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Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Autor: Kassandra2026
Género: Fantasía
Una traición. Un asesinato. Un reino al borde del colapso. Dianco, el joven heredero de Aethelgard, perdió a sus padres y al amor de su vida en una sola noche. Obligado a gobernar sin experiencia, deberá enfrentar enemigos poderosos que buscan invadir su continente y robar sus recursos. Convertido en el Alfa de Hielo, Dianco aprendió que el poder y el deseo son armas tan letales como la traición. Desde entonces, el amor dejó de ser un refugio y las mujeres, solo una distracción pasajera en su guerra contra el vacío. En un mundo donde la lealtad muere joven, el Alfa de Hielo gobierna con frialdad... y su corazón, con cicatrices que jamás volverán a sanar
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Capítulo 1 El Cristal Roto de Aethelgard.

En el vasto y místico mundo de Dravonis, donde las leyendas no se cuentan, sino que se respiran, el continente de Aethelgard se alzaba como el monumento definitivo a la longevidad y el poder. Era un territorio de relieves dramáticos, donde las montañas de cumbres perpetuamente nevadas vigilaban las ciudades de mármol como centinelas de roca. Allí, la jerarquía no era una sugerencia social ni un acuerdo político; era una ley biológica absoluta: la sangre de lobo dictaba el destino de las naciones.

El aire cargaba un matiz metálico y puro, el aroma del poder establecido que solo los de linaje superior podían saborear.

Bajo el mandato del Rey Alfa Filippo y su Luna, la Reina Laura, el reino florecía. De esa unión de linajes puros nacieron los pilares del futuro: la princesa Lira, de inteligencia afilada, y el príncipe Dianco.

A sus veinticuatro años, Dianco era una obra maestra de la genética y la estrategia militar. Su estampa recordaba a las estatuas de los antiguos dioses de la guerra talladas en obsidiana: hombros anchos, mandíbula de granito y una estatura imponente. Se le había moldeado sin piedad para ser un depredador implacable en el campo de batalla, un estratega capaz de ver tres movimientos por delante de sus enemigos y un líder de sabiduría precoz. En Aethelgard todos esperaban el despertar de su lobo interno, una bestia que la línea real aguardaba con ansias pero que, por ley de su casta, no despertaría hasta que cumpliera los veinticinco años. Mientras tanto, Dianco suplía la falta de su bestia con un entrenamiento brutal en letales artes marciales y en la fría e implacable política de Estado.

Sin embargo, tras los muros de su perfeccionismo, Dianco albergaba una grieta. Un secreto que durante nueve años había sido su único contacto con la humanidad más pura: su amor ciego por Aurora. Durante casi una década, su tiempo y su alma habían sido de total entrega hacia ella. Para protegerla de las víboras de la corte, le construyó un santuario privado de jardines colgantes en el sector alto de la ciudad. En ese rincón, él no era el heredero sin lobo de una estirpe; era simplemente un hombre enamorado.

Aquel viernes, el ritual más sagrado del continente comenzó cuando el sol tiñó de violeta el horizonte: la Cena Familiar. Por decreto ancestral, un silencio absoluto y casi tangible se derramó sobre Aethelgard. Las avenidas quedaron desiertas, los carruajes se detuvieron y nadie osaba cruzar el umbral de su casa. Romper este Silencio Sagrado era un sacrilegio contra los ancestros.

Aprovechando las sombras de los túneles ocultos del castillo -pasajes de piedra fría que solo el linaje real conocía por nacimiento-, Dianco se escabulló. Su corazón, usualmente una máquina de precisión militar, latía con una calidez inusual. Quería sorprender a Aurora, la mujer que había sido su refugio emocional desde que era un adolescente de quince años. En sus brazos, el peso de la corona simplemente desaparecía.

Al cruzar el umbral de la casa de Aurora, el silencio del santuario se transformó en una emboscada para sus ojos. Dianco avanzó por el pasillo sin hacer el menor ruido, guiado por una extraña tensión que flotaba en la atmósfera. Al asomarse a la penumbra de la habitación, el mundo se detuvo con una violencia devastadora.

No le hicieron falta sentidos de lobo ni rastros aromáticos. Su mirada captó la escena de forma directa e incuestionable: Aurora estaba en los brazos de otro hombre. Dianco vio, con una claridad que le desgarró el pecho, cómo se besaban apasionadamente mientras las manos del intruso tocaban los pechos de la mujer que él había venerado durante casi una década. Su mente táctica, fría incluso en el caos, registró en un microsegundo la ropa descartada en el suelo: los detalles del uniforme delataban al hombre como un oficial común de la guarnición, un sujeto sin casta noble ni linaje superior.

La traición, ejecutada en el corazón mismo del silencio sagrado y ante sus propios ojos, fue una aniquilación espiritual completa. Dianco no rugió de rabia, porque no había un lobo dentro de él que guiara su furia. En su lugar, ocurrió algo mucho más aterrador: su mente y su carácter se transformaron en un bloque de hielo sólido que se expandió por todo su ser. Nueve años de entrega absoluta, de promesas susurradas y de protección incondicional se hicieron trizas ante esa exhibición de lascivia y complacencia.

Sintió cómo su inocencia moría de un golpe seco. Sin pronunciar una sola palabra, con el rostro convertido en una máscara de frialdad inhumana, abandonó la propiedad. Sus pasos resonaron con un eco metálico sobre el pavimento de la plaza principal, un espacio vasto y vacío bajo la luz moribunda del atardecer.

Se sentó en un banco de madera fría. En ese momento de soledad absoluta, Dianco experimentó una metamorfosis dolorosa; su humanidad se desprendía de él como piel muerta. A lo lejos, el tañido de las campanas del palacio comenzó a llamar al banquete real, un sonido que ahora llegaba a sus oídos carente de cualquier significado. En ese banco, el hombre que creía en el amor exhaló su último suspiro. Y en su lugar, con el pulso lento y el alma blindada en escarcha, nació el temperamento del Alfa de Hielo.

Inmóvil como una estatua de mármol, Dianco recurrió a su último recurso dinástico: el enlace mental de linaje real, un poder de sangre que poseía aun antes de su transformación física. Cerró los ojos, visualizó el hilo de plata que lo conectaba con su círculo más íntimo y lanzó un comando imperioso:

- Carlos. Ven a la plaza. Ahora.

A varios kilómetros, el mensaje golpeó a Carlos en plena cena como un látigo mental, haciéndole soltar su copa y manchar el mantel de un rojo profético. La urgencia gélida que emanaba de la mente de Dianco era tan abrumadora que Carlos salió de su casa rompiendo todo protocolo. Al llegar a la plaza, se detuvo en seco al ver al imponente príncipe reducido a una sombra.

- Dianco, ¿qué te sucede? -preguntó Carlos con el aliento entrecortado-. Te ves... como si hubieras visto el fin del mundo.

Dianco alzó la cabeza; sus ojos azul glaciar estaban fijos, vacíos de cualquier calidez humana.

- Aurora... me ha traicionado -soltó con una voz desprovista de emoción.

Carlos retrocedió, atónito. La traición al heredero de la corona era una ofensa imperdonable.

- ¿Cómo? Dame detalles -insistió.

Pero Dianco ya había levantado su muro. Lo miró fijamente, sentenciando el fin de su antigua vida:

- No quiero decir absolutamente nada.

Al emerger tras un tapiz en el ala este del palacio, Dianco ya no era el hombre destruido; era la máscara perfecta e inexpresiva del príncipe heredero. Entró en el gran salón justo cuando los sirvientes disponían manjares que despedían aromas a especias exóticas sobre mesas de roble.

- Llegas tarde, hijo -observó el Rey Filippo con su habitual autoridad natural.

- Mis disculpas, padre -respondió Dianco, ocupando su lugar frente a su hermana Lira-. Me distraje en la biblioteca real; el silencio era tan profundo que perdí la noción del tiempo.

La cena comenzó con una armonía que resultaba insultante para el tormento silencioso del príncipe. Fue entonces cuando Dino, el jefe del ejército, entró al salón con una reverencia impecable.

- Majestades, todo está en orden. He venido a presentar mi informe final.

- No te marches todavía, Dino -intervino la reina con una sonrisa-. Quédate para un brindis familiar. Sería un honor.

Dino aceptó y sirvió el vino en las copas de oro de los soberanos. Mientras el jefe militar vertía el líquido, la mente analítica de Dianco, hiperalerta tras el golpe de la tarde, notó un sutil parpadeo de nerviosismo en la mirada del general y una rigidez antinatural en su postura. El cristal de los cálices chocó con un sonido agudo que resonó en los oídos del príncipe como una campana fúnebre.

Dino bebió, compartió risas falsas y se despidió. Nadie en la mesa sospechó que la ponzoña ya estaba corriendo.

La velada continuó hasta que un agotamiento de golpe cayó sobre los reyes.

- Siento que la corona pesa más hoy. El sueño me reclama -murmuró Filippo, extrañado al sentir cómo su lobo perdía fuerza de forma inexplicable.

Tras la retirada de los soberanos, Dianco dejó caer la máscara. El alcohol empezaba a nublarle los sentidos, dándole la excusa perfecta para escapars.

- Me retiraré también. Que descansen.

Al llegar a sus aposentos, cerró la pesada puerta y se derrumbó en el diván frente al ventanal, sirviéndose una última copa de licor fuerte. A lo lejos, las luces del sector alto parpadeaban, recordándole el lugar exacto donde su alma humana había sido ejecutada. Un gemido sordo escapó de su garganta, el lamento de un hombre que acababa de perder su norte. Bebió hasta que el mundo empezó a girar y se desplomó en la cama con la ropa de gala puesta.

Con el pecho agitado por sollozos silenciosos y el sabor amargo de la traición, Dianco se quedó profundamente dormido. Fue un sueño pesado, el último donde despertaría siendo el príncipe vulnerable que solía ser.

Mientras tanto, en los aposentos reales, el veneno de Dino terminaba su tarea silenciosa, decapitando el reino y preparando el escenario para el nuevo, implacable y calculador gobernante, cuyo primer acto de reinado sería bautizado en sangre, astucia y una absoluta, brillante y seductora frialdad.

Capítulo 2 El Amanecer De Cenizas.

El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales de cristal tallado del comedor real. Era una escena que, en cualquier otro día, habría irradiado paz: el aroma a café recién molido, los panes artesanales todavía humeantes y las frutas frescas dispuestas con la opulencia que el linaje de Aethelgard exigía. Sin embargo, el aire estaba viciado. Una extraña pesadez, como la presión previa a una tormenta eléctrica, cargaba el ambiente.

Lira y Kyle ya estaban sentados en sus lugares habituales. Dianco apareció poco después, y su entrada no pasó desapercibida. El príncipe caminaba con una rigidez antinatural, como si cada paso le costara un esfuerzo hercúleo. Su rostro, usualmente de una perfección envidiable, estaba pálido, casi traslúcido. No era solo el rastro de la noche de alcohol y desesperación lo que cargaba; era el peso de una traición que todavía le quemaba las entrañas. La imagen de Aurora y el rastro del intruso en su cama seguían proyectándose en su mente como una película de terror que no podía detener.

Se sentó sin pronunciar palabra, evitando la mirada inquisidora de su hermana, que lo observaba con una mezcla de lástima y sospecha. Dianco movió la comida por el plato con un tenedor de plata, un gesto mecánico y vacío. No tenía hambre; el sabor de la traición era lo único que llenaba su boca, amargo y persistente. Estaba allí por puro compromiso protocolario, con el alma convertida en un erial de cenizas.

Pasaron los minutos, y el tic-tac de un reloj de péndulo en la esquina del salón parecía resonar con una fuerza ensordecedora. Las dos sillas de la cabecera, los tronos de la cotidianidad familiar, permanecían vacías. El Rey Filippo nunca llegaba tarde; el tiempo en Aethelgard se medía por sus pasos.

- ¿Dónde están mis padres? -preguntó Lira finalmente, rompiendo el silencio con una nota de ansiedad que cortó el aire como un cuchillo-. ¿Alguien los ha visto? ¿Han bajado los omegas algún mensaje?

Dianco, intentando mantener la compostura mientras una punzada rítmica golpeaba su sien derecha, apenas levantó la vista del plato.

-Quizás se acostaron muy cansados -respondió con una voz ronca, una sombra de lo que solía ser su tono de mando-. Anoche se retiraron antes de lo previsto. El peso de la corona no es ligero, Lira. Deja que descansen un poco más.

-No es posible -replicó Lira, levantándose de golpe. El sonido de su silla arrastrándose contra el mármol chirrió de forma violenta. Sus instintos de loba, más sensibles a los cambios de energía que los de su hermano en ese momento de embriaguez residual, le erizaban el vello de los brazos-. Ellos siempre se levantan con el primer rayo de sol. Siempre. Algo en el aire... algo no está bien, Dianco. Lo siento en mi sangre.

Sin esperar una respuesta o permiso, Lira abandonó el comedor. Sus pasos rápidos resonaron por los pasillos de piedra, dirigiéndose hacia el ala privada de los aposentos reales. Dianco y Kyle intercambiaron una mirada de confusión que rápidamente se transformó en una alarma sorda.

Lira llegó frente a las imponentes puertas de roble grabadas con el emblema del lobo. Tocar fue inútil. El silencio que emanaba del interior no era el de un sueño profundo; era un vacío absoluto, una ausencia de vida que la asustó más que cualquier rugido de guerra. Con manos temblorosas, empujó las puertas.

La escena que la recibió fue de una paz aterradora. Los reyes yacían en su lecho, perfectamente arropados, como si estuvieran disfrutando de una siesta reparadora. Lira se acercó, conteniendo el aliento, y tocó la mejilla de su madre. El frío que sintió no era el del clima de Aethelgard; era el frío definitivo, el que no tiene retorno. La palidez de la Reina Laura y el Rey Filippo no era la del cansancio, sino la del mármol.

- ¡No! ¡No, por favor! ¡Despierten! -el grito que escapó de su garganta fue un alarido desgarrador, una onda de choque de dolor puro que sacudió los cimientos del palacio y penetró en los oídos de todos los habitantes del castillo.

La Caída del Príncipe

En el comedor, Dianco y Kyle se pusieron en pie al unísono, derribando sus copas de agua. Al escuchar aquel grito, el dolor emocional de la traición de Aurora se evaporó instantáneamente, reemplazado por una descarga de adrenalina que le heló la médula. Subieron las escaleras de dos en dos, con los pulmones ardiendo y el corazón martilleando contra sus costillas.

Dianco irrumpió en la habitación y se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos recorrieron la escena: su hermana colapsada en el suelo, aferrando la mano inerte de su madre, y los cuerpos de los soberanos, inmóviles ante la eternidad. El mundo, tal como lo conocía, se terminó de desmoronar.

Reaccionando con la urgencia del heredero que ha sido entrenado para la crisis, Dianco cerró los ojos y lanzó un llamado mental desesperado, una orden de linaje que debería haber hecho arrodillar a cualquier subordinado. «¡Dino! ¡Dino, responde! ¡Emergencia absoluta en los aposentos reales! ».

Silencio. El enlace mental con el jefe del ejército, aquel que anoche brindaba con ellos, estaba muerto. No había eco, no había respuesta, solo un muro de nada. Un escalofrío de una nueva traición, mucho más vasta y oscura que la de una amante, recorrió la espalda de Dianco. Cambió el rumbo de sus órdenes mentales, abriendo el canal para los veteranos.

«¡Otelo, acude de inmediato! ¡Safari, necesito tu presencia ahora mismo! ¡Los reyes no despiertan!».

Pocos minutos después, el pasillo se llenó de pasos apresurados. Otelo, el veterano mentor y consejero de la familia, irrumpió con el rostro desencajado, seguido de cerca por el sanador principal de la manada. Safari, la asistente de confianza que conocía cada secreto del Rey, entró tras ellos con la respiración entrecortada y los ojos muy abiertos por el pánico.

Otelo, al ver la palidez cadavérica de los soberanos, se volvió hacia el médico con una urgencia que rozaba la violencia. -¡Haz algo! ¡Usa tus artes, tus hierbas, lo que sea! ¡Sácalos de ese estado ahora mismo! -rugió el viejo guerrero.

El sanador, con manos temblorosas, se acercó al lecho. Revisó los pulsos en las carótidas, levantó los párpados para observar las pupilas dilatadas y fijas. El silencio en la habitación era tan denso que se podía escuchar el llanto ahogado de Lira. Tras lo que pareció una eternidad, el médico bajó la cabeza y se alejó del lecho con un gesto de derrota absoluta.

-Es demasiado tarde -susurró, y su voz sonó como una sentencia de muerte para todo el continente-. El aliento de vida los ha abandonado hace horas. Sus lobos ya no están aquí. Los reyes han muerto.

- ¡No! ¡NOOOOO! -el rugido de Dianco no fue humano. Fue el grito de una bestia herida de muerte. El sonido llenó la estancia, haciendo vibrar los cristales de las ventanas mientras se desplomaba de rodillas, golpeando el suelo con un puño que agrietó el mármol. Su hermana volvió a romper en un llanto inconsolable, aferrándose a él en busca de un consuelo que Dianco ya no podía dar.

Pasados unos minutos que parecieron siglos, Otelo recuperó una pizca de compostura profesional. Se acercó al príncipe y colocó una mano firme y pesada sobre su hombro, un gesto que pretendía ser de apoyo pero que también era un recordatorio de la carga que ahora caía sobre él.

-Mi más sentido pésame, Alteza -dijo con gravedad, repitiendo el gesto con Lira. Safari hizo lo propio, aunque sus ojos ya no reflejaban solo dolor, sino el brillo calculador de quien ve venir una crisis política sin precedentes.

Safari apartó a Otelo a un rincón de la habitación, hablando en un susurro cargado de una preocupación pragmática.

- ¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó, mirando de reojo a Dianco, quien seguía de rodillas-. Tenemos que hablar con el príncipe. No podemos ocultar esto por mucho tiempo. El pueblo empezará a notar la ausencia, y los protocolos fúnebres deben comenzar antes de que los rumores destruyan la estabilidad del reino.

Otelo asintió con pesadez y se acercó de nuevo a Dianco, quien se había puesto en pie. El príncipe ya no lloraba. Sus ojos azul glaciar se habían vuelto opacos, despojados de cualquier rastro de calidez.

-Tenemos que preparar los actos fúnebres, Dianco -dijo Otelo con voz contenida-. Tenemos que informarle al pueblo de Aethelgard. ¿Qué les diremos? ¿Cómo explicaremos que los dos pilares del mundo han caído en una sola noche?

Dianco permaneció inmóvil frente a los cuerpos de sus padres, mirando hacia un punto invisible en la distancia. Cuando habló, su voz no era la de un hijo en duelo; era un filo de hielo que cortaba la voluntad de quien lo escuchaba.

-Informaremos la muerte, sí. Pero la paz de este reino se ha terminado hoy -sentenció, girándose hacia Otelo con una mirada que hizo que el veterano retrocediera un paso-.

Algo sucedió aquí. Los lobos de mi linaje no mueren por "cansancio" en una sola noche. Es un ataque. Una ejecución.

Dianco dio un paso hacia el centro de la habitación, y su aura de poder se expandió, llenando el espacio con una presión sofocante. -Debes militarizar inmediatamente el castillo de mis padres. Quiero soldados en cada esquina, en cada torre. Todo el personal... absolutamente todos, desde el gran mayordomo hasta el último sirviente de las cocinas y cada guardia que estuvo de turno anoche... me los llevas al calabozo ahora mismo. Nadie sale de este castillo sin mi autorización.

Antes de que Otelo pudiera procesar la magnitud de la orden de detención masiva, el príncipe lo detuvo con un gesto imperioso, su dedo señalando hacia los cuerpos.

-Y una cosa más. No dejaré que cualquier mano toque a mis padres. Lleven los cuerpos al hospital de alta seguridad de inmediato. Busquen al Doctor Max, el médico de confianza personal de mi padre. Él es el único en quien confío para esta tarea. Quiero que les realicen una autopsia de inmediato. No descansaré hasta que el Doctor Max me diga exactamente qué los mató.

Otelo asintió con solemnidad, comprendiendo que el tiempo de las lágrimas había terminado. Mientras los guardias de élite entraban en la habitación para preparar el traslado y el palacio comenzaba a sumirse en el caos de las detenciones y los interrogatorios, Dianco permaneció allí, como una estatua de mármol en medio de la tormenta.

El príncipe que amaba en secreto y soñaba con refugios emocionales había muerto junto a sus padres. En ese amanecer de cenizas, el Rey que sospechaba de cada sombra y que buscaría la verdad a través del fuego y el hielo, acababa de nacer. La piedad de Aethelgard se había congelado para siempre.

Capítulo 3 El Trono De Las Sombras.

El traslado de los cuerpos reales se realizó bajo un secretismo absoluto, en esa hora incierta de la mañana donde la bruma todavía se aferra a los adoquines de Aethelgard. Otelo, con la experiencia de mil batallas grabada en el rostro, no dejó nada al azar.

-Cubran los féretros con los pesados paños negros -ordenó el jefe de la guardia, con voz ronca-. Eliminen cualquier rastro de heráldica real. No quiero ojos curiosos.

La escolta no era una guardia de honor; era una unidad de élite de guerreros de mirada dura que no despegaron las manos de sus armas, vigilando cada callejón y cada azotea del trayecto hacia el Hospital Central. Entraron por el muelle de carga restringido, evadiendo a la prensa y a los curiosos que ya comenzaban a agolparse en las avenidas.

En la zona de máxima seguridad, el doctor Max ya los esperaba. Era un hombre cuya mirada inteligente parecía ver más allá de la piel, con manos firmes que habían servido a la corona durante tres décadas.

-Príncipe Dianco -dijo Max con una voz apagada, cargada de un respeto sombrío-. Los cuerpos ya están en la sala estéril. Entraré solo con mi equipo de absoluta confianza.

Dianco, dio un paso intimidante hacia el médico.

-No quiero una respuesta a medias, Max -replicó con una calma gélida que resultaba más aterradora que un grito.

El príncipe se quedó en la sala de espera. A su lado, Safari intentaba organizar los comunicados oficiales en su tableta digital con una eficiencia mecánica.

Dos horas después, la puerta de acero de la morgue se abrió con un gemido pesado. El doctor Max salió quitándose los guantes de látex con movimientos lentos. Se acercó a Dianco lo suficiente para que solo el príncipe pudiera captar su susurro.

-Tenías razón en sospechar, Dianco. No fue una fatiga del lobo. Sus órganos estaban en perfecto estado hasta que algo los detuvo en seco. Los han envenenado con Belladona de Luna. Es un agente raro, silencioso y casi indetectable que paraliza el sistema nervioso central mientras el sujeto duerme. No sintieron dolor, pero no tuvieron oportunidad de defenderse. Su lobo interno fue apagado antes de reaccionar.

Dianco apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos y la piel pareció a punto de desgarrarse. -Mantén esto bajo secreto de estado absoluto, Max -ordenó Dianco con una frialdad letal-. Dianco se volvió hacia Otelo, quien esperaba firme como una columna de granito a su espalda.

-Cierra las fronteras de inmediato. Nadie entra. Nadie sale.

Horas más tarde, el cielo sobre Aethelgard se vistió de un gris plomizo y denso, mientras el tañido fúnebre de las campanas de la Catedral de Cristal resonaba en el aire.

La caminata hacia la Plaza de los Ancestros fue eterna. Dianco caminaba al frente, seguido por su hermana Lira, que lloraba desconsolada bajo un velo oscuro, y su primo Kyle. Miles de ciudadanos se agolpaban en las avenidas, bajando la cabeza con respeto.

Al llegar a la plaza, los dos féretros de mármol blanco esperaban bajo el Gran Arco de los Alfas. Dianco subió al estrado, sintiendo el peso de miles de miradas. Entre la multitud, sus sentidos agudizados detectaron rastros de miedo en varios miembros del Consejo y, lo más preocupante, la ausencia total de Dino y sus hombres más leales.

Se acercó a los féretros y puso una mano sobre el mármol frío de la tumba de su padre.

«Te fallé, padre -pensó, mientras una punzada de dolor le recorría el pecho-. Me distraje con un amor que no valía nada mientras el enemigo cruzaba tu puerta. Pero te juro por mi honor y mi linaje que no habrá rincón en todo Dravonis donde el traidor pueda esconderse de mi justicia».

Dianco se giró hacia su pueblo. Su voz, potenciada por su naturaleza Alfa.

-Pueblo de Aethelgard. Hoy no solo despedimos a un Rey y a una Reina que amaron este suelo. Hoy despedimos la inocencia de nuestro continente. Mis padres fueron asesinados por la espalda, traicionados por aquellos que comían en su mesa y juraban lealtad a su corona.

Un murmullo de indignación recorrió a la multitud. Dianco levantó una mano y el silencio volvió a ser absoluto.

-Muchos de ustedes tienen miedo. Muchos se preguntan qué pasará con la manada ahora que las sombras han entrado al palacio.

Mi respuesta es simple: el luto termina con este entierro. A partir de mañana, Aethelgard no será una presa para los traidores. Iniciaremos una purga interna para limpiar cada rastro de deslealtad. No habrá piedad para los cómplices, ni olvido para los asesinos.

Al bajar del estrado, en mitad del pasillo de honor, uno de los miembros del consejo, se interpuso sutilmente en su camino, quebrando el protocolo.

-Príncipe Dianco... -murmuró con una sonrisa cargada de condescendencia-. Entendemos su dolor, pero hablar de purgas y cerrar fronteras sin la aprobación del Consejo es una imprudencia política. Su juventud no le permite tomar atribuciones de Rey todavía...

Dianco se detuvo en seco. El aire alrededor de ambos pareció descender varios grados. El Alfa de Hielo clavó sus ojos azules en el anciano con una intensidad tan letal que el consejero palideció, dando un paso involuntario hacia atrás.

-Mi juventud es lo único que va a garantizar que yo tenga la fuerza suficiente para arrancar la cabeza de los traidores. Y si el Consejo intenta interponerse en mi camino, empezaré la limpieza por esta misma plaza. Apártese de mi vista.

El consejero se retiró temblando entre la multitud. Dianco continuó su marcha militar de regreso al palacio.

Al entrar en su despacho privado, el silencio lo recibió como una losa. Se hundió en la silla de cuero de su escritorio, sintiendo el peso de la corona que aún no se ceñía en su cabeza. Safari entró poco después, cerrando la pesada puerta de madera detrás de ella.

-Señor, he iniciado el protocolo de emergencia -dijo Safari, con una expresión de serenidad profesional-. La princesa Lira está bajo custodia de la guardia de élite en sus aposentos. Está devastada, pero la seguridad es total.

-Gracias, Safari -respondió Dianco-. Necesito que seas mis ojos y mis oídos en las sombras.

.

-Lo sé, señor. Ya he interceptado tres intentos de comunicación no autorizada hacia el exterior. Los consejeros están nerviosos.

-Que lo estén -Dianco se reclinó en su silla, -. A partir de hoy, las reglas han cambiado. Y yo tambien.

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