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EL demonio dorado

EL demonio dorado

Autor: : OLIVIA. T
Género: Romance
Ella una dulce monjita huérfana. El su benefactor. Ambos destinados desde el mismo infierno.

Capítulo 1 Violado por la monjita pervera.

-Este es el señor Leóncio, a quien debes cuidar durante este mes. -La hermana Carmen, le mostró al hombre que yacía inmóvil sobre la elegante cama.

Una pena, rodeado de tanta opulencia y no podía moverse. Ni hablar de sus rasgos exquisitos. Aunque no era muy conocedora del sexo opuesto, había visto muchos ejemplares en las revistas. Tenía toda una colección de ellos. Solía masturbarse todas las noches viendo fotos de chicos apuestos y observando videos porno.

-Es un hombre muy apuesto, hermana.-Se le escapó ese halago.

-No repares en ese hecho banal, Sol Grace. Recuerda que debes atenderlo como si fuera un bebé. Con ojos santos y mansedumbre. -La monja fue y acomodo la almohada del señor. Este ni pabilo, tenía los ojos abiertos, pero no hacía ningún movimiento.

-Prometo, enorgullecerla hermana, no defraudarla en su voto de confianza.

-Se que lo harás bien. Eres joven pero sensata. Por eso te elegí.-Era verdad, aunque era más disimulo. No tenía vocación de monja.

-Gracias.-Le hizo una leve reverencia cuando está se fue dirigiendo a la salida.

La acompaño, era una mansión increíble, tenían decenas de recámaras, el señor Leóncio era dueño de una fortuna incalculable según le habia contado la madre superiora, antes de darle esa tarea altruista.

Cuando fueron descendiendo por la escalera ya está la esperaba cerca del vestíbulo. platicaba con una señora bastante elegante, parecía ser la madre del apuesto señor que estaba postrado en la cama. Se le hizo agua la boca cuando recordó sus rasgos varoniles.

-Han tardado bastante, espero que le hayas dejado los puntos claro a Sol Grace, hermana Carmen.-La Madre superiora era muy estricta en esos asuntos. Su vocación se lo exigía, más con el acecho del pecado en nuestras mentes jóvenes.

-Sí madre superiora, la chica entendió todo los puntos, sobre sus deberes en esta casa.-Hablo Carmen con su habitual voz espantosa.

La madre superiora parecía complacida por lo dicho, en cambio la elegante señora que estaba a su lado la exploraba de arriba abajo con dudas.

-Sol Grace, está es la madre del señor Leóncio Badin.-Miro la señora con más enfoque, luego hizo una reverencia en señal de respeto.-Debes obedecer en todo. ¿Entendido?.

-La encuentro algo joven, para ser la acompañante de mí León, pero al menos se ve fuerte y saludable.-La mujer suspiro con impaciencia, espero que la hermana Jaqueline esté pronto recuperada y pueda volver a cuidar de el, siento que sus oraciones estaban logrando un efecto renovador en el.

-Solo será un mes.-Ambas mujeres se tomaron de las manos, se veían muy cómodas entre si, al hablar.-La chica es de nuestras mejores internas, la he criado como mi hija.

-Es muy bonita, más no importa aquí solo está mi león y el no puede...-Se detuvo, ella sabía a lo que se refería. El señor no podía propasarse con ella, pero ella si con el. Su diablita libidinosa, hizo carcajadas en su interior.

La supuesta santa de la hermana Jaqueline, había mencionado que la momia, como solía decirle al señor Leoncio era todo un Adonis y ni decir de su rico cuerpo. Sonrió en su interior.

-Creo que debemos marcharnos, Señora Inés, no dude en llamarme, si presenta alguna dificultad con la joven. -La vió, asentir. En cambio ella, se quedó en silencio, a la espera de nuevas órdenes. La puerta hizo el sonido propio del cierre. El mutismo abundó en el espacio. Ya el ambiente cargado de pesadez no daba para más.

-Niña, ya sabrás lo que debes hacer.-Esta fue hacia ella, le puso la mano en el mentón e hizo que levantará el rostro.

-Si señora, no se preocupe, apenas notará mi presencia. Le seré obediente en todo.-La vió con disimulo, se le notaba lo bruja que era, más no le importaba. Tendría algo de diversión. Tomaría clases de anatomía con el señor Leóncio, como si fuera su rata de laboratorio.

-Eso espero. Ve a la habitación que te asignaron al lado de la de mi Leóncio.- Está le entregó unas llaves que tenía en las manos.-Puedes instalarte, luego de esto, no olvides pasar a verlo. Saldré por hora y media, no te despegues de el hasta mi regreso.

-Como ordene señora, ya la hermana Carmen, me dió las instrucciones, incluso de los libros que debo leerle. Si desea puedo cantarle o tocarle la flauta. Darle masajes.

-¡No!, eso último no, tiene un fisioterapeuta. Limítate a hacerle compañía, le puedes cantar. Mi Leóncio aprecia el arte. -La mujer se veía triste, no podía disminuir su dolor, a pesar de su carácter agrio o más bien a la defensiva. -¡Ya sube!.

Obedeció. Deseaba hacerlo, para volver a ver, la apuesta momia. Después de subir los escalones, se dirigió a la habitación que ya antes le habían señalado. De una, la identifico, su pequeño equipaje estaba al frente.

Abrió seguido la puerta y entro. Era bonita, agradecía esa comodidad, más tomando en cuenta que era un cambio del cielo a la tierra en comparación con las habitaciones del convento.

Guardo las pocas prendas que llevo, en unas gavetas, con prisa. No estaba en esa casa para frenarse a observar las finas cortinas, la enorme cama de caoba, las alfombras a juego. Su deber era Leóncio.

Se vió un segundo en el espejo, antes de volver a salir de la recámara, aún llevaba puesto el hábito, mejor, la señora Ines estaría más tranquila ante su presencia si mantenía ese perfil sosegado y discreto.

Salió con calma, al pasillo, por dentro era todo lo contrario, llevaba un huracán bullicioso. Este permanecía despejado, fue directo a la habitación del señor. El aire estaba más amigable en esa zona.

-Hola León. Así te llamaré. Desde hoy seré tu nueva novia y jugaremos igual como lo hacías con Jaqueline.-Un fuerte temblor interno la recorrió, había escuchado de las travesuras que le hacía está, mientras hablaba con otras hermanas. A ella no la solían integrar por ser aún muy joven.

Igual que ellas, se sentía bastante madura para entender y hacer lo mismo. Buscar su placer.

Se acercó a el, este no podía hablar por razones no muy claras, tampoco mover las manos muy bien. Solo leves reflejos.

Lo que si según la hermana Jaqueline el tenía bien vivo, era la anaconda. Comenzó a reír, el señor Leóncio giro sus ojos de gato. No le importo, era una simple exploradora.

-¡Tranquilo!, solo te deseo ver, ahí... donde está la raíz de todas nuestras maldiciones.-El no parecía muy de acuerdo con sus planes, más bien asustado.- No cometemos ningún pecado, tengo 19 años.

Le retiro la sabana blanca, llevaba puestos unos boxer del mismo color. Acarició un poco la piel de sus muslos para hacerlo florecer de deseo, sus vellosidades, también acariciaban la palma de sus manos. Hasta que no soporto más y bajo su prenda íntima.

Su virilidad sin duda era algo enérgica, debía ayudarlo.

-Te mostraré tu santuario, mí León.-Se retiro el medio fondo, seguido sus pantaletas.

La segunda apuesta fue subirse sobre el para masturbarse. Lo llevaba depilado, tenía todo fríamente calculado. Su ardor era muy fuerte, más, después de ver al señor.

Por suerte la puerta estaba cerrada. Levantó el ruedo de su falda y se subió encima de la momia. Paso su sexo sobre el miembro ya duro. Se deslizó de arriba a abajo. Era inmensa, dura, con una cabeza redonda, rosada, frondosa. El señor Leoncio, abría y cerraba los ojos, entendía que debía sentir placer. Hasta tocó sus glúteos, con torpeza temblorosa.

-Calma león, yo haré todo por los dos. -Su deseo aumento. Se levantó un poco quedando en el aire, para ver si entraba un poco su cabeza. Como en las películas porno a las cuales era adicta. La rozo de forma circular, no podia dejar su anaconda viva. Hizo círculos en su abertura caliente, fue aún más deliciosa. El movía su cadera hacia arriba, parecía querer entrar, cuando intento hundirse le dolió. Se retiró.

-No podremos jugar así mi León, aún nadie me ha follado. -Le confesó. Miro el reloj de pared, aún tenía más de una hora para jugar con el, la señora Ines había salido. Él, le pertenecía por completo. Se quitó el hábito. En segundos su cuerpo voluptuoso estuvo expuesto, tenía buenos pechos, ella misma intentó lamerse uno de sus pezones. A Leóncio le brillaron los ojos al verla. Subió un poco su camiseta, hasta lograr quitársela, tenía un cuerpo divino, lástima de su condición. Beso sus tetillas, el temblaba, su corazón estaba acelerado.

-Se que te gusta mi amor. Te amo, mí León. Tenemos todo un mes para disfrutar nuestros cuerpos antes de que me haga monja. -Le susurro al oído. Al compás deslizó la boca hasta los labios del hombre y le dió un ligero mordisco. Olía tan rico.

Se elevó para poner uno de sus pechos en su boca. El los tomo con gran habilidad, la hizo feliz ver como chupaba sus pezones, el ardor en su coño crecía. Se volvió a frotar contra su miembro, el también movía la pelvis, esa parte tenía mucha movilidad, igual su lengua que no soltaba sus pechos.

-La chupas rico, mi León.-Se acercó más al sentir sus propios fluidos desvergonzados.-¡Ay, papi!. Follame. ¡Este coño es tuyo!. Estaba recreando la escena de una película en vivo (xxx), que había visto esa mañana.

Imitó a la madre superiora, así gritaba cuando el padre Alberto la cogía en su despacho. Todas lo sabían.

Leoncio tomaba más vigor, en una, ella casi pierde el ritmo, sintió como este tentó su abertura. Fue rico, excitante.

-Muéstrame que no eres una simple momia, follame León. -Se retiró, abrió más sus piernas para que el viera su coño. Lo tenía loquito por ella, le brillaron los ojos. Volvió abrazarlo. A unirse a su cuerpo.

Quería sentir más. En un descuido, sin esperarlo, a lo que ella denominaba momia. Se giró con desesperación, su cuerpo grande quedó encima de ella. Aplastada, los dos desnudo.

-¿Quieres follarme papi?.-El Solo giraba los ojos con desconcierto.

No tenía intenciones de dejar que la atravesará, por completo, con unas puntadas bastaría y tal vez se corriera.

Se acomodo debajo de el, su coño húmedo y caliente volvió a sincronizarse con su miembro. Lo coloco en su entrada para controlar el roce. Fue mala idea. El empujó con fuerza.

-¡Ay papi!. -Lo rodeo con las piernas por la impresión. Le gustó el dolor placentero.

El tenía fuerza en su pelvis, empujó, ella se abrió más, le gustaba.

-¡Entiérralo más fuerte León!.-Cerro sus ojos, para tolerar el dolor.

Cuando su anaconda se acopló, los movimientos no se hicieron esperar. La falsa se cayó, el tenía movilidad en sus piernas. Azoto duro su coño.

-¡León!. Me duele. -Miro su rostro, tenía los ojos cerrados. Le tocó relajarse y disfrutar la escena, como el enorme tronco la destrozaba por dentro. Luego de las ondas dolientes. Sintió placer.-¡Ay, ricooo!.

El final llegó, el León lleno el interior de su coño con un líquido caliente. Despues rodó.

Se levantó seguido, algo adolorida. Este la siguió al baño. Noto su verdad, caminaba con dificultad, no podía hablar y sus manos se movían de forma torpe, por lo demás era un hombre completo. Se lo pensaba coger todo ese mes. Su mayor cualidad era su mudez.

-Ven mi hermoso león.-El la veía mal, cuando le decía así. Lo entro a la ducha y lavo su miembro, tenía algo de sangre, gracias a ella. -No es el primero que veo, he visto muchas películas. Además se lo he visto al padre, cuando folla con algunas hermanas del convento, en especial con la madre superiora. Empezó a reír por lo que le contaba a su jefe. Sabiendo que no obtendría respuesta.

Después de ducharlo, lo dejo ir, se lavo un poco para luego alcanzarlo. Al salir del baño, esperaba verlo recostado. No fue así, estaba sentado en la cama. Vió el reloj, faltaban solo 15 minutos para que llegara la señora a casa.

-Debemos vestirte rápido, o la señora se dará cuenta de nuestra travesura. Ella aún estaba desnuda. Pero primero estaba el, busco el boxer y la camiseta, fue hacia el para ponérsela. Leoncio no estaba dispuesto, la atrajo hacia el. Con sus manos temblorosas.

-No podemos hacerlo, la señora Inés, está por llegar.-El negó con la cabeza. -Debo limpiar las sábanas. -Le señaló.

Este no parecía dispuesto a ceder.

-Que diría la señora Ines, si supiera que tu única discapacidad es que no hablas.-Este azoto su trasero, la hizo dar la espalda.

-¡Abrete monjita de mierda!. - Sobo sus pechos y coño a la vez.-Se que viniste a esta casa, para que te coja duro. Entonces el hablaba, mejor.

No tuvo más remedio que obedecer, su miembro grueso la volvió atravesar, al frente había un espejo, sus pechos rebotaban, mientras el la clavaba.

-¡Ay León!. ¡Ay!.-Sentia que no podía más, cuando esté la volvió a llenar de el. No la soltó seguido. El aún besaba su espalda, con su miembro dentro dandole más estocadas.

¡Toc, toc toc!.

Tocaron la puerta con intensidad.

-¿Por qué tienes la puerta cerrada, Sol Grace?. ¡Abre ya!.

Capítulo 2 El extraño circulo.

Él, le tapó la boca, siguió entrando y saliendo de su coño, ahora humedecido por su cremoso fluido. Hasta que por fin la libero.

-Vístete rápido. -Le hizo caso y se puso el hábito, sus bragas fueron lo último. Mientras lo hacía no dejaba de ver su enorme tronco, con venas marcadas, se volvió a saborear.

¡Toc, toc!. Tocó nuevamente, con mayor hiperactividad.

-¡Abre la puerta de una buena vez, niña inútil!.-Maldita, así catalogaba a la mujer que los interrumpió.

Leóncio fue más inteligente que ella, se acostó sobre la mancha de sangre. Antes de abrir la puerta, recogió su sostén. Lo escondio dentro de su medio fondo

-¡Voy señora!. -Exclamó, fingiendo estar algo sofocada.

Cuando por fin, le abrió, casi le hace caer por la fuerza del empujé.

-¿Por qué le pusiste seguro a la puerta?.-No le podia decir que cumplía una fantasía erótica y que su hijo estaba más vigoroso que ella.

-Lo ayudaba a ir al baño.-Casi se ríe, más al ver el desconcierto en el hombre.-Esta un poco delicado señora, sería bueno cuidar su alimentación.

-No seas atrevida, cuido muy bien de el, en todos los aspectos. Mejor ve a tu habitación. Quítate el hábito, no estás en el convento.

-Ok, con su permiso.-Casi vuela, aunque le mortificaba que ella viera la mancha de sangre.

Igual el podía limpiarla cuando su madre se fuera, ese fingidor, pensó con mucha comezón entre sus piernas.

Aunque resultó divino, cuando llegó a la habitación, se desnudo, se ducho nuevamente. Antes de vestirse reparó su sexo frente al espejo, estaba enrojecido. Lo sobo un poco. Moría por volver a sentirlo.

Sabía que no tardaría en pasar, el también había disfrutado de esas sensaciones, para animarlo, se puso su vestido más bonito, un blanco virginal, recatado. Su cabello negro contrastaba con esos matices puros, con el blanco lana y azul profundo de sus ojos.

Odiaba esa ropa, toda su nueva existencia, las entidades como ella, tenían un fuego inexplicable, mundano.

Esperó en la habitación.

Ya había pasado una hora del encuentro fogoso, veía un vídeo ardiente. No podía quejarse, su hermana gemela, había tenido más suerte que ella, vivía con una madre adoptiva que la amaba y le había inculcado la voluntad para mantener un buen trato con ella, aparte de haberse criado en un ambiente más interesantes para una diabla. En parte la envidiaba.

El móvil que usaba, se lo había regalado meses atrás. En su cumpleaños número, 18. Era su secreto mejor guardado, nadie sospechaba que tenía uno, incluso todo el desmadre que tenía archivado en este.

En ocasiones se quedaba, hasta horas de la madrugada, mirando videos pornográficos. También por medio de este había visto por primera vez el rostro del Leóncio, ahora su León. Todo sobre el traumatico accidente que sufrió. Fue amor a primera vista. Por eso no dudo en aceptar la petición de la madre superiora, para sustituir a Jaqueline.

¡Toc, toc!.

Habían llegado por ella, fue seguido abrir la puerta. Una de las jóvenes de servicio aguardaba fuera.

-La señora Ines, desea que bajes a cenar con nosotras, luego te tocará acompañar al señor al bosque, es parte de sus terapias.

-Debe ser una broma, ¿qué hará el señor en ese lugar?.-La chica no hablo. Eso le parecía extraño. Incluso que el fingiera ser casi un vegetal. Del cual pensó ella poder abusar a su antojo. Su fetiche se vino abajo, su naturaleza corrompida siempre había anhelado dominar, usar a su antojo a un ser vulnerable. En definitiva ese León no lo era.

-Es una orden de la señora Ines, la hermana Jaqueline, incluso otras jóvenes que lo han atendido con anterioridad. Todas lo hacían sin quejarse.

-Lo haré, no le tengo miedo al bosque, menos a la oscuridad.-Termino de salir y se dispuso a seguir a la chica. En un momento dado está frenó su andar.

-Te sugiero evitar preguntar de más y hablar de cosas que no vienen al caso.-Le temblaban las manos, al parecer en esa casa se manejaba el miedo como método de sumisión.-Mejor no lo hagas.-Replicó, el miedo salía como un vapor alucinante de los poros de esa chica servil.

No volvió hablar, bajo con calma.

Estando al pie de la escalera, se le erizo la piel, cuando giró, el señor estaba sentado en el salón, junto a su madre. Giro seguido y se alejo, no podía mostrarse vulnerable, ni delatar su obsesión casi enfermiza por el, menos que ya se sentía su dueña.

Ceno a gusto en el pequeño comedor para empleados, todos se veían muy amables, incluso ya la llamaban por su nombre. Otro punto a su favor fue la abundante comida que sirvieron. Vaya que tenía hambre, después de semejante sacudida que sufrió.

-Gracias por la cena. Eres una excelente cocinera, doña Consuelo.-La elogio, a la vez tomo otro pudín.

-Lo se, jovencita. -No era tan modesta, pero si atenta y amable.-Te guardaré algún bocadillo para que te lo comas al regresar de tu paseo por el bosque.

-No se moleste, no me gusta abusar de la confianza de nadie.

-Es mi deber alimentar a todos, además al señor, le gusta casi madrugar cuando lo visita. -Esta empezó a recoger algunos platos. La ayudo.-Hazme caso, te dejaré algo en tu habitación.

-Ok, igual usted lleva más tiempo aquí.-Debia conocer los secretos y las extrañezas de esa mansión y sus habitantes. Todo el pueblo los veneraba, incluso ella por un tiempo. Ahora no sabía que pensar.

Su instante de reflexión se vió interrumpida, la señora Ines la había mandado a llamar para llevar al bosque al señor, cuando llegó el estaba sentado en una silla de ruedas, se le erizo la piel, como si festejará su recorrido visual.

-Lleva al señor Leóncio hasta la mitad del bosque, hay un pequeño camino despejado, después del jardín, entras, las líneas sobre el asfalto te guiarán hasta el círculo. -No entendía nada. Estaba oscuro.

-¿Qué hago después de dejarlo allá?.

-Te regresas y lo vas a buscar, antes de la puesta de sol, en el tramo más oscuro, no puede darle ni el más ligero reflejo de este. Mí Leoncio aún está muy sensible.-Como no, si hubiera visto la película porno que se cargaron unas horas atrás, no diría eso.

No intento indagar más y comenzó a arrastrar su silla de ruedas hasta la salida. El iba callado, tampoco intento poner tema de conversación. La noche estaba fría, con una luna espectacular. Agradecía la buena iluminación, le permitió desplazarse con más soltura. Los límites del jardín de la mansión, hacían frontera con la entrada al bosque.

No fue difícil encontrar el camino, estos la tenían asfaltada. Andaron unos 400 metros hasta llegar al pequeño círculo.

-¡Para!, este es el lugar.-Este se levantó con agilidad, sin duda sabía fingir muy bien, se alejo un poco de el.-¡Lárgate!. Tu presencia no me es grata en estos momentos.

-¿Cómo me dijo?, ¡recuerde qué yo fui quién lo uso!. Atrevido, mal educado. -Le dio la espalda y empezó su andar de regreso a la mansión. Este se mantuvo en silencio y ella se quedó con las ganas de golpearlo.

Hubiera sido grato llevar abrigo, la noche estaba muy fría. Escuchó un leve aullido cuando llegó al jardín de la mansión. Se sentó en uno de los banquillos de madera dispuestos en la parte más alta del espacio. Debido a la oscuridad no podía apreciar bien su belleza, apenas su olfato tanteaba el aroma chillón de las flores exoticas.

Se mantuvo viendo el bosque, su frontera, como un espejismo oscuro y silencioso. Los aullidos seguian jugando a los ecos.

Fue una espera larga, fría. Cuando la luna estuvo en su punto máximo en el firmamento, entro nuevamente a la mansión, apenas eran las doce de la media noche, necesitaba un tiempo de descanso. Ignoro las palabras de doña Inés. Se recostó un rato en la cama.

El sueño la capturó, hasta perderse en la sedante relajación.

Sol, ven por mí. ¡Ayúdame!

Una voz la despertó de forma súbita. Se levantó con la mano en el pecho, miró a los lados. Corrió a la ventana. Estaba muy oscuro, eso le daba la clara señal de que pronto amanecería. Bajo corriendo. Casi se resbala cuando descendía por la escalera.

Si en algo siempre había sido buena, era corriendo, lo hacía con tanta rapidez que a veces le asustaba. Su naturaleza secreta le daba ese poder.

¡Sol!.

La voz era un eco claro en el bosque. Su corazón acelerado, energizaba sus zancadas.

Era una situación de loco, incluso la sensación que le transmitía Leóncio. Su León. Sentía un ligero dolor en sus extremidades. ¿Qué le pasaba?.

Cuando percibió su presencia y unos aullidos, camino más despacio, adentrándose en la espesura de las ramas copadas de hojas silvestres. Ahí estaba el, sin poder moverse. La bestia ya iba hacia el, no sintió miedo.

-¡No!. -Grito. Se fue acercando a está, con sus ojos le transmitió otro mandato.

¡El me pertenece, aléjate!.

Se paralizó, la bestia oscura se arrodilló antes de huir. Dejándola inmersa en mil interrogantes. ¿Qué pacto tenía Leóncio con las tinieblas?

Capítulo 3 Muchos secretos.

Leóncio estaba casi inmóvil, que decir de su ropa rasgada, ese monstruo pertenecía a la especie más rastrera del Hades. Conocía bien su estirpe, igual el hecho de que era difícil que emergieran.

Camino unos pasos para observarlo, si lo cargaba se delataría, no solo el guardaba un oscuro secreto. Ella también.

-¡Oh mí León!, al parecer deberás esperar un minuto aquí, soy una débil monjita. No tengo las fuerzas suficientes para cargar un ejemplar como tú.-Acaricio su rostro. El mutismo se volvía apoderar de sus labios. Sospechó que en esos momentos no podía hablar realmente. La frustración en sus ojos felinos lo delataban.

Se giró, el círculo no estaba lejos, se alejo de el para ir en búsqueda de la silla de rueda. Aprovecho para correr, al no ser observada. Debía ganar tiempo, el punto más oscuro estaba despejandose. Según el misterio que guardaba la honorable familia Badin, el no podía recibir el sol.

Cuando alcanzo a ver el objeto resopló, estaba intacta. La cargo con agilidad, se las ingeniaría para sacarlo. Regresó rápido, donde estaba postrado el cuerpo inerte de Leóncio. El mismo estado catatonico lo tenía preso.

El tiempo estaba sobre ellos y una claridad que empezaba a penetrar, puso las manos debajo de el y cargo su cuerpo, olía rico. Daban más ganas de follarselo antes de llevarlo a casa.

-Eres más lindo cuando estás mudo, mí León.-Le dió un beso en sus labios carnosos.-Te odio cuando te comportas de forma grosera.-Le dijo mientras iba arrastrando la silla de rueda con dificultad. Debido a la maleza y los escombros impertinentes sobre la tierra.

Sintió alivio al llegar al camino asfaltado. Corrió, no le importaba que este sopechara que ella no era una simple humana, solo deseaba que no se lastimara más. Nada tenía derecho a dañar su cuerpo. Solo ella.

Cuando llegó a la casa ya un hilo horizontal se asomaba. El alba rayaría en ascenso.

Cómo lo esperaba, la señora Ines y algunos hombres la esperaban en la entrada. Estos no bien ella cruzo el jardín y corrieron hacia ellos, taparon al señor Leóncio con una manta oscura, momento exacto en que el resplandor cego con su calidez.

Las interrogantes seguían, camino con calma hasta la entrada de la mansión, arrastrando la silla de rueda vacía. La señora Ines la esperaba. Sabía que no la pasaría bien cuando estuvieran frente a frente. Su rostro duro la alertó.

-Disculpe señora.-Susurro cuando estuvo más cerca. Una mueca dura torció los labios de la mujer.

-¡Niña estúpida!.-Las palmas de sus manos chocaron contra su piel, giro el rostro, para hacer creíble su dolor. Ardía un poco, en contraste con el frío que dejo tapizado en su mejilla rasgada.-Eso te lo ganaste por ineficiente. Te advertí que mi Leóncio no podía recibir ni el más mínimo reflejo del sol.

-Lo siento, encontré al señor en muy mal estado en el bosque.-Mantuvo la vista baja, cuando la rabia la consumía sus ojos solían tornarse de un violeta siniestro.-Una criatura lo atacó.

-¿Alcanzaste a verlo?.-El tono de su voz se apaciguó, no dudaba que está supiera todo el caos que rodeaba a su vástago.

-No exactamente, parecía un lobo, huyó cuando me acerque.-Esta hizo silencio. Agradeció cuando caducó. Este no se interrumpió con palabras más bien el sonido de sus finos tacones, alejándose.

Cuando su aura pesada y esencia característica se alejaron lo suficiente de ella, levantó la vista. Cerro y abrió los ojos varias veces para apagar la ira. Ese golpe se lo pagaría con creces.

-¡Hey!, nueva.-La llamo con un tono elevado de voz, una de las chicas de servicio.

Se acercó, para saber cuál era la siguiente orden que le habían agendado.

-Soy toda oídos.-Paso la mano por su nuca, la molestia le solía generar mucha tensión.

-La señora Ines, te mando un recado conmigo.-La chica no podía tener una voz más desagradable, entre chillona y nasal.

-Habla, mi deber es servir.

-Debes ir a cuidar al señor Leóncio. Por tu culpa llegó hecho un asco.

-¿Eso en verdad lo mando a decir la señora o le agregaste algunas palabras para que el mensaje me desagradara más?.-Al parecer no le agradaba a la chica, quizás también le gustara hacer travesuras con el señor.

-Solo lo primero, la segunda parte se la agregue yo. Empezaste siendo la cuidadora más inepta que haya atendido al señor. Jaqueline fue la mejor. Lástima que ya no esté.

-Jaqueline volverá. -Habia un doble sentido en sus palabras y el suspiro que emitió con tanto confort.-Solo estare un mes.

-Quizas menos.-La miro de arriba abajo y se marchó. También le cortó los ojos. No estaba en el convento para fingir bonda, 24/7.

Cuando esta desapareció, entro nuevamente a la casa. A prima mañana la decoración en el interior mostraba más sus detalles, desde las paredes pintadas con colores grises, hasta el contraste oscuro de la madera que era la mayor protagonista, sin desmeritar la cantidad de cuadros, incluso el pasillo en el cual se desplazaba tenía innumerables cuadros antiguos enmarcados en madera preciosa. La pintura abstracta no era de su gusto, pero al final de cuentas, la clase alta de todas las sociedades, solían tener gustos absurdos, con excepciónes.

Su recorrido visual terminó cuando llegó a la habitación de Leóncio. No tocó, igual la estaban esperando. Abrió, seguido se le erizo la piel, había otra sirvienta en el este, se puso nerviosa al verla, incluso dió la espalda y empezó a toser.

-Ya estoy aquí, la señora me ordenó que me quedara con el.

-Si, terminaba de limpiarlo, como podrás ver, está dormido.-Lo señaló, está tenía las mejillas sonrojadas, aparte noto la evidente erección de su León.

-Ok, me quedaré con el.

-A media mañana puede bajar por su desayuno. El señor Leóncio suele despertar después de las 3 de la tarde. -Esta le esquivaba la mirada.

-Ok, no me despegare de el durante las próximas tres horas y media. -Observo el reloj de pared, para rectificar su cálculo.

-Evite moverse, la señora siempre lo viene a ver a 10, ella le dirá si puede bajar a desayunar.-Volvio a repetir la misma cantaleta. Ya eso se lo había imaginado. Ines movía todas las cuerdas en esa casa.

Se relajo un poco cuando vió a la chica salir, estaba algo hambrienta y no precisamente de comida. Deseaba un objeto durmiente. Le puso seguro a la puerta y avanzó hacia la cama. El parecía estar dormido, pero su corazón latía muy rápido para estarlo. Se acercó lo suficiente para verlo. Seguido levantó la sabana blanca. Su miembro estaba firme, paso sus dedos despacio por su piel, esa mujer unos minutos atrás se lo estaba lamiendo, podía olfatear la saliva humana.

Fue al baño por un paño húmedo, de regreso, el miembro viril de Leóncio seguía firme. Lo limpio con esmero.

-Odio esto mi amor. No deseo que nadie más te toque. - Después de confesarle esto, se lo paso con delicadeza por su zona erógena. Todo en el era perfecto. Suspiro de deseo.

Miro su rostro, su boca sensual, se acercó y le dió un Beso tímido. Tenía intenciones de violarlo otra vez, pero su celular empezó a vibrar. Se alejo de este.

Las siguientes horas ignoro a Leóncio, a pesar que su cuerpo cada vez que lo volteaba a ver le transmitía unas vibras sexual.

Prefirió chatear con su hermana, está le contaba, que acababa de dar su primer beso, algo aburrido, al parecer ella era más diabla. Algún día escribiría sus memorias y relataría como violó a una falsa momia.

Cuando sintió el toque de la puerta corrió abrir, a la par escondió el móvil. De una le hizo señas a la señora Ines de que no la regañara. Acercando un dedo a su boca, para que comprendíera el mensaje

-El señor duerme.-Le susurró. Está se mantuvo tranquila, solo entro.

-Te puedes ir, puedes regresar después de la 4.-Solo le dijo eso, con un tono bastante bajo, para ser tan bruja.-Otra cosa, desayuna y te trancas en la habitación. Te sugiero ocupar tu tiempo libre rezando, monjita.

Obedeció, se fue seguido a la cocina, desayuno y luego voló a la recámara que le habían asignado. Tenía mucho sueño. Apenas reparó en las palabras necias y de mal gusto de la señora Inés. No gastaría energía en pensar en ella. Mejor actuaría y le daría pronto una hermosa sorpresita.

Se ducho con prisa, incluso lavó su larga cabellera oscura. Antes de meterse a la cama, casi completamente desnuda pensó en secarlo, más el sueño la venció. Su cuerpo se fue relajando y perdió la noción del tiempo.

Todo se sentía tan suave, movió sus piernas, las abrió más por el peso que las presionó a separarse. El calor fue subiendo, la húmeda arropó su punto más sensible. Algo jugaba con su coño, su corazón tomo un ritmo acelerado, apretó las sábanas, cuando el placer casi la ahoga, abrió los ojos.

Era su León, la veía con sus ojos felinos, más el deseo matizado en sus facciones. Lo enfocó, amó como se comía su coño. La miraba para comprobar su placer, mientras su lengua punteaba su clítoris de arriba abajo.

-Mi León.-Dijo entre gemidos, antes de correrse entre temblores.

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