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Destinos entrelazados

Destinos entrelazados

Autor: : Nancy Rdz
Género: Romance
Christa Bauer es una chica con una belleza poco común entre los habitantes del pueblo de Montenegro, ha vivido toda su vida en los límites del rancho de su padre "Los nogales". Toda su felicidad desde que nació se puede describir como montar a su caballo rayo junto a su padre, pastar el ganado, nadar en la laguna al pie de las montañas y mirar las nubes mientras se recuesta en el césped. Ella no conoce la malicia, su padre es quien se da cuenta de que ella es una niña muy especial, tanto que no se ha dado cuenta de que ahora que es adolescente se ha ganado la envidia de muchas mujeres por su notable belleza. Todo su mundo cambia cuando conoce a un hombre totalmente diferente a los peones que trabajan para su padre, o los chicos pueblerinos que viven cerca del rancho y que solo ve cuando asiste al bachillerato. A pesar de saber que verlo de nuevo es casi imposible, Christa se enamora perdidamente de él, pero la vida le enseña que no todo es felicidad, pues ocurren sucesos en su vida que la van endureciendo, prometiéndose que jamás alguien pasará sobre ella, Christa sigue su vida con el vago recuerdo de aquel día en el que fue feliz, hasta el día que nuevamente se reencuentra con él.

Capítulo 1 El rancho era todo para ella

Era una hermosa mañana. Cabalgaba junto a mi querido amigo Rayo, el caballo que mi padre me regaló cuando cumplí apenas siete años. De pronto, me detuve a admirar la quietud del amanecer. El sol emergía lentamente detrás de la gran sierra de Montenegro, cuyas montañas colindaban con los límites del rancho de mi padre. Extendí los dedos hacia el cielo; me encantaba hacerlo, como si algún día pudiera llegar a tocarlo. De niña solía mirar al cielo y formar figuras divertidas con las nubes. Aquí era realmente feliz. No había otro lugar en el que quisiera estar.

Cerré los ojos, dejando que la brisa fresca de la mañana acariciara mi rostro. Escuché el suave murmullo de las hojas de los árboles, que se mecían en armonía con el viento.

Bajé del caballo y le di unas palmaditas de agradecimiento por el viaje. Lo dejé comer del pasto verde y húmedo del suelo, mientras el ganado pastaba en libertad. Como cada día, observé las más de doscientas hectáreas de fértiles tierras que formaban el rancho de mi padre, "Los Nogales". Mi bisabuelo le dio ese nombre hace más de cincuenta años, cuando llegó desde Alemania con su pequeña familia en busca de una vida mejor tras la guerra nazi. Tuvieron la suerte de comprar estas tierras vírgenes a bajo precio. Aquí cultivamos maíz, nueces, sorgo y avena, además de criar ganado, cabras y cerdos. La hacienda era muy rentable, según decía mi padre, aunque yo no entendía mucho de esos asuntos. Para mí, él era mi felicidad.

Amaba despertarme temprano, ver salir el sol entre las montañas, cabalgar con Rayo, molestar a mis hermanos Fred y Greta, cuidar el ganado, alimentar a las gallinas... Pero lo que más me hacía feliz era el riachuelo que cruzaba los límites del rancho.

Corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron, esquivando rocas y ramas en mi camino. Mi padre decía que tenía piernas largas y esbeltas como las de una potranca salvaje, y en realidad así me sentía: libre y feliz. Una sonrisa enorme se dibujó en mi rostro al llegar a la laguna. Era como un oasis rodeado de sabinos, nogales y huizaches. Me senté sobre una roca, arremangué mis pantalones hasta las rodillas y sumergí los pies, dejando que el agua fría acariciara mi piel. Empecé a cantar una de mis canciones favoritas de la radio. Me encantaba hacerlo en las mañanas solitarias, sintiéndome viva, como si solo la naturaleza y Dios fueran testigos de mi melodía.

Después de cantar, miré a mi alrededor. Esta parte del rancho era solitaria; los peones nunca venían por aquí. Recordé las advertencias de mi madre: decía que no debía acercarme a ellos, que no perderían oportunidad de meterse con una niña como yo. Sin embargo, mi hermana Greta estaba a punto de casarse con Marcelo Ramírez, el capataz, que no estaba mucho por encima de los peones. Nunca entendí qué veía en él. Marcelo no era como papá: cariñoso y atento. Una vez escuché a un peón decir que frecuentaba cantinas y salía con otras mujeres. Cuando se lo conté a Greta, lo único que gané fue una bofetada. Pero, en fin, era su decisión.

Me quité la ropa y la dejé en la orilla. Consciente de que nadie me veía, nadé un buen rato. Me sentí como una joven Venus emergiendo de las aguas de mi pequeño oasis. No sé cuánto tiempo estuve allí hasta que un grito lejano ahuyentó a las aves de las ramas. Salí del agua apresurada, me vestí y corrí de nuevo hacia Rayo. Emprendí el regreso a casa. Era la voz de mi madre, y no sonaba nada contenta. Seguro me necesitaban en la cocina; hoy era el día en que Greta se casaba con el cavernícola de Marcelo.

-¡Vamos, amigo, más rápido! -grité entre risas.

Amarré a Rayo en una ventana trasera de la casa. Mi madre me buscaba por la entrada principal, pero yo siempre encontraba la forma de entrar por la puerta de la cocina. Apenas puse un pie dentro, me encontré con la mirada severa de mi abuela.

-¿Dónde te has metido, niña?

Abrí los ojos de par en par, me encogí de hombros y sonreí nerviosa.

-Estaba nadando, abuelita.

Ella llevaba el vestido negro con delantal blanco que usaba para cosas importantes en la cocina.

-¡Pero mírate! Estás toda empapada. Se te trasluce la blusa. Ya no eres una niña, Christa, casi tienes dieciséis años. Si uno de los peones te viera...

-Abuela, ¿por qué siempre me dicen eso? No lo entiendo -pregunté con inocencia.

-¿Es que no te has mirado en el espejo?

Fruncí el ceño y negué. Mi abuela puso los ojos en blanco.

-Ve a cambiarte. Tu madre está furiosa.

Asentí y corrí escaleras arriba hasta mi habitación. Al entrar, el gruñido de Fred casi me mata del susto.

-¡Idiota, casi me da un infarto! -le grité, buscando la ropa para la boda. Mi padre me había comprado un vestido y unos zapatos nuevos en el pueblo. Decían que Montenegro estaba creciendo mucho y ya casi parecía una pequeña ciudad. Para mí, seguía siendo un pueblo enorme.

Fred me dio una nalgada, sacándome de mis pensamientos. Me abalancé sobre él, tirándolo al suelo.

-¿Quieres jugar? -pregunté, clavando mi mirada en la suya. Su sonrisa burlona me enfureció.

-Tranquila. Mamá me envió a buscarte. Está furiosa. ¿Dónde estabas?

-Fui a nadar a la laguna.

-Te escapas muy seguido. ¿Tienes algún noviecito por ahí? -preguntó, sorprendiéndome.

-¡Claro que no! Soy una niña.

Fred se carcajeó.

-Muchas chicas de tu edad ya tienen novio.

-Pero yo no. No me interesan los chicos.

Fred me analizó un momento y, al darse cuenta de que decía la verdad, se relajó.

-Ten cuidado, hermanita. Si andas con un peón, le pegaré un tiro en la nuca -bromeó.

Lo fulminé con la mirada.

-¡Eres un idiota!

Con agilidad, me quité una bota y se la arrojé, pero golpeó la puerta porque Fred huyó justo a tiempo, cerrándola tras de sí. Desde el pasillo, escuché sus carcajadas.

Capítulo 2 No entendía por qué su madre y su hermana la trataban de esa manera

Christa Bauer

Me contemplé en el espejo, indecisa si hacerme una coleta o dejar mi cabello suelto, busqué entre las cosas que papá solía traerme de Montenegro, papá era tan bueno conmigo, siempre me traía lo que le pedía, puesto que mamá nunca me dejaba que lo acompañará al pueblo.

Encontré entre mis cosas del cajón de mi mesita de noche, una diadema brillante con pedrería cristalina, le quedaba a juego con mi vestido celeste y mis zapatos plateados. Sonreí al mirarme, no todos los días me vestía de esta manera, se sentía raro y a la vez me gustaba, me veía bonita. Crucé el pasillo para ir a la habitación de mi hermana Greta, no había dejado que nadie mirara su vestido de novia, puesto que decía que era tan hermoso que nos sorprendería, lo que sí sabía es que a papá le había costado casi una fortuna el comprárselo.

Me detuve en el marco de la puerta, en verdad ese vestido era muy bello, con encaje y velo, bordados y una larga cola, pero de nada ayudaba su hermosura, ya que mi hermana lloriqueaba como niña pequeña.

-¡Mamá, es que no me entra! -sollozaba.

-¡Te dije que te pusieras a dieta! ¡Greta, desde un principio este vestido me pareció muy pequeño! -La voz de mi madre se escuchaba desesperada mientras intentaba subir el cierre del vestido blanco junto a otra de sus amigas vecina del campo.

Quise dar un paso hacia atrás para no interrumpir el fatídico momento, pero fallé, los ojos de mi madre se posaron en mí, podía ver el enfado en su mirada.

-¡Y tú, qué haces ahí parada! Te estuve buscando toda la mañana, tenías que ordenar el cuarto de tu hermana.

-Lo siento mamá -respondí, a veces pensaba que mi madre me consideraba una trabajadora más, puesto que además de ayudar a pastar al ganado mi madre siempre me ponía a limpiar el desorden de las habitaciones de mis hermanos, lavar los baños, fregar los pisos y hasta cocinar junto a las domésticas de la casa -lo haré ahora mismo.

Entré rápidamente acomodando la ropa que estaba sobre la cama y levantando varios pares de zapatos.

-¡Espera! ¿Qué es eso que tienes en las piernas? -preguntó mirando con curiosidad, mis piernas temblaron, Greta me miraba con el ceño fruncido al igual que la amiga de mamá.

-Son las medias que papá me ha traído de Montenegro... -dije con timidez.

-¡Te las quitas ahora! -ordenó furiosa.

-Pe... pero... mamá...

-¡Mamá nada, quítatelas! Eres una chiquilla para traer esas cosas, ¿me oíste? Y cuidado que andes por ahí de coqueta con los hombres, niña chiflada.

No entendía por qué esas medias la ponían tan de mal humor, tal vez solo se estaba desquitando conmigo por qué a mi hermana no le entraba su vestido. Dejé las cosas sobre la cama y me senté, mientras me quitaba las medias escuchaba a mi madre, y a su amiga platicar por lo bajo mientras intentaban subir el cierre del vestido de Greta, "es muy hermosa Imelda, cuando menos te des cuenta alguno de los hombres de por aquí pondrá sus ojos en ella", "Como me hubiera gustado que Greta heredará los ojos azules de Abraham" al decir eso último sentí como mi espalda se tensó "¿Por qué Christa tiene el cabello rubio y ojos azules mamá? Yo tengo el cabello castaño y ojos marrones, eso no es justo" "Es que yo no soy alemana hija, soy mexicana"

Me puse de pie de nuevo, mi hermana me fulminaba con la mirada. La familia de mi padre había venido hace poco más de cincuenta años desde Alemania durante inicios de la Segunda Guerra Mundial a refugiarse a México, encontraron aquí tierras algo desérticas, pero con riachuelos pasando por los alrededores, mi bisabuelo quedó enamorado al instante de estos paisajes decidiendo quedarse. Junto a ellos venían otras cuatro familias, pero con el pasar de los años se fueron a otros estados más cerca de las ciudades grandes, quedándose aquí solo el abuelo Bauer, al crecer mi padre fue quien heredo estas tierras conoció a mi madre de muy joven cuando ella apenas tenía veinte años, ella era mexicana, piel trigueña, cabello negro como la noche y ojos oscuros, mi hermana tenía la piel blanca, pero sus ojos eran marrones, mi hermano también al igual que yo había heredado el cabello rubio, pero era la única de los hijos con los ojos azules.

-¡Christa tráeme un vaso con agua! -gritó mi hermana.

-¡Ya cerró! -escuché que exclamó mamá con alegría antes de salir de la habitación, las tres mujeres comenzaron a reír victoriosas.

Bajé a la cocina tan rápido como pude, cuando regresé a la habitación sentía como mi corazón latía fuertemente, no estaba acostumbrada a correr con zapatos altos y casi me caigo -aquí está el agua -dije a mi hermana.

Greta me miró con desdén -ya no la quiero -la sonrisa maliciosa que esbozó me hizo hervir la sangre, por qué le gustaba molestarme tanto.

Las mujeres salieron de la habitación sin siquiera reparar en que me habían dejado sola entre esas cuatro paredes, es como si fuera alguien invisible o alguien sin importancia para ellas, dejé el vaso sobre la mesita del tocador y bajé las escaleras. Me detuve al pie de estas al ver la escena frente a mis ojos.

-Te ves hermosa hija, este es el día más feliz de mi vida -soltó mi madre con tanta emoción que sus ojos en un momento se humedecieron.

-Gracias mamá.

Para cualquier persona ajena a la familia esa escena hubiera sido de lo más tierna, pero, en cambio, para mí, eran una palabra que tal vez nunca recibiría de mamá, me pregunté alguna vez si era porque Greta era mayor que yo el hecho de que ellas dos siempre se contarán cosas como si fueran amigas, nunca me incluían en sus conversaciones. Tal vez ahora qué mi hermana se casará con Marcelo y se vayan a vivir a la casa que papá había mandado construir para ellos, mamá recordaría que tenía otra hija y volvería a mirarme de nuevo.

En ese momento papá entró, todos mis pensamientos se esfumaron al ver la sonrisa que me dirigió. Pero antes de acercarme, él se unió a ellas -Greta, te ves hermosa.

-Se lo he dicho Abraham, nuestra hija está bellísima, aún no supero que haya crecido y ahora está a punto de formar su propia familia.

Mi padre asintió, había un brillo especial en su mirada, depositó un beso en la frente de mi hermana y dijo -estoy orgulloso de poder entregarte en el altar hija, a partir de hoy inicias una nueva etapa de tu vida, pero quiero que sepas que para papá y mamá siempre serás nuestra pequeña.

Greta abrazó a mis padres, yo observaba desde la distancia esperando alguna señal para poder interactuar con ellos, pero papá les anunció que las camionetas en las que iríamos a la iglesia ya nos estaban esperando. Greta y mi madre, su amiga Esther y mi abuela se encaminaron hacia el portal donde ya se escuchaba a mi hermano Fred sonar el claxon para apurar a que saliéramos. Me quedé inmóvil por un instante, no sé qué me pasó.

Mi papá me miró y yo le sonreí.

-También te ves hermosa, hija mía -dijo con voz dulce mientras acariciaba mi mejilla, yo lo sentí como una caricia en mi corazón.

-Gracias papá, también te ves muy bien.

-¿No te gustaron las medias que te compré en Montenegro? La dependienta dijo que hacían juego con el vestido.

Mordí mi labio inferior antes de responder -mamá dice que soy muy pequeña para usarlas.

Él esbozó una sonrisa como si estuviera guardando un pensamiento solo para él.

-Tu madre y su afán por que aún sigas siendo una niña, pero ya eres una jovencita, el próximo año tendrás dieciséis.

Asentí con orgullo, mi papá era la única persona de esta casa que me trataba como una jovencita normal.

-Sí, y también ya decidí que quiero hacer después del bachillerato.

-¿De verdad?

Asentí de nuevo esbozando una sonrisa llena de añoranza.

-Quiero estudiar contabilidad, para ayudarte a administrar el rancho.

-¿Quieres vivir aquí para siempre?

-Si papá, me gusta aquí.

-Bien, me parecen muy bien tus planes Christa, sé el amor profundo que le tienes a nuestro rancho, y eso me reconforta, puesto que Greta ni siquiera le interesó terminar el bachillerato, a Fred no le gustan las actividades del campo y solo me quedas tú para que este rancho siga siendo lo que hasta hoy.

-No te preocupes, papá, amo estas tierras casi tanto como tú, no importa si mis hermanos no quieren trabajar aquí, yo lo haré.

Mi padre sonrió complacido con mi respuesta.

-Pero antes, me gustaría que salieras a conocer el mundo -no entendía a lo que se refería -tú no eres como las demás jovencitas, lo he visto en tus ojos, eres curiosa y muy inteligente Christa, puedes conseguir todo lo que te propongas si lo quieres.

En ese momento mamá entró de nuevo.

-¡Ya vámonos que se hace tarde!

Papá me sonrió con complicidad, caminamos con mamá a las camionetas que ya nos estaban esperando. Greta, mamá, Esther y mi abuela iban con Fred en la misma camioneta. Papá y yo en otra, durante el camino platicamos sobre muchas cosas, incluyendo eso que decía sobre conocer el mundo, papá dijo que terminando mi bachillerato me matricularé en FCA la Facultad de Contabilidad de la Universidad de La Capital. Al mismo tiempo sentí muchos nervios, al igual que emoción, sería la primera vez que saliera del rancho, más allá de los caminos de Montenegro.

Capítulo 3 La boda

Christa Bauer

La ceremonia en la Iglesia de Santa Rosa en el poblado de Montenegro fue sencilla, pero muy emotiva, fue lo que Marcelo se pudo permitir con su sueldo de capataz del rancho, puesto que mi padre fue quien se ofreció para hacerse cargo de los gastos de la fiesta. Marcelo se veía nervioso, llevaba puesto un traje azul marino y por primera vez se había peinado el cabello negro que siempre llevaba alborotado. Nunca había visto a mi hermana tan feliz y eso me alegraba, el saber que había encontrado a ese hombre especial con el que compartiría su vida para siempre, tal y como alguna vez le escuche decir a mamá. Me pregunté si algún día yo tendría una boda tan bonita como esta, si algún día conocería a mi hombre especial, pero no imaginaba quién podría ser, mi madre me tenía sentenciado hablarle a alguno de los peones, Fred siempre me acosaba en el bachillerato por lo que no tenía amigos con los cuales pudiera salir, pero bueno eso no importaba ahora, era aún muy joven para eso como lo decía papá.

Fui la dama de honor de mi hermana, me senté a un lado del altar cerca de los novios, al otro lado estaba Bruno Pérez el padrino de honor de mi cuñado, hace un par de meses había contraído matrimonio con Margarita López, una jovencita de apenas dieciséis años, cabello castaño y largo, piel bronceada con algunas pecas en las mejillas y unos ojos marrones muy lindos, siempre me pareció que era una joven muy agradable a pesar de que no éramos amigas. Sus padres eran trabajadores del rancho, su padre era vaquero y su madre ayudaba en las labores domésticas de la casa, al igual que ella. Al parecer había conocido a Bruno en una de las veces que vino al rancho a traer un pedido de combustible de la gasolinera en la que trabajaba. Ahora vivían en un pequeño cuartito que les habían dejado los padres de Bruno quienes vivían a las afueras del pueblo. Si bien su pequeña familia era muy humilde, ellos se veían mucho más felices y enamorados que mi hermana y Marcelo. Él parecía tener rostro de que lo estuvieran matrimoniando a la fuerza.

Al finalizar la ceremonia, Marcelo tomó por la cintura a mi hermana y la atrajo hasta él dándole un beso breve en los labios. Mi hermana se estaba convirtiendo en mujer, a pesar de los malos ratos y sus malos tratos, la quería, deseaba lo mejor para ella y de alguna manera extrañaría verla todos los días en casa. Respiré profundo al ver como mi madre limpiaba sus ojos con un pañuelo, una lagrimita de emoción asomó también por mis ojos, la limpié rápidamente. Mi hermano Fred y algunos amigos no paraban de soltar arroz al aire, mientras los demás presentes caminamos afuera de la iglesia.

Los invitados se acercaron a felicitar al joven matrimonio, mi hermano y yo abrazamos a Greta deseándole lo mejor en esta nueva etapa de su vida. Se sentiría raro no tenerla todos los días en casa, sin embargo, la veríamos muy seguido, pues mi padre le había enviado construir una pequeña casita cerca de la de donde nuestra familia vivía en las mismas tierras que pertenecían a papá.

Regresamos felices de nuevo al rancho, durante el camino todas las camionetas se alinearon en una caravana detrás de la de nosotros, esta vez de regreso mi abuela viajó con papá y conmigo, ya que en la otra camioneta ahora los acompañaba Marcelo.

Al bajar de las camionetas tuve que hacer un esfuerzo por no abrir la boca de golpe, la decoración en la parte del jardín había quedado hermosa, cuando salimos no estaba así. Seguí a mi madre hasta la cocina pensando que tal vez necesitaría alguna ayuda para servir la comida, pero mi rostro se llenó de vergüenza al escucharla hablar de ese modo a los empleados.

-¡Necesito que sirvan rápido la comida, muévanse, que para eso se les paga! No quiero a ningún invitado quede sin bebida o comida, quiero que este día hablen de la maravillosa boda de mi hija, Greta Bauer! -La mirada fulminante de las seis cocineras fue a parar a mi madre quien las ignoró por completo, para su mala suerte Margarita venía entrando con su madre a la cocina -y tú, ve y ponte un delantal que también trabajas en esta casa, no quiero verte sentada por ahí.

-¡Pero mamá! Margarita es la esposa del padrino de honor de Marcelo -le explique.

-Me importa un bledo que sea esposa de ese gasolinero, aquí es mi empleada y tiene que desquitar su sueldo o se me va del rancho, a ver si alguien es tan tonto como para contratar a una menor de edad como ella.

Vi con lastima como Margarita no dijo nada, sólo bajó la vista, no entendía porque mamá era así de cruel con los empleados, en cambio papá era mucho más comprensivo, frente a él ella no les hablaba de esa manera.

-Sí, señora, enseguida me pongo un delantal.

La mirada de mi madre fue a parar hasta donde yo estaba, toda mi espalda se tensó.

-¡Tú, ayúdales! Que tu padre dijo que era innecesario contratar más ayudantes.

-Si mamá, como digas...

Apenas salió echa una furia de la cocina, tomé un par de bandejas donde comencé a poner los panes para acompañar la carne que habían cocinado.

-Señorita, déjeme ayudarle -escuché la voz de Margarita a mi lado.

-No te preocupes, serviremos la comida lo más pronto para que puedas volver con Bruno -Margarita sonrió amablemente.

Mientras los niños corrían jugando por el jardín, las madres charlaban cosas de mujeres adultas alrededor de la novia y los hombres se reunían al fondo de la fiesta a beber cerveza, Margarita, algunas empleadas y yo servimos el resto de la comida.

-¿Puedo pedirle un favor, señorita? -me preguntó Margarita cuando coincidimos nuevamente en la cocina.

-Si claro, dime, y por favor, dime Christa.

-Si su madre me escucha decirle así, me corre.

-Está bien, dime.

Podía ver la pena en el rostro de la joven castaña.

-¿Puede servir usted en la mesa donde se encuentra mi esposo y su familia? Si me ve se enfadará, le había dicho que hoy no trabajaría.

-Sí, iré yo.

El semblante de Margarita se relajó.

Llegué a la mesa de la familia Pérez, comencé a servir la comida primero a sus padres, luego a Bruno, él me miraba de manera extraña, terminé rápido alejándome del lugar, sentí su mano en mi brazo.

-Christa, ¿verdad? -asentí -¿sabes dónde está Margarita?

Mi espalda se tensó, no sabía que responder, ¿debía decirle que estaba trabajando? O una mentira.

-Está en la cocina con su madre -me limité a decir.

Bruno abrió los ojos a unos enormes -¿está trabajando? -me cuestionó adquirente.

Sonreí nerviosa -apoyando.

El chico se llevó la mano al rostro -dijo que hoy no trabajaría -parecía estar algo enfadado.

-¡No es culpa de ella! ¡Mamá la puso a trabajar!

El joven, frente a mí, clavó sus ojos en mí, sentí como su mirada enfurecida atravesó mi pecho, el temor me asaltó por un momento, cuando vi que comenzó a caminar en dirección a la cocina, corrí tras él temiendo que se encontrara con mi madre.

-¡Margarita! -vociferó en el marco de la puerta.

Margarita se giró de inmediato al escuchar su voz. Caminó rápidamente hasta la puerta.

-Dijiste que hoy no trabajabas...

-Lo siento amor, es que... -Margarita estaba sintiendo tanta impotencia.

-Fue esa señora, ¿verdad? -Margarita asintió bajando la vista. A pesar del notable enfado evidente en el rostro de Bruno, pude notar como él miraba con ojos de amor a su esposa, en un tierno gesto con su mano, cuando acarició su mejilla todo mi cuerpo se aligeró -dame ese mandil.

El rostro de Margarita se tornó confuso, pero accedió a la petición de Bruno. Cuando tuvo el mandil en sus manos, se giró para dármelo.

-Puedes decirle a tu madre que Margarita ya no trabaja para ella.

Asentí pasmada.

-Pero Bruno, necesitamos el dinero...

-Ya veré como le hago amor, pero no me gusta que alguien traté a mi mujer de esa manera, hoy veníamos como invitados, somos los padrinos de Marcelo y eso ni siquiera es algo que pueda respetar Imelda Bauer.

Bruno depositó un beso en la frente de Margarita. Ambos se abrazaron mientras yo observaba la tierna escena. Los vi marcharse de regreso a la fiesta, no se porqué pero sonreí al sentir alivio de que Margarita tuviera un hombre como Bruno que la defendiera y amará tanto.

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