OLIVIA
-¿Puedo sentarme? -me preguntó aquel hombre.
Después de unos segundos que parecieron minutos, asentí con un movimiento apenas de cabeza. No quería que descubriera el estado de derrota en el que me encontraba. La verdad, no quería que nadie lo hiciera.
Debe ser dueño del restaurante. De seguro el mesonero chismoso le habrá comentado algo, pensé, mientras él arrastraba la silla y se deslizaba en ella.
El lugar iba quedándose solo y lo más acertado para cualquiera del personal, era encontrar una manera delicada de sacar a la triste mujer desvalida y con cara de loca. De verdad que sentía fastidio y más miseria si eso era posible.
Revisé mi cartera y comprobé la cantidad de dinero que tenía para el taxi. ¡Gracias a Dios era una buena suma! Las varias embarcadas han hecho de mí una mujer precavida.
-¿Quieres que te pida otra copa? -preguntó.
Subí la mirada hacia su rostro ya que su pregunta llamó mi atención. Se veía relajado, pero a la expectativa.
¿Por qué me mira así?
-No hay problema, ya me voy -respondí.
-¿Quieres que te llame un taxi?
Debí haberme visto ridícula queriendo ocultar mi desconcierto, sin lograrlo. Mi ceño fruncido apenas perceptible.
-¿Eres el dueño del restaurante?
-¿Disculpa?
Suspiré hondo, cansada, agotada de la noche, de estar allí sola y de... de todo.
-Necesitan que me vaya, ¿cierto? -le pregunté-. Está bien, tienen razón. -El mesonero no supo que lo hice cómplice de mi desconocida equivocación al mirarle-. Es tarde y debo irme a casa.
Debía levantarme después de decir aquello, era lo lógico. Pero nadie movió un músculo y a ciencia cierta no supe el porqué.
-¿«Necesitamos» que te vayas? -Negó levente con la cabeza y elevó la comisura de sus labios un poco-. Por lo menos yo, no necesito eso. En cambio, sé que tú sí precisas algo. -Se tomó una corta pausa-. ¿Qué es?
Ahora sí que lo miraba y con mucha atención, su manera de preguntar aquello me puso en alerta total. En ese momento no supe explicar ese tono de voz y Dios solo sabe lo mucho que quería responderle, decirle exactamente lo que quería y necesitaba.
Esa dichosa pregunta fue lanzada en mi mesa y rebotó contra mis sienes de una forma mortal, agonizante... ¿Qué necesitaba? ¡¿Qué necesitaba?! ¿Pagar la cuenta de la cena, irme a casa y dormir? ¿Eso era todo? Allí, pensando en la respuesta y viendo cómo él se dignaba a esperar que yo emitiera algún sonido, no despegué mis retinas de las suyas bajo todo ese proceso.
-Quiero volver a empezar -susurré, se me escapó sin aviso. Y sentí un repentino alivio, como sintiendo un peso liberarse de mis hombros pero sin certeramente percibirlo.
Válgame Jesús, que débil me había dejado mi fallida cita.
El caballero ante mí entrecerró sus ojos un poco, tan solo un pequeño movimiento. Tenía una sonrisa invariable, estaba desesperándome de una forma anormal.
-Ibas a tener sexo esta noche, ¿cierto?
¿Qué?
Sin darme tiempo a pensar en nada más, colocó un debo sobre su labio superior y lo comenzó a sobar, analizando y arrastrando la yema del índice derecho allí, en ese pedazo de carne, uno que me quitó el aliento y todo pensamiento coherente. Para efecto, mis palabras:
-Si te digo que sí, ¿qué pensarías?
-Que me decepciona el que te hayan dejado varada. Una mujer como tú debería estar sobre una cama.
El corazón que ya sentía enfermo se movió con una señal de sismo, no me gustó mucho lo que dijo pero la manera, la certeza y seguridad en cómo lo dijo... Pude haber sentido miedo, cualquier chica lo sentiría. Él era un extraño y dueño de aquel recinto, el Rey de esa esquina. Cualquier cosa que intentara hacer conmigo podría confundirse con algo peligroso.
Pero debo confesar que ese albur codicioso me encendió toda.
-¿Y si me respuesta es la contraria? ¿Si te digo que no?
-Entonces te diría que quieres empezar para precisamente dar inicio a una nueva aventura, porque las propias te merecen. -Se tomó un breve momento de silencio-. Pero algo te lo impide, ¿cierto? Algo te impide volver a empezar. ¿Qué es?
De nuevo ese extraño fisgoneo. Mi lengua estaba seca, mi paladar... Suspirar era lo que mejor hacía frente a él, lo comprobé tras sus directas palabras. De igual forma, ese hombre no lograría intimidarme.
-Que preocupación tan grande la de los hombres, ¿no es así?
-¿Cuál?
-Si nosotras las mujeres no poseemos el disfrute y la vida que físicamente deberíamos tener según ustedes, entonces el mundo termina allí, justo en ese instante. -Sonreí triste y hasta pude disfrutar que mis susurros y palabras bajas, de yo elevarlas, serían casi el único sonido en la estancia. Volví a mirarle y con más profundidad, quería que entendiera bien lo que le estaba diciendo-. Ustedes viven todo el tiempo, siempre, de maquinarle la vida a una fémina y déjame decirte algo, esa moda ya pasó, ahora somos otras. ¿A caso no se cansan de tener decepción tras decepción?
Sonrió genuinamente y tuve que mirar hacia otro lado para no mostrarme más por debajo de lo que me sentía en el momento.
Abajo. Debajo de mí. Muy por debajo de esa mesa quise estar de repente al ver esa sonrisa.
-Por favor -emitió una suave risa-, no pienses que me acerqué a tu mesa porque esté preocupado por ti. No te conozco de nada, pero supongo que una dama sola a estas horas en Maracaibo, llorando y mirando la pantalla del celular como si le fuera la vida en ello, es una atracción inevitable. -Tragué grueso al darme cuenta de sus detalles sobre mí-. No me eches la culpa de nada. En cambio, yo te echo la culpa de todo. Te echo la culpa porque por ti es que me alejé de mi mesa y me vine para acá.
¿Su mesa? ¿Es el dueño, o no es el dueño? Bueno, de serlo puede literalmente poseer una mesa aquí, pensé.
Y miré a mi alrededor ubicando al personal, o cualquier cosa que me insistiera que me encontraba en el ojo del huracán. Fruncí el ceño y apreté mis labios para evitar una profusa exhalación.
-Supongo entonces que todas y todos aquí ya debieron hacer sus conclusiones de lo que me pasa. Quizás el poco personal que queda debe estar pensando y divirtiéndose con el compañero dignado a cumplir una apuesta personal conmigo, ¿o no? Una jugada con la solitaria muchacha del vestido verde...
-¿Qué? -Sus cejas arrugadas hacían juego con su desconcertada sonrisa-. Yo no apuesto nada, nunca. No estoy cumpliendo ninguna apuesta.
-Entonces, ¿por qué me pediste permiso para sentarte aquí si no cumples con ninguna apuesta?
-Ok, entiendo tu punto. Pero no solo te pedí permiso para sentarme, te pedí permiso para acompañarte. Algo muy distinto.
-Ah, entonces lo reconoces. Reconoces que como empleado del lugar llevas una intensión. Lo haces y luego cambias la pregunta que ya por sí misma ha caducado hace bastante rato.
Me eché a reír con mis locuras. Él ya comenzaba a mirarme de una forma divertida y extraña y no supe en qué momento empecé a tutearle. Disfruté de mi risa, pero solo por un breve instante, porque el sonido de su silla siendo arrastrada hacia mi cuerpo me trajo de vuelta a la realidad, una de la que tampoco sabía que me había apartado y esta última palabra describe a la perfección el antónimo de cómo me encontraba ahora junto a él. Ese hombre decidió que con sus manos podía acercarme a su anatomía, a su hombría, a su perfume..., con todo y asiento.
El cuerpo que me soportaba aquella noche quiso sacudirse en defensa, pero el traicionero vestido dejó en evidencia un hoyuelo que solía formarse en mi muslo derecho. Me di cuenta de ello porque el frío del aire acondicionado se coló allí y al mover mi mano para bajar la falda, unas malditas y diabólicas palmas de macho me lo impidieron.
Atrapada... ¡Estaba atrapada y perdida!
Balanceó sus manos con toques de los que jamás había sido testigo en mi vida. Su aliento a whisky y ese perfume a hierbabuena se volcaron de repente sobre el hueco entre mi cuello y mi hombro. No tuve cabeza para nada más, ¡me la había arrancado de raíz! Manos sobre mis piernas, boca saboreando mi piel junto un pequeño soplido. El embarque, las lágrimas, el dolor, el fracaso, la angustia y hasta los minutos, se fueron al techo y se quedaron allí. Juro por el más alto rango en el cielo que ya no me importaba demasiado si la gente nos veía. Dos extraños se profesaban algo apenas íntimo, apenas turbio, apenas prohibido, pero demasiado excitante como para detenerlo.
Mis piernas estaban cruzadas antes de aquello y sentí perfecto cuando sus dedos las fueron separando poco a poco y no sé si fueron locuras mías, pero creí percibir un ligero olor a mí.
Creó más intimidad entre nosotros cuando su dedo índice, ese que antes arrastraba sobre su labio y ya me había encendido, comenzó a conocerme profundo, viajaba hacia el interior de aquella tela verde por debajo de la mesa y anclé mi mano en su muñeca. Pero presioné más para sostenerme, que otra cosa. Ese extraño se estaba metiendo en un lugar donde muy pocos habían entrado. Algo me dijo entonces que desde hace mucho, en ese lugar, él ya debía estar.
-Si esto que percibo aquí debajo es un anhelo por volver a empezar -susurró para matarme-, coordinaré un nuevo embarque, pagaré si es necesario para que te hagan llorar. -Su dedo encontró mi lugar y jadié-. Seré yo mismo quien te vista de verde nuevamente. -Su yema provocando un desorden en mi cabeza-. Ajustaré el broche de tus tacones para regresar aquí y comenzar, una y otra vez y tenerse así... -Metió su dedo al completo y mi lengua se secó por la sed de más que aquello me provocó-. Iniciaré unas cuantas veces, todas las veces que lo necesites.
Mi respiración, mi noche, mi vida dando piruetas, ¡transformándose!
-Tu rostro, mujer -continuó con placer-, este que veo ahora y que me dedicas mientras te recorro, valdría la pena cada hora de esta noche, cada desplante, cada puto mensaje de tu celular.
-Oh, Dios...
Siguió moviendo su macabro dedo, dentro y fuera, respirándome, venerando lo que su mano alcanzara. Estaba a punto, acabaría explotando en un lugar público de la mano de un total desconocido. Y como leyendo mis pensamientos, de inmediato se colocó en mi oreja para susurrarme:
-Mi nombre es Carlos, no soy el dueño del local, y si lo que quieres es empezar, entonces hoy lo harás conmigo.
CARLOS
Quiero volver a empezar... Tan pronto dijo eso, me volví loco.
Explicar de la mejor manera lo que sentí al escuchar aquello de su boca, con esa expresión exigiendo y rogando por ayuda, sería un arduo trabajo. Juro por lo más sagrado que no tengo caracteres ni números para exponerlo. Es de suponer que la única percepción efectiva al tocar a una desconocida, se limita en las sensaciones más físicas que puedan compartir dos personas. Pero esa mujer con sus palabras desordenadas y su roja confesión (un gran botón del peligro), me transformó en un ser de acción.
Me había propuesto no salir de casa esa noche. Mi trabajo suele ser demasiado competitivo y cansón; tratando de entenderme de manera sencilla. Los fines de semana los aparto para dedicarlos a la nada, a pernoctar en casa o en algún otro lugar para desconectar. Yo-no-estaría-allí. Aquello no estaba destinado y no soy un hombre de creer tanto en esas bobadas del destino. De hecho, todavía pienso que la cena que compartí con ella (si es que se le puede llamar cena, porque no recuerdo haberme comido nada que no fuese a ella misma), en el caso de desarrollarse en base a un plan, no habría quedado tan perfecta.
La vida nocturna en Maracaibo para un hombre que trabaja con tantas ratas y cizañas alrededor, suele teñirse de vicios y malos actos carnales. A ciencia cierta, muy pocos son los que saben cómo es este mundo aquí debajo. En las calles que todos transitan durante el día, el marabino siembra la sazón en base a los billetes que pagan putas, humos ilegales, peligro, delincuencia a borbotones, licor en cantidades infrahumanas, contrabando de cualquier tipo... Ver a una mujer sola en un restaurante como La Napolitana no es sorpresa, porque allí se reúnen desde artistas municipales con mayor renombre, hasta los chulos o proxenetas con sus hijas de la mafia. Y si los juntamos, déjenme decirles que de todo eso saldría una noche muy interesante. Es simple, ninguna mesa se comunica con la otra, todos dejan que fluya su noche predilecta pero, verla sola, esperando por alguien en una de esas mesas antiguas y de madera oscura que caracterizan al italiano establecimiento, podría ser, tal vez, un capítulo trillado en mi vida. Sin embargo, al verle el rostro algo pasó, nació ese interés, una malévola pretensión de sentarme a su lado así de la nada y comencé a darme cuenta de que ella no era una mujer cualquiera.
Pero algo más terminó por destruir por completo mi cordura: su desahogo. Y recordé que fue fácil acercarme, pero la ocasión como grandeza, colocó la cuestión espesa, difícil, como un tedioso problema. ¿Qué debía hacer? Su mala manera de responderme me dio a entender que frente a mí tenía a una altanera. Y como me gustan..., como gustan, de verdad, las altaneras.
No entiendo eso de que a los hombres nos encantan los desafíos. En mi caso, solo me gustan aquellas féminas sinceras y gracias a ese gusto, he aprendido a leerlas sin que hablen. Pues, ella lo hizo incluso antes de acercarme. Solo Dios sabe que Carlos, yo, este carajo quien tuvo la necesidad el día de hoy de contar aquella noche, luchó muchísimo consigo mismo para no desarmar a esa mujer en el acto.
Entonces ya la tenía bajo mis dedos, con ese olor tan conocido, aunque... No, no existía nada igual, nunca en mis treinta y cinco años de edad podría igualar su olor a feminidad con el de las mujeres que habían pasado por mis manos, no pude evitarlo.
Me acomodé como pude para taparla de los pocos curiosos, porque no iba a parar de tocarla y al mismo tiempo, no quería que se sintiera avergonzada. Ella había acabado en mis manos y la satisfacción era de miedo.
Con mi extremidad mojada por sus jugos, saqué la mano de su vestido y acerqué los dedos a sus labios. ¡Aun no entiendo cómo no morí en el acto! Empezó a reírse bajito, con la vista entrecerrada. Yo igual, no pude evitar sonreírle y mucho menos hacer que se saboreara entre mis yemas.
Entonces, así, inició una de las mejores conversaciones que he tenido en la vida.
OLIVIA
¿Qué dato interesante hay entre las historias que los empleados de un restaurante pueden contar a diario? Sobre todo los fines de semana, cuando mayor es la población de locura bajo estas mesas. Existe tanta gente con problemas y soluciones, que me catalogo entre la mujer más común de todas las estadísticas.
Empecé a salir con Alonso hace siete años, lo conocí en la universidad. Tuvimos nuestro tiempo de pasión desenfrenada, luego las peleas, después las sospechas de posibles engaños y las embarcadas continuas, esas que me confirmaban un desinterés inminente hacia la relación y mi persona. Eso es todo lo que una "mujer común" puede narrar mientras se tiene una vida que va desde ir al trabajo y llegar a casa temprano, para cocinar el almuerzo destinado a ser engullido en la siguiente jornada laboral. Salir a cenar a La Napolitana, uno de los lugares más reconocidos en la capital del gran estado Zulia, suele ser una diferencia notoria en los planes de una persona como yo. Entonces, ¿cómo no evitar que un desconocido me hiciera acabar en frente de un número penoso de mesoneros? Aquello era tan novedoso para mis días que no pude evitarlo y le eché la culpa al idiota de Alonso por haberme dejado varada una vez más. Carlos fue por mí en dos segundos y en tres más, ahogué la vergüenza en unas sonrisas compartidas. Si tenía sed, acercaba la copa a mis labios. Si pasaba mis manos por mi frente, apretaba mi cintura rodeándome al completo para darme seguridad. Susurraba cualquier cosa para hacerme sentir valerosa, entendiendo que mi respuesta a sus caricias no eran algo que yo haría todos los días. Dios, estábamos tan cerquita, él quería ser un capullo pero ambos formamos una pequeña burbuja de protección mutua. Carlos y yo esa primera cena parecíamos estar encerrados en un armario muy pequeño, y escondidos de nuestros padres como adolescentes.
Me exalté cuando sentí un frío punzante en el lateral de mi cuello.
-Olivia, me llamo Olivia -exhalé rápido mi nombre bajo la tortura de sus preguntas heladas, enmarcadas con el pasar de un pequeño cuadro de hielo por donde tuviese descubierta mi piel-. Yo no... no suelo hacer estas cosas.
-Diablos, eres hermosa. -Siguió acariciándome con el hielo y yo siseando apenas-. Mira cómo se evapora el frío por tu piel... Estás tan caliente y excitada... -vociferó impresionado.
Mordí mis labios.
-Carlos, todo el mundo se está dando cuenta.
-Ya no queda casi nadie aquí. Mira, no voy a invitarte a mi casa, tampoco te persuadiré de irnos a la tuya. En cualquier momento la noche se acabará, nos sacarán de aquí y quizás no coincidamos en otro lugar. Pero necesito saber una cosa.
Al escucharle, un profundo bajón de desilusión se apoderó de mí. ¿Le perdería la pista tan rápido? No sabía cómo había llegado a esa situación y ahora no quería saber qué pasaría si no continuaba.
-Deja el hielo. ¡Deja el hielo, por favor! -supliqué en un fuerte susurro. Estaba tan caliente, que juro haber sentido una especie de parálisis a un costado de mi cuerpo. ¿O se trataba de otra cosa? Y su risa tan osada, ¡era casi insoportable el que no quisiera continuar con la noche!
-Dime una cosa, Olivia... ¿Por qué una mujer tiene que esconder sus lágrimas? Todavía me parece una estupidez que ustedes acepten una vida así.
-¿Qué quieres decir?
-Vamos, es normal que tu pareja hizo bien su trabajo. Te dejó sola aquí, te hizo llorar. ¿Qué fue lo que pasó esta vez? ¿Tuvo atasco en la oficina, o inventó alguna excusa barata?
Estaba a punto de lloriquear como una nena de quince. Maldito.
-Aleja el hielo y seguiré respondiendo lo que quieras.
Como si fuese una orden directa, por fin obedeció y me apartó de la tortura. Sus preguntas parecían más una confirmación a sus certezas, que otra cosa. Parecía saber todo de mí, esa era la impresión que me daba.
Bueno, mejor dicho, conocía todo sobre las mujeres, y al parecer sobre las mujeres en ese lugar.
Pensé también que desde hace varios años me había vislumbrado predecible, fácil era adivinar lo que sea sobre mí; hasta mi pena ante los mesoneros que ya se iban moviendo al son de sacarnos. Debía responderle antes de irme.
-No es fácil hablar así, Carlos. ¿Qué tanto importa si lloré, lo haré a escondidas o delante de toda Maracaibo? Sí, me han dejado embarcada otra vez y me dejé llevar por ti. -Al decir esto, posicionó su mano en mi muslo, como un ancla, y tuve que tragar. De nuevo mi mano en su muñeca-. No voy a decirte algo que ya sabes, ¿entiendes?
Comenzó a acariciarme, a suspirar y exhalar, como evitando profundizar de nuevo entre mis piernas.
-¿Puedo confesar que me pones nervioso?
Mi rostro cambió de la excitación a la extrañeza. «¿Nervioso?» Logré apartarme un poco colocando las palmas de mis manos en su pecho para crear distancia y mirar bien su cara. Entonces lo detallé: ojos café, rostro no tan joven pero demasiado sexy para el gusto de cualquiera. Sonrisa desafiante, cejas gruesas... Ya sabía que era alto y ahora que lo veía mejor, estaba en buena forma física. ¿A qué se dedicaba y qué hacía allí es noche? También pude notar que se arrepentía de su pregunta. Ahora que decido contar hoy la historia, recuerdo el momento y suelo reírme por su expresión tan congelada, mirándome, y del tiempo que duramos clavándonos en la memoria del otro. Al pasar los minutos, un mesonero se acercó para cobrarnos la cuenta, nos estaba echando. De inmediato Carlos pagó mi consumo sin dejarme refutar, acomodó mi vestido, me repasó con la mirada una vez más y tomándome de las manos, me ayudó a levantarme para salir de allí. Pregunten qué color de cabello tenía el mesonero, o si nos había sonreído tan siquiera. No tengo recuerdos de ello por andar escondiéndome de la gente que nos miraba, mientras detallaba el impuro suelo de La Napolitana para no caerme del cansancio hormonal en el que había quedado.
¡Un desconocido! Un extraño vino a mí esa noche y se enterró en mi vida. Y al salir, al ser tocados por el fresco y el vapor de los carros encendidos, al mezclarnos de súbito con los olores de la noche, se hizo imposible separarnos. Se hizo inevitable hasta el día de hoy.
CARLOS
Estaba un cincuenta por ciento seguro que no me había visto. Me senté a propósito en la mesa más alejada del restaurante y le pedí al mesonero (quien increíblemente me reconoció) que no le dijera que yo había llegado. También le envié con él una botella de cerveza y que le dijera que iba por cuenta de la casa.
Con satisfacción vi como se la bebía. Quería probar sus gustos, descubrirlos, porque no los conocía. Solamente sabía del vino y de la energía que provocaba en ella tras varias copas. Entonces decidí enviarle un poco de ese amado líquido, para nada reluciente y para nada adjunto a su finura y delicadeza. Por supuesto, necesitaba saber si le gustaba ese tipo de bebidas y si su efervescencia le sentaba bien.
No la rechazó, muy bien que la disfrutaba. Punto para ambos. Me gustó saber que ella había reservado la misma mesa en donde la conocí. No lo pude creer a la primera. La Napolitana era un lugar exclusivo, pero no tanto para agendar reservaciones solo para parejas; a menos que se tratase de una ocasión especial... Su logro fue algo nuevo para mí.
Seguí observándola por unos minutos más, a pesar de encontrarme bastante alejado. Ella en la delantera y yo detrás, al final, de último... Algo escondido, debo confesar.
-¡Coño Carlos! -saltó la voz de un hombre todo alegría y cerré los ojos por un instante. Miré hacia aquella mesa y me extrañé que no hubiese escuchado ese saludo tan enérgico.
-Meléndez -dije, poniéndome de pie y estrechando la mano de aquel, quien agregó unas palmadas en mi brazo opuesto mientras subía y bajaba, con ahínco, el apretón.
-¿Cómo está la familia? En estos días vi a tu prima en el banco. No sabía que estaba gerenciando.
-Así es. -Sonreí amable ya estando separados. Meléndez era un sujeto con casi sesenta años de edad para quien trabajé una vez-. También está a punto de casarse -le informé-, así que el cargo le cayó de maravilla.
-¡Coño, pero qué buena noticia! Le diré a Rosa que le envíe un presente de bodas. Tu prima ha sido siempre amable con la compañía, y con mi señora.
-Bueno, si se lo envías como sorpresa, prometo no decirle. -Me reí un tanto, y él hizo lo mismo.
-¿En qué andas ahora, Carlos?
Pude responderle, pero no quería más charla. Mi objetivo principal de la noche esperaba por mí y sería un tonto si seguía alargando la tertulia.
-Bueno Meléndez, si me disculpas...
-No, no, claro, claro... Por favor, sigue en lo tuyo. -Estrechamos las manos de nuevo-. Visítame en la oficina. Tengo alguien que me asiste con las cuentas, un sobrino de mi mujer, pero no está demás pegarle un sustillo al muchacho.
Sonreí abiertamente y negué con la cabeza por las ideas que siempre estructuraba mi ex cliente. Esperé que él caminara hacia su mesa -la cual ya tenía personas alrededor-, y me dirigí hacia la de ella... ¡En donde no había nadie! La mujer no estaba por ningún lado y ver su silla vacía, al igual que el vaso y la botella, me detuvo en el acto.
Me congelé. Y lamenté casi sin saber por qué (y de inmediato) habérmela llevado a la cama y proponerle un nuevo encuentro en ese restaurante sin ni siquiera pedirle un jodido número de teléfono.
Me empecé a sentir acelerado. Asustado, de hecho. Rápido, miré hacia la caja registradora con la clara idea de sacarle (así sea a pedradas) a la recepcionista el número personal de mi cita. La cajera solía encajar facturitas en un objeto punzante con un montón de dígitos telefónicos anotados allí, datos que le exige a la gente cuando cancelan sus compras con tarjeta. Pero la pedrada me la di yo en los dientes al recordar que le había pagado el trago.
«¡Maldita sea! ¿Por qué coño le pedí al mesonero que le dijera que iba por cuenta de la casa?»
-¿Pasa algo malo con su mesa, señor? -preguntó el camarero.
-¿A dónde se fue ella? -Señalé con urgencia la mesa vacía delante de mí. Y creo que le hablé algo fuerte porque el pobre sujeto enarcó las cejas.
-Señor, la señorita de esa mesa está...
-¿Carlos? Acá estoy.
Me volteé de ipso facto y allí sentí un golpe invisible que me tumbó al suelo; No era más que el efecto volátil del alivio cayendo sobre mí. No me percaté si el mesonero se quedó unos minutos más o se había ido, no me di cuenta de más nada. Allí estaba ella, recta y feliz, con una mueca ligera de cejas y labios de mediana sonrisa. Su cabello castaño oscuro suelto, manos juntas al frente sosteniendo su pequeño bolso, el cual combinaba en color con su vestido mostaza... Bien maquillada, sencilla y a la vez, brillante. Y estaba seguro que si me acercaba, algún exquisito aroma podría enloquecerme; como sucedió en la cena anterior.
-Pensé que te habías ido.
-De hecho, así fue. Pero para el baño -explicó sin meras pretensiones de burla, con ese tono de voz dulce, suave y levemente ronco... Espectacular.
Solo asentí y metí la lengua en las encías. Señalé su mesa con la cabeza.
-¿Consumiste algo más? ¿Pediste algo para cenar?
«Si me dice que sí, me ahorco».
-No, solo la cerveza que me brindaste. -Me detuve en seco. No pude evitar sonreírle, eso no me lo esperaba-. El mesonero no me dijo nada. Lo adiviné. -Se encogió de hombros.
Me la quedé mirando por un segundo.
-¿Ya me habías visto?
Ella negó con la cabeza y frunció un poquito las cejas. Entonces volví a quedar en el limbo, anonadado por su acierto. Sin embargo, tenía que reaccionar.
-Si tienes todas tus cosas contigo, nos vamos.
Di un paso hacia la salida luego de decirle aquello, pero ella me detuvo.
-No. Quiero cenar.
«Maldita sea...Ella quiere cenar». Se me salió una sola risa por mi pensamiento, porque por complacerla me resignaría a esperar. Juro que no tenía hambre de comida. Le concedí el deseo y como el caballero que aprendí a ser, me dirigí a la mesa, saqué la silla para ella y luego de un gracias de su boca, me senté al otro lado del mantel lleno de platos y copas, objetos que parecieron resplandecer por el interés de algo curioso.