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Divorciada y embarazada de mi ex multimillonario

Divorciada y embarazada de mi ex multimillonario

Autor: PageProfit Studio
Género: Romance
-Gabriel Bryce, ¿cómo puedes ser tan sinvergüenza? -Leonica fulminó con la mirada a su marido y a la mujer que estaba a su lado-. Esta casa me la regaló tu abuela, ¿y aun así tienes el descaro de traer aquí a tu amante? ¿No te avergüenza pensar en lo decepcionada que se sentiría al ver lo que estás haciendo...? No alcanzó a terminar la frase. Gabriel, fuera de sí, levantó la mano y le propinó una fuerte bofetada en la mejilla izquierda. Leonica se llevó una mano al rostro. Con los ojos empañados por las lágrimas, miró atónita al hombre con quien se había casado. Él le devolvió una mirada cargada de desprecio. -No te atrevas a mencionar a mi abuela. ¡No tienes ningún derecho! -escupió Gabriel. Avanzó hacia ella y le clavó el dedo en el hombro con tanta fuerza que la obligó a retroceder varios pasos. -Grábatelo bien, Leonica Romero: de no haber sido por el último deseo de mi abuela, habría preferido morir antes que casarme con una mujer como tú. Leonica Romero lleva años enamorada de Gabriel Bryce, director ejecutivo del Grupo Bryce y uno de los empresarios más poderosos de Noruega. Cuando la abuela de Gabriel, enferma y vieja amiga de la familia Romero, le pide que se case con Leonica, el mayor sueño de esta parece hacerse realidad. Feliz por haberse casado con el hombre que ama, Leonica renuncia a su puesto en el negocio familiar -el trabajo de sus sueños- y se dedica por completo a su matrimonio. Sin embargo, tres años después, el mismo día del funeral de la abuela de Gabriel, su mundo se viene abajo: él le exige el divorcio. Angelina Fernandez, su exnovia, ha regresado de repente asegurando que nunca dejó de amarlo. Pero esa no es la única noticia que cambiará la vida de Leonica. Horas después, despierta en un hospital y descubre algo inesperado: está embarazada de dos meses. Y Gabriel no tiene la menor idea.
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Capítulo 1 Uno

Funeraria XX, ciudad de Norway.

En el amplio vestíbulo de la funeraria, Leonica Bryce, una hermosa rubia de veintitantos años, permanecía frente a su apuesto esposo, Gabriel Bryce, cuyo rostro no revelaba emoción alguna.

A su alrededor, invitados y conocidos iban de un lado a otro, intercambiando murmullos y condolencias. Pero, para Leonica, nada importaba tanto como las palabras que él acababa de pronunciar.

-Quiero el divorcio.

La voz profunda y cautivadora de Gabriel resonó en sus oídos.

-¿Qué? -preguntó ella, incapaz de creer lo que acababa de oír.

-He dicho que quiero el divorcio -repitió él sin el menor asomo de remordimiento-. Los documentos estarán listos en unos días.

Esta vez no había lugar para dudas. El semblante de Leonica se quebró apenas, vencido por la angustia, y una punzada le atravesó el corazón.

-¿Por qué? -preguntó con toda la calma que fue capaz de reunir. No quería perder la compostura ni atraer la atención de los asistentes al funeral.

-Porque ya no te soporto -respondió él con frialdad, sin una pizca de compasión por su esposa, que aún no se había recuperado de la muerte de la abuela de Gabriel un mes atrás.

-¿Ya no me soportas? -repitió despacio. El dolor le oprimió el pecho y los ojos comenzaron a arderle.

Aunque aquel matrimonio había sido concertado por sus familias y por la difunta abuela de Gabriel, Leonica lo amaba. Lo había colmado de atenciones y de una pasión capaz de derretir el corazón del hombre más frío.

Había renunciado a su puesto en el grupo empresarial de su familia para convertirse en una buena esposa. Se había alejado de sus amigos para estar a su lado. ¿Y todo para acabar escuchando aquello?

-¿No vas a decirme por qué, cariño? -se atrevió a preguntar, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.

Gabriel hizo una mueca al oír aquel apelativo afectuoso. Lo detestaba. En sus tres años de matrimonio, jamás había disfrutado de la ternura con que ella lo llamaba, ni de aquel amor y aquella pasión que él consideraba falsos. Ni siquiera soportaba escucharla gemir su nombre cuando hacían el amor.

Todo en ella lo exasperaba.

-No es asunto tuyo. Lo único que necesitas saber es que quiero divorciarme -sentenció, dando por terminada la conversación antes de alejarse.

Leonica lo vio regresar junto a los invitados y sintió que el corazón estaba a punto de dejarle de latir.

La muerte de la abuela había afectado a muchas personas, pero a nadie tanto como a Gabriel. Durante su solitaria infancia, cuando sus padres estaban demasiado ocupados con sus carreras, aquella anciana bondadosa había sido su único refugio. Era la persona más importante de su vida.

Leonica recordaba la devastación de Gabriel cuando recibieron la noticia. Algo esencial se había derrumbado dentro de él, y ella había permanecido a su lado para compartir su dolor.

Cuando la caída de las acciones de la compañía lo había sumido en una crisis, Leonica se ocupó en silencio de todos los preparativos del funeral. Cada vez que él regresaba a casa agotado, encontraba un baño caliente y la cena preparada. Incluso cuando necesitaba alguna manera de desahogarse, ella se prestaba a calentar su cama con la esperanza de aliviar su pena.

Después de haber superado juntos aquellos días tan difíciles, Leonica creyó que Gabriel sería capaz de percibir al menos una parte de sus sentimientos. Creyó que el vínculo entre ambos se fortalecería. Nunca imaginó que sería el comienzo del fin de su matrimonio.

Los ojos volvieron a arderle. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero ella alzó de inmediato el rostro y parpadeó para contenerlas. No permitiría que estropearan su maquillaje ni que llamaran la atención de nadie.

El funeral todavía no había terminado. No pensaba arruinarlo. Ya resolvería sus problemas con Gabriel, pero no allí.

Se tragó el orgullo y el dolor, recompuso su expresión y, con la barbilla bien alta, volvió a atender a los invitados.

Varias horas después, el funeral llegó a su fin y Leonica subió junto a Gabriel al asiento trasero del Rolls-Royce que compartían.

En cuanto el vehículo se puso en marcha, le lanzó una mirada furtiva. Gabriel contemplaba el paisaje a través de la ventanilla.

Su atractivo perfil la dejó absorta por un instante. ¿Cómo demonios había podido enamorarse de un hombre tan distante? Salvo en la cama, él apenas le demostraba pasión. Aun así, ella se había conformado. Jamás había contemplado la posibilidad de divorciarse.

-Voy a mudarme -dijo Gabriel, rompiendo el silencio sin apartar la vista de la ventanilla.

Leonica palideció.

-Dime por qué -pidió, bajando la cabeza mientras estrujaba la tela del vestido entre los dedos.

-No es asunto tuyo, Leonica -replicó él con frialdad, pronunciando su nombre casi con repugnancia.

-Soy tu esposa, Gabriel. ¡Tengo derecho a saberlo! Tengo derecho a saber por qué exiges el divorcio y por qué quieres abandonar de repente nuestra casa -añadió, luchando por mantener firmes tanto la voz como las emociones.

-¡No es asunto tuyo, joder! -estalló Gabriel, volviéndose hacia ella.

La ira y la frialdad de sus ojos bastaron para que Leonica se encogiera en el asiento.

Nunca lo había visto así. Jamás había visto a Gabriel perder el control.

-Pero ¿por qué? -murmuró-. Todo iba bien. Vivíamos en paz, cenábamos juntos y por las noches incluso... incluso hacíamos el amor. Éramos felices, Gabriel. ¿Por qué te comportas así de repente?

-¿Felices? -repitió él con una risa desdeñosa-. Deja de engañarte, Leonica. La única que ha sido egoístamente feliz en este matrimonio eres tú. Yo no lo he sido desde que apareciste en mi vida. No has hecho más que irritarme. Te has convertido en una espina clavada en mi carne.

El corazón de Leonica se contrajo. Las lágrimas volvieron a agolparse en sus ojos y sus labios comenzaron a temblar.

¿Cómo podía mostrarse tan cruel? Ella no recordaba haber hecho nada que justificara semejante desprecio. ¿O había algo más detrás de todo aquello?

-G-Gabriel... -lo llamó con voz débil.

El timbre del teléfono de él la interrumpió.

Gabriel ignoró a su esposa destrozada y sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta. En la pantalla apareció un nombre acompañado de un corazón rojo.

Angelina.

Una sola mirada bastó para que Leonica comprendiera por qué Gabriel tenía tanta prisa por divorciarse.

Su antiguo amor había regresado.

Capítulo 2 Dos

Angelina Fernandez.

La mujer a la que Gabriel había amado durante años. La que le había roto el corazón tres años atrás antes de huir al extranjero. La misma a la que él había esperado hasta el día de su boda.

Leonica jamás olvidaría aquel nombre. Incluso durante su noche de bodas, Gabriel había gemido «Angelina» sin recordar que la mujer tendida debajo de él era su nueva esposa.

Leonica habría renunciado mucho antes a aquel matrimonio sin amor de no ser por la abuela de Gabriel. A la anciana nunca le había agradado Angelina y siempre había estado convencida de que Leonica era la esposa ideal para su nieto.

-Gabriel -lo llamó-. Le prometiste a tu abuela que te mantendrías alejado de esa mujer.

Él la miró con frialdad.

-¿Me estás amenazando? No estás en posición de hablar de mi abuela.

La sola mención de la difunta anciana encendió su furia.

Leonica iba a responder, pero Gabriel se volvió hacia el conductor.

-Detén el coche.

La orden repentina la desconcertó. Frunció el ceño, sin entender, hasta que él habló de nuevo.

-Bájate.

Los ojos de Leonica se abrieron de par en par.

-¿Qué?

¿Hablaba en serio? Se encontraban en una carretera casi desierta a esas horas. Si la dejaba allí, ¿cómo se suponía que volvería a casa?

-He dicho que te bajes -repitió Gabriel con voz autoritaria.

-G-Gabriel...

-Bájate o te obligaré a hacerlo.

El conductor ya había descendido y sostenía la puerta abierta para ella, con una disculpa silenciosa en la mirada.

Leonica no tuvo elección. Salió del vehículo y, apenas puso los pies en el asfalto, Gabriel cerró la puerta de golpe. Las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo rodaron por sus mejillas mientras el Rolls-Royce se alejaba a toda velocidad hasta desaparecer.

De pronto, el dolor que le desgarraba el corazón pareció descender hasta su vientre. Una punzada aguda la atravesó.

Minutos después, todo se volvió oscuro y silencioso.

Leonica despertó con el pitido de las máquinas y el murmullo de unas voces junto a la cama.

Abrió los ojos poco a poco y descubrió que estaba en una habitación de hospital, con una vía intravenosa conectada al brazo. Al girar la cabeza, encontró los rostros conocidos de sus padres.

Cassandra, su madre, una mujer rubia como ella, fue la primera en darse cuenta de que había despertado.

-¡Cariño, estás despierta! -exclamó con alivio.

-Nos tenías muy preocupados -añadió Benjamin, su padre, con el semblante tenso.

-Papá... Mamá... -murmuró Leonica. Tenía la voz débil y la garganta seca.

-Voy a buscarte un vaso de agua -dijo Cassandra antes de salir de la habitación.

Benjamin ocupó la silla que ella acababa de dejar.

-¿Cómo te sientes, cariño? ¿Estás mejor?

Leonica recorrió la habitación con la mirada antes de volver los ojos hacia él.

-¿Por qué estoy en el hospital? ¿Qué ocurrió?

-¿No lo recuerdas?

Ella negó con la cabeza.

Benjamin apretó los labios y dejó escapar un suspiro.

-Te desmayaste en la carretera. Una pareja que pasaba por allí te encontró y te trajo al hospital. Como tenías nuestros números registrados como contactos de emergencia, nos llamaron en cuanto ingresaste.

-Ah... -Leonica frunció el ceño al recordar el rostro glacial de Gabriel.

-Los médicos dijeron que perdiste el conocimiento por la anemia y el agotamiento. Quisieron descartar otros problemas, así que te hicieron varias pruebas. Los resultados acaban de llegar -continuó Benjamin.

Leonica advirtió la preocupación que asomaba a sus ojos.

-¿Qué han dicho?

-Cariño... -Cassandra regresó con un vaso de agua.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, como si hubiera estado llorando.

-Bebe.

Dejó el vaso sobre la mesita y se lo tendió. Leonica bebió con avidez, agradeciendo el frescor que alivió su garganta.

-Estaban hablando de los resultados, ¿verdad? -preguntó Cassandra mientras se sentaba.

Benjamin asintió.

Leonica los observó, incapaz de ocultar su inquietud.

-¿Qué ocurre, mamá? ¿Qué dijo el médico?

Sus padres intercambiaron una mirada silenciosa antes de volverse hacia ella. Cassandra le tomó las manos con fuerza; en su expresión se mezclaban la preocupación y una emoción apenas contenida.

-Las molestias que sufriste provocaron el desmayo -explicó-. Estás embarazada de dos meses, Leonica.

-¿Qué?

Ella... ¿estaba embarazada de dos meses?

Capítulo 3 Tres

La noticia llenó a Leonica de esperanza en la misma medida que de temor.

Un bebé crecía dentro de ella, prueba de las noches en que Gabriel y ella habían hecho el amor. La promesa de un vínculo entre ambos más fuerte que nunca.

¿Renunciaría Gabriel al divorcio cuando supiera que llevaba a su hijo en el vientre?

-Tengo... tengo que decírselo -murmuró, buscando el teléfono con la mirada.

Lo encontró sobre la mesita de noche. Con una sonrisa en los labios, marcó el número de Gabriel y se llevó el móvil al oído.

El tono sonó una y otra vez. Los segundos se convirtieron en minutos y los intentos se sucedieron sin resultado.

Gabriel no contestó.

¿Cómo iba a prestarle atención ahora que su antiguo amor había regresado?

La sonrisa de Leonica se volvió amarga. Los dedos con los que sostenía el teléfono comenzaron a temblarle.

-Basta, Leonica -dijo Benjamin con un profundo suspiro. Después de intercambiar una mirada con su esposa, le quitó el móvil de las manos.

-Quizá esté ocupado, papá -trató de explicar ella con una sonrisa forzada.

Sabía que sus padres jamás habían visto aquel matrimonio con buenos ojos.

-Mi niña -comenzó Cassandra, tomándole las manos-, ¿Gabriel te trata así todo el tiempo?

-¿Así cómo? -preguntó Leonica, aunque intuía lo que su madre quería decir.

-Hoy era el funeral de su abuela -intervino Benjamin con gesto serio-. Lo mínimo era que permaneciera a tu lado. Sin embargo, quien te trajo al hospital después de encontrarte inconsciente fue un completo desconocido. ¿Qué pasó?

Leonica suspiró. No sabía cómo contarles que Gabriel le había pedido el divorcio. Desde el principio, sus padres habían desaprobado todo cuanto ella sacrificó para casarse con él. Para no preocuparlos, Leonica había ocultado muchas de sus discusiones, tanto a ellos como a la difunta abuela de Gabriel.

Pero el amor -o su ausencia- siempre se revelaba en los detalles más pequeños. Su silencio bastó para darles una respuesta.

Ambos suspiraron. Cassandra negó con la cabeza mientras ayudaba a su hija a acomodarse de nuevo en la cama.

-Cariño, me alegra que estés bien y también que esperes un bebé. Pero tienes que pensar seriamente en tu matrimonio.

-De no haber sido por la propuesta de la señora Bryce y porque tú estabas tan enamorada, jamás habríamos aceptado a Gabriel como yerno -afirmó Benjamin con desdén.

El corazón de Leonica se encogió.

-Tres años bastan para conocer el corazón de un hombre -añadió Cassandra-. Eres demasiado inteligente para no comprenderlo. Y, aunque no quieras pensar en ti, piensa en el bebé que llevas dentro.

Benjamin asintió.

-Si Gabriel te ha tratado así desde el principio, está claro que no ha sido un buen esposo. Dudo mucho que pueda ser un buen padre. Divórciate de él y vuelve a casa. Tu madre y yo podemos ayudarte a criar a ese niño.

La tomó por los hombros y la obligó a sostenerle la mirada.

-No olvides quién eres, Leonica. Eres la hija de la familia Romero. Nuestra familia no es menos poderosa que la suya.

-Divórciate de él, cariño -insistió Cassandra-. Tanto tú como tu bebé merecen algo mejor.

La preocupación sincera de sus padres conmovió profundamente a Leonica. En un solo día, las personas más cercanas a ella le habían pedido que renunciara a su matrimonio.

¿Se había equivocado desde el principio?

Bajó la mirada hacia la pulsera que llevaba en la muñeca, un regalo de aniversario de la abuela. Gabriel olvidaba la fecha casi todos los años; la anciana, nunca. A veces, ni siquiera Leonica comprendía por qué había depositado tanta fe en aquel matrimonio.

Si siguiera viva, ¿también le aconsejaría divorciarse?

La idea la llenó de amargura, pero la rechazó enseguida. No. La abuela se habría alegrado muchísimo con la noticia. Llevaba años deseando tener un bisnieto.

Además, Gabriel todavía no sabía que iba a ser padre. Tal vez, cuando se enterara, cambiaría de opinión.

Las lágrimas le nublaron la vista. Leonica tomó una decisión por la abuela, por su bebé y por sí misma.

-No. No puedo hacerlo -murmuró, negando con la cabeza.

-Leonica... -comenzó su madre.

-Por favor, mamá -la interrumpió ella con una mirada suplicante-. Déjame intentarlo una vez más. Solo una última vez.

Sus padres reconocieron la determinación en sus ojos. Finalmente, suspiraron y asintieron, respetando su decisión.

Unas horas después, Leonica recibió el alta con instrucciones estrictas de evitar el estrés y las insistentes recomendaciones de sus padres para que cuidara de sí misma y del bebé.

Regresó a casa poco después, impaciente por contarle la noticia a Gabriel.

Sin embargo, nada más cruzar la puerta, se quedó pálida. Junto a los zapatos de su esposo había unos tacones rojos y un bolso Gucci verde.

El corazón volvió a dolerle. Trató de convencerse de que Gabriel nunca sería capaz de llevar a otra mujer al hogar que compartían, una casa que su amada abuela les había regalado.

No podía haber roto la promesa que le hizo, ¿verdad?

Pero ya la había roto al volver a ponerse en contacto con Angelina.

La idea encendió su ira. Esta vez no permanecería impasible mientras una tercera persona mancillaba la casa que tanto apreciaba.

Con los dientes apretados y la furia corriéndole por las venas, subió las escaleras y se dirigió a toda prisa al dormitorio.

Abrió la puerta de golpe, sin llamar, y se quedó petrificada.

Una mujer morena estaba sentada al borde de su cama. Tenía el cabello húmedo y el cuerpo envuelto en una toalla. Desde allí, contemplaba a Leonica con la expresión más inocente del mundo.

Era el antiguo amor de Gabriel.

Angelina Fernandez.

La mujer a la que más odiaba.

Su peor pesadilla.

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