Matías era un chico de clase humilde, su error fue enamorarse de manera obsesiva de Ignacia, una muñeca bonita pero muy fea y desagradable en su interior. En su arrogancia, presumía más de lo que tenía porque su belleza exterior, aunada a los halagos de su madre, la habían convertido en una persona egocéntrica que solo se fijaba en ella y en nadie más.
Estaba enamorada de Sebastián, un ser vil que solo utilizaba a los demás para beneficio propio. Ignacia, como la ingenua que era, creía que no había nadie mejor para ella que él, debido a su posición social encumbrada, mientras que la del pobre diablo, que le profesaba amor incondicional, era pobre y trabajaba en un Delivery.
Matías, entusiasmado y lleno de ilusiones, llevó a un parque a la dueña de sus pensamientos y le declaró su amor. Esta fue la primera ofensa que él obtuvo de parte de ella; la muchacha no tuvo reparos en llamarlo mendigo y pordiosero. Lo humilló delante de todos los presentes que miraban la escena con pena al ver la cara del joven al que se le apagaba la mirada.
Para Ignacia, llamarlo de esa forma no estaba mal porque le habían enseñado a separar las clases sociales, y eso la había convertido en una persona vacía y negra en su interior. Pero para su enamorado, la mejor manera de conquistarla y cambiar su manera de ser, era siendo dulce y llevándole flores al colegio donde ella asistía.
Como estaba en el último curso, Ignacia, se sentía poderosa y por esa razón empezó a rebajar delante de sus amigas al pobre chico. Cuando sus palabras salieron de su boca, todos comenzaron a reír, en especial al pisotear con asco las flores que le regaló diciéndole: «Mira lo que hago con tu regalo barato».
Las amigas de la joven, que eran más maliciosas, le propusieron acostarse con el crío para luego darle el tiro de gracia. Para ella, que no era virgen, no le supuso ningún problema porque el chico era muy apuesto y le producía cierto morbo. Aceptó llevarlo a la cama para que gozara y viera las estrellas junto a ella, pero al acabar, debía burlarse dándole la estocada final, hundiéndolo en lo más profundo.
Se disculpó con Matías, diciéndole que lo mal que lo trato cuando fue al colegio por miedo a perder la amistad de sus amigas, pero que la realidad era que le gustaba y deseaba que se acostaran. Él obnubilado y con el corazón a mil por la confesión de la chica, aceptó. Se gastó todo su sueldo para llevarla al mejor motel luego de invitarla a cenar.
Nunca se imaginó que ese día su destino se marcaría debido a las palabras crueles de la mujer que amaba con locura. Después de pasar la mejor noche de su vida, ella se vistió, lo miró a los ojos y le dijo con una gran repulsión reflejada en su mirada...:
-¡Mírame bien! Esta ha sido la primera y última vez que estarás con alguien como yo. Eres muy poca cosa, un naco que no tiene ni vale nada. ¡¡Jamás, óyelo bien para que se te grabe en esa tonta cabeza sin cerebro que tienes, jamás estaré con alguien como tú!! -chilló rompiendo las ilusiones del chico al que se le llenaron los ojos de lágrimas.
El muchacho bueno y de gran corazón, se frustró, sintiendo que su alma se resquebrajaba; por eso, manejado por la ira que le provocaba, recordar esas palabras tan hirientes que le espetó su amada... Quiso empezar a tener dinero, mucho, para luego restregárselo en la cara a esa mujer que lo había matado en vida.
Desapareció y se metió en negocios peligrosos. Comenzó a transportar drogas en México para pasarlas por la frontera Americana, todo lo hizo para ser adinerado y poder tener a su capricho, como él la nombró en el momento que ella lo dejó desnudo y hecho añicos en esa habitación de hotel.
«Capricho mío, serás para mí, cuésteme lo que me cueste, y pagarás muy caro todo el daño y humillaciones que me ocasionaste», se decía mientras viajaba de un lugar a otro con grandes cargamentos de mercancía.
Lamentablemente, sus malas decisiones y acciones, tuvieron consecuencias nefastas para el hombre que había dejado toda dulzura para convertir su espíritu alegre en uno de pura frialdad. Su aura dejó de brillar y solo quedó en él una oscuridad aterradora. Por eso, cuando debido a un fallo técnico fue capturado con un gran cargamento, no se desesperó.
Luego del veredicto del juez, su vida cambió. Tras las rejas dejó salir todo el odio y el rencor que llenaba su alma; poco a poco, junto a sus informantes y aliados, comenzó a crear su imperio, un mundo donde al salir lo mostraría como un gran hacendado. Sus confidentes le daban señas de todos los movimientos de Ignacia, sabía que se había casado y formado una linda vida, esa con la que soñó para ellos.
Pero lo que no sabía ella es que él le quitaría todo, la quería ver en la ruina y suplicando piedad, por eso, cuando su padre intentaba levantar un negocio, él movía sus hilos haciéndolo fracasar. Gracias a su mano derecha, obtuvo unas tierras prominentes cerca de la hacienda «La Niña».
Esta propiedad era del esposo de Irina, la hermana del medio de Ignacia. Sus hombres le habían contado que la madre de esta la había vendido al hacendado sin que ella lo supiera, todo para intentar mantener un estatus que habían perdido gracias a su mano negra que no permitía salir adelante a la familia de su tan adorado y odiado amor.
Al salir de la cárcel se mantuvo en las sombras, observaba lo que ocurría en el hogar de Miguel, que día a día se hundía más. Observar cómo se desmoronaba el matrimonio de la culpable de sus sufrimientos, lo llenaba de alegría. Sabía que pronto la destrozaría, obtendría su venganza y la vería llorando lágrimas de sangre, porque una mujer tan altanera y egoísta como ella no se rebajaría a trabajar de sirvienta.
Mientras cavilaba en todo el dolor que le ocasionaría a la principal culpable de todo, conoció la historia de Irina y Orlando. Al saber que Miguel era un hombre vil con las mujeres, comenzó a urdir un plan para destruirlo, adelantando su venganza y orillando a su antiguo amor a vivir mendigando en las calles. Deseaba verla humillada para poder gritarle a la cara, que tanta altanería no le sirvió de nada porque no era más que una sucia sirvienta, una naca.
Y pensando en todo lo que le haría vivir, dejó pasar los días, porque sabía que su futura suegra, no perdería la oportunidad de vender a una de sus hijas; es más, ya lo estaba haciendo. Lo que la ingenua mujer no sabía, es que él no aceptaría a la menor, sino a la mayor. Tenía muy claro sus objetivos, se casaba con Ignacia, o dejaba de llamarse Matías.
«La cuenta regresiva ha comenzado, conocerás el infierno en vida, tic tac, capricho mío, tic tac».
Matías.
He creado fama, dinero, incluso me he convertido en alguien temido con un solo propósito, sin dejar de tener en la mira a mi objetivo y aunque hubiera querido actuar antes, las circunstancias del destino me lo imposibilitaron.
Sin embargo; con los años he aprendido a ser un hombre paciente. Antes carecía de paciencia, pero decidí que jamás volvería a ser tan patético como el muchacho que fui una vez; ese iluso murió tras las rejas de esa cárcel, en el momento que tuvo que manchar sus manos de sangre, y todo gracias a esa condenada mujer que fue en parte la causante de mi tiempo en ese nefasto lugar. Ahora quiero disfrutar mi venganza, como un plato frío, que se saborea sin prisa.
Me regocija la idea de creer que ella sabe de mí, como he querido que todos sepan que soy: un hombre vanidoso, audaz, egocéntrico, jugador y mujeriego, pero sobre todo muy peligroso.
Tal vez estoy loco porque nadie quisiera tener tan mala fama y menos que el mundo suponga que tiene tantas cualidades que no son para nada positivas, pero curiosamente esto es lo que soy y lo que quiero ser.
«Pronto capricho mío; muy pronto te haré la vida un delicioso infierno» sentencié con ganas de tenerla de frente para ver cómo se convierte en una gelatina temblorosa, la canija, víbora ponzoñosa que donde pica mata. Me secó el corazón y durante años no he hecho más que pensarla, sin tener espacio para otra en mi mente, por más que lo he intentado.
Me acerqué el vaso a la boca y sentí cómo los cubitos de hielo se deslizaban hacia abajo hasta tocarme los labios. Como porciones de invierno, me refrescaron la boca justo antes de que el ardor del whisky escocés me golpeara la garganta y me abrazara desde dentro.
Moría por sentir ese ardor, ya que es lo único que me recuerda que sigo vivo.
Tobías debía haberse reunido conmigo casi quince minutos antes, pero ese cabrón no había aparecido. Probablemente, alguna preciosidad le había llamado la atención mientras venía de camino y, como siempre, se había desviado.
No podía culparle, pues, aunque no me enamore de nadie, porque tampoco me apetece, el que se enamora embrutece, pero debo reconocer que los cuerpos calientes son la mayor distracción de un hombre, tanto te chafan como te deleitan la vida.
Moviendo el vaso, para escuchar el sonido del hielo contra el cristal, miré el anillo negro que llevo en la mano derecha. Y sonreí pensando en cómo luché para llevar hoy en día una joya tan única que no me quitaba ni para respirar al igual que mi reloj. Para todos los demás, era simplemente un anillo. No tenía ni significado ni voz.
Pero en mi mundo, su significado estaba muy claro.
Siempre que salía al mundo normal, me preguntaba si alguien me reconocía por lo que realmente era: un matón oscuro y retorcido.
No sé equivocan, puesto que el bache en el que estoy metido me hace serlo cada día más; sin embargo, no me arrepiento de esto que soy, porque a este Matías nadie puede lastimarlo y se siente bien poder tener un corazón de piedra.
No todos quieren tener esta vida incluyendo a mi familia, pero me conformo con saber que muchos pagarían por estar a mi lado, incluso aquellos que al principio renegaron de mí, justo como mi hermano y las mujeres que no esperaba que quisieran mezclarse, son las que más ansían poder pertenecer a este mundo. Claro, todo es por beneficio a si son todas, el dinero las maneja.
No obstante, con ella clavada entre ceja y ceja no ofrezco más que placer y aunque muchas aceptaban, con el tiempo cambiaban de opinión, volviéndose fastidiosa a querer más que mi dinero o un lugar fijo en mi cama.
La puerta de mi despacho fue abierta acompañada por un olor a perfume de mujer, exagerado. Sentí el frío del aire acondicionado en la nuca, acariciando los mechones de mi pelo casi invisibles que sobresalen por el cuello de la camisa que llevo puesta, del mismo color del traje y la corbata negra "mis favoritos"
Por cualquier motivo, y por ninguno en especial, dirigí mi atención a la puerta abierta y por ella entraron dos mujeres, una rubia y una morena. Ambas de pequeña estatura y atractivas, cada una a su manera, giraron varias cabezas al entrar.
Mi mirada se clavó en la morena, no fuese que tuviera debilidad por las morenas, sino que evitaba a las mujeres rubias en mi cama para no recordarla; de modo que siempre había sido así y así seguiría siendo.
Llevaba una falda de tubo negra que se ceñía a sus femeninas caderas. Las curvas que hacían que se me secara la garganta me llamaban la atención, y fantaseé de inmediato con agarrarle los muslos y subir las manos lentamente por su falda, arrastrando la tela hasta dejarle las bragas expuestas a mi merced... o a mi crueldad.
Hacía falta mucho para impresionarme en lo relativo a las mujeres, y no porque fuera quisquilloso o superficial, sino porque recibía suficiente satisfacción cada día y cada noche para aplacar mi deseo. Mis fantasías no la podían cumplir ninguna que no sea la dueña de ellas, por lo tanto, no me interesaba buscar mujeres con el fin de cumplirlas, sino para sosegar la necesidad de correr hacia mi capricho y desbordar todo esto que he acumulado, pero, no me permito dejarme dominar por mi instinto, puesto que mi capricho debe sufrir antes de empezar a ser mía por cada segundo de su vida.
Volví mi atención a la morena escaneando su cuerpo, como quien revisa lo que se va a comer: tiene una cintura de avispa perfecta para guiarla de arriba abajo sobre mi miembro, con mis manos posadas en sus caderas. Sus pechos respingones están apretados con firmeza contra su blusa rosa, y tiene un cuello esbelto con un pronunciado hueco en la garganta, perfecto para que mi lengua lo pueda explorar.
Mi mirada siguió el recorrido a sus pies, donde noté que llevaba unos tacones de trece centímetros y los movía como si fueran sandalias, y por debajo del corte de la falda se ven unas piernas finas y tonificadas.
-¿Las has revisado? - le pregunté a Tobías señalando los tacones de la chica y él soltó un bufido a medida que movía la cabeza de arriba a abajo. - No quiero sorpresas a última hora - le guiño un ojo- no querrías despertar a mi fiera interna, - él sonrió, pero sabiendo bien qué significado tiene mi amenaza.
Soy demasiado desconfiado y aunque las mujeres me regalen placer, sé que es el mejor conducto para la traición y yo no volveré a prisión como que me llamo Matías Quintana.
-Te la he traído justo como te gustan, deja de quejarte tanto, ¿cuándo te he fallado? Además, si estas muñecas se pasan de inteligentes, saben que no podrán sumar nunca en sus vidas ¿Cierto, morras? -, él le dio una sonora palmada en el trasero a la rubia, quien saltó de manera chistosa, por lo nerviosa que se ha puesto.
Tobías me conoce a la perfección sabiendo que con cada mujer con la que me acuesto suelen tener unos rasgos específicos que la hacen sensuales.
A veces las traía con un par de gemelas o con unos traseros bonitos. En ocasiones con cinturas estilizadas que podía rodear dos veces con mis brazos. A veces tenían piernas como las suyas, el tipo de piernas que imaginaba rodeándome la cintura.
- ¿En esto invertiste mi preciado tiempo? - señalé a las mujeres reclamándole a Tobías sin apartar la vista de las mujeres como un halcón a su presa y ella sabiendo que me atrae se mordió el labio descaradamente.
-Don John, he traído carne fresca, ¿eso no cuenta? - le dio la vuelta a la morena.
-No más, no te pego un pepazo porque eres mi perro fiel, cabrón-, él se echó a reír y yo junto a él.
-¡Venga para acá muñeca! - Ella sin poner objeción se acercó hasta sentarse sobre mis piernas y empezó a acariciarme con sus dedos la nuca, mientras me daba besos, en cambio, yo me dediqué a seguir tomando, sin parar de manosear su cuerpo a mi antojo.
-¿Cómo te llamas? - la miré con ojos entrecerrados y le respondí.
-No necesitas saberlo, confórmate con decirme don John-, a ella no le simpatizó mi tono o tal vez la respuesta.
-Ahora empieza a desnudarte y tócate para mí... deléitame. - La sostuve de las caderas indicando que se sentara sobre el escritorio y ella me miró como si no le pareciera mi petición.
-Te avientas o te rajas, una de dos, porque las dos no pueden ser mamita, ¡andas lenta! - Esta era mi manera de mostrarle que es libre de largarse si le apetece.
Tobías se echó a reír y su acompañante por igual. - Vamos Naomi, deja el pudor, que muchas quisiéramos tener el honor de servirle a don John, lástima que no le van las rubias- le indicó la amiga, y cuando estaba dispuesta tocaron la puerta.
-Patrón, la mendiga del mercado, pide de nuevo verlo, por más que le hemos negado, dice que no sé irá hasta hablar con usted-me informa India, la señora que trabaja para mí en esta hacienda.
-Deja que entre, para no volverla purina para perros- dije fastidiado, esa mujer es una verdadera espina de esas que se clavan y hasta que no crean infección no salen, así que, para ahorrarme, el tener que desaparecerla mejor la atiendo.
Narrador.
Patricia, la madre de Ignacia: mejor conocida por ellos como la mendiga del mercado, entró a esa casa mirando cada lujo con la boca abierta, dejando ver su ambición desmedida, por el brillo de sus ojos, todos los empleados que la vieron negaron al ver cómo se deslumbraba.
«Qué ambiciosa» pensaron todos.
India, que es una señora mayor que lleva trabajando en esa hacienda y es la única que conoce bien a Matías, no le agradó la presencia de esa mujer, pero no dijo nada como buena empleada, la llevó hasta las puertas dobles del despacho de su patrón y le indicó con la mano que podía entrar, y antes de irse negó con la cabeza.
-¡Vaya!, mira nada más lo que tenemos aquí, a la ex altanera señora cruz, veo que la vida te ha dado madrazos, ¡qué chingona es la vida! - la saludó él con voz llena de burla, y aunque quería restregarle a la cara muchas cosas, solo se dedicó a reír quedamente, mientras que ella adjudicaba a esa burla que hace apenas meses ella había hecho un pacto con el aun viéndose como señora de alta sociedad a pesar de no tener dinero ni para un caramelo. Ya para esa época su infortunio había empezado todo gracias a su hija Irina.
-Don John, no deberías burlarte qué de estas aguas bebemos todos-, sus labios se convirtieron en una línea recta y él la miró con sus espesas pestañas negras, reflejando el odio en su mirada con ganas de gritarle tantas cosas.
-Si, pero a las viejas presumidas les tocan a cántaros y no a jarros-, le guiño un ojo simulando dispararle con su dedo donde espejea el reloj de oro puro y el anillo que con tanto recelo protege, y ella dejó de pensar en las irónicas palabras, sino que quedó embelesada en las brillosas manos de Matías, no solo porque están tatuadas sino por los anillos que carga y cuando intentó tomar asiento él creó un chasquido.
-De pies te ves más bonita, mis sillas cuestan alta lana, para que la llenes de mugre-, con esa le devolvió con su misma moneda y sin cambio de regreso.
Él suspiró fascinado con la sensación que le causó, poder haber dicho eso, justo como lo ha soñado varias veces y ella que no lo reconoce, -ni siquiera lo recuerda-, lo que hizo fue mirar su ropa rota y sucia que ya no le cabía más inmundicia.
-Dices lo que quieres o te vas yendo, hueles espantoso-, pidió tapando su nariz con ambos dedos y arrugando el rostro cuando el hedor llegó a él.
-Necesito plata-, él se echó a reír.
-¿Y qué dijo esta?, le sobra dinero y lo anda regando como agua al jardín, ¡no señora!
-Me ofreciste dinero para casarte con mi Mariana, ella está en la ciudad, pero puedo hacer que venga. - Patricia, que no aguanta más vivir en la calle, se mostró desesperada y hablaba moviendo su mano como manera de explicar su agitada necesidad.
-Ya no me eres útil. Tus hijas. -Matías hizo silencio y volvió a soltar las carcajadas antes de seguir: - te recuerdo, no son tuyas, porque te la has robado, tengo todos los detalles de cómo hacías que el puerco de tu esposo se acostara con las sirvientas, y luego que las mujeres torpes salían embarazadas las amenazabas y de paso el día que daban a luz a sus hijas se las quitaban. ¡Arderás en el infierno mendiga!
-Legalmente, siguen siendo mis hijas, las tres son muy sentimentales, para que no fuera a prisión no cambiaron sus apellidos maternos, y eso muestra que me quieren, tengo la manera de obligarlas a venir a mí, si me das el dinero te la entrego- propuso sin pensarlo, total ella no las quiere, solo fueron sus monedas de cambio y así las piensa seguir utilizando mientras aparezcan las oportunidades.
-Nunca pedí casarme con Mariana-, ella abrió por demás los ojos mostrando una mirada desorbitada.
-Pero las demás están casadas, o bueno estaban porque Ignacia debe estar quien sabe dónde, ¡mujeres patéticas!, el mono, aunque lo vistan con seda..., - la mujer suspiró profundo y Matías quería rajarse en carcajadas. Le causó gracia ver que esa mujer, sin importar que la miseria se la lleva por pedazos, aún seguía con ganas de criticar.
-Quiero a Ignacia, - ella quedó pasmada, estaba pidiendo a la más arruinada de sus hijas, - te daré el dinero, pero por Ignacia, ¿tienes manera de obligarla a que sea mi esposa?
-Con mis manos no, pero puedo darte las indicaciones de cómo lograrlo, siempre y cuando me des el dinero. - Matías agarró su arma chapada en oro con su nombre grabado y la sacó de un cajón de su escritorio, poniéndola sobre la superficie plana y mirando fijo a Patricia, quien se tensó a la vez que creaba un sonido con la boca.
-Bam..., - ella se sobresaltó y su rostro perdió todo color.
-Pero somos adultos- agregó nerviosa.
-Lo mismo digo y yo uno demasiado inteligente para que lo quieras catalogar de estúpido, pides dinero para darme intrusiones-, ella tragó grueso, no pensó que su osadía lo enfureciera.
-Sé que funcionará, te lo juro, sé cómo piensa Ignacia, en dos días haré que sea tu esposa-, explicaba con voz titubeante.
-Primero me das resultados y luego te pago. - Ella no respondió nada y Matías le gritó con tono macabro: - ¡lárgate!
-Espera..., - musitó ella con rodillas temblorosas- sí, acepto.
-Es que no te queda de otra cabrona, vieja, mal parida.
Ignacia.
Me veía a mí misma en una habitación hermosa, respiré y sonreí mirando a mi esposo.
-Puedo venir a verte, o solo me aceptas hoy porque te apetece estar conmigo- pregunté nerviosa entrelazando los dedos.
―Sabes que siempre eres bienvenida aquí.
―Entonces, ¿eso es un sí?
―Un sí enorme. ― Cuando Sebastián hablaba conmigo, siempre tenía muy poco que decir e iba directo al grano. Parecía dar órdenes con más frecuencia de la que participaba en una conversación fluida―. Así que ven para acá.
Paré en la tienda y compré algunas cosas antes de llamar a su puerta.
Para mi deleite, solo llevaba puesto unos pantalones deportivos, y su pecho esculpido tenía un aspecto mucho más apetitoso que la comida que acababa de comprar. Me miró de arriba abajo con idéntico deseo y los ojos negros como el carbón.
Es mi Sebastián, mi esposo, pero a la vez parece otro, pues, aunque veía su rostro, su cuerpo es distinto y su mirada por igual. Pero no importa nada, solo es Sebastián y me conformo con estar a su lado.
―Capricho mío-, algo en mí vibró, su manera tan peculiar de llamarme me hizo sentir tan feliz como hacía tiempo no lo era.
«Que ha cambiado»
Sus brazos fuertes, con las venas marcadas, se enroscó alrededor de mi cintura y tiró de mí hacia dentro.
Dejé caer la bolsa en el suelo de madera y le rodeé la estrecha cintura con los brazos. Su piel estaba caliente y me brindaba esa calidez en comparación con el frío del exterior. Mis uñas se clavaron en él automáticamente, al igual que hacían cuando hacíamos el amor. Mis garras se hundieron en él porque no quería dejarlo marchar jamás.
Me besó en el cuello y pasó los labios por mi mandíbula hasta besarme la barbilla. Lentamente, llegó hasta mis labios antes de darme un beso ardiente en la boca. Respiró sobre mí mientras sus brazos me estrechaban como una serpiente asfixiando a su presa. Me devoró como si hubiera estado pensando en mí todo el día, esperando el momento en que volviéramos a estar juntos.
―Te he echado de menos, rubia hermosa.
―Yo siempre te echo de menos, esposo.
Siempre que me besaba, yo perdía la voluntad. Me convertía en una mujer débil y mis rodillas eran incapaces de sostener mi cuerpo. Me hacía cosas increíbles, consiguiendo que olvidara toda lógica y toda concentración. Una parte de mí adoraba el efecto que tenía sobre mí, pero otra parte lo odiaba. Mi corazón estaba perdiendo la batalla del poder y, poco a poco, me iba rindiendo a aquel hombre que siempre ha sido el amor de mi vida. No me importaba ignorar la manera en la que me apartó de su lado cuando me pidió salir de casa, pero daría cualquier cosa por volver a vivir junto a Sebastián.
―Estupendo. - apretó sus labios contra la oreja―. Eso debe de querer decir que estoy haciendo algo bien.
Le rodeé el cuello con los brazos y apreté la cara contra su pecho, sintiéndome completamente segura junto a aquel hombre tan fuerte. Tenía la columna orgullosamente erguida. Yo nunca bajaba las defensas, pero se me estaban desmoronando poco a poco. Y lo peor era que yo quería que se derrumbaran. Confiaba en aquel hombre tanto como en mi propio padre. El mundo no parecía tan frío e implacable con Sebastián de regreso en mi vida.
Apoyó el mentón en mi cabeza mientras me abrazaba junto a la puerta; su pecho, que ahora es duro, se ensanchaba con cada respiración.
«Y si estoy soñando, no, esto no puede ser un sueño, Sebastián me ama igual que yo a él»
― ¿Va todo bien, cariño?
―Todo va genial. Es solo que me gusta que me abraces así. Me posó los labios en la frente y depositó un suave beso contra mi piel. ―Entonces te abrazaré así para siempre.
-Mamá... despierta, deja de hacer esos sonidos mientras duermes, me asustas-, con el llamado de mi hija, despierto y como un río de agua helada toma su caudal, siento un surco en el pecho que apaga la felicidad que viví dentro de ese sueño con Sebastián, aceptando que está sigue siendo mi deprimente realidad.
«Deja de soñar, es mejor evitar el dolor» me advierte mi subconsciente.