✨ Nota de la autora ✨
La historia de El vicio de Greco puede llegar a sentirse un poco confusa en algunos capítulos, ya que en ciertos momentos se presenta un efecto de déjà vu, donde algunas situaciones o emociones pueden parecer repetidas.
Esto ocurre solo en una ocasión puntual dentro de la narrativa.
Ofrezco una sincera disculpa si esto llega a generar confusión durante la lectura. Agradezco profundamente su comprensión y el tiempo que dedican a sumergirse en la historia de Greco. 🤍
Gracias por acompañarme en este viaje.
- Camila Ceballos
***
El despacho de Greco Leone no tenía ventanas. Las vistas eran un lujo para los hombres que soñaban con escapar. Él no soñaba. Planeaba. Calculaba. Gobernaba.
Las paredes estaban cubiertas de madera oscura, casi negra, y en una vitrina de cristal, junto al escritorio, descansaba una colección de relojes antiguos que marcaban zonas horarias que ya no importaban. El tiempo, para Greco, era solo una herramienta para medir la lealtad. Sentado tras el escritorio, Greco hojeaba un expediente con la calma de quien ya había decidido el destino del hombre al que pertenecía. No leía por necesidad, sino por cortesía.
-Sabes ¿cuál fue su error? -preguntó sin levantar la vista.
Dante Moretti, de pie frente a él, con los brazos cruzados y la mirada de un lobo enjaulado, respondió sin dudar:
-Creer que podía hacer negocios con los rusos sin que nosotros nos enterráramos.
Greco ascendió, cerrando el expediente.
-Exacto. Y cuando un perro muerde la mano que le da de comer...
-Se le arranca la mandíbula -completó Dante.
Ambos sonrieron. Un humor oscuro, seco. El único tipo de risa que no era una debilidad.
Dante Moretti era más que un brazo ejecutor. Era la sombra detrás del trono, el susurro antes del disparo. Un hombre nacido en Nápoles, criado entre ruinas y pólvora. Su presencia llenaba la habitación con la gravedad de una tormenta. Su fidelidad a Greco no venía del miedo, sino de un código que ambos entendían sin palabras. Greco se puso de pie. La camisa de seda negra se abría ligeramente sobre los tatuajes de los leones, ahora tensos bajo la piel como si también olieran la traición.
-Llévalo al muelle. Que vea el mar por última vez. -Pausó, pensativo-. Pero no lo compañeros todavía. Quiero saber a quién más le vendió información.
Dante ascendió y se dio media vuelta, pero Greco lo detuvo.
-Y Dante...
-¿Sí, capo?
-Hazlo hablar. Como solo tú sabes.
Cuando Dante salió, Greco se quedó solo, mirando el cristal de la vitrina donde su reflejo aparecía fragmentado por las esferas de los relojes. A veces se preguntaba quién era realmente: el joven que una vez tuvo miedo, o el hombre al que el miedo ahora obedecía.
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La vida de Greco no comenzó con poder. Comenzó con sangre. Su padre, Vincenzo Leone, había sido un capo menor en Palermo, asesinado a plena luz del día en una barbería para negarse a traicionar a su familia. Greco, con apenas quince años, limpió la sangre de su padre con las manos desnudas. No lloró. Solo memorizó los rostros de los que miraban sin hacer nada.
A los diecisiete, ya había matado por primera vez. A los veintitrés, tomó el control del puerto de Salerno. A los treinta, las cinco familias le temían más de lo que lo respetaban.
-Tu problema -le dijo una vez un viejo capo romano- es que no haces aliados. Haces cementerios.
Greco no respondió. Porque tenía razón.
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Horas después, Dante regresó al despacho. La chaqueta estaba salpicada con algo que no era vino. Llevaba los nudillos marcados, como de costumbre.
-Habló -dijo, dejando una grabadora sobre el escritorio. Greco la encendió. La voz que emergía era temblorosa, quebrada, como una campana rota."...dije lo que querían oír... solo querían nombres... les dije lo de Tomasso, lo de Gianni... te juro que no hablé de tu hermano, Greco..."
Pausa. Un sonido húmedo. Un grito. Greco apretó los dientes.
-¿Gianni también?
-Si. Él filtra rutas marítimas hace un mes. Estaban armando algo grande con los albaneses. Quizás para quitarte Civitavecchia.
El silencio fue peso como el humo de un cigarro.
-Mátalos a todos -ordenó Greco, sin cambiar el tono.
-¿Incluido Gianni?
-Especialmente a Gianni.
Dante ascendió. Sabía que los vínculos de sangre eran secundarios cuando la traición se cruzaba con el negocio.
-Quiero una limpia total. Nada de mensajes ambiguos. Que cada cuerpo que flote lleva una marca clara: la cabeza envuelta en la bandera blanca de rendición.
-¿Y la policía?
Greco sonrió.
-El comisario D'Amico vendió su silencio hace años. Solo necesita que le recordemos cuántos ceros tenía su último sobre.
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Esa noche, Greco se encerró en su apartamento privado sobre el casino "Il Leone Nero". Solo Dante tenía acceso sin tocar la puerta. Se sirvió un whisky y caminó hacia el balcón.
Desde allí, podía ver el golfo de Nápoles, con las luces parpadeando como fuegos fatuos sobre las aguas negras. El mundo dormía. Pero él no.
El vicio de Greco no era el poder, ni el dinero, ni siquiera la sangre.
Era el control.
Sobre su entorno, sobre sus enemigos, sobre sus propias emociones. Había aprendido a reprimir el miedo, el deseo, incluso el amor. Todo era negociable. Todo tenia precio.
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Dante regresó a la madrugada, cubierto por una gabardina y un cansancio que no era físico.
-Está hecho -informó, sin necesidad de detalles.
Greco lo miró. Lo conocí demasiado bien.
-¿Cuántos?
-Siete. Pero Gianni suplicó más que los demás. Eso me jodió un poco.
Greco no respondió. Solo ascendiendo, tragándose el dolor como otro trago de whisky barato.
-Quiero que esta noche todos hablen de esto, Dante. Quiero que cada mesa, cada callejón, cada iglesia sepa que ser hermano mío no es salvación si se traiciona la lealtad.
-Así será, capo.
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Al amanecer, el cuerpo de Gianni flotaba cerca del puerto. Tenía una flor blanca en la boca. Una vieja costumbre que Greco había rescatado del folclore siciliano. Significaba que la muerte había sido justa.
Y Greco Leone siempre se aseguraba de que la justicia tuviera su firma.
*AL DÍA SIGUIENTE*
La cocina de la abuela estaba intacta desde 1957.
Los azulejos blancos con flores azules, los manteles de encaje, las cacerolas colgadas con precisión matemática en la pared. Olía a café fuerte, a albahaca ya nostalgia.
Greco se quitó el abrigo empapado por la lluvia y lo colgó junto a la puerta sin que nadie se lo pidiera. Dante se quedó en el coche. Nadie más que Greco tenía permiso para estar presente cuando ella hablaba.
-Te ves cansado, picciriddu -dijo la anciana sin volverse. Removía lentamente una salsa espesa en una olla de cobre-. Como tu padre la noche antes de morir.
Greco apretó los dientes. No era fácil intimidarlo. Excepto ella.
-La noche antes de morir, papá estaba confiado.
-Y por eso murió.
La abuela se giró. Llevaba el cabello recogido en un moño estricto, una blusa negra y una cruz de oro que había sobrevivido a tres generaciones de sangre. Su espalda estaba encorvada, pero su mirada era firme como granito.
-Tienes enemigos en cada esquina, Greco. Y lo peor... no tienes raíces. Solo miedo y fuego.
-Lo que tengo es control -respondió él, tomando asiento en silencio.
Ella sirvió dos cafés y se sentó frente a él. Ninguna palabra más hasta que ambos dieron un sorbo. Vieja regla de la casa: la familia se sella con café.
-Esta semana hay una gala en el Teatro di San Carlo -dijo la abuela, sin rodeos-. Un ballet. "El lago de los cisnes". La nueva baletista Arianna estará en escena, es muy buena en lo que hace
El griego arqueó una ceja.
-¿A esto me trajiste?
-Te traje para recordarte que eres un hombre, no un dios.
-Y los hombres como yo no van al ballet.
-Los hombres como tú terminan muertos en sillas de cuero si no escuchan a las mujeres que los criaron.
Greco no contestó. Sabía que discutir con su abuela era perder tiempo y dignidad.
-La ciudad habla, figlio mío. Dicen que no tienes sucesor, que no hay esposa, ni hijos, ni siquiera una promesa. Que si mañana cae, todo lo que construye se lo reparten como buitres.
Greco dejó la taza sobre el plato con firmeza.
-El poder no se hereda con sangre. Se gana con miedo.
-Y se pierde con soledad.
La abuela sacó una fotografía arrugada de su bolso y la deslizó sobre la mesa. En ella, Greco tenía diez años, su madre sonreía desde un banco del parque, y su padre llevaba un abrigo largo y un cigarro en la mano.
-Tu padre pensó igual. Y yo lo enterré con mis propias manos.
Greco miró la imagen. Quiso devolvérsela, pero no lo hizo.
-Hay una joven de la familia Morelli. Se llama Rubí. Hermosa, educada, fuerte. Y virgen, aunque eso te importa poco. Su padre me pidió una reunión formal. Le respondí que solo irías si quieres conservar tu trono.
-Me estás amenazando, nonna?
-Te estoy diciendo la verdad. El mundo que construye necesita una reina. O te devorará.
Greco se levantó. Por un instante pareció que diría algo. Pero solo guardó la foto en su chaqueta.
-No iré al ballet. Pero tal vez... acepto la reunión.
La abuela se puso de pie también. Más baja, más frágil... pero con un peso invisible que hacía que incluso los fantasmas retrocedieran.
-Una última cosa, Greco.
-¿Si?
-No confundas respeto con temor. El primero se queda cuando envejeces. El segundo desaparece en cuantas sangras.
Greco ascendió y salió bajo la lluvia.
Esa noche, en su departamento, no bebió. No llamadas prostitutas. No se ordenaron ejecuciones.
Solo abrió la fotografía y la dejó sobre el escritorio.
Y por primera vez en mucho tiempo, Greco Leone no durmió con un arma bajo la almohada.
Durmió con una duda.
El Teatro di San Carlo ardía en elegancia, las lámparas de araña colgaban como joyas del techo, iluminando rostros maquillados, vestidos de diseñador y trajes que olían a poder viejo. El olor a perfume caro se mezclaba con el terciopelo de las butacas y el crujir discreto de las perlas ajustándose en cuellos tensos.Greco Leona no pertenecía ahí. Pero allí estaba, en el palco privado reservado a la familia Leone desde los años de Mussolini. Sentado con los codos sobre los brazos de cuero rojo, observaba el escenario como un juez invisible, junto a él, Dante Moretti vestía de gala.
Negro impecable, barba recortada, y una mirada que no se distraía con arte. Observaba al público, no a los bailarines. Cazaba miradas peligrosas.
-¿Por qué estamos aquí, capo? -murmuró Dante, sin apartar la vista de un grupo de empresarios al fondo-. Esto no es lo nuestro.
Greco no respondió. La orquesta comenzó. Las luces bajaron.
Y entonces apareció ella, no tenía nombre aún para él. Forma en solitario. Movimiento. Presencia.
La bailarina principal emergió desde el centro del escenario, como si el suelo la empujara hacia la luz. Llevaba un tutú blanco, el cuello alargado, los brazos como alas congeladas. El rostro sin expresión. Pero sus ojos... sus ojos parecían hablar en otro idioma. Uno que él nunca había aprendido, pero al que su alma respondió sin permiso. Era etérea, sí. Pero no frágil. Había algo en la forma en que sostenía cada pose, en cómo se enfrentaba a la luz con el mentón levantado. Como si bailara para los dioses y desafiara a todos ellos. Greco no apartó la mirada. Ni cuando el telón bajó por primera vez. Ni cuando el aplauso llenó el teatro como un trueno.
¿Capo? -preguntó Dante-. ¿Estás bien?
Greco apenas murmuró:
-¿Quién es?
-¿Quién?
-La bailarina principal. La del cisne.
Dante revisó rápidamente el folleto del evento.
-Arianna Veltri. Romana. Veintisiete. Estudió en París. Vive sola. Sin vínculos conocidos. ¿La quieres?
Greco lo pensó. Luego negó con la cabeza.
-No. No todavía. Quiero conocerla... sin que sepa quién soy.
-¿Y cómo planeas eso?
-Como lo hacen los mortales, Dante.
El telón volvió a subir, Y Greco no volvió a mirar otra cosa esa noche.
---
Tres días después, el salón principal de la Villa Leone fue arreglado para una reunión formal.
Era una sala de mármol blanco y columnas toscanas, con frescos en el techo que contaban historias de guerras antiguas y pactos sellados con sangre. En el centro, una mesa redonda con vajilla de plata, vino añejo y una única silla que se eleva ligeramente por encima del resto. La de Greco. Dante estaba apostado junto a la pared, siempre a la sombra. Llegaron los Morelli.
Don Alfonso Morelli, patriarca con reputación de ser más astuto que cruel, caminaba con un bastón de nogal. A su lado, su esposa -una mujer silenciosa de mirada gélida- y su hija: Rubí. La joven Morelli era perfecta. Demasiado perfecto, vestía de azul marino, el cabello recogido con precisión, sin una joya de más. Era bella, sí, pero sin alma visible. Como una estatua tallada por orden de una dinastía.
-Don Greco -dijo Alfonso, con voz medida-gracias por recibirnos.
-La familia Morelli siempre es bienvenida -respondió Greco, estrechándole la mano sin emoción.
Se sentaron. La comida comenzó. Conversaciones educadas sobre comercio, rutas marítimas, tratados tácitos. Rubí no hablaba mucho. Solo respondía con frases exactas, medidas. Como si cada palabra fuera parte de un examen que debía aprobar.
-Mi hija es disciplinada -dijo Alfonso en cierto momento-. Habla tres idiomas. Estudio de historia del arte. Y está dispuesta a formar una familia sólida.
La abuela de Greco, sentada al lado, acomodándose con satisfacción. Era el escenario que había esperado.
Greco observó a Rubí. Luego dijo:
-Dime, Rubí. ¿Qué harías si supieras que tu futuro esposo ha matado con sus propias manos?
La sala se congeló, Pero ella, sin pestañear, respondió:
-Me aseguraría de que lo hizo por razones estratégicas. No por impulso.
Dante no pudo evitar sonreír, Greco también. Pero su sonrisa era distinta.
-Una respuesta impecable -dijo-. Aunque quizás demasiado perfecto.
-¿Eso es malo?
-Lo es si busco algo que me recuerde que sigo vivo.
La abuela lo fulminó con la mirada, Pero Alfonso no se molestó. Solo inclinó la cabeza.
-No todos los hombres de poder buscan estabilidad. Algunos... buscan redención.
-Y otros, simplemente... una razón para quemarlo todo -añadió Greco.
El resto del almuerzo se desarrolló con cortesía. Pero la decisión ya estaba tomada. Cuando los Morelli se marcharon, la abuela lo encaró en privado.
-¿Qué fue eso, Greco?
-Una conversación.
-¡Una oportunidad!
-No quiero una alianza vacía. No quiero a alguien que me mire como si yo fuera un banco armado.
-¿Y qué quieres, entonces?
Greco no respondió.
-¡No quiero una mujer, que solo no sirva ser una cara bonita, el poder es lo que más necesito y lo he dejado claro!
Luego caminó hacia su estudio, subió un cigarro y volvió a mirar la fotografía sobre el escritorio, Pero esta vez, abrió el buscador de su teléfono. Y escribió: "Arianna Veltri. Ballet". donde la información se empezó a desplazar en su pantalla, junto a una fotografía de Arianna en galas, fiestas de donaciones y en teatros de algunas partes del mundo, como un león acechando, conservaba cada detalle de la información, guardando lo más importante de ella.
*Después del aplauso*
El telón había caído hacía apenas cinco minutos, pero el camerino aún vibraba con los restos de adrenalina. El aire olía a maquillaje, sudor seco y flores recién entregadas. El espejo de Arianna estaba cubierto de tarjetas, peonías blancas y envoltorios dorados. La música seguía sonando en su cuerpo como si no hubiera terminado el último compás.
-¡Ariana! ¡Estabas... sublime! -exclamó Chiara, aún con los pies vendados y el tutú a medio quitar-. Cuando hiciste el arabesco en la escena del lago... juro que el público dejó de respirar.
-Mentira -dijo Martina, quitándose las pestañas postizas-. Algunos sí respiraban. Como ese tipo del palco privado. No paraba de mirarla. Alto, moreno, mirada de mafioso italiano de película vieja.
-¡Si! Yo también lo vi -agregó Chiara, riendo-. Me dio escalofríos. El tipo no aplaudió en todo el acto, solo la observaba como si fuera un león viendo a su presa.
Arianna sonriente, tímida. Se recogió el cabello en un moño flojo, dejando caer algunos mechones sobre la nuca.
-¿Y si era un crítico importante? -preguntó, sin mostrar demasiado interés-. O solo alguien con una fijación rara por el ballet.
-¿Criticó? No. Ese no era un periodista. Era otra cosa -dijo Martina, bajando la voz-. Tenía guardaespaldas. Y no era policía.
-Quizá era alguien aburrido -dijo Arianna, levantándose-. Como Pablo.
Las chicas rieron, pero luego se miraron con cautela, Pablo el nombre cayó como una piedra en un charco.
-Viene por ti? -preguntó Chiara, en tono neutro.
-Sí. Está afuera.
-Y tú... ¿estás bien con eso?
Arianna no respondió. Guardó su ropa con movimientos automáticos. Plegó con precisión su falda de ensayo, metió los zapatos en la bolsa de tela, cerró la cremallera del neceser. El camerino, tan cálido hace unos minutos, de pronto se le antojó una jaula.
-Solo es un poco temperamental -dijo, finalmente.
Martina la miró directo a los ojos.
-Te vimos con él la semana pasada. En el café. Te sujetó el brazo, Ari.
-Porque estábamos discutiendo. Nada tumba.
-No tienes que explicarte -dijo Chiara-. Pero si algún día necesitas algo... sabes que no tienes que volver sola.
Arianna ascendió, agradecida pero incómoda. Sabía que sus amigas sospechaban más de lo que decían. Y sabía que ella no estaba lista para hablar. Guardó su abrigo, colgó la bolsa de danza al hombro y salió por la puerta trasera del teatro, donde la noche la recibió con una brisa helada, Paolo estaba ahí apoyado en su Alfa Romeo negro, con una bufanda gris mal anudada y la chaqueta de cuero abierta. Fumaba un cigarrillo con gesto distraído. Cuando la vio, lo apagó en el suelo con el zapato.
-Tardaste -dijo, sin saludarla.
-Tuve que recoger mis cosas.
- ¿No podías hacerlo más rápido? ¿Siempre haces que te esperen así?
Arianna sintió cómo su estómago se contraía. Respir hondo y respondí con voz suave:
-Fueron solo diez minutos, Paolo.
-Diez minutos con tus amiguitas de mierda, seguramente hablando mal de mí.
-No estaban hablando de ti.
-Claro que no. ¿Por qué hablarían de mí? Soy solo el tipo que viene a buscarte siempre, el que paga el taxi cuando llueve, el que escucha tus ensayos cuando me aburren hasta las lágrimas...
-No tenías que venir si no querías.
Él la miró. Una chispa peligrosa en los ojos.
-Eso ¿quieres ahora? ¿Que no vengas más? ¿Te crees tan especial por un par de aplausos y flores baratas?
Arianna tragó saliva. Notó que algunos técnicos salían por otra puerta lateral. Se obligó a mantener la voz serena.
-No quiero pelear, Paolo. Fue una buena noche. Solo eso.
Él dio un paso hacia ella. No la tocó, pero el gesto fue suficiente para que Arianna retrocediera un poco. Arianna frunció el ceño.
-Estás imaginando cosas.
-Ah, ¿sí? Pues mira, bella, te aviso. No tengo tiempo para jugar. Si estás con alguien más, dímelo de frente. No voy a hacer el ridículo como un imbécil.
-No estoy con nadie -replicó Arianna, ahora con más fuerza.
-Entonces entra al coche.
-No.
Paolo la miró como si no entendiera.
-¿Qué dijiste?
-Dije núm. Esta noche quiero ir a casa sola.
Un silencio eléctrico cayó entre ambos. La ciudad seguía sonando a lo lejos -autos, motos, risas-, pero entre ellos solo había el latido tenso del desacuerdo.
Paolo dio un paso más cerca. Esta vez sí la tomó del brazo.
-No me dejes como un estúpido frente al teatro, Arianna.
Ella lo miró. Sus ojos no mostraban miedo. Solo un dolor antiguo, de esos que se heredan en silencio.
-Déjame -dijo, en voz baja pero firme.
Él la soltó. Con fuerza, como si quemara.
-Estás loca.
-Quizá.
-No vas a encontrar a alguien como yo.
Arianna sonriendo, con una mezcla de ironía y tristeza.
-Eso espero.
Paolo escupió una maldición y se subió al coche. Aceleró de forma violenta, rugiendo contra el pavimento, dejando tras de sí olor a gasolina ya fracaso. Arianna quedó sola frente al teatro. Unos segundos más. Luego empezó a caminar. Sin rumbo exacto. Sin prisa. Solo necesitaba aire. Distancia pasó junto al café cerrado donde los músicos a veces iban después de las funciones. Sus pasos la llevaron por calles viejas, con balcones de hierro forjado y farolas temblorosas. En una esquina, un violinista tocaba algo lento. Arianna se detuvo. Lo escuche. Cerró los ojos por un instante, volvió a estar en el escenario. En el lago. Lejos del mundo.
Cuando los abrió, vio una sombra observarla desde el otro lado de la calle era un hombre vestía oscuro, perfectamente cortado. Alto, Inmóvil. Con una mirada que la hizo sentirse desnuda, aunque iba completamente vestida. No supo por qué, pero no sintió miedo solo una vibración extraña el hombre se giró y se alejó sin decir nada; Arianna se quedó de pie. Sin saber que acababa de ver, por segunda vez, a Greco Leone y que su vida jamás volvería a ser la misma.
El mármol blanco de la entrada del club privado "La Rosa Negra" relucía bajo la tenue luz de las lámparas italianas. Greco, impecable como siempre, descendió del Alfa Romeo negro, su abrigo largo ondeando apenas con el viento nocturno. Dante ya lo esperaba junto a la puerta.
-Todo en orden -dijo su mano derecha con un movimiento sutil de cabeza-. Los muchachos están dentro.
Greco asintió. Su mente estaba dividida entre los negocios que debía revisar esa noche y el recuerdo borroso de un rostro que apenas había vislumbrado en la gala anterior. No sabía su nombre, pero los ojos de aquella bailarina le habían dejado una inquietud nueva, como una grieta en su habitual indiferencia. Apenas entraron, el ambiente de humo, whisky y murmullos se cerró sobre ellos. El salón estaba decorado con terciopelo rojo y espejos antiguos. Al fondo, una figura femenina se giró lentamente al reconocer a Greco. Vestía un vestido de seda azul zafiro, ceñido, con un escote sutil que dejaba ver un collar de diamantes.
Rubí.
-Greco -dijo, como si lo hubiera estado esperando toda la noche.
-Rubí -respondió él, con la educación precisa. No sonrió. No ofreció más que su mirada firme.
Ella se acercó, lenta, felina. Su perfume invadía el aire. Se detuvo a centímetros de su pecho y colocó una mano sobre su brazo.
-¿Me invitarás una copa o seguirás huyendo de mí como si fuera una sombra incómoda?
-No huyo de nada. Pero esta noche es de negocios -respondió, sin ceder terreno.
Rubí soltó una risa suave, casi musical, pero con una pizca de veneno.
-Qué lástima. Yo estaba convencida de que podía ser tu alivio... después de tanta presión. Un hombre como tú debe saber cuándo descansar, ¿no?
Dante desvió la mirada, incómodo. Greco dio un paso al costado, separándose de su cercanía invasiva.
-La presión no se alivia con juegos, Rubí. Tú lo sabes.
Rubí lo observó con un destello de frustración en los ojos. Lo deseaba, y lo deseaba en serio. Él lo sabía. Pero también sabía que cualquier debilidad con ella podría costarle caro.
-Tal vez no soy un juego. Tal vez lo que necesitas está justo frente a ti y no lo quieres ver.
Greco no respondió. Caminó hacia una mesa donde ya lo esperaban dos de sus contactos, dejando a Rubí entre luces tenues y música baja.
**
Más tarde, en el baño privado del club, Rubí se miró en el espejo mientras se arreglaba el labial.
-¿Qué tiene que no tenga yo? -susurró al reflejo, entre dientes. Luego se rió de sí misma y sacó su móvil. Una foto de Greco, tomada en la gala sin que él lo notara, decoraba su pantalla bloqueada.
-No importa. Te harás mío, Greco Leone. De un modo... u otro.
**
Mientras tanto, en otro rincón de Florencia, Arianna ensayaba sola en la sala vacía del teatro. Su cuerpo dibujaba líneas perfectas en el aire, pero sus ojos estaban cargados de una extraña melancolía. No sabía que, en algún rincón de la ciudad, un hombre de traje negro acababa de rechazar el veneno disfrazado de deseo... y que su destino ya había comenzado a entrelazarse con el suyo.
*MIENTRAS TANTO AUN EN EL TEATRO*
El teatro Florencia retumbaba con los ecos suaves de la música clásica. Arianna, sudorosa, con los pies cansados y el alma tensa, repetía una y otra vez los movimientos de su coreografía. Cada giro, cada caída sutil sobre la punta de sus pies, era una súplica muda por perfección. No se daba permiso para el error. Las luces del escenario la envolvían en una cápsula de soledad hermosa, pero exigente. Mientras giraba con gracia, algo en su pecho palpitaba con más fuerza. Había sentido miradas sobre ella desde la gala, desde aquel día en que un desconocido -que parecía más una sombra que un hombre- la salvó sin decir una palabra.
No sabía su nombre. Pero su recuerdo ya ardía bajo su piel.
*********
En el otro extremo de la ciudad, Greco observaba desde su oficina la ciudad que lo obedecía y lo traicionaba a partes iguales. Frente a él, Dante colocaba informes sobre la mesa.
-Los movimientos del clan Vassalli aumentaron esta semana. Parece que no entendieron el mensaje de la última reunión.
-Entonces hay que volver a enviarlo -dijo Greco con calma peligrosa.
Mientras revisaba papeles, una notificación apareció en su móvil. Un mensaje de Rubí.
"Estás trabajando demasiado, amore. ¿Por qué no dejas que te cuide esta noche?"
Greco bloqueó la pantalla sin responder. Dante levantó una ceja.
-Sigue insistiendo.
-Rubí no sabe diferenciar entre un no elegante y una puerta cerrada.
-¿Y qué harás cuando se canse de ser ignorada?
Greco lo miró por encima de los lentes.
-Una mujer como ella no se cansa. Planea.
**
Esa noche, en una exposición privada de arte, Greco asistió por compromiso. En los pasillos del Palazzo Strozzi, donde colgaban cuadros de coleccionistas rusos, Rubí apareció con un vestido rojo intenso, como si el evento hubiera sido hecho para ella.
-¿No te cansas de estos eventos? -le dijo ella, acercándose con una copa de vino en la mano.
-Me cansan más quienes no son invitados -respondió él, sin mirarla directamente.
-¿No vas a preguntarme cómo supe que estarías aquí?
-No necesito hacerlo.
Rubí se colocó frente a él, interrumpiéndole el paso. Su mirada brillaba con fuego.
-Dime una cosa, Greco. ¿Hay otra?
Silencio.
-Porque si hay otra, lo entenderé... pero no me detendré.
Greco se acercó levemente, casi en susurro, sin agresividad pero con una firmeza que cortaba el aire.
-No hay otra. Pero contigo tampoco hay nada.
Rubí tragó saliva. Su sonrisa se quebró, apenas. Pero se recompuso.
-Ya veremos.
Se alejó con una sonrisa críptica, como una advertencia cubierta de terciopelo.
**
Mientras tanto, Arianna salía tarde del teatro, bajo la lluvia que comenzaba a caer como un susurro frío. Caminaba hacia la estación del tranvía, con el abrigo cerrado hasta el cuello, cuando un auto negro se detuvo cerca. Su cuerpo se tensó. Una parte de ella se asustó... pero el conductor no bajó el vidrio. Solo encendió las luces y luego siguió su camino. Ella quedó allí, con el corazón acelerado, mirando las luces alejarse.
No sabía que era Greco. Que él la había visto. Que, por un segundo, su mundo y el de él casi se rozan casi.
**
Rubí, desde la terraza de su apartamento, miraba Florencia con una copa en la mano y una libreta abierta. En una página, escrita con tinta roja, estaba el nombre "Arianna".
-Si eres tú... ya veremos cuánto duras.
El teatro estaba sumido en un bullicio tenue. Las luces del escenario todavía chispeaban con retazos dorados mientras los técnicos recogían los últimos elementos de utilería. Detrás del telón, el aire olía a maquillaje y esfuerzo. Arianna permanecía de pie, aún con la respiración agitada por la intensidad de la presentación, el sudor perlando su cuello y la tela del vestuario pegada a su piel como una segunda capa de vulnerabilidad.
-Fue maravilloso -susurró una de las bailarinas, Antonella, mientras le daba un ligero codazo-. Te juro que cuando entraste en la penumbra, se me puso la piel de gallina.
Arianna apenas sonrió. Su mente seguía atrapada en un segundo, uno solo, uno insignificante para todos... menos para ella: cuando su mirada se cruzó con la del hombre en la tercera fila. Ese hombre con el aura de peligro en los ojos y la sombra de una tormenta en la expresión.
-¿Tú lo viste? -preguntó Arianna sin pensar.
-¿A quién?
-El hombre en la fila tres... traje negro, mirada intensa... parecía fuera de lugar entre tanto perfume y frivolidad.
Antonella entrecerró los ojos, divertida.
-Claro que lo vi. Es difícil no verlo. Tiene cara de que no vino a disfrutar del ballet, sino a mandar en el infierno. ¿Es tu tipo o debo preocuparme?
Arianna soltó una risa breve, pero dentro de ella, algo se revolvía con una mezcla de miedo y atracción. No sabía su nombre. No sabía quién era. Pero sentía que lo conocería. Tarde o temprano.
---
En el pasillo lateral del teatro, Greco encendió un cigarro. El sonido de sus propios pasos se perdía entre la música residual y el murmullo lejano de los aplausos que aún parecían flotar en las paredes. Dante se aproximó desde la sombra.
-¿Qué piensas? -preguntó el segundo al mando, vigilando a su jefe como quien teme perturbar la calma de una bestia.
-No pienso. Siento. -Greco dejó escapar el humo-. Y no me gusta sentir. Me debilita.
-¿Ella?
Greco no respondió. Solo bajó la vista. El recuerdo del cuerpo de Arianna girando sobre el escenario, tan frágil y feroz al mismo tiempo, era una imagen que no lograba desalojar de su mente. Antes de que pudieran continuar, una voz aguda irrumpió la escena.
-¡Greco! Qué casualidad encontrarte aquí.
Rubí. Vestida de rojo oscuro, con el escote exacto para robar miradas y los labios delineados con una intención peligrosa. Su perfume invadió el pasillo antes que ella, dulzón y denso como un veneno envuelto en terciopelo. Greco apenas alzó una ceja.
-¿También te gusta el ballet, Rubí?
-Me gusta lo que te gusta a ti. -Ella sonrió, dando un paso innecesariamente cercano-. Aunque confieso que me sentí un poco... abandonada últimamente. ¿Ya no tienes tiempo para cenar conmigo?
Dante disimuló su incomodidad mientras se alejaba con la excusa de hacer una llamada. Greco mantuvo su semblante imperturbable.
-Estoy ocupado.
-Claro. Pero pensé que después de nuestra cena con tu abuela, había una intención de algo más...
-No hubo intención. -Greco se volteó, seco, sin siquiera mirarla a los ojos.
Rubí tragó saliva. Por dentro, su orgullo sangraba. Se detuvo unos segundos, observando la puerta por donde Arianna había desaparecido minutos antes.
-Ten cuidado, Greco -murmuró finalmente-. Las bailarinas rompen más que los pies de puntas.
Y se marchó sin volver la vista atrás.
---
Esa noche, Arianna llegó a casa exhausta. El apartamento olía a jazmín. Al fondo, Paolo la esperaba, como siempre, con los celos colgándole de los hombros como una capa sucia.
-¿Disfrutaste del espectáculo? -preguntó él, sin saludar.
-Estoy cansada, Paolo -replicó ella, dejando caer la bolsa con sus zapatillas de ballet-. No quiero discutir.
-¿Y con quién era esa sonrisa cuando terminaste? ¿Quién era ese hombre que no dejabas de mirar?
Arianna lo miró, harta. Por un segundo, pensó en responderle con todo el veneno que tenía acumulado. Pero se contuvo. Cerró los ojos y respiró profundo.
-Basta.
Paolo la sujetó del brazo. No con violencia, pero con esa presión pasiva-agresiva que sabe dónde herir.
-Eres mía, Arianna. Y no vas a olvidarlo por un imbécil trajeado que ni sabes quién es.
Ella se soltó. Caminó hacia su cuarto sin decir palabra Pero mientras cerraba la puerta, supo algo con certeza: ese desconocido no era un simple espectador. Su presencia se había tatuado en su mente. Y tarde o temprano, volvería a aparecer.
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En la otra parte de la ciudad, Greco contemplaba la noche desde su terraza. Dante volvió a aparecer, esta vez con un sobre en mano.
-Tenemos un problema.
Greco lo abrió. Dentro había fotos. De Rubí. De ella, entrando al camerino. Observando desde las sombras. Siguiendo a Arianna tras bastidores.
-Está obsesionada -dijo Dante-. Y no le gusta perder.
Greco cerró los ojos. La noche olía a traición y el juego apenas comenzaba.