El sol de Jalisco ardía, y en la Hacienda Rojas, la tradición dictaba que yo, Sofía, eligiera a mi futuro esposo.
Pero mientras me ponía el vestido blanco, un recuerdo frío me invadió: en mi vida anterior, en este mismo patio, elegí a Ricardo.
Él, mi amor de la infancia, me llevó a la ruina, me quitó todo y me dejó morir sola en la miseria, mientras se reía con mi supuesta mejor amiga, Carmen.
Cerré los ojos ese día maldito, solo deseando una segunda oportunidad, un borrón y cuenta nueva.
Y ahora, abrí los ojos.
La gente murmuraba, mi abuelo me esperaba, y ahí estaban ellos, Ricardo y Carmen, con la misma sonrisa que en el pasado selló mi desgracia.
Miré a Ricardo, a su lado estaba Carmen, con una sonrisa que ahora me parecía una mueca venenosa.
Sentí una náusea. No volvería a cometer el mismo error.
Entonces, mi mirada se desvió, buscando entre la multitud.
Lo encontré apoyado contra una columna: Mateo Garza, nuestro ranchero rival, rudo y honesto.
La elección más ilógica, la más inesperada, la elección perfecta.
Tomé una decisión.
El sol de Jalisco pegaba fuerte, como si quisiera derretir hasta las piedras del patio de la hacienda Rojas. El aire olía a tierra mojada, a ganado y al perfume caro de los invitados que murmuraban bajo los toldos. Hoy era el día de la elección, un ritual tan antiguo como nuestra familia, una forma de sellar alianzas y asegurar el futuro de nuestro rancho.
Estaba de pie, con el vestido blanco que mi abuelo había mandado a hacer, sintiendo el sudor frío en mi nuca. Pero no era por el calor. Era por el recuerdo, uno tan nítido y doloroso que me helaba los huesos.
En mi otra vida, en este mismo patio, bajo este mismo sol, elegí a Ricardo.
Ricardo, mi amor de la infancia, el hombre con la sonrisa perfecta y las promesas dulces. Lo elegí con todo mi corazón, ingenua y ciega. Y él me pagó llevándome a la ruina, me arrebató la hacienda de mi familia, se burló de mi amor y me dejó morir sola, en la miseria, mientras él celebraba con mi supuesta mejor amiga, Carmen.
Recuerdo la lluvia fría de ese último día, el sabor amargo de la traición y el vacío en mi pecho. Cerré los ojos entonces, deseando una sola cosa: una segunda oportunidad.
Y aquí estaba.
Abrí los ojos. El mundo no era un recuerdo borroso, era real. Los murmullos de la gente, el rostro preocupado de mi abuelo, todo estaba aquí. Era el mismo día, la misma hora. El destino me había escuchado.
Mi abuelo, un hombre recio y de pocas palabras, se acercó.
"Sofía, es hora. Todos esperan tu decisión."
Mi mirada recorrió a los presentes. Ahí estaba Ricardo, de pie, con su traje de charro impecable, sonriéndome con esa confianza que antes me derretía. Esperaba que mi nombre saliera de sus labios, daba por hecho que lo elegiría a él, como siempre. A su lado, Carmen me miraba con una sonrisa que ahora me parecía una mueca venenosa.
Sentí una náusea. No volvería a cometer el mismo error. Esta vida sería diferente.
Mis ojos pasaron de largo a Ricardo, ignorando su rostro que empezaba a mostrar confusión. Busqué entre la multitud hasta que lo encontré.
Apoyado contra una de las columnas de cantera, lejos del centro de atención, estaba Mateo.
Mateo Garza, nuestro ranchero rival. El hombre con el que había competido toda mi vida. Nuestras familias se odiaban desde hacía generaciones. Él era rudo, directo y nunca me había dicho una palabra amable. Siempre nos mirábamos con desafío, con una mezcla de odio y un respeto que ninguno de los dos admitiría jamás. Era honesto hasta la médula, un hombre de trabajo, no de palabras bonitas.
Era la elección más ilógica, la más inesperada. La elección perfecta.
Respiré hondo, reuniendo todo el valor que había forjado en el dolor de mi vida pasada.
"He tomado mi decisión," dije, con la voz más firme que pude.
Todos guardaron silencio. La sonrisa de Ricardo se hizo más ancha, seguro de su victoria.
"Elijo a Mateo Garza."
El silencio se rompi-o en un millar de susurros y jadeos de sorpresa. Vi el rostro de mi abuelo, atónito. Vi a Carmen, con la boca abierta, sin poder creerlo.
Y vi a Ricardo.
Su sonrisa se congeló, se quebró y se convirtió en una máscara de pura incredulidad y furia. Dio un paso al frente, como si fuera a reclamarme.
"Sofía, ¿qué demonios estás diciendo? Esto es una broma, ¿verdad?"
Su voz ya no era dulce, era dura y afilada.
Lo ignoré por completo. Mis ojos estaban fijos en Mateo, que me miraba con el ceño fruncido, tan sorprendido como todos los demás. No se movió, solo me observó, tratando de entender.
Me dirigí a mi abuelo, con una calma que no sentía.
"Abuelo, por favor, anuncia mi compromiso con Mateo Garza. Y que empiece la fiesta para celebrar nuestra unión."
Mi declaración fue como un trueno en un día despejado. Ricardo se quedó paralizado, con el rostro pálido de ira. Sabía que mis palabras eran definitivas. Ante toda la élite ganadera de Jalisco, yo, Sofía Rojas, había elegido a su mayor rival y había sellado mi destino.
Esta vez, para bien.
La fiesta que siguió fue un torbellino de caras sorprendidas y felicitaciones forzadas. Mateo, a mi lado, se sentía tan fuera de lugar como yo, pero aguantó con una estoica dignidad. Aceptaba los saludos con un movimiento de cabeza, sin sonreír, sus ojos nunca muy lejos de mí, como si intentara descifrar un rompecabezas.
Encontré un momento para escapar al jardín trasero. Necesitaba aire. La noche había caído, pero el aire seguía siendo denso.
"¿Se puede saber qué fue todo eso?"
La voz de Ricardo me sobresaltó. Estaba de pie en la sombra, su silueta recortada por la luz que salía de la casa. Su tono ya no era de sorpresa, sino de una furia contenida.
"Fue mi elección, Ricardo. Ya la escuchaste," respondí, sin voltear a verlo.
"No te hagas la estúpida conmigo, Sofía," se acercó, su voz un siseo. "Tú y yo sabemos que nos pertenecemos. Deja este jueguito ridículo con el ranchero ese y ven conmigo. Podemos anunciar que fue un error, una confusión."
Me reí, una risa seca y sin alegría.
"¿Un error? El único error de mi vida fue haber creído en ti."
"¿Qué estás diciendo?" su voz subió de tono. "¿Es por algo que hice? ¿Es por Carmen? Te juro que ella no significa nada para mí."
Las mismas mentiras. Las mismas excusas baratas que le creí en mi vida pasada.
Me giré para encararlo. "No me importa Carmen. No me importas tú. A partir de hoy, tú y yo no somos nada. Aléjate de mí y de mi prometido."
Su rostro se contrajo en una mueca de desprecio. "¿Tu prometido? ¿Ese muerto de hambre? ¿Crees que él puede darte lo que yo te ofrezco? Te arrepentirás de esto, Sofía. Te lo juro."
Justo en ese momento, una figura apareció en el umbral.
"Ay, Ricardo, aquí estás. Te estaba buscando."
Era Carmen. Llevaba una copa de vino y caminaba con un contoneo exagerado. Al verme, su sonrisa se volvió maliciosa. Se acercó a mí, como si fuera a decirme algo en confianza.
"Felicidades, Sofía. Qué... valiente de tu parte."
Y entonces, "tropezó" . El vino tinto de su copa voló por el aire y aterrizó de lleno en mi vestido blanco.
"¡Ay, qué torpe soy! ¡Lo siento tanto!" exclamó, con una falsa angustia.
En mi otra vida, me habría disculpado yo, habría intentado limpiar el desastre, humillada.
Esta vez no.
Antes de que pudiera reaccionar, Ricardo se interpuso entre nosotras, pero para defenderla a ella.
"¡Sofía, ya basta! ¿No ves que fue un accidente? Siempre tienes que hacer un drama de todo."
Me miró a mí, la víctima, con acusación, mientras ponía una mano protectora en el hombro de Carmen, quien se escondía detrás de él con una expresión de miedo fingido.
La escena era tan ridícula, tan calcada de mis peores recuerdos, que sentí una calma helada apoderarse de mí.
"¿Un accidente?" pregunté, con una voz peligrosamente tranquila.
Miré a Carmen, luego a Ricardo, y finalmente llamé a uno de los capataces que estaba cerca.
"Ramón, por favor, acompaña a la señorita Carmen fuera de mi propiedad. Y asegúrate de que no vuelva a entrar."
Carmen se quedó boquiabierta. "¿Qué? ¡No puedes hacerme esto!"
Ricardo explotó. "¡No te atreves, Sofía! ¡Ella es mi invitada!"
"Pues entonces vete con ella," le dije, mirándolo directamente a los ojos. "Tú tampoco eres bienvenido aquí. Ni ahora, ni nunca."
El capataz, un hombre leal a mi abuelo, no dudó. Tomó a Carmen del brazo con firmeza. Ella se resistió, gritando, pero fue inútil. Ricardo, lívido de rabia, me lanzó una última mirada cargada de odio y se fue detrás de ella, gritando su nombre.
Los vi desaparecer en la oscuridad. El jardín quedó en silencio. La mancha de vino en mi vestido era como una herida abierta, pero por primera vez, no sentía dolor. Sentía poder.
Me quedé sola, mirando la mancha roja. Era la sangre de mi vida pasada, una marca que ahora yo había decidido cómo y cuándo limpiar. Respiré hondo, el aire llenando mis pulmones. El viejo amor, el que me había matado, dolía como un miembro fantasma, un eco de un dolor que ya no me pertenecía. Pero la sensación de haber cortado el lazo, de haber tomado el control, era mil veces más fuerte.
Se había acabado. Realmente se había acabado.