Camino apresurada en dirección a la Universidad. Llevo 1 hora tarde y la desesperación se está haciendo presente en mí. Sin darme cuenta, había dejado el celular sin carga y la inservible alarma no había sonado.
Acomodo los papeles que llevo en la mano mientras empiezo a dar zancadas más grandes. Llevo en esos papeles el proyecto en el que había estado trabajando durante meses, hasta la noche anterior. Proyecto por el cual me desvelé y ahora me encuentro casi corriendo para poder alcanzar al menos la segunda hora en la Universidad.
Mientras camino ubico los papeles, las ordeno por página y me aseguro de que se encuentren bien alineados. Una vez segura de que todo está perfecto, dejo salir el aire que había estado reteniendo en mis pulmones y trato de relajarme. Ya solo me falta una calle para llegar al Campus y eso me tranquiliza un poco.
Me gustaría correr para poder llegar con más rapidez, pero la defensa del dichoso proyecto me obliga a traer tacones y falda lápiz, por lo que la tarea de correr me resulta imposible.
Observo que el Campus está cada vez más cerca y sonrío. Necesito encontrar felicidad entre toda la preocupación que me inunda. Siempre me ha gustado tener todo en orden, ser puntual y destacarme en todo lo que hago, así que llegar tarde en un día tan importante como hoy, definitivamente me saca de quicio. Bendito celular.
Al llegar a la entrada del campus me detengo un momento para apaciguar mi respiración, y antes avanzar decido cerciorarme de que llevo todo lo necesario en la cartera: lápices, cuadernos, marcadores y un libro. Una vez segura, quito la vista de la cartera para mirar la acera, pero como la suerte siempre me acompaña y nunca se separa de mi lado, la punta del tacón de mi zapato encaja en uno de los relieves, ocasionando que me caiga de bruces al piso. Mis papeles vuelan por todas partes y de pronto siento un escozor en las palmas de mis manos gracias al suelo rasposo.
Intento levantarme del suelo cuando escucho una voz burlona detrás de mí.
-Bonita manera de caer al suelo.-la voz ronca que escucho me eriza la piel, pero al mismo tiempo el tono de burla me irrita.
Alzo la vista y observo al inoportuno. Un hombre guapo pero totalmente desconocido se encuentra frente a mí. Tiene el cabello negro, que en comparación a su aspecto, se encuentra bastante desaliñado; lleva una camisa blanca que se ciñe bastante bien a su abdomen; un pantalón negro que cae justo en sus caderas y acentúan sus piernas atléticas; bajo la vista a sus zapatos y veo que los tiene bien lustrados. Siento que me quedo observándolo por varios segundos de forma descarada y entonces reacciono. Alzo la cabeza un poco y veo que me tiende la mano, pero declino su ayuda y me apresuro en levantarme del suelo.
Intenta de nuevo ayudarme a ponerme de pie pero amablemente niego con la cabeza y lo miro con cara de "dejame en paz" para luego disponerme a limpiar mi falda, que para mi desgracia, se cubrió de polvo. Gracias al cielo no queda tan mal, y suspiro aliviada al ver que mis tacones siguen intactos, al menos no se quebraron. Levanto la vista de mis tacones y observo al desconocido, quien se encuentra mirándome con una expresión divertida en el rostro, como si en la frente tuviese escrita la palabra "burla".
-Podría al menos agradecerme la ayuda ¿No cree, señorita?- dice burlón, metiendo las manos en los bolsillos.
-¿Agradecer qué?-alzo una ceja- ¿Qué esté burlándose de mí?-Respondo, con sarcasmo.-Créame que no encuentro motivos para agradecerle.
-Pero qué genio.-se ríe.
Ignoro sus palabras y me agacho para juntar los papeles que se encuentran dispersos en el suelo. Se me hace cada vez más tarde, y siento que las lágrimas amenazan con acumularse en mis ojos en cualquier momento. La mañana no puede ir de mal en peor. Trato de juntarlos con mucha sutileza para no mancharlos y de pronto el susodicho a mi lado se pone de clucillas cerca de mí para ayudarme a recoger los papeles. Sin pensarlo, me levanto con la intención de alejarme de él pero en vez de alejarme, solo me pongo de pie y aprovecho para ver cómo acomoda los papeles en la mano. Me doy el lujo de observarlo mejor y con más detenimiento. Tiene la tez blanca, los labios carnosos, sus pestañas son largas y espesas, y un poco de cabello tapa su frente. Lo más llamativo en su rostro son sus lunares, que aunque no son muchos, son bonitos y se encuentran perfectamente acomodados en su piel.
A decir de verdad es muy guapo, tiene buen porte, va bien vestido y huele rico. Pero en estos momentos me interesan más los benditos papeles que el hombre que se encuentra frente a mí.
-Por favor, tenga cuidado, no quiero que se manchen.
Levanta la vista un momento y suelta un risita que se me antoja un tanto irónica.
Cuando termina de acomodarlos se pone de pie para luego darme los papeles. Con el ceño fruncido observo su expresión divertida y me nacen unas ganas de patearlo entre las piernas, pero no creo que sea muy buena idea, así que me doy por vencida y termino tomando los papeles. Me brinda una amplia sonrisa cuando los tomo, sin embargo yo evito devolverle el gesto.
-Gracias.-sin más que decir, empiezo a caminar, dejándolo atrás.
Mientras camino no puedo evitar sentir como su mirada persigue mis pasos al andar.
Salgo del salón de clases y respiro aliviada. La exposición resultó mejor de lo que esperaba y obtuve el total de puntos, a pesar de los imprevistos pude llegar justo antes de que empezaran las presentaciones. Las clases terminan y aprovecho para tomar un poco de aire fresco antes de ir a casa. Me siento agotada, me duelen los pies por llevar tacones tanto tiempo.
Salgo al patio y noto que el atardecer se asoma. A pesar de que hemos salido un poco más temprano, se está haciendo tarde. Voy a la parada de buses y me siento en una de las bancas a esperar el colectivo, coloco mi cartera sobre mis piernas y busco mis auriculares en uno de los bolsillos. Lo conecto a mi celular y comienzo a escuchar a Imagine Dragons mientras espero a que el bus se digne en aparecer. Por suerte no hay nadie sospechoso cerca, la gente pasea tranquila por las calles.
Otros días, por lo general, las clases terminan al anochecer y no me queda de otra que esperar el bus sola a mitad de la noche. Muchas veces he temido que algún ladrón se aprovechara de la soledad de las calles y me robara, pero hasta el momento no ha pasado, y espero que siga sin suceder.
En cuanto llega el bus pauso la canción y pongo la cartera por mi hombro para luego subir. Pago al chófer, busco un asiento vacío al fondo y una vez que me siento, me dispongo a seguir escuchando canciones.
En cuánto llego camino hasta la entrada y subo las tediosas escaleras hasta llegar a mi apartamento. Busco las llaves dentro de mi cartera y cuando las encuentro abro la puerta para luego adentrarme en la sala. Cierro las puertas detrás de mí, enciendo por completo las luces dejando ver las paredes azules, y camino hasta el sofá para bajar la cartera junto con las llaves sobre la mesita de luz.
El apartamento no es ostentoso, pero para mi gusto resulta bastante acogedor. Consta de una habitación, una cocina, un baño y el salón principal, aunque decirlo de ese modo lo hace parecer muy grande pero no es así. A pesar de ser pequeño, me siento muy cómoda aquí. Ciertamente tengo un buen trabajo donde me pagan bastante bien, y podría mudarme a un lugar mejor pero no me quiero dar el lujo de pagar un apartamento más grande, ya que, bueno, vivo sola desde que me mudé, ni siquiera tengo una mascota que me haga compañía. En fin, de todos modos tampoco me gustan los lujos innecesarios.
Camino en dirección a mi habitación. Necesito darme una ducha, comer algo y luego ponerme a hacer la tarea. Me quito los tacones y los dejo al costado de la cama.
Realmente no quiero dar mucho detalle sobre mi habitación. Duh, es normal, sin mucha gracia y sin ningún estilo. Pero, cabe rescatar que todo lo tengo perfectamente ordenado, me considero una persona muy organizada y perfeccionista en todos los sentidos.
Camino hasta el cuarto de baño, una vez adentro cierro la puerta con pestillo y me quito la ropa. Primero me quito la falda y luego procedo a quitarme la camisa. Doblo la ropa y la pongo en el canasto de ropa sucia. Tengo una extraña manía, sí, doblar hasta la ropa sucia para ponerla en el cesto.
Miro al espejo y me observo. Mi cabello es de color marrón, un tanto oscuro y en este momento se encuentra bastante despeinado; no tengo el cabello lacio, ni tan largo, podría decir que de medio largor y bastante encrespado. Tengo ojeras y el rostro demacrado por las noches de desvelo. Mis ojos son marrones, comunes en cierta forma; mis labios no son tan gruesos, pero me han dicho algunas ocasiones que se ven apetecibles. Soy bastante bonita.
En cuanto a mi cuerpo, bueno tampoco estoy tan mal. Realmente no tengo el cuerpo atlético, las actividades físicas y yo no nos llevamos bien en lo absoluto, porque bueno, definitivamente preferíria sentarme a estudiar o acostarme a ver series antes que salir a trotar. Somos como el agua y el aceite. Pero aún así, supongo que me veo bien.
Llevo un sostén negro que llevo hace que mis pechos se vean voluptuosos por el relleno, aunque no son tan grandes como aparentan. No tengo el abdomen plano ni mucho menos la cintura de avispa; mis caderas son bastante grandes, al igual que mis piernas. En cuanto a mis nalgas no hay mucho que decir, podría decirse que son de tamaño regular, para no decir que no tengo nada.
No sé si los hombres me consideran deseable, ya que no soy tan flaca como a muchos les gustan, pero ciertamente eso me importa poco o nada. Agradezco ser inteligente más que nada, que en varias ocasiones me ha ayudado mucho más que la belleza.
Termino de ducharme y luego me pongo un short con diseño de osos junto con una camisilla negra. Cuando estoy lista, salgo de la ducha y voy a la cocina en busca de algún aperitivo mientras me seco el cabello con la toalla. Opto por comer unas masitas dulces que encuentro en la heladera. Con el poco tiempo que he tenido esta semana no he podido ir de compras así que no tengo de otra que conformarme con lo que hay. Me siento en una butaca detrás de la mesada y saboreo los panecillos.
Mientras mastico, un extraño pensamiento viene a mi cabeza.
El rostro de aquel susodicho aparece en mi mente. Había visto a muchos hombres guapos, pero él tenía una belleza diferente. Tal vez sean sus ojos, sus labios, sus manos. No sé, pero algo lo hacía diferente. A lo largo de mi vida (bueno, ni tanto) había visto a diversos tipos de hombres; guapos, feos, bajos, altos, robustos, flacos, entre otros, pero a decir verdad siempre terminaba viendo algún defecto en ellos, lo que me hacía descartarlos como hombres ideales.
Sin embargo, ese hombre parece demasiado para ser real, y si no tiene algún defecto físico, ha de tener algún defecto en la personalidad, eso es categórico. De todos modos tal espécimen se había comportado como un gilipollas.
Termino de comer y luego me levanto para encaminarme hasta la mesita de luz y buscar mi celular en la cartera.
Ya son casi las 10 de la noche, sin darme cuenta el tiempo había pasado rápido.
Me dirijo nuevamente a la habitación y me siento frente al escritorio para empezar con la tarea, no tengo mucho por hacer pero prefiero hacerlo ya, así puede que tenga más tiempo libre para poder trabajar tranquila.
Luego de estar un largo rato frente a la notebook, veo de nuevo la hora, notando que ya es media noche. Me eescuecen los ojos, así que decido que ya es momento de dormir. Cierro mis cuadernos, acomodo los libros y apago la notebook, dejándolo todo en su lugar adecuado para luego ir a la cama, prácticamente arrastrando los pies.
Sin más, me acuesto en la cama y me dejo caer en los brazos de Morfeo.
La alarma suena estrepitosamente desde la mesita de luz y me dispongo a levantarme a duras penas. Es sábado por la mañana, las 5 a.m. para ser exactos. Me gustaría poder dormir al menos 10 minutos más pero el deber llama.
Arrastro los pies hasta el baño, me ducho y ya limpia regreso a la habitación. Me pongo de pie frente al ropero y me quedo observando intentando decidir que ropa voy a ponerme. Si bien en el trabajo no me exigen uniforme, tampoco puedo ir tan desaliñada, y la verdad es que no sé qué ponerme.
Luego de rebuscar, opto por un jeans tiro alto color negro y una blusa color crema. Me pongo unas botas negras caño corto con tacones bajos. No pretendo ir tan formal ni muy informal. En la medida justa, supongo.
Agarro la cartera, las llaves y el celular. Salgo del apartamento y me dirijo a la calle.
Antes de salir del edifico me despido del recepcionista, quién me devuelve el saludo con una agradable sonrisa. El señor Michael trabaja aquí desde hace 15 años, al menos eso es lo que me han dicho, ya que bueno, yo apenas lo conozco desde hace 3 años. Es un señor muy amable y agradable, siempre que tengo la oportunidad le agradezco mucho que me haya ayudado a conseguir trabajo, ya que cuando me había mudado aquí, solo tenía un poco de ropa, y el apartamento que mi padre me había regalado, y mis miedos de no poder salir adelante.
El señor Michael ya está un poco avanzado en la edad, no puedo decir que es un viejo por completo, pero las canas hacen presencia en su cabeza. Es un señor robusto, de tez blanca, la barba blanca siempre acompaña su rostro ovalado, y ni hablar de la sonrisa cálida que le brinda a todos los que viven aquí. La verdad es que nunca entendí mucho la razón por la que en un edificio como este haya recepcionista, ya que en lo personal lo veo innecesario, pero tal vez el señor solo desempeña ese "puesto" para poder charlar al menos con los vecinos. Se ve un hombre muy solitario.
Al llegar a la acera el viento cálido me recibe. Levanto la vista y observo el cielo despejado. Por milagro, no hace tanto calor, teniendo en cuenta que estamos en verano.
Por suerte el lugar donde trabajo no queda lejos así que puedo ir caminando. Saco los auriculares de mi cartera y los coloco en mis oídos. La dulce voz de Adele inunda mis tímpanos. Camino tranquila ya que voy a buen tiempo y de vez en cuando me detengo a saludar a la gente o a acariciar perritos en la calle. Son pequeños placeres de la vida.
A lo lejos la entrada de la editorial donde trabajo aparece en mi vista. El señor Michael logró conseguirme un puesto aquí gracias a que un conocido suyo es maestro en la Universidad, y decidió contratarme por conocer mi nivel académico y la responsabilidad con la que hago las cosas. Desde que he entrado a trabajar aquí nunca he faltado ni he llegado tarde. A pesar de que solo trabajo sábados y domingos, por la carga horaria en la Universidad entre semana, trato siempre de evitar las fallas.
Nunca han recibido quejas de mi parte, hasta el momento.
El señor Antonio, mi jefe, me había dado la oportunidad de trabajar solo los fines de semana ya que soy rápida y tengo la posibilidad de hacer algunos trabajos desde mi apartamento. Así que eso me vino como anillo al dedo, y ni hablar de la ayuda económica que me brinda.
Entro a la editorial y saludo a los demás personales, quienes me saludan alegres. Desde que empecé a trabajar aquí he tratado de llevarme bien con todos, por cortesía. Me dirijo hasta mi oficina, que no es más que un cubículo que consta de un escritorio, una silla de oficina, la laptop y las repisas de libros que adornan las paredes blancas.
Dejo mi cartera sobre el escritorio y la rodeo para tomar asiento. Enciendo la laptop y comienzo con el trabajo antes de que llegue mi jefe. Aún es muy temprano, me adelanté media hora para poder terminar los trabajos a tiempo.
Lo que hago no es mucho. Me encargo de la edición de las publicidades, de los periódicos, y a veces de la traducción de libros, o de la corrección de las mismas, que es lo que más me gusta. Me siento muy a gusto con este trabajo; la gente aquí es muy amigable, al igual que el jefe, quién para muchos es un señor antipático, pero pienso que solo no se han dado el lujo de conocerlo mejor.
Tecleo en la laptop y comienzo con la edición de una revista de "celebridades" en la que hemos estado trabajando Mila, quien es mi secretaria, y yo.
-Buen día Paula.
Alzo la vista y el señor Antonio se encuentra frente a mí.
Lleva una camisa marrón, un jeans azul marino y unos tenis negros. Su cabello negro se encuentra pulcramente peinado hacia un costado. Sus facciones siempre se ven frescas. Deduzco que tendrá unos 40 años, ya que nunca le he preguntado la edad. Pero no se ve viejo ni nada por el estilo. Es un hombre atractivo para su edad.
-Buenos días, señor Antonio.- me levanto y le paso la mano en un cordial saludo. Sus ojos castaños se posan fijamente en mis ojos, cosa que me incomoda.
Siempre me ha incomodado que me miraran fijamente a los ojos.
Me da un apretón de mano y se aleja.
-¿Cómo vas con la edición de la revista?-se sienta en la silla frente al escritorio y juega con sus dedos, no sin antes observar mi oficina.-Tienes este lugar siempre ordenado, me agrada.
-Si, señor. De hecho estoy trabajando en ello.-Le sonrío amablemente.-Y gracias, me gusta mantenerlo así.
-Bien, te felicito por ser muy ordenada. -Se levanta y camina hasta la puerta.-Y en cuanto a la edición, antes de que termines necesito que agregues una entrevista reciente. Te enviaré la información por correo.
Sin más, sale de mi oficina y me deja sola. Ingreso a la bandeja de entrada de los emails y espero a que llegue el correo. No pasan ni 2 minutos cuando lo recibo. Lo reviso con cautela.
El trabajo es simple. La entrevista fue hecha a un cardiólogo que según relata aquí es muy buen médico. Acaba de presentar un proyecto innovador para la medicina y es una de las razones por la que su entrevista es relevante. La otra razón es que es un hombre guapo y muy codiciado. El título es firme y claro "El cardiólogo más codiciado está conquistando muchos corazones".
Ruedo los ojos.
Probablemente sea un tipo engreído de esos que saben que tienen a mujeres echando baba por ellos y se aprovechan de ello. Un típico donjuán.
Pero como no tengo de otra empiezo a reescribir la entrevista en la revista. No leo detenidamente la información pero el nombre del dichoso cardiólogo llama mi atención: Ethan Andersen.
Hasta el nombre me parece egocéntrico.