Siento una gran curiosidad porque casi todas las noches, quizá por el cansancio de mi ajetreada rutina diaria y mis tantos problemas existenciales, sueños cosas extrañas, mejor dicho, escucho en mi subconsciente mientras duermo, voces misteriosas que me hablan. Precisamente anoche escuché lo siguiente; me da la impresión de que alguien que no sé de quién se trata, me quiere decir algo en una especie de acertijo romántico: "Hace poco vi la luna, nuestra más bella fortuna.
Que venturosos somos de poseer un gran y estimado tesoro invalorable, al cual todos podemos acceder, y sin excepción todos la podemos ver. Los invidentes acuden a ella y la observan aún más esplendida, inclusive observan también a las estrellas, y de ellas claman palabras en extremo bellas. ¿Cuántos poetas medievales dirigieron sus cántigas a ella, a nuestra adorable doncella, a la dama de las noches, a la eterna enamorada? Y ella no dice nada, solo se posa golosa a la eterna inspiración gloriosa que nos hace declamarle, que nos hace bendecirle y mil cosas decirle ante las damas que el romanticismo reclama.
¿Quién no ha declarado amor ante la luz hermosa de la luna? ¿Díganme cuantos poetas no han escrito mil versiones a esta dama que nuestros halagos reclama? Odas y declamaciones, palabras colmadas de pasiones nacen de ella, surgen de su luz colmada de hermosura, en su conticinio. Imagino, mi amor, tú y yo solos en la luna, como si fuese verdad, obviando la gravedad, tomados de nuestras manos y observando todo lo hermoso que ha de ser su contenido, que alborotaría nuestros sentidos. Nos sentaríamos frente a frente y, rozando nuestras frentes, surgirían las caricias, los besos espontáneos aparecieran. La sensualidad naciente llegara y definitivamente tu vestido despojara. Ya mi vestidura lejos permaneciera y las pieles bien candentes nos reclamaran más cercanía, y por ello tu carne se uniría a la mía en una entrega amorosa, la determinación más grandiosa. Esa sería mi fortuna, esa sería mi fantasía, el colmo de mi deseo. Mi amor, amarte allá en la luna"
Y estas otras especies de declaraciones que se repite insistentemente cada noche: "Admiro tu caminar, tu dulzura y tu encanto. Admiro el cabello que danza deseoso, y retoza sobre tus hombros blancos. Admiro el brillo triunfante de tus ojos preciosos. Admiro también tu boca que es embrujo soñador, y admiro, asimismo, tus labios de donde quiero que emerjan deseosas y soñadas, las bellas y también deseadas palabras, cubiertas todas de amor. Admiro tu piel tan tersa y delicada. Suave, limpia. Tan fina, tierna y perfumada. Admiro tus manos blancas, tal vez de seda, que invitan a un roce y a una caricia; a una admirable y tierna delicia que significa palpar tus dedos juguetones; tus dedos bellos de frenesí. Admiro hasta tu silencio poderoso y desafiante. Que grita y expresa un deseo añorado y por siempre esperado. Admiro tu manera de ser tan dócil, frágil y tierna. La forma de hacerme sentir, en extremo afortunado. Admiro que seas tan bella y elegante. Admiro tu cuerpo entero que es belleza insuperable. Tu adorable perfección y la deidad suprema. Admiro tu cuerpo tan bello colmado de la grandeza. Admiro por sobre todas las cosas, tu alma íntegra, tu alma entera; a la que admiraré por toda la eternidad. Admiro como nunca he admirado a tu amor y a mi amor como la única verdad perdurable."
"Que terrible desengaño ese que hoy recibí. Fue una insondable realidad la que a mí vida llegó, como llegan despiadados los aciagos momentos. Como se adosan tortuosos, como se aproximan agrestes, atroces e infames, todos estos tormentos. Sin dejar de soñar me acerqué a un camino. Me acerqué a lo que quise fuera mi destino. Sin dejar de querer me dibujé una esperanza con la nostalgia guiando ese camino, con la certeza puesta en ese destino. Y en ese camino recibí una ráfaga de desdén. Se vertió en mí, un desprecio, un desengaño. Lo sentí de tal tamaño, lo sentí de tal medida, que así destronó enseguida un amor de tantos años. Fue un temible desengaño el que se hizo presente. La decepción más grande que a mi vida llegara. No pude ya soportarlo, no pude hacer ya más nada. Solo me atreví a dejar que me aprisionara ese enorme desengaño que en mi alma se posara. Sentí su muy cruel talante de hacer sufrir. Sentí que de mi vida se apoderaba. Sentí que llegaban a mí unas malvadas; unas ruines cuitas que evadí por tantos años. Pero aun así, me destruyó el desengaño."
"Me desperté una mañana con la esperanza de sentir una mirada de seda, una mirada de encanto. Quise sentir junto a mí, una mirada grandiosa, una mirada que exprese y grite, que haga olvidar mi llanto. Son tus miradas de seda una oda a la hermosura. La apología elocuente que expresa mil sentimientos. Tus miradas brindan el consuelo que demuestra, que existe una magna dicha en la seda de tus ojos, en esos tus ojos tan lindos, colmados de la hermosura. Una mirada de seda es lo que necesito. Una mirada de seda es lo que me consuela, es todo lo que deseo, es todo lo que anhelo. Solo una mirada de seda que me regale la dicha de contemplar tu amor exquisito. Es por ello que esta mañana al mirar tus ojos descubro en ellos una mirada de seda. La tierna mirada de primavera. La mirada exquisita que regala todo a mi vista. Tu mirada de mil consuelos que me hace tan feliz. Ya puedo morir tranquilo, ya puedo morir airoso porque he visto una mirada de seda. Seré un hombre por siempre afortunado, un hombre por siempre engalanado con la mirada que enamora y que para siempre se queda.
"Mi realidad es venida desde un lejano pasado. Un pasado que cabalgué en monturas doradas. Un pasado que albergó el brillo de una primavera. El pasado que hoy añoro, en un presente sombrío, el mismo que se quedó en un sueño atrapado. Y es en ese sueño en el que me encuentro perdido. Atrapado entre sus redes, y en ese rostro que miro. Es mi sueño el que me entrega el amor y la ternura. El sueño en que la contemplo, el que me lleva a la locura, de estar perdido en un sueño, y ese sueño ya se ha ido. Ya mi vida se entristece, mi sueño se ha marchado. Se alejó llevándose mi vida por completo. El sueño me atormenta, pues con él el amor también se ha ido y me deja el alma sola, extraviada y temerosa. Ya no es un sueño perdido, hoy es un sueño atormentado. Estoy perdido en un sueño. No sé a dónde se ha marchado. Se extravió en el preludio de un tiempo eterno. Y en ese tiempo grandioso, no te miro en la distancia. Te siento lejos, no te diviso cerca de esta estancia. Me atormento y enloquezco; porque a mi sueño no has regresado. Estoy perdido en un sueño, perdido en el pasado glorioso. Estoy perdido en un sueño, en mi sueño estoy perdido. Y este sueño hoy ya me destroza la calma. Desgarra mis sentimientos y mi ternura. Infeliz porque en mi sueño ya te has ido."
Pero en realidad lo que me dejó aún más desconcertada fue esto que a continuación presentaré. Se trató, sin lugar a dudas, de un sufrimiento sentido por alguien que me gustaría saber, por supuesto, de quien se trata, aunque imagino que es alguien muy cercano a mí, o que está por llegar a mi vida. Aunque pensándolo bien, ha ocurrida varias veces que repica el teléfono y por más que pregunto quién habla, nadie contesta, pero se queda en la línea como esperando no sé qué cosa: "En el gran vacío que cubría aquella sala, se escuchó el repicar del teléfono. El ruido de inmediato invadió esa solitaria estancia, que a esa hora era testigo de un silencio extremo. Qué silencio tan pesado se sentía. Tras la bocina, el silencio se escuchaba despacio, alargado a las expresiones, combinado con un aliento escapado de una boca que, oculta, no decía nada. De inmediato, las palabras negadas se cobijaron con el sonido aturdidor que delataba la ausencia. El teléfono hizo silencio, ese silencio que expresaba la gloria. Estaba allí, la sentía. Era su respiración, ese modular sagrado que llegaba para quedarse. Lograba que en el silencio, se ocultaran mil voces, se albergaran las sonrisas, las caricias que llegaban en la oscuridad reinante. Deseaba el sonido ser escuchado, el silencio ser empapado con un superficial modo de delatar a una callada caricia.
Continuaba él, cubriendo con embelesos los poemas de su alma, ellos que día tras día expresaban el amor en todos sus modos de presentarse. El amor que le robaba los sonidos al silencio. En el silencio habitaba ella, su sueño, su vida. La acariciaba en el silencio, aún con unos besos recientes que sentía cabalgantes en su boca. Era la piel sentida entre sus dedos que enloquecían por seguir tocando. Era el arrullo del deseo de sentirla a su lado, lo que hacía que ese silencio escondido en el teléfono, le hiciera sentir feliz. Deseaba que el teléfono repicara nuevamente. La sentía allí, era la manera más sublime de sentirla a su lado. Necesitaba palparla en ese silencio que le propiciaba un encuentro con la felicidad. Los versos surgían del alma, de esa alma soñadora que descubría en un aroma perfecto, la suavidad de los pétalos de una rosa que una tarde se apoderó de ella. Una rosa enamorada que grita a un amor prohibido, el amor que era vivido, ese amor que aunque se negara, era un amor sentido. Las palabras llegaban solitarias, pero dejaban sus huellas.
Delataban el sufrimiento mezquino que se posesionaba de un espíritu y de un corazón para marchitarlos. Eran plasmadas las rimas que querían gritar en el silencio. El aire cargado de la noche no se dejaba respirar, era esa angustia de saberla allí, tan cerca y tan lejos, lo que procuraba ese dejo de locura. Él, escribía la vida de ella en los brazos de sus poemas, cuando el repique del teléfono gritaba desesperado que allí estaba su fragancia, su dulzura, su tersura de encanto. Allí estaba ese sonido en el silencio. Levantó la bocina del teléfono y escuchó lo que le ensordeció, ese silencio perfecto de sus labios de belleza. El silencio de unos ojos que suspiraban por detallar una mirada sincera. Era el silencio que gritaba un arrullo, que se posaba seguro en una vida a ella dedicada. Era el amor que en esa noche reclamaba un espacio. El que pedía con esos gritos callados, que dejaran que fuese sentido. Era el amor que llegaba en ese silencio extenso que se escuchaba tras el teléfono. El ritmo de la respiración cantaba melodías inmortales, despedían al firmamento, lo grandioso, lo estupendo. Era su boca la que se sentía tan cerca. Eran sus blancos dientes atrapados en un hilillo plateado, quienes mordisqueaban su traviesa lengua que ilusionada no decía nada.
Los ojos estaban en esa oscuridad, los podía ver posados sobre una virgen allí en la mesa. Sentía su silencio y la miraba, la sentía, la palpaba en la extensión de un conticinio que reclamaba la soledad para albergar a las almas que se aman.
El silencio crecía al igual que lo hacía el amor. El silencio desprendía del alma, esa suavidad perenne que se dejaba acariciar mientras llegaba con el teléfono. ¿Por qué no decía nada? Porque no eran necesarias las palabras, no se necesitaba decir absolutamente nada. Esas palabras estarían de más. Serían las palabras que sobraban en una vida, en un mundo, en un amor. El silencio lo decía todo, gritaba a los cuatro vientos que deseaba estar allí, que quería con sumo anhelo, ser sentido en la noche extensa, que le quitaba el encanto a un lucero. ¿Por qué no hablaba? Porque no necesitaba decir ya nada, ya que todo era dicho en un silencio que desbordaba una respiración en un te quiero. Estaba allí, la sentía, la tocaba, la amaba. Surcaba sus sentidos, ese silencio palpado en la noche delicada que se hacía sentir con fuerzas, en un universo que tenía dos dueños. Dos seres que se quedaban refugiados en un silencio bendito. La miraba en el presente que sentía que ya estaba, la deseaba en un recuerdo, en unos planes benditos. En el futuro que sería colmado. Dejó de sentirse el silencio para dar paso al titubear danzante del teléfono colgado. Él se quedó estático sintiéndola aún en esa deliciosa fragancia que llegó con el silencio, esa suavidad de pétalos de rosas. Llegó esa noche con el silencio, el grito de un amor que se siente."
Regreso a mi realidad. Es sábado, exactamente las seis de la mañana. Suena la alarma de mi celular y me despierto sobresaltada, quiero maldecirla por tanto ruido; pero recapacito y me levanto, concibo que sea lo más sensato. Ni para qué la maldigo, si no suena es bien sabido que habré de seguir durmiendo hasta el mediodía. Me quito el pijama, me envuelvo en una toalla de color blanco y paso al baño para tomar una breve ducha. Me paro frente el espejo, lo primero que veo es mi cabello enmarañado y un maquillaje marchito regado por mi rostro. Hago un gesto de desaprobación y mentalmente realizo una autocrítica: "Debí haberme limpiado el rostro y peinado antes de acostarme, así no estaría desaprobándome en este momento". Luego reparo en mi esbelta figura. Es un cuerpo armonioso, cabello largo de color castaño oscuro casi hasta la cintura. A pesar del maquillaje trasnochado, mi rostro sigue mostrando su toque angelical con ojos expresivos y labios gruesos.
¡Estoy enojada! Anoche me peleé con mi hermana Luisa y mi amiga Alejandra. Cuando uno dice que se ha peleado con alguien, eso prende una alarma, llama poderosísimamente la atención y la pregunta del millón es: ¿por qué? El espectador desea conocer la causa del conflicto, la cual debe ser de gran peso y tener un motivo coherente, de lo contrario, según su juicio; se corre el riesgo de ser calificado de mala persona o canalla, pudiendo incluso ser acusado de muchos defectos más. La mayoría de la gente anda por allí, tomándose la potestad de calificar los motivos por los cuales uno debe enojarse y por cuáles no. Frente a este espejo estoy recordando el asunto y siento mucho coraje, de hecho, mientras más lo pienso más me indigno, y si alguien me llegara a decir que estoy haciendo un drama por tonterías, segura estoy de que he de enfadarme aún mucho más.
Estoy de vacaciones, ya terminé el colegio y estoy esperando la fecha de grado que será en quince días. Ayer en la tarde llegamos a este pequeño pueblo de nombre "Pozo Azul", con la intención de quedarnos ocho días. Por la noche, después de haber reposado un rato, las tres nos organizamos, nos vestimos de forma especial, nos aplicamos maquillaje de fiesta y cepillamos nuestro cabello dejándolo muy lacio; estábamos animadas deseando tener una noche muy divertida. Compramos bebidas para compartir un rato y se nos unieron cuatro amigos del pueblo. La celebración apenas comenzaba, tomando en consideración que solo nos habíamos presentado. Fui al baño a retocarme el maquillaje, luego salí al balcón y volví a reunirme con el grupo. Llevaba una crema para la piel, la cual me había aplicado desde los hombros hasta las manos. Me quité el anillo de oro del dedo anular de mi mano izquierda, lo coloqué dentro de un vaso de vidrio en la barandilla del balcón, mientras se secaba la crema para volver a ponerlo en su lugar. Había muchos vasos y Alejandra necesitó uno, y precisamente se aproximó a tomar el vaso donde estaba mi anillo. Calculó mal y en vez de agarrar el vaso lo arrojó accidentalmente al vacío. Contemplé estupefacta cuando el vaso cayó sobre el pavimento y el césped, rompiéndose en consecuencia.
― ¡Qué falta de cuidado! Tiraste el vaso y allí estaba mi anillo ―le reclamé algo molesta.
―Solo a ti se te ocurre poner un anillo dentro de un vaso. Bajemos a buscarlo. ―vociferó.
Descendimos corriendo por las escaleras, la casa era de tres pisos. Alejandra fue la primera en llegar. El vaso estaba vuelto añicos sobre el pavimento y parte del césped. El lugar estaba totalmente oscuro, encendimos la linterna del celular, buscamos minuciosamente y no encontramos nada. Luego se apersonó Luisa a ayudarnos, pero fue en vano. El anillo desapareció como por arte de magia. Me enojé demasiado y ante sus argumentos de que solo se trataba de un simple anillo, tuve una discusión con ambas. Le di rienda suelta a mi espíritu impulsivo, tomé mi pequeño morral, lo organicé y les dije que al amanecer regresaría a casa, y aquí estoy; terminando de bañarme mientras ellas duermen.
Me he vestido de manera sencilla con un jeans, una blusa de color blanco y tenis. Agarro el morral y me dirijo rumbo a la calle. Busqué un restaurante que apenas acababa de abrir y esperé a que me prepararan un desayuno compuesto de huevos revueltos con salchichas, café y pan. Después de desayunar me siento mejor, atrás quedó el recuerdo de mi mala noche y aprovecho para hacer un recorrido por el pueblo y observar los cambios que ha tenido, desde niña no había vuelto.
Su nombre, tal como lo expresé, es "Pozo Azul", porque queda a la orilla del río el cual tiene un frente muy ancho y su agua siempre está de color azul; dando la apariencia de ser una enorme piscina.
Me detengo en un sitio de casas antiguas a observar sus estructuras y a contemplar la gran variedad de jardines que hay en sus entradas. Siempre me han llamado la atención los vergeles y aprovecho para explorar plantas que no conozco. El recorrido, que al principio pensé que sería una pequeña caminata, me ha quitado mucho tiempo. Ahora me dirijo al puerto con el fin de regresar a mi pueblo. Hasta este pueblo donde vivo solo se llega por lancha, y el viaje demora cuatro horas. El ancladero está muy solo, apenas veo dos lanchas amarradas a un poste. Pregunto a un señor que está en la orilla lavando unas herramientas, por la próxima lancha que saldrá y me informa que solo lo hacen en horas de la mañana, y que ya habían salido todas; que quizás en horas de la tarde salgan más; pero no me da seguridad de que realmente sea así.
― ¡No puede ser!, por recorrer el pueblo he llegado tarde. ―murmuré en voz baja.
Sé que existe una trocha que es utilizada por los mineros que trabajan en las montañas, y que sirve como atajo para llegar hasta mi pueblo; decidí irme por ese sendero. Camino hasta la orilla del pueblo y me encuentro con un anciano que, con su mano rugosa, sostiene un hacha y trata de partir un retazo de leña.
―Buenos días ―le hablo con voz fuerte, porque me da la impresión de estar muy concentrado en su tarea.
―Buenos días niña, ¿qué necesita? Sonríe, suelta la rústica herramienta y acomoda el trozo de leña que acaba de quebrantar, sobre otros que están debidamente cortados del mismo tamaño y ordenados. Dan la impresión de ser cigarrillos en su estuche. Se trata de un señor muy agradable, tiene la cara colmada de surcos y una expresión sonriente; se nota que es un anciano carismático y servicial.
―Necesito saber dónde puedo encontrar la entrada de la trocha para llegar a Playa - Yacumen.
Vivo en un pueblo pequeño llamado Playa – Yacumen. El nombre de "Playa" es debido a que queda a orillas del río y a lo largo de este hay varias playas; lo de "Yacumen" se debe al nombre de un indígena que fue el primer habitante que comenzó a cultivar la tierra y a dedicarse a la ganadería; es esa la historia que siempre han referido los abuelos residentes del lugar.
― ¿Ira sola o acompañada? ―me pregunta con curiosidad.
―Sola ―le respondo.
―No puede tomar la trocha usted sola, es muy peligroso. ―Me mira con expresión de asombro y hace silencio. Entonces insistí.
―Tengo que llegar hoy ―Lo miro fijamente mientras espero la información requerida.
―Es muy peligroso, puede perderse, corre el riesgo de que la muerda una víbora. ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo se llama?
―Mi nombre es Irene Rivera, me falta poco para cumplir dieciocho años. No se preocupe, todo va a estar bien.
―Buen nombre para una chica tan terca. ―Otra vez vuelve a sonreír. A pesar de ser tan temprano, el sudor le corre por la frente. Cortar leña es un trabajo duro. Tengo deseos de sentarme a hablar con él y escuchar sus experiencias de persona mayor, pero después de cavilar he recordado que ya se me hizo tarde por el recorrido que hice por el pueblo.
―Debo llegar a casa hoy mismo, y además quiero conocer la selva ―afirmo con seguridad.
―Puede encontrase con mineros que, aunque son sensatos, hay que dejar a la duda el peligro que puede correr si se encuentra con alguien sin escrúpulos. ―Me explica lo difícil del camino y me habla de la selva tupida, de los bichos y demás peligros.
Así son los ancianos, ariscos y prevenidos por tantas experiencias que han vivido. Luego de preguntarme sobre el motivo de querer marcharme y no obtener ningún dato y tampoco lograr que desista de mis propósitos, me explica dónde encontrar la entrada de la trocha para llegar a Playa - Yacumen. Luego de lo cual me da su bendición.
― ¡Se dañarán sus zapatos!―dice señalando mis tenis.
―No creo, son de buena calidad. Le agradezco mucho por la información _exclamo.
Puedo ver la expresión en su rostro a través de una mueca de desaprobación. Me despido del anciano y me dirijo a una de las tiendas más cercana a comprar pasabocas para comer en la trocha. Adquirí tres pasteles dulces con los cuales espero obtener suficiente energía, tres paquetes de papitas fritas, una botella de gaseosa y otra de agua. Son exactamente las diez de la mañana y he llegado a la entrada de la trocha. En este momento ya estoy tranquila, no concibo ninguna molestia por las chicas, podría regresarme a la casa donde están ellas; pero la posibilidad de recorrer la trocha se me presenta como un desafío y una nueva aventura. Es un deseo persistente que no me deja otra opción.
Comienzo la caminata con mucho ánimo. Me siento impetuosa y osada, creo que esta trocha está para ser recorrida por mí. Me concentro a repasar en mi mente las instrucciones del anciano, hago cuentas con los horarios; él me dijo que si me va bien lo puedo lograr en tres horas. Supongo que, teniendo en cuenta algunos tiempos de descanso, puedo llegar en cuatro horas. No estoy acostumbrada a caminar por selvas, pero gozo de buenas condiciones físicas ya que entreno en el equipo de básquetbol del colegio, y además hago ejercicios tres veces a la semana.
El camino está despejado y limpio. Me rinde mucho caminar y a ratos también corro; estoy deslumbrada mirando los árboles y sus formas, tienen un aroma muy agradable. Se siente también un olor similar al del musgo de zonas húmedas, encuentro trechos que despiden aromas florales. Hay un árbol que se repite demasiado, tiene una forma muy particular y me recuerda el molinillo con el cual mi madre mezcla el chocolate. También hay árboles muy altos y de formidables circunferencias, me pregunto: "¿Cuántos años necesita un espécimen de estos para llegar a alcanzar semejantes dimensiones?". Definitivamente la selva está muy acogedora, me siento feliz y a gusto.
La fauna que he encontrado tiene una gran variedad de especies, hasta el momento solo conocía a especímenes de la familia de los psitácidos, tales como los periquitos y los loros. Hay aves exóticas, sus plumas parecen hechas por pinceladas de una perfecta gama de colores. Entre ellas se destaca una excesivamente hermosa, tiene su plumaje gris en la mayor parte del cuerpo, el cuello y las puntas de las alas son negros, y sobre las mismas resaltan manchas blancas. Su rasgo principal es un color carmesí sobre sus alas y cuando vuela, da la impresión de ser una gigante mariposa; también noto en esa ave, la forma de un abanico abriéndose y cerrándose.
En mis apreciaciones poéticas pienso: "¡Es tan hermosa, parece que Dios la hizo y se tomó suficiente tiempo para pulirla!". Le tomo varias fotos con el celular, por fortuna está tranquila, se mueve despacio de una rama a otra resultando más fácil enfocarla. Hay ranas diminutas que tienen varios colores, parecen pequeñas artesanías. Las ardillas resultan ser un espectáculo, son dóciles y siempre están comiendo. Cuando paso cerca de ellas me miran de soslayo y siguen inmutables en lo suyo. Por fin conocí a las "chicharras", parecen moscas gigantes, y hacen un sonido que me agrada, son muchas y es como si entablaran una sinfonía; lo hacen sin parar, ese sonido retumba en mi mente y cuando repentinamente hacen silencio, siento la extraña sensación de continuar escuchando su eterno y altisonante concierto.
Lo negativo es que hay demasiados mosquitos dando vueltas y vueltas sobre mí, lo percibo como si lo hicieran con descaro; tengo una pequeña rama y debo espantarlos constantemente. No tuve precaución de comprar repelente para zancudos en el pueblo. Bueno, no tenía ni la más remota idea de todo con lo que se enfrenta uno en la selva. También me molestan algunas ramas y arbustos que, al hacer contacto con ellos, me maltratan los brazos, por esa razón ya tengo diminutas cortadas en la piel. Busqué los audífonos y puse una melodía de Mozart que tengo guardada en la memoria del celular para hacer contraste con la naturaleza, esto hace más amena la trocha. Mientras avanzo, el sendero se torna confuso, aparecen trechos despejados, sin malezas, que luego no llevan a ninguna parte; es difícil después encontrar el camino principal.
Miro el reloj y ya llevo realizadas dos horas de caminata. Me encuentro en un espacio donde convergen tres caminos y sin la menor idea de hacia dónde conduce cada uno de ellos. En este momento recuerdo a mi amigo Ariel, quien es tan listo y me pregunto: "¿Qué opción tomaría él?". Sé que estoy frente a una decisión vital, debo elegir uno de los tres, esto es determinante. ¡Puedo estarme jugando la vida! "¿Será que soy muy dramática?" Desde mi lógica elegí el camino más limpio, supongo que es el indicado. Más adelante este se volvió cada vez más estrecho, hasta que llegué a un lugar donde los árboles están muy unidos y la tierra demasiado húmeda. Quise devolverme, pero he perdido el camino de regreso. Acabo de descubrir que estoy extraviada y buscando la salida me extravío aún mucho más. Me he detenido a descansar por varios minutos y pienso en la posibilidad de llamar a las chicas para avisarles que estoy extraviada, para que busquen a alguien que conozca la trocha y venga en mi ayuda. Pero pensándolo bien, prefiero arreglármelas sola para encontrar la salida y no pasar por las críticas y burlas de mi hermana y mi amiga. Tengo la confianza de que luego podré ubicarme y avanzar. Pero el tiempo pasa y no he podido orientarme, solo veo árboles y rastrojo, ninguna señal del camino. Comienzo a vacilar con angustia y debo aceptar que tengo miedo.
He decidido hacer lo que tanto traté de postergar. No tengo otra opción, debo llamar a mi familia y avisarles. Tomo mi celular para llamar a mi hermana Luisa y avisarle, también deseo llamar a mi madre para ponerla al tanto de mi aventura. "¡Dios mío! ¿Qué dirá mi mamá?" Doña Rosa es muy enojadiza. Me refiero a mi madre, quien tiene un carácter fuerte. Acostumbro a llamarla por su nombre cuando está enojada, y cuando la veo apacible y complaciente la llamo "Rosita". Vaya sorpresa tan desagradable, mi celular no tiene señal, no logro concretar la comunicación. Intento varias veces desde diferentes lugares y la señal sigue siendo dificultosa. Dejé de insistir, sé que la única opción que me queda es continuar tratando de encontrar la forma de salir de esta selva. Miro la hora en el celular y son las dos de la tarde, tengo cuatro horas en la jungla, he caminado demasiado, estoy perdida; y para colmo de males, mi celular cuenta con tan solo 30 % de carga en la batería. Voy encontrando peñas y barrancos por los cuales tengo que pasar agarrándome de las ramas. Se me acabó el optimismo y soy consciente de los molestos zancudos y de que mis zapatillas están húmedas y maltrechas por el barro.
Ya no me parece tanta gracia escuchar el canto de los pájaros ni el estridente ruido de las cigarras. Es en este momento donde me llega la reflexión y cuestiono el precio de haber tomado una decisión a la ligera; pero definitivamente ya ni reflexionar me sirve para nada. Imagino a mi madre diciéndome: ¬"No se puede llorar sobre la leche derramada". Me siento en un arbusto, miro al sol que penetra por entre los árboles y pinta de dorado sus ramas. Varios pájaros pasaron volando y se escucha un ajetreo en el aire, doy gracias por ver tantas formas de vida en este solitario lugar. Constantemente me digo: "Debo salir de aquí, debo llegar a mi casa"; pero no sé cómo hacerlo. Abro el morral y recuento los pasabocas, ya me quedan solo dos pasteles dulces y dos paquetes de papas fritas, porque comí comenzando la trocha. Prudentemente solo ingerí un pastel, un paquete de papitas y el refresco; por tanto, queda un pastel, un paquete de papitas y media botella de agua.
En este estado de las circunstancias, ya me imagino perdida por varios días y hasta muriendo de hambre. Me vienen a la mente retazos de películas que vi, donde aventureros se pierden en la selva. Me asusta la posibilidad de que aparezcan animales salvajes tales como una pantera o un tigre hambrientos. No tengo idea si en esta tierra existen esos animales, hasta el momento solo he encontrado ratas grandes, tortugas, aves, ranas, ardillas y un perezoso. Soy consciente de mi miedo y pienso que quizás estoy exagerando o que ya estoy llegando al delirio. Deseo pensar en otras cosas, pero mi mente me lleva por la línea de la tragedia y recuerdo un libro que leí hace varios años. La protagonista se llamaba "Anabela Dubois", esta chica engañó a un hombre y lo envenenó propiciándole una muerte horrible para robarle el mapa de un tesoro. Luego de ello llegó a la zona que indicaba el mapa, pero se encontró con peligros que ella no había imaginado; era una selva plagada de serpientes constrictoras, y sin armas para defenderse terminó devorada; allí finalizó su ambición por el tesoro.
En este estado de las circunstancias, ya me imagino perdida por varios días y hasta muriendo de hambre. Me vienen a la mente retazos de películas que vi, donde aventureros se pierden en la selva. Me asusta la posibilidad de que aparezcan animales salvajes tales como una pantera o un tigre hambrientos. No tengo idea si en esta tierra existen esos animales, hasta el momento solo he encontrado ratas grandes, tortugas, aves, ranas, ardillas y un perezoso. Soy consciente de mi miedo y pienso que quizás estoy exagerando o que ya estoy llegando al delirio. Deseo pensar en otras cosas, pero mi mente me lleva por la línea de la tragedia y recuerdo un libro que leí hace varios años. La protagonista se llamaba "Anabela Dubois", esta chica engañó a un hombre y lo envenenó propiciándole una muerte horrible para robarle el mapa de un tesoro. Luego de ello llegó a la zona que indicaba el mapa, pero se encontró con peligros que ella no había imaginado; era una selva plagada de serpientes constrictoras, y sin armas para defenderse terminó devorada; allí finalizó su ambición por el tesoro.
Creo que fue un buen final, a la mayoría nos gusta cuando opera el karma para los malos; pero aquí estoy yo, con miedo a que me devoré cualquier animal o a morir de hambre, y no maté a nadie; solo tuve un conflicto con mi hermana y mi amiga. Ahora que lo medito bien, estoy segura de que ni siquiera tiene importancia, no era para tanto. En esta introspección y desde los conceptos de un adulto, los imagino con sus cantaletas y hablando de las malas decisiones que tomamos los jóvenes. Veo en una escena de mi mente a Zoila, mi vecina, la chismosa del barrio, la que en todo se inmiscuye diciéndome: «¡Qué loca eres! ¿Tienes aserrín en el cerebro que no puedes discernir el error de tomar una trocha sin conocerla?». Mis pensamientos luego me llevan por otros análisis diferentes, pienso en la poca probabilidad de que alguien se entere a tiempo de que estoy perdida. Mi familia tiene entendido de que estoy de paseo con mi hermana Luisa y mi amiga Alejandra en un pueblo, y estas deben estar creyendo que ya llegué a mi casa; porque me fui enojada con ellas.
Haré un alto en mi historia para hacer referencia al dichoso pueblo, Pozo Azul: El mismo era un agradable lugar, un pequeño pueblo tibio y acogedor, del tamaño que cada uno de sus pobladores quería que fuera. Para algunos, tan pequeño que parecía, en lugar de un pueblo, el patio de alguna casa. Para otros, tan inmenso como el infinito mismo, como el extenso sitio que alberga mil y un almas que transitan, que recorren los caminos. Tenía solo una calle principal, de un asfalto que se iba deteriorando en toda su extensión, pues, hacía un tiempo inmemorable que una gente venida nadie sabía de donde, ni por orden de quien, con unas máquinas dieron inicio a aquella obra, y luego de exactamente un mes y tres días, se esfumaron por donde mismo habían llegado, dejando una piche calle con un asfalto muy negro y de una calidad en extremo dudosa, debido a que desde los mismos pasos que en ella se dieron comenzó su inmediato deterioro. No hubo inauguración, solo la construyeron y ya, sin protocolo alguno y desde entonces se convirtió en una migaja de calle, porque eso era lo que representaba, solo una ñinguita de arteria vial, pero fuese lo que fuese era la calle principal de mi bello terruño, le doliese a quien le doliese. Aunque a muchísimos les agradó que le hicieran un cariñito al pueblo, que se habían acordado de ellos.
Existían otras callejuelas, por no decir caminos, construidas de un material denominado granzón, que fueron construidas con el riguroso paso del tiempo por la misma gente del pueblo. Hileras eternas de casas, casitas y casuchas se dejaban ver por todo Pozo Azul. El olor a boñiga y a naturaleza se dejaba percibir con gratitud por todos y no era de extrañar, ya que alrededor del pequeño pueblo, varias haciendas se habían levantado con muchos sacrificios, como frutos de grandes esfuerzos de personas dadas al trabajo. La más grande y fecunda de todas esas posesiones que existía en aquella basta porción de fértil tierra era "La Peña" y constituía la referencia de una región que además incluía a varios pueblos que giraban en torno a la hacienda en cuestión, y prácticamente el poco progreso que obtenían sus habitantes dependían de cómo marchaba todo en la posesión de don José Peña, como le decían todos al propietario de "La Peña".
La semana transcurría apacible en Pozo Azul hasta el día sábado. No ocurría nada que no fuese rutinario. Chiquillos alegres y deseosos de aprender acudían a la escuela, una edificación sencillísima y extremadamente pequeña que milagrosamente albergaba a los que allí recibían la sagrada educación, dejándose claro que no eran muchos, ya que la mayoría tan pronto podían, se dedicaban a trabajar para ayudar en el sustento del grupo familiar y no tenían nada de tiempo para que se les impartiera educación alguna. El colegio contaba solo con una docente, y hasta el sexto grado solo se impartía la enseñanza, ya que era una escuela rural y era solo hasta ese nivel de enseñanza para la que estaba designada. Después de alcanzada esa meta había que buscar nuevos horizontes quienes querían continuar los estudios a nivel de educación secundaria y más aún, universitaria. Pero aquellos niños, colmados siempre de esperanzas, en sus pláticas previas al inicio de cada jornada educativa, soñaban con que algún día Pozo Azul poseyera un liceo donde poder continuar sus estudios sin la tediosa necesidad de abandonar sus hogares en pos de la sagrada preparación educativa.
Debería ser en Pozo Azul donde el ansiado liceo sería construido, ya que era el pueblo con más densidad demográfica, además allí existía una plaza, chica pero era la única plaza de la zona y frente a ella se levantaba majestuosa la sagrada iglesia, no muy grande pero que llamaba a la adoración del redentor. Existía la sede donde pernoctaba el jefe civil de toda esa comarca. Eran esos los alegatos que la chiquillada esgrimía como la razón del porque debería ser en su terruño donde debería el gobierno construirles un liceo, que en realidad era una imperante necesidad. Al otro lado del pueblo se levantaba con orgullo propio, el abasto del viejo Matías, como usualmente se le llamaba a aquel hombre dueño del único comercio donde se expendía lo que los pobladores necesitaban. El comercio o bodega en cuestión era denominado "Abasto Matías" y estaba escrito en un inmenso afiche en lo más alto de la edificación y con una ortografía espantosa. Decía así: "AVASTO MATIAS DONDE TODO ES VARATO". Es de imaginarse que el bajo nivel cultural para las letras de Matías, aunado a la incapacidad congénita de conceder algo de dinero a alguna persona que pudiese escribir decentemente, dio pie a que el mismo siniestro personaje hiciese su propia publicidad sin acudir a ese alguien que supiera hacer el trabajo.
Pero era solo en ortografía donde metía no la pata sino toda su ya gastada humanidad, ya que en las matemáticas era un diablo, no existía una cuenta en la que se equivocara, por lo menos contra él, ya que sus errores eran siempre en contra de los clientes, y como muchísimos eran analfabetas, esos errores les favorecían y llenaban cada vez más sus arcas a costa de la inocencia y de su ladronismo. Y los pobres clientes ignorantes de las artimañas de aquél personaje se retiraban sin emitir una queja, solo se echaba de ver porque no adquirían todo lo que habían planificado.
Allí se podía encontrar de todo, sencillamente de todo, con muy pocas excepciones y obviamente, por ser el único en la región, era allí donde todos acudían a realizar las compras de lo que rutinariamente se necesita en un hogar o en cualquier otra latitud. Incluso acudían los pobladores de los vecindarios aledaños, ya que no había otra alternativa cercana. Nadie en realidad acudía a aquel acopio con agrado, era la necesidad quien los empujaba casi en contra de la voluntad, ya que el viejo en cuestión, avaro por naturaleza y de nacimiento, incrementaba siempre el valor de todo lo que expendía en aquel malicioso sitio que denominaba abasto.
El viejo Matías incrementaba el costo excesivamente de todo lo que expendía en su comercio, en absolutamente todo, y de una forma por demás descarada, y él se aprovechaba de que era lo único en su ramo que existía en muchos kilómetros. Quien no quisiera ser víctima de Matías, sencillamente tenía que acudir a un poblado excesivamente lejos y lamentablemente casi nadie se podía dar el lujo de realizar esa travesía. Denunciarlo era caso perdido, ya que aunque la avaricia y el ladronismo era su principal particularidad, se le conocía también como el más perfecto mojador de manos de toda la comarca y por eso era el flamante rey de la estafa.
Allí se encontraba permanentemente, todos los días, excepto el día del comerciante que era el único de los días del año en que las puertas de su abasto permanecían cerradas y se dedicaba a emborracharse como un demonio so pretexto de la celebración de su día, como el mismo exclamaba a los cuatro vientos: "Mi día" "El día del gran Matías". De resto, nunca cerraba su expendio de todo. Semana santa, Navidad, día de esto, día de aquello, sea el día de lo que fuese, las puertas de su abasto siempre estaban abiertas desde bien temprano. El mismo se justificaba y con una razón que a la larga parecía incuestionable. Alegaba: "La gente come todos los días y yo les vendo lo que necesiten también todos los días, pero cuando es el día mío no le abro a nadie, ni siquiera a mi madre si estuviera viva". Decía la voz de la avaricia contenida allí, en la persona del viejo Matías. Aun así, el negocio en cuestión permanecía lleno de clientes y de curiosos que, ahogados en el ocio, perdían en ese sitio el mayor tiempo posible, tomándoles el pelo a todo el mundo y comiéndose a críticas a todo el que llegara.
Matías no los corría, al contrario, aprovechaba sus ociosidades para pedir un "favorcito" y de esa manera eran descargados los camiones de proveedores por un par de mancarrones y un refresco a cada uno, logrando de esta manera un jugoso ahorro. Había nacido para el negocio y moriría en él. Lo decía así cuando tocaba el tema del último día de su existencia. No tenía esposa y mucho menos hijos. Decía que cuando lo hallaran "aventado" en el negocio, que llamaran a un hermano suyo que vivía en la ciudad para que se encargara de todo para que nadie tocara siquiera un grano de arroz. Ya tenía todo dispuesto.
-Pon ese bojote ahí -decía señalando con el enorme dedo índice de su diestra que poseía una enorme uña, tan gruesa que parecía el pico de un loro, y al igual que su dedo medio, lucía un notorio color amarillento que se había formado por constate colocar allí los cigarros que día y noche consumía sin cesar. Delataba así su vicio tan inmenso como su avaricia. Así era el viejo Matías. Un personaje de Pozo Azul que le daba un sabor típico al pueblo.
El domingo era otra cosa, se veían a los obreros de las haciendas gastando lo poco que ganaban. Muchos llevando a casa las provisiones desde el abasto, y otros, olvidándose del gran sacrificio para ganarse los "churupos" llegaban tempranito al bar de Abdón y no se marchaban hasta que gastaban el último centavo y cayéndose de la rasca se iban a dormir a donde fuera. Era un solo bullicio los domingos y en la plaza, los pretendientes velaban como moscas a la miel, buscando a la salida del sagrado templo, la pícara mirada de alguna dulcinea que tuviera iguales intensiones. Muchísimos matrimonios se había forjado del eterno intercambio de miradas enamoradizas a la entrada, pero sobretodo, a la salida del sagrado culto católico los tan esperados domingos, en los que cupido siempre detectaba a alguna pareja que, con inocultable agrado, quisiera ser blanco del alado hijo de Venus.
Era ya típico en Pozo Azul ver llegar, bien temprano en la mañana los domingos, aquel río humano que procedían de los más recónditos lugares a realizar las más variadas actividades. Las cavas esperaban el queso que iría a las ciudades donde su sabor era en extremo apreciado. Cientos de kilogramos de este derivado lácteo eran producidos en las haciendas adyacentes, lo que se reflejaba en la enorme prosperidad de los hacendados y en el notorio progreso que se sentía en los pueblos de la zona, en especial de Buenaventura. El dinero corría como chisme en aquel rudimentario mercado y los trabajadores, impacientes, tan pronto terminaban su faena que era llevar los quesos hasta las cavas, corrían hasta donde Abdón. Las mujeres, maquilladas extravagantes, también se hacían sentir y, pícaras, pegadas a sus madres a todos los sitios que éstas iban, buscaban entre la muchedumbre, las miradas de algún galán.
Vendedores ambulantes por doquier, expendían (sólo los domingos) todo lo que se pudiera comercializar -Para enfado de Matías-, que refunfuñando quería que todo ser viviente le comprara sólo a él. Unos guajiros que habían llegado hacían muchos años a la región y que vivían en lo más apartado de la serranía, estaban allí sin conversar con nadie y con sus miradas misteriosas, vendiendo sus extraños jarabes, que para el soberano, lo curaban todo. Se les veía solo hasta mediodía ya que, ávidos de creer en algo, los pobladores compraban todo lo que la superstición les ofrecían. Lecturas de cartas, una piedra corriente que rezada era un perfecto amuleto para el progreso, para mejoras en la salud perdida y hasta para ligar una pareja estable. Leían las "aguas" y recetaban los jarabes que ellos mismos preparaban. De esta manera, liquidaban toda su mercancía temprano. Estas cosas si no les hacía bien a la gente, por lo menos daño no. De esta manera estaban allí cada domingo, en el mismo sitio, son sus enormes batolas (ya que eran sólo las mujeres las que llevaban a cabo el comercio), con sus mismas miradas colmadas de misterio y con bastante mercancía, y también con muchos clientes que domingo a domingo crecían en número y en fe.
Vivían bien esos integrantes de la etnia rara. Dinero no les faltaba. Y como nadie conocía sus viviendas, no se sabía si vivían mal tampoco. Solo se sabía que llegaban específicamente ese día de la semana y cultivaban la creencia del pueblo y vivían de ello. Es muy común en el ser humano, todo lo que no hace mal, hace bien. A pocos kilómetros de Pozo Azul estaba ubicada "La Peña". El domingo en la mañana don José Peña se ubicaba en un inmenso sillón extensible de tibio terciopelo gris, con su eterna pipa encendida, en la enorme sala de la casona, desde donde miraba sin mucho esfuerzo, la también enorme propiedad. Perdidas a su mirada, extensos terrenos que poseían sobre sí, toda su inversión. Don José había sembrado el petróleo, ya que, después de haber trabajado por décadas en la industria petrolera, unió con sacrificio marcado, céntimo tras céntimo y adquirió un pedazo de terreno y unos "animalitos" y hoy día estaba allí, viendo aparecer en La Peña, la avioneta que llegaba desde una gran ciudad a comprar el gran cargamento de queso y nata que su enorme hacienda producía. Pero eso eran otros tiempos, Pozo Azul estaba ahora totalmente cambiado, el progreso había llegado para quedarse y crecer cada día más.
Continúo con mi relato. El único que se enteró de que tomé la trocha fue el anciano del hacha, ese señor tiene sus propias ocupaciones y ni cuenta se dará de nada. Quisiera saber el final de este asunto. Me visualizo saliendo de la trocha y llegando a mi casa, riéndome de mi episodio en la selva. También me veo muerta en un acantilado y los gallinazos volando por encima de la montaña, llamando la atención de los mineros que caminan por la trocha. Imagino a mis compañeros del colegio en el pasillo hablando de mi terrible final, también pienso en la posibilidad de que nunca se sepa qué sucedió conmigo y que mi familia y las viejas chismosas del pueblo afirmen que: "esa muchacha descocada seguro se voló con un hombre, pues tenía carita de yo no fui; pero mundo le sobraba". Se hizo de noche y es hora de demostrarme de qué estoy hecha. Quiero sentarme a llorar, pero no puedo entregarme al abandono sin luchar, debo apelar a mis fuerzas, a mi sentido común; a mis guías espirituales, a todo en lo que tengo fe. Espero que la noche no sea tan inclemente y me resulte magnánima.
Con lo poco que se puede visualizar logro acomodar varias hojas grandes bajo un árbol para dormir medianamente cómoda sobre ellas. Saqué la mitad de la ropa del morral y me la puse encima y el resto me sirvió de almohada. Trataré de dormir lo que pueda, porque los zancudos y los conciertos eternos de los grillos no me dejan meditar. Quise apagar el celular, pero prefiero dejarlo encendido y usar la linterna cuando sea necesario, porque hay sapos y lechuzas cerca y con la luz se retiran.
Me acomodo sobre el tendido improvisado que hice, me tiendo boca arriba, estoy bajo un árbol gigante y puedo ver por intermedio de sus hojas, el firmamento que está despejado y tiene muchísimas estrellas que me hacen sentir acompañada. Encontré algunas brillantes y nítidas, y las seguí observando por si tengo la suerte de ver una estrella fugaz y pedirle el deseo de salir de esta selva. Tengo mucho frío, mis mejillas están resecas y heladas. Me he cubierto lo más que pude, me embargan muchos temores; estoy excesivamente ansiosa.
Deseo tener una caja de cerillas y madera seca para hacer una fogata. Añoro una cobija, una estera y repelente de mosquitos; necesito un pijama suave, un zumo de guanábana acompañado con galletas; recargar mi celular. Deseo muchas cosas y mi último deseo es que todo esto resulte ser una pesadilla y que en la realidad nunca me haya extraviado. Todo el día contuve las ganas de llorar y ahora no soporto la angustia. Mi llanto no es en sollozos controlados. Al estar segura de que nadie me oye, lo exteriorizo a gritos desconsolados y tan desgarradores, que yo misma siento algo de miedo al escucharme. Luego me cansé y me quedé en silencio. Me siento muy desdichada y espero lo peor. Me da la impresión de que va a llover, el frío podría enfermarme.
Deseo quedarme despierta y pienso en los millones de personas que deben estar cómodas en sus camas, con buenas cobijas y yo aquí siendo víctima de las circunstancias. Recuerdo el desafortunado momento de esta mañana, cuando repiqueteó la alarma de mi celular. Muchos madrugan para dirigirse a sus sitios de trabajo, otros a los de sus casas de estudios; algunos a realizar algunas gestiones, otros al gimnasio; alguien se sirve un café, prende su computador y comienza a escribir un libro. Hay miles de motivos por los cuales la humanidad madruga, y yo lo hice para extraviarme en una selva, "sí a perderme, como se dice más comúnmente". Bueno no es tan literalmente, de haber sabido lo que me iba a acontecer habría seguido durmiendo. La vida, por lo general, se compone de vivencias cotidianas y repetitivas, pero en raras ocasiones nos toca enfrentarnos a alguna encrucijada o decisión determinante, y luego ser responsable de las consecuencias.
Por mi espíritu aventurero y rebelde no tuve la prudencia de analizar los percances ni peligros. La mayoría de las veces damos por hecho de que las cosas saldrán bien, es ese positivismo innato que nos mueve a hacer algo. Nunca se sabe con qué nos vamos a encontrar. Además, no se posee la esfera mágica que nos muestre cómo saldrá cada situación. A veces nos referimos al mal que deberíamos haber evitado y decimos: "si alguien me lo hubiese dicho, si mi ángel de la guarda me hubiere liberado; si el universo me hubiese mostrado tan solo una señal", pues allí estuvo ese anciano del hacha diciéndome lo que me podía suceder. Insistió en que debía abandonar este plan y yo lo miré fastidiada por opinar, según mi razón, en lo que no era un asunto de su incumbencia. "¡Ah, quien pudiera retroceder el tiempo!"
Recuerdo a mi hermana y a Alejandra. Es una lástima que no nos acompañó Lenny, mi mejor amiga. Si ella hubiese ido todo estaría bien, su modo conciliador siempre anula las tensiones, hace que todo funcione; la nobleza es su constante, es admirable. Ella siempre tiene agua para apagar algún incendio que pueda presentarse. Cuando me acosté, la oscuridad era mayor y ahora mis ojos han adquirido algo de visión nocturna; puedo ver la forma de las ramas del árbol bajo el cual me encuentro y distinguir arbustos que se mueven por el viento. Tengo sueño, mis ojos se cierran, trato de resistir; me resulta muy difícil estar aquí, sola y desprotegida, y me parece que es más peligroso estando dormida. Cuando era pequeña dormía abrazada a mi peluche preferido, me daba calor y su expresión tierna, aunada al hecho de saber que mi madre estaba al otro lado de la pared, me hacían sentir totalmente segura.
Ahora siento mis manos vacías. Estoy inquieta y fatigada, por más que deseo estar en alerta, me invade la lasitud. El temor y la ansiedad me empujan a una pesadilla. Me llegan miles de imágenes inconclusas y grotescas, corro por un laberinto estrecho donde hay peligros que se componen de baches que me hacen caer, y de seres sin rostro que me persiguen. Inventé varias estrategias de defensa y poco me funcionan. Logré por fin salir de allí y aparecí en un espacio infinito sin paredes, con el piso de mármol. Luego este desapareció y quedé flotando en un abismo oscuro, voy cayendo a un vacío interminable; presiento que cuando llegue al fondo, quedaré triturada tal como si fuese una papilla. Apareció una bandada de gallinazos y detrás de estos, vienen numerosos dragones de color negro y naranja. Se abalanzaron sobre mí y me sostienen en mitad del abismo; gallinazos y dragones se pelean por mí, siento picos y garras que sostienen mi cuerpo. Ahora el peligro no consiste en estrellarme, sino en morir despedazada.
Dentro de aquella pesadilla se presentó un fenómeno completamente extraño; era como una pesadilla más horrorosa que la primera. Tal vez era el augurio de lo que pronto me iba a pasar, pues iba a caer en las manos de una psicoanalista en un futuro más o menos cercano. En medio de aquellas imágenes burlescas, se escuchaba una especie de voz indefinida que parecía narrar un horroroso relato como para empeorar mí ya afianzado desespero: "El doctor Germán se hubo graduado de médico cirujano con todos los honores. Posteriormente logró alcanzar uno de sus más grandes sueños, el título de Especialista en Psiquiatría. Desde siempre le había gustado la ciencia médica. A pesar de que en su familia no había ningún médico; él siempre se sintió inclinado de una manera innata por esa ciencia noble. Pero no fue sino hasta que comenzó sus pasantías en el área psiquiátrica, cuando decidió que algún día seria especialista en dicha disciplina. Fue así como dio inicio al estudio de los grandes vericuetos que significan las enfermedades mentales y su tratamiento. Quería romper con los esquemas. El estudio pormenorizado de las patologías mentales siempre le había parecido místico. La mente humana es todo un misterio y él era de la opinión pertinaz, de que dichos desequilibrios no eran tales. Siempre fue de la idea de que un enfermo mental no existe. Lo que sí debería existir, es una posesión demoníaca que se apodera de su mente. Una posesión maligna que destruye el raciocinio. Se encargaría de estudiar a fondo ese fenómeno y echar por tierra lo que hubiere que echar. Pondría todo su empeño en esclarecer de una vez por todas, qué ocurre con esas pobres gentes.
El mismo año de su egreso como psiquiatra, teniendo veintiséis años de edad, de inmediato fueron solicitados sus servicios en la Administración Pública, específicamente en el Hospital Universitario de la ciudad donde estaba residenciado. Ejerció durante treinta años consecutivos. Primeramente fue adjunto del servicio, eran sólo cinco especialistas los que ejercían en aquella área recién creada. Con el tiempo fue escalando escaños. Diez años después, eran ya doce los médicos destacados allí, además de haber sido inaugurado el postgrado en dicha disciplina, llegando a ser jefe del servicio hasta su jubilación. A la par, cultivó su arte de manera privada, en horas de la tarde en su consultorio particular. Siempre fue muy meticuloso en el ejercicio de la psiquiatría. Concomitantemente a toda su agotadora tarea diaria, se dedicaba a la investigación y a leer buena literatura universal. Investigaba todo lo relacionado con las enfermedades mentales, esas alteraciones en la mente de algunas personas que los convierten en unos seres irracionales, alejados de la sociedad, algunas veces agresivos y perdidos en un cosmos desconocido, en una dimensión inexistente. Investigaba a la par, a las posesiones diabólicas. Necesitaba fundamentar su hipótesis y tendría que demostrar que ella era una realidad.
Estando ya jubilado, una mañana empapada de ocio, luego de tomar el desayuno, su esposa le hizo saber que era requerido por una persona a quien no conocía. El psiquiatra recibió a aquel caballero que se había presentado en su casa elegantemente vestido y conversaron en la biblioteca. La conversación no se extendió por mucho tiempo. Luego de los saludos de rigor y de presentarse, el visitante le hizo una propuesta tajante, sin rodeos. Le propuso una plaza en el cuerpo de investigaciones penales, como perito forense psiquiatra. Sería el encargado de las valoraciones psiquiátricas que fuesen requeridas por dicho cuerpo policial, solicitadas a su vez por el Ministerio Público o los Tribunales Penales. Sería el encargado de especificar, si algún imputado pudiese padecer alguna patología psiquiátrica o sin, por el contrario, se estaba frente a alguna simulación. Aceptó sin ningún titubeo. Ese mismo día comenzó en su nuevo empleo.
Desde el punto de vista penal, la imputabilidad consiste en la capacidad para ser penalmente culpable, y esta capacidad presupone madurez, salud mental y conciencia. Así, desde el punto de vista forense, ha de determinarse si el individuo que se considere autor de un hecho punible, efectivamente tiene o no la capacidad mental para responder por sus actos. Es necesario demostrar que padece alguna enfermedad mental suficiente, si actuó bajo los efectos del alcohol o de alguna droga, o si por el contrario, no padece nada de lo antes señalado. Resultaba una ardua tarea la que le tocaba al ilustre psiquiatra.
Iba a ser muy riguroso su trabajo de campo. Tenía que constatar variadas situaciones que hacían presumir, que alguien había actuado sin tener capacidad mental para ello. En la mayoría de las ocasiones, determinó todo lo contrario y el peso de la ley actuaba en consecuencia. Era demasiado delicada su determinación a la hora de hacer un diagnóstico, ya que era muy posible la simulación de algún padecimiento para evadir la ley. Y de la misma manera, delicada era su seguridad personal, puesto que las amenazas no se hacían esperar de quienes se sentían sentenciados por él. Los jueces a fin de cuenta, son quienes toman la decisión, pero los malhechores siempre culpan a otros de las penas que les corresponde purgar.
Cada vez eran más numerosos los casos de crímenes atroces, que parecían ser escenificados por algún enajenado mental. Pero no solo era eso, de manera estigmatizada se le atribuía hechos dantescos solamente a quien estuviese perturbado en su raciocinio; sin embargo, la mayoría de las veces los asesinatos, violaciones y demás desmanes, han sido protagonizados por delincuentes sin alma; dominados por un vicio que ellos toman libremente para esa finalidad. Rebeldes sin remedio, que ven en la sociedad la única culpable de sus sufrimientos de niños, sin tomar en cuenta que cada quien es responsable de sus actos. Cada cual recolecta de lo que siembra. Por ello, esa mañana en la que vivía un momento aciago, el psiquiatra recordaba, con sobrada melancolía, los momentos más difíciles en su carrera forense. Eran situaciones demasiados infortunadas.
Durante los años ejercidos como experto psiquiatra, fueron demasiados los casos que demandaron más que su ciencia, su altruismo, su apego a su arte, lo que Hipócrates siempre quiso; el actuar honrado, ético y bioético de debe tener todo médico responsable, para con sus pacientes. Así lo hizo. Cada enfermo mental que cometía un acto que suponía delito, era así, inimputable. No tendría que ir a prisión, ya que ellos no son responsables de sus actos. Sin embargo, permanecía latente el hecho que eran sus pacientes y quedaba a su criterio, ayudarles más allá de dar un diagnóstico certero para que el juez tomara su decisión final en la sentencia a dictar. Sin dudarlo un instante, quiso entregar todo su aprendizaje, toda su vida científica a ayudar a esos seres desventurados y en efecto; lo hizo. Recordaba así el psiquiatra, en un momento nada envidiable, a Elvis; aquel muchacho tímido que padecía de esquizofrenia paranoide. Había asesinado a alguien de una manera atroz.
La esquizofrenia es una alteración grave de la personalidad. Es un peligroso trastorno mental que indica pérdida de contacto con la realidad y una desintegración temporal o permanente de la personalidad. En ella se presentan preponderancia de ideas persecutorias, de grandeza y alucinaciones auditivas y visuales. Al muchacho, de apenas veinte años, le habían diagnosticado ese padecimiento hacía menos de dos años. Era irremplazable su tratamiento. No era fácil esa terapia tanto medicamentosa, de electroshock, así como de sostén. Lastimosamente el tratamiento fue cumplido al pie de la letra, solamente durante el primer año, ya que, dada la situación económica apremiante de su familia; el tratamiento no se pudo continuar. Eso desencadenó en que los síntomas se agravaran y en una noche funesta, Elvis escuchó voces ligeras en principio, luego espeluznantes, que le indicaban que estaba en peligro; que un ser diabólico se estaba acercando para hacerle daño.
Él trataba de ignorar a aquellas voces. Repentinamente se sintió que era intocable, que era un rey poderoso, nadie tendría la osadía de acercase a él; como rey, tenía que darse su lugar. Escuchó que un súbdito, algún arlequín o servidor, le advertía de la cercanía cada vez más osada, de alguien no identificado que quería asesinarlo. Gritó en solicitud de la guardia real. Nadie acudió al llamado, ya arreglaría cuentas con ellos. Se sintió desprotegido el monarca. Las voces le advertían la cada vez más cercana amenaza. Sin otra alternativa, el rey tomó en sus manos algo que estaba cerca de sí y se defendió. Su atacante quedó vencido, de una manera colosal, por aquel emperador valiente que arriesgaba su vida por su pueblo. La calma regresó. Escuchaba el rey pasos apresurados que se acercaban. Un destello de lucidez se hizo sentir. Elvis miró que se acercaban a él varias personas. Sus manos estaban manchadas de sangre y cerca, a su lado, estaba un enorme cuchillo. Confundido, caminó dos pasos y pudo observar a su madre descuartizada en medio de un gran charco de sangre.
Momentos después de consumado el trágico suceso, la comunidad determinó que deberían tomar la ley en sus manos. Estaban cansados de ese loco, coincidían muchos. Se organizaron, se armaron con palos, tiestos viejos, piedras; todo cuanto lograban alcanzar en medio de un arrebato de dolor, odio e indignidad por aquel crimen, por demás pecaminoso. El hijo único, el predilecto y consentido de manera desmedida, había matado a su madre que era una santa. Esa mujer que había hecho lo inimaginable por ese muchacho. Opinaban las señoras que rodeaban el cadáver ensangrentado de aquella pobre mujer, que había pagado una deuda que no era suya. Cuando Elvis reaccionó, se dio cuenta de que su madre estaba malograda y sin saber lo que había pasado, se posó sobre ella a llorar amargamente. Eso encendió la chispa del clamor público, que sentía aquel llanto como una forma hipócrita de justificar lo injustificable.
Los cuerpos policiales impidieron el linchamiento. Más, lo que ellos hicieron con él fue peor. Lo maltrataron de una forma bestial, al igual que lo hizo la población reclusa que estaba en aquel sitio detestable a donde fue a parar. Cuando se corrió la voz de que el muchachito que había caído, había matado a su madre a puñaladas porque le negó la comida; de inmediato se dio inicio a una cadena de maltratos y vejaciones con las que pretendían poner a raya a quien no merecía estar junto a ellos, por su actuar excesivamente cruel. Era algo así como un código de ética entre reclusos y habría que acatarlo como una religión. En virtud de cuidar una imagen y resguardar una supuesta buena aceptación, el Estado trató de evitar una masacre que ya se vislumbraba inevitable. Aislaron a aquel psicópata maldito, como desde un primer momento se le llamó. Era una etiqueta, una estigmatización lo que ocurrió con él, a quien desde ese momento llamaron el Monstruo, y como tal fue tratado. El Ministerio Público en su investigación, en su inquebrantable búsqueda de la verdad; olvidó ahondar en alguna enfermedad mental. Pidió de manera tajante, pena máxima para aquel desalmado delincuente.
El proceso penal al que fue sometido resultó muy complicado, más que de ordinario. Elvis no tenía recursos para costear una defensa privada. El Estado se encargaría de representarlo y nadie le pondría el adecuado empeño a su caso. En las tantos diferimientos que se le hacía a su audiencia, se notaba abiertamente la violación constante del derecho a la defensa que él como ciudadano, poseía. Cuando por fin se hizo la respectiva audiencia, Elvis tomó la palabra, en ocasión de declarar apegado a la Constitución. A viva voz declaró que hacía poco más de dos años, le había sido diagnosticada una severa enfermedad mental. Tenía un informe practicado por un especialista que daba fe de lo declarado. El señor juez consideró pertinente su valoración y fue allí donde el doctor Germán entró en acción y su experticia psiquiátrica fue determinante. El joven resultó ser inimputable penalmente, porque estaba afectado por una grave patología mental. Padecía de Esquizofrenia Paranoide para ser más exacto. Fue puesto en libertad y conducido a un centro especializado para enfermos mentales.
El psiquiatra reconoció que tenía miedo. Se sintió poderosamente afligido, desprotegido, vulnerable ante lo que enfrentaba, en virtud de algo que nunca nadie podría entender. Sacó de un cajón que había en la pequeña habitación que ocupaba, un libro. De él, extrajo una fotografía desgastada por el tiempo y la observó con nostalgia. Rodaron varias lágrimas por su rostro. No las apartó como lo habría hecho de ordinario. Dejó que empaparan su rostro como aceptando una derrota inminente. Al cabo de unos cuantos minutos, colocó nuevamente en su lugar aquel compendio, luego de haber guardado el retrato. Continuó recordando aquellas situaciones apremiantes que ayudó a dilucidar con su arte; con aquella ciencia que tanto le había apasionado y que sentía que ahora le apabullaba. Recordó que Agustina, aquella mañana en que se entrevistó con ella mientras, resultaba custodiada en una fría sala del hospital psiquiátrico; lo miró como sólo una hija lo hace con su padre. Era una mirada de inocencia. Nadie lo creería.
Fue un caso muy sonado el de Agustina. Ella era una chica sencilla, hermosa, de piel canela y ojos ámbar. Soñaba con todo lo romántico posible. Se había enamorado y casado, siendo muy joven. Su pareja, padre de sus tres hijos, era un hombre mayor que ella. Aun así, formaron un hogar sólido, arraigado en principios cristianos. Todo transcurría apacible en la vida de aquella familia. Eran poseídos por una excelsa unión. Todos los integrantes sentían la felicidad en cada momento que compartían, porque sentían que se tenían mutuamente. Los muchachos crecían en un ambiente de paz y armonía. Hasta que sin más ni más, Agustina comenzó a dar muestras de una alteración en su carácter. Había sido hasta ese momento, excesivamente dócil con quienes la conocían. En sus labios siempre había una sonrisa para todos ellos.
Repentinamente se tornó arisca, preponderante y agresiva. Su consorte trabajaba todo el día dedicado al comercio informal. Al llegar a casa una noche, encontró a los muchachos encerrados en el cuarto, estaban maltratados. Alguien los había castigado severamente. Luisa, la más grande, le comentó al padre que su mamá les había pegado muy fuerte. No habían hecho nada malo, repetía incansable la niña. Américo no podía creer lo que acababa de escuchar. De no haber sido porque su propia hija lo hubiese dicho, hubiese jurado que era una gran falsedad. Su mujer era una excelente persona y una excelsa madre, nunca lo había dudado. La buscó por toda la casa, pero ella no estaba por ninguna parte. Se había ido desde bien temprano y los chiquillos no habían comido siquiera. Ese día, ninguno fue a la escuela. No fue sino hasta llegada la noche, cuando Agustina se presentó en su casa. Estaba desarreglada en extremo. Se notaba que había ingerido licor, dado que un desagradable hálito la denunciaba. Nunca bebía, salvo de una manera muy ocasional.
Al ser indagada por su marido, no contestó nada. Le dirigió una mirada de desafío y sin más, se metió a la cama sin preocuparse de sus hijos siquiera. Se quedó dormida de inmediato, exhalando una hediondez mezclada con un fuerte olor a aguardiente. Américo notó que tenía los ojos inyectados de sangre. Con sobrada extrañeza, trataba de entender lo que le estaba pasando a su mujer. Era algo demasiado insólito, nunca había tenido queja alguna de ella en los doce años que llevaban compartiendo sus vidas. Era bastante rara aquella actitud brusca, en una persona excesivamente amorosa y entregada a los suyos.
Nunca había hecho nada parecido. Américo se quedó a dormir en el cuarto de sus hijos. No pudo conciliar el sueño, tratando de arreglar las cosas en su mente. Buscaba, sin lograrlo, un destello de luz que le condujese a entender, qué le había sucedido a su mujer. Era ya casi de mañana cuando por fin pudo quedarse dormido. Unos pasos en la casa le despertaron bruscamente. Confundido, trató de orientarse, ya que no era usual que despertara en otro sitio que no fuese su recamara. Recordó lo que había sucedido la noche anterior. Verificó que los muchachos estuviesen en el cuarto. En efecto, los tres estaban dormidos aún.
Se levantó con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido para que no se despertaran. Se encaminó raudo hacia la cocina, que era el sitio desde donde hubo escuchado los pasos. Allí estaba Agustina, sedosa, muy coqueta. El cabello lo llevaba recogido en un moño estupendo. Lucía un maquillaje sublime y despedía un aroma sensual. Estaba como todos los días. En contraste con lo observado la noche anterior, se presentaba ante él una mujer muy bonita; la dama que tanto le había gustado, la que aún le gustaba y a quien amaba profundamente. Américo estaba cada vez más contrariado, ya que no percibía en ella un asomo de pesar o de vergüenza por lo que había sucedido hacía apenas unas horas. Se quedó estático frente a su esposa.
Ella lo miró detenidamente, como escrutándolo. No denotaba lo expresado en el ensimismamiento que le otorgaba su esposo, y con lo que pretendía que ella explicara un comportamiento inusual. Nada de eso sucedió. Nada recordaba Agustina. Se sintió extraña esa mañana, al notar su ropa sucia y un desagradable sabor en su boca. Determinó la mujer, que tal vez sin darse cuenta, al entregarse a sus tantos quehaceres; había ensuciado su vestido más de la cuenta y en cuanto al extraño aliento matutino, era algo lógico que se sienta el aliento así al despertar. En verdad no recordaba nada de lo sucedido.
Américo lo tomó con entereza. Supuso, para no irse por la tangente, que la vida es siempre un cúmulo de misterios y que tal vez lo que había sucedido era uno de ellos. Estaba muy confundido, no se podía explicar una conducta repentina que rayaba en lo chabacano en ella, que era un cúmulo de virtudes; la conducta proba la caracterizaba. Sus principios religiosos, hondamente recibidos de sus padres y de sus abuelos, eran su mayor credencial de honestidad y rectitud. Sus hijos estaban recibiendo igual enseñanza y a él eso lo engrandecía. Todos los domingos acudían al sagrado culto y el altruismo los determinaba. Siempre eran prestos a tender una mano amiga a quien la necesitara. Por ello, cuando ella se le acercó con ternura a decirle que ya estaba listo el desayuno, él le preguntó sin rodeos, el porqué de su conducta la noche anterior.