En el aeropuerto internacional de Solenne, entre la multitud de viajeros y trabajadores, la figura de una mujer robaba todas las miradas. Su porte elegante y su gracia al caminar la hacían parecer una superestrella, y con su hermoso rostro escondido detrás de unas gafas oscuras solo conseguía un aspecto aún más misterioso e interesante para los transeúntes.
Robando miradas y corazones a su paso, mientras sus largas piernas avanzaban con decisión, en una mano llevaba una cartera colgando y con la otra dirigía una pequeña maleta. Cuando pasó a la zona de espera, sus ojos se encontraron con un inmenso cartel con letras de neón que decía: "Bienvenida a casa, Lia". La mujer avanzó con pasos firmes mientras, detrás de los lentes, ponía los ojos en blanco y, durante tan solo un segundo, si alguien se hubiese fijado bien, podría haber advertido la ligera curva hacia arriba en sus labios. Pero fue tan fugaz que pasó desapercibido para todos los presentes.
Detrás del inmenso mar de personas que recibían a los viajeros recién llegados, una pequeña chica sujetaba el enorme cartel. Era menuda y su cuerpo parecía el de una adolescente; su pequeño rostro redondo le confería un aspecto aún más juvenil y, si en lugar del traje de dos piezas que vestía su atuendo fuera más informal, bien podría haberse hecho pasar por una universitaria.
La recién llegada avanzó siguiendo el cartel de neón, ya que, debido a su metro cincuenta, la chica no se veía entre tanta gente. Finalmente, ambas mujeres quedaron frente a frente. La radiante sonrisa de la chica desapareció; soltó el cartel al suelo, se pasó la mano por el traje para asegurarse de que no tenía arrugas y, cambiando la sonrisa por un tono más profesional, saludó:
-Bienvenida de vuelta a casa, señorita Armont.
La recién llegada subió sus gafas a la cabeza, mostrando por fin su rostro, y con una mirada nada discreta inspeccionó a la chica frente a ella de arriba abajo. Su respuesta fue un simple asentimiento de cabeza, pero aquello fue suficiente. En cuestión de segundos, el porte profesional de la chica desapareció tan rápido como había llegado y una amplia sonrisa adornó su rostro al tiempo que acortaba la corta distancia entre ambas y se lanzaba a los brazos de la recién llegada.
-Oh, Lia, qué bueno que finalmente llegas. Te extrañé muchísimo, esto ha sido muy difícil sin ti.
La recién llegada, que respondía al nombre de Lia, le devolvió el abrazo, estrechándola contra ella y apoyando su barbilla sobre la cabeza de la chica, respondió:
-Tonta, solo hace tres días que no nos vemos. Lo haces ver como si fuese una eternidad.
-¡Pero para mí es una eternidad! -la chica se separó haciendo pucheros-. ¿Sabes lo difícil que es fingir ser profesional todo el tiempo y no tener a nadie que soporte mis arrebatos infantiles? Lia, estos tres días han sido un infierno para mí.
-Mae, ya te dije lo absurdo que me parece esa idea tuya de fingir ser alguien que no eres. No tienes que usar traje ni mantenerte seria todo el tiempo; eres única, y tu personalidad alegre y fresca es lo que te hace distintiva -la reprendió Lia en un tono serio, pero sin ser demasiado duro.
-Lo sé, lo sé, pero estoy cansada de que nadie me tome en serio por mi aspecto infantil. Si parezco una niña y me comporto como una niña, me seguirán tratando como una niña, y ya estoy harta.
Lia quería seguir discutiéndole; quería decirle que por ser alegre y optimista no era una niña, quería decirle que siempre había envidiado su personalidad abierta y sin filtros, pero guardó silencio. Conocía perfectamente los complejos de su amiga, así como también el motivo por el cual últimamente estaba siendo más dura consigo misma. No tenía sentido insistir en ese momento; no la haría cambiar de opinión de la noche a la mañana. La autoestima de Maelis había sufrido un duro golpe y Lia tenía un largo plan para, poco a poco, hacerla ganar confianza. Así que, cambiando de tema, agregó:
-¿Y bien? ¿Ya todo está listo?
Maelis retomó su porte profesional, se paró recta y, con un tono más serio, respondió:
-Sí. El local de la nueva exposición ha sido asegurado, la mayoría de los artistas han llegado en el transcurso de la semana y todo está listo para la apertura mañana. Los proveedores y el catering han sido confirmados y no tenemos ningún contratiempo. Las invitaciones fueron enviadas tal y como ordenaste y todos los invitados confirmaron su presencia.
La mirada de Lia se volvió más aguda.
-¿Todos?
Su amiga asintió.
-Bien. Por fin ha llegado el momento de reencontrarme con mi adorada familia. Veremos qué tanto me han extrañado estos diez años. Tenemos muchas cuentas pendientes que aclarar.
-Lia, ¿estás segura de que quieres hacer esto? Aún estás a tiempo de regresar a Lyra y olvidarte de Solenne y de toda la gente de este país.
-No puedo, Mae. No podré seguir adelante hasta que cierre este capítulo de mi vida. Llevo diez largos años preparándome para este momento. Estoy aquí para destruir a los Valmont y nada va a impedírmelo.
Maelis asintió. Comprendía mejor que nadie el rencor que su amiga ocultaba en su corazón. Sabía todo por lo que había pasado y lo que había hecho para llegar hasta allí.
-Vamos, el chofer nos está esperando afuera.
Lia asintió y retomó la marcha. Justo en ese momento, su teléfono vibró anunciando la llegada de un nuevo mensaje.
"Espero que tuvieras un buen viaje. Descansa hoy, los próximos días serán agitados. Te desearía suerte, pero sé que no la necesitas. Además, me tienes a mí y soy más que suficiente."
Lia sonrió y guardó el teléfono en su bolso. Cubrió su rostro con las gafas una vez más y siguió a su amiga hasta el coche. Finalmente estaba de vuelta. Finalmente les haría pagar por todo el daño que le causaron.
Diez años antes
La gala anual de Aurora Mineral brillaba como si alguien hubiese derramado oro líquido sobre el salón entero. Lámparas de cristal, esculturas metálicas con centros dorados, pinturas famosas, vajilla de oro... y, en medio de todo, Aurelia Valmont: la heredera dorada. Aurelia resplandecía bajo las miradas; su elegancia innata, sus gráciles movimientos y su encantadora sonrisa cautivaban a todo aquel que tenía el privilegio de conocerla.
El resto de la familia Valmont había llegado hacía algún tiempo; como anfitriones de la fiesta, tenían el deber de recibir a sus invitados. Pero todos sabían que este tipo de reglas no se aplicaban a la princesa Valmont, la heredera dorada.
Aurelia atravesó la sala con una sonrisa calmada, intercambiando saludos y algún que otro elogio fugaz a su paso. Finalmente alcanzó la mesa de los anfitriones, donde sus padres, Magnus e Isolde Valmont, presidían el festejo. Su madre la examinó de arriba abajo y, luego de un leve asentimiento de cabeza, le preguntó:
-¿Era muy difícil para ti llegar a una hora apropiada? Espero que tu retraso no tuviese nada que ver con alguna comida grasienta y asquerosa.
-Necesitaba dejar listo un último asunto en el trabajo. Me atrasé demasiado con la preparación de la gala y los exámenes en la universidad -su madre bufó.
Con tan solo 18 años Aurelia estaba cursando su segunda carrera universitaria al mismo tiempo que comenzaba sus prácticas en la empresa familiar. Sin embargo, su familia no estaba satisfecha con su segunda elección académica y consideraban que la chica simplemente estaba perdiendo el tiempo.
-Sabes bien que no puedes incumplir con tus deberes para con la empresa y la familia, o de lo contrario no terminarás jamás con esa estúpida pérdida de tiempo que llamas carrera.
Aurelia suspiró. Conocía bien la opinión de sus padres respecto a su licenciatura en Bellas Artes; sin embargo, le había costado mucho convencerlos de que la dejaran estudiarla como algo secundario y no pensaba rendirse por los comentarios de su madre.
-No te preocupes, madre. No estoy descuidando mis obligaciones. Como puedes ver, la gala está siendo un éxito gracias a mi planificación. De igual manera, la nueva mina ya está comenzando a producir, y estoy segura de que en menos de dos años habremos recuperado la inversión.
Al escuchar sus palabras, su padre decidió por fin intervenir; siempre que había alusión al dinero, era el momento justo para que él lo hiciera.
-Cariño, no seas tan dura con la pequeña Aurelia. Está haciendo un buen trabajo.
Su madre bufó otra vez.
-¿Pequeña? Debería bajar unos cuantos kilos para poder ser considerada pequeña. Es más, Aurelia, ve a buscar a tu hermana. Le pedí que preparara algunas fajas para ti porque sabía que te presentarías con todas esas masas fuera.
El calor subió por el cuello de Aurelia hasta llegar al rostro. Estaba acostumbrada a los comentarios hirientes de su madre, pero no comprendía por qué seguían afectándole después de tanto tiempo. No importaba lo mucho que se esforzara en la escuela o en la empresa, para su madre nunca era suficiente y siempre tenía que sacar el tema de su peso.
Pero ese día estaba tan cansada que no sintió fuerzas para hacer entrar en razón a su madre. No tenía sentido decirle que había probado cientos de dietas, que iba al gimnasio con regularidad, que no importaba lo poco que comiera no conseguía bajar de peso, y que su cuerpo era así: caderas anchas, muslos gruesos. Se cuidaba lo suficiente para mantener el abdomen plano, pero jamás llegaría a la talla XS de su hermana menor. Era genética. Pero ninguna de esas explicaciones era suficiente para Isolde.
Decidida a escapar de los constantes ataques de su madre, Aurelia emprendió la ardua tarea de encontrar a su hermana menor, Cassandra. Donde Aurelia era elegante, refinada y madura, su hermana era alegre, espontánea, carismática y leal. Su vista recorrió la habitación buscando aquellos rizos dorados que tanto amaba, pero no logró verla entre más de quinientos invitados. Supuso que andaría correteando con alguno de sus amigos.
Cassandra solo era dos años menor que Aurelia, pero al no cargar con el peso de la empresa sobre sus hombros, había podido llevar una vida desocupada y libre. Las hermanas solían llevarse bien; tan bien como podían llevarse dos seres tan diferentes. Aurelia anhelaba la vida sin compromisos de su hermana, mientras que esta envidiaba el propósito de Aurelia y ansiaba ser más relevante para sus padres. Por eso siempre intentaba llamar su atención y tendía a ser bastante sumisa.
Decidiendo tomarse un descanso, Aurelia se dirigió al baño para retocar su maquillaje. Se encerró en un cubículo con la esperanza de tener un minuto a solas y dejar de socializar. Unos minutos después, la puerta del baño se abrió y las voces de unas mujeres la alertaron de que no estaba sola.
-Ay, Amanda, me encanta tu gargantilla nueva. Se ve que el ministro te trata muy bien.
-La verdad, no tengo nada de qué quejarme. Desde que Patrick comenzó sus negocios con Aurora Mineral su cuenta bancaria ha subido unos cuantos dígitos, así que me consiente con cualquier capricho.
-Amiga, te entiendo completamente. Andrés recién comenzó a trabajar para Aurora y ya nos mudamos a un piso nuevo, el doble de grande del anterior. No tengo idea de qué trapos sucios estará barriendo bajo la alfombra, pero deben ser cosas bien gordas cuando le están pagando tanto por su silencio.
-A mí, la verdad, me da igual en lo que ande Patrick, mientras mantenga nuestro nivel de vida.
Las voces comenzaron a alejarse hasta que Aurelia dejó de comprender lo que decían. Un nudo pesado se formó en su estómago; un terrible presentimiento la puso en alerta y decidió investigar cuanto antes.
Dejando de lado sus sospechas momentáneamente, retomó la tarea de localizar a Cassandra. Esta vez no fue difícil encontrarla con su grupo de amigos, quienes comenzaban a estar ebrios. Sus voces se escuchaban por encima de la suave música clásica. Con pasos rápidos Aurelia se acercó a su hermana, quien al verla comenzó a aplaudir; sus amigos la imitaron.
-Y ante ustedes, la estrella de la noche, nada más y nada menos que la heredera dorada -el tono de Cassandra estaba cargado de veneno y rencor. Aurelia supo de inmediato que su hermana estaba pasada de copas.
-No es el momento, Cassi. Venga, salgamos de aquí antes de que hagan un desastre y padre se enoje.
Con la ayuda de algunos guardias, Aurelia consiguió habitaciones para todos los amigos de su hermana en el mismo hotel donde se celebraba la gala. Afortunadamente ella ya había previsto que algo así podía pasar y tenía algunas habitaciones reservadas para invitados que se pasaran con las copas y no pudieran conducir de regreso.
Ella misma se encargó de Cassandra. La llevó directo al baño y la metió en la bañera, como tantas otras veces en que regresaba borracha a casa y le tocaba a ella encubrirla.
-Estoy tan harta de oír cómo todos te elogian. Todos se acercan a mí solo con la intención de poder verte y hablarte. Solo me usan para llegar a la heredera dorada -las lágrimas corrían por el rostro de Cassandra mientras Aurelia le pasaba la esponja con delicadeza-. ¿Por qué no puedo ser como tú? ¿Por qué no resulto tan interesante?
-Claro que eres interesante, cariño -Aurelia la acunó contra su pecho, sin importarle que mojara su carísimo vestido-. Eres hermosa, inteligente y talentosa. Solo debes descubrir lo que te apasiona.
-Pero ya lo sé. Quiero ser tú. Quiero trabajar en la empresa, quiero ser perfecta y que todos me quieran, que madre y padre me presten atención y que me consideren algo más que un ganado que podrán vender más adelante para cerrar negocios y acuerdos. Porque eso es lo que me espera: me casarán con quien ellos escojan. Por eso debo disfrutar ahora, antes de que me lleven como cordero al matadero.
-No, cariño. Nadie es perfecto, y menos yo. Y trabajar en la empresa tampoco es algo fácil; es aburrido, monótono y nada simple. Justamente hoy comencé a sospechar de algunas cosas y creo que hay mucho más de lo que conocemos. Nada es sencillo, Cassi, pero debemos aprender a valorar lo que tenemos. Disfruta de tu libertad, hermanita. Al menos tú puedes.
-Sabía que no me entenderías. ¿Qué puedes saber tú, la heredera perfecta, sobre sentirse incompleta o incomprendida? Está bien, vete, déjame sola. Ahora mismo no quiero verte.
Aurelia salió del baño y se recostó contra la puerta mientras suspiraba. Claro que comprendía lo que era sentirse así; llevaba 18 años siendo incomprendida. Simplemente había aprendido a vivir con ello. Se había resignado a lo que le tocaba, pero al menos intentaría seguir este camino que no había elegido bajo sus propias reglas, y no pensaba consentir ilegalidades ni cosas turbias en el negocio familiar. Era hora de echarle un ojo a algunos documentos y verificar que todo estuviera bien.
Con eso en mente, Aurelia abandonó el hotel y se dirigió a la sede de Aurora Mineral. Lejos estaba de imaginar que, esa noche, el castillo de cristal donde vivía comenzaría a romperse, dejándole ver las grietas.
El sol comenzaba a asomarse y la ciudad de Solenne despertaba lentamente, mientras que, en las oficinas generales de Aurora Mineral, Aurelia revisaba documento tras documento. No había pegado ojo en toda la noche. Estaba exhausta física y mentalmente, pero el cansancio no la detendría: necesitaba llegar hasta el final de su investigación.
Había pasado horas revisando informes, contratos y archivos internos, aferrándose a la esperanza de que las palabras escuchadas en el baño no fueran más que rumores infundados. Sin embargo, cuanto más escarbaba, más suciedad salía a la luz. La empresa familiar en la que había depositado todas sus esperanzas no era más que un pozo sin fondo de inmundicia.
Sobornos.
Manipulación de informes científicos.
Desaparición de fondos.
Contaminación ambiental.
Aurelia tenía miedo de seguir buscando. Temía lo que aún podría encontrar, temía descubrir pruebas que vincularan directamente a sus padres.
-No -se dijo en voz baja-. No hay manera de que mis padres sepan todo esto. Nunca lo permitirían.
Repitió esas palabras una y otra vez mientras guardaba los documentos en su bolso, tomaba las llaves de su auto y conducía hacia la villa familiar.
Magnus e Isolde Valmont eran buenas personas. Trabajadoras. Tal vez demasiado ocupadas para criar a dos niñas que necesitaban atención, pero Aurelia siempre había creído que eso no los hacía malos padres, solo ausentes. Ella y Cassandra habían crecido entre niñeras e instructores, sí, pero aun así... Aurelia quería creer. Necesitaba creer.
Sin embargo, una voz insistente en su mente no dejaba de cuestionarla.
-¿Estás segura de que los conoces? Apenas los veías unos pocos días al año mientras crecías. ¿Cómo puedes estar tan segura?
Aurelia se negó a escucharla. Esa voz mentía. Tenía que hacerlo.
Cuando finalmente llegó a la villa, no se permitió perder tiempo. No dedicó una sola mirada al jardín donde había jugado de niña, ni a los cuadros que había comprado en su adolescencia y decoraban el rellano. Ni siquiera se detuvo a saludar a Henry, el mayordomo que había sido como un padre para ella y su hermana.
Subió directamente al segundo piso y se dirigió a la habitación de sus padres.
Apenas amanecía, pero ambos ya estaban despiertos. Magnus leía el periódico sentado en un sillón, con una taza de café sobre la mesa; Isolde se maquillaba frente al espejo. Estaban completamente vestidos, listos para salir.
Aurelia abrió la puerta y entró sin llamar.
Su padre levantó la vista del periódico al mismo tiempo que su madre la observaba a través del espejo. Ambos fruncieron el ceño.
-¿Ha sucedido algo, querida? -preguntó Magnus-. ¿Qué haces aquí tan temprano?
-Necesito hablar con ustedes.
-¿Y no podías esperar al desayuno o a vernos en la empresa? -replicó Isolde con severidad-. ¿Qué formas son esas de entrar en la habitación de tus padres? ¿Acaso no te educamos bien?
Aurelia estuvo a punto de recordarle que ellos no la habían educado, que sus modales eran mérito de sus instructores. Pero sabía que ese no era el momento.
-No, madre. Es un asunto urgente y no podía esperar.
Hizo una pausa. El nudo en su garganta le impedía hablar. Finalmente, Isolde dejó el maquillaje y se giró hacia ella con impaciencia, exigiendo una explicación.
Aurelia respiró hondo y soltó aquello que la consumía por dentro.
-Anoche, en la fiesta, escuché algunas cosas que no me parecieron bien y decidí investigar. Al parecer, la empresa ha estado sobornando funcionarios y estamos involucrados en asuntos muy turbios.
Guardó silencio para permitirles reaccionar. Sus padres se miraron entre ellos antes de volver la vista hacia ella. Aurelia sintió la bilis subirle a la garganta.
-Ustedes no tienen nada que ver, ¿cierto? -preguntó con voz temblorosa-. No estaban al tanto. El culpable debe ser algún director o alguien a quien le cedieron su confianza.
Magnus dejó el periódico y se puso de pie. Se acercó a ella con pasos lentos, medidos, como si temiera asustarla.
-Oh, cariño... sentimos que te enteraras así -dijo-. Pensábamos hablarlo contigo más adelante, cuando estuvieras preparada para hacerte cargo de la empresa. Hemos tenido que tomar algunas decisiones cuestionables por el bien de la familia, pero no es tan grave.
-¿Que no es grave? -exclamó Aurelia-. La extracción de minerales de la última mina ha comprometido el arroyo del pueblo más cercano. Hemos contaminado su fuente de agua potable. Hay cientos de intoxicados, puede que incluso muertos. ¿Cómo puedes decir que no es grave?
-Por eso no queríamos decirte nada -intervino Isolde-- Aún eres demasiado blanda e inmadura. No estás preparada para dirigir la empresa. Necesitas endurecerte.
-¿Y cómo pensaban hacerlo? -replicó Aurelia-. ¿Haciéndome responsable de la muerte de cientos de personas por un proyecto que yo dirigía? Yo ordené un informe científico para asegurarme de no dañar a la comunidad, y el resultado que llegó a mis manos estaba limpio. Todo estaba en orden... y ahora descubro que ustedes falsificaron ese informe. ¿Querían cargar esas muertes sobre mi conciencia? ¿Eso quieren para su hija? ¿Convertirme en una asesina?
-¡Ya basta, Aurelia! -tronó Magnus-. No te atrevas a alzarle la voz a tu madre. Hicimos lo necesario para sacar adelante la empresa y a nuestra familia. Si no estás de acuerdo con nuestros métodos, presenta tu renuncia hoy mismo.
-Eso pienso hacer -respondió ella con firmeza-. No voy a ser parte de esta suciedad. Y preparen a sus abogados, porque pienso hablar con los medios y contar todo lo que sé.
Isolde soltó una risa burlona.
-¿Y de verdad crees que vas a salir limpia de esto? Tu nombre figura en todos los documentos del proyecto. Eres la principal responsable. ¿De verdad crees que alguien va a creerte? Qué ilusa.
-Escúchame bien, Aurelia -añadió Magnus-. Somos tus padres y te queremos, pero no permitiré que destruyas todo lo que hemos construido. Tengo el contrato que firmaste cuando te entregamos el proyecto, donde afirmabas estar al tanto de todo y asumir la responsabilidad de cualquier consecuencia. Si abres la boca, tú serás el chivo expiatorio.
-¿Cómo pueden hacerme esto? -susurró Aurelia-. Soy su hija.
-Eres una niña mimada que ha vivido rodeada de privilegios -respondió Isolde con frialdad- Disfrutaste del dinero que ganamos y ahora, al enterarte de cómo lo conseguimos, te haces la indignada. Invertimos demasiado en tu educación para que fueras nuestro relevo y ahora lo tiras todo por la borda. Muy bien, que así sea.
Hizo una pausa antes de sentenciar:
-A partir de hoy, quedas fuera de la empresa. Te retiraremos los cargos, revocaremos tus accesos y quedarás apartada de todos los proyectos. Olvídate de Aurora Mineral. Comenzaremos a preparar a tu hermana como heredera... y tú ocuparás su lugar.
-¿Ocupar su lugar? -preguntó Aurelia, con un nudo helado en el estómago.
Sabía perfectamente a qué se refería.
-Tu padre y yo habíamos encontrado un esposo para Cassandra -continuó Isolde-. Queríamos entrar al mercado del litio, pero ha sido complicado, así que acordamos una alianza con el principal exportador. El compromiso será anunciado en unas semanas. Ahora tú ocuparás su lugar. De alguna forma, debes pagar todo lo que hemos invertido en ti.
Aurelia quiso gritar, pero no tenía voz. Se sentía humillada, traicionada, destrozada. En cuestión de horas había pasado de ser la heredera dorada a una pieza de intercambio, degradada dentro de su propia familia.
El castillo de oro en el que había vivido perdió su brillo. Ya no era oro: era una fantasía que comenzaba a ennegrecerse.