25 de noviembre
Chicago, Illinois.
Killiam Draven
Entro al acogedor local que me brinda el calor que necesito y mis músculos se relajan. Solo he caminado una cuadra para llegar aquí, pero el frío que hace en las calles me tiene helado hasta los huesos. El olor a chocolate y galletas llena todo el lugar y me siento complacido al ver en la vitrina que aún queda lo que vengo a buscar.
Hoy fue un largo día. Sé que Mack ha de estar ocupada por el pedido que tenía que entregar hoy y tal vez por eso no me ha respondido aún los mensajes, pero no hay nada que unas galletas de chocolate con avellana de este lugar, que es su favorito, no mejoren.
Llego hasta la vitrina y la dueña, Doña Ofelia, me atiende con la misma sonrisa de siempre.
-¡Killiam! Qué bueno verte, ¿lo mismo de siempre? -Me da una cálida sonrisa.
Asiento, devolviendo el gesto.
-Una caja grande, por favor.
Ofelia me da una mirada larga que advierte problemas.
-¿Metiste la pata o fue un mal día? -Enarca una ceja, regañándome, y yo levanto mis manos con un gesto de inocencia.
-Día largo de trabajo y creo que las necesita -explico, para que no piense mal.
Ella me prepara la caja con una sonrisa y me las entrega.
-Son de la última horneada, aún siguen calientes. Le das saludos a Mack de mi parte, dile que espero verla pronto, que no solo te mande a ti por ellas -me dice mientras yo pago y le agradezco.
Vuelvo al auto con rapidez, tratando de cubrir del frío la caja de galletas, y me dispongo a ir rumbo a casa. Trato de llamar a mi esposa para saber si sigue en la floristería que me queda de camino, para esperarla, pero sigue sin responder. Paso por el lugar sin prisa y todo está cerrado. Una sonrisa de orgullo se me instala en el rostro. Ha terminado todo con tiempo de sobra e imagino que ahora está descansando.
«De seguro se quedó dormida. Es lo más probable».
Al llegar a casa, también encuentro todo a oscuras y eso sí que despierta la preocupación en mí. Mackenzie odia tener la casa a oscuras y más en esta época, donde las luces navideñas y el árbol brillan en su máximo esplendor.
Paso por la sala y, en efecto, las luces están apagadas en todos lados, menos en la cocina, porque allí es donde debe estar.
Llego y la encuentro apoyada en la isla de la cocina, ese lugar que ha sido testigo de muchas de las mejores noches que hemos vivido. Mi primer instinto es tomarla por sorpresa y convertir de esta, una de esas noches memorables que nos encanta tener, pero veo la postura encorvada en su espalda, sus hombros caídos y sé de inmediato que algo pasa, o que tal vez está muy cansada.
Llego hasta ella y la abrazo por la espalda, dejando un beso sobre su cabeza mientras que coloco frente a ella, en la encimera, la caja de galletas.
-Ya estoy en casa, amor.
Me impregno de su aroma. Ese que me recuerda que estoy justo en mi hogar, y no me refiero a esta casa, sino a ella.
Su cuerpo se tensa, pero no me responde. Solo se queda allí, mirando a la mesa.
-Traje tus favoritas, Mack. Doña Ofelia te manda saludos y dice que están recién horneadas, extraña verte por la pastelería.
Siento como su caja torácica se expande cuando toma aire y llena sus pulmones. Su cuerpo sigue tenso y voy a dejarle unos cuantos besos en el cuello para relajarla cuando ella se aleja todo lo que puede de mí, dejándome sorprendido.
No puede ir muy lejos porque mantengo mi brazo firme a su alrededor y está atrapada entre la encimera y yo.
-¿Pasa algo, amor?
-Tenemos que hablar, Killiam. -Su voz suena fría, distante.
Nunca usa mi nombre completo a menos que esté molesta y trato de pensar en qué carajos hice hoy, sin darme cuenta, cómo para recibir esa actitud de su parte. Me alejo un poco, para brindarle el espacio que necesita, y ella se voltea para darme la cara.
«Ahí están... los ojos que siempre me han enloquecido, pero no tienen el mismo brillo de siempre».
-¿Qué pasa Mack? ¿Sucedió algo en el trabajo? ¿Por qué estás así?
Ella suelta el aire con fuerza y me coloca una carpeta sobre el pecho que no había visto hasta ahora.
-Quiero el divorcio.
Sus palabras caen como un puñetazo directo al estómago y retrocedo aún más, sintiendo esto cómo un dolor físico, real. Abro mis ojos sin entender nada. Estoy confundido y no puedo dejar de mover mi vista desde ese sobre, hasta sus ojos.
Esos que siempre han mostrado calidez, pero que hoy se muestran fríos.
-No... -titubeo y tengo que agarrar aire cuando las manos empiezan a temblarme-. No entiendo, Mack.
-No hay nada que entender, Killiam. Aquí están los documentos que debes firmar, ya coordiné todo con mis abogados.
«Mis abogados... ¿De cuándo acá ella tiene abogados?».
Niego rotundamente y me acerco a ella, sosteniéndola por los hombros.
-Estos no son juegos, Mackenzie. Bromea con otra cosa, pero con esto no. Nunca -hablo con firmeza y seriedad-. Te amo demasiado y sabes que no puedo lidiar con algo como esto.
Ella resopla y mis palabras mueren, mientras sigo sin entender lo que está pasando.
-No es una broma, Killiam. No hagas esto más difícil -me pide mientras se gira y me da la espalda.
Sus manos siguen apoyadas en la encimera, mientras sus hombros suben y bajan con cada respiración y allí... allí junto a su mano, esos putos documentos.
-Pero... ¿Por qué? -Doy un paso hacia ella para tocarla, pero me contengo al último segundo, no sabiendo si justo ahora sea lo más apropiado.
-Porque es lo correcto -dice sin más y exploto.
Cierro la distancia que hay entre nosotros y la tomo de la cintura, dándole la vuelta para que me dé la cara.
-No me vengas con mierdas, Mackenzie. ¿Es lo correcto? ¿Eso es lo que vas a decirme? ¿Hay alguien más, acaso?
Su ceja casi llega al cabello cuando hago esa pregunta y sus ojos se vuelven más duros, llenos de rabia. Pero esas emociones solo duran un segundo, porque vuelve a la máscara fría y bien ensayada.
-No tiene que existir alguien para dar por terminada una relación. A veces, simplemente nos damos cuenta de que no somos compatibles.
Con cada palabra que sale de su boca la rabia bulle en mis venas.
-¡¿Me vas a venir con esa mierda?! ¿De verdad voy a creer que no somos compatibles cuando hace unas noches, en este mismo maldito lugar, estabas gimiendo mi nombre y diciendo que me amabas?
Me mira directamente, sin mostrar ninguna expresión.
-Las mujeres sabemos fingir bien. -Se encoge de hombros.
-Tú no estabas fingiendo esa noche -hablo con los dientes apretados y me acerco a ella, tomándola del rostro con delicadeza-. Ni esa noche ni ninguna. Conozco bien tu cuerpo, Mack. Así que no me vengas con patrañas. ¿Por qué mierdas haces esto?
-Porque no soy feliz -su voz, es apenas un susurro, pero lo dice-. No nací para esto -niega, mientras mira a algún punto cualquiera ubicado en mi espalda, pero sin mirarme-. No soy lo suficientemente buena para ser una esposa.
-Eso no lo decides tú -la interrumpo-. Eres la mujer que amo y claro que eres suficiente.
-No quiero seguir con esto, Killiam. No me siento feliz aquí, a tu lado. No puedo seguir fingiendo que sí. No soy tan buena actriz cómo para soportar más tiempo.
-¿Acaso no me amas? -la pregunta sale de lo más profundo de mi corazón, es apenas un susurro lleno de miedo, por la respuesta que pueda darme.
-Te amé con locura -admite, y que use el tiempo pasado me destroza el corazón.
-¿Ya. No. Me. Amas? -puntualizo cada palabra.
-No... -susurra y ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos cuando lo dice-. No te amo.
Los ojos me arden y sin previo aviso, las lágrimas comienzan a deslizarse por mi cara. Nunca he sido un hombre llorica, pero tampoco soy alguien que le apene mostrar sus sentimientos, y justo ahora puedo escuchar y sentir cómo mi corazón se rompe en cientos de pedazos.
-No quiero nada que sea tuyo, ni siquiera esta casa. No voy a pelear por dinero -comienza a explicarme cosas que no me interesan-. La floristería es mía, pero todo lo demás es tuyo, Killiam. Solo quiero pedirte una cosa.
Siento que estoy en medio de una pesadilla. Que no puedo respirar. Que esta mierda nunca se acaba.
«¿Cuándo voy a despertar?».
-¿Me oíste? Solo eso quiero... -me pide y yo asiento, porque ella podría pedirme la luna y yo mismo viajaría al espacio para traerle parte de ella-. ¿Estás de acuerdo? -insiste.
-Lo que quieras... -contesto sin mirarla, mientras me limpio las lágrimas del rostro.
-Entonces firma y salgamos de esto de una buena vez. -Me tiende el bolígrafo y puedo ver un ligero temblor en su mano.
«No puedo hacer esto».
-Mis abogados tienen que revisar los documentos primero. -Es lo único que se me ocurre para no tener que hacer esto ahora.
-¿Crees que miento? ¿Crees que voy a jugarte sucio? -pregunta, ofendida.
Niego, pero no puedo firmar esto ahora. Necesito procesarlo.
-Tienen que revisarlo -me mantengo firme y ella resopla, evidentemente molesta.
Su móvil comienza a sonar y el ruido nos sobresalta a ambos. No habíamos notado que las últimas palabras las habíamos dicho entre susurros.
-Es tu madre... -le digo, cuando ella ni siquiera voltea a ver el móvil, porque es raro que su madre llame a esta hora.
Su ceño se frunce y toma el teléfono de inmediato. A la desolación, se le añade la preocupación, porque su familia es muy distinta a la mía. Es la familia que me regaló la vida y si llaman a esta hora, no puede significar nada bueno.
-La abuela Gigi -oigo que Mack susurra y mi corazón se salta un latido.
La abuela Gigi es una de las personas más maravillosas que he conocido, por supuesto, detrás de la que tengo al frente.
-Ahí estaremos -promete y cuelga la llamada antes de pasarse la mano por la cara, llena de preocupación.
-¿La abuela está bien? -Me acerco a ella, pero Mack retrocede, decidida a marcar la distancia entre nosotros.
-Mi abuela está bien -puntualiza y yo me muerdo la lengua-. Es sobre su cumpleaños -me recuerda-. La familia ha hecho de eso todo un evento, desde el primero de diciembre hasta navidad. Habíamos comprado los vuelos, ¿lo recuerdas? -Asiento, porque yo mismo hice el trámite.
-No saben nada, ¿verdad? -llego a la conclusión y ella asiente.
-Y no tienen que saberlo hasta que esto pase. Es una decisión que se toma en privado.
-Tan en privado que ni siquiera me lo comentaste hasta ahora -le reclamo.
-No empieces. -Levanta un dedo hacia mí.
-Sé que es una locura lo que voy a pedirte, después de todo lo que se ha dicho, pero es por la abuela, por su salud. No puedo hacerle esto ahora. -Un atisbo de esperanza ilumina mi roto corazón, aunque siga sin entender lo que está pasando-. Necesitamos fingir que todo está bien. Por ellos, por ella -me pide-. Necesitamos hacerlo.
-Acabas de decir que no puedes seguir fingiendo que eres feliz a mi lado -las palabras me saben amargas cuando las digo.
-Lo sé y no te pido esto por mí, sino por ella... No podemos hacerle esto, después de que ha tenido un año tan difícil y sabemos cuánto ama la navidad y su cumpleaños. Por todo este tiempo que llevamos juntos, por el amor que le tienes a mi familia, a la abuela... Ayúdame a cumplir con este último compromiso familiar. A aparentar que todo marcha bien.
-Será un diciembre lleno de apariencias... ¿Segura que puedes con eso?
-Por la abuela, sí.
-Y porque me amas todavía, aunque no lo admitas.
Ella niega y me evade la mirada. Pero en mi cabeza empieza a trazarse un plan. Un jodido, loco y desesperado plan.
-Entonces... ¿cuento contigo para esto?
-Te doy una respuesta después de que mis abogados revisen el acuerdo de divorcio.
Vuelve a resoplar, frustrada.
-¿De verdad vas a hacer las cosas así? -pregunta, molesta- ¿No puedes hacerme este último favor? -grita, evidentemente frustrada.
-A ver, Mack...
-Mackenzie -me interrumpe y yo giro los ojos, porque ya está pareciendo una niña malcriada.
-Mackenzie -repito para complacerla-. Ya tú hiciste las cosas a tu modo, necesito tiempo, necesito revisar los documentos y luego te daré una respuesta a ese último favor.
-Sea lo que sea que esté maquinando tu cabeza, la respuesta es no, Killiam. Esto se acabó.
-Puedes decir lo que quieras, Mack... enzie -completo cuando me gano una mala mirada-. Pero necesitas un favor de mi parte y la última palabra, la tengo yo.
«Eso es muy cabrón de mi parte, pero es lo que tengo».
Ella me mira con rabia contenida, pero no dice nada, solo asiente y toma su teléfono de la encimera, donde lo ha dejado.
-Alquilé un Airbnb por unos días, mientras busco algo más permanente -camina hacia unas maletas que ni siquiera había notado-. Cuando estés listo, pasa por la floristería para que hablemos.
-No tienes que irte, esta es tu casa -le pido, pero ella niega.
-Es tuya... No quiero estar aquí.
-Puedo irme, si eso te brinda tranquilidad.
No quiero que se vaya, quiero saber que está segura y cómoda, a pesar de todo.
-Mis maletas ya están hechas -se encoge de hombros.
-Yo no las necesito.
-¡Ya basta, Killiam! -me grita y vuelve a respirar profundo para recobrar la compostura-. Solo ten todo listo antes del primero de diciembre. Necesito una respuesta de tu parte, para saber a qué atenerme.
Toma las maletas, las llaves de su auto y sin más, sale por la puerta de la cocina.
Sin mirar atrás. Sin mirar que me ha dejado con el alma y el corazón hecho pedazos.
Sin mirar el lugar donde hemos construido recuerdos que llevamos tatuados en la piel.
Miro el documento sobre la encimera y niego. Ese maldito papel no me va a separar de la mujer que amo, no puedo rendirme. No así de fácil, sin entender en realidad qué coño está pasando.
Si Mackenzie quiere el divorcio tendrá que ser bajo mis condiciones. Ella lo hizo a su manera, ahora tiene que ver que, a la mía, no es tan sencillo.
Porque no estoy dispuesto a rendirme tan fácil solo porque sí.
No estoy dispuesto a perderla, a perdernos, y menos, si ella me sigue amando cómo yo la amo.
30 de noviembre
Chicago, Illinois
Killiam Draven
Han pasado cinco días desde que Mackenzie me entregó los documentos del divorcio. Cada uno de ellos peor que el anterior. Pero el primero no lo voy a olvidar nunca.
El despertar solo en la cama después de pasar gran parte de la noche llorando por su partida y enloqueciéndome, rompiéndome la cabeza, preguntándome tantas cosas.
Porque he hecho las cosas bien, he tratado de que ella no se diera cuenta de las nimiedades de nuestros días, llevando la carga yo solo. Las culpas, las responsabilidades, para que ella viva como la reina que es.
No entiendo de dónde ha sacado esa maldita cosa de que ella no sirve para el papel de esposa, si es perfecta. A mis ojos no hay nadie mejor.
Nunca lo habrá.
Sé que algo está malditamente mal, pero no logro entender el qué.
Los siguientes días, decidí dejar de lamentarme y empecé a tratar de buscarla, pero la floristería estuvo cerrada. Llamé a su mejor amiga, pero por supuesto, ella no iba a decirme dónde estaba, y después, me fui a ver a mis abogados.
Tal y cómo ella dijo... Me está dejando todo, a pesar de que nos casamos por bienes mancomunados sin ningún problema, aunque yo llevara las de perder.
Ella solo me ha pedido su regalo de bodas, cosa que me dice que aún me sigue amando, porque de no ser así, ni siquiera querría estar allí.
Mis abogados me recomendaron firmar, pero cómo no, ellos solo hablan a través de la conveniencia, sin importarles una mierda los sentimientos y todo lo que hemos vivido juntos.
Pero yo comencé a poner mi plan en marcha, especificando en los documentos que voy a cumplir a cabalidad lo que ella me ha pedido, aunque para mí no sea fingir, mientras que ella acepte las pequeñas cláusulas que he añadido.
Pasé cinco días de mierda, pero hoy... Hoy pongo en marcha mi plan, porque ha sido ella la que se ha comunicado conmigo para saber si tengo una respuesta.
Mi teléfono vuelve a sonar con otro mensaje de ella.
»Necesito una respuesta, Killiam. Estoy en la floristería, puedes pasar si quieres.
Mi primer instinto es responderle rápido, porque si quiero arreglar las cosas el tenerla de malas no es un buen primer paso, pero sonrío y la dejo esperando, creando un poco de expectativa en su loca cabecita.
Igual y ya sé dónde está.
Recojo los documentos que ya tengo preparados y me dirijo al auto, tomando la última galleta que queda de en la cocina. Esto ha sido lo único que he comido estos días.
Sí, una jodida tortura, pero he sobrevivido a base de café y galletas que me recuerdan a ella.
Conduzco por las calles que conozco bien y veo que todo sigue igual a los días anteriores que estuve por aquí, para los demás nada ha cambiado, pero para mí es diferente.
Durante los otros días, todo parecía gris y desolado, pero hoy, esa floristería que tengo a pocos metros, que queda en una esquina, rebosa de colores brillantes y lo embellece todo.
Porque eso es lo que ella hace; lo que hizo conmigo. Llegó a mi vida gris, vacía y aburrida, la embelleció y la hizo más brillante con su presencia.
Estaciono enfrente y desde aquí puedo verla sonreír en el mostrador, mientras atiende a un cliente. El hombre se inclina, apoya su codo en la vitrina y se le queda mirando de una forma que me hace apretar el volante, porque nadie debería verla de esa forma.
Normalmente no me molesta que vengan aquí hombres, porque la mayoría vienen dispuestos a llevar flores a la persona que aman, pero hay otros que se pasan de listos y quieren cruzar la línea de lo decente.
Tomo la carpeta, abro la puerta y entro a la floristería que está llena de nochebuenas y muérdago en la entrada.
Mack ha hecho arreglos maravillosos.
Un pino natural está decorado apenas entras al lugar y el olor que irradia, más el de las flores, me da tranquilidad.
Sus ojos se cruzan con los míos por un segundo y se queda paralizada, pero reacciona con rapidez cuando el hombre vuelve a hablarle.
-Entonces, ¿puedo pedir un ramo de hortensias y regalárselo a la dueña de la floristería para que me acepte una cita?
Ladeo la cabeza mientras lo miro y sopeso la gravedad de estamparle la cara en la vitrina para que se calle.
Mack ni siquiera está nerviosa, sé que una mujer hermosa como ella lidia con tipos como este todo el tiempo, muy a mi pesar, pero no voy a dejar que cruce la línea, no en mi presencia.
-¿Qué dices? -sigue insistiendo y llego hasta el mostrador para colocarme a su lado.
-Ella dice que no. -Le doy una sonrisa falsa y lo veo fruncir el ceño.
-¿Y tú eres? -Enarca una ceja-. Creo que ella tiene una boquita muy bonita para responder.
«¡Menudo bastardo!».
Resoplo mientras me enderezo y él hace lo mismo, pero yo soy mucho más alto y tiene que levantar la cabeza para mirarme a la cara.
-Killiam, por favor -susurra Mackenzie y el rostro del hombre cambia.
-Yo soy el que va a romperte tu fea boca como no te largues y dejes a mi esposa en paz -hablo con los dientes apretados, y el hombre retrocede.
-Yo... no sabía... -comienza a titubear.
-A la próxima, fíjate en el anillo que lleva en su mano -le digo antes de verlo marcharse.
De reojo veo cómo Mackenzie mira su mano, esa donde aún lleva nuestra alianza matrimonial y el anillo de compromiso que le regalé.
Lo mira como si a ella le sorprendiera aún llevarlo puesto.
-No tenías que hacer eso -habla con dureza-. Era un cliente.
«Ahora ella quiere defender al bastardo». Giro los ojos y después la miro.
-No era un cliente, solo era un idiota que quería molestarte.
-Yo puedo controlar la situación -me porfía.
-Para algo soy tu esposo, Mack. No voy a dejar que un cretino como ese se te acerque.
-Ya no más... -susurra y sé a qué se refiere.
-Sigo siendo tu esposo y lo sabes -le recuerdo.
-Eres mi futuro exesposo y viendo los documentos que traes en la mano, supongo que tu cabeza se ha aclarado y después de nuestra última conversación, decidiste firmarlos.
«Bien, si quiere ir por ese camino».
-Seguiré siendo tu esposo hasta que todo sea definitivo.
-¿Firmaste?
-Si te refieres a si firmé nuestro nuevo acuerdo de disolución del matrimonio, sí, lo firmé.
«Aunque se me haya ido otro pedazo de mi alma mientras lo hacía».
-¿Nuevo? ¿No te satisfizo el anterior? ¿Qué más quieres de mí? -Aprieta los puños molesta.
-¿En serio me preguntas eso, Mack? -No hay más que dolor en mi voz.
-Solo quiero que esto acabe. -Desvía la mirada y comienza a humedecer unos girasoles que están en buen estado; sé que es su forma de lidiar con esta conversación.
Oír esas cinco palabras de su boca me duelen, porque habla como si se refiriera a cualquier tontería.
-Esto, como lo llamas, es nuestro matrimonio, Mack. No es cualquier cosa -murmuro dolido, tragando en seco e intentando ser fuerte.
-No vayas por ahí, Killiam. Solo dime qué cambiaste.
-Te di lo único que pediste y un poco más. Una manutención es lo mínimo que puedo darte, y nuestra casa en esta ciudad.
-No la quiero -niega con firmeza-. No quiero nada que me siga recordando a ti.
Sus palabras instantáneas se sienten como un puñetazo inesperado.
-¿Quieres olvidarme? -Mi ceño se frunce, mientras que todo dentro de mí comienza a temblar.
-Supongo que, con el tiempo, eso es lo que pasará con nosotros.
-Eso es imposible -niego con fiereza. Mis manos se cierran en puños para evitar romperme más de lo que ya estoy.
-Los documentos, Killiam. ¿Qué más cambiaste?
Respiro hondo para calmarme, tengo que hacer esto a mi manera.
-Agregué el favor que me pediste para que no pueda retractarme hasta que esté hecho, ni tú tampoco.
-¿Por qué hiciste eso? -Frunce el ceño y me quita los documentos de la mano.
Yo la ayudo a buscar específicamente el lugar donde está redactado.
-No lo hice por ti ni por mí, sino por tu familia. No sabemos qué pueda suceder y ellos merecen pasar las fiestas a gusto. Ni tú ni yo tenemos derecho a arruinárselas.
Parece sorprendida por lo que digo, pero no hay más que verdad en mis palabras. Su familia hace de la navidad un evento grande y más, porque la abuela más querida de la familia y la matriarca, cumple años durante las festividades.
-Está bien -asiente, mientras toma un bolígrafo que tiene en el mostrador y firma donde indica su nombre, sin pensarlo dos veces-. Listo, ahora solo eres mi esposo por apariencias, te agradezco de verdad por este favor, a pesar de cómo se ha dado todo -habla sin siquiera mirarme.
-¡Oh, oh! -exclamo y finjo inocencia. Ella levanta la vista, con los ojos estrechos, mirándome fijamente-. ¿No leíste lo que había en la siguiente página?
Mackenzie palidece cuando me escucha hablar.
-¿Qué carajos hiciste, Killiam? -pregunta mientras revisa una vez más los documentos.
Yo estoy atento solo para que lea lo adecuado, por si le da por romperlos.
-En la guerra y el amor todo se vale. Y yo te amo, Mackenzie. ¿Crees que voy a rendirme tan fácil?
-Esto no es justo, Killiam. ¿Vas a obligarme a estar contigo?
-Solo hago nuestro acuerdo más firme, Mack. Si tengo que fingir ante tu familia que nada pasa, no lo haré siendo tu exesposo. El divorcio solo tendrá validez el día de año nuevo. Si algo cambia antes de medianoche, todo seguirá igual que antes para nosotros.
-Nada cambiará, es una decisión tomada -anuncia firme y yo le quito los documentos.
-Créeme, que voy a disfrutar este viaje -le digo acercándome a ella y tomando uno de sus rizos rojos-. Voy a encargarme de averiguar qué carajos pasa y por qué de la noche a la mañana decidiste divorciarte de mí. Voy a ser una puta molestia, porque si tengo que volver a enamorarte de nuevo, voy a usar cada recurso que tenga para hacerlo y eso... Eso incluye a tu familia.
-No metas a mi familia en esto, Killiam -me quita el mechón de cabello de entre los dedos con rabia.
-Fuiste tú quien los metió, amor -me encojo de hombros-. Te espero mañana en el aeropuerto, nos espera un largo y cómodo viaje a Colorado.
-No tenemos que ir en el mismo vuelo -me responde a regañadientes-. Después de que me engañaste con esto, me jugaste sucio, no quiero tener que permanecer tres horas sentada a tu lado.
-Estamos en temporada alta, buena suerte consiguiendo un vuelo, esposita -respondo, ya yéndome del lugar, para no aumentar la tensión.
-¡Que no soy tu esposa! -me refuta y yo sonrío esta vez, con diversión. Sonrío por primera vez en cinco días.
-Lo eres, hasta el 31 de diciembre a las 11:59 p.m.. Te guste o no, Mack, ya firmaste.
-Te estás comportando como un idiota -grita.
-Mmm... sí, tienes razón.
-¿Solo eso dirás? -Su rostro está rojo, pero yo no puedo evitar reírme.
-Mmm... Sí. -Abro la puerta y me devuelvo, para molestarla un poco más-. Feliz navidad, Mackenzie.
1 de Diciembre
Travesía desde: Chicago, Illinois a Breckenridge, Colorado.
Mackenzie Hale
Veo a Killiam sentado en la sala VIP del aeropuerto con esa sonrisa estúpida que ya no soporto. Esa que le grita al mundo que, a pesar de que todo está en su contra, él se sale con la suya; y eso es lo que ha hecho hoy.
Bastante tengo con seguir aparentando que nada pasa durante el tiempo que estemos con mi familia, cómo para tener que soportarlo hasta año nuevo.
Se supone que el día después de navidad estuviésemos de regreso y que toda esta farsa terminaría. Eso era lo que tenía en mente, pero por supuesto, Killiam tenía sus propios planes.
Ahora nos esperan tres horas de vuelo y más dos de carretera antes de poner todo en marcha para que mi familia tenga buenas festividades y no sospechen de nada.
-¿Preparada para la aventura? -me pregunta con la misma sonrisa que, supongo, no se le ha quitado desde ayer.
Su positivismo justo ahora me exaspera. Y más, porque me pasé gran parte de la noche en vela, tratando de convencerme a mí misma de que esta es una buena idea. De que lo hago por mi familia, de que la abuela Gigi está bastante delicada de salud y no voy a darle un motivo más para que esté peor.
-No hay aventura alguna, Killiam, así que quita esa tonta sonrisa de tu cara -giro lo ojos lo suficientemente molesta y lo hago evidente para que lo note, pero no me hace caso.
-La navidad con tu familia siempre es una aventura.
-Esta vez es en Breckenridge y estará toda la familia, incluso a los que no conoces.
-Que no conozco porque decidiste vivir una vida alejada de tus parientes, a excepción de tus padres y tu abuela, a quienes prácticamente obligaste a pasar una navidad con nosotros -me recuerda.
Resoplo con fastidio y me cruzo de brazos.
-Yo no obligué a nadie.
-Tu madre se pasó gran parte de las fiestas organizando eventos a distancia, Mack. Y aunque amaron pasar navidad con nosotros y yo también amé pasar navidad con ellos, además de oír sus historias, más el festejo de la abuela Gigi, me causa curiosidad el por qué en tres años de matrimonio nunca quisiste viajar a Breckenridge.
-Estar allí es raro para mí, yo no he vuelto en años y no es que me alegre demasiado. Y ya no hablemos de eso, es más... -levanto la mano para interrumpir lo que sea que fuera a decir-, ni siquiera tenemos que hablar. Haznos un favor y regálanos un poco de paz.
-Pero si yo estoy en paz, Mack -se echa a reír el muy desgraciado, burlándose de mí-. Si tu consciencia no te brinda paz por lo que estás haciendo, puedes dejar de fingir en cualquier momento.
«Si será idiota...».
-Algunos de nosotros no estamos acostumbrados a vivir entre mentiras -le suelto con rabia, mientras me alejo.
Pero, ¡oh, sorpresa! Él me sigue.
-Pero tú has sido la de la idea, Mack. Yo solo he accedido porque estoy dispuesto a...
Me volteo para hacerle frente y choca frente a mí, casi tumbándome al suelo.
-¡Mierda, Mack!
-¡Eso mismo digo yo! -trato de no explotar cuando todos nos miran y me alejo un poco de él, para estabilizarme-. No estoy dispuesta a aguantar tu mierda hasta que lleguemos al pueblo. Procura ni siquiera hablarme cuando estemos juntos, por ahora, tú mantente en un lado de la sala y yo en otro, es lo mejor para los dos.
Killiam me deja marchar, pero se queda pensativo, parado en medio del pasillo con el ceño fruncido. A una parte de mí le duele ser así, tratarlo cómo nunca lo he hecho, pero él debe tener claro que este acuerdo lleno de apariencias y mentiras dudará solo hasta que regresemos a casa. Y me importa poco si él cree que voy a quedarme en Breckenridge un día más del necesario, porque el día veinticinco, en la tarde, ya estaré de regreso en la ciudad.
A diferencia de él, no me gusta mentir. Y aunque soy descarada, porque nunca le he hablado con claridad de mi pueblo de origen, no se compara a las mentiras que él ha dicho o a lo que estamos a punto de hacer. Yo solo evité mencionar parte de mi historia porque no me gusta hablar de ella y cuando lo conocí, su familia era lo bastante estirada, citadina y millonaria cómo para yo hablar de más.
Lo veo desde mi posición y para mi mala suerte, me pilla mirándolo, porque aparentemente no me ha quitado la mirada de encima.
«No debí haberle propuesto eso».
Debí ser valiente y llegar a casa diciendo: ¡Hey! Hola a todos de nuevo, después de algunos años, les cuento que me casé, no los invité, pero tranquilos, ya me divorcié.
Lo peor hubiese sido aguantar las miradas de reproche de la tía abuela Sara, o lo falsamente triste que estaría la tía Felicia. Mientras que por detrás, esta última le diría a mi prima Clara que su matrimonio es, por supuesto, mejor que él mío y que todos los demás. En su familia perfecta, matrimonio perfecto y en una maldita navidad perfecta, donde son mejores que yo.
Mi teléfono vibra y veo un mensaje con su nombre en la pantalla.
»Deberías dejar de fruncir tanto el ceño, te saldrán arrugas y apenas tienes veintisiete, Mack.
Le saco el dedo del medio en respuesta.
¡Que lo jodan!
Pero él solo se ríe de mi gesto.
Ir a cualquier lugar de Colorado me haría feliz en cualquier momento. De hecho, si pasáramos las festividades en algún lugar de Denver, sería mucho más sencillo. Pero no logré convencer a nadie este año y tras tantas faltas, mi familia no me ha dado la oportunidad de negarme a ir a Breckenridge.
Nos llaman para abordar nuestro avión y soy la primera en levantarse, rogando para que Killiam no se ponga a mi lado en la fila y, al menos por ahora, respete mi espacio.
Pero cuando estamos en el avión lo veo llegar justo a mi lado, con la misma sonrisa petulante.
-Hola, compañera de vuelo -me guiña un ojo y yo trato de ignorarlo, pero él sigue insistiendo-. ¿No vas a decir nada? Compré vuelos en primera clase, solo para tres horas de vuelo.
-¿Tu papi te negó el jet privado? -Enarco una ceja. Sé que estoy siendo una perra sabiendo que, a pesar del dinero, a él nunca le ha gustado la vida ostentosa que lleva su familia-. Es lo menos que podías hacer, con todo el dinero que tienes -menciono mientras me acomodo y busco los audífonos para no tener que escucharlo.
-Un gracias era suficiente y sabes qué opino de usar el jet privado como si fuera un autobús.
-Sí, sí... Todo el rollo del medio ambiente.
-Rollo que a ti te preocupa también, aunque estés de mal humor ahora -me refuta, mientras se sienta a mi lado.
Me molesta que reduzca todo al hecho de que yo esté solo de mal humor.
-¿Recuerdas lo que te dije? -le pregunto y me mira confundido. Yo vuelvo a girar los ojos con fastidio-. No me hables hasta que lleguemos al pueblo.
-Estoy feliz de conocer tu pueblo natal, Mack. Aunque no sea en las mejores circunstancias.
-Irónico ¿no? -Me burlo de la situación, porque no tengo de otra-. Nunca los conociste cuando éramos realmente felices y los conocerás cuando fingimos serlo.
-Yo no voy a fingir -me mira fijamente y yo quisiera creerle cuando lo dice de esa forma, pero no puedo.
-Sí, cómo digas. -Me encojo de hombros y me pongo mis audífonos con la música pop que me relaja en cualquier situación.
Paso la mayor parte del vuelo con los ojos cerrados, incluso cuando la azafata pasa por nuestro lado ofreciendo cosas y oigo cómo él pide por mí exactamente lo que me gusta.
La coca de dieta, maní salado y esas galletitas de vainilla diminutas que siempre dan en esta aerolínea.
Cuando anuncian que estamos por aterrizar, veo todo sobre mi mesa y me acomodo en el asiento.
Él lee una revista donde el artículo principal, es "Los mejores lugares para que tus vacaciones navideñas sean inolvidables" y, por supuesto, Breckenridge se encuentra entre ellos.
Aterrizamos en Denver y me estiro un poco para entrar en calor cuando la brisa helada que hace en la ciudad me golpea de frente. Espero que Killiam tenga todo en orden tal y cómo lo prometió, porque no pienso pasar un minuto en la intemperie con este frío que hiela hasta los huesos.
El aeropuerto de Denver es grande y la ciudad, en sí, es linda, pero nuestro destino final nos aguarda arriba, en las montañas, a dos horas de distancia en auto.
Auto que espero que mi casi exesposo haya alquilado.
-¿Y ahora qué? -me pregunta cuando ya pasamos por todos los controles y tenemos nuestro equipaje.
-Ahora vamos por el auto que ya alquilaste y sigues la ruta que te indique el GPS -trato de que en mi voz no se noten las emociones que trato de ocultar.
-No me refería a eso, me refiero a cómo quieres que actúe. No quiero meter la pata con tu familia.
-Solo sé tu mismo con ellos, les gustarás. Mamá y la abuela Gigi les han hablado mucho de ti.
-Okey, ser yo mismo -asiente y estira su mano para buscar la mía.
Un escalofrío me recorre. Tiemblo por lo que me hace sentir, pero aprieto los dientes y niego.
-Sé menos tú con lo que a mí respecta.
Alejo mi mano para dejárselo claro, pero él resopla.
-A ver, Mack, haciendo a un lado la absurda razón por la que me pediste el divorcio, haciendo a un lado que me estoy comiendo la maldita cabeza preguntándome qué hice mal, y que tengo el corazón destrozado por lo que está pasando entre nosotros, se supone que debemos actuar como la pareja feliz que éramos hace unos días. Así que pon de tu parte y dame tu linda manita, esposa.
-Aquí no tienes que fingir, nadie nos ve -le recuerdo-. Ahora ve por el auto.
-No tengo que ir por el auto, porque ya llegaron por nosotros -saluda detrás de mí y yo me paralizo-. ¿Ahora sí quieres sostener mi mano, terroncito de azúcar? -menciona con dulzura y yo volteo al escuchar la voz de mi madre.
«¡Carajo! Pensé que tenía dos horas para mentalizarme en que debo fingir a la perfección, pero no, él ha decidido jugar sus cartas sin avisarme».
-¡Suegros! -Él pasa a mi lado, caminando con una sonrisa genuina hacia mis padres, quienes lo reciben con los brazos abiertos.
-¡Qué bueno verte, K! -Me llega primero la voz de papá y luego la de mamá cuando lo reciben. Termino de girarme para verlos y ahí está él, envuelto en un cálido abrazo con la misma sonrisa que odio.
«Voy a matarte después de esto, Killiam. Lo juro».