Álvaro Duarte
-¿A dónde lo llevo, joven? -preguntó el taxista del aeropuerto, con un dejo de curiosidad en la voz.
-A la residencia de los Duarte, al norte, por favor. -Mi tono era firme y seguro. No hacía falta entrar en detalles; mi apellido hablaba por sí solo. Mi padre era un nombre conocido en la ciudad, propietario de una fábrica de asientos para automóviles que abastecía a Industrias Cazares, una de las empresas más importantes del país.
Era mi primera vez en la Capital después de diez largos años viviendo en el extranjero. Me sentía extraño, como si un vacío emocional se hubiese instalado en mi pecho. Si hubiese sido por mí, nunca habría regresado, pero mi padre fue insistente. Me recordó, una y otra vez, que la educación que me dio no era para que trabajara en una empresa extranjera, sino para que regresara a apoyar el negocio familiar.
Miré por la ventana del taxi, dejando que los recuerdos me asaltaran. Tenía quince años cuando mi madre falleció. Seis meses después, mi padre cometió el descaro de llevar a casa a una mujer que pronto se convirtió en su esposa. El rencor todavía me quemaba por dentro. Él parecía haber encontrado la felicidad mientras mi hermana Mara y yo nos ahogábamos en el dolor de haber perdido a nuestra madre.
Cerré los ojos y tragué saliva. Aún sentía el peso del recuerdo de ella: una mujer cariñosa y entregada. Su ausencia era una herida que nunca terminaba de cerrar. A veces me preguntaba si alguna vez podría superarla.
Damiana Torres. Su nombre me provocaba un sabor amargo en la boca. Había sido la secretaria de mi padre cuando mi madre falleció. Ahora, al ser mayor, no podía evitar pensar que su relación había comenzado mucho antes. Ese pensamiento me corroía por dentro. Fue por ella que le pedí a mi padre que me enviara al extranjero. No soportaba verla ocupar el lugar de mi madre, adueñándose de todo como si le perteneciera.
Damiana tenía una hija, Emilia. Nunca podré olvidar cómo me miraba. Sus ojos oscuros eran insondables, como la noche misma. Recuerdo cómo sus mejillas se sonrojaban con el frío, haciendo que su piel pareciera más pálida y etérea. Inspiré hondo, intentando calmar la tensión en mi espalda. Sabía que pronto tendría que volver a verlas, y no habría forma de evitar su cercanía.
Mis años en el extranjero habían sido un refugio. Terminar el instituto en North Houston Early College, en Texas, me permitió alejarme del caos de mi familia. Luego me mudé a Berkeley para estudiar negocios internacionales en la Universidad de California. Aquellos fueron buenos tiempos: fiestas de la facultad, chicas, amigos... una vida de libertad y soledad que aprendí a amar. Después de graduarme, trabajé en varias empresas, forjando mi propio camino.
Y sin embargo, aquí estaba, de regreso en la Capital. Había accedido porque mi objetivo era claro, aprender a manejar la fábrica que, en realidad, ni siquiera era de mi padre. Todo lo que teníamos pertenecía a mi madre. Cuando se casaron, él era apenas un empleado más en la empresa de mi abuelo. Pero cuando surgío una oportunidad irrechazable, mi abuelo confió en mi madre, cediéndole la empresa. Ella, joven y recién casada, creyó en la promesa de un futuro compartido.
Hace unos días, mi hermana Mara me dio una noticia que me dejó intrigado. Resulta que mi hermanastra Emilia estaba de novia con el hijo de uno de los magnates más ricos del país. Irónicamente, ese hombre era el mismo con quien mi padre había hecho negocios durante años, el dueño de Industrias Cazares.
La ironía era tan amarga como dulce. Si algo había aprendido en mi vida era que las coincidencias no existían. Todo formaba parte de un juego calculado.
No pienso permitir que nadie se quede con lo que por derecho me pertenece. Necesitaba descubrir cuáles eran las verdaderas intenciones de mi padre con la familia Cazares.
La casa de mis padres estaba ubicada en un sector exclusivo al norte de la ciudad. Cuando me mudé al extranjero, no había mucho alrededor, y el acceso era únicamente por auto. Ahora, diez años después, todo había cambiado. Nuevos caminos y accesos se habían construido, como si el tiempo hubiera decidido remodelar los recuerdos de mi infancia.
Recorrimos la larga carretera hasta llegar a aquella curva familiar. Ahí estaba el arco de acceso al fraccionamiento, con letras imponentes que leían: "El Campanario". El paisaje era diferente, pero no lo suficiente como para borrar los ecos del pasado.
Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando llegué a la casa. Una construcción de estilo contemporáneo que parecía más fría y ajena de lo que recordaba. Toqué el timbre, y el ama de llaves apareció al otro lado. Al principio no me reconoció, pero bastó con decir mi nombre para que me abriera la puerta de inmediato.
Al cruzar el umbral, viejos recuerdos de mi infancia me asaltaron, cada uno de ellos impregnado de la presencia de mi madre. Todo parecía tan distante ahora, como si esa parte de mi vida perteneciera a otra persona.
-¡Álvaro! Pero qué sorpresa, hubieras avisado que venías -dijo esa voz que siempre lograba irritarme. Damiana Torres, mi madrastra, me observaba con su eterna sonrisa fingida. Su tono era cálido, pero sus palabras estaban impregnadas de hipocresía. Desde siempre había tratado de minimizarme a mí y a mi hermana.
-¿Habría hecho alguna diferencia? Ya estoy aquí -respondí con un tono despectivo que no me molesté en ocultar.
-Claro que no. Me alegra verte. Tu padre estará encantado -replicó, acercándose para darme un abrazo que sentí tan falso como ella misma.
Por fuera, Damiana aparentaba alegría al verme, pero su mirada la delataba. Sabía que mi llegada no le agradaba en absoluto. Mientras esperaba que mi padre apareciera, dediqué unos segundos a observarla. Rondaba los cuarenta y tantos, aunque las cirugías y tratamientos caros le ayudaban a aparentar menos. Su melena castaña clara, siempre perfectamente arreglada, y sus facciones afiladas eran un recordatorio constante de su obsesión por mantener una apariencia impecable. Su silueta delgada no hacía más que confirmar que, para ella, las apariencias eran lo único importante. Era el tipo de mujer que no trabaja, pero vive cómodamente gracias al dinero de otros.
-¡Hijo, qué sorpresa tenerte aquí! -exclamó mi padre mientras entraba en la sala. Su voz resonó con una calidez genuina que contrastaba con la frialdad de Damiana. Me dio un abrazo que, aunque torpe, llevaba la carga de los años que habíamos estado separados. El tiempo no había pasado en vano; las canas comenzaban a dominar su cabello oscuro.
Pasamos un largo rato conversando. Le expliqué que mi regreso a la Capital era definitivo y que estaba dispuesto a quedarme para apoyarlo en la empresa familiar. Su reacción fue positiva, como si mi decisión fuera justo lo que había estado esperando.
-Estoy seguro de que será lo mejor para todos -dijo mi padre con una sonrisa de satisfacción. Luego, con tono serio, comenzó a hablarme de sus planes para Emilia, mi hermanastra.
Según él, la intención era casarla con el hijo de Ernesto Cazares. Este matrimonio, según sus cálculos, nos traería enormes beneficios. Nuestra empresa era uno de los principales proveedores de asientos para autos, e Industrias Cazares se encargaba de armar el interior de varios modelos. En los últimos años, esa empresa se había convertido en una industria gigante, y pronto lanzarían su propio modelo de auto. Unirnos a ellos, al parecer, era un movimiento estratégico.
-Emilia es... complicada. Una rebelde sin causa -continuó mi padre-. Tuvimos que presionarla para que aceptara al hijo de Ernesto, pero al final cedió. Aun así, necesito que estés atento. Tal vez, si te portas bien con ella, puedas convencerla de que haga lo correcto. Yo no tengo tanta paciencia.
Sus palabras me dejaron pensando. Tal vez sería útil acercarme a Emilia, pero no porque quisiera ayudar a mi padre. Había mucho en juego, y yo no estaba dispuesto a quedarme al margen.
...
Una vez instalado en mi habitación, le envié un mensaje a un amigo del Instituto invitándolo a beber algo. Creí que estaría bien ver a alguien conocido y ponerme al tanto de lo que había hecho en los últimos años de su vida. Quedamos a las diez en un bar famoso de la ciudad. Apenas eran las nueve, pero después de la plática con mi padre y el sabor áspero del whisky que me ofreció, solo logré abrir mi apetito por unos tragos. Decidí salir temprano para irme ambientando mientras Gael llegaba al bar.
El bar donde habíamos quedado era tranquilo. Había mesas ocupadas por personas bebiendo y comiendo. Como iba solo, no vi el caso de pedir una mesa; me senté en una de las sillas de la barra y ordené un whisky. Mientras lo traían, observé a mi alrededor. Fue entonces cuando la vi. Aquella chica de piel pálida y cabello teñido de un rojo intenso. Sus labios, del mismo color, destacaban de una forma irresistible. Su belleza era increíblemente tentadora, casi como una manzana prohibida. La miré por unos instantes; ella me recordaba a alguien... Mi boca se llenó de saliva al evocarla, y me maldije por ello.
En un instante, la chica notó mi mirada. Le dediqué una sonrisa divertida, y cuando me devolvió el saludo con una tierna sonrisa, supe que tenía que acercarme. Bajé de la silla con paso seguro y caminé hasta donde estaba sentada. Para mi fortuna, el banco a su lado estaba vacío.
-¿Cómo te llamas? -pregunté, posando la mirada en sus labios carmín.
-Emma -respondió ella. Luego añadió-: ¿Y tú cómo te llamas?
¿Emma? Pensé. Hasta su nombre era similar... La observé de pies a cabeza. No podía ser ella, aunque el recuerdo de su rostro era vago. No, no podía ser, porque Damiana jamás permitiría que su hija se vistiera con una falda de cuero, medias, botas altas y transparencias negras.
-Emmanuel -le respondí. Estaba embelesado por la frescura de su piel. Sin evitarlo y con toda intención, rocé con mis dedos su hombro descubierto, bajando lentamente hasta su codo. Pronto me di cuenta de que había sido un completo estúpido al inventar ese nombre. Emmanuel era casi idéntico al suyo, aunque no planeaba decirle el verdadero. Esta chica me provocaba un deseo tan intenso que no podía ignorarlo. A lo mucho, esto sería solo una aventura de una noche, claro, siempre que ella lo permitiera
-¿Vienes sola? -pregunté.
-Sí. ¿Y tú?
Perfecto, pensé. Esto sería más fácil de lo que creía.
-Espero a un amigo, pero tal vez pueda verlo otro día. Ahora estoy ocupado admirando la belleza de una hermosa dama -dije, notando cómo mis palabras intencionadas lograron el efecto deseado. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, provocándome una oleada de placer.
Emilia Díaz
Cuando tenía ocho años, mis padres se divorciaron. No quedaron en buenos términos. Durante casi dos años pelearon ferozmente por mi custodia; mi madre insistía en que mi padre no volviera a verme. Nunca entendí realmente sus razones.
A los diez, mi madre conoció a un hombre rico, dueño de una fábrica, que la deslumbró al instante. Pero en aquel entonces, ella no era más que su secretaria. Al poco tiempo, se casaron, y nos mudamos con él. Mi padrastro, Lorenzo Duarte, tenía dos hijos: Álvaro, que tenía quince años, y Mara, de mi edad.
Gracias a su dinero e influencias, Lorenzo logró que mi madre obtuviera mi custodia absoluta. Las reglas eran claras: solo podía hablar con mi padre por teléfono y verlo una vez al año. Recuerdo la primera vez que lo visité bajo esas condiciones. Me abrazó con fuerza, derramando lágrimas mientras me decía cuánto me amaba y que todo estaría bien. Pero no lo estuvo. Mi madre y Lorenzo le habían infligido un daño irreparable, separándonos de una forma cruel y despiadada.
Siendo apenas una niña, no comprendía del todo lo que sucedía a mi alrededor. Pero con el tiempo, me di cuenta de que mi vida era un vacío constante. No tenía a nadie con quien hablar, y mi padre y su familia habían desaparecido casi por completo de mi mundo. Tampoco me quedaba el consuelo de los parientes de mi madre; ella los había rechazado al casarse con Lorenzo, alegando que eran de "baja clase".
La relación con mi madre era distante. Nuestras conversaciones nunca pasaban de lo superficial. Lorenzo, en cambio, no perdía oportunidad para dirigirme palabras crueles. Me regañaba constantemente, ya fuera durante el desayuno o la cena. Mi madre, temerosa de perder los lujos que su esposo nos proporcionaba, prefería guardar silencio.
Lorenzo me recordaba a diario que yo no era parte de su familia, que era una simple "mantenida". Se complacía comparándome con su hija, Mara, a quien consideraba perfecta. Mara era una chica tímida y callada, encantadora a su manera, pero carente del coraje necesario para enfrentar la vida. Algunas veces la defendí de las chicas crueles del Instituto. A pesar de eso, nunca llegamos a ser amigas; éramos simplemente hermanastras. No me desagradaba, pero tampoco sentía un vínculo cercano con ella.
¿Por qué estoy recordando todo esto? Porque, justo cuando creía que mi infierno en la casa de los Duarte estaba llegando a su fin, la vida me demostró que estaba muy equivocada.
Cuando entré a la universidad, conocí a un chico. Él estudiaba Economía y Finanzas, mientras que yo me especializaba en Filosofía y Letras. Su facultad estaba justo al lado de la mía. Adoraba leer y perderme entre cientos de libros; era mi refugio. Cada página me ayudaba a escapar de mi realidad, permitiéndome imaginar mundos mejores en mi mente.
Resulta que este chico se llama Esteban Cazares. Era sumamente guapo, el más popular y galán de toda la universidad; el sueño de cualquier chica. Además, estar con él traía muchos beneficios, ya que era hijo de uno de los magnates más poderosos de la ciudad: el dueño de Industrias Cazares.
Al principio, nuestra relación era de amistad. Casi siempre me buscaba al terminar las clases y me invitaba a salir. Hasta ahí todo bien. Pero un día, Esteban me pidió que fuera su novia. Aunque me gustaba, no estaba segura de aceptar; sabía que mi padrastro tenía negocios con su padre, y eso me hacía dudar.
De algún modo, la noticia llegó a oídos de mi padrastro. Ese día me encerró en su despacho. Su rostro era de piedra, y su voz, afilada. Me exigió que aceptara la propuesta de Esteban. "De lo contrario, este año no visitarás a tu padre", sentenció. En ese momento, lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. Ver a mi padre era una de las pocas cosas que iluminaban mi vida, y Lorenzo lo sabía. Usó ese vínculo como moneda de cambio para manipularme.
Toda atracción que sentía por Esteban se desvaneció. Lo único que quedaba era una amarga sensación de obligación. Acepté ser su novia, pero lo hice únicamente para mantener a mi padrastro contento.
A pesar de mis constantes rechazos a sus intentos de acercarse más íntimamente, duramos casi un año como pareja. Con mucho esfuerzo, Esteban respetó mi decisión de no tener sexo con él. Sin embargo, hoy descubrí que me ha estado engañando con cuanta mujer se le cruza en el camino.
Cuando lo confronté, no se molestó en negarlo. En su lugar, se excusó, alegando que era mi culpa: "No eres la novia ideal. No me satisfaces como hombre, así que tuve que buscar en otros brazos lo que tú no me das". Sus palabras me dejaron asqueada. Ese fue el punto final. Lo terminé en ese mismo instante.
Ahora estaba en un bar, bebiendo tequila y reflexionando sobre las consecuencias de mi decisión. Sabía que esto enfurecería a mi padrastro. Tal vez esta vez sí cumpliría su amenaza de no dejarme visitar a mi padre.
El corazón me dolía al pensar en mi papá y mis hermanitos. Los extrañaba tanto que una lágrima traicionera escapó de mis ojos y rodó por mi mejilla.
A veces tenía unas ganas inmensas de escapar, de dejar toda mi vida junto a mi madre, de huir a un lugar lejano donde nadie pudiera encontrarme. Fingir, ser alguien más y, finalmente, vivir mi propia vida.
Pero no podía. No todavía. Necesitaba terminar mi carrera, obtener mi título, buscar un trabajo y ahorrar suficiente dinero. Solo entonces podría pensar en huir de esa casa que tanto detestaba. Aún faltaba mucho para que ese día llegara, pero no veía otra manera de liberarme.
-¿Otro? -preguntó el bartender, sonriendo al notar que mi vaso ya estaba vacío.
Asentí con la cabeza y deslicé el vaso entre mis dedos hasta ponerlo en sus manos.
-¿Cómo te llamas? -preguntó mientras dejaba un vaso lleno de tequila frente a mí.
-Emilia -respondí en seco, sin mucho interés.
No me había percatado de que el bartender era un chico bastante atractivo. Le calculé unos veintiséis años. Era del tipo rudo: llevaba un chaleco de mezclilla sin nada debajo, dejando a la vista los músculos marcados de sus brazos. Su rostro tenía facciones cuadradas, con una barba de candado perfectamente definida, ojos oscuros y un cabello rebelde que parecía desafiar cualquier intento de orden.
-Lindo nombre, Emilia -dijo, mirándome con una expresión cargada de deseo.
Por un instante, mi mente comenzó a divagar. ¿Y si hiciera lo mismo que Esteban? ¿Y si me divirtiera a más no poder con el primer chico que se cruzara en mi camino?
Mientras decidía si seguir conversando con el bartender o no, sentí la mirada de alguien más, a unos metros de donde estaba sentada.
Al otro lado de la barra, un hombre muy apuesto me observaba con atención. Cerré los ojos con fuerza, pensando que el alcohol empezaba a jugarme malas pasadas. Pero cuando los abrí, allí seguía. Y me sonrió.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Era un hombre increíblemente atractivo. Llevaba una camisa celeste y un pantalón de vestir gris, un atuendo poco común para un bar como este, pero que le quedaba impecable. En ese instante, sentí que aquel desconocido irradiaba más confianza que el bartender.
Le devolví la sonrisa, un poco traviesa.
Él sonrió también y movió la cabeza, divertido. Unos momentos después, ya estaba sentado junto a mí en la barra.
-¿Cómo te llamas? -preguntó, ladeando ligeramente la cabeza y fijando su mirada en mi boca.
-Emma -articulé sin pensarlo.
De reojo, noté la mirada acusatoria del bartender, quien hace solo unos minutos había escuchado otro nombre salir de mis labios. Desvié la mirada rápidamente, incómoda.
-¿Y tú? ¿Cómo te llamas? -pregunté con curiosidad.
-Emmanuel -respondió con un tono sensual mientras su dedo índice rozaba mi hombro descubierto, deslizándose lentamente hasta mi codo.
Sentí cómo mi piel se erizaba al instante. Internamente, me reí. Era obvio que también me estaba dando un nombre falso. ¿Emma y Emmanuel? Demasiada coincidencia.
-¿Vienes sola? -preguntó, ahora con un tono más inquisitivo.
-Sí -contesté, completamente embelesada por su atractivo-. ¿Y tú?
-Estoy esperando a un amigo, pero tal vez pueda verlo otro día. Ahora estoy ocupado admirando la belleza de una hermosa dama -dijo, su voz tan seductora que me dejó completamente derretida.
Sentí cómo el calor subía a mis mejillas. Estaban ardiendo, y no por la cantidad de alcohol que había tomado, sino por aquel hombre que tenía frente a mí.
Por un momento, me sentí un poco culpable. No era el tipo de chica que se dejara llevar por un impulso con un desconocido, pero, al mismo tiempo, deseaba liberarme de todo lo que me ataba, de las decisiones que otros tomaban por mí. Si Esteban quería estar con otras chicas, ¿por qué no simplemente terminó conmigo? Eso habría sido mucho más fácil y, quizá, habría dejado de sentir la presión constante de mi padrastro para mantener esa relación.
Sin embargo, pensándolo bien, nadie tenía que enterarse de lo que estaba a punto de suceder.
Tras un rato de conversación, Emmanuel me propuso buscar un lugar más tranquilo. Acepté con una mezcla de curiosidad y determinación. Parecía un hombre decidido, alguien que sabía lo que quería. Pero me sorprendió cuando aparcó frente a un hotel a las afueras de la ciudad.
-Si no quieres, lo entenderé -dijo, percibiendo la vacilación en mi rostro.
Por mi mente desfilaron imágenes de todo lo que me había llevado hasta aquí: Esteban, mi padrastro, mi madre. Y entonces lo decidí, ¡al diablo con todos ellos! Nadie debía decidir sobre mi vida.
-Sí, quiero -respondí, intentando mantener la compostura.
Entonces, como si hubiera esperado esa señal, Emmanuel se inclinó hacia mí y me besó con firmeza, un gesto que despertó en mí emociones que nunca antes había experimentado. Era todo nuevo, pero no me sentía incómoda; al contrario, parecía exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Me tomó suavemente de la mano, sus dedos recorrieron mi piel con una calidez inesperada. Una sensación extraña se apoderó de mí, una mezcla de nervios y expectación. Notó mi respiración agitada y se detuvo un momento, mirándome directamente a los ojos.
-No tienes nada de que preocuparte. Solo quiero que te sientas bien, este es un pequeño anticipo de lo que te haré sentir una vez que estemos en la habitación -dijo, su voz baja y tranquila.
Sonreí ligeramente, dejando que la tensión se disipara mientras avanzábamos hacia el estacionamiento del hotel.
Nunca antes había vivido algo así, ni siquiera con Esteban. Era la primera vez que me permitía actuar por mi propia voluntad, tomando una decisión solo para mí, sin importar lo que pensaran los demás. Aun así, no podía evitar que los nervios me invadieran. Pero, en ese momento, algo estaba claro, esta era mi elección, y nadie podía arrebatármela.
Emilia Díaz
Al menos, el lugar era más elegante de lo que esperaba. Eso, de algún modo, me hacía sentir un poco más tranquila respecto a lo que estaba a punto de suceder. Por un momento, la curiosidad me invadió. Emmanuel vestía como alguien que trabajaba en una oficina, tal vez un profesionista que ganaba bien. ¿A qué se dedicaría exactamente? No lo sabía, y en realidad no debía importarme.
¿Qué estaba pensando? Esto solo era un encuentro casual. No volvería a verlo, no podía volver a verlo. Además, parecía mayor que yo, quizás cinco o seis años. Nunca había salido con alguien con tanta diferencia de edad, y la idea de que probablemente fuera muy experimentado me inquietaba un poco.
No pude evitar dar un salto del sofá de la sala de recepción para ponerme de pie, en cuánto escuché su voz.
-¿Subimos a la habitación? -preguntó Emmanuel de pronto, sacándome de mis pensamientos.
Salté ligeramente en el sofá de la recepción al escuchar su voz. Tenía las llaves de la habitación en la mano, y una sonrisa que revelaba unos dientes perfectos. Su mirada, intensa y segura, me recordó a un lobo que acababa de encontrar a su caperucita roja. Me estremecí.
Asentí, casi hipnotizada por sus ojos. Miré a mi alrededor con discreción, rogando que nadie que conociera a Lorenzo me descubriera. Emmanuel extendió su mano hacia mí, y, como si fuera una niña obediente, entrelacé mi mano a la de él. Sentí como una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo mientras subíamos en el elevador. Él me observaba fijamente, con una intensidad que me hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, fascinada. Tal vez él ya me estaba desnudando en su mente, mi respiración se volvió agitada ante aquel pensamiento que lo único que ocasiono fue esa sensación de humedad naciente, de mi intimidad.
Lo que siguió fue una noche que se alargó más de lo que imaginé. Entre caricias y susurros, Emmanuel demostró ser un hombre experimentado, alguien que sabía exactamente cómo conducirse en esos momentos. No sabría describir mi primera experiencia como buena o mala, simplemente fue diferente, algo completamente nuevo para mí. Era como si estuviera descubriendo una parte de mí que nunca antes había explorado.
No supe en qué momento me quedé dormida, agotada por completo.
Desperté sobresaltada. ¿Qué hora era? Mi corazón se aceleró al notar que la habitación estaba casi a oscuras, salvo por la tenue luz que entraba desde la calle. Emmanuel dormía de espaldas a mí, con la respiración tranquila. Me incliné hacia el piso, buscando a tientas mi ropa y mis cosas. ¡Las cuatro de la madrugada!
El frío del mosaico me hizo temblar mientras me vestía rápidamente. Si mi madre o mi padrastro descubrían que no había vuelto a casa, ¡Me matarían!.
Creí que no había hecho ruido, pero Emmanuel encendió la lámpara junto a la cama.
-¿Qué pasa? -preguntó con voz adormilada, seguido de un bostezo.
-Tengo que irme -contesté con prisa.
Él se recostó contra el cabecero, observándome mientras terminaba de vestirme.
-Podemos repetirlo cuando quieras -dijo con una sonrisa tranquila-. Dame tu número.
-Lo siento, no puedo -respondí, mordiéndome el labio. La verdad era que, muy en el fondo, deseaba volver a repetirlo. Emmanuel tenía un aire irresistible, y la sensación de sus manos sobre mi piel todavía me rondaba en la mente. Quería volver a tocar ese abdomen de adonis que tenía, sentir como se apretaba a mi cuerpo.... que estaba haciendo, estaba fantaseando con él cuando acabábamos de tener intimidad, ¿qué aún no llenaba? Sacudí mi cabeza para deshacerme de esos pensamientos indecentes.
-¿Quieres que te lleve? -preguntó mientras se incorporaba ligeramente.
-No, gracias. Puedo llegar sola -respondí con una sonrisa tensa.
-Como quieras... -dijo encogiéndose de hombros. Se volvió a acostar, dándome la espalda, como si planeara pasar el resto de la noche en el hotel.
Me dirigí a la puerta con rapidez, mi mente aún estaba revuelta. Había tomado una decisión impulsiva, pero ahora solo quería salir de ahí, volver a casa y enfrentar lo que viniera después.
...
Cuando desperté, me sentía agotada y hambrienta. Al menos había logrado llegar a casa esta madrugada sin que nadie notara la hora. Apenas tuve tiempo para dormir un par de horas.
Me duché rápidamente y elegí un atuendo sencillo: pantalones ajustados, una blusa negra de manga tres cuartos con cuello en U y mis converse negros. Siempre prefería la comodidad sobre cualquier otra cosa, no me veía usando faldas o vestidos; mi estilo era más sombrío y práctico, que femenino como el de mi hermanastra Mara.
Era temprano, así que tenía tiempo suficiente para desayunar y tomar el autobús a la universidad. Después de la discusión de ayer con Esteban, dudaba mucho que pasara por mí.
Tomé mi mochila y, al salir de mi habitación, mi cuerpo se quedó completamente helado. Lo vi caminando por el pasillo. En dirección hacia mí. Mis ojos se abrieron de par en par al reconocerlo, y un frío recorrió mi columna. Era él.
-¿Qué haces aquí? -pregunté, apenas recuperando la voz.
Él se detuvo al verme y, con la misma expresión de asombro, avanzó rápidamente hacia mí. Antes de que pudiera reaccionar, me jaló al interior de mi habitación y cerró la puerta con seguro.
¿Qué estaba pasando? ¿Cómo había llegado Emmanuel a mi casa?
Él me observaba con enfado mientras pasaba una mano por la parte trasera de su cuello, como si intentara procesar algo imposible.
-¿Eres Emilia? -preguntó. Su tono no dejaba claro si era una pregunta o una afirmación. Solo pude asentir, completamente desconcertada.
-¿Cómo sabes mi nombre? -pregunté finalmente, sintiendo cómo una mezcla de miedo y curiosidad me invadía-. ¿Y cómo entraste a mi casa?
Él río con ironía, como si la respuesta fuera obvia.
-Soy Álvaro. ¡Tu hermanastro!
El mundo pareció detenerse. ¿Qué?
Mi mente se llenó de preguntas sin sentido: ¿Cómo había pasado? ¿En qué momento regresó? ¿Cómo no me di cuenta? Un millón de pensamientos cruzaron mi cabeza al mismo tiempo, pero ninguno lograba quedarse claro.
Mis nervios eran evidentes, y Álvaro lo notó. Me sostuvo con fuerza de los hombros, acorralándome contra la puerta.
-Escúchame bien, Emilia -dijo con un tono grave, sus oscuros ojos estaban clavados en los míos-. Nadie puede enterarse de lo que pasó ayer. ¿Entendido?
Asentí, aún más asustada por su actitud intimidante. Sus manos seguían sujetándome con tanta fuerza que comenzaban a doler.
-¿Cuándo regresaste? -pregunté, tratando de comprender todo esto.
-Ayer por la tarde -respondió con desdén-. Si hubieras estado en casa como deberías, nada de esto habría sucedido.
¿Cómo se atrevía a culparme?
-¿Ahora esto es mi culpa? -repliqué, sintiendo cómo la indignación se apoderaba de mí.
-¿Qué hacías ayer a altas horas de la noche sola en un bar? Se supone que tienes novio, el hijo de los Cazares.
Su tono autoritario me enfureció.
-Él y yo terminamos -dije con firmeza, tratando de controlar mis emociones.
Su expresión cambió por completo, y una mezcla de enfado y sorpresa lo invadió.
-¿Qué? No pueden terminar. Él es nuestro pase al crecimiento de la empresa -respondió, visiblemente molesto.
Mi cuerpo se tensó. No podía creer que el hombre que anoche había sido tan seductor y encantador ahora se comportara como un imbécil frío y calculador. Una ola de coraje me recorrió por completo, pero me negué a llorar frente a él.
-Eres igual que tu padre. Los dos son unos oportunistas -escupí con rabia.
Álvaro entrecerró los ojos y, con un tono amenazante, respondió:
-Más te vale que midas tus palabras, Emilia.
-¡Déjame en paz! -exclamé, cansada de toda esta absurda situación.
Con evidente molestia, soltó mis brazos y se pasó una mano por la cara, como si intentara calmarse, intentando recuperar la compostura. Luego, volvió a mirarme, su expresión estaba endurecida.
-Te diré lo que vas a hacer -dijo con voz firme -vas a ir a la escuela y a reconciliarte con tu noviecito. Después tú y yo hablaremos, pero no aquí. Nadie debe saber lo que pasó, ¿entendido?
Sin esperar respuesta, salió de mi habitación dando un portazo. Me quedé paralizada por un momento, hasta que la rabia y la frustración se apoderaron de mí. Maldije mi suerte. Entre todos los hombres con los que pude haber tenido una aventura, tenía que ser él.
Me llevé las manos al rostro, cerré los ojos con fuerza y deseé que todo esto fuera solo una pesadilla. ¿Cómo iba a vivir ahora bajo el mismo techo que Álvaro? Cada vez que lo viera, el recuerdo de aquella noche volvería a mi mente. ¿Por qué le di un nombre falso?
Bajé a desayunar con el ánimo por los suelos, arrastrando los pies como si el peso del mundo estuviera sobre mis hombros. Para mi fortuna, todos estaban ya sentados en la mesa, excepto Álvaro. Tomé mi asiento de siempre y murmuré un "buenos días" que apenas se oyó.
Martha, la señora que trabajaba en casa, me sirvió el desayuno mientras yo evitaba mirar a mi padrastro. Nunca sabía si su humor sería malo o simplemente terrible. Mi suerte cambió para peor cuando Álvaro apareció en el comedor y se sentó frente a mí. Su mirada despectiva me atravesaba como una lanza.
-Emilia, saluda a Álvaro, llegó ayer por la tarde para quedarse a vivir con nosotros, a partir de ahora pronunció mamá al mismo tiempo que miraba de reojo a Lorenzo quien no le estaba prestando la menor intención por ver el periódico.
-Hola... Álvaro, que bueno que estés de nuevo en México -dije sin atisbo de ánimo en mi voz, nunca he sido buena para fingir algo que no siento.
-Emilia, cuánto tiempo...-respondió, centrándose en la comida que le estaban sirviendo.
-Hoy tengo una reunión muy importante con Ernesto Cazares -anunció mi padrastro con su tono autoritario de siempre-. Espero que te estés portando muy bien con Esteban.
Mi cuerpo se tensó. La mención de Esteban hizo que un escalofrío me recorriera. Álvaro me miró fijamente; él sabía que Esteban y yo habíamos terminado. Cuando mi padrastro se enterara, el conflicto sería inevitable.
-Te recuerdo que estudias en una de las mejores universidades privadas gracias a mí -agregó, con ese tono que usaba para recordarme lo que debía.
Mi estómago se revolvió.
-No tiene que repetírmelo todos los días. Eso ya lo sé -respondí, tratando de mantener la calma.
Él frunció el ceño, visiblemente molesto.
-Vete haciendo a la idea de que terminarás casándote con Esteban. Es un excelente partido.
Su comentario fue la gota que derramó el vaso.
-¿Para usted o para mí? -lo interrumpí, con una mezcla de rabia y frustración.
El comedor quedó en silencio. Mis palabras habían logrado enfurecerlo. Golpeó la mesa y lanzó la servilleta de tela al centro.
-¡No me provoques, Emilia! -gritó, su voz resonó en el aire como un trueno.
Todos en la mesa me miraron. Mi madre, como siempre, permaneció callada, observando en silencio mientras mi padrastro me regañaba y me humillaba. En todos estos años, nunca me había defendido. Nunca.
Mi padrastro abrió la boca para continuar su arenga, pero Pedro, el mayordomo, apareció justo a tiempo.
-Señorita Emilia, afuera está el joven Esteban -anunció con serenidad.
Suspiré aliviada.
-Gracias, Pedro.
Esta era mi oportunidad de escapar de aquella tormenta. Me levanté rápidamente, agarrando mi mochila. Mientras salía del comedor, miré de reojo a Pedro y le hice una señal de "gracias" con los labios. Él me respondió con un guiño, cómplice como siempre.