Los inconfundibles olores a libros, nicotina y acuerdos legales invaden las fosas nasales a los presentes. Sin tener duda alguna, dos hombres asiáticos aún sumergidos en su inquebrantable amistad intercambian con simplicidad las miradas honrosas en sus achinados ojos. Así que después de leer, revisar y estudiar en profundidad el documento por quinta vez, Takumi Kaneco y Lee Ming proceden con orgullo a estampar sus firmas ante el notario.
Sellando así el destino de sus descendencias; ambos se aseguran, con plena confianza, de estar tomando la decisión correcta, ya que sienten una deuda de honor inmensa con Roberto Guzmán, la que deben y desean saldar.
A Roberto le deben no solo la vida, sino todo lo que son; cada una de las metas alcanzadas por estos dos amigos inseparables son el resultado directo de la convivencia con él, que más que una mera convivencia, fue una lucha por sobrevivir. Roberto les ha enseñado una lección invaluable, que les llegó de la manera más dolorosa e inhumana posible; cuando creían que estaban al borde de la muerte, sumidos en un tormento físico, emocional y espiritual sin igual.
Una ráfaga de reminiscencias invade, sutilmente, los pensamientos tanto de Lee como de Takumi... "Durante aquellos largos, tormentosos y dolorosos tres meses, Roberto dejó claro que la guerra más ardua no consistía en luchar con armas y estrategias militares, sino en enfrentarse a su propio ser interior. No importaba que fueran de diferentes nacionalidades o que estuvieran influenciados por distintas culturas arraigadas. La victoria en esa guerra solo sería posible si lograban comprender que el "yo" interno debe fortalecerse y volverse más seguro con el paso del "tic tac" del tiempo. Para los tres hombres, esta fue una experiencia personal que los marcaría de por vida y que, sin que lo supieran, afectaría a sus generaciones futuras.
Estar en zona de guerra en tierras extranjeras, no es nada fácil, aun formando parte del cuerpo de las Naciones Unidas. El doctor de emergencias Takumi de origen japonés acababa de terminar su especialización en traumatología, cuando fue destinado a un hospital improvisado en plena zona de guerra.
Takumi próximo a sus años treinta, soltero, pero rotundamente enamorado de su novia Sakumi, era el típico nipón que, tal cual, como cualquier japonés; su cuerpo distaba mucho de ser grande y fornido, sin embargo, poseía una resistencia y aguante, tanto física como emocional, digna de su profesión. Aunque provenía de una familia con suficientes recursos económicos, se adaptaba, fácilmente, a sus nuevas condiciones de vida. Su personalidad alegre era de gran ayuda, y solía ser más abierto que otros compatriotas suyos debido a haber estudiado en la cosmopolita Londres.
Por su parte, el coreano Lee de veintiocho años tenía un carácter fuerte, casi inquebrantable de esos que son todo o nada, ya que solo veía la vida en dos colores; blanco o negro, sin matices en su vida. Experto en las telecomunicaciones, rara vez compartía su tiempo con los miembros del escuadrón, no obstante, siempre estaba dispuesto a brindar ayuda a aquellos que la necesitaban. Gracias a su distinguido linaje militar, disfrutaba de ciertos privilegios que sus compañeros de escuadrón no tenían. Sin embargo, Lee no se sentía obligado ni apresurado a regresar a casa, ya que no tenía a nadie especial esperándolo. Tal vez, su carácter distante, solitario e impersonal era lo que le había impedido experimentar el amor a pesar de su edad.
El más joven del trío era Roberto, venezolano a mediados de sus veinte, graduado en la Universidad Central de Venezuela en idiomas; su rol en el escuadrón era de traductor; dominaba un total de cinco idiomas; español, inglés, francés, italiano y portugués. Aunque su pasión era la cocina, había incursionado en el mundo de la botánica y la medicina natural. Tenía un cuerpo bien desarrollado, atlético, y una tez bronceada tan típicamente latina. Siempre mostraba una sonrisa en sus labios y estaba listo para enfrentar al mundo con su personalidad abierta, alegre y juvenil. En sus momentos libres no perdía la oportunidad de disfrutar de la música y dejar deslizar sus ágiles dedos sobre las cuerdas de su envejecida guitarra. Por su corta edad aún no conocía el amor propiamente dicho, aunque sí tenía una larga lista de novias informales.
La vida transcurría casi sin novedad, había días muy movidos y otros llenos de rutina. Ya llevaban casi ocho meses en esa base militar. El personal era, relativamente constante, con muy pocos cambios en las listas. Los turnos de trabajo eran de veinticuatro horas para los días tranquilos y, en caso de situaciones más intensas, el turno terminaba cuando todo volvía a la normalidad, a veces, podían pasar días o semanas así; en medio de una emergencia.
Dado que se encontraban en plena selva tropical, Roberto aprovechaba su tiempo libre para estudiar la vegetación y clasificar las plantas de acuerdo a sus propiedades medicinales. Recorría, diariamente, la selva de manera rutinaria, por lo tanto, ya la conocía como la palma de su mano. Entendía muy bien los movimientos del río, sabía sí la lluvia sería suave o, por el contrario, sí se volvería una tormenta tropical, podía identificar la fauna según sus huellas y excrementos. Tenía cierta experiencia en excursiones, ya que, su familia poseía grandes extensiones de tierra en su país; en donde se dedicaban a la ganadería.
Parte de la responsabilidad de Takumi era garantizar que los miembros del escuadrón no enfermaran, así que, con frecuencia les hacía controles médicos y de laboratorios, les recetaba vitaminas o suplementos para evitar cualquier recaída, así como, el controlar y dispensar para algunos miembros las medicinas permanentes de hipertensión o control de la diabetes, entre otras, según sea el caso. Mientras atendía, eficazmente, cualquier emergencia médica ocurrida en la base. Mes tras mes la tensa calma dejaba pasar el tiempo.
Ya había transcurrido casi un año, y Takumi pudo notar que Roberto jamás se enfermaba; ni siquiera; un resfriado, aún si había permanecido por horas bajo la lluvia internado en la selva. No sufría de molestias estomacales como el resto de los integrantes del escuadrón; por el consumo de las aguas turbias del río o por el cambio alimenticio. Rara vez, era picado por insectos; parecía que su piel estuviera recubierta por un repelente permanente.
Un día, mientras Roberto tocaba la guitarra para relajarse, Takumi se le acercó no solo para lograr disfrutar de la música, sino para entablar una conversación referente a su condición de salud.
-¡Umm!, hermosa melodía, ¿quién es el compositor? -indagó Takumi disfrutando de la música tras hacer una sutil reverencia de cabeza.
-Alguien muy especial para mí; mi madre -La voz de Roberto fue pausada.
-No sabía que tu madre es compositora, debe ser muy famosa en tu país -exclamó el galeno sorprendido -es, realmente, hermosa y relajante esa melodía- confirmó, mientras se acercaba para sentarse al lado del latino.
-Nada de famosa, era solo una madre amorosa y feliz. Ella solía pasar todo el día tarareando cualquier melodía que dejaba escapar de su alma. Esta en particular la tarareaba en las noches cuando nos preparaba una deliciosa taza de avena antes de irnos a dormir; no sé qué me relajaba más si la avena o la melodía -pronunció con cierta melancolía, dejando acumular alguna que otra lágrima en las cuencas de sus ojos.
-Me imagino que estás desesperado para regresar a casa y disfrutar de esas dos cosas -pronunció Takumi con sinceridad en los labios.
-La avena la puedo disfrutar todavía, pero no volveré a oírla a ella, pues murió hace dos años en mis brazos -logró decir con las primeras lágrimas corriendo por sus mejillas, mientras veía, directamente, los somprendidos ojos de Takumi.
-¡Ey amigo!, no fue mi intensión hacerte recordar un momento tan doloroso en tu vida, espero que me perdones -reflexionó luego de un inesperado suspiro lleno de arrepentimiento. Todavía sosteniéndole la mirada.
-No hay problema... ¡Ey amigo!, -dijo Roberto medio en broma, medio en serio, ya algo más relajado -está bien, aunque murió en estos brazos, le doy gracias a Dios por ese momento- esquivó la mirada rasgada de aquellos profundos ojos negros, cual noche sin estrella.
-¡No te entiendo!... ¿Cómo puedes decir eso?, de ser tú, yo estaría traumatizado, lo juro -reconoció Takumi con solo la idea de imaginarse pasar por tal experiencia.
-¡Pues verás!... Ese día disfrutábamos en familia de cabalgar al finalizar nuestra jornada de trabajo en la finca, esa tarde no fue la excepción, solo que esta vez regresaríamos con uno menos de la familia -Roberto se dejó llevar por los recuerdos; luego de una pausa para tratar de secarse las lágrimas que salían de manera incontrolable para continuar con su relato- Ella cayó de su caballo cuando este fue picado por una víbora. Enseguida mis hermanos, mi padre y yo rodeamos a mi madre en sus últimos momentos de vida; ella logró despedirse con una sutil sonrisa de cada uno de mis hermanos, aunque con mucho dolor y dificultad para respirar le agradeció a Dios por permitirle formar una familia tan hermosa... Mi padre sentía que la mitad de su alma se le iba junto con ella, pero aun así no se lo demostró para que pudiera irse en paz... La rodeé con mis brazos; le agradecí por ser la mejor madre que podría tener y mirándola a los ojos, le pedí que si hay una vida eterna después de esta; me espere hasta que me reúna con ella, pero sí, por el contrario, sí hay reencarnación le rogué que me permitiera ser su padre en la siguiente vida para así poder retornarle todo lo que ella había hecho por mí -Con una extraña mezcla de dificultad y nostalgia la voz de Roberto se fue apagando hasta culminar con su relato.
Luego de esas palabras, Takumi se le acercó para abrazarlo y tratar de consolarlo, aunque no podía pronunciar palabra alguna. El hecho de transmitir el calor de aquel abrazo fue suficiente para reconfortar a Roberto quien, finalmente, dijo.
-¡Dios!, gracias por darle la oportunidad a mi madre de estar acompañada por sus seres queridos en ese momento. -Allí quedaron los dos sentados, mientras Roberto retomaba la guitarra, a la par de que el joven galeno cerraba los ojos para concentrarse en las melodías que salían de las cuerdas que ágilmente movía su nuevo amigo.
A pocos pasos de ellos, camuflajeado entre los árboles, se encontraba Lee, observando cómo empezaba una amistad que, tal vez, duraría más allá de la muerte. En cierta forma, y a muy pesar suyo, el gusanillo de la envidia bien sana le carcomió un pedacillo de su labro pecho, pero prefirió alejarse sin intervenir"
"... Transcurrieron los días y la amistad entre Roberto y Takumi se fortaleció a tal grado que la piel canela llegó a bromear con lo hermosa que era la novia de Takumi y este respondía; mantente alejado de mi ingenua chica, ¡Ey amigo!, latino de sangre caliente...
El par con relativa frecuencia disfrutaba de largos paseos en las horas del ocaso, era una rutina que, rápidamente, les permitió mantener la cordura a pesar del ambiente tan inestable al cual estaban sometidos. Mantenían conversaciones personales, haciendo fácil la aceptación del choque cultural de ambas crianzas, sin llegar a cruzar la delgada línea de la intimidad interpersonal.
-Explícame ¿cómo es posible que tú aún no te hayas enfermado durante este año que hemos estado metidos aquí en plena selva? -preguntó, intrigado Takumi.
Soltando una carcajada Roberto le respondió- Eso es fácil tengo la mejor farmacia del mundo, pues la selva me da todo lo que necesito. Tal vez ustedes los doctores deberían aprovechar más a la naturaleza en lugar de solo depender de los fármacos ¿No te parece? -dijo con una gran sonrisa.
-Tal vez tengas razón, si mis futuros logros profesionales me permiten convertirme en el ministro de salud de mi país modificaré el pénsum de estudio de la carrera de medicina -bromeó Takumi, dejando resonar una gran carcajada.
-¡Muy graciosos! Ya veremos a los japoneses como rumiante masticando monte todo el día para no enfermarse -intervino Lee, desplegando una linda sonrisa.
Ya entrada la medianoche se escucharon fuertes ráfagas de detonaciones, infinitos destellos de luz que atravesaron la oscura noche unidos a sonidos ensordecedores. Nada más cercano a un despliegue inesperado que, duramente, hará mella en el escuadrón. Ataque que sin duda dejó sufriendo a más de una familia como producto del fallecimiento de uno de sus miembros. Y aunque cada militar o postulante a incorporarse a una zona de guerra sabe que corre el riesgo de vivir o mejor dicho sobrevivir a tan dura experiencia; cada quien en su propio mundo de fe y esperanza reza en el fundo de su corazón no tener que vivirla. Sin embargo, aunque suene poco creíble era un precio, tal vez, alto o bajo por aportar un grano de arena con tal de mantener la paz entre fronteras enemigas.
Media hora después, todo quedó en un silencio sepulcral y en completa oscuridad. Acababan de ser, fuertemente, bombardeados por el enemigo. Los tres hombres permanecieron inconscientes por un largo tiempo. El primero en reaccionar fue Lee quien trató de deslizarse por el suelo empapado de sangre, tuvo que apoyarse sobre sus codos, ya que sus piernas no le respondían, consiguió toparse con el cuerpo casi inerte de Roberto, luego de golpearlo en el rostro logró que recobrara el conocimiento. Buscaron a Takumi tanteando con sus manos toda el área, lo encontraron a veinte metros de ellos, su cuerpo había sido arrojado por la onda expansiva, él estaba aún inconsciente, pero respirando, Roberto miró a Lee y pudo notar que ambas piernas estaban en muy mal estado.
-Lee; te llevaré a un lugar seguro y luego vendré por Takumi -pronunció, aprensivamente, manteniendo la mirada en las destrozadas piernas del coreano.
-¡No!- espetó amargamente Lee. -déjame aquí trata de salvar tu vida, yo no podré sobrevivir a estas heridas -Le advirtió Lee, tomándolo de la solapa.
-Ni lo sueñes, amigo, estamos juntos los tres hasta el final. Sea cual sea nuestro destino en esta guerra la libraremos juntos -expresó Roberto con voz de mando militar.
Como pudo se echó a Lee al hombro adentrándose en la selva, caminó por más de dos horas hasta llegar a una de las cuevas que él usaba para descansar cuando realizaba sus expediciones. Allí recostó al nipón en el piso, trató de limpiarle las múltiples heridas que tenía alrededor del cuerpo con agua de un manantial subterráneo que estaba a siete minutos de la entrada de la cueva.
-Ya regreso, voy a buscar algo para entablillar tus piernas -Le informó al casi inconsciente compañero de escuadrón.
-"Ummm" -fue lo único que logró pronunciar Lee antes de desmayarse.
Transcurrido alrededor de unos quince minutos regresó a la cueva con palos y ramas que le permitieron inmovilizar las piernas de Lee, gracias a Dios que aún estaba inconsciente así Roberto pudo tratar las mal trechas piernas. Hizo una pequeña fogata solo hasta calentar varias piedras las cuales dejó cerca del japones para mantenerlo caliente. Pues no quería que el enemigo tuviera chance de ubicarlos.
Despertó a Lee y le entregó unas hojas que sacó de su bolsillo.
-Necesito que intentes masticar y tragar estas hojas; son un analgésico natural bastante efectivo, es una orden -retomó el tono de mando.
-Bien, seré un rumiante -bromeó, tratando de suavizar la situación.
-¡Genial! -Pronunció el latino luego de un par de bocanadas que permitieron llenar sus cansados pulmones de aire fresco, impulsándolo a hacer unas compresas con hojas para colocarla en lo que aún se podía creer que eran las piernas de Lee.
»No debes quitártelas bajo ningún concepto -Lo previno de cualquier acción posterior. Con vasta experiencia procedió a machacar las hierbas, para cuando sintió que la mezcla era homogénea la colocó en las piernas hasta cubrir todas y cada una de las heridas.
No transcurrió mucho tiempo para que Lee se relajara a pesar de la inmensa tortura física y emocional que azotaba a su herido cuerpo. Logrando dormirse más por desvanecimiento que por dolor.
-Voy a buscar a Takumi, no importa cuánto dolor sientas no debes gritar, así evitaremos ser localizados por el bando contrario -Le advirtió, mientras salía de la cueva.
Roberto corrió escondiéndose entre el espeso follaje por alrededor de una hora hasta llegar a donde habían dejado a Takumi; quien para ese momento había recobrado la consciencia a pesar de estar muy malherido. Carecía, momentáneamente, de la capacidad de hacer uso de su sentido de orientación. Aunado a ello intentó, vagamente, enfocar la precaria vista y su sentido de audición estaba, totalmente, desactivado impidiéndole escuchar las instrucciones de Roberto; consecuencia directa del profuso sangramiento en sus oídos. Tenía un hombro dislocado y varias costillas fracturadas que le impedían respirar con facilidad. La atípica posición adoptada por uno de sus tobillos le informa a Roberto que una fractura era la posibilidad más real ante tal situación. Su cara ya presentaba deformación debido a la hinchazón producida por los fragmentos de granadas incrustadas en ella.
-¡Ey, amigo!, debo reubicar el brazo, no puedes gritar o nos descubrirán -intentó explicarle con señas. Le colocó una delgada rama entre los dientes y gesticulando le indicó que lo reubicaría a la cuenta de tres.
-Uno, dos...- Y en ese momento sin llegar a tres reubicó el brazo de su amigo sin darle tiempo a este a prepararse -Listo amigo ya pasó lo peor- Le dijo para tranquilizarlo. Aunque la tez grisácea le indicó a Roberto que Takumi estaba próximo a un desmayo, sin embargo, lo animó a aumentar su ciclo respiratorio para mantenerlo en su aquí y ahora.
-Debemos movernos -Le advirtió Roberto.
»Cada vez se escucha más cerca al enemigo -continuó diciendo. Takumi asintió un par de veces con la cabeza. Roberto ayudó a su amigo a apearse, ya que este cayó desplomado por no tener el sentido del equilibrio funcionando; puesto que los oídos estaban en muy mal estado.
No necesitó pensarlo dos veces; se echó a su amigo al hombro y volvió sobre sus pasos para llegar a la cueva donde estaba Lee. Sin embargo, podía sentir la cercanía del enemigo, viéndose obligado a cambiar de dirección. Recordó que había una especie de selva más densa como a diez minutos hacia al norte, donde había grandes árboles de tronco grueso algunos ya huecos en los cuales podía esconder el cuerpo maltrecho de Takumi. Así lo hizo para luego esconderse también en otro tronco.
Allí estuvieron hasta el amanecer. Casi no escuchaban al enemigo, pero Roberto estatuyó no salir de sus escondites hasta que cayera otra vez la noche. Tanto Takumi como Roberto se alimentaron de larvas y gusanos que estaban en el tronco hueco ya en descomposición.
Roberto calculó que era, aproximadamente, pasada la medianoche según la posición de la luna, decidió que era el momento de emprender el camino para reencontrarse con Lee.
-Voy a chequear que el enemigo no esté cerca, necesito ver si Lee está bien, volveré enseguida no te muevas de aquí -Le hizo señas, mientras le entregaba un vaso improvisado hecho con hojas.
»Trata de recolectar agua de lluvia para mantenerte hidratado -gesticuló.
Bajo una lluvia bastante fuerte Roberto empezó su travesía hasta dar con la cueva, gracias a Dios no lo habían descubierto; Lee estaba casi inerte en la misma posición como lo había dejado.
-¡Ey, amigo! -disculpa la tardanza intentó excusarse, pero tuvimos que escondernos del enemigo.
» ¿Cómo te has sentido?- tocó a Lee para comprobar lo que más temía; tenía fiebre producto de la infección -Tranquilo no morirás tan fácilmente -dijo un Roberto bañado en sudor.
-Amigo voy a traer a Takumi -despidiéndose de Lee con una gran sonrisa para disimular su agotamiento.
Roberto regresó corriendo hacia el tronco donde estaba su otro compañero de escuadrón. Sin tiempo para descansar lo levantó para echarlo al hombro y emprendió el regreso a la cueva. Al llegar pudieron ver a Lee, literalmente, delirando de la fiebre. Colocó con delicadeza a Takumi junto a Lee. Luego salió a buscar algo para controlar la fiebre.
Pasado un par de horas Roberto entró fatigado a la cueva, lamentablemente, pudo oír nuevamente al enemigo acercándose así que, aunque estaba realmente exhausto procedió a echarse a Lee al hombro para llevarlo como a unos trescientos metros más adentro de la cueva. Luego regresó por Takumi para repetir la operación.
Allí permanecieron en el más profundo silencio para evitar ser descubierto. Los tres sabían que era preferible morir que caer en las manos del enemigo. Luego de varias horas, donde los heridos entraban y salían de la inconsciencia, Roberto aún agotado optó, nuevamente, por ir a buscar todo lo que necesitaba para tratar de curar a sus amigos; expedición que demoró todo un día completo en regresar.
Entrada la noche Takumi y Lee escucharon pasos que se le acercaban, sus corazones latían a mil por segundo y sus respiraciones se detuvieron por un momento. Trataron de mantener la calma para evitar ser descubierto. ¡Gracias a Dios!, esos pasos les pertenecían a Roberto quien entró con una gran sonrisa; tanto Takumi como Lee pudieron respirar de nuevo al sentir como el alma les volvía al cuerpo.
-¡Ey amigos!, miren todo lo que traje; cambur, piña, pencas de sábila y uno de los morrales de supervivencia del escuadrón que había quedado atrás después del ataque - Takumi trató de sonreír, pero no lo logró producto de la deformidad por la hinchazón de su cara, a la par que Lee, extremadamente, adolorido no paraba de sudar y temblar producto de la fiebre.
-Amigo Lee voy contigo primero, necesitamos bajar esa fiebre y evitar nuevas infecciones así que vamos a asearte -dijo con un rostro, realmente, cansado.
Con las pocas fuerzas que le quedaban a Roberto; desvistió a Lee, le quitó las compresas de las heridas y literalmente lo sumergió completo en el manantial. Tardó más o menos media hora hasta que sintió que estaba lo suficientemente limpio. Aún desnudo lo sentó apoyándolo contra la pared. Buscó los antibióticos en el bolso y lo inyectó, chequeó la hora para saber cuándo le tocaba la siguiente dosis..."
"... Roberto se sentó por unos diez minutos para reponer algo de fuerza porque debía hacer, exactamente, lo mismo con Takumi. Lo desvistió, cargó y lo metió con delicadeza en el manantial, no quería moverlo bruscamente por la mala condición de los oídos, procedió a lavarlo lo mejor que pudo, trató de eliminar el exceso de sangre seca de los oídos y cara para poder analizar bien el estado de salud, cuando se sintió satisfecho lo colocó al lado de Lee.
Sin pensarlo dos veces procedió a desvestirse para darse un baño y lavar sus heridas que eran muchas, pero no tan graves como la de sus compañeros de escuadrón. Sentía que todo el cuerpo le dolía, pero no podía darse el lujo de pensar en él. Tanto Takumi como Lee quedaron sorprendidos al ver todas las heridas de Roberto; quien a pesar de ellas no se había quejado ni una sola vez.
-Tranquilos chicos todo estará bien, recuerden que estamos juntos los tres hasta el final -Roberto los animó, con una sonrisa en los labios, intentando ocultar la sensación de angustia que le abromaba los instintos de supervivencia.
Se tumbó a la orilla del manantial para reponer fuerzas y comenzar a lavar la ropa, todo para tratar de mantener a raya cualquier foco de infección. Salió de la cueva y dejó la ropa en una de las copas de los árboles más altos para que se secaran con el sol.
Al regresar a la cueva trató de alimentar a sus compañeros, pero ninguno podía masticar producto de la hinchazón que les desformaban las caras como consecuencias de las heridas, y de la debilidad que casi rozaba la muerte; así que decidió masticar las bananas para luego pasarle el puré, directamente, de boca a boca. Empezó con Takumi para luego ir con Lee. Tardó casi dos horas en terminar el procedimiento, luego, literalmente, cayó sin fuerza al suelo, quedándose dormido por horas.
Se despertó de pronto recordando la siguiente dosis de antibiótico para Lee. Ya empezaba a oscurecer, así que fue a buscar lo que según él ayudaría a Takumi con sus oídos.
-Ya regreso chicos voy a buscar algo para tus oídos- miró a su amigo, -no se diviertan sin mí -bromeó para levantar los ánimos.
Al cabo de unas horas regresó con la cara y las manos deformes por la hinchazón debido a múltiples picadas, pero todo valió la pena pues trajo con él un gran trozo de panal de abeja.
-Amigo Takumi, verás como tus oídos van a mejorar te lo aseguro, será doloroso, pero valdrá la pena.
»Ten Lee, chupa lentamente -Le dijo, mientras le pasaba de boca a boca un puré de miel. -¿Sabes?; funciona como antibiótico, a la par que aumentará tus niveles de glucosa.
»¡Ey amigo!, Takumi, lo tuyo será más incómodo, pero necesito que confíes en mí -Lo miró a los ojos.
Colocó la cabeza ladeada de su amigo sobre sus piernas para así extraer toda la sangre restante de los oídos. Esa tarea le llevó más de media hora, algo incómodo y doloroso para Takumi; quien no protestó en ningún momento. Cuando vio que estaba bastante limpio le colocó unas gotas de miel en los oídos, en ese momento el cuerpo de Takumi se estremeció. Roberto para relajarlo le tarareó la melodía preferida de su madre. Las lágrimas de Takumi no se hicieron esperar. Para luego iniciar con las extracciones de los múltiples fragmentos de municiones incrustados en el deformado e hinchado rostro de Takumi.
Esa faena de limpieza corporal la repetía, diariamente, por muy cansado que estuviese. No dudaba en alimentar a sus amigos, directamente, de su boca. Le cambiaba las compresas de Lee y ajustaba el entablillado, así como el buscar los alimentos y las medicinas naturales a diario, limpiaba los oídos y rostro de Takumi sin falta cada día.
Para el séptimo día consideró que ya podía preparar alguna cacería sin ser detectado por el enemigo, puesto que hacían dos días que no se escuchaba nada de ellos.
-¡Ey! Amigos, es momento de premiarnos con algo más que frutas... Veamos qué puede este venezolano cazar -dijo rebosante de esperanza, mientras se alejaba de la cueva. Al cabo de unas horas regresó con una hermosa iguana de muy buen tamaño.
-Chicos el menú de hoy será carne asada... -pronunció para luego alargar un sí todo orgulloso.
Por primera vez en toda una semana comerían como dioses; claro está que Roberto debería preparar su puré para poder alimentar a sus amigos.
Ya para el segundo mes Takumi estaba mucho mejor, aunque sus costillas fracturadas le molestaban y perdía el equilibrio constantemente, ya podía comer y beber por sí solo, eso era un gran avance para el cansado Roberto.
Lee aún dependía de la alimentación directa por parte de Roberto, pero ya lograba tomar líquido por sí solo. Los baños dependían de Roberto todavía, igual que el abastecimiento de alimentos y las medicinas naturales.
Para el tercer mes Takumi se movía con cierta agilidad con un bastón improvisado hecho por Roberto, en cuanto a Lee aún estaba en malas condiciones, pero ya comía solo.
Roberto consideró con miedo a arriesgar sus vidas que era momento de salir de su escondite Para buscar ayuda o facilitar su rescate. Así que inició la rudimentaria fabricación de una camilla para arrastrar a Lee hasta su antiguo campamento militar.
Pasaron alrededor de dos días para tener la camilla lista y suficientes provisiones para los tres. Con mucha cautela y delicadeza Roberto acomodó a Lee en la camilla hecha de troncos, ramas y paja. Se la sujetó a los hombros con lianas, se colocó el bolso en el pecho lleno de alimentos, para así poder equilibrar un poco la carga. Se aseguró que Takumi usara el bastón y procedieron a salir del refugio.
No avanzaban mucho diariamente, ya que con frecuencia Takumi caía desorientado al suelo. Roberto se aseguraba de dejarlo sentado, mientras él arrastraba unos cien o doscientos metros a Lee para luego regresar y ayudar a Takumi a avanzar. Repetiría esto unas veinte veces antes de caer exhausto bajo el clima abrazador y extremadamente húmedo.
El "tic tac" del tiempo hizo transcurrir dos calurosos días con sus oscuras noches. Los tres soldados heridos y exhaustos escucharon voces a lo lejos, sin saber si eran amigos o enemigos se encomendaron a Dios y empezaron a hacer ruido para que los detectaran.
-Por aquí, ¡son tres! -escucharon risas conocidas lo que les permitió relajarse al darse cuenta de que eran parte del escuadrón que llevaban meses buscándolos.
Literalmente, Roberto cayó exhausto como hoja seca al suelo sin fuerza, Takumi y Lee rompieron en llanto; pensando que su gran amigo había muerto del cansancio por ayudarlos a sobrevivir..."
Han pasado ya siete años de haber sido rescatados, aún la amistad entre los tres exsoldados es digna de admiración, afortunadamente; mantienen contacto constantemente. Como es de esperarse se involucran en las fechas más importantes de cada quien; bien sean matrimonios, nacimientos, así como bautizos, o aniversarios. Siempre tienen tiempo de trasladarse para estar juntos cuando es necesario.
Takumi ha logrado abrir dos grandes hospitales en Tokio y Osaka especializados con medicina tradicional y natural, tremendamente exitosos. Se ha casado con su amada novia y ya tiene a Akihiro un varón de seis años.
Lee dirige un conglomerado de telecomunicación con alcance internacional en tres continentes: América, Asia y Europa. Contrajo nupcias con una hermosa enfermera que le ayuda con su proceso de rehabilitación, aunque sus piernas no funcionan correctamente; al menos no las amputaron. También es el feliz padre de un varón que prolongará su apellido; Taeyang de cinco años.
En cuanto a Roberto atiende la finca familiar que es una de las más productivas de su país, se dedica a criar a su hermosa hija Alicia la cual tiene escasamente un año de edad, lamentablemente, su amada esposa murió en el parto. Así que les ha pedido a sus dos grandes amigos que sean los padrinos de la niña; porque en caso de que a él le sucediera algo, así ella no estaría sola e indefensa en el mundo.
Tanto Takumi como Lee se sienten orgullosos de tan grande honor. Y no ven a la niña como la hija de su salvador, sino como Sí, es su propia hija, en todos los aspectos.
Todos los años tanto Roberto como su hermosa hija suelen viajar para pasar la mitad de las vacaciones en Japón con la familia de Takumi y la otra mitad con la de Lee en Corea.
Durante años los dos amigos han intentado presentarle a Roberto mujeres para que rehaga su vida, pero ambos saben; que aquel héroe de guerra mantiene solo a su esposa en su corazón, así que a regañadientes con el pasar del "tic tac" del tiempo han desistido de la idea.
A Roberto le parece gracioso que Takumi ha acostumbrado a su hijo Akihiro que llame a Alicia con el apodo de Kimi; ya que es la forma tradicional que tienen los esposos japoneses de llamar a su amada esposa. La traducción literal es "la que no tiene igual", por otra parte, ha acostumbrado a Alicia a que llame a Akihiro con el apodo de Otto; cuya traducción literal es: marido.
Por su parte Lee también ha enseñado a su hijo Taeyang a llamar a Alicia por el apodo Anae; es la forma que un esposo coreano llama a su esposa. Como contraparte ha incentivado a que ella lo llame Nampyeon; literalmente significa esposo.
Esto le ha causado mucha gracia, aunque ingenua, a Roberto, y entre los tres suelen bromear que Alicia es muy afortunada por tener dos esposos desde antes de nacer. Lo que jamás pensó Roberto es que este pequeño detalle le cambiaría la vida a su hija cuando uno de sus dos amigos muriera.
Akihiro tiene veinticuatro años y acaba de finalizar sus estudios de medicina herbolaria tradicional para continuar con la empresa fundada por su padre. Le gusta practicar yoga y aikido. Está tan encerrado con sus estudios que no tiene vida amorosa, situación que agradece su padre, pues ya, tiene planes para su hijo. Le encanta la música, pero no toca ningún instrumento, sin embargo, posee una voz realmente hermosa. Le agrada reunirse, anualmente, con Kimi y Taeyang.
Por su parte Taeyang con veintitrés años acaba de finalizar los últimos exámenes de economía internacional en Londres; lo que le permite apoyar al máximo a su padre en el conglomerado. Adora tocar violín y guitarra clásica, está superansioso de regresar a Corea para reunirse con su nueva novia Yong. Situación que no le agrada a su padre, ya que sin que Taeyang lo sepa le tienen un matrimonio arreglado desde temprana edad. Para él ya es rutinario reunirse con Anae y con Akihiro, jamás se perdería ese encuentro.
La alegre Alicia acaba de ingresar a la universidad para estudiar veterinaria. Con sus dieciocho años; siente que tiene el mundo a sus pies. Es atlética y le fascina bailar como cualquier joven latina, suele con gusto ayudar a su padre con la ganadería. Para ella la vida es de color rosa, adora reunirse todos los años con Otto y Nampyeon aunque, últimamente, la sobreprotegen demasiado para su gusto; ya que si cualquier hombre o joven se le acerca, literalmente, se colocan entre ella y el sujeto con cara de pocos amigos.