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EL CALOR DE SU PIEL

EL CALOR DE SU PIEL

Autor: : PaolaG.
Género: Romance
Libro de desarrollo simultáneo a Adicta a sus besos, es la historia de Sebastián, otro de los hombres de la familia Pizano, quien siempre se ha preocupado por cuidar a sus primos, aunque tenga que ensuciarse las manos para hacerlo. Un hombre que no cree que llegará a enamorarse algún día, pero... lo hace y decide que Sophia será su mujer. Ahora solo debe salvarla del fuego cruzado que tiene su familia con algunos "clientes" y convencerla de que acepte su tipo de vida.

Capítulo 1 1. ATRAPADO EN LA FAMILIA

El sujeto no tiene nada más que decirme. Es sincero. Creo en su palabra y en la transferencia bancaria generosa que acaba de realizarnos. Mi misión inicial era cobrar el dinero que nos adeudaba por el servicio prestado, pero, obviamente, tenía que pedir un poco más. Llamémoslo "gastos de cobranza"; todas las entidades lo hacen, ¿verdad?

Se aleja de la computadora tras completar la transferencia, y le entrego una toalla húmeda para que limpie la sangre que empieza a secarse en su cuerpo. Este cuarto sujeto fue más cooperativo que los anteriores. Ni siquiera tuve que amenazarlo con lastimar a un ser querido, y los golpes que recibió fueron mínimos.

Es una lástima. Me habría gustado divertirme más, que fuera uno de esos tipos rudos que dan pelea, pero no. Así que hago que le cubran los ojos y lo saquen de aquí. Subo las escaleras lentamente, llegando a las caballerizas, donde me aseguro de tapar la entrada con grandes cubos de heno.

Acaricio la crin de un caballo azabache antes de dirigirme a mi habitación para darme un baño. La espuma que se forma al bañarme se tiñe ligeramente de rosa por la sangre que me alcanzó a salpicar, pero desaparece rápidamente por el desagüe.

Debería regresar a la oficina, pero me merezco un par de horas de descanso. Camino hasta la cocina tal como vine al mundo, saco una lata de cerveza del refrigerador y me acomodo en la hamaca. Mis hombres saben que no me gusta que estén tan cerca, así que no entran a la casa principal a menos que se los pida.

De todas las propiedades de la familia, esta es mi favorita: la hacienda. Rara vez la familia viene, así que casi siempre estoy solo. Podría decirse que este es mi refugio. Por eso diseñé aquí un espacio especial, oculto bajo la caballeriza, que me permite trabajar y luego despejar mi mente antes de regresar al acartonado y bullicioso mundo.

No me gustan los lugares concurridos y mucho menos las personas ruidosas, pero no tengo escapatoria. Ese fue mi compromiso con el abuelo para mantener a Noah seguro. Estoy condenado a prestar mi eterno servicio a la seguridad de la familia.

No sé cuánto tiempo he descansado, pero sé que fue suficiente. Observo el gran ventanal y el extenso paisaje verde, despidiéndome de ellos con la promesa de volver tan pronto como el trabajo me lo permita.

No sé cuánto tiempo he descansado, pero sé que ha sido suficiente. A través del gran ventanal, mi mirada se pierde en el vasto paisaje verde que se extiende más allá de la hacienda. Me despido en silencio, prometiéndome regresar tan pronto como el trabajo me lo permita.

Me visto con calma y deslizo el celular en mi bolsillo, consciente de que en cuanto alcance una zona con señal, las notificaciones caerán como una tormenta, arrastrándome de nuevo a las responsabilidades que, inevitablemente, me mantendrán ocupado hasta altas horas de la noche. Una vez aparece el esperado diluvio digital, realizo mi primera llamada obligatoria.

-Hola, abuelo, ya volví.

Del otro lado de la línea responde el legendario hombre de negocios, Juan Armando Pizanno, fundador del imperio PICAZZA y, por desgracia, mi abuelo.

-Me alegra, hijo. ¿Fue complicado? ¿Qué descubriste?

Sonrío. Sabe perfectamente que no voy a darle respuestas concretas, pero aun así insiste.

-Confórmate con saber que Alexander está manejando bien la situación y le estoy cubriendo la espalda. Tranquilo. Yo cumplo mi parte del trato, asegúrate de cumplir la tuya.

Un sonido de disgusto apenas perceptible se cuela a través de la línea, pero lo ignoro deliberadamente.

No pienso darle más información de la necesaria. Mi distanciamiento actual con Alexander no implica, en absoluto, una traición. Si él decide quedarse atrapado en este trabajo infernal porque cree que lo hace feliz, es su problema. Yo, en cambio, no tengo elección.

-Bien -dice mi abuelo con voz grave-. Solo cuídalo y, si necesitan que intervenga, no esperen hasta que sea demasiado tarde.

-Así será.

Cuelgo antes de que decida agregar algo más. Expulso un largo suspiro, deseando de verdad no necesitar su intervención. Confío en las habilidades de Alexander; es tan inteligente como Noah. Sin embargo, el constante influjo del abuelo ha moldeado a Alexander en alguien incapaz de soñar por sí mismo. Solo sabe seguir el camino que el viejo trazó para él.

Reviso el celular y veo siete llamadas perdidas de Alexander y un mensaje de voz. No puedo evitar reír al escuchar su tono casi meloso. Alguien que no nos conozca podría pensar que somos una familia unida.

Le devuelvo la llamada apenas termino de escuchar su mensaje.

-Hola, primo. Me alegra saber que ya estás aquí. Mañana iré a saludar al abuelo y, obviamente, a conocer a tu esposa misteriosa.

-Bien, mañana nos vemos entonces.

La conversación es breve, como siempre. Ambos sabemos que el trabajo nos consume. Es tarde, así que decido regresar a casa y trabajar desde allí. Tenemos pequeños faltantes en las "mercancías especiales exportadas", y necesito encontrar rápidamente a la rata interna que los está causando. Respondo unos cuantos correos y firmo documentos electrónicos para destrabar la aduana, pero un correo en particular me hace maldecir.

Noah ha vuelto al país.

¿Por qué regresó? Se suponía que tenía una buena vida lejos de todo esto. El problema no es su regreso en sí, sino que la información ya debe estar en manos del abuelo. Lo más seguro es que Roberto, con su lealtad ciega, le haya informado. Mi trabajo era impedir que eso ocurriera, pero el maldito momento coincidió con mi estancia en la hacienda.

Roberto es como una piedra en mi zapato. Es eficiente, lo admito, pero no tiene el sentido común de proteger a Alexander también del abuelo. Ahora es inevitable: el viejo irá tras Noah, y eso significará el fin de su preciada independencia.

Abro el cajón del escritorio y saco uno de los celulares desechables que siempre tengo a la mano. Marco el número de Noah y escucho los pitidos del aparato. Solo hasta el tercer intento, mi querido primito decide contestar.

-Hola, Noah.

₊°︶︶︶︶︶︶︶ ‧₊˚

Adiós a mi capacidad de concentración por esta noche. El breve intercambio de palabras con Noah ha sido suficiente para hacerme cerrar el ordenador y servirme un buen trago. El timbre de mi apartamento interrumpe el silencio, y una sonrisa se dibuja en mis labios. A esta hora, solo una persona sería capaz de llegar hasta aquí, y mis hombres saben perfectamente que deben dejarla pasar. Quizás ella sea justo lo que necesito esta noche.

Abro la puerta y allí está, recostada contra el marco, con una sonrisa que podría desarmar a cualquiera. Sus dedos se deslizan con deliberada lentitud, desatando el nudo que mantiene cerrado su abrigo.

-Dijiste que te gustaba la lencería de encaje, ¿verdad?

Sus palabras, cargadas de intención, hacen que una corriente cálida recorra mi cuerpo. Mis ojos recorren su figura con descaro, deteniéndose en la piel ligeramente bronceada que el abrigo comienza a revelar. Las curvas perfectas que pronto estarán a mi merced se dibujan frente a mí como una promesa tentadora.

-Eres una experta en cumplir fantasías -murmuro, relamiéndome los labios mientras doy un paso hacia ella.

Ella suelta el abrigo, que cae al suelo con la suavidad de un suspiro. Mis pensamientos se desvanecen, y todo lo que queda es el momento, cargado de deseo y anticipación.

HOLA QUERIDO LECTOR

Gracias por apoyar esta historia, la cual se desarrolla de manera simultánea a ADICTA A SUS BESOS (la historia de Alexader, primo de Sebastián nuestro nuevo protagonista).

Es recomendable más no obligatorio, leer mínimo los primeros cuarenta capítulos de ADICTA A SUS BESOS para entender la trama de fondo de esta historia, pues esa trama de fondo, es el argumento principal de ADICTA A SUS BESOS.

Capítulo 2 2. AQUÍ LO ÚNICO QUE HAY ES SEXO

Aquí no hay espacio para nada más que sexo: caliente, lascivo, intenso. La frustración que me ha carcomido todo el día está a punto de disiparse, y todo gracias a la mujer que ahora se encuentra frente a mí. Ekaterina Smirnov, o Katya, como insiste en que la llame, está de pie en mi sala con su abrigo apenas sujeto por un nudo flojo, ocultando una lencería que promete más de lo que cualquier palabra podría describir.

-Dijiste que te gustaba el encaje, ¿verdad? -susurra, deshaciendo el lazo y dejando que el abrigo caiga al suelo como una declaración.

No necesito más invitación. Me acerco a ella, tomo su rostro con una mano y la beso con urgencia, un choque de bocas que quema tanto como alimenta. Katya no es una mujer para sutilezas, ni yo tampoco. Nos entendemos bien, casi demasiado bien para lo que somos: amantes ocasionales. Su mano ya desciende sin preámbulos, desabrochando mi pantalón y acariciando mi dureza a través del bóxer. La pego contra la pared con un movimiento rápido, cerrando la puerta de un golpe seco mientras mi cuerpo exige más de lo que podría pedir con palabras.

El encaje negro que lleva parece diseñado para provocar, realzando cada curva de su cuerpo entrenado y fuerte. Acaricio su piel bronceada, dejando que mis dedos memoricen su textura, mientras su habilidad para provocarme se hace evidente con cada toque experto. La detengo solo para guiarla a mi antojo, dirigiendo sus manos de nuevo a donde las quiero.

-Abajo -le ordeno con mi voz cargada de deseo y retrocediendo para que tenga espacio de hacer lo que le digo.

Ella obedece, mirándome con una mezcla de desafío y deseo. Sus rodillas tocan la alfombra y, al momento en que siento el calor y la humedad de su boca, un gemido grave se escapa de mis labios. Mi control tambalea, y pronto mis caderas marcan el ritmo, empujando con más intensidad de la que planeaba. Su resistencia ocasional solo aviva mi hambre, y cuando intento profundizar más de lo que ella permite, la levanto y la giro hacia la pared.

-Hoy estás más exigente de lo usual -comenta con un tono entre juguetón y jadeante.

-¿Es eso una queja? -le murmuro al oído, deslizando mis dedos hasta su humedad. Cuando los retiro, le muestro la prueba brillante de su deseo, disfrutando de su mirada encendida.

-Nunca, solo una observación -responde con una sonrisa.

Katya sabe exactamente cómo encenderme, y yo conozco cada uno de sus puntos débiles. Introduzco mis dedos en su boca, y ella los recibe con una succión provocativa antes de que desplace su panty y me abra paso. El primer momento de unión, ese instante en el que su cuerpo me envuelve y reacciona con un temblor, es siempre una pequeña victoria. Sus gemidos se convierten en música que me incita a intensificar cada movimiento, llevándola al límite una y otra vez.

La aparto solo lo suficiente para llevarla al sillón más cercano, acomodándola como quiero, con su trasero en alto sobre el respaldo. Aprieto su trasero y lo palméo nuevamente dejando una nueva marca roja, para posteriormente meter mi cara entre sus piernas. Se retuerce y trata de alcanzarme, pero inmovilizo sus manos con facilidad en su espalda. Se viene nuevamente en mi boca y ahora sí mi amigo vuelve a entrar en acción.

¡Piedad! Esta mujer no sabe lo que es contenerse para gemir y eso solo me motiva a ser más enérgico. Ella lo sabe, ella lo busca y ahora estoy tan estimulado con el sonido que generan también nuestros cuerpos al chocar que debo obligarme a cambiar de actividad.

Una nueva postura, mucho sudor y ya no paré hasta sentirme completamente satisfecho un par de veces., manteniéndola a mi merced mientras me sumerjo entre sus piernas. Sus gemidos llenan la habitación, y cuando finalmente regresa a mi abrazo, no me detengo hasta que ambos estamos completamente saciados.

Katya desaparece unos minutos para refrescarse, regresando sin rastro de su ropa interior. Se ve relajada, casi despreocupada, mientras recoge su abrigo del suelo.

-Así que fue un día pesado -comenta, lanzándome una mirada que mezcla burla y satisfacción.

-Ni lo imaginas -respondo, estirándome en la cama y señalando un cajón-. Toma una camiseta de ahí. Será mejor que lleves algo debajo del abrigo.

No estoy echándola, aunque ambos sabemos que nunca se quedaría. Para Katya, compartir una cama después del sexo cruza un límite que ninguno de los dos quiere explorar. Aunque no comparto su lógica, tampoco la presiono. Su independencia es parte de lo que la hace irresistible.

-Bueno, esa será mi excusa para volver mañana -dice, poniéndose la camiseta mientras una sonrisa maliciosa cruza su rostro.

Sonrío al saber que ella no necesita excusas para venir.

-Mañana no estaré -respondo al recordar mi compromiso con Alexander.

-Entonces será después -dice con tranquilidad, inclinándose para darme un último beso antes de desaparecer por la puerta.

El silencio vuelve a llenar el apartamento, pero mi mente no se calma. Mañana iré a casa del abuelo, tendré que enfrentarme a Alexander y conoceré a su enigmática esposa. Isabella, la mujer que apareció de la nada para cambiarlo todo. No puedo evitar recordar su entrada triunfal en la iglesia, deslumbrante como un espejismo, y la manera en que Alexander la miraba. La fascinación en los ojos de mi primo me hace pensar tonterías, ¿es posible que algún día pueda sentir algo parecido?

Sacudo la cabeza, como si así pudiera espantar la imagen de Isabella y ahora la sombra triste persistente que ha dejado Noah después de nuestra conversación. Me repito una y otra vez que ese tipo de sueños no son para hombres como yo. Pero aun así, el pensamiento persiste.

-Quizás todavía quede algo de soñador en mí -murmuro antes de que el sueño finalmente me alcance.

Capítulo 3 3. UNA RATA EN LAS BODEGAS

Despierto temprano como todas las mañanas y hago ejercicio. Tengo mucho espacio en mi apartamento, así que adecué una de las habitaciones como gimnasio y con eso puedo entrenar a gusto no solo en las mañanas, sino cuando siento que realmente necesito desquitarme. Supongo que podría decirse que mi saco de boxeo ha salvado de buenas palizas a muchas personas.

Mi naturaleza es así: muchas veces preferiría golpear primero y preguntar después, pero eso no siempre es bueno para los negocios. Lo aprendí a las malas con el abuelo. No me gusta comer fuera si puedo evitarlo, así que preparo mi desayuno y salgo a trabajar, siendo casi siempre el primero en llegar. Lo bueno de ser uno de los primeros es que no me topo con tráfico pesado ni tengo que saludar a mucha gente en el camino a mi oficina. El teléfono suena menos y así el tiempo me rinde más.

El papeleo se multiplica y se multiplica, pero debo hacerlo. Afortunadamente, tengo una asistente que es mi mano derecha y es sumamente lista; su nombre es Lissa. Lissa toma mi lugar en algunas oportunidades cuando debo cumplir con mis otras actividades, así que cuando eso pasa la recompenso de forma generosa para mantenerla motivada y que no indague mucho en el motivo de mi retiro.

Este día pasa muy rápido y no me habría dado cuenta de que es tan tarde si Lissa no ingresara a mi oficina con algo de comer. La miro con extrañeza y ella solo dice:

-Son las cuatro de la tarde, señor, y usted no ha comido nada desde que llegó.

Miro mi reloj y corroboro que es cierto.

-Gracias por preocuparte -le digo al recibir el paquete, y ella vuelve a salir.

Esa mujer es un ángel con lentes. Destapo la bolsa y me encuentro con una hamburguesa gigante. Inmediatamente mi organismo se acuerda de que tiene hambre, pues suena de manera vergonzosa. Me levanto del escritorio, saco la gaseosa y la hamburguesa, y empiezo a comer mirando por el gran ventanal. Escucho golpes en la puerta y le hago señas a Arturo para que entre.

Arturo es mis ojos y en ocasiones mis puños fuera de la oficina.

-Efectivamente, el señor Juan Armando ya está al corriente con el regreso del señor Noah, pero aún no se ha filtrado lo de la enfermedad de la señora Mía.

-Bien, necesito que me informes si el abuelo va a salir de la ciudad -digo, dando por cerrado ese tema.

No puedo borrar esa información de su cabeza, así que ahora solo me queda hablar con el abuelo y tratar de hacerlo entrar en razón para que no intervenga. Si es necesario, lo amenazaré con irme, aunque si soy sincero, no estoy seguro de que le interese que yo me quede si con eso vuelve a tener a Noah.

-¿Tenemos más faltantes en la bodega? -pregunto y vuelvo a dar otro mordisco a mi hamburguesa.

-Temo que sí, señor. Es poco, pero ya con este es el tercer cargamento con faltante -estira la tablet y me deja ver los datos del material.

-Materiales muy específicos, cantidades mínimas y no tan costosos, casi como si no quisieran que detectáramos el faltante -digo más para mí que para Arturo-. Aprovechemos eso -digo por fin, con una idea en mente-. Simula un cargamento "especial" nuevo entre la mercancía que se despacha mañana, pon a alguien de confianza a poner cuidado e instala una cámara en el compartimento para que grabe todo.

-Sí, señor.

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Salgo a hacer una visita para negociar un traslado, así que por un buen rato dejo mi celular en silencio, pero al volver a tomarlo encuentro varias llamadas perdidas de Alexander. Sospecho lo que quiere, así que le marco.

-¿Nos estamos volviendo unidos? -comento al mirar la cantidad de llamadas-. Eres tan insistente como una novia celosa.

-Necesito que hablemos antes de llegar a la casa. No quiero que Isabella pueda escuchar temas tan delicados. -Eso quiere decir que la chica no tiene ni idea de nuestro otro negocio. No puedo creer que Alexander se casara sin contarle los riesgos.

Me ofusca, pero él ya es un hombre adulto.

-Bien, en el bar de Jimmy -digo por fin antes de colgar.

Tomo rumbo inmediatamente al bar; aun así, Alexander ya estaba ahí cuando llegué.

-Esperaba más resistencia -digo tras mostrarme la imagen de la transferencia en mi celular.

Toma el aparato y amplía la imagen mientras hago señas al encargado para que me traigan una bebida. Estos "extras" no pueden quedar registrados como ingresos para la empresa, así que lo que hacemos es usar la identidad de personas recién fallecidas cuyas cuentas bancarias siguen activas y retirar esos dineros.

-Algo no me gusta y no sé qué es -digo tras darle un gran sorbo a mi bebida-. El tipo simplemente esperaba que no le cobraran y las otras personas de la lista también. No eres el ser más intimidante, pero tampoco para esta reacción en cadena.

-¿Insinúas que alguien los puso de acuerdo para no pagar? -creo que es evidente, pero aún me faltan puntos para unir en ese mapa.

-Debo estar de acuerdo contigo en que esto debe ser manejado como familia. Alguien está corriendo la voz de que estamos perdiendo poder y tenemos el tiempo contado -eso es algo que nos toca el orgullo-. Aún no estoy seguro de quién, pero hay más nombres en la lista y alguno tiene que saber algo.

-No será que estás perdiendo tu toque -me dice en son de burla y no puedo evitar bufar como respuesta.

-No creo que ellos piensen eso. Los hubieras escuchado gritar y suplicar -recuerdo sus rostros y sonrío, sabiendo que me recordarán por el resto de sus miserables vidas-. Tal vez debas hablar de esto con el abuelo.

Por la cara que pone, parece que no le agrada mi idea. Ha madurado, pero le falta un poco, pues sigue queriendo impresionar al abuelo.

-Aún no quiero molestar al viejo, está demasiado contento ahora.

-Como quieras, pero ten presente que cada vez las medidas que estamos tomando de seguridad física para las empresas son más fuertes y eso podría terminar atrayendo demasiado la atención.

Alexander pide otra ronda y eso me extraña, pero luego me da los pormenores de un tema de mercancía faltante y acepto apoyarlo con esa investigación. Los materiales faltantes aquí se complementan a la perfección con los faltantes en el extranjero, así que no sería loco pensar en una conexión.

Mi celular suena y el nombre de mi padre brilla en la pantalla. Esa es una alerta de que ya nos están esperando en la casa del abuelo, así que partimos de una vez.

El castigo por ser los últimos en llegar está en proceso. Frunzo las cejas al escuchar la anécdota que están contando y agradezco de todo corazón que aún les quede algo de piedad y no hayan sacado el álbum de fotos en el que aparecemos los tres completamente azules. Esa foto fue utilizada para chantajearnos durante mucho tiempo y, para rematar, la tienen en degradé, ya que nos hicieron tomarnos la misma maldita foto varias veces como parte del castigo para que se evidenciara lo lento que se desvanecía la tinta en nuestra piel.

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