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Devolución Sin Condiciones

Devolución Sin Condiciones

Autor: : Xia Qingnuan
Género: Romance
Trabajé años para construir mi carrera como arquitecta, y finalmente, la oportunidad de mi vida llegó: presentar un proyecto millonario para "Aldunate & Co.". Pero el destino, o la envidia, tenía otros planes. Javier Aldunate, un viejo conocido universitario, revivió el cruel rumor que destruyó mi juventud: me llamó "dama de compañía" frente a todos, insinuando que mis logros eran favores. La humillación fue pública, despojada de mi proyecto y humillada hasta la médula. Lo peor fue ver a Mateo Castillo, el inversor principal y mi antigua conexión, aprobar mi caída con una mirada fría, reafirmando que la "reputación lo es todo" y permitiendo que mi carrera se desmoronara. Justo cuando creía tocar fondo, la vida me dio otra bofetada: mi hermano Ricardo, un músico talentoso, fue amenazado por mafiosos. Cincuenta millones de pesos en 24 horas, o sus dedos, y su sueño, desaparecerían. ¿Cómo podía la vida ensañarse tanto conmigo? Sin un centavo y con el tiempo agotándose, solo quedaba una opción, una que me destrozaba el alma: suplicar ayuda al hombre que me había pisoteado. Mateo Castillo. ¿Me arrastraría él por el barro, o me salvaría, pero a qué precio?

Introducción

Trabajé años para construir mi carrera como arquitecta, y finalmente, la oportunidad de mi vida llegó: presentar un proyecto millonario para "Aldunate & Co.".

Pero el destino, o la envidia, tenía otros planes. Javier Aldunate, un viejo conocido universitario, revivió el cruel rumor que destruyó mi juventud: me llamó "dama de compañía" frente a todos, insinuando que mis logros eran favores.

La humillación fue pública, despojada de mi proyecto y humillada hasta la médula. Lo peor fue ver a Mateo Castillo, el inversor principal y mi antigua conexión, aprobar mi caída con una mirada fría, reafirmando que la "reputación lo es todo" y permitiendo que mi carrera se desmoronara.

Justo cuando creía tocar fondo, la vida me dio otra bofetada: mi hermano Ricardo, un músico talentoso, fue amenazado por mafiosos. Cincuenta millones de pesos en 24 horas, o sus dedos, y su sueño, desaparecerían. ¿Cómo podía la vida ensañarse tanto conmigo?

Sin un centavo y con el tiempo agotándose, solo quedaba una opción, una que me destrozaba el alma: suplicar ayuda al hombre que me había pisoteado. Mateo Castillo. ¿Me arrastraría él por el barro, o me salvaría, pero a qué precio?

Capítulo 1

La pantalla del proyector iluminaba mi rostro, pero yo solo sentía el frío de la sala de reuniones.

-Este diseño maximiza la luz natural y se integra con el paisaje del Valle de Colchagua, creando una experiencia de lujo sostenible.

Mi voz sonaba segura, pero por dentro temblaba. Este proyecto era mi oportunidad, la que había esperado durante años.

Javier Aldunate, el director de "Aldunate & Co.", me miraba con una sonrisa torcida. No era una sonrisa de aprobación, era de reconocimiento.

-Rojas... Isabella Rojas -dijo, arrastrando las palabras-. No sabía que ahora te dedicabas a la arquitectura. Pensé que tus talentos eran... diferentes.

El aire se congeló. El murmullo de los ejecutivos se detuvo.

Sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí, juzgándome. El viejo rumor, la mentira que Catalina Soto esparció en la universidad, volvía a ahogarme. La "dama de compañía" que pagaba sus estudios con favores.

El director de mi firma, el señor Valdivia, carraspeó, incómodo.

-Señor Aldunate, la arquitecta Rojas es nuestra líder de proyecto. Su propuesta es excepcional.

Javier soltó una risa seca.

-Excepcional, sin duda. Pero la reputación es clave, Valdivia. No podemos arriesgar un proyecto de esta envergadura con alguien cuyo... pasado es cuestionable.

El señor Valdivia, un hombre que siempre evitaba el conflicto, bajó la mirada.

-Entiendo.

Luego se giró hacia mí, su voz apenas un susurro.

-Isabella, te agradezco tu trabajo. Pero Aldunate & Co. ha solicitado que te retires del proyecto.

Incredulidad. Frustración. Una injusticia tan grande que me quemaba por dentro.

-Mi trabajo habla por sí mismo -dije, manteniendo la voz firme a duras penas.

-Tu trabajo es excelente, Isa -intervino Javier, con un falso tono de consuelo-. Pero en nuestro mundo, a veces eso no es suficiente.

Me levanté, recogiendo mis cosas con una dignidad que no sentía.

-Entonces les deseo suerte con un proyecto mediocre. Porque la gente que juzga por prejuicios rara vez consigue la excelencia.

Estaba a punto de salir cuando la puerta se abrió.

El hombre que entró detuvo el tiempo.

Mateo Castillo.

Más alto, más imponente que en mis recuerdos. El traje caro hecho a medida marcaba unos hombros anchos. Su pelo negro, antes rebelde, ahora estaba perfectamente peinado hacia atrás. La sonrisa fácil de universitario había sido reemplazada por una máscara de frialdad y poder.

Era el inversor principal. El dueño de todo. El hombre que una vez me miró con interés y luego me destrozó con sus palabras crueles, creyendo la misma mentira que Javier acababa de revivir.

Nuestros ojos se encontraron por un segundo. Vi un destello de sorpresa, nada más.

Javier se acercó a él, sonriendo como un depredador.

-Mateo, justo a tiempo. Estábamos resolviendo un pequeño... problema de personal.

Mateo ni siquiera me miró. Su voz era hielo puro.

-Javier tiene razón. La reputación lo es todo. Procedan.

Esa fue la última estocada. Que él, de entre todas las personas, lo permitiera. Que él diera la orden final.

No dije nada más. Salí de esa sala con la cabeza alta, pero sintiendo cómo mi mundo se derrumbaba pieza por pieza.

Afuera, la lluvia empezaba a caer sobre Santiago. Me detuve junto a la ventana del pasillo, viendo las gotas golpear el cristal.

Desde la puerta de la sala de reuniones, Mateo me observaba. Su rostro era una máscara indescifrable.

Javier se unió a él.

-¿Crees que fue demasiado duro? Podríamos haberla mantenido en un rol secundario.

Mateo se encogió de hombros, su indiferencia era más dolorosa que el desprecio.

-Es tu proyecto, Javi. Tú decides. Yo solo invierto.

Se dio la vuelta. Una asistente se tropezó cerca de él, derramando un vaso de agua. El agua salpicó sus zapatos carísimos.

-¡Estúpida! -siseó él, sin un ápice de compasión-. ¿No ves por dónde caminas?

La chica se quedó pálida, disculpándose una y otra vez.

Yo me alejé de la ventana. Salí del edificio y me paré bajo la lluvia, dejando que el agua fría empapara mi traje. Un niño sin hogar, acurrucado en un portal, me miraba con ojos hambrientos.

Sin pensarlo, entré a una panadería cercana y le compré un sándwich caliente y un jugo. Se lo entregué sin decir palabra.

El niño devoró la comida.

Yo me quedé allí, empapada, sintiendo que no importaba cuánto luchara, cuánto talento tuviera, para gente como Mateo y Javier, yo siempre sería algo que se podía pisar, usar y desechar.

A lo lejos, vi un auto de lujo detenerse. Mateo y Javier salieron de él, riendo, y entraron en un restaurante exclusivo al otro lado de la calle.

Desde su mundo de riqueza y poder, Mateo levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos.

Estábamos a pocos metros, pero nos separaba un abismo. Un abismo de clase, de poder y de un pasado que él había ayudado a destruir.

Capítulo 2

Al día siguiente, en la oficina, el aire estaba cargado de susurros. Las miradas de reojo me seguían a todas partes. Sabía lo que pensaban: la arribista había sido puesta en su lugar.

Estaba recogiendo mis cosas de la sala de proyectos cuando Javier Aldunate entró sin llamar.

Cerró la puerta detrás de él.

-Vaya, vaya. ¿No te cansas de dar lástima?

-¿Qué quieres, Javier? -pregunté, sin mirarlo.

Se apoyó en la mesa, invadiendo mi espacio.

-Solo vine a darte un consejo amistoso. Sé lo que intentas.

-No intento nada. Solo hago mi trabajo.

-Tu trabajo -se burló-. Crees que no sé cómo conseguiste esa beca en la universidad, ¿verdad? Catalina nos lo contó todo. Crees que puedes volver a hacer lo mismo con Mateo.

Me reí, una risa amarga y sin alegría.

-¿Con Mateo? Por favor, Javier. No me interesa en lo más mínimo. Ni él ni su círculo de víboras.

-Entonces aléjate de él. No te quiero cerca. No manches su reputación.

-No te preocupes. No tengo ninguna intención de acercarme.

-Más te vale. Si te veo intentando algo, me aseguraré de que no vuelvas a trabajar como arquitecta en todo Chile.

Acepté su amenaza con una calma que lo sorprendió.

-Bien. De hecho, pensaba en renunciar. No puedo trabajar en un lugar que permite que sus empleados sean humillados por clientes clasistas.

Justo en ese momento, la puerta se abrió. Era mi jefe, el señor Valdivia. Su rostro estaba pálido.

-Isabella, Javier... ¿qué ocurre aquí?

Javier sonrió.

-Nada, solo le deseaba suerte a la señorita Rojas en sus futuros proyectos.

Valdivia, siempre buscando complacer a los clientes poderosos, me miró con nerviosismo.

-Isabella, entiendo tu frustración, pero no podemos perder a Aldunate & Co. como cliente. Quizás podrías... tomarte unas vacaciones.

-No, gracias -dije, recogiendo mi caja de cartón-. Renuncio.

Salí de la oficina sin mirar atrás. En el pasillo, me encontré con Catalina Soto. Llevaba una carpeta con el logo de una agencia de marketing.

-Isa, qué sorpresa -dijo con su falsa dulzura-. Escuché lo que pasó. Qué terrible. Si necesitas algo...

-No necesito nada de ti, Catalina -la corté, mi voz fría como el acero.

Ella fingió estar herida.

-Solo intentaba ser amable.

Sabía que estaba aquí por Mateo. Siempre estaba donde él estuviera, como una sombra.

Mientras esperaba el ascensor, mi teléfono sonó. Era Emilia, mi mejor amiga y compañera de piso.

-¡Isa! ¿Estás bien? ¡Acabo de recibir un mensaje anónimo con una foto tuya y de Mateo en la universidad! ¡Dice cosas horribles!

Mi corazón se hundió. Catalina. Tenía que ser ella.

-Estoy bien, Emi. Te cuento cuando llegue a casa.

Cuando por fin llegué a nuestro pequeño departamento en el centro, Emilia me abrazó con fuerza.

-Esa perra de Catalina no descansa.

-Lo sé. Y lo peor es que renuncié.

-¡Hiciste bien! No merecen tu talento.

El alivio de estar con alguien que me creía era inmenso. Pero la realidad me golpeó de frente. Sin trabajo, ¿cómo pagaría el alquiler? ¿Y cómo ayudaría a mi hermano Ricardo?

Mi teléfono volvió a sonar. Era un número desconocido.

-¿Isabella Rojas?

-Sí, soy yo.

-Hablo de parte de... ciertas personas a las que su hermano Ricardo les debe mucho dinero.

El mundo se detuvo.

-¿Qué? ¿De qué habla?

-Su hermano es un jugador. Y ha perdido más de lo que puede pagar. Tiene 24 horas para conseguir cincuenta millones de pesos. O su prometedora carrera de músico terminará antes de empezar. Le romperemos los dedos, uno por uno.

Colgaron.

Me quedé paralizada, el teléfono en la mano. Cincuenta millones. Era una cifra imposible.

Llamé a Ricardo. No contestó.

Desesperada, llamé a los pocos amigos que tenía. Nadie podía prestarme ni una fracción de esa cantidad. Los bancos se reirían en mi cara.

Solo había una persona en el mundo que podía darme ese dinero en menos de 24 horas.

Una persona a la que juré nunca más volver a ver.

Con las manos temblando, busqué su número. Mateo Castillo.

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