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Diez Noches en Dubái

Diez Noches en Dubái

Autor: : B.G. Wells
Género: Romance
Cuando el jeque árabe Adib Farhat le propone a Myrtle ir en un viaje de negocios a Dubái, esta no puede decir que no, sin embargo, en secreto siempre ha deseado al hombre. Tendrá solo diez noches para confesarse.

Capítulo 1 Uno.

Adib entró en su oficina con un traje que probablemente solo le había visto una sola persona, y esa era su secretaria Myrtle, ya que lo usó una vez para la recepción de invitados a la que nadie fue porque su peor enemigo, Ibrahim decidió hacer una fiesta esa noche, y por ende, nadie asistiría, razón por la cual su secretaria tuvo que llegar hasta donde estaba él para decirle lo que ocurría.

Mucho lo lamentó cuando se enteró, pero estaba más lleno de ira, así que lo que quiso hacer fue ponerse a la par de este y devolverle el golpe con algo igual de fuerte, algo que estaba seguro de que no se esperaría.

Hizo que desapareciera el nombre de su empresa del ranking mensual, eso quiere decir, que no obtendría tantas ventas como usualmente podría, y ahí es cuando cada uno aprendía a no meterse con un Farhat.

La mayoría de las personas los subestimaban, pero si tan solo supieran de lo que eran capaces, se quedarían tal cual estaban.

Ahora, debía quedarse allí trabajando unas horas, sin embargo, no estaría solo, sino con su secretaria, quien lo miraba desde su lugar fuera de la oficina con cierta curiosidad, y es que ella siempre había sido así.

Los ojos oscuros de ella eran tan expresivos que podían hacer a cualquiera pensárselo dos veces antes de asegurar algo, cosa que era demasiado genial, y que en lo personal, admiraba de la chica, muy aparte de siempre estar pendiente de cualquier cosa que necesitara.

Así fue como esperó al menos diez minutos a que se instalara en la oficina para poder entrar tras dos toques a la puerta entreabierta.

Él le dio la aprobación para entrar, por lo que ella hizo lo propio, llevaba una carpeta en sus manos, el cabello rojo recogido con ayuda de una pinza color blanco, una camisa blanca sobria, unos tacones color negro de altura media y una falda ceñida al cuerpo en tonos marrones.

Caminó hasta el escritorio y se sentó en la silla frente al hombre.

─Hoy tenemos una agenda apretada, Sr. Farhat, si se fija en el cronograma que le pasé por correo, podrá ver de lo que hablo─.

El hombre hace lo pedido, y de inmediato abre sus ojos al ver lo primero fijado en la lista.

─¡¿Es hoy que mi madre viene?!─ preguntó un tanto agitado, como si no se lo hubiera esperado.

─Sí, por supuesto, quería desayunar con usted, pero le he dicho que debe hacer algunas cosas de urgencia esta mañana, así que solo aceptó el almuerzo a regañadientes...─.

El hombre miró entonces los ojos de su secretaria y tomó sus manos entre las suyas.

─No sabría qué hacer sin ti, Myrtle, soy un auténtico desastre administrando el tiempo─.

─Créame que lo sé, es por eso que la primera conferencia solo durará una hora, ya que sé que no leyó lo suficiente como para convencerlos en más tiempo─ fue lo que dijo la chica, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz con su dedo índice.

─Espera ¿Cómo sabes que no leí demasiado?─ quiso saber él, frunciendo un poco el ceño.

─Porque el documento lo envié ayer en la noche, y es poco probable que con el tiempo que le dedica al gimnasio, también pudiera leer algo y comprender para explicarlo hoy, pero sé que hará su mayor esfuerzo─.

La respuesta de Myrtle lo dejó sin palabras, y es que todo lo que había dicho era cierto, de modo que no podía negarlo.

Él asintió y entonces planificaron un poco más a fondo lo que harían ese día, en especial el jeque, quien debía de finiquitar algunos asuntos con quienes fueran sus socios de Iraq. No quería tener mucho que ver con ellos, pero en serio tenía que esforzarse para no entrar en discusiones, ya que lo que ellos pedían era demasiado en muy poco tiempo.

Estaban trabajando en una campaña política, por ello, cuando se presentara ante la prensa y el congreso, debía de ir vestido como los árabes típicamente acostumbraban, esto con el fin de hacer que la gente se sintiera un poco más segura al ver los rostros en televisión y demás medios de comunicación.

A Adib jamás le gustó ser el centro de atención, pero tampoco le incomodaba mucho, solo en el ámbito amoroso, en el cual no había tenido mucha suerte, por decir que ninguna.

Al ser un líder político, debía de mantener su rostro siempre intacto de dichas habladurías que pudiera tener la gente sobre sí, por ejemplo con no haberse casado teniendo ya treinta y dos años de edad. De todos modos, no tenía razones de sobra para querer casarse con una desconocida, ese había sido su más grande error, que le gustaba conocer con quien tenía que compartir no solo su fortuna, sino también el tiempo que le quedara en el mundo, y hacer una mala elección podía costarle muy caro.

Por supuesto, no perdía la fe de que algún día podría encontrar a alguien que le pudiera proveer de todo lo que él necesitara, y viceversa, llegando a ser una unión digna de captar envidias, ya que en serio las personas solían obsesionarse con las bodas de los árabes, mucho más de los jeques, quienes decían que eran guapos sin importar su físico (refiriéndose netamente al dinero).

De haber querido, podía haberse casado con cualquier chica de su país, pero lo cierto era que no le interesaba mucho esto, sobre todo porque las mujeres allí no eran para nada su prototipo de mujer, la mayoría solo eran sumisas que ni siquiera se atrevían a opinar, y en la cama era lo mismo, y esa era una de las tantas trabas que tenía a la hora de conseguir una pareja estable.

En eso pensaba mientras caminaba rumbo al salón de conferencias, en el cual daría una muy importante hacia sus aliados que daría el norte para el proyecto que buscaban desarrollar entre los convenios.

Como siempre, saludó a todos y cada uno de los presentes, llegando a estar de pie frente a la lámina donde se exponían las diapositivas. Myrtle estaba allí para ayudarle a pasar cada imagen, ya que la presentación había sido su idea, había sido hecha por ella, como cosa natural.

El hombre comenzó a hablar acerca de lo que quería no solo para la empresa, sino para el bienestar de lo que sería la nueva ciudad que estaba en construcción, no solo física, sino también de manera ideológica, y ese era su trabajo principal, hacerle creer a la gente que ese era el camino que debían seguir para conseguir libertades monetarias, distintos beneficios y además la salvedad después de la muerte.

Claro que varios líderes religiosos se unían a la campaña, teniendo que dar su punto de vista de igual forma para la aprobación de dicho contrato, que no era nada más y nada menos que uno multimillonario, no cualquier cosa, no estaban jugando en ningún momento.

Todos los hombres ahí se miraron para poder contrastar ideas a medida que la presentación iba abriéndose paso, y con cada pregunta que hacían, se lucían respondiendo, algunas evadiendo el tema principal y otras directo al grano, y con eso, pudieron finalmente hacer las pases con los compañeros de Iraq, quienes no parecían ser muy amigables desde un principio, pero con un poco de dedicación pudieron hacer que los rostros de pocos amigos se transformaran en algo mucho más pasable, e incluso unas cuantas risas pudieron sacarles para alivianar el ambiente.

Por supuesto, la pelirroja que se encontraba detrás de la computadora con las láminas de la presentación, se sentía anonadada por lo que este hombre era capaz de hacer, y no porque fuera algo extraordinario, pero para su persona, todo lo que hacía era perfecto, a pesar de solo haberle echado un vistazo la noche anterior al tema que quería defender.

Durante algún tiempo, los dos se habían entendido tan bien que solo con hablar de algunos temas en general, todo se volvía mucho más interesante, comenzando a discutir con enorme seriedad sobre temas que incluso eran absurdos para algunas personas.

Al finalizar todo, lo que hicieron fue salir de allí, pero Adib todavía tenía que pactar algunas cosas con ellos, por lo que continuó hablando con los jefes sobre aquello que querían pactar para ir mejorando no solo la relación entre ambos sino también dejar en claro qué era lo que querían ambos del futuro como socios, entre otras cosas.

Como siempre, al finalizar todo aquello, la chica secretaria era la que volvía a estar junto a su jefe. Ambos subieron al elevador, ya que los demás se irían de la planta, pero no ellos.

Subieron al piso de la oficina principal en la cual trabajaban, de modo que dentro del ascensor, todo en lo que pudieron pensar fue mirarse discretamente. Myrtle porque parecía interesada en él de alguna manera, y Adib solo la veía sin saber muy bien la razón, pero tampoco estaba buscando una en específico, solo era su empleada.

Una vez en el piso correcto, bajaron del elevador y decidieron ir hasta la oficina, siendo que el hombre abrió las puertas para la chica y luego entró él.

Al estar allí, se dieron cuenta de que iban bien de tiempo para trabajar en otras cosas por adelantar y luego de dos horas más o menos sería el almuerzo del jeque con su madre.

El hombre se sentó de nuevo en su despacho, comenzando a revisar no solo los correos que tenía pendientes por responder, sino también todo lo que tenía por hacer, ya que su secretaria siempre le hacía llegar todas sus tareas y obligaciones por medio de mensajes de ese estilo.

No se quejaba de la organización que Myrtle tenía, sino todo lo contrario, ya que esto le ayudaba en demasía a continuar con lo que sería cada jornada de trabajo, y al menos le había sido útil en los varios años que llevaban trabajando como un equipo.

Ella entonces se asomó de nuevo a la puerta, siendo que le avisaba que ya en media hora tenía su encuentro, cosa que lo dejó sorprendido, ya que pensaba que solo había revisado algunas cosas y respondido las que podía y estaban a su alcance en esos momentos.

─Yo puedo encargarme de contestar los correos, pero solo por esta vez, Sr. Farhat, solo porque le tengo compasión y sé que está siempre lleno de trabajo─ dijo ella, sonriendo un poco, dando a relucir sus hoyuelos a cada lado de su boca.

El hombre la miró a detalle, apreciando cada cosa de ese momento, de modo que no había nada malo en ello más que solo el hecho de ser una empleada queriendo ayudar a su jefe.

─De verdad, gracias, Myrtle, es de gran ayuda para mí que lo hagas, y lo siento por dejar trabajo acumulado, pero a veces es complicado combinar la vida política con la empresarial... Ser jeque no es fácil ni el dinero cae del cielo, como muchos pueden pensar─.

─Lo sé, así que por eso he decidido hacerlo por usted, no tiene que disculparse, es mi jefe después de todo─ dijo ella, acercándose un poco más a la mesa de escritorio ─Si me permite, sería del agrado de su madre que le llevara frutos secos mixtos, ya sabe, de la marca del logo verde, le encantan, así no estará tan irritable... Sobre todo por las actualizaciones que debe hacerle hoy─.

─Cierto, debería llevarlos, si no lo hiciera, probablemente terminaría desheredado, pero sé que mi madre no podría hacerle tal cosa a un jeque amado por todos, pero aún así da un poco de miedo─.

La expresión en el rostro del hombre de cejas pobladas y nariz perfilada, dejaba a la contraria un tanto divertida, pero en serio debían esforzarse en no hacer molestar a la madre de Adib, quien siempre estaba con un humor de perros, y cualquier cosa la tomaba por lo negativo, y de esa manera no podía existir demasiada paz en nada que hicieran.

Una vez que pudieron continuar con lo que tenían pendiente, Myrtle se retiró de allí para volver a su puesto de trabajo, no sin antes echarle una mirada a su jefe que le recorriera entero, casi como un escáner, y es que todo lo que tenía retenido en su pecho la chica eran cosas que valía la pena mantener en secreto.

El hombre salió con puntualidad media hora más tarde, así que su madre estaría ya en el auto abajo esperándolo para continuar con el recorrido hasta la cafetería favorita de ella, no podía ser otra en la que disfrutaran y compartieran un poco.

Por supuesto, tenían servicio de catering para lo que quisieran comer, de manera que no había nada raro en que dos personas o más fueran a comer allí.

De hecho, la comida era exclusiva, como si los que visitaran el lugar fueran gente de mucha alcurnia, y de cierto modo así era, así que tomaron una mesa de las que quedaban en la terraza del local, una bonita construcción que denotaba todo el esfuerzo que ponían en ello los dueños.

La atención también era siempre la mejor, sabiendo que los clientes siempre tenían la razón, llevando la cuenta de lo que pedían a ver si los anotaban como personas importantes o no. Ellos estaban en la lista, por supuesto, pero no por lo que compraran, sino porque era el jeque de la localidad, todo el mundo lo conocía e incluso lo saludaba.

Cuando tomaron asiento, dos niños de más o menos diez años se acercaron a ellos y le pidieron un autógrafo al hombre, quien se los dio con gusto, ya que a pesar de ser una celebridad, todavía se olvidaba de que lo era.

Los de descendencia árabe siempre buscaban a líderes a los cuales seguir, y esto no solo significaba seguirlos desde lejos, sino elegir al que pudieran dentro de su comunidad para representar a una minoría fuera del país, por ejemplo, y eso era algo que tenía mucho valor de por sí para las personas, siendo así que estos líderes eran en algún punto referencia de lo ideal, lo perfecto dentro de la sociedad, un orden que debía de ser cumplido a cabalidad.

Por supuesto, la madre del chico miraba con fastidio cómo a su hijo casi se lo comían con la mirada, y no porque fuera un rompecorazones, sino porque era famoso.

─¿Cuándo será el día en el que dejen de mirarte de esa manera? Tampoco eres sultán─ dijo ella, con cierto veneno mientras tomaba del chocolate que le acababan de llevar.

Adib se quedó helado ante tal comentario, pero tuvo que tragar con fuerza y pasar a hablar de otro tema, uno que le preocupaba en demasía.

─No lo sé, madre, pero hoy tenemos algo de que hablar... Se trata sobre los pactos con Iraq─.

─¿Qué ocurre con ellos? No me digas que no lograste convencerlos─.

─Lo hice, pero ellos no planean financiar nada hasta que el emir de su aprobación, y ya sabemos quién es él─.

─Ibrahim─ dijo ella, apretando la servilleta en su mano con toda la fuerza que poseía.

Capítulo 2 Dos.

Myrtle tecleaba sobre su laptop furiosamente, estaba en serio a punto de perder el control, y es que no podía creer cómo su negocio virtual de ventas de soda estaba a solo segundos de irse por el retrete.

Era un juego, claro está, mientras que sus compañeros de discord le gritaban casi dejándola sorda que por favor parara y se concentrara en lo verdaderamente importante, como si ya no lo hiciera.

─¡Ya voy! No hace falta que griten, esa corona es mía─ comentó ella mientras seguía con su intento de recuperar la simulación del juego, en el cual era demasiado buena para ser verdad.

Como siempre, llevaba ventaja por sobre los demás jugadores de la plataforma, y es que le dedicaba demasiado tiempo a la computadora, era una chica gamer con bastante estilo, se podía decir que era crush de muchas personas en la red, pero era sobre todo un fantasma, ya que solo se presentaba por voz o en cambio con una máscara que la hacía lucir misteriosa a la vez que atractiva.

Muchos hombres le habían ofrecido una cantidad absurda de dinero solo por mostrar su cara, pero eso jamás lo haría, a no ser que quisiera un despido seguro, ya que los chismes tenían patas largas.

Durante al menos treinta minutos estuvo en ello, todo para que al final, la bendita página dijera que había tenido un error contando los puntos, y que por ello entonces no podría disfrutar de todos los beneficios como era bien sabido por todos.

Varios denunciaron a los creadores por medio de distintas aplicaciones, diciendo a vox populi que solo se trataba sobre una página más de scam, a lo que la mayoría de las personas quitaron su suscripción de esta, a pesar de tener un juego muy bueno y entretenido.

A pesar de que Myrtle disfrutara demasiado de todo aquello, todavía no se sabía si era posible el hecho de poder vivir de aquello, y aparte de que le daba mucho temor renunciar a su trabajo y perderlo todo, tampoco quería despedirse de su jefe, quien le dejaba con la mariposas revoloteando por todo su ser, en serio quería que la Tierra la tragase si algún día no podía ver más al jeque.

No era solo por su físico, eso estaba claro, pero tenía algo más que la incitaba a tener más de él. tanto su tiempo como su disposición, y eso era algo a lo que no podía renunciar, a que sus hermosas orbes pudieran mirarla todos los días del mundo.

Varias veces pensó en que ella no era suficiente para él, y que por eso no le prestaba la más mínima atención como mujer, sino solo como su secretaria, como la persona encargada de sus deberes, y estaba cansada de aquello, pero no sabía qué otra cosa hacer para que pudiera devolverle aquello sentimientos con igual intensidad.

Bien sabía que ella misma era un problema, pero tampoco quería en tal caso hacer un espectáculo sobre su amor por el jeque, ya bastante se había avergonzado a sí misma frente a él, y es que ni siquiera cuando mordía su labio y dejaba su cabello suelto para que viera su cuello parecía funcionar.

El hombre tenía la mente en el juego el 99% de las veces, y eso era un completo tormento cuando se buscaba llamar su atención de otra manera. Lo entendía en cierto punto, ya que al ser su empleada y hacer bien su trabajo, sería un tanto incómodo tenerla como amante porque ese tipo de relaciones esporádicas nunca salía bien, y un despido sería triste para los dos, pero mientras tanto, el corazón de la chica seguía sufriendo en silencio.

Sabía que la madre de Adib quería que contrajera nupcias lo más pronto posible, pero para el hombre, aquello solo parecía un sueño lúcido, de los que no son resueltos en vida, como si eso fuera imposible.

Las mujeres con las que había salido solo se las arreglaban para comportarse de manera errónea junto a él, y es que pensaban que se ganaban todo solo por ser hermosas, pero lo cierto es que buscaban la manera de manipular al jeque de tal manera que pudiera cumplir todos sus deseos, pero por nada del mundo lo haría a no ser que tuviera una conexión profunda, él decía que de nada servía estar toda una vida con alguien a quien no se conocía, un completo extraño, que era simplemente inaceptable.

A ella le atraía la seguridad que brindaba el hombre, ya que tampoco tenía vicios y no era una persona violenta, sino que por el contrario, era el primero en dialogar.

Eso era importante a la hora de buscar a alguien para formar una familia, o en su defecto casarse, a ella le encantaba en serio todo lo que tuviera que ver con el hombre, y no solo porque tuviera buena posición económica o porque fuera una figura famosa, nada de eso tenía que ver con su juicio sobre él.

Estaba encantada de verdad con la forma de ser de Adib, este casi siempre la hacía reír, aún cuando no pretendía ser gracioso, cosa que llenaba de felicidad su vida y por supuesto, a su corazón.

Los días en la oficina se volvían mucho más ligeros con su compañía, y el trabajo se aligeraba con las conversaciones que solían tener algunas veces, y a ella le gustaba organizar el día del hombre, ya que en serio era un desastre con la puntualidad porque se distraía, pero en cuanto a los negocios, de todas maneras sobresalía increíble en cada presentación, era un hombre de palabra, y eso era todo lo que importaba.

A Myrtle le habían sucedido unas cuantas cosas en su vida amorosa, de manera tal que de verdad ya no podía confiar en casi ningún hombre, pero el hecho de que él le sonriera le daba motivos para soñar.

En eso pensaba mientras por su parte también denunciaba a la página por no cumplir con lo establecido, eran unos simples estafadores vestidos de manera elegante, eso daba asco por completo.

A la chica más de una vez se le había dado la oportunidad de vivir de los videojuegos y ese tipo de cosas, pero no había aceptado por pleno temor a que no se hiciera realidad y terminara por completo hecha un desastre.

Varias personas de las que había conocido se encontraban perdidas en cuanto a lo que tenían que hacer para llegar al tope de fama, y es que no siempre esto se lograba, de modo que el miedo en ella era mayor que todo lo vivido anteriormente.

Sus padres siempre le reprocharon que terminaría siendo una buena para nada si seguía holgazaneando por ahí, ya que no le gustaba mantenerse demasiado activa, solo le gustaba su trabajo de oficina, y eso estaba bien para ella.

Su figura era bastante natural, sin embargo, tenía algunas imperfecciones como rollitos en el abdomen y alguna que otra estría. Pensaba que eso era lo que hacía que su jefe no se fijara en ella, ya que al mirar los cuerpos despampanantes de las mujeres que habían aceptado salir con él, Myrtle quedaba prácticamente humillada y opacada por su belleza.

Todas y cada una de las veces que una mujer se encontraba pensando en Adib, llegando a la oficina como si todo aquello fuera suyo, lo único que provocaba en ella eran náuseas reales, ni siquiera fingidas como bien podían ser.

Desde que la última salió con el rabo entre las patas, y solo le gustaba verlo así porque en serio ninguna merecía al hombre, se sentía con mayores oportunidades de poder estar con él, a pesar de que esto nunca se hiciera realidad, ya que no compartía muchos de los gustos generales de la vida con el jeque, pero eso era lo de menos porque en serio creía que tenían una conexión genuina.

Muchas veces los habían confundido con una pareja al reservar en un hotel o cuando era la hora de cenar en algún restaurante, y el hombre negaba con la cabeza como si las otras personas dijeran disparates, y aunque sabía que era verdad, la hería a profundidad pensar que este la mirara como un objeto y ni siquiera con deseo, sino como la simple secretaria.

Suspiró y entonces se despidió de sus amigos en la red, pasando a revisar su bandeja de entrada en el correo electrónico solo porque quería cerciorarse de que no había nada importante allí, y lo único que encontró fueron simples avisos de nuevos empleos, y entonces por eso solo quiso seguir con lo suyo.

Se levantó del asiento de la computadora y decidió que lo próximo a hacer sería limpiar y ordenar un poco el sitio. Tomó las latas de soda en su escritorio y las echó en una bolsa de basura color roja.

Luego de seguir con esto, limpió el escritorio con un pañuelo y desinfectante, en serio le desagradaba ver desorden y suciedad, pero a veces se le acumulaban todas las tareas domésticas, ya que no tenía el tiempo del mundo para estar en casa y hacer de ama de casa, pero lo intentaba con todas sus ansias, ya que ser la esposa perfecta era su sueño desde pequeña, aunque lo negara.

Luego de terminar de ordenar un poco su apartamento y cenar, se fue directo al sofá a ver televisión, porque no sabía qué otra cosa hacer, ya que los programas solían ser aburridos para ella, pero de alguna forma debía de lidiar con su soledad.

Encontró un canal de cocina en el cual estaban pasando cómo hacer comida mexicana de verdad, algo que le llamó ligeramente la atención, sobre todo por los tipos de chile que se encontraban allí.

Se vio un maratón de esta mini serie de cocina y entonces se quedó dormida allí mismo, sin siquiera llegar a su cama.

Al despertar por la mañana, su alarma parecía no tener reparo en sonar como desgraciada, pero así la había programado, para que pudiera despertarla estuviera donde estuviera, pero en ese momento lo tenía cerca del oído por estar en la mesa de café y ella desparramada encima del sofá.

La apagó y entonces comenzó su rutina de mañana, se dio una ducha, y al salir, lo primero que hizo fue colocar pan en la tostadora para que estuviera listo cuando saliera vestida.

Se adentró en la única habitación del apartamento, solo para vestirse, escuchando en la grabadora de mensajes del teléfono fijo los que tenía para ella, como por ejemplo encargos y demás.

Como pudo, anotó todo en un post it de los que siempre usaba y lo dejó en la mesa de desayuno para poder llevárselo cuando saliera y acordarse de todo lo que debía hacer durante el día.

Una vez que estuvo vestida, pudo entonces pasar a maquillarse, lo cual hizo en quince minutos, ya teniendo mucha práctica.

Arregló su cabello y procedió a servir su desayuno, que consistía en una tostada con aguacate y diferentes especias para darle un buen sabor. Acompañó esto con batido de fresa y decidió que ya era hora de salir cuando miró el reloj de pared.

Una vez afuera, sabía que el conductor de la empresa debía estar llegando para llevarla a su lugar de trabajo, eso era algo que había implementado su jefe para que no llegara tarde nunca, pero debía de estar preparada para cuando el hombre llegara, y eso era adrenalina pura.

Le dijo buenos días al conductor cuando pasó a recogerla y este se los devolvió con una sonrisa de oreja a oreja, así que supo que sería un buen día, o al menos eso quiso decretar en su mente.

Al llegar a la empresa, se encontró con que había una gran construcción en medio de los pisos en los que ellos laboraban, así que tendrían que trabajar en dos pisos más abajo de lo usual, pero no había mucho problema por eso, ya que estaban más que bien trabajando desde cualquier lugar, y eso no lo podía hacer todo el mundo, razón por la cual debían de dar el ejemplo, como siempre lo hacían para que los empleados pudieran tener siquiera un poco de motivación, algo que solía faltar casi siempre.

Habían intentado por todos los medios volver a sus pisos, pero no era posible, así que tuvieron que buscar otras maneras de poder hacer lo mismo de siempre pero con un toque diferente al de toda la vida.

Adib se hallaba más que tranquilo dentro de su cubículo, que aunque no estuviera acostumbrado a trabajar en sitios como esos, tampoco le parecía imposible hacer algo allí.

Muchas de las personas se quejaban de no tener algo claro en lo cual trabajar, pero lo cierto fue que su jefe empezó a explicarle a todo el mundo lo que debía hacer, razón por la que nadie más pudo tener objeciones en cuanto a tener que llevar a cabo sus obligaciones.

Ellos le tenían cierto temor y cierta ira concentrada al hombre, pero ese día todo se terminó, ya que la capa de persona intocable se había disipado al él estar entre todos los demás trabajadores que hacían de su campaña algo posible, y era por eso que él conocía de todo un poco, pues le había tocado la mayor parte del tiempo tener que arroparse hasta donde le llegara la cobija.

─Jefe, creo que se está excediendo con la atención a los empleados─ dijo Myrtle, quien en serio estaba un tanto sorprendida por lo que veían sus ojos.

─¿Cuándo en tu vida pensaste decirle eso a alguno de tus superiores? Debo valer mucho ¿No crees?─.

─Lo vale, señor, es por eso que le digo, cada quien debería descubrir cómo hacer su trabajo─.

─No, la verdad es que cuando alguien necesita ayuda, lo mejor que tiene el ser humano es poder brindarla a como de lugar─.

Ella tuvo que tragarse sus palabras y continuar con el trabajo, aunque no quisiera que se aprovecharan del de apellido Farhat.

Durante al menos unas dos horas, todo fue silencio absoluto y un montón de teclas sonando, por lo que la chica comenzó a sentirse un tanto estresada, pero no lo exteriorizó.

En cambio, su jefe la llamó hasta uno de los pasillos vacíos del edificio, quería hablar con ella.

─Escucha, Myrtle, es sumamente importante lo que te diré, por eso quiero que seas discreta─.

─Sabe que puede decirme lo que quiera, señor, no hay problema─.

─Bien, como sé que no lo hay porque eres de mi entera confianza, te digo que saldremos de viaje en tres días a Dubái, así que necesito que confíes en mí para esto. Estás conmigo ¿Cierto?─ dijo él, mirándola con un intensidad que cualquier mujer se pondría celosa al instante.

─¿A Dubái?─.

─Así es, debemos de expandir nuestros horizontes, además ya sé perfectamente lo que haremos apenas llegar, esta vez lo he planeado yo, pero tú puedes encargarte de pulirlo ¿Te parece?─.

Ella asintió lentamente, sin saber en realidad qué otra cosa hacer, de modo que él le sonrió con su blanca y perfecta dentadura que siempre la había gustado, haciendo que sus ojos hazel se vieran incluso más hermosos ante la poca luz que irradiaban los bombillos del pasillo hacia las escaleras de emergencia.

Myrtle tragó saliva con fuerza y lo único que le quedó fue pedirle al universo que a partir de allí todo saliera bien.

Capítulo 3 Tres.

La madre de Adib no paraba de mirarlo como si se tratase de un tonto el cual no puede hacer nada por sí mismo.

El hombre estaba cansado ya de eso, pero ella no pararía de comportarse de manera errónea, simplemente le encantaba hacer sufrir a los demás. Tenía un carácter tan fuerte que a cualquiera hacía dudar. A pesar de que varias personas le hubieran hecho saber que sus comentarios eran hirientes, eso no le importaba en lo más mínimo, seguía comportándose de la misma manera y hasta peor.

Estaba más que acostumbrada a ver a todo el mundo por encima del hombro, como si valiera más solo por el hecho de tener dinero y estar acomodada en una familia de poder, algo que incomodaba mucho a sus hijos.

Adib no era el único en su familia, pero era el jeque, mientras que eran solo familiares del sultán, quizá un tanto lejanos, pero eso no importaba mucho, pues tenía la responsabilidad de hacer ver que era una persona capaz de cuidar de sí mismo y de los demás para que el público confiara en él.

Como muchas cosas en la vida, lo que quería lo tenía, de manera tal que conseguir ese puesto y esa jerarquía tampoco fue muy difícil, era como si hubiera nacido solo para eso, era su destino de alguna manera, y no discutiría aquello con nadie.

Le gustaba mucho tener que cumplir con su rol de jeque, y es que a quién no podría agradarle tal aspecto cuando se podía tener una vida tan acomodada y llena de lujos.

A pesar de todo eso, no era alguien que se estuviera fijando en las marcas de ropa o en los tipos de autos, en realidad era muy distraído, y si no fuera por sus asistentes, sería un gran desastre, muy aparte de ser una persona intelectual, o eso habían dicho varios de sus profesores, pero no sabría si creerles o no de todos modos.

Cuando era niño se comportaba de manera enérgica, siendo que su madre siempre lo regañaba, entonces pasaba la mayor parte del día leyendo cuando no podía hacer lo que tenía en mente, y quizá fuera bueno, porque de allí aprendió a hacerse preguntas que la mayoría de los niños solo no tenían, por lo que necesitó pronto tutores para él que respondieran a sus dudas.

La mayoría de los tutores tuvieron que retirarse cuando no encontraron en sí mismos los conocimientos exactos para hacer su trabajo de la mejor manera, refiriendo a otros colegas especialistas en varias áreas en las cuales el chico tenía muchas más dudas de lo habitual, como si aquello fuera una especie de prueba que tuviera que llevar a cabo para entrar en alguna escuela o ganarse una beca, pero nada de eso era de esa manera.

El chico solo era curioso, y esta misma curiosidad la fue alimentando a medida en la que el tiempo pasaba, sin embargo, no hizo con esto algo más que solo dedicarse a sus estudios y poco a poco logrando formarse como un líder en su tierra natal, solo para terminar luego de un buen tiempo en un país extranjero representando a la nación.

Con gusto era un líder, pues amaba cada aspecto que tuviera que ver con lo que estaba haciendo, y de cierta manera su público también lo adoraba, y esa era su gran señal para tener en claro que estaba haciendo lo correcto, no solo con su vida, sino con su puesto como jefe.

Tenía de todas maneras un montón de cosas que hacer siempre, obligaciones de todo tipo, por eso trataba de hacer memoria y miraba a su vez el correo en el celular, el mismo que le había enviado Myrtle con toda la organización de la semana, sin embargo, no lograba ubicarse del todo, tenía que verlo cada momento para saber hasta qué hora podía estar en ese lugar.

La comida que había pedido su madre no le agradaba demasiado, pero pobre de él si decidía opinar sobre cualquier cosa, ya que tener su propio concepto de las cosas parecía ser algo imposible con esa mujer. Desde siempre su madre le había indicado qué hacer, incluyendo que sustituyera los juegos por la lectura, como si aquello pudiera en tal caso hacer que dejara de lado su imaginación, algo que en un menor era muy complicado.

Cada vez que le daban alguna orden, su cerebro se ponía en piloto automático, ya que en serio detestaba tal cosa, pero como a nadie le importaba demasiado, entonces tenía que hacer lo pedido, y es que su padre aunque tenía tiempo para él y en serio le encantaba estar con la familia, pero sus obligaciones eran mayores, sobre todo porque tenía más cercanía con la realeza, era uno de esos guardias a los cuales siempre se ve impidiendo la entrada de alguna persona a alguno de los templos sagrados.

La mayoría de las veces, su trabajo era muy difícil, pero en realidad no le importaba mucho poner su vida en peligro si así lograba salvar a muchas más, era un alma buena y sobre todo servicial. Por supuesto, le pagaban demasiado bien por mantener relaciones tan cercanas con la familia del sultán, quien hacía todo y más por el bienestar de la nación. Gobernaba con sabiduría y decidía solo lo mejor para su gente, y la mayoría de las personas estaban felices con eso, pero siempre los líderes tenían su oposición, por ende, era su deber combatir tales malos comentarios y ataques por parte de la prensa y los demás países quienes no estaban de acuerdo nunca con su manera de hacer las cosas.

Por supuesto, ellos no se metían en la religión o en la organización de otros territorios para que no hicieran lo mismo con el suyo, pero casi nadie parecía entender muy bien la situación, en realidad solo lo hacían peor, como si de alguna manera hacer lo contrario a las ideas de ellos era la clave.

Por mucho tiempo habían estado muchos problemas siempre encajados en la sociedad precisamente porque no cumplían con la mínima tolerancia que cada quien debería tener, era un completo dolor de cabeza que simplemente no podía calmarse con una acción sencilla.

En todo eso pensaba el de cabellos oscuros cuando llegó el turno de terminar la comida.

─Como decía, no puedes permitir que los medios te vean y piensen cualquier cosa que quieran sobre ti, eso es absurdo─ dijo la mujer, comenzando a hartarse un poco de las cámaras que estaban apuntando hacia ellos, incluyendo algunos celulares.

Como siempre, marcaban la diferencia a los lugares que iban, era de esperarse para ambos.

Adib rodó los ojos, sin poder creer que su madre en serio le estuviera diciendo ese tipo de cosas, a pesar de que ya estaba lo suficientemente grande como para saberlo. Ese era un gran problema, y es que su madre siempre pensaba que era un tonto por ser distraído, pero la verdad era que no quería reconocer su intelecto, como si esto fuera a subirle el ego, algo que no podía ser más falso.

─Madre, lo sé, no es necesario que lo aclares... La cuestión sigue siendo qué haremos con el emir, ese es un gran dolor en el trasero─ dijo el hombre, con la vena marcada en la frente de tanta ira que comenzaba a crecer en su frente.

─Ese niñito lo único que sabe hacer es amargarnos la existencia ¿Te das cuenta?─ respondió la mujer ─Lo que le falta es que alguien le recuerde de dónde viene, para que así aprenda cuál es su lugar, sus obligaciones no son las tuyas─.

─Lo sé, se cree el sultán y apenas va por emir─ comentó el de cejas pobladas.

─Un día de estos puede sorprendernos, así que debemos prepararnos en dado caso, no podemos permitir tal cosa, aunque si llegara a ser Sultán tampoco me tomaría desprevenida─.

─Tengo que decir que no es seguro que algo como eso suceda, además no hace falta que me subas tanto el ánimo─ comentó un tanto sacado de quicio el hombre, en serio harto de que lo tomaran como un chiste.

La mayor solo tomó un sorbo de su batido para no decir nada, sin embargo, minutos después decidieron irse de allí.

─Lo único que podríamos hacer sería reunirnos con Karlo ¿Te parece? Ya nos ha ayudado antes con eso─.

─No podemos siempre dejarle todo a él, deberías hacer algo por tu cuenta esta vez, las personas de Iraq en algún momento preguntarán por lo que sucede con el negocio, y querrán planos reales, cifras reales, no puedes seguir dándoles excusas, debes entregar ese trabajo a tiempo─.

─Nadie quiere entregar eso más que yo, debe de saber... Además, Karlo es el único que tiene ese poder, mientras que con unas simples palabras de Ibrahim todo se puede ir al caño─.

─El trabajo de Karlo sabes que no consiste en salvar tu trasero, Adib, ya estás grande, él te ha ayudado toda la vida, pero la idea es que aprendieras a llevar y controlar tu vida con sus altos y bajos. Tu padre estaría muy decepcionado de tu sentido de aventura─.

─No deberías mencionar a papá en este tipo de cosas─ dijo el hombre, sacando de su bolsillo lo que Myrtle le dijera que podía calmar un poco a la bestia.

Extendió su mano cuando llegaron al auto, estando ambos muy cerca, y le hizo llegar a su madre un paquete de frutos secos mixtos de la marca preferida de la mujer a la mano, incluso un chocolate oscuro para alivianar el ambiente, era su carta bajo la manga.

─Vaya vaya, qué manera de hacerme callar─ mencionó la mujer, tomando lo que él le estaba dando con cierto recelo ─Pero sabes que lo que te digo es verdad─.

El menor asintió con una sonrisa que no mostraba los dientes, pero en serio sabía que había funcionado aunque fuera un poco cuando la mirada de la mujer pasó a ser una más calmada, solo tras llevarse al menos tres cuadrados de chocolate a la boca.

Más de una de las mujeres que allí había se le quedaron viendo al jeque, sobre todo porque era muy atractivo, pero él en realidad lo ignoraba, además de que no tenía el menor tiempo para dedicarle a tales personas, sentía que solo perdería el tiempo de nuevo.

Suspiró y entonces el auto arrancó, dejando a varias mujeres fuera del local viendo cómo el auto partía, como si pudieran enamorarlo con eso, cosa que era muy poco probable si era sincero al cien por ciento.

Al llegar a la casa en la cual vivía la mujer, este la dejó con un abrazo, mientras que la mujer no correspondió demasiado, como si eso solo fuera sentimentalismo que no servía de nada, casi innecesario para alguien como Karin.

El hombre de ojos hazel le besó la frente en señal de cariño como siempre hacía y entonces se encaminó a la salida.

─Haré lo posible por dejar en su lugar al emir, tenlo por seguro, madre─.

─¡Más te vale que hagas algo por esta familia de una vez, Adib Farhat!─.

Él rió bastante, sin poder siquiera hacer algo por evitarlo, de todos modos en serio necesitaba sacar aquello que tenía retenido, estaba lleno de tensión, y aquello por lo menos le ayudó a lidiar con esta de una buena manera.

No podía esperar a llegar a la oficina para comentarle a Myrtle lo que había vivido con su madre, ya que era una costumbre que había tomado de decirle a la chica lo que hacía con su madre, y es que parecía ser a la única persona a la cual le interesaba saber lo que pasaba en su vida diaria, aparte de los amigos que tenía, que no eran muchos, pero conocidos no faltaban.

La chica casi siempre tenía un comentario que lo dejaba riendo y pensando en ello por al menos tres días, era una costumbre pasarla juntos para conversar sobre diversos temas, ya fueran del trabajo o simplemente sobre la vida en general.

Nunca había tenido a una secretaria que se preocupara tanto por su vida, por su bienestar tanto físico como mental, y era reconfortante saber que había alguien que no lo miraba como a un cajera automático o con morbo por ser atractivo, o eso era lo que decían comúnmente sobre sí mismo, pero después de conocerlo, solo decían que era un aburrido de lo peor, así que quedaba como un tonto frente a la mayoría de las mujeres, pero eso no sucedía con Myrtle.

Le indicó a su chófer que por favor lo dejara en pleno edificio de oficinas en el cual trabajaba, tenía que adelantar varias cosas en lo que respectaba a la campaña política, pero también a los comerciales que debía grabar y a las entrevistas que debía dar para distintas plataformas, era una figura pública en su totalidad, por eso no podía darse el lujo de hacer algo que se saliera de lo usual.

Siendo de proveniencia árabe, cualquier cosa que hiciera, debía de reportarlo con las autoridades, dejar en claro que en realidad todo lo que quería era hacer que su pueblo quedara bien, jamás humillarlos como muchas personas dirían de su comportamiento extrañamente extranjero.

Para ser honesto, sabía que muchas de sus acciones estaban guiadas por lo que fuera que significara haber vivido tantos años fuera de su país, pero no tenía nada que ver con por ejemplo su manera de ser, así que no sabía por qué era juzgado de tan mala manera, como si no tuviera juicio propio o mente que funcionara por sí misma.

Varas personas tenían esa idea errada de él, como si aunque fuera inteligente, no lo fuera lo suficiente como para hacer que las cosas cambaran, que los pobres salieran de sus malas situaciones, que los mejores estudiantes obtuvieran becas y que los salarios aumentaran respecto a los gastos que conlleva la vida.

No todas las cosas podía hacerlas él, y es que la nación dependía de lo que dijera el sultán, y si este mencionaba alguna negativa, entonces no se podía hacer mucho, ya que llevarle la contraria o discutirle era mucho peor, era faltarle el respeto directamente.

Adib no era ningún sinvergüenza, ningún cara dura y ningún tonto, por ello, no haría pasar a los habitantes de la región dada para representarlos políticamente el peso que conllevaba ser una de las primeras potencias, ya que los gastos incrementarían de maneras absurdas, y quienes estaban en los estratos más bajos solo tenían cada vez menos la posibilidad de salir adelante.

Su mente aparte de pensar en ello, también halló la manera de concentrarse en lo que le diría a Myrtle cuando llegara a la oficina, lo que tenía que ver con lo que estaba maquinando para hacer posible su relación no solo con Iraq sino con otros países que pudieran pagar de manera más específica y mucho más cantidad lo que eran sus servicios políticos y demás propagandas, era una muy buena entrada de ingresos para todos, un ganar-ganar.

Muchas veces quiso solo dejar su puesto, pero sabía que nadie más podría siquiera reemplazarlo en ningún sentido y por nada del mundo, de manera tal que solo buscaría por sus propios medios continuar con el legado de su padre, que era simplemente colaborar con los demás cuanto pudiera y desde su perspectiva.

Aunque siempre quiso que las demás personas tuvieran su opinión formada sobre lo que era su persona e incluso los demás, también tenía en cuenta que no siempre sería moneda de oro para caerle bien a los demás, por eso era hora de hacer algo por sí mismo y continuar creciendo no solo como persona sino como líder, debía de ir un paso más allá y hacer aliados en los demás países.

Ahora era su responsabilidad por completo hacer que su fama aumentara a tal punto de que lo reconocieran en todo el mundo como un hombre exitoso, un hombre de dinero, ya que al ser así, entonces podría alcanzar lo que tanto había anhelado, un posible ascenso que pudiera hacerlo vivir de mejor manera y sobre todo ganarle a su principal enemigo, es decir, Ibrahim, el mismo al que siempre pensó que noquearía en el primer segundo y ahí seguía dando batalla desde el primer segundo, y ya estaba más que harto de todo aquello.

El emir había llegado a serlo solo porque era el consentido del sultán, y aunque nadie sabía cómo había conseguido ser un buen aliado del hombre, de todos modos los demás solo seguían las órdenes de este, por lo que no le prestaban mucha atención a lo que representara lo que fuera que hiciera este mientras se mantuviera de la misma manera y les diera grandes beneficios por su lealtad.

La mayoría solo se vendía de manera grande y siempre a la vista de todos, como para que se entendiera que de verdad su lealtad estaba siempre con el hombre y que no iba a cambiar ni siquiera con la muerte, y estarían más que orgullosos de participar en un sacrificio si aquello les otorgaba una paz inmediata.

Muchas veces todos los habitantes habían encontrado la manera de forzar lo que fuera que tuviera que ver con la manera tan fuerte que tenían algunas personas de lidiar con sus problemas, y no solo como familias, sino además también como pueblo.

La mayoría solo lidiaba con todo eso de la peor manera, que era fingir que tenían todo solo para dedicarlo a lo que fuera el mandato del sultán, quien siempre debía de hacer a su público sentirse valioso, y vaya que lo hacía siempre, o eso le hacían pensar.

Para él, todo el territorio estaba vivito, feliz y coleando, pero la realidad era una muy distinta, compleja y llena de errores, cosa que no se podía solo ocultar con un solo dedo, pero mientras siguiera allí en ese puesto, entonces todo sería color de rosa, nadie tendría que preocuparse por nada nunca, confiar en que ester arreglaría siempre las cosas como un súper héroe era algo estúpido, pero también funcional.

Los lame botas principales solo hacían que todo luciera de manera ideal y perfecta para que nadie más buscara respuestas en otro lado, sino siempre bajo el mandato de ese hombre, quien prometía villas y castillas a quienes estuvieran siempre dispuestos a todo.

Una vez que el ascensor llegó justo a donde estaba ubicada la oficina de ellos dos, observó a su secretaria muy concentrada redactando algo, debía de ser un correo, pero entonces lo miró y le sonrió a modo de saludo, siempre dispuesta dar todo de sí para sonar cordial, todo un sol, pues en serio quería el bien de todos allí.

La saludó con un movimiento de cabeza, un asentimiento.

El hombre quiso por todos los medios hablar, pero quien lo hizo primero fue ella, lejos de estar incómoda, bastante alegre.

─¿Cómo le fue con su madre? Sabe que puede decirme cualquier cosa que esté pasando, siempre es divertido escucharlo hablar sobre ella─ la mujer se colocó su lapicero en el moño recogido que tenía, algo de lo cual no perdió el más mínimo detalle.

A pesar de que no veía a la mujer como algo más que solo su secretaria, de todos modos tenía muchas dudas a veces sobre lo que sentía por ella, pero tampoco se paraba mucho a pensarlo, ya que sus encuentros casi siempre eran cortos o hablaban de él y del trabajo, no muchas cosas que tuvieran que ver con el romanticismo, y no era que tuviera razones para pensar así de ella.

De todos modos, iría de manera rápida a buscar a unas cosas en su oficina y saldría a hablar con ella.

─Tengo varias cosas que contar, pero siempre funcionan los frutos secos, eres una genio ¿Sabías?─.

─No soy una genio, solo presto atención a los detalles─.

La mujer solos se quedó por un momento pensando en lo que dijo su jefe, pero de inmediato recurrió a decirle la frase.

Adib asintió, sabiendo que cuando ella hablaba de esa manera, lo hacía muy en serio, y le parecía genial que en serio pensara de esa forma, pues no muchas personas lo hacían, cosa que era muy triste.

Había noches en las cuales ni siquiera podía lograr dormir como se supone que una persona haría, pero en serio se esforzaría por llevar a cabo muchas metas, así eran ellos.

─Bien, en serio gracias por lo que haces por mí ¿Te gustaría un café de máquina mientras hablamos de la vida?─.

─Solo si me va a contar a lujo de detalle cómo fue la salida con Karin─.

─Trato hecho─.

Con eso, ambos salieron al pasillo de máquinas expendedoras.

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