Soy una joven afortunada. Nací en el seno de una familia de alta alcurnia y jamás me faltó nada. Rodeada de atenciones y elogios desde la infancia, siempre supe que mi destino sería ventajoso.
Sé que puede parecer presuntuoso, pero soy consciente de mi apariencia. Mis ojos, de un azul más intenso que los de mi padre, no pasan desapercibidos. Mi cabello castaño cae con suavidad sobre una piel clara que muchos comparan con la porcelana. Durante los paseos por los jardines y los bailes, sentía sobre mí miradas de admiración bajo la orgullosa vigilancia de mis padres.
Siempre supe que encontrarían para mí un esposo adecuado. Y, sin embargo, en lo más recóndito de mi alma albergaba la ingenua esperanza de casarme por amor.
Todo marchaba con apacible normalidad, hasta que los negocios de mi padre comenzaron a desmoronarse. En las noches silenciosas de nuestra casa, me convertí en testigo involuntario de discusiones sofocadas tras puertas entreabiertas.
Mis hermanos, aunque mayores, no lograban forjar su fortuna. Pero yo representaba una excepción: desde niña se me asignó un dote especial, cuidadosamente preservado para asegurar una buena alianza. En un momento crítico, yo era la única capaz de rescatar a la familia.
Poco después de alcanzar la edad legal para casarme, mi madre, radiante, me anunció que mi porvenir había sido sellado: sería la esposa del gran duque Quiroga.
-Eres tan afortunada, Elizabeth -dijo entre sueños de esplendor-. Imagina las galas, los carruajes, la vida noble...
Giramos juntas en un vals improvisado, y durante un instante, creí en la promesa que sus palabras tejían.
No comprendí la verdad hasta caminar hacia el altar, del brazo de mi padre. Y entonces lo vi.
Mi paso vaciló, pero su mano firme me obligó a avanzar al ritmo de la solemne melodía nupcial que emergía del piano de pared.
-Te comportas -dijo con voz baja y amenazante, aunque su sonrisa seguía intacta para los demás-. Te casarás con una radiante sonrisa en los labios o con los ojos húmedos por los correazos que te daré delante de todos. Pero le vas a contestar que sí al padre. ¿Entendiste?
Con desesperación busqué a mi madre entre la multitud, esperando su ayuda, su consuelo. Pero su mirada estaba fija en el suelo.
Cada paso me acercaba más al hombre que se convertiría en mi esposo: un noble de edad avanzada, pequeño, barrigón, envuelto en ropajes costosos. Vi pesar en algunas miradas del público, pero no en las de mi familia.
El duque me saludó con una voz ronca y pausada.
-Tan hermosa como recordaba. Espero que mi obsequio haya sido de tu agrado.
Un collar exquisito colgaba de mi cuello, testimonio de la venta silenciosa de mi libertad.
Permanezco en silencio.
-No hablas. Lo comprendo, debes de estar nerviosa. Al fin y al cabo, este es el momento más especial en la vida de una mujer. Por eso le di suficiente dinero a tu familia, para que tuvieras lo mejor en este día.
Es cierto. Todo aquí es perfecto. Mi vestido de novia es lo más lujoso y costoso que jamás haya visto, la iglesia está hermosamente decorada con flores y cintas de seda blanca, y llegué en un carruaje tirado por caballos blancos. Pero hay algo esencial que no tengo: un esposo al que pueda mirar sin repulsión.
¿Cómo puede ser tan cínico? ¿Cómo se atreve a hablar del "momento más especial en la vida de una mujer"?
El sacerdote inicia la ceremonia, y yo intento controlar la angustia que amenaza con quebrarme.
Obviamente, este hombre sabe que no deseo estar aquí. Si no, no se habría escondido de mí hasta este momento. Estuvo presente en mi celebración de cumpleaños y aunque no interactuamos, quedó prendado.
No comprendía por qué no se presentó ante mí antes, limitándose a enviar este collar. Ahora lo entiendo.
Cuando pregunté a mamá por qué no podía conocer a mi prometido antes de la boda, su respuesta fue tajante: "es de mala suerte".
Pero no era por eso. Era para evitar que intentara escapar, como tantas mujeres hacen ahora.
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Creía que ya había soportado lo más difícil: el intercambio de votos y el beso en la iglesia. Si sentir que retiraba el velo de mi rostro para luego acercarse y besarme me pareció repulsivo, no había forma en que pudiera estar preparada para lo que venía después de la recepción.
No podía hacer nada. Soy una mujer casada y mi obligación era partir con este hombre; al fin de cuentas, ya no me recibirían en mi casa.
Pensé que solo me restaba descansar, pero estaba muy equivocada. Al terminar la recepción, fui conducida a una de las habitaciones de la mansión, donde de inmediato me cambié y me metí entre las cobijas, dispuesta a llorar por largo rato mis penas. El duque se quedó departiendo con sus amigos y sus dos hijos. El sueño me alcanzó con rapidez.
No sé cuánto tiempo dormí, pero lo que sucedió después no lo olvidaré jamás. Aquel momento marcó mi existencia, me hizo sentir sucia, asqueada de mí misma. Y lo peor era que esa experiencia insistía en repetirse con una regularidad aterradora. Aunque, afortunadamente... duraba pocos minutos.
Las relaciones íntimas solo son satisfactorias para el hombre.
Al menos, eso creí por un buen tiempo.
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Han pasado cuatro meses desde aquel nefasto día y aún me siento como una extraña en esta mansión.
Nada me falta. Poseo un armario casi tan grande como mi antigua habitación en casa de mis padres, rebosante de vestidos y accesorios tan finos que, de verlos, mi madre se pondría verde de envidia.
Odeth es el nombre de mi dama de compañía. Es una joven amable, de trato dulce, cuya presencia ha sido mi único consuelo. Con el tiempo, he aprendido a confiar en ella hasta el punto de hacerla mi confidente.
-Recuerde que usted es la señora de esta casa. La gran duquesa Elizabeth -me dice en un intento de animarme tras otro de los desplantes de Lord Marcus, el menor de los dos hijos del duque-. Su esposo la estima, señora. Usted es intocable.
Puede ser verdad, pero, ¿cómo no sentirme intimidada si ese hombre es mucho mayor que yo? Él y su hermano están ofendidos por la gran diferencia de edad que tengo con el Duque. "Arribista" me dice. Afirma que yo seduje a su padre para apoderarme de su vasta fortuna a su muerte.
Desgraciadamente, la actitud de mi familia no hace más que reforzar su teoría, dejándome sin defensa. Supongo que muchos piensan lo mismo. Pero la verdad es que, si hallara una puerta por la cual escapar de esta realidad, la cruzaría sin dudarlo, sin importar a dónde me llevase.
Oré tanto al llegar aquí, implorando un milagro, que ahora me resulta imposible creer en un Dios que, si existe, o no me escucha o simplemente no le importo.
Estos días han sido tranquilos. El duque ha partido a la capital por asuntos de negocios. El calor sofocante me obliga a dormir con las ventanas abiertas, pero esta noche ni siquiera eso basta. Incapaz de conciliar el sueño, decido salir a tomar aire.
Los pasillos están desiertos. Aprovecho la soledad de la mansión para bajar las escaleras y escabullirme por la puerta trasera.
Un leve viento acaricia mis mejillas, refrescando momentáneamente mi piel ardiente. Pero no es lo único que hace, trae consigo ligeros sonidos que me inquietan y me hacen pensar en que alguien puede necesitar ayuda. Con cautela, busco el origen y descubro que hay una pareja en una situación que me es bochornosa y a la vez intrigante.
Están en medio del jardín teniendo relaciones y ella parece disfrutar el momento. Lo que a la distancia interpreté como quejidos de dolor son realmente de gozo a juzgar también por las expresiones en el rostro de la castaña. Las ropas sencillas de la mujer muestran lo humilde de su cuna, pero no creo que al distinguido Lord Marcus le interese eso, pues está más concentrado en saborear y amasar aquellos senos esponjosos que no caben en sus manos.
No me agrada ese hombre. Y, sin embargo, no puedo apartar la vista.
Algo en esta escena despierta una sensación extraña en mi interior, algo que no comprendo. ¿Seré capaz algún día de sentir placer en el contacto con un hombre? ¿O estaré condenada a la repulsión y la indiferencia por el resto de mi vida?
-Voltéate -ordena el hombre a la par que baja sus pantalones para dejar al descubierto su blancuzco trasero y hundir sin reparo su carne en ella.
-¡Ahí! ¡Ahí! -dice la fulana cuya voz se escucha cada vez más aguda.
¿Qué pensará la esposa de este hombre? ¿La tratará de la misma forma en que lo hace con esta mujer?
Me siento sucia por mirar, pero el cuerpo me traiciona y me mantiene ahí, inmóvil. Muchas preguntas más se arremolinan en mi mente, pero recobro el juicio y salgo huyendo cuando sin querer muevo una de las ramas que me estaban ocultando. Llego agitada y peor de acalorada que cuando salí.
Mi marido llegó en la mañana y muy a mi pesar requirió de mi presencia en la alcohoba, argumentando lo mucho que me había extrañado. Pese a los intentos del viejo, no me es posible sentir nada placentero en su contacto. Permanezco inerte bajo su peso, dejando que haga lo que desee. Ya no me duele ni me hace sangrar como la primera noche, y por eso me considero afortunada.
En la tarde llegó una carta desde el pueblo de Miraflores. Mi abuelo materno había fallecido. Imploré al Duque su autorización para ir a su entierro, pues el pueblo estaba a menos de un día de camino en coche. De mala gana accedió a dejarme ir sola con mi dama de compañía, pues sus obligaciones no le permitían ausentarse en este momento.
El viaje fue agotador, pero tal y como fueron las instrucciones del Duque, una vez realizado el entierro, parto de regreso a mi prisión dorada. Solo llevábamos cuatro horas de camino cuando el sonido de disparos nos sorprenden y la carreta acelera desbocada. Nos tomamos de la mano con Odeth esperando poder salir ilesas de lo que sea que esté pasando.
-Lleva una buena escolta, Duquesa. No se preocupe, todo saldrá bien.
Su mirada grita miedo, pues al igual que yo, escucha los gritos e improperios que demuestran que afuera de este coche se está llevando a cabo un enfrentamiento. Tras unos angustiosos minutos el coche por fin se detiene, al igual que los sonidos de lucha. Nos abrazamos con Odeth.
La puerta se abre y antes de poder mirar quién está ahí, escucho una voz.
-Me alegra que esté bien Duquesa. Es más placentero nuestro plan si usted está viva.
El miedo me recorre al saber lo que eso significa. Hemos sido secuestradas. Volteo a ver al hombre, el cual sin reparo se estira hasta mí y me hace bajar a la fuerza del carruaje.
-¿Qué hacemos con la otra? -pregunta un segundo hombre.
-Lo que quieran siempre y cuando no la maten. Necesito que le diga al Duque lo que pasó. Debe negociar si quiere recuperar a su preciada muñeca nueva.
Me retuerzo con desesperación y grito tratando de llegar con Odeth, pero entonces el hombre me da una bofetada tan fuerte que caigo al suelo y mi cabeza golpea contra una piedra.
-¡Maldición! -esa palabra dicha con frustración es lo último que escucho.
Dejo de sentir mi cuerpo, todo se vuelve oscuro y empiezo a sentir que floto. Es un sensación de liberación que me reconforta y deseo seguir el camino. No veo el camino, pero sé que ahí está. Entonces en medio de esa oscuridad, se que hay alguien a mi lado.
──── ∗ ⋅◈⋅ ∗ ────
Sé que cabo de tener un extraño sueño, pero no lo recuerdo.
Un dolor punzante me late en el costado de la cabeza. Me retuerzo con incomodidad antes de abrir los ojos y, al hacerlo, me invade el desconcierto.
El lugar en el que me encuentro es de apariencia antigua y miserable: paredes de piedra húmeda, un suelo de tierra compacta y un hedor rancio que me revuelve el estómago. No tengo idea de dónde estoy, pero hay algo más, algo que se siente distinto... aunque aún no sé qué es.
Intento ordenar mis pensamientos. Lo último que recuerdo es caer en una trampa y ser alcanzada por el destello dorado de uno de los hechizos de Mariana. Esa bruja codiciosa ansiaba mi grimorio. Pero si sigo viva, significa que algo no salió como ella esperaba. Y eso quiere decir que aún puedo recuperarlo.
Un portazo interrumpe mis pensamientos.
La puerta de madera se abre de golpe, dejando entrar a un hombre de unos cuarenta años. Su aspecto es deplorable: barba rala y sucia, ropas raídas, un hedor que llena la habitación. Pero su presencia me resulta irrelevante, porque hay algo mucho más... interesante que acapara mi atención.
Al bajar la vista hacia mis manos, mis ojos se ensanchan.
Son jóvenes.
Paso los dedos por mi busto: firme.
Tomo un mechón de mi cabello y descubro que es largo, suave y de un castaño claro sin rastro de canas.
Mi corazón da un vuelco. Este no es mi cuerpo.
-Me alegra que haya despertado, duquesa -ronronea el hombre mientras se acerca con una sonrisa sucia, su mirada recorriéndome de pies a cabeza-. No sería divertido si no estuviera consciente.
Arqueo una ceja, divertida.
¿Duquesa? Soy Cielo Seraphina Holloway, una de las brujas más poderosas de mi generación.
¿Y realmente cree que va a forzarme? No importa que este no sea mi cuerpo.
Pobre iluso.
Ningún hombre me ha tocado sin mi consentimiento... y hace más de cincuenta años que no me apetece uno.
El desagradable sujeto avanza con lentitud hasta quedar al pie de la cama. Sus dedos se deslizan bajo la tela de sus pantalones en un intento patético de avivar una virilidad que, conmigo, jamás podrá usar.
-Qué infortunio el tuyo, ser la esposa de un anciano. Pero no temas, esta noche conocerá a un hombre de verdad.
Se desviste torpemente, relamiéndose los labios, ignorando el desprecio que destilo.
Lo miro con aburrimiento. Lo que veo no es algo que valga la pena desde ningún punto de vista, así que solo debo levantar mi mano y concentrar un poco de mi energía en la punta de mis dedos para que el sujeto se desplome.
-¿Tanto alarde por eso? -musito, burlona, lanzando una mirada fulminante a su insignificancia expuesta. Una risa clara y cruel escapa de mis labios.
Su rostro se enrojece de ira.
-Ya verás, perra. -Se lanza hacia mí.
Su pecho está a punto de rozarme cuando lo siento: algo falla.
La energía está allí, pero no fluye.
Un vacío me atraviesa. Me desplomo sobre la cama, indefensa.
Él lo aprovecha de inmediato. Rasga la parte superior de mi vestido, dejando expuesto mi busto joven y ajeno. Cada roce, cada presión en esta piel que no es mía, la siento como propia.
Su aliento nauseabundo se posa en mi cuello. Me estremezco de asco.
Y entonces llegan los recuerdos. No míos. De ella.
De la verdadera dueña de este cuerpo: la duquesa Elizabeth.
Todo encaja. Estamos atrapadas juntas. Yo tengo el control, pero ella siente.
Y su terror bloquea mi magia.
Su mano se desliza bajo mi falda, tratando de separar mis piernas. Logro golpearlo, pero solo consigo enfurecerlo más.
-Será mejor para ti si cooperas -escupe con crueldad-. Quizás hasta lo disfrutes.
El golpe que me propina parte de mi labio.
Es difícil concentrarse. Necesito hacerla reaccionar.
"Coopera". La orden resuena en mi mente. "¿Acaso quieres que esa cosa asquerosa esté dentro de nosotras? Déjamelo a mí. Te aseguro que te gustará sentir el poder fluyendo por tu cuerpo.
Algo cambia. Lo siento. El flujo de energía vuelve a encenderse.
Sus dedos están a punto de invadirme cuando susurro:
-Jude fode sho... jude fode sho... jude fode sho...
Un instante después, el hombre se tambalea. Se lleva las manos al cuello. Jadea, gorgotea. Sus ojos desorbitados buscan aire, buscan respuestas.
Sonrío, fría.
-Y yo que pensaba ser amable -susurro, arreglándome el vestido con desdén mientras él se desploma.
Aún no es momento de hablar con la duquesa. Antes, debemos ponernos a salvo.
Con sigilo, abro la puerta. Afuera, dos hombres juegan con dados, riendo entre tragos. Sus conversaciones son tan vulgares como sus intenciones.
-Braulio se está demorando mucho, ¿crees que haya despertado? -dice uno.
-Eso espero. Tres días sin despertar es mucho tiempo, y no me agrada la idea de haberla matado -dice el segundo- aquel hombre se pondría furioso si muere antes de que él llegue a verla.
Un escalofrío me recorre. Incluso si pagaran su rescate, la duquesa jamás saldría viva de aquí. Y si lo hiciera... tal vez desearía no haberlo hecho.
No me resulta difícil escabullirme, pero debo apresurarme. Apenas me he alejado unos metros cuando un grito rasga la noche.
-¡No está! ¡Encuéntrenla!
Una voz nueva.
¿Cuatro personas para cuidar a una chica? Parece que no querían correr riesgos.
Doy un paso más... y entonces mis fuerzas me abandonan.
La oscuridad me envuelve.
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Una extraña sensación de adormecimiento me invade. Estoy despierta, pero mis sentidos están embotados, como si flotara entre el sueño y la vigilia. Imágenes desconocidas desfilan por mi mente: algunas fascinantes, otras aterradoras. No sé qué sentir ante este caos de visiones y emociones.
Pero hay algo que sí sé.
Ella está dentro de mí.
Lo percibo en cada fibra de mi ser, en cada pensamiento que no me pertenece del todo. Su presencia es innegable. Su nombre... es Cielo.
-¡Encuéntrenla!
El grito rasga la noche y me arrastra de vuelta a la realidad.
Recojo mi falda para evitar tropezar y corro, mordiendo mi llanto y conteniendo los gemidos de dolor que intentan escapar de mis labios. Mis pies descalzos se hunden en la tierra, se desgarran con piedras y raíces ocultas bajo la maleza. Apenas ha caído el sol, y aunque la oscuridad y la soledad no me intimidan, las bestias que pueden acechar entre los árboles sí lo hacen.
No sé nada de supervivencia, pero los recuerdos de Cielo han sido mi salvación.
Gracias a ella, supe qué plantas evitar y he esquivado con habilidad los lugares donde acechan alimañas venenosas.
-Por fin sé cómo comunicarnos -su voz resuena en mi mente, serena y firme-. Primero salgamos de esta... luego tú y yo hablaremos.
-Bien -respondo sin aliento-. ¿Qué debería hacer?
Me escondo tras un arbusto de hojas anchas, alejándome de los troncos que los hombres inspeccionan con antorchas.
-Dime qué hacer -insisto, angustiada por su repentino silencio.
Entonces, un torrente de emociones ajenas me sacude.
-¡No puede ser! -Cielo jadea, y siento en ella una mezcla de asombro e incredulidad-. ¡Estoy sintiendo a mi Musa! ¡Está cerca... muy cerca!
Su euforia se convierte en un impulso, una fuerza cálida que revitaliza mi cuerpo y me señala el camino.
-¡Encuéntrenla! ¡Que no escape! -brama uno de los hombres-. Buscaremos toda la noche si es necesario.
Avanzo con cautela, oculta en las sombras, deslizándome entre la vegetación sin hacer ruido.
-Puede esconderse, duquesa -vocifera otra voz-, pero no podrá salir de aquí sin ayuda. Además... estará más seguro con nosotros que con los animales salvajes.
Qué gran mentira.
Algo me llama. No sé cómo explicarlo, pero la sensación me arrastra con fuerza.
Me apoyo contra un árbol, recuperando el aliento, y entonces el movimiento de unas plantas cercanas capta mi atención.
Y lo veo.
Él.
No hay duda. Es la persona a la que Cielo llama Musa , el hombre que ha sido objeto de sus incontables fantasías.
Y, en el instante en que nuestras miradas se cruzan, lo comprendo.
Mi corazón se agita, pero no de miedo. Algo invisible, algo innegable me une a él.
Entonces lo veo con claridad.
El hilo rojo.
Fino, brillante, etéreo... conectando nuestros dedos meñiques.
El destino nos ha encontrado.
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Aquella mirada gris brilla con frialdad a la par que presiona un puñal contra el cuello del hombre. No titubea y ante una nueva señal de peligro, le rompe con agilidad el cuello sin hacer ruido.
Estoy atrapada al interior de Elizabeth y eso me desespera. Este es el hombre que anhelé con fuerza en mi juventud, pero por más que lo busqué no pude encontrarlo y ahora sé el porqué... Mi Musa, aquel ser que debía ser mi complemento aún no nacía y tampoco pertenecía a mi realidad.
Un segundo hombre se percata de su presencia y se enfrascan en una pelea cuerpo a cuerpo en el cual su cuchillo sale disparado cayendo a escasos metros de mí. El corazón de Elizabeth se siente desbocado, pero no estoy segura si es por el miedo o si está sintiendo lo mismo que yo por ese hombre.
-Pronto vendrá el otro, toma el cuchillo -le digo.
Tiembla más que antes, y su reacción me desconcierta. Antes no estaba así de asustada. Entonces lo comprendo: su atención no está fija en mi Musa, sino en el hombre que fue uno de sus captores.
Me sumerjo en su mente y hallo el motivo. Fue él. Él lastimó a Odeth. Y ella cree que también mancilló su cuerpo. No lo vio, pero en medio de su inconsciencia escuchó cosas, sintió cosas... Y ahora, su sangre hierve. Como la mía.
No sé de victimización, pero sí de venganza y poder. Algún día aprenderé a tomar el control total de su cuerpo. Por ahora, debo hacer que esta inocente encuentre el valor de tomar las riendas de su vida, que no sea solo un sujeto pasivo mientras otros escriben su historia.
-Queda otro hombre, y no tardará en llegar. ¿Quieres volver a ese sucio lugar? Lo que sea que te hagan ahora, estando despierta, lo sentirás de verdad. Una y otra vez.
No busco calmarla ni reconfortarla. Solo la empujo al borde del abismo. Y cuando uno llega ahí, solo hay dos opciones: o te derrumbas, o deja de temer y peleas con todo lo que tienes. Para mi fortuna, la duquesa elige lo segundo.
Toma la daga con manos temblorosas y, sin vacilar, se acerca a los hombres que siguen forcejeando. La lucha es tan feroz que no notan su presencia hasta que es demasiado tarde.
El cuchillo brilla a la luz incierta. Se hunde una vez. Y otra. Y otra.
La joven sigue apuñalando sin detenerse, hasta que una detonación rasga el aire. Algo más ha sucedido.
Mi Musa sigue en el suelo, con el peso muerto del hombre sobre su brazo, mientras en la otra mano sostiene el arma con la que ha derribado al último de nuestros perseguidores.
La daga cae. Solo queda el sonido entrecortado de la respiración de Elizabeth. Retrocede, cubriendo el rostro con las manos. Se cree un monstruo. No veo nada, no me deja ver nada, pero entonces siento el peso de la tela sobre los hombros.
-Encenderé una fogata y me encargaré de estos hombres -su voz es baja, firme-. Por favor, cálmese, duquesa. Lo peor ha pasado. Le garantizo que ahora todo estará bien.
Ella lo mira, y lo que siente es... gratitud. Y por primera vez en su vida, admiración.
De alguna forma, eso me resulta triste. No solo agradece que la haya salvado. Lo admira porque, pese a que su vestido está roto y su pecho queda expuesto, la mirada de mi Musa no la ha acariciado con intenciones indebidas. Sobre sus hombros descansa una camisa limpia.
Su rostro arde cuando toma plena conciencia del estado de su ropa.
-No tengo prendas de mujer conmigo -afirma él mientras aviva el fuego-. Tendrá que vestirse de hombre hasta llegar al próximo pueblo. Prometo conseguirle ropa apropiada y garantizarle su regreso a casa.
La chica no dice nada. Se abraza a sí misma, aspirando el aroma varonil impregnado en la prenda. Observa las llamas, tratando de dejar su mente en blanco, pero no lo consigue.
-Pregúntale su nombre y de dónde es -le ordeno-. Quiero saber algo de él. Él no es importante para ti... pero sí para mí.
-Sé que es importante para ti. Lo siento -su voz es apenas un susurro-. Si supiera cómo cambiar de lugar contigo de nuevo... lo haría.
- ¿Decía algo? No la escuché -dice mi Musa mientras rebusca algo dentro de una bolsa.
Por supuesto, él no tiene manera de saber que en este cuerpo coexisten dos mentes, ni que su existencia es vital para una de ellas.
De pronto, se detiene. Sus ojos se fijan en nosotras y se acerca con firmeza.
-Perdón mi falta de modales. Soy el Capitán Luis Jaime Enríquez, y le doy mi palabra de honor: haré que llegue sana y salva de regreso a su hogar.
La luz del fuego proyecta sombras caprichosas, acentuando su silueta y dándole a su expresión un aire solemne. Sus facciones varoniles y la fuerza de esa mirada gris se aprecian mejor en persona que en cualquiera de las imágenes que mis sueños me han mostrado. Quiero delinear esa mandíbula y pasar mis manos por aquel cabello oscuro que contrasta tan maravillosamente con esa piel clara.
-¿Hay alguna forma de que no diga que me encontró?
Las palabras de la chica me sorprenden incluso a mí.
El ceño de mi Musa se frunce, e incluso así creo que se ve muy bien.
-¿Por qué querría usted que hiciera eso?
Sonríe con tristeza antes de contestar.
-¿Qué cree que será de mí una vez que vuelva al ducado? Usted al igual que yo señor Jaime, sabe que la gente es implacable y tendrán teorías de todo lo que viví e infortunadamente algunas serán verdad.
Los labios de mi Musa se abren para decir algo, pero entonces Elizabeth continúa hablando.
-Y sobre todo, ¿cuál supone que será la nueva actitud del Duque para conmigo al saber que alguien más ha puesto sus manos en mí?