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Dos hombres y un destino

Dos hombres y un destino

Autor: : Johana Connor
Género: Romance
Brianna es madre soltera y su madre sufre de cáncer. Necesita con urgencia dinero, por eso, a pesar de haberse titulado como abogada, decide trabajar como secretaria del atractivo Trevor Harmon, uno de los abogados más poderosos de Seattle. Trevor necesita alcanzar una sociedad que elevará el estatus de su firma por las nubes, pero el dueño de esa corporación es un japonés que valora el matrimonio. Para convencerlo de negociar con él y no con otros, prepara un matrimonio por conveniencia con su nueva secretaria, por quien siente una gran atracción. Brianna y Trevor firman un contrato y se casan en pocas semanas, pero, después de la boda, él la presenta ante sus mejores amigos sin saber que uno de ellos, Connor, resultó ser el padre del niño. Ella le había dicho a su nuevo esposo que el padre de su hijo había muerto y Connor se marchó de su lado sin saber que la mujer había quedado embarazada. ¿Quieres saber qué sucederá cuando se encuentren?

Capítulo 1 La propuesta.

Brianna se puso de pie cuando vio a su apuesto jefe pasar como un rayo frente a su escritorio. Dejó que sus pupilas se degustaran con su atractiva presencia, hasta que él desapareció dentro de su oficina.

Trevor Harmon era un hombre alto y muy elegante, de cuerpo atlético y cabellos negros espesos, que siempre llevaba muy bien peinados. Aunque su mayor cualidad era su mirada, que resultaba tan intensa que parecía hecha de fuego.

En medio de un suspiro ella tomó su agenda y un bolígrafo y lo siguió. Él ni siquiera la había notado al entrar por estar discutiendo a través de su teléfono móvil con algún cliente terco.

La oficina del presidente de la firma de abogados Harmon y Asociados era el lugar más hermoso de aquel edificio. Se trataba de un salón amplio, con una decoración sobria y moderna y unas hermosas vistas al downtown de Seattle y a la bahía.

Trevor se había sentado en su butaca y le daba la espalda a Brianna mientras continuaba con su discusión telefónica. Su mirada se perdía en las aguas del estrecho de Puget.

-No podemos aceptar su postura, Todd, perderemos más de lo estipulado. Convéncelo de que ir a juicio será un infierno. Él cometió un error, él debe pagar por eso, el dinero no es un problema. Cualquier suma que le impongan la recuperará en pocos meses -decía con tono enfadado.

Brianna se sentó en una silla frente a él y buscó hacer el menor ruido posible. Era tan silenciosa como un ratón, algo que Trevor Harmon agradecía porque sus nervios las últimas semanas estaban a flor de piel.

Ella tan solo llevaba un mes trabajando para su oficina, pero ya parecía conocer a la perfección las mañas y costumbres de su jefe. Trevor era disciplinado y exigente consigo mismo, aunque también, con el personal que lo acompañaba.

Su anterior secretaria se había jubilado hacía poco y ella tuvo que batallar con otras treinta mujeres bien preparadas para ganarse el puesto.

Lo que la ayudó fueron sus estudios en derecho familiar, que, aunque no estaban relacionados con la especialidad de esa firma, le otorgaba conocimientos en abogacía que a Trevor le servían.

Estaba tapiado de trabajo y necesitaba a alguien que de verdad pudiera darle una mano con los casos pendientes.

Aunque Brianna no había podido ejercer, porque apenas se graduó salió embarazada y le tocó cuidar de su pequeño hijo ella sola, ya que el padre decidió borrarse, siempre se mantuvo actualizada haciendo cursos por internet y realizando uno que otro encargo para amigos y allegados.

Pero el trabajo como secretaria principal de Harmon y Asociados era mejor que hacer esas tareas por su cuenta. La paga era generosa y ella necesitaba con urgencia de ese dinero.

-Señorita Griffin, suspenda el almuerzo de esta tarde con el señor Nakamura.

La mujer alzó las cejas, sorprendida. No se había percatado que su jefe había dejado de hablar por estar sumergida en sus pensamientos.

-Esa reunión es muy importante, señor Harmon. Está a punto de cerrar un acuerdo de trabajo con la corporación que él maneja. No le recomiendo que suspenda ese almuerzo.

Trevor se recostó con cansancio en la butaca y emitió un suspiro que a ella le conmovió. Así no solo reflejó un gran cansancio, sino una enorme preocupación.

-Mi abuelo está muy mal, tuvieron que internarlo hace unos minutos. Vine para firmar unos cheques para administración, pero debo irme ya al hospital.

El corazón de Brianna se astilló por esa noticia. Tenía a su madre muy enferma de cáncer y sabía por experiencia propia lo duro que era tener un familiar con un estado de salud crítico.

Trevor Harmon no tenía padres, ellos murieron cuando él apenas era un niño de cinco años. Su abuelo era lo único que le quedaba en la vida. Por eso se desvivía tanto por él.

-Lo siento mucho, señor Harmon. Ya mismo me comunicaré con la oficina del señor Nakamura para avisar de la cancelación de la reunión y del estado de salud de su abuelo. Nakamura siempre pregunta por su salud.

Se puso de pie para salir de la oficina, pero Trevor la detuvo.

-Espere, señorita Griffin. -Cuando ella lo encaró de nuevo, descubrió que él la veía con un enorme interés. La repasaba de pies a cabeza como si estuviese valorando su ropa o su cuerpo. Esa última idea le alborotó cientos de mariposas en el estómago-. No es casada, ¿cierto? Aunque tiene un hijo de nueve meses.

Brianna asintió, nerviosa, sin saber el motivo por el que él sacaba a colación ese tema.

-Así es, señor Harmon. Soy madre soltera -expuso sin poder evitar que el dolor por las pérdidas que había tenido hacía poco aún le afectaran.

-Y según tengo entendido, el problema de la doble hipoteca que asumió para pagar las quimioterapias de su madre le está robando el sueño. Si no comienza a ponerse al día con esos pagos, no solo puede perder la casa, sino que esa deuda complicará que siga costeando el tratamiento de su madre.

Brianna se sobresaltó y bajó el rostro para fijar su atención en el suelo. Sus problemas económicos no solo la angustiaban, sino que también, la avergonzaban.

Por ellos se había visto obligada a trabajar como una simple secretaria en vez de esforzarse por asumir su cargo como abogada.

Había permisos y otras obligaciones que debía tramitar para ejercer su profesión y no tenía el dinero necesario para hacerlo.

-Sí, señor, estoy urgida de dinero, pero eso no será excusa para hacer mal mi trabajo en su oficina. Sepa que estoy poniendo todo de mi parte para que usted...

-¿Has pensado en casarte?

La joven quedó muda ante esa pregunta.

Capítulo 2 ¿Asumimos el reto

-La verdad es que... No, señor. Por ahora no pienso en eso -respondió Brianna.

La mirada intensa y calculadora de Trevor se clavó en sus pupilas, inquietándola.

-¿Y si le ofrezco matrimonio a cambio de dinero? -Los ojos de Brianna se abrieron en su máxima expresión y hasta dejó de respirar por un instante-. Verás... -dijo él y bajó la vista un instante, como si le pesaran sus próximas palabras-. En realidad, mi abuelo está a punto de morir, su médico habló conmigo esta mañana para contarme la realidad de su condición y quiero darle una tranquilidad antes de que parta de este mundo.

Alzó la cabeza para encararla, encendiendo el pecho de la chica con el ardor que escapaba de sus ojos negros y voraces.

-Esta firma es sólida gracias a la imagen familiar que siempre hemos reflejado. Los clientes confían en nosotros, en parte, por ese motivo. Como el señor Nakamura, quien luego de año y medio de gestiones al fin decidió establecer una sociedad con nosotros. Por eso mi abuelo me exige que me case, para no perder esa cuenta y debilitar nuestra imagen, pero me ha costado cumplir con sus reclamos porque el trabajo me ha absorbido y no he tenido tiempo para establecer una relación seria. Ahora me urge presentarle a una prometida para que la ansiedad no resquebraje aún más su salud y Nakamura quede satisfecho. Por eso te pregunto, ¿aceptarías negociar un matrimonio por conveniencia conmigo?

La propuesta empalideció a Brianna, le resultaba imposible creerse lo que él le pedía.

-¿Casarnos? ¿De mentira?

-No será una boda de mentira, sino de verdad, que mantendremos por uno o dos años. Todo depende del tiempo que resista mi abuelo en este mundo. Nos divorciaremos un tiempo después de su muerte para guardar las apariencias. Recibirás una buena recompensa por tu sacrificio, con eso pagarás la doble hipoteca y le garantizarás a tu madre su tratamiento de por vida, así como seguridad para tu hijo.

«¿Sacrificio?», pensó Brianna. Casarse con Trevor Harmon jamás sería un sacrificio.

-Señor, eso es...

-Piénsalo -la interrumpió-, pero no puedo darte mucho tiempo. Me urge tener una respuesta esta misma tarde.

-Pero, yo...

Ella no supo qué decir, las palabras las tenía atragantadas en la boca, junto a esa oferta y a todo su pasado accidentado lleno de sufrimiento y traición.

-Tómate la mañana libre para reflexionar mi propuesta mientras yo estoy en el hospital -accedió él-, y durante el almuerzo me cuentas qué piensas al respecto. Solo te pido discreción, ¿puedes concedérmela?

Ella asintió, muda por la impresión, y enseguida salió de la oficina.

Recogió sus pertenencias manteniendo el mismo silencio y así se fue del edificio. Al llegar a su casa enseguida entró en la habitación de George, su niño, un chico rubio y regordete que jugueteaba con placidez dentro de su corral.

La niñera, al verla llegar temprano, los dejó a solas para que compartieran un rato mientras ella iba a comprar unas frutas para hacerle una compota de merienda al bebé.

Brianna se sentó frente al niño y jugueteó con él llenándolo de besos antes de especular en su accidentada vida. George la miraba con adoración con sus grandes ojos verdes, unos que le hacían encoger a ella el corazón.

-¿Qué dices, mi amor? ¿Asumimos el riesgo? -le preguntó.

Se sentía confundida y ansiosa. Nunca imaginó que su apuesto jefe le propusiera algo similar. No se consideraba a la altura de las circunstancias.

Trevor Harmon era un hombre que podía tenerlo todo en la vida. Era rico y presidía una de las firmas de abogados más importantes de la ciudad, que dirigía con mano de hierro.

Era entendible que estuviese apurado por resolver su falta de compromiso matrimonial si la salud de su abuelo seguía deteriorándose, pero lo que no comprendía era por qué la había elegido a ella.

No la conocía de nada, ni su pasado ni sus intenciones.

-Sabe que estás al borde de la miseria -se respondió a sí misma-. Está seguro de que no te negarás y eso lo ayuda a acelerar la solución a sus problemas.

Sí, Trevor Harmon no la conocía de nada, pero sabía lo importante: la enorme necesidad de dinero que ella tenía, una que él podía cubrir. Eso le garantizaba el éxito.

-Vamos, amor, será solo por uno o dos años -le dijo a su hijo como si estuviera convenciéndolo de la locura que estaba a punto de cometer, aunque en realidad, se convencía a sí misma-. Maldición, será solo por uno o dos años -se respondió insatisfecha, un matrimonio con un hombre atractivo y rico debería durarle toda la vida.

Estalló en risas al comprender lo absurdo de sus pensamientos., aunque la diversión no le duró mucho.

Era consciente de que si aceptaba, todo su mundo se pondría de cabeza, incluyendo a su corazón.

Capítulo 3 Acuerdos y mentiras.

Se reunieron durante la tarde en un restaurante alejado del edificio de la firma. Trevor no quería que algún conocido los molestara, necesitaba concentrarse en esa conversación.

-¿Cómo está tu madre? -preguntó para romper el hielo.

Brianna llegó a la cita tan tensa como las cuerdas de una guitarra, aunque preciosa. No llevaba puesto los trajes sobrios y discretos que debía utilizar en la oficina, sino un vestido floreado de tela vaporosa que remarcaba sus generosas curvas y se dejó suelta su larga cabellera castaña.

Él amaba las cabelleras largas de suaves risos, como la que ella poseía. Tenía un fetiche con ellas. Soñaba con que le cubrieran el pecho y el rostro cuando estuvieran desnudos en la cama.

Se aclaró la garganta y llamó enseguida al mesero para evitar seguir pensando en su secretaria de manera provocativa.

No podía verla como una mujer dispuesta para sus juegos sexuales, ya que ese día pensaba establecer con ella un acuerdo de matrimonio por conveniencia.

Las cláusulas debían ser muy claras y respetuosas para que nadie saliera herido. Él tenía una exigente firma de abogados que manejar y ella una familia que cuidar.

-Mi madre ahora está bien, gracias -respondió la mujer, inquieta-. Las semanas en que le tocan las quimioterapias es que la pasa muy mal, esta ha sido tranquila.

Él asintió, sin saber qué decir. Su abuelo sufría de problemas del corazón y desgaste de los pulmones, sabía muy bien lo terrible que podían volverse esos tratamientos fuertes.

-Espero te guste el pescado que preparan aquí. Es uno de mis favoritos.

Brianna sonrió, complacida por haber conocido ese pequeño detalle de él. Era como si hubiesen iniciado la intimidad de la convivencia marital, una que suponía, era para conocerse a fondo, hasta en los detalles más pequeños.

Como nunca había convivido con una pareja, no sabía hasta qué punto podía llegar la confianza.

Tal vez conocer hasta el más pequeño detalle de otra persona podía volverse un arma de doble filo, pero estaba segura que con su jefe aquello sería una experiencia fascinante.

-No soy una gran fanática del pescado, pero reconozco que no he estado en los sitios más adecuados donde me puedan dar a probar uno realmente bueno. Este lugar parece ser especialista -dijo y lanzó una mirada maravillada a los alrededores, perdiendo así, algo de su tensión.

Nunca había estado en un restaurante tan elegante y lujoso. Aquel lugar, a pesar de tener un ambiente caribeño y playero, era un derroche de excentricidades.

La gente que asistía allí parecía exudar dinero y poder, haciéndola sentir mínima.

¿En ese tipo de ambiente ella debía desenvolverse de ahora en adelante si pretendía casarse con él?

-¿Qué has pensado sobre lo que hablamos en la oficina? -quiso saber Trevor. Había querido esperar a estar más relajados para entrar en el tema, pero se notaba ansioso.

Cuando tenía un proyecto en mente lo abordaba sin distracciones. Con aquel estaba algo apresurado, porque el tiempo jugaba en su contra.

-Bueno... La verdad es que no entiendo cómo pudo elegirme a mí para esta propuesta. De seguro tiene otras opciones mucho mejores.

Él sonrió de medio lado. A ella ese gesto le encantó.

-No fue algo improvisado, llevo semanas reflexionando cada una de mis posibilidades, y siempre eres tú quien me resulta la mejor opción.

-Pero... no me conoce de nada.

-Ese fue uno de los motivos por los que te elegí. A las otras mujeres las conozco mucho y sé que no son adecuadas, ni siquiera, ante los ojos de mi abuelo, que espera al menos, un matrimonio basado en el respeto -le confesó, lacerándola con la intensidad de su mirada oscura-. No estaba en mis planes casarme en estos momentos, antes quería dedicarme a hacer crecer la firma y fortalecerla hasta lograr que fuera una de las más importantes de la región, pero... necesito una esposa para que eso se haga realidad.

-¿Por qué? -preguntó curiosa.

-Porque es algo que valoran mucho los clientes de mayor peso, como el caso del señor Nakamura. Mi abuelo comprende eso, por eso me exige que cumpla con esa promesa.

Ella asintió, y recordó a aquel hombre serio y silencioso que parecía rondar los ochenta años.

Por su edad y cultura debía considerar el matrimonio como un vínculo sagrado y parte fundamental de la vida adulta, que podía influenciar el tipo de comportamiento de un hombre en lo profesional.

Ya que marcaría el nivel de compromiso, lealtad y dedicación que imprimía a cada cosa que hacía.

Nakamura era un hombre mayor con principios y costumbres muy arraigadas, pero además, un millonario dueño de empresas pujantes en Seattle. Su inclusión dentro de la cartera de clientes de Harmon y Asociados haría de esa consultoría una de las más fuertes y estables de la región.

Era lógico que tanto el abuelo de su jefe, como su jefe mismo, fuesen capaces de hacer hasta lo imposible por lograr esa asociación.

Para uno era la cristalización del trabajo de toda su vida, y para el otro, la catapulta para su éxito profesional.

-Entiendo que esta boda sea muy importante para ti y para tu familia, pero, aunque estés obligado a hacerla, supongo que no deseas que sea una experiencia aburrida.

Trevor aumentó la sonrisa.

-No quiero que sea traumática, ni para ti ni para mí. Por eso estudié tus referencias antes de atreverme a hacerte la propuesta, incluso, le pagué a un policía amigo para que revisara tu expediente policial.

-¡No tengo expediente policial! -exclamó ofendida.

-Ya lo sé, eso me tranquiliza. Si hubieses tenido, aunque fuese una pequeña mancha, jamás te habría dicho nada.

-¿Y ser un poquito mala no le pondría más picante al asunto?

Él la observó impactado. Brianna hizo aquella pregunta asumiendo una postura y un tono pícaro que en su rostro angelical producía un gran contraste, uno que a él le gustó.

Una vez más la visualizó en su cama, desnuda, siendo traviesa e implacable. La sangre le ardió en las venas y tensó su cuerpo provocándole un leve estremecimiento.

Se regañó internamente por esos pensamientos y se obligó a apartarlos de su mente, al menos, mientras se encontraban en público.

-La verdad, es que sí, pero prefiero ser precavido -reveló sonriente.

Brianna también sonrió, aunque pronto recuperó su seriedad y se puso rígida.

-¿Y qué otras cosas... averiguaste de mí? -consultó inquieta.

-Que eres una buena chica, sin prontuario policial y con las mejores calificaciones, tanto en tu colegio y como en la universidad. Te graduaste con honores. -Ella asintió, sin poder evitar que la tristeza le empañara el rostro. Luchó por tener la mejor formación académica, pero nunca pudo desarrollar su carrera profesional-. Tus notas y el trabajo que hiciste como pasante para el departamento de protección familiar del estado te califica como una excelente abogada de familia, pero supongo que no pudiste dedicarte a la abogacía por la repentina muerte de tu padre, la enfermedad de tu madre y tu embarazo.

Los ojos de Brianna se llenaron de lágrimas de pesar. Aquellos tres golpes le llegaron al mismo tiempo, así como otros que acentuaron el dolor y la agonía que tuvo que vivir durante meses antes de reponerse y luchar por los amores que aún quedaban a su lado: su hijo y su madre.

Su padre, al enterarse del terrible diagnóstico de su esposa, se deprimió y bebió de más antes de salir de su oficina. Temía no encontrar el dinero suficiente para evitar perderla, muriendo al chocar su auto contra un árbol por culpa de la borrachera.

-Fueron tiempos muy difíciles.

-Por eso te elegí. Una persona que haya pasado por tanto y sea capaz de dedicarse a trabajar en un oficio distante de su carrera profesional, para así brindarle seguridad a su hijo y asegurar la salud de su madre es admirable. Me gusta la gente que nunca se rinde.

Ahora Brianna sintió vergüenza. Sí se rendía, hubo momentos en su vida en que fue una cobarde y prefirió huir que enfrentar la tormenta.

-Hay mucho que no sabe de mí -dijo con tristeza, pero Trevor lo que hizo fue mirarla con mayor admiración.

-Esa será la parte divertida de nuestro matrimonio. ¿No crees?

Ella sonrió, pero pronto ambos retomaron la seriedad. Ninguno debía olvidar que aquello sería un matrimonio por conveniencia.

Un pacto que beneficiaría a ambas partes por un tiempo determinado y bajo parámetros establecidos. No era una relación en toda regla.

No había amor y, probablemente, nunca lo hubiera. O eso creían.

El mesero llegó con el pedido e interrumpió la conversación. Ellos se dedicaron a comer mientras hablaban del buen sabor y de la exuberante presentación de los alimentos, una experiencia novedosa para Brianna.

Trevor le contó de otros buenos restaurantes que ofrecían un menú similar y al que estaría encantado de llevarla si aceptaba su propuesta. Gracias a eso, volvieron a tocar el tema del matrimonio cuando ya degustaban el postre.

-No te niego que me da un poco de miedo este plan. Temo que terminemos haciéndonos daño -expuso ella.

-Para eso serán las cláusulas que estableceremos antes y marcarán nuestro comportamiento dentro y fuera de la que será nuestra casa.

Aquella «nuestra casa» hizo estremecer a Brianna. En los labios de su jefe sonaba muy íntimo y excitante.

-No quiero que sea un riesgo para mi hijo. Que llegue a acostumbrarse a ti y luego te pierda.

La preocupación de ella lo tomó desprevenido. No había considerado esa posibilidad.

-Eres abogada de familia, pon las condiciones necesarias para asegurar el bienestar de tu hijo.

-No soy abogada de familia -expuso ella y fijó la mirada en la mesa.

-Lo eres, tienes el título y algo de experiencia. Luego nos ocuparemos del tema de los permisos.

Esa última promesa le aceleró el corazón. Él ya hablaba en términos de «nosotros», como si estuviese seguro de que ella aceptaría la propuesta.

-Solo dime algo -volvió a intervenir Trevor-. ¿Quién es el padre del niño?

El rostro de Brianna perdió todos sus colores por esa pregunta. La conversación llegó al punto que ella quería evitar, un tema por el que no cedería.

-Él murió antes de que naciera George -mintió, sin arrepentimientos.

Sus secretos morirían con ella, así se lo había jurado en el pasado.

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