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Dulce error.

Dulce error.

Autor: : B.Jeremy
Género: Romance
Dulce es su nombre, pero todo el mundo la llama Princesa, y es que más que un apodo o mote cariñoso, ella es la princesa de Chicago, hija de Valentina Constantini, la reina de la mafia de aquel lugar y de un pequeño harem de seis hombres, sus reyes y padres adoptivos de Dulce. Desde pequeña supo lo que quería, ser como su madre, una digna heredera de la mafia, fue por eso que quiso imitar a la reina madre y vengar una vieja disputa, se suponía que acompañaría a su mejor amigo Pedro Sandoval, un sicario de 26 años a una boda, donde conquistaría a Horus Bach, reconocido empresario, futura cabeza de la familia más importante de Nueva York y quizás del mundo entero, un hombre de 30 años que en teoría, caería rendido ante la inocencia de una joven de 18 años, pero todo se salió de control; al ver a quien era su amor platónico de niña, Giovanni Santoro ya no era un niño, ahora era un hombre de 22 años, los cuales le habían sentado muy bien, en especial porque ahora era el segundo al mando en la mafia Siciliana. Una noche que se salió de control, una consecuencia que traerá muchos problemas, viejos rencores saldrán a la luz, pero también el amor verdadero, tres hombres, una mujer y una regla inquebrantable, la familia no se toca, y la Dulce princesa se olvidó que Pedro, Horus y Giovanni, son primos. Su madre posee un harem de seis hombres, ¿podrá Dulce quedarse con los tres? ¿o solo podrá elegir uno? ¿que resultara de este dulce error?

Capítulo 1 Amigos.

DULCE:

Veo una vez más por la ventanilla del jet privado de mi tío Donato, el Don de Chicago, y mi corazón se acelera, el solo saber que en pocas horas estaré con mis amigos... bueno, eran mis amigos cuando era una niña, y aunque la última vez que los vi fue unos días antes de mi quinto cumpleaños, dejaron huella en mí, tanto así que con dieciocho años, no solo los recuerdo, también los anhelo, era tan feliz cuando los trataba, se suponía que cuando mi madre me recordó, no solo tendría una familia, también conservaría a mis amigos y así hubiera sido, si no fuera por Horus Bach, a ese hombre le debo mi soledad, las lágrimas de mi madre y el sufrimiento de mi tío Donato, decir que lo odio es quedarse cortos, pero me vengare, algún día lo hare, cuando mi madre al fin vea que puedo llevar el negocio familiar adelante tan bien como ella, ese día, cuando tome su lugar lo primero que hare es ir por Horus.

- No puede ser, realmente es un idiota. - la voz profunda y quizás un poco tenebrosa de Pedro me hace girar.

- ¿Qué sucede Pedrito? - el moreno quita sus ojitos caramelos del móvil para clavarlos en los míos.

- Deja de decirme Pedrito, suena a niño.

- Disculpe usted señor Pedro Sandoval. - respondo con sorna y él solo niega con la cabeza, sé que suelo sacarlo de quicio, desde que éramos niños, a pesar de que nos llevamos siete años, somos los mejores amigos y eso tiene una razón. - ¿Me dirás que te sorprendió? tu no hablas porque sí. - y esa es la verdad, Pedro casi no habla, con nadie, solo con Carlos, su padre, Felipe, su otro padre y yo, solo con nosotros tres él no teme hablar, creo que en el fondo sabe que el tono de su voz es tenebroso e incómoda a los demás.

- Te dije que no quería asistir a la boda de Alejandra. - solo dice eso y me pasa su móvil.

Tomo el artefacto en mis manos, pero no quito mis ojos de él, nos encaramos en silencio, como cuando éramos niños, tratando de descifrar los secretos del otro, nuestros miedos más profundos y algo más, algo que ninguno de los dos ha podido descubrir, pero está allí oculto, lo siento. Al final es él quien gira su rostro.

- Te gane. - susurro y él solo emite un sonido con su garganta, cuando veo su móvil, sonrió gustosa, no puedo creer que este usando sus redes sociales después de tanto tiempo, y más que sea para subir la foto que nos tomamos en el aeropuerto.

- La dueña de mis locuras, la reina que me guía, mi Dulce princesa... - quedo en silencio un momento, nunca creí que Pedro me viera de esa forma, ¿a quién engaño? Soy la dueña de sus locuras y él solo me sigue. - Me sorprende señor Pedro, no era necesario que todo el mundo sepa que estoy loca y que usted va detrás mío para salvarme. - Pedro gira y me ve con incredulidad.

- No te fijes en el encabezado de la foto, sino en los comentarios. - bufo por lo bajo, a veces no sé cómo podemos estar siempre juntos, somos muy distintos, él casi no sonríe, y yo rio más de la cuenta, se podría decir que me parezco a mi papá Rocco, de él adquirí la facilidad de sonreír y de reír de forma bochornosa, como mi madre me dice cada vez que me regaña, pero, así soy, así me hicieron ellos, mi bella reina, ósea mi madre y sus seis reyes, mis padres.

- "Qué suerte tienes de tener a quien amas a tu lado" ... ¡¿Que mierda?! - no puedo evitar gritar y por un momento todos en el jet giran a verme.

- ¿Qué sucede? - Felipe nos ve con curiosidad y Pedro solo niega, Feli es como su madre.

- ¿Esta todo bien Princesa?

- Siempre que estoy con Pedro las cosas están bien. - respondo en automático a la pregunta de mi tío, porque es la pura verdad, mis tíos y los padres de Pedro sonríen y regresan a su charla y yo releo el comentario de Gabriel.

- ¿No que no te hablabas con tu primo? no, eso no es lo importante, ¿Cómo por qué piensa que soy tu novia? No, tampoco es eso, ¿Por qué carajo piensa que me amas? - no se en qué momento me acerque tanto a su rostro, solo sé que me estoy quedando bizca ya que estoy viendo su nariz, es linda, recta morena, puntiaguda, perfecta.

- Si te da aire en la cara quedaras con esa bella mirada de por vida.

- Patrañas. - regreso a mi asiento y clavo mis ojos en él. - ¿Qué significa esto? - indago al tiempo que le regreso el móvil.

- Significa que el idiota de Gabriel piensa que no amaba a Verónica y que no te reconoce, y por el resto de los mensajes parece que ninguno de mis primos te recuerda.

Eso dolió más de lo que creí, recuerdo que hubo un tiempo, cuando mi madre no estaba bien de su cabeza y no me recordaba, que me refugié con ellos, los primos Zabet, hijos de mafiosos, asesinos y empresarios, aunque no todos comparten apellido, no puedo creer que Gabriel no me reconozca, aunque claro que, gracias a Horus, deje de verlos cuando tenía cinco años, no pensé que hubiera cambiado tanto.

- Tengo una idea. - sé que mis ojos están brillantes, porque los veo reflejados en el caramelo derretido que son los ojos de mi mejor amigo.

- No, no sé qué es lo que estás pensando, pero no.

- Sí, lo haremos, y lo sabes. - Pedro se queda en silencio, pero no porque no quisiera protestar, es porque sabe que al final lo convenceré.

-¿Que se le ocurrió a esa cabeza tuya? - sonrió con verdadera felicidad, lo sabía, él aceptaría.

- Sé que Verónica era tu amor, Dios, te enfrentaste a Gabriel por ella...

- No me estas animando.

- Espera, deja que termine, sé un caballero.

- Bien te escucho.

- Es hora de dar vuelta la página Pedro. - y por esta vez, solo por esta vez, voy a fingir que esa mierda de mujer era lo que Pedro cree que era. - Sé que aún no la olvidaras...

- Nunca lo hare, mi corazón murió con ella. - mi estomago se retuerce, de la misma forma que lo hace estos últimos cinco años, desde que "la santa Verónica" murió, que gran mentira.

- Lo se Pedro, lo sé, pero... Gabriel no tiene por qué saberlo, digo, tu dijiste que estas cansado de que te vean con lastima, primero por la muerte de tu madre y luego por la muerte de Verónica, y ya de por si es malo que no hables o mejor dicho no soportes a Giovanni, Horus y Gabriel, si realmente estas cansado de todo ese drama, finge, hagamos que esos tontos crean que somos novios y luego, cuando nos aburramos de verles la cara le decimos quien soy.

- Princesa, que mis primos no te recuerden no quiere decir que sus padres no lo hagan. - me responde al tiempo que toca la punta de mi nariz con uno de sus grandes dedos.

-Tengo la solución para eso. - entes que pueda decir cualquier cosa, me levanto de mi lugar y voy donde esta Donato, su futura esposa Ámbar, Felipe y Carlos.

- Tío de mi corazón, sabes que te quiero de día, de noche, con sol, con nubes, con ...

- Solo di lo que deseas princesa y lo tendrás. - amo lo fácil que es manipular al Don de Chicago, o por lo menos la facilidad con la que yo lo manejo.

- Quiero pedirles que no le digan a nadie que soy Dulce De Luca, que todos crean que soy la novia de Pedro, aunque claro que tendrán que hablar con los hermanos de tía Ámbar y Felipe. - Don y Ámbar me ven con sorpresa, mientras Felipe se ve encantado de la vida y Carlos me ve con una gran sonrisa.

- ¡Al fin son novios! - Felipe es el primero en aplaudir y yo lo veo con la boca abierta.

- No papá, solo somos amigos, deberían dejar de ver novelas latinas. - la queja de Pedro hace que el rostro de Felipe se ponga rojo como un tomate y es cuando Carlos le acaricia la mejilla, son tan hermosos, la pareja perfecta, ya que mis padres no entran en la categoría de pareja, es más grupal lo que tienen, como un harem, uno que maneja mi madre.

- ¿Qué? - mi tío Donato ve a todos lados sin comprender.

- No le digan a nadie que soy Dulce, quiero divertirme con Pedro, les haremos creer a todos que soy su amiga.

- Novia. - me corrige mi mejor amigo y solo entonces me di cuenta de mi error, dije amigos, pero si ya somos amigos, que raro que yo me equivoque de tal manera... podría ser mi inconsciente, pero...no, él es Pedro, mi buen amigo Pedro. - Solo así no me verán con pena. - termina de explicar y no puedo evitar tomar su mano y apretarla, me gustaría decirle que esa víbora no merece su pena, ella no merece nada.

- Ya deja de decir eso, eres Pedro Sandoval, eres el hijo del caimán, eres un sicario, además mi mejor amigo, si tú no puedes matar a tu familia para demostrar que no mereces lastima, con gusto yo los extermino. - Felipe y Ámbar hacen un pequeño ruido con sus gargantas y solo entonces reparo en el hecho de que ellos son tíos de Gabriel, Horus y Giovanni.

- Dulce no lo dice en serio, ella jamás lastimaría a la familia, quizás por error o accidente... pero si ese fuera el caso yo jamás dejare que le hagan nada... - la apresurada defensa de mi mejor amigo provoca que sonría con agrado.

- Es la primera vez que escucho tu voz en... año y medio, maravilloso. - la voz burlona de Ámbar hace que Pedro quede en silencio, solo ve a Carlos antes de regresar a su asiento.

- ¿Sabes tía? te quiero, pero no vuelvas a burlarte de Pedro, nunca. - Ámbar me observa con sorpresa, sé muy bien que mi mirada debe ser parecida a la de papá Salvatore, él me enseño como amedrentar con solo una mirada, se supone que no la debo usar con mi familia, pero no lo puedo evitar, Pedro es mi mejor amigo.

Los cuatro mayores vieron a la Dulce princesa ir tras Pedro, quizás de todos, Ámbar y Felipe eran quienes tenían un poco de ventaja en saber cómo terminaría esa amistad, vivir en una familia donde la mayoría son mafiosos, y asesinos no era mucho problema, lo que, si dificultaba un poco las cosas, es tener un vidente entre ellos, alguien que podía ver el futuro, o solo pedazos de él, a veces eran buenas noticias, otras eran malas y en el caso de Dulce... era complicado.

La finca LA SANTA, era un caos, Felipe había organizado la boda de Alejandra en tiempo récor, regresando a Chicago, solo para convencer a su hijo de unirse a la celebración, la relación de Pedro con la familia de Felipe se había desgastado con el paso del tiempo y eso no se debía a no ser hijo biológico del pequeño rubio llamado Felipe, el alejamiento de Pedro comenzó cuando era un niño, cuando el matrimonio de Donato y Ámbar fue frustrado por un accidente, en ese entonces Giovanni tenía 8 años y Pedro 11 años, aun así el pequeño latino dejo ver que tan sangre caliente era y casi destrozo el rostro del pequeño italiano, y todo eso fue por hacer llorar a su pequeña amiga Dulce. Pedro la conocía desde que era una bebé, la escucho decir su primer palabra y también llorar cuando le contaron que su madre había manipulado los recuerdos de su mente un poco desequilibrada a tal punto, que no recordaba tener una hija, Pedro la comprendía, esa soledad de no tener madre, aunque Felipe siempre fue como una mujer en el cuerpo de un hombre y lo amaba como si fuera su madre, Pedro extrañaba a su madre biológica, la cual había muerto de cáncer, no sin antes dejarlo al cuidado de su padre biológico, Carlos Sandoval, o como todos lo conocían, el caimán, uno de los mejore sicarios, y así como una vez el caimán tomo el empleo de cuidar a los mellizos Constantini, Donato y Valentina, él siendo un niño juro ese día, ser el mejor sicario para proteger a la princesa Dulce, no dejaría que nadie la lastimara, pero era solo un niño, no pudo hacer nada cuando la boa constructora que era la mascota de Donato, casi mata a su amiga, pero si podía enfrentar al culpable de todo y así lo hizo, un niño de 11 años contra un adolescente de 17 años, Horus Bach, el mayor de los primos, y por más fuerza bruta que poseyera el pequeño latino, nada pudo hacer contra Horus, más que alejarse de él, como lo hizo con Giovanni, así solo se había mantenido en contacto con una parte de la familia de Felipe, los hermanos Ángel, siendo más unido a Gabriel, pero esa unión también termino por romperse, cuando ambos se enamoraron de una misma joven, la cual acabo escogiendo a Pedro, pero de poco le sirvió, ya que poco tiempo después, tuvo un accidente en el que pereció, dejando a Pedro con una única persona en su vida, su mejor amiga, Dulce.

Ahora ambos estaban en aquel lugar, mientras los mayores les sonreían, los más jóvenes los veían con curiosidad, como si fueran bichos raros, algo que incomodaba a Pedro.

- Qué bueno volver a verte Pedro, gracias por venir. - la santa, como todos conocían a Alejandra Santoro, fue la primera en darle la bienvenida, recibiendo un asentamiento de parte del moreno.

- Pedro está muy feliz de estar aquí y yo también, soy... - en ese momento Dulce se dio cuenta que no había pensado en un nombre falso para su plan.

- Selene. - la voz profunda del joven que muchos apodaban dominio, llamo la atención de sus primos, algunos llevaban años sin oírlo hablar, otros sin siquiera verlo.

- Maravilloso. -murmuro Alma Ángel uniéndose a la conversación. - Si puedes hablar por ella, se ve que te han atrapado dominio. - Alma no tenía intención de incomodar a su primo, solo era el asombro, lo que la llevo a decir aquello.

- Hay algunas personas que se ven mejor en silencio, como tú, por ejemplo. - Dulce tenía 18 años, era delgada, con tacones podía llegar a medir metro setenta y cinco, pero en ese momento, no llevaba sus tacones, solo unos cómodos tenis que la ayudaron a llevar adelante el largo viaje, por lo que, en frente de Alma, la diferencia de estatura era notable.

- Wou, veo que has cambiado de gustos Pedrito, ¿ahora te gustan valientes? - pregunto la que era conocida como el Ángel de la misericordia, ya que era una asesina, una de las mejores al igual que sus hermanos, gracias a sus cuchillos, y precisión, casi no te enterabas cuando la muerte acudía por ti, de allí su apodo, enfrentar a la joven asesina, no era la mejor manera de comenzar su estancia en Italia, pero ella era Dulce De Luca, nunca daba un paso atrás, hija de los reyes de Chicago, solo el avance era permitido.

- Será mejor que no trates de poner a prueba mi valentía. - rebatió Dulce, levantando su rostro, y dando un paso a delante, en medio de Pedro y Alma. - Porque si él es el demonio, yo soy su infierno. ¿quieres probar mis llamas?

- Es tan lindo estar en familia, Alma, cariño, ¿me ayudas con Amir? - la santa podría ser la responsable de la muerte de desenas de hombres, pero en su defensa, eran sus enemigos, pero bajo ningún motivo dejaría que sus primos se enfrentaran dos días antes de su boda, mucho menos en sus tierras.

- Sí, lo que pidas santa, nos vemos después, demonio y... pequeño infierno. - dijo con burla quien tenía los ojos celestes como el mismo cielo.

- ¿Pequeño inferno? - dijo incrédula Dulce viendo fijamente la espalda de Alma y como se alejaba. - Le voy a mostrar que tan pequeña soy.

Su intención era clara, la golpearía, definitivamente esa mujer, no se parecía a la niña que ella recordaba, pero antes de dar un paso, los grandes brazos de Pedro la tomaron de la cintura, aferrándola a él, al tiempo que dejaba su rostro a un lado de una de sus mejillas, quizás más cerca de lo necesario.

- Alma no se está burlando de mi princesa, ya sabes que me llaman demonio, incluso tus padres lo hacen, no sé porque me sigue molestando, creo que será mi apodo, no pierdas tu tiempo discutiendo por ello. - dijo sobre su oído, pero Dulce estaba aún demasiado concentrada en la figura de Alma como para percatarse de ese detalle.

- No lo haría si no te afectara. - rebatió la princesa, Pedro aspiro con demasiada fuerza cerca de su cuello, Dulce supuso que se estaba tratando de tranquilizar, como Stefano Zabet le había enseñado, para manejar sus ataques de ira, aunque el joven con descendencia latina, lo único que buscaba era guardar el aroma de su mejor amiga en su mente, y así poder evocarlo las veces que quisiera, memoria olfativa le dirían algunos, aunque para Pedro solo era el perfume que tranquilizaba a la bestia que dormía en él.

- Se supone que yo debo cuidar de ti y no viceversa. - termino admitiendo y se separó de la joven.

- Yo cuidare siempre de ti mi Pedrito más bello, tu yo. - recito la joven mostrando una sonrisa tan grande como la que su padre Rocco lucia a diario, provocando que Pedro al fin sonriera.

- Juntos princesa, siempre juntos. - estos jóvenes en algún momento de su infancia había hecho un juramento de hermandad, compañerismo, un juramento inquebrantable, claro que no sabían el alcance que ese juramento tenía.

Los jóvenes al fin ingresaron en la casona, estaban tan comprometidos en tranquilizarse el uno al otro, que no se percataron de la mirada curiosa de Horus, esa joven se le hacía conocida de alguna parte, aunque se le hacía imposible no saber a quién pertenecía tan bella figura, mientras que Geovanni que se encontraba en el otro extremo del jardín, no podía quitar sus ojos verdes con motas negras del redondo y bien formado trasero de la que parecía ser la novia de Pedro.

- Dulce. - la llamo Donato cuando los jóvenes habían llegado al segundo piso.

- Shhh tío, ¿ya hablaste con los demás? ¿nos ayudaran a jugarle una broma a mis examigos? Acabo de hablar con Ale y ... Alma y no se dieron cuenta de quien soy, me presente como Selene. - su risa era burbujeante, algo que a Donato le encantaba, su sobrina había nacido con la inteligencia de su madre, Valentina Constantini, pero gracias a sus seis esposos, la joven no era tan estricta como Valentina, sabia cuando divertirse como la joven de 18 años que era, aunque llegado el caso, la frialdad y astucia de la reina de Chicago se reflejaba en ella... la princesa.

- Por supuesto que ya hablé con todos y por muy raro que me parezca están de acuerdo en ayudarlos a engañar a sus hijos, creo que se debe a que te han extrañado. - Dulce sonrió mostrando los dientes, por lo menos los adultos si la habían extrañado, quizás solo necesitaba convivir con todo una vez más, como cuando era una niña, para que todo sea como antes.

- Perfecto....

- Pero deberán compartir habitación y eso es lo que no me convence...

- ¿Por qué tío? - Donato le dio una mirada fugaz a Pedro, quien como siempre se encontraba detrás de Dulce, como si fuera una pared cubriendo a la joven de cualquier ataque sorpresa.

- Pedro, no te enojes, pero eres hombre... - Donato casi se atraganta con sus palabras, al ver como los ojos de Pedro se oscurecían.

- No temas tío, Pedro no te hará nada, solo está enojado por tu falta de confianza en él, ¿verdad? - Pedro asintió con la cabeza, decir que pocos tenían el privilegió de oír su voz, era quedarse corto, pero lo que más le sorprendió a Donato, fue ver como su sobrina conocía al moreno, con solo una mirada y sin palabras. - Tío, sé que estoy a tu cuidado, pero... él es Pedro. - dijo como si aquello explicar todo. - He dormido a su lado ciento de veces, es mi mejor amigo, créeme, así como mi madre y padres confían en él, así confió yo, con mi vida y alma. - Donato quedo en silencio, las palabras de su sobrina lo inquietaron, no por Pedro, sino por ella, no era el hecho de que pusiera su seguridad en manos de Pedro, era el saber que ella estaba dispuesta a ir al cielo o al infierno, si quien cuidara su alma fuera Pedro, ¿su mejor amigo? Se pregunto Donato, mas lo único que hizo fue asentir con su cabeza, dejando en claro de esa forma que podrían compartir habitación.

La joven no se sorprendió ante el lujo del cuarto, pero si se maravilló con la vista, estaba en Italia, en Sicilia, lugar donde habían nacido Greco Jonhson y Marco Constantini, sus bisabuelos, mismo lugar que una vez reinaron sus abuelos adoptivos, Antonella, Fiorella y Franco De Luca.

- ¿En qué piensas princesa? - giro encontrando a Pedro sin camiseta, se estaba preparando para un baño, ver su musculatura no lo sorprendía, tampoco la alteraba, ese efecto solo se lo provocaban sus tatuajes, uno en especial, sobre su corazón, rezaba la frase, PRINCESA.

- No puedo creer que aún no te cubras eso. - dijo la joven y señalo el corazón de Pedro. - ¿Cómo fue que te convencí de tatuarte mi apodo? Mejor aún ¿Por qué me hiciste caso? - indago al tiempo que negaba con la cabeza.

- Si mal no recuerdo, eras una princesa berrinchuda de 13 años, que estaba muy enojada, porque tus seis padres se habían tatuado el rostro de tu madre en sus espaldas, y tu... como eras la princesa querías que alguien se tatuara el tuyo, por suerte este humilde servidor te pudo convencer de solo tatuarme tu apodo. - Dulce rio, como foca, diría su madre, pero eran carcajadas que dejaban en claro la locura que cargaba la joven.

- Tú eras un hombre de 20 años, debiste de negarte. - Pedro solo levanto sus hombros, restando importancia, o quizás... ocultando algo.

- No trates de confundirme, ya no funciona, ¿en qué pensabas? - Dulce vio por el cristal una vez más, disfrutando de los viñedos.

- No puedo creer que estoy en Italia, aquí no solo nacieron los abuelos de mi mamá, estas tierras fueron reinadas por los De Luca. - Pedro sabía que Dulce consideraba realmente sus padres a esos seis hombres, solo ellos, ya que su padre biológico... era mejor no nombrarlo. - El norte de Sicilia era manejado por el clan Berlusconi, el centro por el Rey Franco De Luca y sus dos esposas, Antonella y Fiorella, y el sur era de la sombra de Italia. - relato como si del mejor cuento se tratara, y quizás para la joven era así, ella había crecido escuchando historias de la mafia, de todo el mundo y estaba ansiosa porque alguna vez alguien contara su historia, cuando se haga un lugar en un mundo que desde siempre fue gobernados por hombres. - El tiempo de reinado de Franco estaba llegando a su fin, fue por eso que pensó en cederle su lugar a sus seis hijos, Leonzio, Lupo, Rocco, Ángelo, Salvatore y Ezzio, pero la sombra de Italia temía lo que estos seis nuevos reyes pudieran hacer, por lo que logro derrocar a Franco antes de que cediera su lugar, gracias a la ayuda de la mano diestra de Hades, el Ángel de la muerte dio su favor, y los reyes cayeron, dicen que fueron tiempos difíciles, se debatían en continuar en su amada Italia a riesgo de perder la vida o partir a buscar un nuevo lugar donde reinar, y fue allí, donde escucharon que Chicago era manejado por un solo clan, los Constantini, vieron una oportunidad de encontrar su nuevo sitio en el mundo, creyeron que sería fácil derrotarlos. - Dulce mostraba una amplia sonrisa, sus ojos brillaban, y sus manos divagaban gesticulando, mientras pedro, estaba estático a la orilla de la cama, viendo cada movimiento de su mejor amiga. - Se decían muchas cosas en aquel entonces, pocas podían confirmar, ya que todos les eran leal a los hermanos Constantini, pero llego un día, que al fin la vieron, Ezzio fue el primero en hallarla, una reina, una mujer que no solo los uniría para siempre y dejarían de ser un grupo de primos y hermanos, una mujer que los coronaria definitivamente, LA REINA DE CHICAGO, así la llamaron, sus largas piernas y mirada triste sedujeron sin querer al menor de todos los De Luca, luego, solo basto conque los demás la vieran para enloquecer por ella, a tal punto de dejar todo lo que les quedaba en sus manos, Valentina Constantini se adueñó de su dinero, poder y corazones, y a cambio, ella no solo les dio medio Chicago, también un par de gemelos, Marco y Greco, pero mejor que eso... la que más gano fue la hija de Valentina, la princesa no solo recupero a su madre, sino que ahora tenía seis padres, una enorme familia y el mejor amigo de todo el mundo. - termino de relatar al tiempo que se dejaba caer en las piernas de Pedro y este la tomaba de la cintura para que no cayera al piso. - Y ahora, estoy en Italia con él.

Pedro dejo ver su mejor sonrisa, él era su mejor amigo, mientras Dulce se permitió por un momento bajar la guardia, solo unos segundos dejo de recordar que ese hombre era su mejor amigo, y disfruto de cómo sus grandes manos se aferraban a su pequeña cintura.

Capítulo 2 Voces.

Dulce termino de arreglarse, el día había sido un poco agotador no solo por el largo viaje, también fue el hecho de tomar una corta siesta al lado de su amigo Pedro, si bien como le había informado a su tío Donato, no era la primera vez que dormiría en una misma cama con aquel hombre, sin embargo, algo en ella había cambiado, en sus sentimientos para ser más precisos, quizás se debía al hecho de que ya no era una niña, ya no lo veía como su protector, sino, como lo que era, un hombre, uno que era un deleite para sus ojos y por el cual sus manos picaban por el solo hecho de tocarlo.

- No, ¿en qué piensas Dulce? Dios, él es Pedro, tu amigo, tu mejor amigo... tu único amigo, no cruces esa línea, no lo hagas, porque sabes que te rechazara y ya no lo podrás ver más.

Se repitió frente al espejo la misma frase que se decía cada vez que su confundido corazón le pedía probar los labios de ese hombre con clara descendencia latina.

Decidió que ya era hora de bajar al salón, y no puedo evitar molestarse al descubrir que Pedro ya había bajado sin ella, se suponía que estaban interpretando a una pareja de novios, y aunque nunca había tenido uno, creía tener clara las normas de una relación, por lo menos sus padres siempre esperaban a su madre para ir a cualquier lado, también la ayudaban a cocinar y por supuesto a asesinar, pero claro, ellos eran seis personas que orbitaban al alrededor de una sola, la reina.

- Algún día, algún día seré como tu mamá.

Era su sueño, desde siempre, ver a su madre la llenaba de orgullo, y su corazón se llenaba de regocijo cuando sus padres le decían que era el calco de Valentina, no solo por lo físico, sino por su astucia y por supuesto su gusto por la moda, como ahora, que lucía un vestido negro, que le llegaba dos dedos sobre la rodilla y que gracias a sus tacones daba la sensación de tener piernas largas, aunque la realidad era otra, ya que había heredero la altura de su padre biológico, algo que la molestaba y odiaba que se lo recordaran, Dulce De Luca no soportaba que le hiciera saber que tan "pequeña" era, porque al decirlo, solo podía recordar que el maldito de Gael había contaminado la genética perfecta de su madre.

- Benedetti siano i miei occhi per avermi permesso di vedere tanta belleza. - italiano, por supuesto sabía lo que significaba, pero no podía creer de quien provenía tales palabras.

- Hola, disculpa, pero no sé qué dijiste. - se podría decir que Dulce era una experta en el engaño y la manipulación, era su don, por decirlo de alguna manera, por supuesto que sabía lo que Giovanni le había dicho, mas no lo creía, ese joven la había molestado desde siempre, tonto Koala, era lo que siempre le decía, no podía creer que ahora le estuviera coqueteando.

- Dije, benditos sean mis ojos por permitirme ver tal belleza. - Dulce lo vio con curiosidad, tratando de saber si la estaba cortejando o solo la había descubierto y quería burlarse de ella.

- En ese caso, benditos sean los míos, por permitirme ver los tuyos, son... raros. - dio un paso más cerca de Gio, sus ojos verdes con motas negras siempre le habían gustado, ahora, no solo tenía ojos únicos, él también era un joven a quien admirar, sin desperdicio alguno.

- Mis ojos no son raros... son únicos Dulce princesa. - ronroneo y Dulce dio un paso atrás, ¿la había descubierto?

- ¿Cómo me llamaste? - cuestiono sorprendida.

- Perdón, pero no se tu nombre aun, solo como Pedro te llama, vi sus redes sociales y en todas ellas te llama Dulce princesa. - solo entonces la joven se relajó, aun podía divertirse sé dijo.

- ¿Sabes que soy su novia y aun así coqueteas conmigo? eres un cattivo ragazzo. - dijo al tiempo que una sonrisa sugerente aparecía en sus labios, inquietando aún más a Giovanni, si el trasero de la joven lo había llevado a buscarla entre los pasillos de la inmensa casona, su rostro lo había cautivado por completo, esa joven frente a él era como un veneno, mientras más la observaba más la deseaba, aun sabiendo que sería la causante de su muerte, pues ya una vez había probado la furia de Pedro y eso que solo eran niños, no quería imaginar lo que su primo le haría si osara a probar la boca de su novia.

- ¿No que no sabes italiano? - indago al recordar que lo llamo niño malo.

- Solo algunas palabras ya sabes, lo básico que te enseñan en el instituto. - los ojos de Giovanni se abrieron con espanto.

- ¿Instituto? ¿Cuántos años tienes?

- Tranquilo, soy mayor, acabo de cumplir 18 años.

- No pensé que a Pedro le gustarán tan jóvenes. - Dulce bufo y giro sus ojos.

- Tu eres solo cuatro años mayor que yo. - rebatió y Giovanni la vio con curiosidad.

- ¿Y tú como lo sabes? - Dulce quería golpearse por ser tan impulsiva, casi queda descubierta, pero sabia pensar rápido, por lo que respondió.

- Pedro me hablo de ti.

- No sé qué es más raro, que Pedro hable o que diga algo de mí. - rebatió con burla, activando esa fibra sensible de la joven.

- Pedro habla solo conmigo y sus padres. - dijo quizás más enojada que lo que quería, pero era una rección casi inconsciente, cada vez que alguien mencionaba lo poco dado a hablar del joven. - Y si, habla de ti, me dijo que eres un estúpido, que de niño te divertías molestando a una niña que solo quería ser tu amiga. - había dolor en cada palabra, dolor que Giovanni paso por alto al perderse en sus ojos, almendras, brillantes, con miles de secretos, de esa castaña.

- Sí, ese soy yo, que te puedo decir, lo has dicho tú, soy un niño malo, además esa niña era insoportable, siempre hablaba tanto, creo que por eso Pedro la defendía, uno es casi mudo y la otra una koala charlatana. - Giovanni sin ser consiente se puso él solo la soga al cuello, soga que Dulce pensaba apretar, quien dijo has el amor y no la guerra, no sabía que duele más un corazón roto que un disparo en dicho lugar, ya que, con el disparo, al menos mueres en segundos, pero un corazón roto te hace sangrar por años.

- ¿Y qué tan malo eres? - dijo mientras coloco sus delgadas manos en la solapa del saco del rubio.

- Tendrías que averiguarlo...

- Selena, mi nombre es Selena. - respondió dejando que su aliento a fresa chocara con el rostro del italiano, eso tendría que haber encendido las alarmas en Gio, ¿Qué mujer lava sus dientes con pasta de fresa? ¿no es lo que usan los niños? Pero en lugar de provocar inquietud, solo le provoco una erección que se le marco en el pantalón de diseñador. - Mmm, tienes buen gusto para la moda. - continuo Dulce, al verlo tragar grueso por el solo hecho de tenerla a centímetros de su rostro, pero también apreciando la calidad de la tela entre sus dedos.

- Debo, me acabo de recibir de diseñador...

- ¿Eres gay? - pregunto con asombro dando un paso atrás de la sorpresa.

- No, rayos ¿Por qué todos piensan eso? ¿Es tan raro que a un hetero le guste la moda? - tenía razón y ella no podía negarlo.

- Lo siento, ahora si me disculpas, buscare a mi novio. - giro dejando a Giovanni deleitarse con su redondo trasero y como este se mecía de un lado al otro.

La sonrisa de Dulce parecía un sol, saber que podía inquietar a Giovanni de esa forma le gustaba, estaba pensando cual sería la mejor forma de decirle que ella era ese tonto koala que tanto le molestaba, de algo estaba segura, tendría su móvil listo para capturar el rostro de sorpresa del italiano. Aun perdida en su mente, comenzó a bajar las escaleras, cuando vio a un hombre de pie en mitad de camino, con sus ojos color cielo clavados en ella, su tez era bronceada, no tanta como la de Pedro, pero no había duda que en él también había descendencia latina, un moreno de ojos celestes y cabello castaño, con una pequeña y bien cuidada barba, un hombre que la última vez que lo vio tenía 17 años y que fue el responsable no solo de perder a sus amigos, de que su madre y tío se distanciaran por varios años, también de ese accidente que la dejo con secuelas de por vida.

- Horus. - dijo al llegar al mismo escalón donde el hombre aún se mantenía estático, apreciándola de pies a cabeza.

- ¿Pedro te hablo de mí? - fue lo que obtuvo de respuesta, además de una mirada que casi la desnudaba.

- Se supone, me trajo a conocer a su familia. - rebatió con sarcasmo. - Por cierto, sé que te odia y no te soporta, con permiso. - no, no quería saber nada con él, ni siquiera verlo, ya que su mano picaba por buscar un arma y volarle la cabeza.

- Espera. - dijo el castaño tomando su muñeca, para que se detuviera, no podía creer que tan parecida era esa joven a Valentina Constantini, solo sus ojos eran diferentes. - ¿Quién eres? - indago buscando un nombre, un indicio, algo que le asegurara que la culpa que ha sentido desde los 17 años, no lo hubiera vuelto loco.

- Selena, la novia de Pedro. - rebatió zafándose del agarre, con demasiada fuerza, algo que la hizo caer hacia atrás, por suerte, Horus era rápido, tanto como para tomar su cintura y pegarle a él.

- Es peligroso deambular por esta casa sola, estas rodeada de asesinos y mafiosos, supongo que Pedro te lo advirtió al traerte... si fueras mía, no te dejaría sola. - podía sentir el calor del mayor traspasar su ropa, aunque más la inquieto la humedad que se filtraba entre sus piernas al escuchar la voz seductora de Horus sobre su oído.

- ¿Y quién dijo que no me gusta el peligro? - Horus podía ver en esos ojos almendras que la joven no hablaba por hablar, ese brillo altanero y desafiante solo lo había visto en una persona, Valentina Constantini.

- ¿Quiénes son tus padres? - dijo mientras la liberaba, no estaba acostumbrado a no saber algo, él era Horus Bach, ante la ley era el hijo de Lucero Bach y Eros Zabet, futuro heredero de la familia más poderosa del continente americano y quizás del mundo entero. Pero más lo inquietaba el hecho de que estaba tratando de seducir a una mujer que acababa de conocer, algo que nunca le sucedió, jamás alguien había despertado su interés a tal punto, más teniendo en cuanta que era la novia de su primo, uno que no le hablaba y que mucho menos lo veía, como había dicho la joven Pedro lo odiaba.

- ¿Eres un clasista de mierda? ¿temes que Pedro traiga a tu familia alguien que no esté a su nivel?

- Eso lo puedo deducir por tu ropa pequeña, tienes dinero y de sobra. - dijo viendo que las joyas de la joven a pesar de ser pocas eran de la producción exclusiva de Diamnons, compañía que manejaba su padre Eros Zabet.

- En esa caso... deberás tratarme dulcemente si quieres saber más de mí, tendrás que tomarte el tiempo y la dedicación de pulirme como a una joya, sé que sabes hacerlo, desnuda mi alma y sabrás mis secretos. - Dulce sonrió con malicia, nunca creyó que podría provocar a un hombre de 30 años, pero lo podía ver en los ojos de Horus, lo había hechizado.

Al llegar al pie de las escaleras tenía muy en claro que haría para vengarse, de Horus y Giovanni, ya una vez su padre Leonzio le había contado todo con respecto a la relación con su madre, como la reina de Chicago había accedido a estar con ellos, y todo para adueñarse de su corazón y así destruirlos por completo, por suerte, el final de su historia fue otro, pero, aun así, allí estaba esa vocecilla que le decía a Dulce que se adueñara del corazón de esos dos, para luego arrancárselos.

- Princesa, tu sonrisa da miedo, dime que no se te ocurrió ninguna locura. - el corazón de Dulce se aceleró de solo escuchar a Pedro susurrarle, a ella su voz no le causaba miedo, sino todo lo contrario, Pedro era como su dragón de cuentos de hadas, un dragón que mataría a cualquiera que intentara lastimarla, por lo que cuando vio a Horus llegar al final de las escaleras, a escasos pasos de ella, decidió contestar.

- ¿Qué puedo decirte amor mío? La locura corre por mis venas. - Pedro se sorprendió al escucharla hablar de esa manera, pero lo comprendió al percatarse de que Horus estaba a un lado de ellos, después de todo se suponía que eran novios.

- Hola, Pedro, es bueno... - Horus quedo en silencio, cuando el latino solo lo vio con odio, antes de tomar la cintura de Dulce y guiarla al salón donde estaba toda su familia.

- ¿En verdad no lo soportas? - pregunto con curioidad la joven y Pedro dejo de caminar para girarla y tomar su rostro con una de sus gigantes manos.

- Por su culpa no serás madre, por su culpa no puedes tolerar ni siquiera un chocolate y sé que te encantan, lo odio, odio que por su idiotez tu vida este limitada. - Dulce dibujo una pequeña sonrisa, al tiempo que coloco su mano sobre la que Pedro tenía en su mejilla.

- Tu eres el mejor chocolate que pueda existir, con gusto moriría solo por probarte. - dijo para luego sacar su lengua a un lado, como cuando eran niños y Dulce decía cualquier cosa para hacer hablar a Pedro, no solo eso, también formo medio corazón con su mano libre, el cual Pedro termino de completar, como era costumbre de Dulce lo engatusaba a caer en sus locuras, mientras el latino solo negaba con la cabeza.

- Me vuelves loco princesa. - y solo cuando lo dijo descubrió que ya no susurraba, y que su voz profunda había provocado que todos fijaran la vista en ellos, que lucían como una pareja enamorada.

- Siempre es un gusto oír tu voz, querido Pedro. - dijo Candy, la abuela de la familia, para terminar con el silencio que se había extendido en el salón.

- Más gusto nos da ver a un nieto más caer en las garras del amor. - intervino Amir sonriendo y como siempre tomando la mano de su esposa. - ¿Quién dice amor y logramos vivir para ver a toda nuestra familia feliz?

Pedro sonrió sin poder evitarlo, podría no llevarse bien con la mayoría de sus primos, pero Candy Ángel y Amir Zabet, siempre lo habían tratado como un verdadero nieto, y él los amaba como si fueran sus verdaderos abuelos.

- A ustedes aún les queda mucho por vivir. - se limitó a decir, y luego le dio un abrazo a cada uno.

- Holaaaaaa. - Dulce estiro la A, se podría decir que se veía como una niña y es que, en la mente de esta joven, esa era la forma en la que la saludaba Candy cada vez que Hades, su padrino la llevaba a su mansión.

- Querida. - se limitó a responder quien tenía el cabello plateado por la edad, pero que sin embargo no perdía la belleza y a continuación la abrazo con fuerza. - Te hemos extrañado pequeña princesa. - susurro, sintiéndose más joven por el solo hecho de hacer un complot para engañar a sus nietos.

- Yo también te extrañe abuelita. - susurro de igual forma Dulce, dejándole en claro cuanto había anhelado aquel rencuentro.

- Te felicito Pedro, tu novia es toda una Dulce princesa. - dijo Amir y sorprendió a sus nietos al abrazar a la joven que supuestamente acababa de conocer.

- Hola abuelito. - dijo en voz baja y Amir dejo salir una sonora carcajada.

- Es... emocionante estar en familia. - se limitó a decir el mayor, quien había cumplido 80 años, pero que aún tenía el vigor de alguien de 50.

De esa forma fue saludando a cada uno de los presentes, con falsas presentaciones y con verdaderos rencuentros, hasta que llegó el turno de Neizan, el mafioso ruso conocido como el vidente, tenía bien ganado su apodo.

- Sabia que este día llegaría, lo que debía pasar paso, ahora todo depende de ti. - murmuro a su lado, con ese aire tan misterioso que siempre lo acompañaba.

- ¿He? - dijo Dulce viéndolo sin comprender.

-Todo comienza y termina en ti, en tus decisiones, pero algo es seguro, nadie escapa al destino. - acoto e hizo un asentamiento con la cabeza y se alejó de la joven, dejándola con piel de gallina.

- ¿Todo bien? - la voz burbujeante de Giovanni la hizo brincar ya que se había quedado viendo el lugar por donde Neizan se había marchado.

- Todo perfecto.

- No puedo creer que te asustaras al escucharme, mi voz es celestial a comparación de la del demonio.

- Puede que me guste más el infierno que el cielo, con permiso "repuesto". - rebatió con burla y Giovanni la vio confuso.

- ¿Repuesto?

- Sí, si Pedro es el demonio por su voz, tú eres un misero repuesto, el segundo al mando en Sicilia y solo porque la santa no quiso el lugar, ¿comprendes? Eres el repuesto que aguarda a ser útil, adiós.

Se sentía bien, se sentía de maravilla al fin golpear el ego de Giovanni, como él una vez lo hizo con ella, se sentía tan bien que camino hacia el jardín, Pedro había sido "raptado" por sus abuelos y ella no pensaba interrumpir esa conversación entre murmullos, solo había dado unos pasos por el hermoso viñedo, cuando se percató que una de las tiras de sus zapatos se había aflojado, por lo que se inclinó para sujetarla, algo que no logro, ya que de forma abrupta alguien la tomo de la cintura y la pego contra él, provocando que un ligero grito saliera de sus labios.

- Diría que lo siento, pero no es así, la posición en la que estabas era muy... comprometedora, ¿estas tentando al diablo pequeña? - las manos de Horus apretaban su cadera, mientras sus dedos jugueteaban con la fina tela del vestido, no le había podido sacar los ojos de encima en toda la noche, incluso no ceno, por solo estar viendo cada uno de sus movimientos.

- ¿Al diablo? No, quizás al dominio, y ese no eres tú. - quiso salir de esa situación, tenía que alejarse de esas manos que le provocaban calor, Horus era peligro, era todo lo que estaba mal, era un enemigo de sus padres y era el responsable de todo o casi todo lo malo en su vida.

- ¿Qué pasa princesa? ¿No querías que te tratara como a una joya? ¿No tienes curiosidad por saber que tan bien puedo pulirte? - la voz de Horus por momentos era hipnotizante, en especial cuando comenzó a acariciar el bajo vientre de la joven, provocando un dulce cosquilleo entre sus piernas.

- No sé a qué clase de mujeres estes acostumbrado a tratar, pero definitivamente no follare en un viñedo. - trato de decirlo con voz firme, pero no pudo, no cuando una de las manos de Horus ascendió hasta tomar uno de sus pechos.

- Jamás te tomara aquí, tu mereces más que un viñedo... lo veo en tus ojos pequeña. - y la burbuja exploto en ese segundo, odiaba que le dijeran pequeña, aunque lo era, en comparación a Horus y no solo en estatura, también en edad.

- En ese caso, esperare hasta que consigas un lugar digno de mí. - rebatió deslizando su mano por la cadera de Horus, hasta encontrar su pene, algo que no fue muy difícil, teniendo en cuanta lo erecto que estaba. - Y soy una princesa, no una pequeña. - advirtió apretando con fuerza el pene del mayor, ocasionando que Horus al fin la liberara.

- Mierda. - se quejó el hombre viéndola con molestia.

- Princesa. - el heredero de los Bach dio un paso al costado, no por escuchar la voz de Felipe, sino al ver el rostro furioso de Pedro, quien avanzo hasta donde estaban como si fuera una locomotora fuera de control.

- Pedrito. - dijo de forma melosa Dulce, y solo eso detuvo al latino.

- Si te veo cerca de ella, arrancare tu cabeza con mis manos.

-Bueno al fin me hablas después de 13 años.

- No me provoques Horus, si por Verónica me enfrente a Gabriel, por ella soy capaz de enfrentar a toda la familia.

No debía sentir eso, se lo repitió una y otra vez, pero le fue imposible contener a su corazón, sus manos sudaban, sus piernas temblaban, era amor, una voz en su cabeza se lo gritaba, amaba a su mejor amigo Pedro.

- Quiero ir a la habitación. - solo dijo eso y tomo la mano del moreno, que como siempre la seguía a todos lados, solo que estaba vez, quizás se arrepentiría.

Capítulo 3 Ojos.

Dulce permaneció inmóvil a la orilla de la cama, mientras Pedro insultaba al aire, estaba molesto, mucho más que eso, el latino no lograba comprender la razón por la que Horus estaba viendo de esa forma a su amiga, no lo aceptaba, claro que no, continuo con su monologo, mientras se quitaba el saco, luego la camisa, y las manos de Dulce hormigonaban, no pudo evitar que un suspiro saliera de sus labios al ver que se quitaba el pantalón y ese trasero que tanto le gustaba quedaba cubierto y apretado por el bóxer, lamio sus labios de forma inconsciente, dicen que los niños adquieren ciertos comport

amientos de quienes los rodean y Dulce había crecido con seis hombres que en más de una ocasión se comportaban como animales, esos pequeños gestos la delataban, Dulce parecía una leona hambrienta, una que quería devorar a Pedro.

- ¿Puedes responder? - indago el hombre, por lo que se vio obligada a sacudir su cabeza, quizás quitando algún pensamiento pecaminoso y se obligó a ver los ojos color caramelos de su mejor amigo.

- ¿El que? - Pedro paso sus manos por la cabeza y acto seguido se lanzó a la cama, ahogando un grito de frustración contra la almohada.

- Iré por tu pijama. - informo la joven, que solo podía pedirle a Dios, hacerla desistir de lo que su mente le gritaba.

- ¿Por qué estabas con Horus? No lo quiero cerca de ti. - no se veía incomodo ante la mirada de Dulce, o quizás ya se había acostumbrado a que lo viera de esa forma, en especial cuando estaba en traje de baño, que, a decir verdad, eran mucho más pequeño que el bóxer que llevaba en ese momento.

- ¿Me lo prohíbes como un falso novio o como mi mejor amigo? - rebatió al tiempo que le entregaba el pijama.

- Como ambos, Horus es una mierda, Dios Dulce, todo lo que has sufrido es por él. - estaba tan molesto que sin querer y gracias a los movimientos que estaba haciendo con sus manos, la camiseta del pijama cayo hacia atrás, por lo que quiso tomarla, se recostó y giro un poco su torso, grave error, nunca bajes la guardia cuando en frente tienes a un depredador, sin importar que sea tu amigo y lo conozcas desde pequeño, había aprendido esa lección, cuando tenía 12 años y Tina, su cachorro de tigre, que ya no era un cachorro, la quiso atacar, no fue su culpa, un dolor de dientes enloquecería a cualquiera, más a un tigre, para tranquilidad de sus padres, Pedro estaba atento, para desgracia de Tina, tenía su arma cargada y buena puntería.

- ¿Qué haces? - pregunto sorprendido al sentir a la joven colocarse a horcadas sobre su pelvis.

- Estoy aburrida y tu estas enojado. - rebatió con una sonrisa que a Pedro lo inquieto.

- Puedes hacer muchas cosas para divertirte, y mi enoja se acaba de ir. - le tembló la voz, a él, el demonio de Chicago, y todo porque la traviesa princesa movió sus caderas, provocando una deliciosa fricción en ambos. - No. - dijo al reponerse y sujeto con firmeza las caderas de Dulce.

- ¿No? - pregunto aparentando inocencia, como si fuera una niña que no es consciente de lo que hace, pero a la vez se retorció en su lugar, sintiendo como le pene de Pedro comenzaba a despertar.

- Detente. - Dulce no podía creer que la voz de Pedro sonara más ronca aun, se podría decir que realmente era la voz de un demonio.

- ¿Por qué? - indago llevando sus sueves manos al pecho desnudo de su amigo, provocando que los ojos de este se oscurecieran.

- Te dije que no. - insistió el moreno ahora tomando las manos de la joven, porque no podía creer que esas caricias lo estuvieran calentado de esa forma.

- Pero yo quiero jugar. - caprichosa, como una niña, con un cuerpo de infarto que se mecía de un lado al otro, ocasionando que la humedad de la princesa llegara a sus bragas, y que el pene de Pedro la sintiera como lava volcánica.

- Dulce... - advirtió apretando los dientes, pero la joven vio como su resistencia caía, como si fuera una castillo de naipes y fue allí donde ella jugo su última carta.

- Mi demonio. - susurro antes de tomar sus labios, gruesos, cálidos, con gusto a tabaco, con una lengua que se mantuvo estática por unos segundos, hasta que reacciono y no fue lo único, Pedro giro sobre sí mismo, aprisionándola debajo de él, llevando el beso a su ritmo, uno caliente como él mismo, mientras su cadera simulaba dar estocadas, provocando una hermosa sensación en la joven.

Lo había conseguido, tal cual sus padres le habían enseñado, un rey conquista, una reina corona, un De Luca no retrocede, y ella no lo hizo, y ahora frente a ella o, mejor dicho, sobre ella, estaba su victoria, Pedro acariciaba su cuerpo a la vez que se deshacía no solo del vestido, también de la ropa interior de ambos, se podría decir que el latino estaba en medio de un frenesí, que le estaba haciendo perder la cordura y le encantaba claro que sí.

- Pedro.

Susurro recibiendo un ruido gutural de parte del hombre, que estaba devorando sus pechos, su boca chupaba de tal forma el pezón rosado de Dulce que la estaba haciendo temblar, mientras una de sus manos se encargaba de acariciar su vagina, subía y bajaba, repartió roces y presión en los puntos precisos, cuando Dulce comenzó a elevar su cadera y jalar su cabello no se alejó, simplemente fue a su otro pecho, dándole la misma atención que al primero, y aventurando dos dedos empapados en los jugos de la joven en su interior, lo que provocó que gimiera, con fuerza y ganas. Dulce se sentía en el cielo, el mismo paraíso y solo se lo debía a su mejor amigo, uno que acababa de conquistar.

- Dios.

Ronroneo Pedro al colocarse sobre ella, casi la cubrió al completo y aunque ella moría por ver sus ojos, se conformó con verlo tan entregado, su cara reflejaba placer, sus ojos cerrados le concedían un aire tan erótico, como si lo que sentía en ese momento no lo pudiera explicar y lo obligara a cerras su bellos ojos, incluso su voz, que solo ella y sus padres eran los privilegiados de escuchar, ahora no estaba, solo pequeños sonidos de placer y ella se perdía en cada sensación, sin saber muy bien que hacer, era su primera vez y no quería arruinarla, no sabía si decirle que desde hacía un tiempo se había enamorado de él, o simplemente quedar en silencio como Pedro estaba y dejar salir esos pequeños suspiros que estaba liberando aun sin ser consiente.

- Pedro.

Susurro un poco más fuerte al sentir como se deslizaba al fin en ella, no le dolió, no como creyó que seria, o quizás solo era lo excitada que estaba, o por el hecho de estar con quien amaba, porque para ella ya no había duda, lo amaba, era su mejor amigo, su dragón protector, su demonio personal, era todo y ella quería ser todo para él.

Sus cuerpos se ondulaban, uno bajaba y otro subía, sus uñas dejaron en él la prueba de su encuentro, mientras Pedro estaba marcando su alma entera, sintió su cuerpo temblar y como el sudor del latino delataba lo mucho que se estaba conteniendo, Pedro era especial, único, ella lo sabía, su temperamento, su humor y sus necesidades eran un torbellino, uno que a veces lo llevaban a ser demasiado brusco, sin embargo ahora se estaba conteniendo y solo porque estaba con ella, se obligó a ver sus rostro de satisfacción cuando el líquido caliente comenzó a llenarla, cuando en realidad ella quería cerrar sus ojos para poder disfrutar cada sensación como Pedro lo estaba haciendo, se lo diría, no debía ocultarlo ella lo amaba.

- Yo...

- Te amo Verónica.

Las manos de Dulce que se habían aferrado a la espalda sudorosa del latino cayeron a un lado inertes, como si la hubieran matado y quizás así era, Pedro había arrancado su corazón, lo había destrozado, al tiempo que el moreno abría los ojos y se encontraba con la mirada avellana llena de dolor de Dulce.

- Dulce. - dijo separándose de ella y tratando de recordar cuando fue que su mente lo engaño, como pudo confundir los inexpertos labios de la joven, con los sueves, pero audaces labios de Verónica. - Dios, ¿qué mierda hice? - dio un puñetazo a la pared, mientras Dulce se sentaba en esa cama que solo unos segundos antes le había parecido el mejor lugar del mundo y ahora se sentía como el mismo infierno. - Esto no debía pasar, claro que no, ¡soy un estúpido! - grito encolerizado dando un nuevo golpe, pero esta vez a una viga. - Sabía que la pena de verte tan sola y querer reconfortarte un día me traería problemas.

Y eso fue todo, él ni siquiera la quería como una amiga, era pena, todos esos años juntos, fue por pena, ¿Cómo no se dio cuanta? En qué mundo normal un niño de 12 años jugaría y se relacionaría con una niña de 5.

Un rey conquista, una reina corona, un De Luca no retrocede, pero ella no era un rey, tampoco una reina, ni siquiera era una De Luca, ella era Dulce Constantini, la princesa de Chicago, y un Constantini no perdona una ofensa, mucho menos una humillación, llegado el caso retrocede, se prepara y destruye.

- Dulce, espera, Dulce. - la puerta del baño no solo detuvo su marcha, también sus gritos, no podía perder el control, no en la finca donde no solo estaba su familia, sino también el tío de Dulce, el Don de Chicago acabaría con él antes de que pueda dar una explicación, pero, aun así, ¿Qué explicación podría dar?, dejo que su frente golpeara la puerta de madera maciza y solo entonces recordó que estaba desnudo.

Regreso sobre sus pasos, para cubrir su vergüenza, sin saber que el mismo infierno espera sobre aquella cama, la mancha roja que demostraba que había tomado la inocencia de su amiga estaba allí, brillante y fresca, riéndose de su desgracia, no supo cuánto tiempo estuvo de pie viendo aquello, su mente no mostraba solución alguna a sus actos, y una pregunta se repetía mil veces ¿Por qué lo hizo?

- Quien te vea con ese rostro no pensaría en que eres el demonio de Chicago... más pareces un perro vagabundo. - giro con sorpresa, nunca había escuchado tal frialdad en sus palabras, menos dirigidas a él.

- Dulce...

- No me hables, haz eso por mí. - dijo viéndolo con furia y el corazón de Pedro se aceleró. - Guarda tu lastima para tu novia muerta, y tus palabras para quien quiera escuchar esa horrible y tenebrosa voz que tienes. - retrocedió dos pasos sin comprender porque le dolía tanto, ya estaba acostumbrado a que se refirieran a su tono de voz de esa forma, pero... viniendo de ella dolía.

- Princesa...

- No me hables demonio, nunca más, haz de cuanta que morí y por tu bien, no te pongas en mi camino.

La vio salir con su maleta, enfundada en un pantalón de cuero negro, con una chaqueta roja, que, hacia juego con la suela de sus altos tacones, ¿cuánto tiempo había perdido regodeándose en su error que no la vio arreglarse? Mucho menos preparar su maleta, y solo eso lo hizo reaccionar, aun no amanecía, y ella no conocía Italia, tomo el pantalón del pijama y sin molestarle tener su pecho descubierto, salió tras... su amiga.

- Wou Pedrito, sí que tu novia te tiene loquito. - dijo con voz jocosa su prima Violeta.

- ... - no podía hablar, por primera vez deseaba decir algo, preguntar porque todas las mujeres de la familia estaban en el salón, pero no encontraba su voz.

- Hijo, ¿Qué sucede? - Felipe, quien se contaba como mujer, fue a las escaleras, donde aún se encontraba Pedro con la vista fija en Dulce, quien estaba hablando con Alejandra, como si no se percatara del hecho de que él estaba allí, se veía bien, pero él conocía el dolor en sus ojos. - Pedro. - dijo Felipe a su lado.

- ¿Dónde van? - pregunto susurrando y lo odiaba, detestaba tener una voz que causaba miedo a todos.

- Al hotel hijo, hoy es la boda y nosotras iremos por un buen tratamiento de SPA, y a dejar todo allí, ya sabes, solo los novios regresaran a la finca.... - Felipe como siempre comenzó a explicar todo lo que había organizado para los novios, pero Pedro solo podía verla a ella, su amiga, la que siempre hacia mil cosas para que él hablara, desde que era una niña, y la cual le había pedido que no le dirigiera nunca más la palabra. - ¿Comprendiste? - Pedro vio a su padre y el rubio sonrío. - Solo asegúrate de ir con tu padre hijo, no debes de preocuparte por nada, ya tienen una habitación apartada a tu nombre para ti y "tu novia" - susurro el rubio, y los ojos de Pedro se cubrieron de humedad, al ver a Dulce salir, sin siquiera regalarle una mirada. - ¿Qué pasa?

- Nada. - no lo diría, si ella no lo hacía, él no diría nada, trataría de conseguir su perdón cuando regresaran a Chicago.

Dulce tomo su teléfono móvil apenas y subió a la gran camioneta que llevaría a las mujeres al hotel elegido para la recepción, entro al chat familiar, ese donde no solo estaban sus padres y madre, también los gemelos Marco y Greco de 12 años.

- Necesito regresar a casa, no me siento cómoda aquí, quiero volver a casa. - fue todo lo que escribió y continuación recibió un aluvión de mensajes.

- Sabía que era mala idea que fueras allí. - dijo Marco.

- Uno no cena con enemigos. - agrego Greco.

- ¿Te hicieron algo princesa? - Rocco coloco emojis de una cara roja de furia y Dulce sonrío.

- ¿Pedro no te pudo proteger? - pregunto curioso Salvatore, pues el de ojos negros sabía que ese latino daría la vida por su hija.

- ¡¿Que carajo importa eso?! Estamos yendo por ti hija. - Leonzio podría tenerle cierto cariño a Pedro, pero solo confiaba en ellos para cuidar a su niña.

- ¿Que paso? - indago Ezzio.

- ¿Estas enferma? - pregunto Ángelo.

- ¿Es una recaída? -cuestiono su madre incluso por mensajes podía sentir su nerviosismo y desesperación de que algo malo le suceda.

- ¿Dónde mierda esta Donato? ¿Por qué no nos avisó? - Lupo envió el mensaje, pero ya no pudo ver la respuesta.

- Papá Lupo rompió su móvil. - informo Greco y Dulce bufo.

- Estoy bien, no le he dicho nada a tío Donato, pero... Marco y Greco tenían razón, uno no cena con enemigos. - sus manos temblaban y trato de controlarse al ver la forma en la que Alma la veía, la estaba analizado. - No quiero molestarlo antes de la boda. - envió a continuación, lo que menos quería era que sus padres volvieran a distanciarse de Donato.

- ¿Que paso hija? No puedes solo decir eso, allí esta tu padrino, el ángel de la muerte no es tu enemigo, tampoco lo son Felipe, Carlos, Candy, Amir...

- Quiero volver a casa porque me iré de vacaciones, antes de comenzar la universidad... no quiero ver a Pedro. - su mensaje causo tal conmoción que no obtuvo respuesta hasta casi diez minutos después.

- Imposible, ustedes son como nosotros. - dijo Marco, haciendo referencia a él y Greco, que eran gemelos.

- No quiero verlo sufrir más por Verónica, si me quedo diré la verdad y me odiara... solo sáquenme de aquí, o no sé lo que hare. - mentiría, a su familia, a quienes, si la amaban, sería lo último que haría por su mejor amigo.

- Salimos ahora mismo. - fue el último mensaje de su madre.

Dulce pudo mantenerse en una pieza, sus rostro mostraba calma, e incluso sonreía cuando todas lo hacían, pero su mente no estaba allí, sino recreando el momento más hermoso y horrible de su vida. Te amo Verónica, fue lo que sus gruesos labios dijeron, Pedro en realidad no le hizo el amor, solo la uso para recordar lo mucho que disfrutaba con aquella mujer.

Con disimulo se separó de las demás mujeres, debía tomar sus cosas y enviarlas al aeropuerto, dejar todo listo ya que, si sus cálculos eran correctos, sus padres llegarían por ella cuando la ceremonia religiosa acabara, por lo que no debía perder tiempo, no quería que sus padres irrumpieran en la fiesta de bodas; estaba a punto de ingresar a la habitación que se supondría compartiría con Pedro, cuando sintió unas suaves manos tomar las de ella.

- ¿Qué? - Giovanni sonreía con picardía y ella solo quería golpearlo, no lo soportaba.

- Ven conmigo. - dejo que la arrastrara a la habitación que estaba enfrente a la suya, no se sorprendió de ver el traje a medida colgado en la pared, supuso que era la habitación del italiano.

- ¿Qué quieres? - dijo casi con aburrimiento, preguntándose cuando se le ocurrió que era una buena idea reencontrarse con sus viejos amigos de juegos, ya que estaba más que claro que ellos ni la recordaban.

- Salvarte Princesa, acabo de salvarte. - sus ojos siempre le habían parecido algo excepcional, verdes con motas negras y aunque la santa de Alejandra los tenia del mismo color, los de Giovanni tenían ese brillo de maldad que la llamaba, después de todo, como su abuelo Franco De Luca decía, un mafioso reconoce a otro por el brillo de sus ojos.

- ¿No que ustedes no venden drogas? ¿O solo la consumes? - indago viendo como el rubio servía dos copas de algo color ámbar y le ofrecía una al tiempo que la veía con una enorme sonrisa en los labios. - Gracias. - dijo tomando la copa, y moviéndola como lo hacía Gio, nunca había probado alcohol, nunca lo haría, su hígado no se lo permitía.

- Eres cruel princesa, estoy arriesgando mi cabeza por tu bien y tu solo te burlas de mí. - el rubio bebió de su copa y Dulce simulo hacer lo mismo con la suya.

- No te estoy comprendiendo Gio. - el corazón del italiano tartamudeo unos segundos, sonaba tan sexi un Gio, saliendo de sus labios rosas.

- El demonio tuvo un ataque de furia, por suerte tío Stefano pudo aplacarlo, pero no dice nada, como siempre y para variar, en verdad no sé cuál es su problema, parece mudo, en fin, aunque Carlos y Stefano insistieron en que debe estar solo un tiempo él insistió en venir al hotel.

- ¿Y eso que tiene que ver conmigo? - dijo sintiendo un nudo en la garganta, lo odiaba, pero era Pedro, sabía que los ataques de ira solo le daban cuando sus sentimientos desbordaban, pero no iría a tranquilizarlo, no esta vez.

- Todo, princesa, o por lo menos para mí, no permitiré que entres en esa habitación y que el demonio te lastime.

- Tarde, él ya me lastimo. - murmuró con los ojos cargados de dolor, provocando que Giovani dejara de sonreír, y la viera de pies a cabeza.

- ¿Qué te hizo? ¿te golpeo? ¡¿se atrevió a tocarte?! - la furia que esos ojos raros y únicos mostraban Dulce ya la conocía, pero ¿dónde la había visto?... sus padres, era la misma mirada que ellos tenían cuando su madre enfermaba o algo la molestaba, cuando la reina caía, sus seis reyes se aseguraban de acabar con todo, pero, sobre todo, en ser el bastón de apoyo de ella y todo porque la amaban.

- No, él jamás me lastimaría de esa forma... solo arranco mi corazón y lo entrego como ofrenda para revivir por unos minutos a su amada Verónica. - no era consciente de lo que decía, mucho menos lo que hacía, hasta que la frágil copa se rompió en su mano. - Mierda. - murmuro saliendo del trance en el que se encontraba, gracias al ardor en su mano.

- Ven aquí. - la voz de italiano sonaba seria, carente de diversión, como cuando eran niños y le decía que era un tonto koala, aun así, lo siguió, hasta que la dejo sentada en el borde de la cama, solo cuando lo vio regresar con el botiquín, fue que vio la seriedad en su rostro.

- Déjame curarte. - susurro viéndola a los ojos, con tal fervor que dudaba que se refriera a la herida de su mano.

- Soy toda tuya Giovanni Santoro. - respondió con media sonrisa y dejo su mano en medio de ambos.

Lo vio y analizo con sumo cuidado, había crecido, mucho, aunque siempre había sido alto, era delgado, pero podía ver como los músculos se marcaban en las mangas de la camisa blanca, sus cabello tenía tonos dorados, claros y oscuros que se mezclaban, como si fuera un campo de trigo, sus manos eran sueves y grandes, aun así muy delicadas al tratar su herida, hasta que al fin termino y levanto la vista, Giovanni Santoro estaba con una rodilla en la alfombra, con sus manos sosteniendo la de ella, y sus ojos cautivándola como cuando eran niños.

- Quiero curarte. - murmuro el joven, estaba hechizado, sentía una conexión con esa joven, desde el primer segundo que la vio, poco le importaba Pedro y es que, si el latino le guardaba rencor por hacer llorar a su amiga de niños, el italiano no se olvidaba que por su culpa paso semanas recuperándose de los golpes que le dio, se podía decir que el rencor era mutuo.

- Lo acabas de hacer. - sonreía, pero Giovanni veía tanto dolor en sus ojos almendras que quería ser él quien perdiera el control y destrozar la cara de Pedro.

- No tu mano, déjame darte un corazón nuevo, déjame demostrarte que yo si se cómo tratar a una princesa.

¿Cuándo había actuado tan sumiso con una mujer? Nunca, para Giovani el sexo no era una necesidad, era más cuestión de placer, por lo que era muy selectivo con sus acompañantes, de allí y su gusto por la moda que la mayoría pensara que era gay, nada más lejos de la realidad, y es que si este hombre tardaba semanas decidiendo con que sedas trabajar, no se tomaría menos tiempo en estudiar a sus posibles acompañantes de alcoba, y una vez que las elegia, solo avanzaba, como una sombra que cubre todo a su paso, como su padre le había enseñado, podría no ser la próxima sombra italiana, pero llevaba la herencia en la sangre, él al igual que Estefanía, habían nacido para manejar la mafia, no pedían permiso, no consultaban, solo tomaban lo que querían, pero este no era el caso, Giovani no la quería como un trofeo que lucir, deseaba que ella lo eligiera.

- Si es una competencia con Pedro, estas perdiendo el tiempo, terminamos. - informo, aunque ella sabía que nuca habían tenido nada, ni siquiera una verdadera amistad.

- Me importa una mierda el demonio, yo solo quiero verte feliz como cuando llegaste a mis tierras.

Él era Giovanni Santoro, hijo de la sombra italiana, segundo al mando en la mafia siciliana, aunque para el resto del mundo fuera un diseñador que trataba de abrirse camino entre los mejores del mundo, ella era Dulce De Luca, hija adoptiva de los reyes que una vez reinaron Italia, y por supuesto, hija biológica de Valentina Constantini, no caería por un mal de amores, se necesitaban mucho más para verla caer.

Se podría decir que Pedro era el sol, un sol que se estaba ocultando, provocando que las sombras fueran más oscuras y grandes, tanto como para cubrir a la pequeña princesa.

Los labios de Giovani se acercaron pidiendo permiso, al igual que sus ojos y Dulce no retrocedió, le gustaban esos ojos, quería probar esos labios, y lo hizo, el italiano sabia a menta y alcohol, quizás por lo que acababa de beber, era un sabor nuevo para ella, se podría decir que al fin probaba el alcohol gracias a la boca de Giovani, sin ser consciente Dulce llevo sus manos a los hombros duros y amplios del joven, y él a su cintura, no era un agarre fuerte, más parecían las alas de un colibrí, su piel se erizo, mientras el corazón de Giovanni le hacía comprender al fin, las locuras que habían hecho sus hermanas, amor, si se podía amar con solo una mirada, esto no era solo decirlo, Giovanni lo sabía, su madre podría ser ciega pero les había enseñado bien a reconocer el amor.

Dulce dejo caer su cuerpo sobre la nube de algodón que parecía ser esa cama, y Giovani la observo maravillado, como un pequeño sonrojo adornaba sus mejillas, la forma en la que el aire salía en pequeños suspiros de sus labios, no podía cerrar sus ojos, no cuando frente a él tenía tal maravilla de mujer, una que provocaba que sus manos sudaran como si fuera un adolescente, no pudo contener el aire que salió con fuerza cuando se acercó al delgado cuello de Dulce, su aroma era único, no era su perfume, era el aroma de su piel, la sintió temblar cuando paso su lengua caliente por el.

- Deliciosa, hermosa, única. - Dulce lo vio con sorpresa, sabia por como era su tío que los hombres italianos tenían la facilidad de enloquecer a las mujeres solo con palabras.

- Lindas palabras, pero me gustaría que me hagas sentir así, única. - claro que lo quería, su corazón se estaba desangrando, su alma estaba muriendo, y la voz de Pedro en su mente se repetía una y otra vez, te amo Verónica.

- Te hare sentir lo que eres y luego... lo matare por herirte. - con un beso limpio la lagrima que Dulce no se dio cuanta caía por su mejilla.

Era tan distinto a Pedro, no solo lo físico o la voz, eran como el día y la noche, las manos de Giovanni no tenían apuro en desvestirla, sus ojos casi no se cerraban ni para pestañar, ya que no quería perder ni un solo gesto de esa mujer. Sonrió con ternura al verla temblar cuando su mano acaricio uno de sus pechos, la oscuridad se fue haciendo más notorias en su iris, cuando a sus caricias se sumaron sus labios, y Dulce ya no pudo resistirlo, cerro sus ojos, algo que no hizo la noche anterior, ahora se lo permitió, quería sentir cada caricia, cada roce, como la lengua de Giovanni buscaba algo en su vagina, la sensación de sus piernas envolviendo la cabeza del joven obligándolo a quedarse allí, y aun así, las manos del hombre siendo tan cuidadosas, acariciando sus muslos, su abdomen. Hasta que abrió sus ojos y lo vio resurgir de entre sus piernas, como continúo repartiendo besos en su monte de venus, su abdomen bajo, en el centro de sus pechos, hasta que nuevamente se adueñó de sus labios, aun así, pudo probarse a ella misma, Giovanni le estaba haciendo probar muchas cosas el día de hoy, tantas que la mente de Dulce se desconectaba por momentos.

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