El frío se metía hasta los huesos, el viento aullaba.
Moría traicionada en la montaña, por Ricardo, mi jefe, y Carolina, mi propia hermana.
Me arrancó el tanque de oxígeno con una sonrisa, el golpe de su bastón en mi cabeza todavía resonaba.
Y mi hermana, Carolina, desapareciendo en la ventisca con un ' '¡Pues me voy!' ' , confirmando la trampa final.
Me dejaron morir.
Abrí los ojos de golpe, estaba en mi cama en la Ciudad de México.
"Viernes, 10 de noviembre." Marcaba mi celular.
La excursión al Popocatépetl era mañana, y yo morí el domingo.
Había regresado, un día antes de que todo empezara.
Un escalofrío me recorrió: no duraría de frío, sino de puro terror y una extraña euforia.
Era real. Tuve una segunda oportunidad.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe.
"¡Sofía, hermanita! ¡Despierta, dormilona!"
Carolina entró, agitando un folleto de Ricardo. "¡Una excursión de montañismo al Popo! ¡Este fin de semana! ¿No es increíble?"
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
La misma sonrisa, la misma hermana que me llevó a la muerte.
La miré fijamente: ¿cómo podía ser tan caprichosa?
"No" , dije, mi voz más áspera de lo que pretendía.
No podíamos ir, era peligroso.
"¡Ay, no seas aguafiestas!" , se quejó. "Ricardo dijo que no hay problema. ¡Todos en la oficina van a ir!"
Vi el collar de zorro con ojos de rubí alrededor de su cuello.
El amuleto de la suerte que Ricardo le regaló en la otra vida.
La confirmación de su plan, de su traición.
"No. Vas. A. Ir. Y yo tampoco. Este tema está cerrado."
Ahora, con esta segunda oportunidad, no habría piedad.
El frío. Era un frío que se metía hasta los huesos, un dolor helado que ya no se sentía como frío, sino como fuego quemando cada terminación nerviosa de mi cuerpo. El viento aullaba en mis oídos, un sonido agudo y solitario. Intenté moverme, pero mis extremidades no respondían, estaban congeladas, pegadas a la nieve dura como una roca. Mis pulmones ardían con cada intento de respirar el aire delgado y gélido.
Lo último que vi fue el rostro de Ricardo, mi jefe, sonriendo con suficiencia mientras me arrancaba el tanque de oxígeno. El golpe de su bastón de trekking en mi cabeza todavía resonaba como un eco sordo, un dolor profundo que me había dejado aturdida y desorientada. Y Carolina... mi hermana. Su grito furioso, "¡Pues me voy!" , antes de desaparecer en la ventisca, no había sido un acto de rebeldía, sino el inicio de la trampa final.
Me dejaron para morir. Traicionada por mi jefe y por mi propia hermana. El mundo se desvaneció en una oscuridad blanca y helada.
Abrí los ojos de golpe.
Un sudor frío me recorría la espalda, pero no era el frío de la montaña. Era el calor de mi habitación, la suavidad de mis sábanas. La luz del sol se filtraba por la persiana, dibujando rayas doradas en la pared. Estaba en mi cama. En mi departamento de la Ciudad de México.
Mi corazón latía con una fuerza descontrolada, un tambor salvaje en mi pecho. Me senté bruscamente, el movimiento repentino me provocó un mareo. Miré mis manos. Estaban pálidas, pero no moradas por la congelación. No había nieve, no había viento, no había dolor.
¿Fue un sueño? Una pesadilla increíblemente vívida.
Mi celular vibraba en la mesita de noche. Lo tomé con mano temblorosa. La pantalla se iluminó.
Viernes, 10 de noviembre.
Mi respiración se detuvo. Imposible. La excursión al Popocatépetl era el sábado. El día que morí fue el domingo, durante el descenso.
Había vuelto. Había vuelto un día antes de que todo comenzara.
Un escalofrío, esta vez no de frío sino de puro terror y una extraña euforia, me recorrió por completo. No fue un sueño. Fue real. Y ahora, tenía una segunda oportunidad.
La puerta de mi habitación se abrió de repente, sin tocar.
"¡Sofía, hermanita! ¡Despierta, dormilona!"
Carolina entró con una energía que llenó la habitación. Llevaba puesta una de mis camisetas viejas y unos shorts, su cabello castaño estaba recogido en una coleta desordenada. Tenía diecinueve años, pero a veces actuaba como si tuviera doce.
En su mano sostenía un folleto de colores brillantes. Lo agitaba frente a mi cara con una sonrisa radiante.
"¡Mira, mira lo que consiguió Ricardo para nosotros! ¡Una excursión de montañismo al Popo! ¡Este fin de semana! ¿No es increíble?"
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Era ella. La misma sonrisa inocente, la misma emoción infantil. La misma hermana que me había llevado a la muerte.
La miré fijamente, estudiando su rostro, buscando cualquier señal de la traidora que yo sabía que era. Pero no había nada. Solo una emoción pura y caprichosa. Mi corazón, que hace un momento latía con terror, ahora se sentía pesado, una piedra fría en mi pecho.
"No" , dije, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.
Carolina parpadeó, su sonrisa vaciló un poco.
"¿Cómo que no? Sofi, ¡es el Popocatépetl! ¡Siempre he querido escalarlo! ¡Será una aventura!"
Me levanté de la cama, envolviéndome en la bata que colgaba en la puerta. Necesitaba poner algo de distancia entre nosotras.
"Carolina, es extremadamente peligroso. No estamos preparadas para algo así. Se necesita equipo especial, aclimatación... No es un paseo por el parque."
Intenté que mi voz sonara razonable, como la hermana mayor responsable que siempre había sido para ella. Pero por dentro, estaba gritando. ¡Es una trampa! ¡Nos quiere matar!
"¡Ay, no seas aguafiestas!" , se quejó, haciendo un puchero. "Ricardo dijo que no hay problema. Él se encarga de todo, del equipo, de los guías. Dijo que es una experiencia de 'team building' extrema. ¡Todos en la oficina van a ir!"
Ricardo. Siempre Ricardo. El jefe carismático y entusiasta de las actividades al aire libre. El hombre que me sonreía en las juntas mientras planeaba cómo asesinarme.
"No me importa lo que diga Ricardo" , repliqué, mi voz más firme esta vez. "La respuesta es no. Es peligroso y no vamos a ir."
La frustración comenzaba a teñir el rostro de Carolina. Era la misma expresión que había puesto en la otra vida, justo antes de que yo cediera.
"¡No es justo! ¡Siempre eres así! ¡Todo te da miedo! Ricardo dice que la gente que no se arriesga nunca logra nada. ¡Por eso tú sigues en el mismo puesto aburrido!"
Sus palabras eran un eco exacto. Las había usado como un arma entonces, y las usaba ahora. Solo que esta vez, yo sabía el veneno que escondían.
Mientras hablaba, algo captó mi atención. Alrededor de su cuello.
Era un collar de plata delicado. Un pequeño zorro con ojos diminutos de rubí.
En la otra vida, no lo había notado hasta que ya estábamos en la montaña. Ricardo se lo había regalado, un "amuleto de la suerte". Un símbolo de su pacto. Verlo ahora, un día antes, era la confirmación final y absoluta. Todo era real. Su traición no era un impulso del momento, había sido planeada.
Mi decisión, que ya era firme, se convirtió en acero.
"Carolina" , dije, mirándola directamente a los ojos, sin dejar que viera el torbellino de dolor y rabia que sentía. "Escúchame bien. No. Vas. A. Ir. Y yo tampoco. Este tema está cerrado."
Me di la vuelta y caminé hacia el baño, cerrando la puerta detrás de mí. Apoyé las manos en el lavabo, miré mi propio reflejo en el espejo. Estaba pálida, con ojeras oscuras bajo los ojos. Parecía una fantasma.
Y en cierto modo, lo era. Una fantasma con una misión: sobrevivir. Y esta vez, no habría piedad.
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"¡Te odio!"
El grito de Carolina resonó al otro lado de la puerta del baño, seguido por el sonido de algo golpeando la madera con fuerza.
"¡Siempre arruinas todo! ¡No eres mi dueña!"
Me quedé inmóvil, escuchando su rabieta. Cada palabra era un recordatorio de mi estupidez en la vida pasada. Había confundido su capricho con inocencia, su manipulación con inmadurez. Me había sentido culpable por ser "demasiado protectora".
Abrí la puerta. Carolina estaba de pie en medio de mi habitación, con los puños apretados y la cara roja de furia. El folleto de la excursión estaba arrugado en el suelo.
"No soy tu dueña, Carolina" , dije con una calma que no sentía. "Soy tu hermana. Y desde que papá y mamá murieron, soy la única familia que tienes. Mi trabajo es protegerte."
Mencioné a nuestros padres a propósito. Siempre había sido su punto débil, el mío también. El accidente de coche que nos dejó huérfanas había forjado un vínculo entre nosotras que yo creía inquebrantable. Qué ilusa.
"¡No necesito que me protejas!" , gritó. "¡Necesito que me dejes vivir mi vida! ¡Tengo diecinueve años, no soy una niña!"
"Actúas como una" , respondí fríamente. "Te dejas deslumbrar por un tipo como Ricardo, que solo te usa para sus propios fines."
"¡Ricardo es increíble! ¡Él sí me entiende! ¡No como tú, que solo quieres tenerme encerrada!"
Sin decir una palabra más, agarró su celular de la cama, me lanzó una mirada llena de veneno y salió de mi habitación, dando un portazo que hizo vibrar las paredes.
Me quedé sola en el silencio, un silencio pesado y lleno de malos presagios. Sabía a dónde iba. Iba a llamar a Ricardo. Iba a quejarse de su malvada hermana mayor. Y juntos, ajustarían el plan.
Un par de horas después, mi celular sonó. Era un mensaje de Mónica, una de mis compañeras de trabajo.
"Oye Sofi, ¿qué onda con tu hermana? Está aquí en la oficina, en la sala de juntas con Ricardo. Se ve súper emocionada por lo del Popo. ¿Ustedes sí van, verdad? ¡Anímate!"
Mi corazón se hundió. Ya estaba allí. Ya estaba con él. El plan seguía en marcha, con o sin mi consentimiento inicial. Si yo no iba, encontrarían otra manera. Tenía que intervenir, pero de forma diferente.
Salí de mi apartamento a toda prisa. La oficina no estaba lejos. Mientras conducía, la ansiedad me carcomía. ¿Qué hacía? ¿Entraba gritando y la sacaba a rastras? Eso solo me haría ver como la loca sobreprotectora que Carolina decía que era.
Cuando llegué al edificio de oficinas, subí por el elevador sintiendo las miradas de todos. Las noticias sobre la "excursión de fin de semana" se habían extendido como la pólvora.
La encontré en la cafetería de la oficina, riendo con Ricardo y otros dos compañeros, David y Laura. Ricardo tenía su brazo casualmente apoyado en el respaldo de la silla de Carolina. Estaban mirando algo en su laptop, probablemente fotos del volcán.
Me acerqué a la mesa. La risa se detuvo en seco.
"Carolina" , dije, tratando de mantener la voz firme. "Tenemos que irnos."
Carolina me miró con fastidio. "¿Qué haces aquí? Estoy ocupada."
Ricardo se levantó, su sonrisa era una máscara de amabilidad. "¡Sofía! Qué bueno que vienes. Justo le mostraba a Caro unas fotos de la ruta. Es espectacular. Deberías reconsiderarlo."
"No hay nada que reconsiderar. Carolina, vámonos. Ahora."
Intenté tomarla del brazo, pero ella se apartó bruscamente.
"¡Suéltame! ¡Me estás avergonzando!"
Su voz se elevó, atrayendo la atención de todos en la cafetería. Mi cara ardía.
"¿Yo te avergüenzo?" , dijo Carolina, poniéndose de pie. Su voz ahora era un siseo venenoso. "¿Sabes lo que es vergonzoso? ¡Tener que usar tu ropa vieja porque no quieres darme dinero para comprarme algo decente! ¡Tener que pedirte permiso para todo como si fuera una prisionera! ¡Tú no eres mi madre!"
El golpe fue bajo y certero. Sabía exactamente dónde dolía. La mención de nuestra situación económica, el recuerdo constante de que yo había tenido que dejar la universidad para trabajar y mantenernos a flote después de la muerte de nuestros padres.
En medio de su arrebato, su brazo se movió bruscamente y golpeó su taza de café. La taza, un regalo que le había hecho en su último cumpleaños con una foto de ambas, cayó al suelo y se hizo añicos. El líquido oscuro se esparció por las baldosas blancas, manchando los pedazos rotos de nuestra imagen sonriente.
El sonido del objeto rompiéndose fue como un disparo en la habitación silenciosa.
Todos nos miraban. Ricardo observaba la escena con un interés apenas disimulado, una chispa de triunfo en sus ojos. Lo estaba logrando. Me estaba aislando, pintándome como la villana.
Me quedé paralizada, mirando los pedazos rotos en el suelo. Un símbolo perfecto de lo que quedaba de nuestra relación.
Me sentí completamente impotente. La historia se estaba repitiendo, y yo, a pesar de saber el final, parecía incapaz de cambiar el guion. El sentimiento de desesperación era tan abrumador como el frío de la montaña. Estaba atrapada en un bucle, y el final era mi muerte.
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