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EL RECLAMO DEL ALFA DESTERRADO

EL RECLAMO DEL ALFA DESTERRADO

Autor: S. Mejia
Género: Aventura
Una omega olvidada. Un Alfa despiadado. Un lazo que ninguno de los dos puede romper. Lyra Vance ha pasado toda su vida siendo invisible en la manada Luna de Sangre. Marcada por una extraña anomalía -su loba interna es incapaz de aullar-, es considerada el eslabón débil de su estirpe. Cuando la tensión entre manadas llega a su punto crítico, su propio líder la entrega como un sangriento tributo de paz a la manada Garras de Ébano, enviándola directamente a los dominios de Kaelen "Vane" Vane. Kaelen es un guerrero temido, un Alfa paria cubierto de cicatrices y runas que recuperó el trono a base de pura brutalidad. No cree en la piedad, odia la debilidad y no tiene interés en albergar a una omega inútil en su fortaleza de piedra. Sin embargo, el momento en que Kaelen aprisiona la barbilla de Lyra para evaluar a su "trofeo", el contacto piel con piel desata una descarga eléctrica devastadora: el destino los ha marcado como almas gemelas. Furioso con los Dioses por atarlo a una hembra tan frágil, Kaelen intenta rechazar el vínculo e impone una sola regla: mantener las distancias. Pero el aroma a flor de espino y miel silvestre de Lyra es un veneno adictivo para la bestia del Alfa. Entre los fríos pasillos de la fortaleza, la hostilidad inicial comienza a transformarse en una tensión sexual insoportable. Cada rozamiento accidental enciende un fuego peligroso, y cuando el primer celo de Lyra se aproxima, el dominante e implacable Kaelen tendrá que decidir si lucha contra la atracción salvaje que lo consume... o cede a la tentación de reclamar a su mate y hacerla suya para siempre.
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Capítulo 1 La Entrega Sangrienta

El frío del metal se me colaba en los huesos, recordándome a cada segundo que ya no era una persona; era una moneda de cambio.

Mis manos, atadas por pesadas esposas de plata que inhibían cualquier rastro de fuerza lobuna, reposaban sobre mis rodillas. El traqueteo del viejo camión militar hacía que los eslabones tintinearan, un sonido monótono que competía con el violento latido de mi corazón. Fuera, la noche se tragaba el espeso bosque de pinos, y la niebla se arrastraba entre los árboles como fantasmas que venían a presenciar mi ejecución.

-No nos mires así, Lyra -gruñó Caleb, el Beta de mi manada natal, Luna de Sangre, sin apartar los ojos del camino-. Deberías estar agradecida. Una omega defectuosa como tú, que ni siquiera puede alzar la voz para aullar a la luna, por fin sirve para algo. Vas a salvar a tu gente.

Apreté los dientes, tragándome la amargura. Mi gente. Aquellos que me habían repudiado desde el día en que maduré y mi loba permaneció en un silencio sepulcral, incapaz de emitir el canto de nuestra especie. Para ellos, yo era basura. Una boca más que alimentar. Y ahora, el tributo perfecto para saciar la sed de sangre del monstruo más temido de la región.

El camión frenó de golpe, haciéndome avanzar hacia delante. Las cadenas crujieron.

-Llegamos -anunció Caleb con un hilo de voz que delataba su propio miedo.

La puerta trasera del camión se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de viento helado que olía a tierra mojada, pino y... algo más. Un olor espeso, dominante, que erizó cada vello de mi cuerpo. El aroma del peligro puro.

Caleb me tomó del brazo sin ninguna delicadeza y me empujó hacia el suelo cubierto de hojarasca. Caí de rodillas, el dolor punzó en mis piernas, pero no emití ningún sonido. Me obligué a levantar la vista.

Estábamos en el claro que marcaba el límite fronterizo. Frente a nosotros, recortadas contra la penumbra, aguardaban media docena de siluetas imponentes. Lobos de la manada Garras de Ébano. Pero no necesité mirar a los lados para saber quién estaba al mando.

En el centro del grupo, un hombre colosal daba un paso al frente. Su mera presencia parecía curvar el aire a su alrededor. Era alto, de hombros increíblemente anchos, vestido con pesadas ropas oscuras que apenas contenían la musculatura de un guerrero que vivía para la batalla. Su rostro era una obra de arte brutal: facciones duras, una mandíbula ruda y apretada, y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, otorgándole un aire aún más despiadado. Su cabello oscuro estaba ligeramente alborotado por el viento.

Era Kaelen "Vane" Vane. El Alfa paria. El lobo que había sido desterrado y que había regresado para masacrar a sus opresores y reclamar el trono a base de pura brutalidad.

Caleb dio un paso atrás, temblando visiblemente, y carraspeó.

-Alfa Vane... -la voz del Beta flaqueó-. Aquí está lo prometido. El tributo de Luna de Sangre. Lyra Vance. Con esto, nuestra deuda de guerra queda saldada y la paz entre nuestros territorios está sellada.

Kaelen no miró a Caleb. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos, de un gris tormentoso y letal, estaban clavados en mí. Me escudriñó como un depredador evalúa a una presa herida que no merece el esfuerzo de la caza. La humillación y el terror absoluto lucharon dentro de mi pecho. El aire se volvió denso, casi imposible de respirar bajo el peso de su aura dominante.

-¿Esto es lo que me envía tu Alfa? -la voz de Kaelen emergió desde lo más profundo de su pecho, un barítono áspero, rasposo, que hizo vibrar la tierra bajo mis rodillas-. Una omega desnutrida, frágil... y rota. Puedo oler el silencio en tu sangre, muchacha. Tu loba ni siquiera tiene voz.

-Es una hembra fértil, Alfa -se apresuró a decir Caleb, ansioso por huir-. Puede servirle en la fortaleza... para lo que usted disponga.

-Lárguense -rugió Kaelen, sin apartar los ojos de mí.

Caleb no esperó a que lo repitiera. Subió al camión a toda prisa y el vehículo dio un giro violento, dejándome atrás en una nube de polvo y humo. Estaba sola. Entregada al monstruo.

Kaelen caminó hacia mí. Cada uno de sus pasos era pesado, deliberado. El pánico me gritó que retrocediera, que suplicara, pero mi orgullo herido y los años de desprecio me congelaron en el sitio. No iba a darles el placer de verme llorar.

Se detuvo justo frente a mí. Su sombra me cubrió por completo. Se inclinó lentamente, y el aroma a madera quemada, tormenta inminente y pino silvestre me golpeó con la fuerza de un huracán.

-Mírame -ordenó.

Me negué, manteniendo la vista fija en sus botas llenas de barro.

-He dicho que me mires, omega -su voz de Alfa cayó como un mazo sobre mi mente, obligándome por puro instinto de sumisión a levantar la cabeza.

Antes de que pudiera apartar la vista, la mano grande, cálida y callosa de Kaelen se cerró alrededor de mi mandíbula, aprisionando mi rostro con una firmeza implacable para obligarme a sostenerle la mirada.

Entonces, el mundo se detuvo.

En el milisegundo en que su piel tocó la mía, una descarga eléctrica devastadora, salvaje y abrasadora nos atravesó a ambos. No fue un chispazo; fue una explosión. El calor barrió mis venas como fuego líquido, quemando las cadenas invisibles de mi cuerpo. En lo más profundo de mi ser, en ese rincón oscuro donde mi loba había permanecido muda durante años, algo arañó la superficie. Un eco salvaje. Un rugido atrapado que luchaba por salir.

Frente a mí, el rostro de Kaelen se transformó por completo.

El Alfa implacable desapareció por un instante. Su agarre en mi mandíbula se tensó, pero ya no con crueldad, sino con una necesidad desesperada. Sus pupilas se dilataron al límite, devorando el gris de sus ojos hasta dejarlos casi negros, inyectados en un fulgor dorado y animal. El aire entre nosotros se saturó de mi aroma a flor de espino y miel, mezclándose con el suyo de forma violenta, perfecta.

Kaelen se paralizó, con la respiración contenida, como si el impacto le hubiera arrancado el alma del cuerpo. Sus labios se abrieron ligeramente, el pecho le subía y bajaba con violencia, y su mirada recorrió mis ojos, mi boca, mi cuello, reconociendo el lazo sagrado e inquebrantable que la Luna acababa de tejer entre nosotros.

En medio del caos que rugía en su mente y en la mía, una sola palabra, posesiva, atronadora y cargada de un deseo peligroso, reverberó en el silencio de nuestro lazo:

"Mía".

Capítulo 2 El Rechazo del Alfa

Punto de Vista: Kaelen "Vane" Vane

Imposible.

Esa fue la primera palabra que golpeó mi mente mientras el fuego del lazo sagrado abrasaba cada uno de mis nervios. La descarga eléctrica que recorrió mi columna al tocar la piel de su rostro no era una ilusión; era la marca del destino, el llamado brutal e inconfundible de la Madre Luna.

Mi bestia, que durante años solo había conocido el odio, la sangre y el ansia de dominación, se erizó en mi interior, rascando contra mis costillas con una desesperación salvaje. Nuestra. La Luna nos ha dado a nuestra mate.

Pero cuando mi mirada se clavó en los ojos temblorosos de Lyra Vance, la realidad me abofeteó con la violencia de una ventisca.

Era una criatura diminuta, quebradiza, cubierta de suciedad y con las muñecas amoratadas por la plata de sus cadenas. Y lo peor de todo: el silencio en su linaje era ensordecedor. No había un eco de poder en su aura, no había el orgullo de una hembra capaz de aullar junto a su Alfa sobre la cima de la montaña. Era una omega defectuosa, una paria a la que su propia manada había desechado como a un perro estorboso.

¿La Diosa pretendía humillarme? ¿A mí? ¿Al lobo que había sido desterrado, quemado y traicionado, y que tuvo que arrastrarse fuera del infierno a base de dientes y garras para reclamar el trono de Garras de Ébano? ¿Me ataba a una hembra que ni siquiera podía emitir la voz de su especie?

Una rabia negra y espesa ahogó el calor de la conexión.

Retiré mi mano de su rostro como si su piel me quemara con acónito. El cambio en mi actitud fue tan drástico que la vi dar un pequeño respingo de sorpresa. La tensión en el aire se cortó de golpe, dejando solo el hedor a humillación y el eco de mi propio desprecio.

-Suéltenla -ordené a mis guardias, con una voz tan helada que congeló la niebla a nuestro alrededor.

Soren, mi curandero y consejero, dio un paso al frente y cortó las cadenas de plata con un movimiento rápido de su daga. Las pesadas esposas cayeron sobre la hojarasca con un chasquido metálico. Lyra se llevó las manos al pecho, sobándose las muñecas marcadas por el metal, pero se negó a dejar caer una sola lágrima. Esa pequeña muestra de orgullo solo alimentó mi irritación.

-Súbanla al carruaje de carga -dije, dándole la espalda sin volver a mirarla-. Nos volvemos a la fortaleza.

-¿El carruaje de carga, Alfa? -intervino Soren en un susurro cauteloso, habiendo notado sin duda la alteración en mi aura-. ¿No debería ir en la carroza principal contigo?

Le dirigí a Soren una mirada asesina que lo hizo dar un paso atrás.

-Irá donde yo ordene. Y si alguno de ustedes insinúa algo sobre lo que acaba de pasar aquí, le arrancaré la lengua personalmente.

No iba a someterme al capricho de la Luna. No aceptaría a una hembra rota como la Luna de mi manada.

Punto de Vista: Lyra Vance

El viaje hasta la fortaleza de piedra fue un calvario de sacudidas y frío sepulcral. El carruaje de carga olía a cuero viejo, hierro y polvo, pero lo que realmente me oprimía el pecho no era la incomodidad física, sino el vacío abismal que Kaelen había dejado al soltarme.

Cuando sus dedos tocaron mi rostro, juro que sentí que el mundo volvía a tener sentido. Mi loba, esa presencia dormida y muda que me había hecho sentir un monstruo durante años, se había agitado dentro de mí. Había sentido su calor, su desesperación por responder al llamado de la bestia de Kaelen. Pero la mirada de asco y furia que cruzó los ojos del Alfa antes de soltarme me golpeó más fuerte que cualquier látigo.

El carruaje se detuvo finalmente en el patio interior de la fortaleza de Garras de Ébano. Era un castillo imponente, labrado en roca negra y encajado en la ladera de la montaña como una garra gigante. Todo aquí respiraba poder, disciplina y una austeridad militar temible.

Cuando bajé con torpeza, Kaelen ya estaba esperándome al pie de la gran escalinata de piedra. Se erguía como un titán, con la capa oscura ondeando tras él por el viento helado.

-Acompañen a la omega a las alas inferiores -ordenó Kaelen a una de las sirvientas que esperaba en la entrada-. Instálala en las habitaciones del personal de servicio. La tercera puerta del pasillo norte.

Un murmullo ahogado recorrió a los pocos guardias presentes. Las habitaciones de servicio eran frías, pequeñas y estaban destinadas a los trabajadores sin rango. Para cualquier tributo de paz, aquello era una degradación abierta. Para una mate... era un insulto directo.

Me obligué a mantener la barbilla en alto mientras caminaba hacia él, deteniéndome a dos pasos de distancia. Quería demostrarle que no me rompería tan fácilmente.

-¿Acaso el gran Alfa Vane tiene miedo de tener a una omega defectuosa en su mismo pasillo? -provoqué, con la voz temblando ligeramente a causa del frío.

Los ojos de Kaelen se entrecerraron, destilando un peligro mortal. En dos zancadas redujo la distancia entre nosotros, acorralándome con su inmensa sombra. Su aliento cálido me rozó la frente, trayendo consigo ese aroma abrumador a madera quemada, tormenta y pino que hacía que mi cabeza diera vueltas.

-Mide tus palabras, muchacha -siseó, con una voz tan baja y profunda que hizo retumbar las piedras bajo mis pies-. No sé qué juego cree que está jugando la Diosa Luna, pero te dejaré algo muy claro: tú no eres mi Luna. No eres mi igual. Eres un tributo de guerra que acepté para evitar derramar sangre innecesaria.

Se inclinó aún más, hasta que sus labios quedaron a milímetros de mi oreja. El aire en mi garganta se congeló.

-Esta es la primera y única regla que tendrás en esta fortaleza: mantente alejada de mis aposentos. No me busques. No me hables si no te dirijo la palabra. Y sobre todas las cosas... no vuelvas a intentarme tocar. Si cruzas esa línea, te enviaré de regreso a tu manada en una caja de madera. ¿Queda claro?

El impacto de sus palabras fue como un puñetazo en el estómago, pero me negué a bajar la cabeza.

-Perfectamente claro, Alfa -susurré con la poca dignidad que me quedaba.

Kaelen me dedicó una última mirada cargada de advertencia antes de dar media vuelta y subir las escaleras a grandes zancadas, desapareciendo en la penumbra del gran salón.

La sirvienta me guio en silencio por un laberinto de pasillos fríos y húmedos hasta llegar a los aposentos de servicio. La habitación era austera: una cama pequeña de madera, una mesa, una silla y una ventana estrecha por la que se colaba el viento de la noche.

Cuando la sirvienta cerró la puerta, dejándome a solas en la penumbra, dejé caer los hombros y me dejé llevar por el cansancio, cayendo sobre el colchón de paja.

Apreté mis manos contra mi pecho, tratando de calmar el dolor punzante en mi corazón. Sin embargo, en medio del silencio helado de la habitación, me di cuenta de algo que me erizó la piel.

En mi ropa, en mi piel y en el aire que me rodeaba, el olor de Kaelen se había quedado impregnado.

Cerré los ojos e inhalé profundamente. El aroma a pino silvestre, tierra mojada por la tormenta y madera quemada no solo llenó mis pulmones; se filtró por mis venas como un elixir ardiente. A pesar de su rechazo, a pesar de sus amenazas crueles, una calidez desconocida, líquida y desesperada comenzó a expandirse desde el centro de mi vientre hacia el resto de mi cuerpo.

Mi piel comenzó a arder suavemente, reclamando más de ese aroma. Y en lo más profundo de mi mente, en el rincón donde habitaba mi loba silenciada, sentí un leve y lejano latido de placer.

El lazo ya estaba actuando. Y aunque Kaelen me odiara, mi cuerpo ya había comenzado a responder al llamado de su Alfa.

Capítulo 3 La Cabaña del Fondo y las Reglas del Feudo

Punto de Vista: Lyra Vance

El amanecer en los dominios de Garras de Ébano no traía calidez; traía una luz grisácea y afilada que se filtraba por la estrecha ventana de mi celda de servicio. Me levanté con el cuerpo entumecido, frotándome los brazos para sacudirme el frío de la montaña. Mi ropa todavía desprendía sutilmente el aroma a tormenta y madera quemada de Kaelen, un recordatorio silencioso del fuego que había encendido en mis venas la noche anterior y que todavía se negaba a apagarse.

A mediodía, me di cuenta de que quedarme encerrada entre cuatro paredes de piedra solo avivaría mi locura. Decidí salir a explorar los límites permitidos de la fortaleza. El patio de armas estaba hirviendo de actividad: guerreros corpulentos entrenaban con espadas pesadas, y mujeres de la manada transportaban provisiones. En cuanto puse un pie sobre la grava, el ambiente cambió drásticamente.

Las conversaciones murieron. Las risas se extinguieron, sustituidas por murmullos cargados de desprecio y miradas de soslayo que me clavaban como alfileres.

-Mírala. Es la basura que envió Luna de Sangre -siseó una loba de cabello castaño mientras pasaba a mi lado con un fardo de pieles-. Ni siquiera puede defenderse. Huelo su debilidad desde aquí.

-Es una loba defectuosa -comentó un centinela apoyado en una columna, sin molestarse en bajar la voz-. Una omega que no puede aullar es un estorbo para el feudo. No sé por qué el Alfa no la ejecutó en la frontera.

Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas para contener la rabia. Había soportado el desprecio en mi hogar biológico, pero aquí, en territorio enemigo, la hostilidad era un monstruo con dientes afilados dispuestos a despedazarme al menor rastro de sumisión. Mantuve la espalda erguida y apresuré el paso hacia las cocinas o cualquier lugar apartado, buscando huir de la marea de hostilidad.

Mis pasos me llevaron hacia los límites traseros de la fortaleza, donde el bosque comunal comenzaba a tragarse las estructuras de piedra. Allí, apartada del bullicio y rodeada de un huerto de hierbas aromáticas, se erguía una pequeña cabaña de madera. El olor a manzanilla, corteza de sauce y lavanda flotaba en el aire, ofreciéndome un respiro de la densa atmósfera de odio del patio principal.

-Es un refugio pacífico, ¿verdad? -una voz suave y madura me hizo dar un respingo.

De la cabaña salió un hombre de mediana edad, de aspecto sereno pero con ojos agudos y sabios. Llevaba una túnica de lino grueso y sus manos estaban manchadas con la savia de las plantas.

-Soy Soren, el sanador de la manada -se presentó con una ligera inclinación de cabeza, desprovista de la agresividad de los demás-. Y tú debes de ser Lyra.

-La prisionera defectuosa -respondí con una sonrisa amarga, abrazándome a mí misma.

Soren se acercó lentamente. Cuando estuvo a menos de dos metros de mí, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron con sorpresa y sus fosas nasales se dilataron levemente. Clavó su mirada en mi rostro y luego miró hacia la gran torre de la fortaleza, como si uniera los puntos de un rompecabezas invisible.

-Por los Dioses... -murmuró Soren en un hilo de voz-. El lazo. Es un lazo de almas gemelas. Y no está reclamado.

Sentí un escalofrío.

-¿Cómo lo sabes? -susurré, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos escuchaba.

-Soy el sanador, Lyra. Mi trabajo es leer la energía y la salud de las almas de esta manada. Tu aura está impregnada con la esencia pura de nuestro Alfa, y la de él... anoche regresó al castillo con el pulso alterado y una furia animal que no había visto en años. Estás unida a Kaelen.

-Él me rechazó -dije, tragándome el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta-. Me instaló con el servicio y me prohibió acercarme a sus aposentos o tocarlo. Dijo que soy un tributo inútil.

Soren soltó un suspiro pesado y me hizo una seña para que me sentara en un banco de madera junto a su huerto. Se sentó frente a mí, con una expresión cargada de gravedad.

-No te lo tomes como un insulto hacia tu persona, Lyra. Tienes que entender a qué clase de hombre te enfrentas. Kaelen no siempre fue el Alfa implacable que ves hoy. Hace años, fue traicionado por su propio padre y desterrado de esta misma manada. Lo quemaron, lo marcaron como un paria y lo dejaron morir en las tierras heladas del norte.

Escuché con atención, sintiendo una extraña opresión en el pecho al imaginar el sufrimiento del Alfa.

-Kaelen sobrevivió al infierno convirtiéndose en un monstruo -continuó Soren, bajando la voz-. Mató a sus enemigos, reclamó el trono con sangre y juró que jamás volvería a ser débil. Él ve el lazo del destino no como una bendición, sino como una debilidad. Cree que la Diosa Luna está intentando controlarlo a través de ti, atándolo a una hembra que él considera frágil. Tiene miedo, Lyra. Miedo de que el amor o la necesidad de una compañera lo vuelvan vulnerable ante sus rivales. Por eso te impuso esas reglas. Quiere asfixiar el lazo antes de que el lazo lo domine a él.

Las palabras de Soren resonaron en mi mente. Kaelen no me odiaba por lo que yo era; me temía por lo que el destino significaba para su control.

-Ten cuidado -me advirtió el sanador, poniéndose de pie-. La manada está inquieta. Valerius y otros guerreros huelen tu falta de rango y te ven como una presa fácil para desafiar indirectamente al Alfa. No te expongas.

Le agradecí a Soren el consejo y comencé el camino de regreso hacia el patio interior. Pero la advertencia del sanador se materializó antes de lo esperado.

Al cruzar el pasillo que conectaba los establos con el patio principal, tres guerreros corpulentos me cerraron el paso. Reconocí a uno de ellos: era un lobo de mirada lasciva y cicatrices en los brazos que me había estado observando desde la mañana.

-Miren lo que tenemos aquí -dijo el líder, bloqueándome la salida-. La princesita muda de Luna de Sangre. ¿Qué pasa, omega? ¿Viniste a limpiar nuestros establos o a ver si algún lobo de verdad te da la atención que el Alfa te negó?

-Déjenme pasar -dije con firmeza, intentando rodearlos, pero otro de ellos me empujó del hombro, haciéndome retroceder.

-El Alfa te mandó a las habitaciones de servicio porque das asco -siseó el segundo guerrero, acercándose demasiado, invadiendo mi espacio personal-. Una loba que no puede aullar no merece respeto. Tal vez deberíamos enseñarte cuál es tu verdadero lugar en esta manada.

El miedo intentó paralizarme, pero la rabia fue más fuerte. Mi loba muda arañó mi interior, furiosa por el deshonor. Las lágrimas de frustración amenazaron con salir, y los guerreros se rieron, disfrutando de mi aparente indefensión. El grupo de lobos que estaba en el patio comenzó a amontonarse a lo lejos, murmurando y observando el espectáculo con sonrisas burlonas. Nadie iba a mover un dedo por mí.

Entonces, el aire del patio se congeló instantáneamente.

Una ola de presión espiritual, densa, sofocante y cargada de una hostilidad asesina, descendió sobre el lugar como un manto de plomo. El suelo pareció vibrar. Los tres guerreros que me acorralaban se pusieron rígidos de inmediato, el color desapareciendo de sus rostros mientras daban tres pasos hacia atrás de golpe.

Levanté la vista. En lo alto de la escalinata de piedra de la torre principal, Kaelen se erguía como un dios de la guerra furioso. No llevaba su capa; su torso estaba cubierto por un jubón de cuero negro que resaltaba sus hombros colosales. Tenía las manos apoyadas en la barandilla de piedra, y sus nudillos estaban blancos por la fuerza del agarre.

Pero lo que heló la sangre de todos los presentes fueron sus ojos. No eran grises. Eran de un dorado incandescente, animal y salvaje. La bestia del Alfa había tomado el control total.

Kaelen bajó los ojos hacia la multitud que se había congregado para humillarme. Su mirada recorrió a los tres lobos que me habían tocado y, de repente, soltó un gruñido.

No fue un sonido humano. Fue un rugido sordo, profundo y gutural que retumbó en los pechos de cada uno de los hombres y mujeres del patio, una vibración territorial que reclamaba propiedad absoluta sobre cada centímetro de este suelo... y sobre mí. El mensaje implícito de su instinto animal azotó el lazo con una fuerza destructiva: "Nadie toca lo que me pertenece".

Kaelen no dijo una sola palabra. No hizo falta. Fijó sus ojos dorados en los guerreros rebeldes y ejerció la presión de su Voz de Alfa en un silencio sepulcral.

El pánico se extendió como la pólvora. La manada, aterrorizada por la perspectiva de enfrentar la furia descontrolada de su líder, comenzó a dispersarse a toda prisa, bajando la cabeza y huyendo del patio en cuestión de segundos. Los tres agresores tropezaron entre sí mientras corrían a refugiarse en los pasillos interiores, dejándome completamente sola en medio del claro.

Kaelen mantuvo su postura en lo alto de la escalera. Sus ojos dorados se clavaron en los míos a la distancia. Su pecho subía y bajaba con violencia, luchando visiblemente contra el impulso de bajar y arrancar cabezas por el simple hecho de haberme visto en peligro. Había roto sus propias reglas; su instinto lo había traicionado frente a toda su manada.

Sostuve su mirada ardiente durante lo que pareció una eternidad, sintiendo cómo la calidez líquida de nuestro lazo volvía a encenderse en mi vientre con una fuerza renovada, salvaje y desesperada. Kaelen apretó la mandíbula, dio media vuelta abruptamente y regresó a la penumbra de su torre, dejándome con el corazón desbocado en el patio vacío.

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