POV Andrew Derickson:
Estoy llorando, tiemblo, camino, corro. Siento frío, pero no me detengo, siento unas manos tomar mi rostro, veo a una mujer, pero no la reconozco. Escuchó sus palabras, que no tienen sentido para mí. Yo no estoy ahí, no en esa realidad, sino en mis pesadillas.
Escucho sus quejidos, su llanto cruel, sus gemidos, suplicando que la deje, no se contiene, sigue lastimándola, ya no soy un hombre, soy un niño pequeño, indefenso, débil. Siento una rabia que me ciega, y un disparo resuena, veo la pistola, los ojos de mi madre se clavan en mí, ya no es ella, ¡Es un monstruo! Grito y despierto.
-Mi amor, ¿Estás bien? -la voz melosa de Jenna me vuelve a la realidad, asiento, estoy en un pasillo de mi casa, bañado en sudor-. Vamos, querido, te llevo a la cama.
Antes de entrar a la alcoba la despido, no me gusta que ninguna mujer duerma a mi lado. Voy al tocador y lavo mi rostro, me miro al espejo, pienso en la jodida pesadilla, que siempre vuelve, sé bien de lo que se trata, pero no quiero recordarlo, ni decirlo a nadie, ni siquiera a mí mismo.
Respiro, camino a la cama, entonces observo el correo en una mesa, estoy viviendo una época de rebeldía tras la muerte de mi padre, hago lo que quiero y no me apetece leer esas cartas tontas, las muevo por curioso, solo hay una que llama mi atención, es un presente de los Rosenbaum, solo por el hecho de ser cercanos a Lady Julie, decido abrir la carta:
«Querido Lord Derickson:
Permítame brindarle mis tristes condolencias, lamento la muerte de su padre, a quien sabe siempre hemos guardado un cariño especial en nuestros corazones. Si nos hubiésemos enterado antes, nos hubiese gustado asistir al funeral en Londres, por desgracia no pudo ser.
Quizás no sea el mejor momento, pero ahora que debe sentir con pesar la soledad, debo recordarle que en Glosk, aún le espera una promesa matrimonial, que Lady Julie anhelaba con profundidad, nuestra Rosbell Rosenbaum está preparada para llevar su hogar con orgullo y amor.
Me despido deseándole lo mejor y clamando por su pronta respuesta
Con cariño, Gema Rosenbaum»
Arrugo el papel, me siento en la cama, recuerdo a mi madre, pienso también en Jenna, es la única que puedo tolerar a mi lado. Incluso a pesar de mi carácter. Me siento nostálgico, quiero ahogar mi infierno, un plan viene a mi mente, es perverso, casi cruel, pero honesto y decido que es la salvación no solo para mí, sino también para los Rosenbaum.
Rosbell caminaba sigilosa, entre la penumbra, solo la luz de Luna se colaba. Cuando Clarence se irguió su corazón dio un vuelco. Se quedó inmóvil, casi sin respirar, pero su hermana volvió la cabeza a la almohada y se durmió.
Respiró con cuidado de no hacer ruido, abrió la ventana de cristal que daba al balcón. Se asomó y miró abajo al caballero de pie, cruzó sus brazos acariciando su bata de dormir, se dispuso a bajar a través de la pequeña escalinata de fierro. Antes de llegar fue sostenida por los fuertes brazos de John.
-Suéltame -dijo rencorosa-. ¿Qué haces aquí?
-He venido por ti, mi alma, no permitiré que otro hombre despose a mi mujer.
Ella tragó saliva, hizo una mueca de fastidio
-Baja la voz -dijo porque John hablaba muy fuerte-. No quiero que mi padre despierte.
-¿Y qué? ¡Qué lo haga! De todas formas, le diré que serás mi esposa, que me perteneces en cuerpo y alma, y estamos hechos el uno para el otro.
-Eso le dices a todas.
-Eres la única, mi alma -dijo tomando su rostro, estaba por besarla y Rosbell resistía, pero John tenía un embrujo en sus ojos castaños que lo volvían adorable-. No hay en mi corazón otra mujer que no seas tú -dijo llevando la mano de la chica a su pecho, luego la besó con pasión. Ella se rindió, amaba a John Fortune.
-¡Vámonos, John, huyamos lejos de aquí!
Él no lo pensó, tomó su mano
-¿Irías conmigo a cualquier parte?
-Iría contigo hasta el fin del mundo -John y Rosbell caminaron por dos kilómetros, luego encontraron al caballo y a dos amigos de John, se alejaron de todo a galope, Rosbell sintió tristeza, mañana todo sería un caos en casa, pero decidió que alguna vez era bueno ser egoísta, si con eso lograba la felicidad. Abrazó la cintura de John con fuerza y no volvió la vista atrás.
La mañana siguiente era soleada, hacía calor porque era agosto, Clarence abrió los ojos y se levantó, miró la cama de Rosbell encontrándola vacía, era raro que su hermana mayor despertara al alba, pero sabía que se daban casos.
Se lavó los dientes y el rostro, se vistió y bajó al comedor, ahí estaba ya Mackenzie, bebiendo su té, su padre sentado en el lugar principal leía el periódico con interés. Clarence tomó lugar al lado de Mackenzie
-¿Has dormido bien? ¿Rosbell sigue pegada a las sábanas? -preguntó su hermana y Clarence frunció el ceño, confusa, apenas iba a aclarar la situación, cuando su madre corrió veloz, emocionada y gritando
-¡Oh, es maravilloso! ¡Qué noticia tan magnífica! -exclamó con algarabía, atrayendo la atención de los demás-. He recibido una carta de Lord Derickson -incluso el señor Rosenbaum abandonó la lectura, y los ojos se fijaron en Gema
-¿Qué dijo?
-Dijo que sí, en dos días viene al pueblo para celebrar su compromiso con ¡Rosbell! -la felicidad estaba en los ojos de Gema, las hermanas sonrieron plácidas, y el padre pudo respirar, sabía que siendo su futuro yerno podría otorgarle un préstamo con el cual sacar a flote sus tierras y su siembra.
-¿Dónde está Rosbell?
-Bueno... cuando desperté no la vi, creí que estaba desayunando.
-Quizás fue a dar un paseo o tal vez fue con Ingrid -dijo Mackenzie
-¡Esa niña no entiende! Por lo menos ahora tendrá un esposo que la discipline -aseveró el padre con fastidio
-No seas tan duro, Fred, no te das cuenta de que es gracias a Rosbell que saldremos adelante -dijo Gema, Mackenzie puso los ojos en blanco
-Vamos, madre, de todas formas, saldríamos adelante, con, o sin, Lord Derickson.
-¡Calla niña! ¿Tú que sabes de la vida? Eres una chiquilla, no sabes nada.
Mackenzie tenía los ojos llenos de furia, odiaba que su madre siempre la menospreciara, iba a hablar, pero sintió la mano de su padre sobre ella, calmándola, era imposible que ganara una pelea a su madre, comprendió el mensaje porque era inteligente, asintió
-Tal vez Lord Derickson no es un salvador, pero entiende, ser parte de su familia nos ayudará a que la hacienda cobre estabilidad y aprecio, además, ustedes, serán bien vistas, y conseguirán buenos maridos. Sobre todo, tú, Mackenzie, te librarás del vergonzoso asunto de hace tres años -Mackenzie enrojeció, se quedó muy callada-. Bueno, no te pongas así, dulzura, todos cometemos errores, pero ya verán, seremos muy dichosos -Gema estaba radiante, su frente lucía menos arrugas, y sus ojos grandes marrones eran dulces
El sonido de la puerta alertó a la única servidumbre que tenían, Laurie se apuró a abrir, recibió a un hombre extraño, que no se adentró en casa, le extendió una carta
-Es para la señorita Mackenzie Rosenbaum -Laurie la tomó, y el hombre se subió a su caballo, perdiéndose de vista. Era una situación extraña, la mujer fue al comedor y expuso la anécdota, entregando la carta a Mackenzie
-¡Quizás sea un admirador secreto! -dijo Gema con emoción, la idea de que sus hijas se casaran y tuvieran un buen futuro era la única causa de su vida
Mackenzie abrió la carta y leyó con atención, pronto su rostro blanco palideció, sus ojos azules se engrandecieron más, mientras su cuerpo se congelaba de terror:
«Querida, Mack:
Esta carta la he dirigido a ti, porque confío en tu buen juicio, de todos los Rosenbaum eres la más inteligente y fuerte, aunque lo niegues.
Querida hermana, no puedo casarme con Lord Derickson, solo soy mujer de un hombre y ese es John Fortune, tenías razón cuando dijiste que mi mirada hacia él no era normal, lo amo desde tiempos inmemorables, lamento romper los corazones de nuestros padres y arrastrarlos a tan vergonzosa situación. Seguro de que piensas que soy egoísta y malvada, pero cariño, no puedo renunciar a mi felicidad por nadie, de todas formas, quedarme hubiese sido mi desgracia. Por favor, dile a mi madre que la amo y dile a papá que me perdone.
Se que tú podrás arreglar esto, eres la gran esperanza de la familia, capaz de todo, incluso si la hacienda dependiera de ti, saldría adelante.
Los quiero,
Rosbell»
Mackenzie no podía respirar normal, su corazón latía demasiado, no sabía que decir, mientras su madre la acosaba con mil preguntas que ella no respondía
-¡Niña! ¿Qué sucede?
-Mack, ¿Qué pasa? -preguntó su padre, pero Gema le arrebató la carta y Mackenzie intentó detenerla, pero era tarde. Gema comenzó a gritar
-¡No pudo hacerlo! ¿Por qué mi niña? ¿Por qué me hizo esto? ¡Ay, no puedo, no puedo! -gritó mientras Clarence intentó consolarla abrazándola con fuerza
-Rosbell huyó, padre, se escapó -dijo Mackenzie y observó a su padre palidecer, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas
Gema cayó al suelo como una ficha de dominó, y todos enloquecieron de preocupación.
La desesperación rompía la paz de aquel verano, el señor Rosenbaum ayudado por algunos trabajadores buscaban a Rosbell, se hizo cargo de que nadie de los vecinos del pueblo supiera lo que había pasado. Pero, Ingrid se había enterado, aunque era una buena amiga discreta. Le confesó a Mackenzie que Rosbell y John llevaban una relación de casi dos años, pero el hombre no se había atrevido a pedir su mano pues aún no tenía dinero suficiente, ni buena reputación
-¡Ese sujeto! ¿Acaso no se hace el muy valiente robando a otros, acaso no dice que es un hombre rudo y todo eso? ¡Palabras de papel! ¡Nunca creas en los hombres, Ingrid, están hechos de promesas falsas! -exclamó con decepción-. No me creía a Rosbell tan ingenua, ahora pagará por su ligereza.
-Sé qué piensas que Fortune es malo, pero, creo que ama a Rosbell con vehemencia.
-¡Ojalá! Que valga la pena el dolor que está causando a nuestros padres -Mackenzie no quiso oír más, subió a su caballo y cabalgó rumbo a su casa que quedaba a tres kilómetros.
Iba a galope tendido, aprendió a montar desde chica, su padre la enseñó bien, deseaba tanto que el último hijo fuera varón, pero no se decepcionó, porque en Mackenzie encontró a un alma afín a la suya.
Mackenzie estaba desesperada, decidió ir rumbo a la playa, que estaba a quince minutos, necesitaba respirar, no podía más.
Se bajó del caballo, sosteniendo las riendas, caminó por la arena, no había casi nadie por ahí. Era el atardecer, evitó llorar y fue inútil, no sabía cómo enmendar la situación, era difícil porque podían quitarles las tierras de siembra, quitarles todo lo que tenían. Eran tiempos complicados. Y aunque ella se esmeraba en ayudar a su padre, incluso labrando tierra, no podía hacer más, lo único que se esperaba de ella era que asumiera un matrimonio ventajoso, y así, poder mantener la buena reputación de su apellido, pensó en lo estúpido que era algo así. Una risa sarcástica como su carácter escapó.
Entonces, al girar su vista lo vio, estaba sentado sobre la arena, con los vaqueros doblados hasta los tobillos, descalzo, con una camisa de algodón blanca, observó su perfil, era perfecto como un príncipe exiliado, que descansaba adornado por el mar, su barba perfecta y delineada, sus cabellos castaños y cuando la miró observó sus ojos azules como el cielo, su piel clara que parecía suave, la nariz larga y esos labios carnosos y rosados. Mackenzie perdió el sentido de la realidad, como si esa presencia magnánima hubiese despertado algo que no entendía, embobada, impactada, se detuvo mirándolo. Él, víctima de ese escrutinio descarado se puso de pie, era muy alto, musculoso, pero su gesto no era amable, los rayos de sol parecían iluminarlo como a un ángel bajado a la tierra
-¿Qué tanto me miras? -esa voz fría, masculina y gruesa por fin la despertó
-Yo...
-¿Acaso tienes un retardo mental? ¿Quién más?
Mackenzie meneó la cabeza, para recuperarse del bochorno, su rostro estaba enrojecido
-Lo siento... -dijo para dar la vuelta e irse, alcanzó su caballo, que ya se había ido, lo montó con perfección y cabalgó deprisa, alejándose, sin notar que ese hombre tenía sus ojos clavados en ella. August se acercó al señor
-¿Quién es ella?
-Es la hija más pequeña de los Rosenbaum.
Andrew Derickson asintió con sorpresa
-Así que es mi futura cuñada, ¿Verdad? -August asintió
-¡Vaya casualidad! Estoy aquí de incógnita, y lo primero que hago es encontrarme con ella, yo queriendo pasar desapercibido.
-Tal vez el destino así lo quiere.
-¿Qué? -dijo aturdido
-Es solo un decir.
-No digas pavadas, August, el destino no existe, todo se trata de estar vivo, uno crea su camino, no lo olvides -dijo golpeando con suavidad la mejilla de su empleado, quien solo asintió consternado
-¿Acaso su madre creía en el destino? ¿No fue por eso que eligió desposarlo con Rosbell Rosenbaum desde su tierna infancia?
Andrew asintió, tenía razón
-Sí, mi madre creía en un destino, un lazo que unía a las almas destinadas a siempre encontrarse, pero sabes, ella después se arrepintió, pudo saber que eso no era sino una falsa burda, aun así, quiero cumplir su voluntad. Pero, con ello, también conseguiré mi propio beneficio.
-Pero, no olvide la fábula del destino.
-¿Cuál es? -preguntó curioso
-¿La olvidó? Le recordaré:
«Durante una batalla, un general decidió atacar, aun cuando su ejército era muy inferior en número. Estaba confiado que ganaría, pero sus hombres estaban llenos de duda. El general sacó una moneda y dijo:
–Lanzaré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Si es cruz, perderemos. El destino se revelará.
Lanzó la moneda al aire y todos miraron atentos como aterrizaba. Era cara. Los soldados estaban contentos y confiados, atacaron con vigor al enemigo y consiguieron la victoria.
Después de la batalla, un teniente le dijo el general:
–Nadie puede cambiar el destino.
–Es verdad –contestó el general, pero mostró la moneda al teniente. Tenía cara en ambos lados» -terminando su relato August caminó al automóvil, pero Andrew se quedó pensativo, pensó en el destino, pensó en su dolor personal, ¿Acaso algo de sentido tenía? Lanzó un suspiro, volvió al auto para ir a la casa que odiaba.
Cuando Mackenzie llegó a casa y bajó del caballo, Clarence corrió hacia ella, se veía angustiada, se lanzó a sus brazos, casi llorando
-¿Encontraron a Rosbell?
-No... pero, Lord Derickson llegó a Glosk, ¡Está aquí! Padre está desesperado -exclamó
Mackenzie estaba preocupada, pero se mantuvo ecuánime, transmitiendo calma a su hermana que era muy nerviosa, luego volvieron a casa.
-Mañana iré a ver a Lord Derickson, quiere verme. Mackenzie, dirigirás la búsqueda de tu hermana, mientras yo no esté, trataré de alargar el maldito compromiso para traer a tu hermana de vuelta.
-Padre, espera -dijo Mackenzie, cuando Clarence subió a atender a su madre-. Te has puesto a pensar si ya es tarde para esto.
El señor Rosenbaum entendió el trasfondo de las palabras de su hija, porque era listo
-Lo sé, y no hay otra cosa que hacer que ganar tiempo, hasta hallar una solución.