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Dilemas de un rey enamorado

Dilemas de un rey enamorado

Autor: : Marisol FR
Género: Ciencia Ficción
Tras largos años de un compromiso acordado por sus padres, el rey Zuberi cumplió su sueño de casarse con el amor de su vida, la reina Brida del reino del Oeste. Sin embargo, ella no corresponde a sus sentimientos porque aún no olvida a su primer amor que falleció en penosas circunstancias. Un día, se presenta al trono una chica de quince años, quien se autoproclama la hija perdida de la reina. La presencia de la joven causa revuelo en la Corte y Zuberi se debate entre si despreciarla o aceptarla, siendo que pertenece a aquel hombre que, a pesar del tiempo, todavía ocupa el corazón de su esposa.

Capítulo 1 El rey que solo busca amor

- Feliz cumpleaños, majestad.

- Que la Diosa la colme de bendiciones.

La reina Brida estaba celebrando su cumpleaños número treinta y uno. Organizó un banquete donde invitó a nobles, burgueses y plebeyos para celebrar un año más de vida.

La monarca lucía una hermosa corona de diamantes, que relucían con sus cabellos rojizos y cortos. Su vestido violeta de mangas descubiertas la hacían lucir como una princesa de un cuento de hadas. Y, a su lado, se encontraba el rey Zuberi, con quien se casó hacia cuatro años en un matrimonio por conveniencia.

Zuberi tenía los cabellos rubios que contrastaba con sus bigotes de tonos más oscuros. En esos momentos, se vistió con un traje militar de gala color negro, con hombreras doradas, botones rojos y una espada de utilería que colgaba de su cintura.

Mientras disfrutaban de la cena, el rey Zuberi tomó de la mano a la reina Brida y le dijo:

- Luces tan hermosa como el día en que te conocí.

A lo que Brida le respondió:

- Y tú... eras tan delgado antes. Supongo que el alistarte en el ejército modificó tu cuerpo.

Zuberi sonrió. Y es que, como Brida no lo amaba, se le dificultaba corresponder a sus demostraciones de cariño.

Una vez terminada la cena, los dos entraron a su dormitorio compartido a cumplir con sus deberes de esposos. Si bien ya llevaban cuatro años de casados, nunca consiguieron tener hijos y eso les preocupaba. La Corte les exigía el concebir una hija a quien pudieran heredarles el trono ya que la reina no tenía hermana menor. Y, de seguir así, su dinastía pronto llegaría a su fin.

Pero al tener tantas responsabilidades propias de sus puestos, muy pocas veces dormían en la habitación compartida. Sus dormitorios personales se situaban a extremos opuestos del palacio, por lo cual casi nunca coincidían. Y en esas pocas veces, solían tener situaciones incómodas que les hacían desear estar en cualquier otro lugar.

Y esa noche no fue la excepción.

Brida estaba boca arriba, mientras que Zuberi procedía a besarle el cuello. Y cuando metió la mano por debajo de la falda de su vestido, la vio soltar una lagrimita y escucharla murmurar:

- Zaid.

El rey Zuberi se detuvo. Ella, al darse cuenta de lo que hizo, se tapó la boca con una mano y le dijo:

- Discúlpame, no fue mi intención...

- No te disculpes. Eres la reina, puedes fingir que soy Zaid y...

- ¡No!

La reina Brida lo empujó, se levantó y le dijo:

- ¡No soy como las demás reinas! Por favor, no me pidas que te use de reemplazo.

- Sí, lo sé. Pero me duele que sigas sufriendo por un amor del pasado que, para colmo, falleció hace muchos años. Te juro, esposa mía, que ya no sé qué hacer para curar tu corazón. Si no quieres fingir que soy Zaid, entonces, ¿qué más puedo hacer por ti, amor?

La reina Brida respiró hondo. Si bien lo más fácil para ella era fingir que estaba con Zaid, no quería herir los sentimientos de Zuberi, quien siempre la apoyó y se mantuvo a su lado cuando más sola se sentía. Así es que lo abrazó y le dijo:

- Por esta noche, dejaré que hagas de mi cuerpo lo que quieras y me mantendré en silencio. Mañana, volveré a ser la reina Brida del reino del Oeste y usted será mi esposo, el rey Zuberi, el hombre más leal, fiel y leal a la corona de todos los reinos del continente Tellus.

El rey Zuberi la volvió a acostar en la cama y siguió a lo que iba.

Ella mantuvo la boca cerrada todo ese tiempo y él, dejándose llevar por sus instintos, la desvistió y recorrió su piel con sus manos. le besó el cuello y presionó uno de sus pezones, haciendo que lanzara un gemido.

Poco a poco, las mejillas de la reina se colorearon y, con eso, procedió a bajar hasta la zona de la entrepierna, donde hundió ligeramente su cabeza para sentir aquel aroma extraño, venido de los más misteriosos secretos de la naturaleza fémina.

Al día siguiente, tal como lo decretó, ella volvió a ser la reina del Oeste y, él, su esposo. Sus ojos fríos propios de una monarca eran diferentes a esa mirada de incertidumbre e incomodidad que le dirigió en su breve noche de pasión.

Ambos se encontraban sentados en sus tronos, recibiendo las visitas que venían de pueblos cercanos y lejanos. También tuvieron visitantes extranjeros, que venían para cerrar acuerdos diplomáticos, comerciales y matrimoniales.

En un momento dado, se presentó delante del trono un matrimonio de una pareja burguesa con una niña de cabellos largos y negros. La esposa se acercó y dijo:

- Su alteza, hemos adoptado a esta chica que proviene de las lejanas tierras del reino del Sur. Nos gustaría que le dé su bendición para asegurarle un buen porvenir en el futuro.

El rey Zuberi notó que los ojos de la reina Brida tuvieron un ligero temblor, como si fuera que la niña le recordara a alguien en especial. Pero solo duró unos instantes porque, de inmediato, volvió a su expresión neutra y respondió:

- Deseo que su hija sea una niña saludable y tenga una vida llena de dicha y gracia junto a su nueva familia.

Cuando la pareja se retiró, la reina Brida le preguntó a Zuberi, por lo bajo:

- ¿Crees que la Corte aprobaría que adoptásemos a una niña?

- La Corte exige que la heredera al trono provenga de tu vientre – respondió el rey Zuberi – aunque optemos por la adopción, jamás la aceptarían como una sucesora al trono, no importa qué tan bien la preparemos para el cargo.

- Pero ya lo intentamos de todo y nada funcionó. La Corte debería considerar esa opción para garantizar a nuestro reino un buen porvenir.

- En ese caso, deja que hable con los del Consejo. Quizás debamos rever leyes para poder considerar esa opción y darle oportunidad a una niña en busca de un futuro mejor.

- Gracias por la consideración, Zuberi. Sé que siempre puedo contar contigo.

No pudieron conversar mucho porque recibieron más visitas.

Un par de horas después, se presentó ante ellos una chica que rondaba los quince años. Tenía los cabellos lacios y pelirrojos, la cara llena de pecas y un vestido blanco cubierto con un delantal azul de cuerpo entero, el cual incluía bolsillos para guardar sus cosas.

Por su vestimenta, el rey Zuberi dedujo que podría provenir del reino del Norte, ya que era una prenda muy común entre los ciudadanos de ese país. Pero su aspecto era bastante peculiar: tenía el mismo aire distraído que la reina Brida en su adolescencia. Y sus cabellos rojizos le aceleraban el corazón, haciéndole retroceder en el tiempo de cuando conoció a la persona que, en esos momentos, se sentaba a su lado.

La chica, en lugar de hacer una reverencia como era la costumbre, se puso firme y declaró:

- Soy Mara, la hija de la reina Brida. Y vine aquí para reclamar su protección y cuidado como toda madre debe ofrecer a sus hijos.

Esta vez, la boca de la reina Brida se abrió tan grande que parecía que su mandíbula se le caería al suelo. Varios nobles que supervisaban a las visitas comenzaron a murmurar entre sí. Y un par de soldados se acercaron a ella, diciendo:

- ¿Cómo te atreves? ¡Qué osadía!

- ¡Cálmense! – ordenó el rey Zuberi a los soldados.

Éstos se separaron. El rey miró a la chica y le dijo:

- Necesitamos que nos des una explicación, jovencita. ¿De dónde vienes? ¿Quién te dijo que eres la hija de la reina Brida? ¿Tienes alguna prueba que lo demuestre?

La chica sacó una extensa carta y la leyó, en voz alta:

- Estimada reina Brida del reino del Oeste: si estás leyendo esto, significa que ya he fallecido. Estuve cuidando de su hija, tal como usted me lo pidió. Pero la Diosa no fue benevolente conmigo y empeoró mi salud por extrañas circunstancias. Sé que la existencia de Mara significa para ti un incordio. Pero le juro que es una mujer muy lista y trabajadora, que será de gran ayuda para el fortalecimiento de nuestra nación. Por eso le dije la verdad y le entregué sus certificados, para que usted compruebe que en verdad es su hija. Y si eso no es suficiente, con mucho gusto ella se someterá a un examen de ADN para corroborar que comparten la misma sangre. Si no la acepta, al menos le suplico que, por la Diosa, le otorgue una vida digna y le garantice que pueda vivir en paz en tu reino. Firma, Zulema.

Los murmullos retornaron. El rey Zuberi sintió que sus puños se abrían y cerraban sin parar, mientras su mente permanecía en blanco. Había escuchado rumores de que Brida se embarazó del campesino Zaid en su adolescencia, pero nunca nadie supo lo que sucedió con el bebé. Muchos decían que la joven princesa la arrojó a un río, pero también había versiones de que la vendió a gente de otros reinos. Y unos pocos se aventuraban a decir que siempre estuvo dentro del palacio, pero que fue criada como sirvienta para ocultar su verdadera identidad.

La reina Brida, quien estuvo en trance por el impacto, de inmediato se levantó y dio un par de palmadas para llamar a silencio. Una vez que todos se tranquilizaron, extendió los brazos y, con unos ojos vidriosos, declaró:

- ¡Esta niña es mi hija! Y le daré alojamiento en mi palacio hasta que sea mayor de edad y pueda agenciarse sola.

Mara se sorprendió, ya que no esperaba que la reina la aceptase de inmediato. Pero un noble intrépido, que estaba por ahí cerca, señaló a la muchacha y exclamó:

- ¡Su majestad! ¡No debe precipitarse! ¿Cómo sabe que no se trata de una cazafortunas?

- Tiene el mismo color de cabellos que yo – respondió Brida – y su cara es igual a la de su padre, pero con pecas incluidas. No necesito un examen de ADN para corroborarlo. Por ahora, llévenla a un cuarto y me reuniré con ella para ponernos al día.

Giró su cabeza hacia el rey Zuberi y, con ojos suplicantes, le pidió:

- Por favor, acompáñala a su habitación. Yo me quedaré aquí un poco más, a atender a los visitantes que faltan.

El rey Zuberi se sintió incómodo y traicionado. Por cuatro años intentaron tener hijos y resulta que ella los tuvo con ese otro hombre. A pesar de ser un rey, le faltaban todas las cosas que el campesino tuvo y disfrutó en vida: el amor de Brida y el fruto de ese romance fugaz, capaz de traspasar las barreras de la muerte y calar hasta el alma.

Pero, entonces, recordó las advertencias de su padre sobre "controlar sus instintos". Por muchos años se forjó cierta imagen y, si sucumbía a su lado irracional, podría convertirse en el hazmerreír no solo del reino entero, sino de todo el continente Tellus. Así es que respiró hondo y, con una voz resignada, respondió:

- Sus deseos son órdenes, majestad.

Capítulo 2 La hija perdida de la reina

El rey Zuberi condujo a Mara a una habitación de huéspedes VIP, la cual tenía una mullida cama de sábanas de seda, un espejo de medio cuerpo, un armario de dos puertas y un baño privado. Si bien a lo largo del camino no se dirigieron la palabra, apenas llegaron le indicó el rey a la chica:

- Si necesitas algo, puedes tocar el timbre que está debajo de la cama y un sirviente la atenderá. La reina Brida vendrá en un rato, así es que aguarda aquí, por favor.

La joven lo miró fijamente. El rey Zuberi pensó que era bastante atrevida como para actuar como si estuviese delante de un hombre ordinario, pero trató de armarse de paciencia y simplemente comentó:

- No esperes a que te reciban con los brazos abiertos. La Corte estará armando un gran revuelo ahora mismo por tu presencia. Así es que mantente calmada y no hagas nada indebido. ¿De acuerdo?

- Sí, su majestad – respondió la chica.

El rey Zuberi se marchó para dejar que Mara se acomodara en su habitación y recorrió los pasillos del palacio, apesadumbrado por lo surgido. Los sirvientes, al verlo, hacían su acostumbrada reverencia, pero, apenas se alejaban unos metros, cuchicheaban entre sí sobre la supuesta hija perdida de la reina.

"Si un hombre no es capaz de dar hijos a su esposa, perderá prestigio dentro de la Alta Sociedad", pensó Zuberi, con tristeza. "Si bien hicimos varios tratamientos, nada funcionó. Bueno, dudo mucho que esa niña sea nombrada princesa heredera ya que la reina la tuvo en una relación extramatrimonial, pero... ¿Existirán casos en que una hija ilegítima logró heredar el trono? Tendré que averiguarlo".

Cuando dobló hacia una puerta que conducía a otro pasillo, se encontró con un par de sirvientes vestidos de azul, hablando entre sí sobre el asunto.

- ¿De verdad esa chica es la hija de la reina?

- La reina la reconoció, pero... ¡Siento lástima por el rey Zuberi!

- ¡Sí! Él y ella han estado juntos por cuatro años. Y pensar que la reina tenía una hija escondida...

- En ese caso, ¿qué pasará con el rey Zuberi?

- Si sigue sin darle hijos a la reina, deberá aceptar a su hijastra como suya.

- ¿Estás loco? ¡No puede ser la heredera!

El rey decidió tomar otro camino y se dirigió al patio principal del palacio. Ahí, vio que unos jardineros estaban podando unos arbustos de ornamento y, también, cultivaban unas margaritas para contrastar con el verdor que abundaba en el lugar.

Paseó por entre las plantas, con el objetivo de despejar la mente. Y, a lo lejos, vio a unos nobles de la Corte que hablaban entre sí sobre lo sucedido.

- ¿Entonces la reina de verdad tenía una hija escondida?

- Bueno, es normal que eso surja ya que las reinas se casan solo por compromiso, no por amor. Y es así como buscan romance con amantes secretos y pasan estas cosas.

- En ese caso, ¿esa chica será entonces la siguiente sucesora al trono?

- No lo creo. Las hijas ilegítimas jamás fueron consideradas dentro de la línea sucesora al trono.

- Bueno, los tiempos han cambiado. Eso era cuando la Doctrina estaba al mando.

Zuberi recordó que la Doctrina era una institución religiosa liderada por una Papisa que veneraba a la Diosa, la cual se creía que salvó a la humanidad de su debacle total haciendo emerger un continente nuevo en el medio del océano Pacífico. Por siglos, los cuatro reinos se regían bajo sus normas, pero, al enterarse que la última Papisa planeaba derrocar a las reinas e instaurar un imperio absoluto, todas se unieron para sacarla del medio y dejar de ser controladas por ella.

La reina Brida, tras declarar que su gobierno era un estado laico, prometió que revisaría muchas leyes para modificar ciertas cosas que le parecían muy injustas. Entre ellas, el de desechar a los hijos tenidos fuera del matrimonio.

"Quizás Brida use esta oportunidad para reconocer a su hija como la heredera al trono", pensó el rey Zuberi, con angustia. "En ese caso, ¿qué será de mí? ¿Debo rendirme y aprender a amar a esa chica como si fuese mi hija? ¿O seguir luchando para hacerme un lugar en su corazón que sigue estando ocupado por otro más?"

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La reina Brida visitó a Mara una vez que terminó de atender a los visitantes. Encontró a la joven leyendo un libro, por lo que dedujo que la hizo esperar bastante en ese lugar.

- Buenas tardes, pequeña – la saludó Brida – Espero que estés cómoda.

- Buenas tardes – saludó Mara, dejando el libro a un lado.

Ambas mujeres se mantuvieron en silencio, sin saber qué decirse. Y es que eran completas desconocidas, que no congeniaban en nada y no tenían ningún recuerdo en común.

Brida, a modo de relajar el ambiente, le dijo:

- La Corte armó un gran revuelo. Exigen un examen de ADN para comprobar que tengamos parentesco.

- No tengo problemas en hacerme eso – dijo Mara – Estoy segura de lo que soy y no temo a nada. Solo quiero conocer mis orígenes, saber el porqué me abandonaste y accediste a que me llevaran a otro reino, lejos de ti.

Brida tragó saliva. Si bien siempre soñó con averiguar el paradero de su hija, sus deberes de monarca la absolvieron por completo y no tuvo ni tiempo de resolver esa parte de su pasado. Se culpó a sí misma de lo sucedido y pensó que, por lo menos, debió mantener contacto con aquella doncella que accedió a cuidar de ella en otro país.

- No pretendo apoderarme de tu trono – continuó Mara – Solo busco protección porque mi cuidadora falleció. Y pensé que, si se lo pedía a mi verdadera madre, estaría a salvo.

- Bueno, tendré que hablar con mi esposo primero.

- Eres la reina. Tu esposo deberá acatar tus órdenes.

- No es tan así. Quizás en los otros reinos se rigen a esa ley, pero en el reino del Oeste consideramos a los esposos como un igual, respetamos sus deseos y nos apoyamos mutuamente para llevar adelante la relación.

Mara abrió ligeramente los ojos, pero no dijo nada. Brida, mostrándole una media sonrisa, continuó:

- Dejaré que permanezcas en el palacio, como te dije antes. Y me aseguraré de que no te falte nada. Mi esposo es comprensivo, si le explico lo que sucedió, lo entenderá y accederá a protegerte. Por favor, te pido paciencia.

- Está bien, madre. Tendré paciencia.

El corazón de Brida se aceleró cuando escuchó la palabra "madre", pero se contuvo de llorar delante de ella. En el fondo quería gritar, proclamar a los cuatro vientos que tenía una hija y que era el fruto de su primer amor. Recordó a Zaid y aquellos días de pasión juvenil que disfrutaron en las praderas. Y su cara pálida encerrada en el ataúd la invadió de una profunda depresión que creyó que nunca más lo superaría.

Y fue ahí que el rey Zuberi apareció, extendió su mano y la sacó de ese pozo profundo.

Él fue quien la orientó, la apoyó y la guio hacia su destino. Y solo por eso accedió a casarse con él, dejar que él la dominara en sus noches de pasión y acceder a cada uno de sus deseos para complacerlo y agradecerle por estar siempre a su lado.

- El rey Zuberi... ¿es mi padre? – le preguntó Mara, tras un largo tiempo de silencio.

- No. Tu padre falleció – respondió Brida – a él le habría encantado conocerte.

Mara casi lloró por esa noticia, pero se contuvo. Al menos le quedaba el consuelo de saber que su madre estaba viva. Pero le preocupaba el rey Zuberi, ya que él la trató con mucha frialdad y estaba segura de que haría lo posible por expulsarla del palacio.

Brida debió intuir su temor porque, de inmediato, le dijo:

- Mi esposo es un hombre bueno. Jamás te lastimaría. Por eso, voy a hablar con él para que acceda a cuidarte. Mientras, siéntate como en casa.

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Un par de días después, las cosas se calmaron en el palacio y la presencia de Mara fue algo cotidiano. Aún así, muchos nobles y sirvientes no paraban de mirarla cada vez que recorría los pasillos. La reina Brida le regaló algunos vestidos para que pudiera usar durante su estadía.

Mara fue al patio usando un vestido azul de mangas abultadas. Solía ir ahí para leer o tomar el té con la reina. En esos momentos, solo fue a leer. Y el rey Zuberi la contempló a lo lejos, pensando que en verdad lucía como la reina Brida en su juventud, cuando la conoció por primera vez.

"Se ha adaptado al palacio", pensó el rey Zuberi. "Mi esposa me dijo que sea amable con ella, pero... ¿Acaso le importa lo que yo siento?"

Y es que, como rey, se encontraba en un callejón sin salida donde, eligiera lo que eligiese, la gente lo juzgaría sin contemplaciones. Si decidía aceptar a Mara, lo tomarían como un tonto sin orgullo. Pero si actuaba de forma hostil hacia ella, lo considerarían un hombre cínico, que no empatiza ni apoya a su esposa. Trató de mantenerse al margen lo más que podía con la excusa de que tenía mucho trabajo, pero tarde o temprano debía coincidir con ella y actuar de acuerdo a las circunstancias.

Y fue así cuando recibió un mensaje en su dispositivo comunicador, el cual era un aparato rectangular que usaba para llamar o enviar mensajes de texto. En ocasiones, podía proyectar imágenes holográficas del remitente, facilitando así la comunicación cara a cara.

Y, en esos momentos, se proyectó la imagen de su hermana menor, la duquesa Mila.

- ¿Mila? – le preguntó Zuberi - ¿A qué se debe tu llamada?

- Escuché lo de la supuesta hija de tu esposa – le respondió Mila – y quería saber cómo te sientes.

- No lo sé – dijo Zuberi – me siento confundido, pero no tengo otra opción más que aceptarla.

- Lo entiendo. En ese caso, cuenta con mi apoyo. Y cambiando de tema, quería avisarte que volvieron los piratas.

- ¿Piratas?

- ¡Sí! Se han fortalecido en estos últimos tiempos y, ahora, roban a los comerciantes que transportan los diamantes a las distintas regiones del reino.

- Entonces hablaré con mi tropa. La reina me permite actuar por mi cuenta en esta clase de casos, pero igual la mantendré al tanto.

- Yo atrapé a unos cuantos, con mi ejército privado, pero me gustaría contar con la ayuda de la Tropa Real, ya que capturaron a una familia de nobles que intercedían directamente con los burgueses y necesito rescatarlos sin que sufran daños.

- Entiendo. En ese caso, cuenta conmigo para eso.

Cuando se cortó la comunicación, el rey Zuberi dio un bufido. Los problemas se le acumulaban ya que no solo debía lidiar con la hija perdida de la reina sino, también, solucionar el problema de los piratas que arruinaban el negocio de los diamantes. El monarca recordó que, hacia cinco años atrás, cuando descubrieron la mina de diamantes entre las cordilleras que lindaba hacia el oeste de su reino, pronto se volvieron pioneros en el mercado y lograron salir de la crisis surgida tras el cambio de mando en el trono por culpa de la inexperiencia de Brida en su puesto de reina.

"Los diamantes son cotizados tanto por las reinas como las princesas y los príncipes de todas las naciones", pensó el rey Zuberi. "Si los piratas siguen atacando a los comerciantes y capturando a los nobles que interceden con los burgueses, nos llevarán a la ruina porque los ofrecerán más baratos. A este paso, perderá su valor y las familias de la realeza ya no querrán usarlo como monedas de transacción".

Decidió dejar tranquila a Mara en el patio, ya que consideraba que el problema de los piratas era más urgente. Contactó con varios burgueses encargados del comercio para que le pusieran al tanto de la situación y todos coincidían en que los ataques los perpetraban cerca de las costas.

- Entonces debemos apuntar aquí – le señaló en el mapa del reino el rey Zuberi a Lord Aries, su capitán de la tropa real y mano derecha – las cordilleras situadas a orillas del mar tienen muchos lugares donde pueden esconderse fácilmente. Lo que habría que averiguar es de dónde originan estos piratas, si son de los reinos vecinos o de nuestro propio reino.

- ¿Y si son visitantes de los continentes del "Viejo Mundo"? – le preguntó lord Aries.

- No lo sé, es difícil que un habitante del "Viejo Mundo" venga aquí, considerando que no resurgió ninguna otra sociedad avanzada, aparte de la nuestra, tras la caída de la civilización humana.

Ambos permanecieron varias horas conversando, hasta bien entrada a la noche. Al final, el rey se sintió agotado y decidió marcharse a su dormitorio para dormir.

Sabía que la reina Brida también estaría igual de agotada, por lo que decidió no visitarla. Aún así, le preguntó a un par de sirvientes que les asignaron el cuidado de Mara sobre el estado de la muchacha.

- La señorita Mara está bien.

- Ha ido al jardín a leer y, luego, regresó a su habitación.

- Casi es lo único que hace desde que llegó aquí.

- Bien – dijo el rey Zuberi – si surge algo, avísenme de inmediato.

Una vez que terminó su charla con los sirvientes, entró a su habitación y se echó a la cama. Su cuerpo se relajó y, poco a poco, su mente lo llevó al pasado, de cuando solía tomar el té con Brida para conocerse mejor.

Ella siempre iba con ese aire distraído y él trataba de ser educado con ella. Pero, con los encuentros, la entonces princesa heredera cambió su expresión y se sintió más interesada en su prometido. Y fue en esos momentos en que Zuberi lo tomó como una señal de que en verdad conseguiría conquistarla y controlar ese rebelde corazón que latía para otro más.

Capítulo 3 El mercado de diamantes

En una isla situada a varios kilómetros del reino del Oeste, había una guarida de piratas. El lugar estaba repleto de chatarra, con las cuales fabricaban barcos, avionetas y veleros de motores a máxima velocidad.

Un buen día soleado, un pequeño barco se acercó a la isla, portando una bandera negra con una calavera blanca al centro. Así reconocieron que eran de los suyos y los dejaron bajar a tierra. Los piratas que llegaron eran cuatro en total, y acarreaban pesados cofres repletos de diamantes que robaron de los comerciantes del reino del Oeste.

Todos se dirigieron a una alta torre de ladrillos vistos, donde les esperaba una mujer de unos cincuenta años, cabellos rubios y labios pintados en rojo. Ella se acercó, tomó un par de diamantes, sonrió y dijo:

- Excelente trabajo, muchachos. Pronto, podemos vender estos diamantes a todos los reinos del continente Tellus a un precio bajísimo. Sigan así y lograremos que el reino del Oeste se quede en la ruina.

- Sí, mi señora.

Cuando los hombres se retiraron, apareció delante de ella el capitán Oro, un pirata que era un par de años más joven que ella, tenía los cabellos largos y una enorme barba negra con algunas canas blancas debido a la edad.

- Señora, le traigo novedades del reino del Oeste que le pueden interesar – le saludó el capitán Oro.

- ¿Ah, sí? – dijo la mujer, alzando una ceja - ¿Qué tienes para decirme, capitán?

El capitán sacó del bolsillo de su saco un periódico, lo extendió y le mostró la portada, explicándole:

- La reina Brida recibió la visita de una misteriosa muchacha que se autoproclama su hija perdida. Tal parece que proviene del reino del Norte debido a sus vestimentas y dialectos, pero la reina la reconoció y ahora reside en el palacio real.

La mujer abrió la boca de la sorpresa. Había escuchado rumores sobre la supuesta hija perdida de la joven monarca, pero nunca creyó que fuesen reales. Al final, sonrió y dijo:

- Bueno, eso no me afectará en nada. Es más, estarán tan concentrados en esa chica que no prestarán atención a los ataques que hagamos en las costas. Sigamos como ahora para desestabilizar ese nefasto reino repleto de vacas y campos de cultivos.

- Como usted diga, señora.

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- ¡No puedo darte esa parcela de tierra que pertenece a mi reino!

- ¡Oh, vamos, majestad! ¿Olvidas que me debes un favorcito por haberte ayudado en el pasado? ¡Y ese favorcito casi mata a uno de mis hijos!

La reina Brida estaba discutiendo, desde su dispositivo comunicador en su oficina, con la reina del reino del Este, llamada Jucanda. Y es que, hacia cuatro años atrás, ella le dio una mano para evitar que un grupo rebelde surgido en uno de los países vecinos invadiera sus tierras. Si bien después de eso nunca más volvió a recordarle sobre el tema por andar ocupada con sus asuntos, de pronto retornó a su reclamo tras apaciguarse las aguas sobre el impacto que causó Mara en el palacio.

El problema era que las tierras que reclamaba la reina Jucanda se situaban bien al centro del continente, que lindaba justamente con el reino del Norte y Sur y donde extraía cobre para crear artefactos tecnológicos. Si le cedía a los del reino del Este, se le dificultaría tanto la extracción del material como el contacto directo con los reinos vecinos.

"En aquellos tiempos, yo era muy inexperta", pensó Brida, con angustia. "Cometí muchos errores en mi primer año de monarca, entre los que se encuentra pedirles ayuda a las reinas del Norte y Este para contener a ese grupo rebelde que quería desestabilizar mi reino. Ahora ya no cometería más esos deslices, pero... ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo evitar perder todo ese territorio?"

Y mientras pensaba, la reina Jucanda le advirtió:

- Te conviene cederme esas tierras por las buenas, reina Brida. No me gustaría mandar mis tropas para invadir tu nación. Y sabes bien que mi reino cuenta con mejores recursos armamentísticos que el tuyo.

- Bueno, está bien. Tú ganas – resopló Brida – Te cederé esas tierras con una condición: que el duque o la duquesa que las administre se case con algún noble de mi nación. Así forjaremos una alianza matrimonial y garantizaremos la cooperación mutua entre ambos bandos.

La reina Jucanda pareció reflexionar las palabras de Brida. Luego, sonrió y le dijo:

- Uno de mis hijos será quien gestione esas tierras. Se llama Abiel. Es un príncipe, pero le otorgaré el título de duque para administrarlas con su propio ejército. Si quiere, puedo mandarlo a tu palacio para que puedas conocerlo.

- Me parece bien. Aguardaré su llegada.

Cuando cortó la comunicación, la reina Brida dio un largo bufido. Todavía no se recuperaba de los errores que cometió en sus primeros tiempos como monarca y eso la alteraba. Pero, en el fondo, se alegró de poder solucionar uno de sus problemas consiguiendo persuadirle a la reina Jucanda de crear un lazo matrimonial. Y si bien sería un príncipe quien gestionaría esas tierras en calidad de duque, la mujer que se casara con él podría persuadirle de que se pusiera a su favor para seguir extrayendo el cobre sin inconvenientes.

Y en eso pensaba cuando, de pronto, recibió la visita del rey Zuberi en su oficina.

- Esposa querida, me he comunicado con mi hermana Mila, quien me dice que los piratas volvieron a atacar a los comerciantes.

- ¿Otro problema más? ¡Ay, por la Diosa! – lamentó Brida.

- ¿Sucedió algo?

La reina Brida le explicó del reclamo que le hizo la reina del reino del Este, añadiendo que lamentaba haber cometido tantos errores en el pasado y que, de un día para otro, le estaban pasando factura. El rey Zuberi se acercó a ella, la abrazó y, acariciándole sus cabellos, le dijo:

- Todos cometemos errores, querida. Lo importante es aprender de ellos. En ese caso, me gustaría que me dejaras solucionar el tema de los piratas por mi cuenta, mientras que tú te encargas de negociar con ese príncipe para seguir obteniendo cobre de esas tierras.

- Está bien, esposo mío – dijo la reina – así lo haré.

Quizás fuese por la conmoción del momento, pero el rey Zuberi se animó a tomarla del mentón y plantarle un beso en su boca.

Brida no lo rechazó, por lo que el monarca continuó. Al principio fue un roce leve y, luego, procedió a separarle los labios con su lengua, explorando así su cavidad hasta hacerla perder el aliento.

Sin embargo, no pudo continuar porque la reina giró la cabeza y dijo:

- Basta, Zuberi. No es el momento.

El rey se separó y presionó sus labios ante el rechazo de su esposa. Sus instintos le indicaban que la tomara de los hombros y la empujara bruscamente por la pared, para someterla y tener control sobre su cuerpo. pero se mantuvo quieto y, con una voz apagada, le dijo:

- Lo lamento, esposa mía. Respetaré tu espacio y seguiré con lo mío. Le informaré si surge otro percance relacionado con los piratas. Con su permiso.

Cuando su esposo se retiró, la reina Brida sintió que sus rodillas le flaqueaban, por lo que se sentó en la silla de su escritorio.

Así la vio una de sus damas de compañía, que entró a la oficina de la reina para charlar sobre un asunto importante.

- ¡Majestad!

La mujer corrió hacia la reina y le abanicó su coloreado rostro con el abanico. La monarca la miró y le dijo:

- Estoy bien. Solo le mareé un poco.

- ¿El rey Zuberi le hizo algo? – se atrevió a preguntarle su dama de compañía – lo acabo de ver saliendo de su oficina, muy triste.

- No me hizo nada, puedes estar tranquila – mintió la reina – a todo esto, ¿hay algo que quieras decirme?

- Es sobre la señorita Mara, su hija. Se siente indispuesta.

Brida se levantó de su asiento, activó su dispositivo comunicador y se proyectó la imagen del médico real del palacio.

- ¿Diga, majestad? – le preguntó el doctor.

- Ve a la habitación de mi hija – le ordenó la reina – pregúntale si le duele algo e infórmame de su salud.

- Como usted diga, su alteza.

Cuando cortó la transmisión, volvió a sentarse en su asiento. Luego, tomó unos documentos donde figuraban los nombres de damas nobles solteras disponibles en el reino y le dijo a su dama de compañía:

- El príncipe Abiel del reino del Este vendrá en un par de días al palacio. Accedí a que se casara con una dama noble de nuestra nación para evitar perder esa parcela de tierra que con mucha insistencia me la reclama la reina Jucanda. Pero no sé quién estaría dispuesta a casarse con un príncipe...

- ¿Y qué hay de la duquesa Mila? – le preguntó la dama – Es bastante joven y sigue soltera.

- No lo sé – dijo Brida, mirando los documentos pertenecientes a la hermana del rey – el príncipe Abiel es muy joven para ella. Y la duquesa Mila se encarga de administrar las tierras pertenecientes a su familia, no sé si será demasiado...

- La duquesa Mila es una mujer muy preparada, su majestad. Seguro que ella podrá lidiar con toda la gestión de su ducado y las tierras del príncipe.

Brida casi no había hablado con la duquesa Mila en persona, pero sabía que era una mujer valiente y decidida. Si bien el rey Zuberi heredó esas tierras de su padre cuando le asignaron el título de duque, quien realmente las cuidaba era su hermana mayor, ya que él contrajo nupcias con la reina y debía encargarse de sus deberes de monarca y esposo. La duquesa, durante ese tiempo, logró mantener su ducado en muy buenas condiciones, tanto que muchos plebeyos vivían ahí ya que consideraban que tendrían una mejor calidad de vida en comparación a otras regiones del país.

- Quizás sea tiempo de darle un buen porvenir a mi cuñada – dijo Brida, mostrando una media sonrisa – el rey Zuberi está decepcionado de mí por forzarlo a aceptar a mi hija oculta en nuestro palacio. Espero que logre aplacar el rencor acumulado en su corazón al hacer casar a su hermana menor con un príncipe, el cual daría lo que fuera para cuidarla y hacerla feliz. Después de todo, entre familias debemos ayudarnos.

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