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Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Autor: Kassandrapesnsamient
Género: Fantasía
Una traición. Un asesinato. Un reino al borde del colapso. Dianco, el joven heredero de Aethelgard, perdió a sus padres y al amor de su vida en una sola noche. Obligado a gobernar sin experiencia, deberá enfrentar enemigos poderosos que buscan invadir su continente y robar sus recursos. Convertido en el Alfa de Hielo, Dianco aprendió que el poder y el deseo son armas tan letales como la traición. Desde entonces, el amor dejó de ser un refugio y las mujeres, solo una distracción pasajera en su guerra contra el vacío. En un mundo donde la lealtad muere joven, el Alfa de Hielo gobierna con frialdad... y su corazón, con cicatrices que jamás volverán a sanar
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Capítulo 1 El Cristal Roto de Aethelgard.

A un solo año de cumplir los veinticinco, la edad fatídica en que su lobo interno rompería las cadenas para reclamar el trono, Dianco ya era una máquina perfecta de guerra y frialdad.

En Aethelgard todos esperaban el despertar de su lobo interno; el vínculo de sangre monárquico no despertaba sino hasta los veinticinco años, dejándolo temporalmente en la peligrosa frontera entre la humanidad y el poder puro de su estirpe.

Esa tarde, el aire en el despacho de su padre olía a pergamino viejo y cera fría.

Dianco se encontraba allí, sumergido en las sombras de la alcoba; el recuerdo de lo sucedido lo atormentaba, una tormenta de pensamientos que fue interrumpida cuando la puerta sonó con un golpe seco, resonando en la madera noble.

Era Otelo. Su rostro reflejaba una gravedad de hierro que confirmó los peores presagios del joven heredero.

El general cruzó el umbral con paso firme, la armadura tintineando apenas contra el silencio del lugar.

-Tenías razón en sospechar, Dianco -dijo el general con voz sombría.

Dianco alzó la mirada, clavando sus ojos azul glaciar en él.

-¿A qué te refieres, Otelo?

-A la muerte de los reyes, joven príncipe. No fue una fatiga del lobo lo que les arrebató la vida. Sus órganos estaban en perfecto estado hasta que algo los detuvo en seco.

Dianco apretó las mandíbulas, sintiendo una furia helada recorrerle las venas.

-Lo sabía, Otelo. Imaginé que había algo más.

-Los han envenenado con Belladona de Luna -murmuró el general, y su voz sonó como un rasguño de metal en la oscuridad.

-El veneno entró en su torrente sanguíneo mientras dormían, apagando a sus lobos antes de que pudieran siquiera intentar defenderse.

-¿Qué es eso de Belladona de Luna? -preguntó Dianco con voz ronca.

-Es un agente raro, silencioso y casi indetectable que paraliza el sistema nervioso central mientras el sujeto duerme.

-No sintieron dolor, pero no tuvieron oportunidad de defenderse. Su lobo interno fue apagado antes de poder reaccionar. Eso fue lo que me informó el doctor Max.

Dianco apretó los puños con tanta fuerza que las yemas de sus dedos se volvieron translúcidas.

-Malditos traidores... Algún día la pagarán, Otelo.

-Sí, señor. Lamento ser yo quien le haga llegar esta noticia.

El vapor del aliento de Dianco comenzó a condensarse en la penumbra del despacho; la fría calma de su estirpe, conteniendo la respiración a solo un año de su despertar, amenazaba con congelar sus propias venas.

El aire a su alrededor se espesó, cargado por la presión sorda de su frustración y el frío que empezaba a emanar de su interior.

-Mantén esto bajo secreto de estado absoluto, Otelo. Yo me encargaré de informar a la manada -ordenó Dianco con una frialdad letal.

-Cierra las fronteras de inmediato. Nadie entra. Nadie sale.

-Todo el protocolo de seguridad ya fue aplicado, señor. Las fronteras están cerradas y el personal sospechoso está confinado en las mazmorras -informó Otelo antes de hacer una reverencia-. Me retiro a seguir con la coordinación del funeral.

-Gracias, comandante -respondió Dianco.

Otelo se retiró del despacho, dejando a Dianco a solas con sus demonios y un torbellino de preguntas: ¿Quiénes están detrás de todo esto? ¿Quién traicionó a la corona desde adentro?

Horas más tarde, el cielo sobre Aethelgard se vistió de un gris plomizo y denso, mientras el tañido fúnebre de las campanas de la Catedral de Cristal resonaba en el aire, pesado y desgarrador.

La caminata hacia la Plaza de los Ancestros fue eterna.

Dianco marchaba al frente, con los músculos de la espalda rectos como lanzas, seguido por su hermana Lira, que lloraba desconsolada bajo un velo oscuro, y su primo Kyle.

Miles de ciudadanos se agolpaban en las avenidas, bajando la cabeza con profundo respeto y temor ante la tragedia que decapitaba a la corona.

Al llegar a la plaza, los dos féretros de mármol blanco esperaban bajo el Gran Arco de los Alfas, rodeados por antorchas de fuego azul.

Dianco subió al estrado, sintiendo el peso de miles de miradas.

Se acercó a los féretros y puso una mano sobre el mármol frío de la tumba de su padre.

«Te fallé, padre», pensó, mientras una punzada de dolor le recorría el pecho. «Me distraje mientras el enemigo cruzaba tu puerta. Pero te juro por mi linaje que no habrá rincón en Dravonis donde el traidor pueda esconderse de mi justicia».

Dianco se giró hacia su pueblo. Su voz, amplificada por su naturaleza alfa, retumbó en cada rincón de la plaza, cortando el viento helado:

-Pueblo de Aethelgard. Hoy no solo despedimos a un Rey y a una Reina que amaron este suelo. Hoy despedimos la inocencia de nuestro continente.

-Mis padres fueron asesinados por la espalda, traicionados por aquellos que comían en su mesa y juraban lealtad a su corona.

Un murmullo de indignación recorrió a la multitud como una ola contenida. Dianco levantó una mano y el silencio volvió a ser absoluto.

-Muchos de ustedes tienen miedo. Muchos se preguntan qué pasará con la manada ahora que las sombras han entrado al palacio. Mi respuesta es simple: el luto termina con este entierro.

-A partir de mañana, Aethelgard no será una presa para los traidores. Iniciaremos una purga interna para limpiar cada rastro de deslealtad.

-No habrá piedad para los cómplices, ni olvido para los asesinos.

Al bajar del estrado, en mitad del pasillo de honor, uno de los miembros del Consejo se interpuso sutilmente en su camino, quebrando el protocolo con una arrogancia mal disimulada.

-Príncipe Dianco... Entendemos su dolor, pero hablar de purgas y cerrar fronteras sin la aprobación del Consejo es una imprudencia política. Su juventud no le permite tomar atribuciones todavía...

Dianco se detuvo en seco. El aire alrededor de ambos pareció descender varios grados, condensando el aliento.

El Alfa de Hielo clavó sus ojos azules en el anciano con una intensidad tan letal que el consejero palideció, dando un paso involuntario hacia atrás.

-Mi juventud es lo único que va a garantizar que yo tenga la fuerza suficiente para arrancar la cabeza de los traidores. Y si el Consejo intenta interponerse en mi camino, empezaré la limpieza por esta misma plaza. Apártese de mi vista.

El consejero retrocedió con torpeza, perdiéndose entre la multitud.

Dianco continuó su marcha militar de regreso al palacio, con el eco de sus botas marcando el ritmo del poder absoluto.

Al entrar en su despacho privado, el silencio lo recibió como una losa pesada. Se hundió en la silla de cuero de su escritorio, sintiendo el peso de la corona que aún no se ceñía formalmente en su cabeza.

Safari entró poco después, cerrando la pesada puerta de madera detrás de ella con absoluta discreción, su perfume sutil contrastando con la tensión del ambiente.

-Señor, he iniciado el protocolo de emergencia -dijo Safari, con una serenidad profesional que ocultaba cualquier temblor-. La princesa Lira está bajo custodia en sus aposentos. Está devastada, pero la seguridad es total.

-Gracias, Safari -respondió Dianco sin apartar la vista de los documentos, la voz ronca por el cansancio-. Necesito que seas mis ojos y mis oídos en las sombras.

-Lo sé, señor. Los consejeros están nerviosos.

-Que lo estén -reclinándose en su silla, la voz del joven alfa cortó el aire como un cuchillo-. A partir de hoy, las reglas han cambiado. Y yo también.

Safari asintió con solemnidad y se retiró del despacho, dejando a su paso un rastro de fría eficiencia.

Solo de nuevo en la penumbra, Dianco abrió el enlace mental con Otelo. Su voz resonó en la mente del general como un trueno gélido:

-Otelo, escucha bien. Refuerza la investigación. Interroga a cada uno de los trabajadores confinados en las mazmorras; no quiero excusas, quiero verdades.

-Y encuentra a Dino; desde la muerte de mis padres está desaparecido. Búscalo hasta debajo de las piedras si es necesario, pero tráemelo ante mí.

-Así lo haré, señor -respondió Otelo de inmediato, sintiendo el peso del nuevo soberano sobre su conciencia.

Justo cuando cortaba la comunicación con el general, Dianco sintió una vibración familiar y punzante en la base de su cráneo; una conexión que reconoció al instante a pesar de los muros de hielo que él mismo había levantado.

Capítulo 2 El Amanecer De Cenizas.

«Dianco... mi Alfa», la voz de Aurora se filtró en su mente, cargada de una dulzura melancólica diseñada para quebrantar su resolución.

«No he dejado de sentir el peso de tu dolor desde que las campanas doblaron por tus padres; mi corazón se quiebra al saberte solo en esa inmensa frialdad.

«Por favor, deja que el mundo se detenga, aunque sea una hora, y ven a verme a la casa; necesito darte mis condolencias de cerca».

«Quiero ofrecerte el refugio que solo yo conozco y recordarte que, entre tanta traición, mi piel sigue siendo tu único lugar seguro».

Dianco cerró los ojos con fuerza. La audacia de Aurora le resultaba insoportable.

¿Cómo se atrevía a invocar el nombre de sus padres y a llamarlo "su Alfa" como si el viernes sagrado no hubiera existido?

Como si él no la hubiera visto, con sus propios ojos, entregada a otro.

Su respuesta no fue un susurro, sino un golpe seco y cortante a través del enlace, cargado de un desprecio abrasador:

-No -la palabra resonó en la mente de Aurora con la fuerza de un decreto-. No utilices mi dolor para alimentar tus fantasías de perdón.

-Tu casa ya no es un refugio; es el monumento a tu traición, y tu piel no es más que el recordatorio de que mi confianza fue depositada en una mentira.

-Déjame en paz, Aurora. Ya no tienes un lugar en mi mundo, ni como reina, ni como amante.

Dianco estuvo a punto de cortar el vínculo, pero el sollozo desesperado de ella lo detuvo un segundo antes de sellar el paso.

«¡Dianco, por favor! No me cierres tu mente...» -suplicaba ella, su voz mental rota y ahogada en lágrimas.

«Cometí un error, lo sé, me odio por ello cada segundo, pero te amo. Solo quiero estar a tu lado en este momento tan oscuro. ¡Por favor, solo una hora, déjame explicarte...!».

Dianco apretó los puños hasta sangrar, sintiendo las uñas clavarse en sus palmas. El descaro de sus súplicas solo lograba endurecer más el hielo que blindaba su pecho.

-No hay nada que explicar y mucho menos que consolar -sentenció con una frialdad absoluta-. No vuelvas a invocar mi presencia. Para el Rey de Aethelgard, tú ya estás muerta.

Sin esperar respuesta, Dianco cerró el enlace con una violencia psíquica que dejó un eco sordo en su mente.

Se quedó a oscuras, respirando con dificultad, mientras el frío en su pecho se expandía sin tregua. Aurora creía que podía manipular sus cenizas.

Se equivocaba.

Si querían jugar con la corona de Aethelgard, él se encargaría de que el reino entero ardiera... o se congelara para siempre.

A la mañana siguiente, Dianco se despertó mucho antes de que el primer rayo de sol rasgara las torres de la Catedral de Cristal.

El frío del amanecer en Aethelgard se filtraba por las rendijas de la piedra, pero el peso de la noche anterior y la rabia contenida aún vibraban con fuerza en sus nervios.

Abrió el enlace mental con Safari.

«¿Dónde estás?», preguntó directamente, sintiendo el eco de su propia voz resonar en sus sienes.

«Ya estoy organizando todo para la reunión, señor», respondió ella de inmediato, con su habitual tono de eficacia impecable.

«El Centro de Convenciones del castillo estará listo a la hora pactada. Tengo a un equipo trabajando en los preparativos y yo misma voy llegando al lugar».

-Necesito que consigas personal urgente para el palacio -ordenó Dianco con voz ronca mientras se ponía la casaca militar.

-Solo lo básico para la cocina y el mantenimiento esencial; recuerda que el personal está confinado en las mazmorras.

«Sí, lo sé, señor».

-No quiero multitudes, pero el castillo debe funcionar. ¿Sabes algo de mi hermana y de Kyle? Estuve intentando contactarlos.

«Ellos están en la villa de la familia, los trasladamos anoche, señor», confirmó Safari sin perder el paso. «Están bajo vigilancia constante. Me encargo de todo, no se preocupe».

-Bien. Estaré en el despacho; esperaré allí a que llegues para que entremos juntos a la reunión. Informa a Otelo.

«Señor, Otelo ya se encuentra en el despacho. Lo está esperando», concluyó ella.

Dianco terminó de ajustarse el cinto con movimientos rápidos y precisos.

Al abrir la pesada puerta de madera de su alcoba, se desplazó por los pasillos gélidos del palacio hasta llegar al despacho, donde encontró a la figura imponente del general Otelo junto al ventanal.

-Buenos días, Rey Alfa -dijo Otelo, cuadrándose con un respeto marcial y solemne-. Lo espero con un informe detallado para que tenga conocimiento pleno de quiénes eran los miembros del consejo y asesores de confianza de su padre.

Dianco entró por completo, cerró la puerta a sus espaldas y se acercó a Otelo.

El general le tendió la carpeta con el informe. Dianco la tomó, la abrió de inmediato y comenzó a leer. Sus ojos recorrieron las páginas con rapidez felina.

-Siete miembros en el Consejo -exclamó poco después, dejando escapar una exhalación fría-. Interesante.

-Veamos de qué están hechos estos hombres. Vamos a la reunión, Otelo -añadió, cerrando la carpeta con un seco chasquido y dando media vuelta para salir.

-Pero hay algo más que debe saber antes de enfrentar a esos hombres -advirtió Otelo, bajando la voz con gravedad.

Dianco se detuvo en seco, sintiendo una punzada de alerta en la base del cráneo.

-¿De qué hablas, Otelo?

-La ausencia del general Dino en el funeral no fue un descuido. Mis reportes de inteligencia confirman que Dino está fuera del continente; además, hay una red de contrabando operando bajo la protección directa y legal del Consejo.

Dianco asintió lentamente, absorbiendo cada palabra mientras la sangre le comenzaba a hervir en las sienes.

-Me lo imaginé, Otelo. Dino es el traidor; él está detrás de la muerte de mis padres. Debemos encontrar a ese maldito y aniquilarlo.

-Entendido, señor. Ya tengo un equipo trabajando para rastrear su salida de Aethelgard.

Dianco dio la vuelta para emprender la salida.

-Señor, otra cosa -lo detuvo el general.

-Dime, Otelo -respondió Dianco deteniéndose y girándose nuevamente.

-Debes tener cuidado con esos lobos con piel de cordero dentro del Consejo -añadió el general con seriedad.

-Lo sé, Otelo. Gracias por tu apoyo. Vamos para el Centro de Convenciones -respondió Dianco.

Justo en el momento en que ambos se disponían a salir, Safari abrió la puerta del despacho desde el exterior para ingresar.

-Buenos días, señor; buenos días, comandante -saludó ella con precisión quirúrgica.

-Buenos días, Safari -respondieron al unísono Dianco y Otelo.

-Ya nos dirigíamos a la salida -indicó Dianco-. Vámonos.

Minutos más tarde, llegaron al Centro de Convenciones.

El lugar, un bastión de mármol y cristal que antes simbolizaba la estabilidad y la gloria del reino, se sentía ahora gélido y hostil, como un tribunal preparado para una ejecución sumaria.

Al entrar, los miembros del Consejo aguardaban alrededor de la gran mesa de caoba.

Los burócratas murmuraban entre ellos, intercambiando miradas cargadas de un escepticismo apenas velado y una soberbia calculada.

«Es demasiado joven y su lobo sigue dormido», decían sus ojos; «¿Tendrá la fuerza para sostener este continente?», pensaban otros.

Otelo, Dianco y Safari se posicionaron frente al Consejo. Otelo dio un paso al frente, rompiendo la quietud con una voz profunda que cargaba el peso de la tradición de Aethelgard.

-Señores, el luto nos consume, pero la manada no puede quedar huérfana -anunció, barriendo la sala con una mirada de acero-. Presento formalmente a Dianco, hijo de Filippo. Él es nuestro nuevo alfa.

Safer, el consejero de mirada afilada, intercambió una sonrisa cómplice con Bodi, el consejero de economía, antes de ponerse de pie sin esperar invitación.

-Lamentamos profundamente la tragedia de los reyes, por supuesto -comenzó Safer con falsa suavidad.

-Pero debemos hablar con claridad. El príncipe Dianco tiene veinticuatro años.

-Según la ley de Aethelgard, un heredero cuyo vínculo de sangre y lobo no ha despertado por completo no tiene la potestad legal para tomar decisiones unilaterales sobre fronteras, presupuestos ni decretos de purga.

Un murmullo de aprobación recorrió las bancas de los consejeros. Se sentían seguros, escudados tras el caparazón de la ley escrita.

Dianco no se sentó. Permaneció de pie en la cabecera de la mesa, apoyando las palmas de las manos sobre la fría superficie de caoba con tanta fuerza que la madera crujió bajo sus dedos.

Su mirada de un azul glaciar se clavó directamente en Safer.

Otelo intervino con firmeza:

-Para que el Alfa tome el control absoluto de las operaciones, necesitamos que informen verbalmente sobre la estructura y el funcionamiento actual del continente.

Safer se aclaró la garganta con fingida suficiencia, mirando al general.

Capítulo 3 El Trono De Las Sombras.

-Es un poco apresurado, ¿no cree, general Otelo? -soltó Safer con una sonrisa condescendiente, intentando retomar el control de la sala.

Dianco no esperó ni un segundo para demoler esa falsa seguridad. Su intervención cortó el aire como un látigo de acero.

-¿Terminaste tu discurso de advertencia, Safer? -preguntó Dianco, y su voz, baja y sorda, retumbó en los huesos de todos los presentes.

-Porque te sugiero que guardes aire para lo que vas a escuchar a continuación. No estoy aquí para debatir mi legitimidad con subordinados que se creen dueños del continente.

-Si creen que mi edad o el estado de mi lobo son una debilidad, están firmando su propia sentencia de muerte.

-¡Príncipe Dianco, modere su lenguaje! -intervino otro consejero, indignado, poniéndose de pie con torpeza-. ¡No puede hablarnos de esa manera! El Consejo no es su guardia personal; somos el motor financiero y político de Aethelgard. ¡Exigimos respeto a la ley!

La tensión en la sala estalló en un cruce de murmullos y reproches velados.

Los consejeros se cuchicheaban entre ellos, midiendo la reacción del joven heredero, convencidos de que retrocedería ante la presión política.

-¿Respeto a la ley? -La risa corta y sin alegría de Dianco apagó los murmullos de golpe-. Yo no vengo a debatir aquí quién tomará el mando.

-Eso no está en discusión en esta mesa. Yo soy el rey para ustedes de ahora en adelante, les guste o no les guste; soy el heredero legítimo de la corona y ustedes solo son unos empleados de este reino.

-Quiero que el representante de Economía exponga la situación de los recursos y los ingresos. Ahora.

-Esto es un abuso de poder -murmuró Safer por lo bajo, intercambiando miradas con sus aliados.

-Soy yo, Alfa. -Mi nombre es Bodi -respondió un hombre corpulento de cabello engominado, incorporándose con un aire de superioridad insoportable.

-Bien, Bodi. -Con usted es con el primero que debo hablar -sentenció Dianco, clavándole los ojos con una intensidad glacial-.

Los demás guardan silencio; aquí las preguntas las hago yo, y ustedes callan y obedecen.

-Lo primero que necesito saber es de dónde provienen nuestros ingresos y cómo se distribuyen.

Bodi, sintiéndose respaldado por el muro colectivo del Consejo, se acomodó con aire de suficiencia, esbozando una sonrisa mientras desplegaba un holograma flotante con datos financieros.

-Como guste, Alfa -respondió Bodi con sarcasmo apenas disimulado-. Es simple aritmética que un joven inexperto difícilmente comprenderá en toda su complejidad.

-Nuestros ingresos provienen de tres pilares fundamentales: impuestos directos a los trabajadores, tributos de las empresas y las regalías por la extracción de nuestros recursos naturales en las minas.

-Actualmente, la estructura es la siguiente: un treinta y cinco por ciento de los impuestos de los trabajadores, un doce por ciento de las empresas y un dos por ciento de regalías por el oro y los diamantes.

-Es vital incentivar al gran capital, Alfa. Es la única forma de asegurar la felicidad de nuestro pueblo dándoles trabajo constante. Recuerde que fui el asesor principal de su padre durante muchos años y...

-¡BASTA! -El grito de Dianco estalló como un trueno en la sala, haciendo que los cristales de la estructura vibraran violentamente.

La onda expansiva de su furia obligó a Bodi a retroceder un paso por instinto, tropezando con su propio asiento.

Dianco se impulsó con los brazos y se puso en pie por completo, apoyando el peso de su cuerpo sobre la mesa de caoba.

Su aura humana y la presión de su estirpe estallaron con una fuerza tan violenta que los papeles del holograma revolotearon a causa del aire desplazado.

-¿Felicidad para mi pueblo, Bodi? -su voz era ahora un rugido sordo, contenido por un esfuerzo superhumano para no aplastarle la garganta allí mismo.

-¿Les cobras un tercio de su vida a los que sudan la tierra bajo el sol de Aethelgard, y les regalas nuestras entrañas de oro y diamante a los grandes corporativos por un maldito dos por ciento de regalías?

-No los estamos gobernando... los hemos estado saqueando bajo tu maldito apadrinamiento.

El silencio absoluto que siguió a su acusación cayó como una losa de plomo sobre la sala. Safer intentó intervenir, pálido pero con una rabia contenida que apenas podía disimular:

-¡Estás destruyendo la estabilidad económica del reino con acusaciones infundadas! ¡El Consejo no aceptará esta tiranía...!

-El Consejo no tiene opción de aceptar nada -sentenció Dianco, inclinándose sobre la mesa con los ojos fijos en los rostros aterrorizados, pero resentidos, de los burócratas.

-Aquí el rey soy yo. Esta reunión ha terminado. Entreguen a Safari un informe detallado de cada una de sus áreas: personal, proyectos, presupuestos, recursos.

-No vine a negociar con ustedes; vine a limpiar la casa. El primero que mueva un dedo para obstruir esta auditoría será tratado como cómplice de traición a la corona. Y ya saben lo que les pasa a los traidores en mi reino.

Sin esperar respuesta, con la mandíbula tensa y el paso militar firme, Dianco dio media vuelta y abandonó el centro de convenciones.

Safari y Otelo lo siguieron de inmediato, dejando atrás a un Consejo completamente paralizado; el aire de la sala quedó impregnado por el sudor frío y el terror sordo de unos burócratas que por fin comprendieron que el heredero de veinticuatro años no era un niño al que podían manipular, sino el filo de una guillotina a punto de caer.

Al regresar a su despacho privado, el silencio lo recibió como un alivio efímero.

Dianco cerró la pesada puerta tras de sí y se dejó caer pesadamente en el sillón de cuero, cerrando los ojos mientras luchaba por contener la furia de su interior.

A un año de alcanzar el despertar total de los veinticinco, su humanidad exigía un autocontrol titánico frente a la traición sistémica que descubría.

Con un esfuerzo monumental, dominó la respiración, sintiendo la sangre latirle con furia en las sienes mientras el eco de las cifras cínicas de Bodi y la sombra del traidor Dino en el extranjero martilleaban su mente.

-Necesitamos cambios profundos, Otelo -susurró el joven Alfa, abriendo los ojos para clavar su mirada de hielo a través del ventanal hacia el vasto horizonte gris de Aethelgard.

-Y los haremos cueste lo que cueste, aunque tenga que demoler este maldito reino desde sus cimientos y purgar a cada rata que se esconde en él.

-Tiene razón, joven Alfa -dijo Otelo, tomando asiento en el gran sofá ubicado frente al escritorio de Dianco, mientras Safari guardaba silencio con atención absoluta a su lado.

-Cuenta con mi lealtad inquebrantable, Alfa -añadió el general con una voz grave que resonaba en las paredes de piedra.

-Además, debo informarle que nuestras patrullas han dado frutos: tenemos a un sospechoso en custodia.

-Fue interceptado intentando cruzar la frontera sin ninguna autorización oficial, moviéndose entre las sombras de los bosques.

-Perfecto, me gustan las acciones rápidas, Otelo -respondió Dianco con aprobación, apoyando los codos sobre las rodillas.

-Hemos interrogado a fondo a todo el personal del castillo -prosiguió el general, retomando el hilo con precisión militar.

-Tres de ellos están bajo sospecha directa por inconsistencias en sus relatos, pero considero que los demás deben ser puestos en libertad de inmediato porque son inocentes.

-Hazlo -ordenó Dianco sin dudar un segundo.

-Libera a los inocentes, y tú, Safari, asegúrate personalmente de que reciban una compensación justa por el mal rato y la angustia en las celdas.

-En cuanto al sospechoso de la frontera, llévenlo a las mazmorras bajo vigilancia máxima y presionen; necesito información de inmediato sobre quién lo envió.

Mientras Dianco daba las instrucciones, una punzada aguda y punzante en la base de su cráneo interrumpió sus pensamientos, haciendo que una mueca de fastidio cruzara su rostro.

Era Aurora. Podía sentir su firma mental intentando forzar un enlace, una presión insistente que buscaba una entrada desesperada en su conciencia a través del vínculo compartido.

Él la declinó con una frialdad cortante, levantando mentalmente sus muros de hielo más impenetrables.

Ella insistió de inmediato, con una urgencia que rayaba en la súplica, y él volvió a rechazarla con desprecio absoluto.

Cuando el tercer golpe mental azotó su mente con la fuerza de un martillazo, rompiendo la poca paciencia que le quedaba, Dianco, ofuscado y envuelto en una furia volcánica, decidió responder a través del canal prohibido.

-Te dije que me dejes en paz.

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