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Doce Años en Barro

Doce Años en Barro

Autor: : Li Qing
Género: Romance
Doce años. Doce figuras. Doce hijos de barro que parí con mis manos y mi fe. Y doce veces, Javier, mi marido, los ha destrozado. Cada año, mi última creación, mi ángel o mi virgen, era hecha añicos por su martillo, sin explicación, sin piedad. Mis suegros, incluso mi hermano, me traicionaron, susurrando que "el barro está maldito" y mirándome con una mezcla inquietante de pena y miedo. ¿Cómo era posible que el hombre que me salvó la vida de un incendio, el héroe de las cicatrices, se convirtiera en un monstruo que destruía mi alma? ¿Por qué la mirada de mi familia se transformaba de consuelo a fría complicidad cuando Javier sacaba su viejo rosario? No podía seguir así. Tenía que haber una explicación, un final a esta pesadilla. Esta vez, empuñé el martillo, dispuesta a descubrir la verdad.

Introducción

Doce años. Doce figuras. Doce hijos de barro que parí con mis manos y mi fe.

Y doce veces, Javier, mi marido, los ha destrozado.

Cada año, mi última creación, mi ángel o mi virgen, era hecha añicos por su martillo, sin explicación, sin piedad. Mis suegros, incluso mi hermano, me traicionaron, susurrando que "el barro está maldito" y mirándome con una mezcla inquietante de pena y miedo.

¿Cómo era posible que el hombre que me salvó la vida de un incendio, el héroe de las cicatrices, se convirtiera en un monstruo que destruía mi alma? ¿Por qué la mirada de mi familia se transformaba de consuelo a fría complicidad cuando Javier sacaba su viejo rosario?

No podía seguir así. Tenía que haber una explicación, un final a esta pesadilla. Esta vez, empuñé el martillo, dispuesta a descubrir la verdad.

Capítulo 1

Doce años.

Doce figuras.

Doce hijos de arcilla que parí con mis manos y mi fe.

Y doce veces, Javier, mi marido, los ha destrozado.

El martillo cae y el sonido de la cerámica rota es el único llanto que llena nuestro taller.

Este año, era un ángel. Lo llamé Gabriel. Tenía los ojos de Javier, o eso creía yo, y una sonrisa que prometía paz. Lo terminé ayer, justo a tiempo para la procesión de Semana Santa.

Esta mañana, Javier entró en el taller. El sol de Andalucía entraba por la ventana, iluminando las motas de polvo y el rostro de mi ángel.

Javier no dijo nada. Simplemente cogió el martillo de la mesa de herramientas.

"Javier, no," supliqué, mi voz un hilo roto. "Por favor, este no."

Él me miró, y por un instante, vi al chico que me sacó del fuego hace tantos años, al hombre que me besa cada noche antes de dormir. Pero fue solo un instante.

"La mirada de este ángel trae mala suerte, Isabela."

Su voz era plana, sin emoción, como si estuviera hablando del tiempo.

"Ofenderá a Dios."

Levantó el martillo.

Cerré los ojos. No podía mirar.

El primer golpe sonó como un trueno. Luego otro, y otro. Cuando abrí los ojos, Gabriel ya no era un ángel. Era un montón de fragmentos blancos esparcidos por el suelo de baldosas rojas.

Javier dejó el martillo sobre la mesa, con la misma calma con la que lo había cogido. Se acercó a mí, me limpió una lágrima de la mejilla con su pulgar áspero y dijo:

"El año que viene harás uno mejor, mi amor. Una ofrenda digna."

Luego salió del taller para ir a supervisar la recogida de la aceituna, como si nada hubiera pasado.

Me quedé sola, temblando, rodeada de los restos de mi hijo número doce.

Esta vez, no me iba a quedar llorando. Esta vez, iba a buscar ayuda. Tenía que haber una explicación. Tenía que haber un final para esta pesadilla.

Capítulo 2

Conduje hasta la finca de mis suegros. La casa principal, blanca y rodeada de olivos centenarios, siempre me había parecido un refugio. Hoy, sentía que caminaba hacia un juicio.

Carmen, mi suegra, me recibió con un abrazo.

"Hija, ¿qué pasa? Tienes la cara pálida como la cera."

Me derrumbé en sus brazos, sollozando.

"Es Javier. Ha vuelto a hacerlo. Ha destrozado la figura."

Manuel, mi suegro, salió al porche, secándose las manos en un trapo. Su rostro serio se endureció al oír mis palabras.

"Ese muchacho no tiene remedio," dijo Carmen, furiosa. "Voy a hablar con él. Esto no puede seguir así. Es una crueldad, un pecado."

Me sentí aliviada. Por fin, alguien me creía. Por fin, alguien se ponía de mi lado.

Pero entonces llegó Javier. Aparcó su todoterreno y caminó hacia nosotros. No parecía sorprendido de verme allí. Su mirada era tranquila, casi triste.

"Mamá," dijo, ignorándome. "No es lo que parece."

"¿Ah, no? ¿Qué es entonces, hijo? ¿Un juego?" espetó Carmen.

Javier no respondió con palabras. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de trabajo y sacó un viejo rosario de madera. No era especial, uno de esos que venden a los turistas, con las cuentas gastadas por el uso.

Se lo mostró a Carmen.

El rostro de mi suegra cambió. La rabia se desvaneció, reemplazada por una expresión que no pude descifrar. Era una mezcla de horror y... comprensión. Miró el rosario, luego a Javier, y finalmente a mí.

"Haces lo correcto, hijo," dijo en un susurro.

Se giró hacia mí, y sus ojos, que momentos antes me ofrecían consuelo, ahora estaban fríos.

"Esa arcilla está maldita, Isabela. Es una ofensa a Dios. Debes parar."

No podía creer lo que oía. Miré a Manuel, buscando apoyo. Javier le mostró el rosario a él también. La misma transformación. El hombre que me había tratado como a una hija durante más de una década ahora me miraba con una mezcla de pena y miedo.

"Tu marido te protege, niña. Escúchale," dijo, y entró en la casa, seguido por Carmen.

Me dejaron sola en el porche con Javier.

"¿Ves, Isabela?" dijo él suavemente. "Ellos lo entienden. Es por tu bien. Por nuestro bien."

Cogió mi mano y me llevó de vuelta al coche.

"Vamos a casa. Tienes que descansar para empezar la próxima figura."

En el camino de vuelta, el silencio era denso. Yo miraba por la ventanilla, viendo pasar los olivos, los mismos árboles que habían sido testigos de nuestro amor. Ahora parecían los barrotes de una celda.

¿Qué tenía ese rosario? ¿Qué secreto guardaba que podía convertir el amor en traición en un abrir y cerrar de ojos?

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