Era tarde por la noche, y Rosanna Williams yacía en la cama, con la respiración acelerada y las mejillas enrojecidas.
Su esposo, Oliver Marshall, había estado bebiendo durante unas reuniones de negocios y llegó a casa con un humor inusualmente alegre. Estaba lleno de energía y no se contuvo cuando tuvieron relaciones íntimas, haciéndolo cinco veces seguidas y dejándola completamente agotada.
Para la cuarta ronda, ya se habían quedado sin condones.
Durante la última vez, Oliver la miró con los ojos ardiendo en deseo, y todo entre ellos se convirtió en una confusión de calor y caos.
La pasión fue emocionante, pero una vez que terminó, ella fue la única que tuvo que lidiar con las consecuencias.
A sus veintiocho años, Oliver estaba en la cima: le iba bien en los negocios y tenía una libido fuerte.
A lo largo de sus tres años de matrimonio, siempre había usado protección.
Al principio, Rosanna no había pensado mucho en tener hijos, pero en los últimos seis meses algo había cambiado, y se encontró deseando tener un bebé con su esposo.
Oliver no solo era guapo, sino que también era hábil en la cama. Y, a veces, cuando él le susurraba palabras suaves y sensuales, ella se derretía fácilmente.
Había pasado un año desde que la muchacha se dio cuenta de que sus sentimientos hacia él habían cambiado. Pasó de la indiferencia a preocuparse genuinamente por su esposo.
Para ser precisos, se había enamorado de él.
Pero la calidez de Oliver hacia ella solo se manifestaba en la cama. Cuando no intimaban, él era tan frío y distante como siempre.
"No te olvides de tomar la píldora", le recordó Oliver con voz monótona, sacándola de sus pensamientos. "Un embarazo solo complicaría las cosas".
Rosanna solo asintió con la cabeza, sintiéndose desanimada.
Estaba ovulando, pero con él borracho, aunque se quedara embarazada, no podría tener al bebé.
Sin embargo, sus palabras le hicieron más daño del que quería admitir.
Oliver se puso el pijama y caminó al baño.
Rosanna lo observó hasta que lo perdió de vista, y finalmente apartó la mirada.
En ese momento, el repentino sonido de un celular rompió el silencio de la habitación.
Ella tomó el teléfono de Oliver y miró la pantalla, donde aparecía el nombre "Millie".
Millie Rogers, la secretaria de Oliver, siempre era amable y elegante. Tenía un encanto que parecía gustar a todo el mundo.
Se decía que había renunciado a un trabajo muy bien pagado en Klenridge hacía seis años solo para trabajar cerca de Oliver. Oficialmente, Millie solo era la secretaria de este último, pero se rumoreaba que eran amantes.
De repente, la mano del hombre apareció y le quitó el celular.
"Millie", dijo con voz cálida al contestar, llena de afecto y alegría.
Rosanna sintió como si un cuchillo le atravesara el corazón.
Oliver nunca le hablaba así; su tono con ella siempre era frío y seco, nunca tan afectuoso.
"Oliver, alguien me está acosando. Por favor, ven a buscarme. Estoy en el Club Zero...".
La voz angustiada de la chica se transmitió a través del celular, y Rosanna escuchó cada palabra con claridad.
"Ya voy para allá", dijo rápidamente el hombre. "Haré que un amigo vaya enseguida a ayudarte. Busca un lugar seguro y bloquea la puerta. ¿Llamaste a la policía?". Su rostro se volvió serio mientras se dirigía al vestidor.
Rosanna se quedó allí sentada, temblando de rabia; ni siquiera se molestó en ponerse los zapatos y lo siguió al interior.
Solo un mes antes, durante una sesión fotográfica al aire libre en los suburbios del norte con su equipo de televisión, su furgoneta se había salido de la carretera y chocado contra una zanja al esquivar un camión de volteo.
Por suerte nadie había muerto, pero todos resultaron heridos.
Ella se lastimó la pierna y sangraba mucho. Presa del pánico y del dolor, llamó a Oliver.
Pero él estaba en una cena en ese momento y, aunque la oyó llorar, respondió con frialdad: "Si puedes llamar, entonces no es tan grave".
Luego colgó sin pensarlo dos veces.
Sin embargo, ahora estaba allí, dispuesto a ir corriendo a ver a Millie, a pesar de que todavía estaba borracho. Rosanna sabía que era porque amaba mucho a esa chica.
Oliver se vistió deprisa, murmurando palabras de consuelo al celular mientras se dirigía a la puerta principal. Rosanna no podía oír a Millie con claridad, pero sí sus sollozos.
De pie frente a la puerta para impedir que Oliver se marchara, se mordió el labio y dijo: "Has bebido demasiado. No puedes manejar así".
"¿Estás celosa o preocupada por mí?", preguntó él, levantándole la barbilla con un brillo en los ojos.
Rosanna lo miró con ternura, y contestó con voz firme: "Estoy preocupada por ti".
"Ahórrate la falsa preocupación", dijo Oliver de repente con voz fría y la soltó.
Antes de que ella pudiera responder, la empujó a un lado, haciéndola perder el equilibrio y caer al suelo.
Luego, sin dudarlo, el hombre pasó a su lado y se marchó.
La casa quedó en silencio y Rosanna se quedó sola.
Una ola de amargura la invadió, tan fuerte que le retorció las entrañas. Le dolía todo, pero ni siquiera podía llorar.
Tenía el rostro pálido y los ojos enrojecidos, mientras contenía las lágrimas.
Se quedó allí sentada en el suelo hasta que le entumecían las piernas. Entonces, por fin, se obligó a ponerse en pie.
No quería volver al dormitorio, así que se acurrucó en el sofá, cerrando los ojos, con los pensamientos enredados.
De repente, el sonido de su celular rompió el silencio, y el tono agudo la devolvió a la realidad.
Pensando que podría ser Oliver llamándola, se levantó rápidamente y corrió del salón al dormitorio, contestando la llamada sin pensarlo dos veces.
"¡Rosanna! ¡Tu esposo acaba de montar un escándalo en el Club Zero por culpa de Millie! Le rompió una botella de cerveza en la cabeza a un tipo; hay sangre por todas partes. ¡Fue una locura!".
La mejor amiga de Rosanna, Leah Ahmed, estaba al otro lado de la línea, con voz llena de urgencia.
La muchacha trató de mantener la compostura y apenas logró murmurar: "Oh".
No estaba sorprendida. Sabiendo hasta dónde era capaz de llegar Oliver por esa chica, ni siquiera se habría sorprendido si Leah le hubiera dicho que había matado a alguien.
El Club Zero no era un club cualquiera, sino el club privado más exclusivo de Qegan. Era el lugar donde Oliver solía ir de fiesta con sus amigos.
Leah continuó: "Un tipo borracho acorraló a Millie cerca del baño e intentó agredirla. Uno de los testigos dijo que tenía chupetones en el pecho y que le habían bajado la ropa interior. Menos mal que tuvo la sensatez de encerrarse en el baño de mujeres antes de que la situación empeorara...".
Rosanna no escuchó el resto de las palabras de Leah, porque su mente estaba en otra parte. Finalmente, su amiga terminó la llamada.
La llamada de Leah había borrado cualquier resto de sueño que le quedaba, dejándola aferrada al celular con tal fuerza que sus nudillos palidecieron.
¿Cómo no se iba a enojar por esto?
Se había obligado a mantener la calma durante la llamada, aferrándose a la última pizca de dignidad que le quedaba.
Intentó distraerse mirando su celular, pero la noticia de la pelea de Oliver en el Club Zero ya se estaba difundiendo por las redes sociales.
Las historias lo pintaban como un amante apasionado, un hombre dispuesto a arriesgarlo todo por su amada, retratándolo como un romántico audaz y desesperado.
Cuanto más leía Rosanna, más se enfadaba. No pudo soportarlo más, así que guardó el celular y apagó la lámpara de la mesita de noche.
Rodeada por la oscuridad, sintió que sus pensamientos se aclaraban.
En sus tres años de matrimonio, Oliver nunca anunció públicamente su relación. En cambio, se pasó el tiempo mezclándose con mujeres de diferentes clubes. Millie, segura de su favoritismo, siempre se lo restregó en la cara.
En ese momento, se preguntó si su matrimonio con Oliver, que ya se estaba desmoronando por dentro, tenía sentido.
El sonido de la puerta al abrirse interrumpió sus pensamientos. Miró la hora: eran las cinco y media de la mañana.
Oliver había vuelto, pero no regresó al dormitorio, sino que se dirigió directamente al estudio.
Rosanna se levantó de la cama, respiró hondo y caminó hacia el estudio, donde llamó a la puerta.
No hubo respuesta.
Volvió a llamar y, luego, giró el pomo para entrar.
"¿Te di permiso para entrar?". La voz de Oliver era cortante y su expresión se ensombreció al instante ante la repentina interrupción.
Rosanna vaciló un instante. Luego, reunió todo su valor para mirarlo a los ojos y le dijo: "Divorciémonos".
El estudio estaba alumbrado únicamente por una lámpara que reflejaba una tenue luz sobre el rostro de Rosanna, el cual mostraba una mezcla de profunda tristeza y firme determinación.
Pronunció esa frase con todas sus fuerzas. Ya no esperaba nada de su matrimonio.
Oliver le lanzó una mirada penetrante. "¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?".
"Sí...", contestó ella bajando la mirada. El temblor en su voz delataba su nerviosismo. "Quiero el divorcio".
El apuesto rostro del hombre se llenó de burla mientras encendía un cigarrillo. Luego, con una sonrisa socarrona, dejó que el humo lo rodeara.
Sus rasgos afilados se volvieron aún más marcados en medio de la neblina y sus ojos gélidos no mostraban ninguna emoción.
Reprimiendo la amargura que la embargaba, Rosanna prosiguió: "Lo mejor será que nos separemos ahora, en lugar de seguir atrapados en un matrimonio sin amor".
"Según el acuerdo prenupcial que firmamos, si nos divorciamos, no recibirás ni un centavo". Dicho esto, Oliver le dio una calada larga a su cigarrillo.
La voz de la joven era plana y apenas más alta que un susurro cuando replicó: "Lo sé".
Durante sus tres años de matrimonio fue golpeada por una desilusión tras otra, hasta que en su corazón no quedó nada más que desesperación.
La indulgencia sin límites de Oliver hacia Millie destruyó el afecto que su esposa había comenzado a sentir por él.
"Hace tres años, el proyecto de energías renovadas del Grupo Marshall en Qegan se trasladó a Jiford como dote para tu familia. Esa inversión, valorada en más de cien millones de dólares, ayudó a Preston a convertirse en alcalde de Jiford". Los ojos de Oliver se tornaron fríos cuando añadió: "El proyecto aún no ha generado ganancias, ¿y ya quieres divorciarte de mí?".
El rostro de Rosanna se contrajo; esas palabras tocaron una fibra sensible en ella.
Preston Burton era su padrastro. Tres años atrás, la enorme inversión del Grupo Marshall le había dado el impulso necesario para vencer a tres candidatos más y obtener su cargo actual.
En realidad, tomar la decisión de divorciarse no fue nada fácil para ella; había pensado en ello durante mucho tiempo.
A pesar de que extrañaría las raras ocasiones en las que Oliver la trataba con gentileza, la idea de que este golpeara con saña a alguien por Millie le rompió el corazón.
Incapaz de soportar esa situación por más tiempo, Rosanna dijo: "Ahora, tú y la señorita Rogers pueden estar juntos. No me interpondré en su camino".
La joven logró sonreír, ocultando así toda la reticencia y el dolor que sentía.
"Millie y yo nunca hemos sentido que te interpongas en nuestro camino". Con eso, Oliver sopló casualmente algunas bocanadas de humo.
Rosanna notó que su esposo pronunciaba el nombre de su amante con mucho afecto, como si fuera la persona más importante del mundo.
Sin embargo, ella solo disfrutaba de esa ternura durante sus momentos más íntimos; fuera de eso, siempre la trataba con frialdad.
La joven apretó la mandíbula antes de declarar: "Estoy cansada de vivir sin el más mínimo respeto".
"Parece que has olvidado cómo te convertiste en mi esposa... ¿Realmente crees que tienes derecho a hablar de respeto?", cuestionó Oliver con una mirada irónica.
Fue entonces cuando Rosanna recordó esa humillante noche lluviosa de tres años atrás, y una avalancha de dolor y humillación inundó su corazón.
"A pesar de que desde el principio sabías exactamente cómo sería este matrimonio, tramaste casarte conmigo, y Preston obtuvo su posición de poder gracias a mí. Así que, si no acepto el divorcio, lo único que podrás hacer será obedecerme y soportar todo esto. No me importa si sientes que te trato con respeto o no", añadió el hombre, ante el silencio de ella.
Al oír eso, el cuerpo de Rosanna tembló un poco y su rostro palideció por completo.
Resultó que para Oliver su matrimonio no era más que un negocio.
A decir verdad, al principio ella también había sentido lo mismo. Sin embargo, después de dos largos años, comenzó a creer que podría convertirse en algo real.
En ese momento se dio cuenta de que no debía haber pensado así.
Por suerte, cualquier sentimiento que había comenzado a florecer en su corazón aún podía ser destruido.
Oliver apagó su cigarrillo en el cenicero y se alejó.
Unos momentos después, Rosanna oyó correr el agua de la ducha.
Su corazón se hundió en una inmensa desesperación.
En sus tres años de matrimonio, nunca habían salido a pasear, ido al cine, o incluso a comer tranquila juntos como cualquier pareja normal.
Los únicos momentos en los que había cercanía entre ellos era cuando estaban en la cama.
Los primeros dos años estuvieron llenos de silencio y frialdad.
No fue hasta el tercer año que las cosas cambiaron un poco; Oliver comenzó a mostrarle a Rosanna un poco de paciencia y gentileza, algo que nunca antes había hecho. Le decía algunas palabras amables durante las fiestas o la sorprendía con pequeños regalos.
Lentamente y sin darse cuenta, ella había comenzado a preocuparse por él y a tratar de descubrir las cosas que le gustaban.
A pesar de que no estaba acostumbrada a las tareas del hogar, aprendió a preparar diferentes tipos de desayunos para él.
Dado que sus vidas apenas se cruzaban fuera del dormitorio, el desayuno era la única oportunidad que tenía la joven de retenerlo un poco más.
Aunque sabía que era algo tonto y humillante, no podía evitar hacerlo.
Sin embargo, Millie siempre aparecía y aplastaba sus diminutas esperanzas.
Si a Oliver le importara su esposa siquiera un poco, ¿por qué después de tres años no había hecho público su matrimonio?
Una vez que el hombre salió de la ducha, se dirigió a la habitación de huéspedes contigua para dormir.
A la mañana siguiente, Rosanna se sentía exhausta por la falta de sueño, pero se levantó temprano y, antes de ir a trabajar, preparó el café favorito de Oliver.
Trabajaba como presentadora de noticias financieras en Televisión Qegan.
La televisora no era tan popular como en el pasado, debido a los nuevos medios de comunicación, sin embargo, su programa de entrevistas aún tenía altos índices de audiencia, convirtiéndola en una figura pública local en Qegan.
Después de registrar su entrada y sentarse en su escritorio, comenzó a sentirse débil.
Abrió el cajón, agarró las galletas que había preparado ella misma y guardado ahí y se comió algunas. Poco a poco comenzó a sentirse mejor.
Ganaba peso con bastante facilidad, lo cual sería evidente en sus mejillas.
Para lucir bien ante las cámaras, tenía que seguir una dieta estricta.
Todos los días consumía alimentos bajos en calorías como huevos cocidos, verduras y carne magra. Era muy esbelta para su estatura.
Como sus niveles de glucosa en sangre eran bajos, siempre necesitaba un poco de azúcar para poder realizar sus actividades diarias.
Faltando veinte días para Navidad, su carga de trabajo se había triplicado.
Tenía un programa de transmisión en vivo, Noticias Financieras, el cual se televisaba dos veces por semana, además de un programa de entrevistas que debía grabar con antelación. Ahora, también tenía que participar en los ensayos para la gala de Navidad.
Mientras almorzaba en la cafetería, oyó a algunos compañeros cotillear; se enteró de que la pelea de Oliver en el club se había vuelto viral.
Las manos le temblaban mientras tomaba su celular para revisar las redes sociales.
En las redes, los usuarios habían convertido la relación de Oliver y Millie en un cuento de hadas: él, un encantador y apuesto millonario; ella, la pobre Cenicienta.
Muchas personas que desconocían la verdadera historia ya estaban presionándolo para que se casara con su amante.
El apetito de Rosanna desapareció después de solo unos cuantos bocados de su almuerzo cuidadosamente medido.
Por la tarde, luego de registrar su salida, se detuvo en la farmacia para comprar una píldora de emergencia.
Se tomó su tiempo para elegir la que tenía los efectos secundarios más leves.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de pagar, se encontró con Oliver.
Pero, no iba solo; Millie, su secretaria, estaba con él.
Esta tenía un vendaje llamativo en la frente y costras visibles en una mano.
Su expresión dulce y lastimera era suficiente para despertar en cualquier hombre el deseo de protegerla.
Entraron en la farmacia, riendo y charlando; parecían una pareja muy enamorada.
A pesar de que esa no era la primera vez que Rosanna los veía juntos así, sintió un dolor punzante en el corazón.
"Oliver...", dijo con voz mesurada y rígida, tragándose las emociones que la embargaban.
El hombre apenas la miro, pues sus ojos se posaron en la cajita que llevaba en la mano.
"Tómate más de una; no quiero incidentes".
Esas palabras hirieron a Rosanna como una cuchilla afilada, pero no tuvo más remedio que mantener la compostura con Millie ahí.
"No te preocupes. No habrá ninguna sorpresa", respondió, logrando esbozar una sonrisa forzada.
La gente solía decir que los hijos eran el fruto del amor, pero, para Oliver, no eran más que sorpresas no deseadas.
O tal vez, solo veía de esa manera a los hijos que podría tener con su esposa.
Con su amante, las cosas seguramente serían muy diferentes.
"Señora Williams, qué sorpresa verte aquí", dijo Millie con una dulzura fingida. "¿Sabes algo? Tomar demasiadas píldoras puede alterar tus hormonas. Incluso las mejores marcas pueden adelantar la menopausia".
Millie sabía que Rosanna estaba casada con Oliver, no obstante, cada vez que la veía, la llamaba "señora Williams". Nunca la había reconocido como la señora Marshall.
Rosanna sabía que era su propio esposo quien le daba el valor para actuar de esa manera.
No podía evitar preguntarse por qué si Millie y Oliver eran una pareja tan feliz, este no había terminado su matrimonio para casarse con ella.
Después de todo, ya habían pasado tres años desde que se casaron; cualquier influencia que Preston alguna vez tuvo sobre Oliver hacía tiempo que perdió su fuerza.
Como Rosanna no tenía energías para lidiar con Millie, simplemente se volvió para pagar el medicamento.
"Anoche, Oliver bebió demasiado y hoy se sintió fatal todo el día. Como su esposa, ¿no deberías haberlo cuidado mejor?".
Esas palabras crisparon los nervios de Rosanna, quien se giró lentamente y encontró la mirada petulante de su rival. "¿Así que sabes que soy la esposa de Oliver?".
Rosanna se mantuvo firme, con los ojos fijos en Millie y la determinación inquebrantable de una mujer decidida a enfrentar a quien se interpuso entre ella y su esposo, y dijo: "Como empleada de Oliver, conoces perfectamente mi relación con él. Sin embargo, insistes en traspasar los límites y provocarme. ¿Eres realmente tan tonta o lo haces a propósito para conseguir algo?".
"Lo siento, señorita Williams. Oh, quería decir señora Marshall", dijo Millie, corrigiéndose con nerviosismo mientras se llevaba la mano a la boca. "Cometí un error. Por favor, no lo tomes a pecho".
Su expresión frágil e inocente despertaba compasión, pero la muchacha no se dejó engañar, pues sabía muy bien lo que ella hacía: el papel de víctima para ganarse la simpatía de Oliver.
"No soy digna de tu disculpa", dijo con sarcasmo. "Es evidente que tú eres la que merece compasión, siempre te quedas como víctima".
"Oliver, la señora Marshall sigue enfadada conmigo... Quizá sea por lo que pasó anoche en el club", le dijo Millie a Oliver. "¿Podrías ayudarme a explicárselo?".
Su tono meloso le puso los pelos de punta a Rosanna, quien dirigió su atención a su esposo.
Oliver dio una lenta calada a su cigarrillo, con el rostro frío.
"No hay nada que explicar", dijo.
"Es que me preocupa que ella me culpe por interponerme entre ustedes dos, pensando que soy tu amante", dijo Millie con clara intención.
Sin vacilar ni un instante, Oliver ordenó: "Millie, ve a buscar mi medicina. No pierdas el tiempo hablando con gente que no importa".
Estaba claro que, para él, Rosanna no valía nada frente a Millie.
Rosanna reprimió la amargura y la ira que sentía en el pecho y salió en silencio de la farmacia sin decir una palabra.
Dentro del auto, las manos le temblaban mientras sujetaba el volante. Tuvo que intentarlo dos veces antes de que el motor arrancara.
Una y otra vez, se dijo a sí misma que no debía enfadarse.
Tres meses atrás, un chequeo de rutina reveló un pequeño bulto de dos milímetros en su seno izquierdo, y tenía cita para una revisión de seguimiento a la mañana siguiente.
Un poco ansiosa, le había preguntado a Leah, que también era su ginecóloga, por qué alguien de su edad podía desarrollar algo así.
Esta respondió con certeza que la mayoría de las enfermedades tenían su origen en el estrés y la ira. Y en su caso, creía que enfadarse siempre por culpa de Oliver era la causa de su enfermedad.
Rosanna no le había dado importancia en ese momento, calificándolo de tontería, pero en el fondo, una parte suya estaba de acuerdo.
Porque, si era sincera consigo misma, los últimos tres años habían sido un auténtico calvario para ella. Oliver la había hecho enfadar demasiadas veces.
Si sus sentimientos por él hubieran sido mínimos como tres años atrás, no se habría enfermado. Pero el problema era que, en algún momento, había empezado a preocuparse por él.
A medida que el cielo se oscurecía, se encontró manejando sin rumbo fijo, dejándose llevar por la carretera.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que, aparte de Villa Nexus, no tenía ningún sitio al que ir en todo Qegan.
Villa Nexus, el supuesto hogar de su matrimonio con Oliver, pertenecía por completo a él. Antes de la boda, le hizo firmar un acuerdo prenupcial que solo le concedía derechos temporales para vivir allí. Y, con la forma en que la trataba cada vez que entraba al lugar, se sentía menos como una esposa y más como una inquilina.
Volver ahora solo significaría entrar en otra casa silenciosa y vacía. Oliver rara vez estaba allí, pasaba la mayoría de las noches en eventos sociales y no volvía hasta la mañana siguiente.
Para no sentirse sola, Rosanna convirtió las horas extras en su rutina diaria; se sumergía en el trabajo todas las tardes solo para evitar el vacío que la esperaba en casa. Si no fuera por la necesidad de conseguir la píldora del día después, probablemente aún estaría en su oficina.
Finalmente, regresó a la Villa Nexus. Pero en cuanto abrió la puerta, el fuerte olor a humo de cigarrillo la recibió.
Oliver estaba de pie junto al ventanal del salón, hablando por el celular.
De espaldas, se mantenía erguido y sereno. Su voz, aunque baja, transmitía una calidez que ella nunca había oído.
"El doctor Griffiths dice que no te quedará cicatriz en la frente. Pero si sigues preocupada, puedo llevarte pasado mañana a Klenridge para que te vea un especialista. Aunque te quede una cicatriz, no me importa...".
Rosanna recordó la gasa blanca que Millie tenía en la frente. No cabía duda: él estaba hablando con su secretaria por teléfono.
El pequeño alivio que había sentido al verlo en casa se evaporó. Dejó silenciosamente el bolso y el abrigo y se dirigió al baño.
Después de lavarse la cara, se estaba aplicando crema hidratante cuando vio a Oliver aparecer por la puerta.
"Mañana a las ocho, la amiga de mi madre llega a Qegan. Necesito que la recojas en el aeropuerto", dijo con tono seco.
Rosanna suspiró en silencio. Siempre que se acercaba a ella voluntariamente era para pedirle que hiciera algo.
"Es una vieja amiga de mi madre y también una de sus socias comerciales. Tómate un par de días libres y enséñale la ciudad. Yo te pagaré todos los gastos".
Sin esperar respuesta, se retiró al estudio, dando por hecho que ella había aceptado.
Rosanna sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas le brotaron de los ojos mientras se dirigía al estudio y decía: "Busca a otra persona para hacer eso. Mañana tengo otros compromisos".
Oliver ni siquiera la miró y continuó: "Ya está todo arreglado. Karl se encargará de conducir y de las comidas. Tú solo tienes que hacerle compañía y conversar con ella".
No apartó la vista de la pantalla de la computadora, ni se inmutó ante sus palabras.
Mientras lo miraba, ella sintió que la ira le hervía en el pecho.
"Mañana por la mañana tengo cita con el médico para una revisión".
"¿Una revisión de qué?", preguntó él.
"Ya te lo dije. En la última revisión me encontraron un bulto en el seno izquierdo. Mañana volverán a examinarlo".
"Es solo un pequeño bulto. Esperar dos días más no cambiará nada", respondió el hombre sin apartar la vista de la pantalla.
Rosanna apretó la mandíbula. "He esperado mucho para conseguir esta cita con el especialista, y no pienso reprogramarla".
Oliver ni siquiera parpadeó.
"Mi madre y tú siempre han tenido una relación tensa. Si te llevas bien con su amiga, quizá las cosas mejoren entre ustedes". Su tono no admitía discusión. "Está decidido".
Rosanna intentó protestar, pero la mirada firme de él la detuvo. Tras una larga pausa, dijo: "Está bien".
Al regresar al dormitorio principal, se tocó las mejillas y se dio cuenta de que ya estaban mojadas por las lágrimas.
En ese momento sonó su celular. Miró la pantalla, reconoció el número y rechazó la llamada sin dudarlo.
Un momento después, apareció en la pantalla otro número de la ciudad de Jiford. Sin pestañear, ella lo bloqueó.
Esa noche, Oliver se quedó en el estudio. Ni una sola vez entró en el dormitorio principal.
Cuando Rosanna despertó a la mañana siguiente, él ya estaba vestido, listo para irse al trabajo.
Parecía un poco cansado, con ojeras que sugerían que probablemente no había dormido bien la noche anterior.
Sin embargo, el cansancio no logró opacar sus rasgos marcados ni la tranquila elegancia de sus movimientos.
"Karl te estará esperando en el garaje dentro de treinta minutos", dijo, mirando su reloj antes de dirigirle una breve mirada.
Apenas fue una mirada fugaz, lo justo para que ella la notara antes de desvanecerse.
Cuando él se dirigió hacia la puerta, ella no pudo evitar decir: "La señorita Rogers es mejor anfitriona que yo. Quizá deberías dejar que ella se encargara de esto".
Oliver se detuvo, pero no se volvió para verla.
"Todavía eres mi esposa. Si envío a Millie a recibir a un invitado de mi madre, solo confirmaría los rumores de que hay algo más entre nosotros".
Así que eso era. La estaba utilizando para proteger la reputación de esa chiquilla.
Debía saber que la gente que conocía su estado civil ya estaba cotilleando sobre el incidente de la noche anterior en el Club Zero, donde había golpeado a alguien por Millie.
Al cerrar la puerta tras de sí, una ráfaga de aire frío entró en la habitación, haciendo que la muchacha sintiera un escalofrío.
De camino al aeropuerto, le preguntó a Karl Price, el asistente de Oliver, cómo pensaba este lidiar con los crecientes rumores sobre él y Millie en Internet.
Pero Karl solo le dedicó su sonrisa pícara y se hizo el tonto.
Ella insistió, pero él no soltó palabra.
En el aeropuerto, ella y Karl esperaron hasta las nueve. Entonces, el asistente recibió una llamada y, tras una breve conversación, frunció el ceño. "Cambio de planes", le dijo a Rosanna. "Ella pospuso su viaje. Vendrá a Qegan la próxima semana".
Una ola de ira invadió a Rosanna, pero la contuvo, porque no quería perder la compostura en presencia de Karl.
El asistente la llevó al hospital. Después de registrarse, vio que había una larga cola, al menos una docena de pacientes delante de ella.
Sin otra opción, esperó.
Tras recibir los resultados de la ecografía mamaria, no entendió las imágenes, pero el texto era claro: el nódulo de su mama izquierda había crecido hasta alcanzar los dos milímetros y medio.
El pánico se apoderó de ella, porque hacía solo tres meses medía dos milímetros.
Ese medio milímetro adicional le pareció alarmante y la inquietó.