¿Qué era lo que realmente quería saber?
-No lo sé-respondí, sintiendo que la verdad se escapaba de mis labios-A veces creo que estoy tratando de llenar un vacío, pero no sé si realmente me hace feliz.
La expresión en su rostro cambió, y por un momento, vi un destello de vulnerabilidad.
-A veces, uno elige lo seguro sobre lo que realmente quiere. Eres más valiente de lo que crees, Sofía.
Sus palabras me llegaron al centro. El estaba diciendo una gran verdad
-¿Y si no somos lo que necesitamos? -musité, sintiéndome frágil al contemplar lo que significaba esa pregunta.
Alejandro se detuvo nuevamente, mirándome con esa intensidad que solo él podía mostrar.
-Quizás lo que realmente necesitamos es enfrentarnos a lo que hemos eludido todos estos años.
Pero antes de que pudiera responder, el sonido de mi teléfono vibrando en mi bolsillo me sacó de mis pensamientos. Era un mensaje de Daniel. Miré la pantalla, vi su nombre parpadeante y una punzada de ansiedad atravesó mi pecho.
-Lo siento- dije, ciertas dudas regresaban con la ferocidad de recuerdos reprimidos-Tengo que contestar.
Trate de terminar la llamada lo mas rápido posible, pero cuando por fin cuelgo, Alejandro ya se ha marchado.
Regresé al hotel después de aquel inesperado encuentro con Alejandro, sintiéndome más confundida que nunca. La conversación me había dejado con un vacío, pero sabía que tenía que seguir con mi vida. Me aferré a la idea de que el trabajo me ayudaría a despejar la mente.
Al llegar, una de mis compañeras me detuvo en la entrada.
-Sofía, tienes que preparar la suite imperial para el nuevo presidente. Acaba de llegar -me informó rápidamente.
Asentí sin decir nada, el nudo en mi estómago creciendo. Me dirigí a la suite imperial, tratando de no pensar en lo extraño que se sentía todo. Al llegar, me puse manos a la obra, tratando de concentrarme en mi tarea. La habitación era perfecta, y sabía que todo tenía que estar impecable.
Terminé de hacer la cama y me dirigí al baño para limpiar. Estaba concentrada cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe. El susto fue tan grande que, por reflejo, me tapé los ojos.
-¡Lo siento! -dije rápidamente, el corazón a mil por hora.
Me quedé inmóvil, con las manos aún sobre mis ojos, y lo único que pude ver fue un pecho desnudo frente a mí. Mi mente se nubló de inmediato. **¿Quién entra así?**
-¿Sofía? -dijo una voz que reconocí al instante.
Quité lentamente las manos de mis ojos y, cuando levanté la vista, lo vi. Era Alejandro. Mi corazón se detuvo por un segundo. **¿Qué estaba haciendo él aquí? ¿Y sin camisa?**
Nos quedamos mirándonos, ambos sorprendidos. No podía procesar lo que estaba pasando. Alejandro me miraba como si también estuviera tratando de entender la situación.
-¿Tú eres... el nuevo presidente? -pregunté en voz baja, aún sin creerlo.
-Sí -respondió con una mezcla de sorpresa y una sonrisa incómoda-. Llegué hace poco, pero parece que las noticias no llegaron a tiempo.
No podía hablar, el shock de encontrarme con él de nuevo, en esa situación, me había dejado sin palabras. Bajé la mirada, sintiendo mis mejillas arder.
-Perdón por... esto -murmuró él, señalando su pecho desnudo-. No sabía que se encontraba alguien aqui.
Yo asentí, todavía sin palabras, y giré para salir del baño lo más rápido posible, ev.
Intenté salir del baño lo más rápido posible, pero antes de que pudiera dar un paso más, sentí la mano de Alejandro sujetando suavemente mi brazo.
-Espera, Sofía -dijo en voz baja, casi como una súplica.
Me detuve, aún con la mirada fija en el suelo, sin atreverme a verlo. El calor de su mano en mi piel me hacía temblar, no de miedo, sino de nervios. Todo esto era demasiado, y lo último que necesitaba era un interrogatorio de su parte.
-¿Desde cuándo trabajas aquí? -preguntó, y su tono me obligó a levantar la vista.
Lo miré por un segundo, su expresión era sincera, pero había algo en sus ojos que me incomodaba, como si estuviera tratando de descifrar algo que no comprendía.
-Hace unos años -respondí, evitando detalles. Sabía que, conociéndolo, no iba a dejarlo así.
-No te lo tomes a mal, pero... siempre pensé que habrías podido terminar la universidad. ¿Qué pasó, Sofía? -La pregunta era directa, pero no sonaba como una crítica, sino como una verdadera curiosidad.
Me mordí el labio, tratando de decidir cuánto contarle. No quería parecer débil ni hacerme la víctima, pero tampoco podía ignorar lo que había pasado.
-Las cosas no fueron fáciles desde que te fuiste -empecé, mi voz un poco más firme de lo que esperaba-. Tuve que dejar la universidad para ayudar a mi familia. Mi madre enfermó y, después... bueno, todo se desmoronó.
Alejandro se quedó en silencio, procesando mis palabras. Lo veía fruncir el ceño, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
-Sofía, no lo sabía... -comenzó a decir, pero lo interrumpí.
-Claro que no lo sabías. Nos dejamos de escribir, las cartas se hicieron menos frecuentes, y de repente... todo cambió. Tú te fuiste a vivir tu vida, a perseguir tus sueños. Y yo... -Hice una pausa, sintiendo que la emoción me estaba ganando-. Yo tuve que olvidarme de los míos.
Me arrepentí de haberlo dicho en cuanto las palabras salieron de mi boca, pero no podía detenerme ahora. Alejandro me miraba, completamente en silencio, su mirada fija en mí.
-Sofía, no sabía que estabas pasando por todo eso. Si lo hubiera sabido...
-¿Qué habrías hecho? -lo interrumpí, esta vez con más fuerza. Sabía que no debía ser tan dura, pero estaba harta de fingir que todo estaba bien-. ¿Habrías dejado todo por venir a ayudarme? No, Alejandro. Tú tenías tus propios sueños, y no te culpo por eso. Pero yo... yo tuve que enfrentarme a mi realidad.
Él bajó la mirada, claramente afectado por mis palabras. El aire entre nosotros era tenso, cargado de una verdad que ambos habíamos evitado por mucho tiempo.
-Sofía, no fue mi intención... -empezó, pero de nuevo no lo dejé terminar.
-Lo sé. No tienes que explicarte -dije, suavizando mi tono-. Solo... solo que las cosas no salieron como esperaba. Ni para ti, ni para mí.
Nos quedamos en silencio por unos segundos, y pude sentir la incomodidad entre ambos. Nunca había imaginado tener esta conversación, y mucho menos de esta manera. Él, sin camisa, yo con un trapo de limpieza en la mano.
-Aun así -dijo, rompiendo el silencio-, estoy impresionado. Has hecho mucho más de lo que hubiera imaginado. Has sido fuerte.
Esas palabras me sorprendieron. Me tomó un segundo procesar lo que estaba diciendo, pero no pude evitar sentir una pequeña chispa de orgullo.
-No fue fácil -admití, sintiéndome un poco más abierta-, pero hice lo que tenía que hacer.
Alejandro asintió lentamente, como si entendiera, aunque no lo hiciera del todo.
-Deberíamos hablar más, Sofía -dijo finalmente-. No quiero que las cosas queden así entre nosotros.
No sabía cómo responder. Todo lo que había reprimido durante años estaba saliendo a la superficie, pero no estaba segura de si quería enfrentarme a todo eso justo ahora.
-Quizás -murmuré, sin comprometerme a nada.
Me solté de su agarre y di un paso atrás, sintiendo la distancia física entre nosotros, que no era nada comparada con la emocional.
-Debería terminar mi trabajo -dije, intentando recuperar un poco de control en la situación-. Y tú deberías... ponerte una camisa.
Alejandro soltó una pequeña risa, esa que solía desconcertarme en nuestra juventud, y por un instante, el ambiente incómodo se disipó un poco.
-Tienes razón -respondió, sonriendo-. Volveré a vestirme. Pero no hemos terminado esta conversación, Sofía.
Lo miré por un segundo antes de volver al baño. Él se giró, caminando hacia la habitación, cuando cerré la puerta me sente en el piso.
¿Porque tenia que pasarme esto a mi?