Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > ENTRE EL AMOR Y LA VENGANZA DE LA EXESPOSA
ENTRE EL AMOR Y LA VENGANZA DE LA EXESPOSA

ENTRE EL AMOR Y LA VENGANZA DE LA EXESPOSA

Autor: : LauraC
Género: Romance
Casarse con el amor de su vida es el sueño preciado de cualquier mujer, pero para Charlotte , era una completa pesadilla, pues Federick la trataba como si fuera lo peor que pasó en su vida, hasta el día que no aguanto más y le pidió el divorcio, a pesar de las suplicas, la mujer no logró que él le diera una segunda oportunidad, sometida y humillada tuvo que regresar a casa de sus padres, lo que la familia de Federick , ni él mismo imaginaron, era que Charlotte volvería, pero ya no sería aquella humilde mujer que aparentaba no tener nada, ahora lo tenía todo, volvió con la intensión de vengarse, pero de una forma conveniente a Federick se le despertó el amor, ¿Podrá recuperar su corazón sin salir herido en el intento? ¿Podrá Charlotte perdonar tanto dolor?

Capítulo 1 1

Capítulo 1 EL DOLOR DE UNA PARTIDA

Charlotte

A veces, en las horas más silenciosas de la noche, el eco de mis propios pensamientos se convierte en un peso insoportable. En mi habitación, me siento atrapada entre la opulencia de la mansión y el vacío que me consume, como si ambos mundos estuvieran en constante conflicto. Mientras contemplaba mi reflejo en el espejo, me sorprendió la frialdad que se reflejaba en mi propio rostro. Acaricié mi mejilla dándome cuenta el mal paso del tiempo; sentí que algo andaba terriblemente mal.

Llevaba ya tres años casada con el amor de mi vida, Federick Maclovin, un famoso inversionista. Era muy guapo, eso no se puede negar, pero su personalidad dejaba mucho que desear, pero ahí estaba yo, locamente enamorada, perdida en lo que, al comienzo, fue un amor entrañable y verdadero.

-¡Charlotte! ¡Charlotte! -Los gritos de Magdalena me sacaron de mis pensamientos-. Muévete, ¿qué esperas? Ven a servir el desayuno. -Mi suegra me trataba peor que si fuera una simple empleada de servicio. Su desprecio por mí era evidente.

Pasé una última vez el trapo sobre la mesa para sacarle brillo, olvidando por completo mi desdicha. Sonreí satisfecha con el resultado; debía atender a la familia.

-¡Un momento, por favor! -Me dirigí a la cocina y, sonriente, comencé a preparar rápidamente el desayuno para todos. Los Maclovin eran una familia de cuatro: la madre, el padre y los dos hijos, siendo mi esposo el mayor de ellos.

Habían pasado quince minutos desde que Magdalena ordenó el desayuno, y aún no llegaba al comedor. Esto hizo que Federick se enfureciera. Se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina, miró hacia mí con enojo y me gritó:

-¡¿En dónde está mi desayuno, Charlotte?! -Los ojos de Federick ardían producto de su enojo, esos ojos que alguna vez me vieron con amor, en ese momento, solamente podían esbozarme un profundo odio, eso realmente rompía mi corazón.

-Mi amor, es que...-tartamudeé-. Aún me demoro un poco.

Federick me tomó por el mentón, causándome un poco de dolor. Su mirada estaba llena de odio, y en sus ojos no había ni una pizca de amor. Solamente me mostraba como nuestro matrimonio se había sumergido en el declive...

-¡Eres una inútil, Charlotte! No sé en qué momento decidí casarme contigo, si es que no sirves para nada. Eres una deshonra para mi familia.

-Pero, mi amor, ¿por qué me estás diciendo esto? -Mi voz se quebró completamente, y un nudo doloroso se formó en mi garganta. Estuve a punto de romper en llanto.

-Porque es cierto, Charlotte. Llevo tres años aguantándote, y no te soporto -Federick me miró con un odio evidente, y sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos-. ¡No te amo, Charlotte!

-No me digas eso, cariño, por favor -supliqué, herida.

-Me fastidias, Charlotte, pero pronto todo esto acabará -respondió con ironía. Federick salió de la cocina, dejándome con un sabor amargo en la boca. Unas cuantas lágrimas rodaron por mis mejillas, pero me obligué a controlarme y a seguir con mi tarea.

Cinco minutos después, serví el desayuno, pero mi esposo ya no estaba en la mesa. Sin embargo, mi suegra no perdió la oportunidad de quejarse.

-¿Otra vez huevos? ¿No sabes hacer nada más? -preguntó Magdalena con evidente enojo.

-Suegra, en la cocina no había nada más. He hecho lo que he podido -respondí, consciente de que mis palabras podían ser una ofensa, especialmente en medio de la crisis económica que estaba atravesando la familia desde que su gran compañía había quebrado. La recuperación parecía muy lejana.

Magdalena, llena de ira, tomó el plato del desayuno y lo estrelló contra el suelo. La comida voló por los aires mientras yo observaba atónita.

-No sé cómo mi hijo se pudo casar contigo, si es que no sirves para nada. Eres una completa inútil, Charlotte, ¡Recoge todo esto! -Gritó Magdalena furiosa, ante la mirada confusa de su hija menor Diane y su esposo John.

John se levantó de la mesa también y dejo servido el desayuno.

-Espero mi hijo se divorcie de ti muy pronto, es mejor que no pertenezcas más a esta familia-Dijo el hombre.

No pude evitar que las lágrimas corrieran por mis mejillas como un torrente incontrolable. ¿Divorcio? La idea me resultaba insoportable. No deseaba separarme de mi esposo; creía que era la mujer perfecta para él. Lavaba su ropa y la de su familia, limpiaba la casa, preparaba las comidas y lo esperaba cada noche después del trabajo, dispuesta a satisfacer sus necesidades. ¿Dónde estaba mi error? ¿Acaso no merecía ser su esposa?

A mis veintiséis años, soportaba la humillación de una familia que no era la mía, todo por amor, o al menos eso pensaba yo.

Tras un largo día, me senté frente al espejo, solté mi cabello y pasé un cepillo por mi rubia melena. Mis ojos verdes, rodeados por oscuras ojeras, opacaban mi belleza, y mi rostro pálido carecía de vitalidad, pues no salía de la mansión ni siquiera para tomar un poco de sol. Me sumía en las tareas domésticas con la esperanza de ganarme el afecto que siempre me eludía.

Pero ¿a quién le importaba? Mi única fuente de felicidad dependía de la presencia de mi esposo.

Me recosté en la cama con un libro, esforzándome por no quedarme dormida antes de que llegara Federick. Debía calentar su comida y atenderlo como él merecía, esperando que eso me permitiera dormir a su lado. Sin embargo, esa noche había algo diferente en la mansión de los Maclovin. Una atmósfera densa parecía envolver el lugar, y un escalofrío recorría mis huesos mientras mi esposo se acercaba a la habitación.

La puerta se abrió y Federick entró, con una expresión vacía y un sobre en la mano. Al verlo, me levanté de la cama rápidamente.

-Buenas noches, querido. Voy a calentar tu comida.

-Ya cené, Charlotte.

Agaché la cabeza, aceptando lo dicho, y me dirigí a quitarle los zapatos, pero él me apartó bruscamente, lanzándome un sobre al pecho.

-¿Qué es esto? -pregunté, confundida.

-Los papeles del divorcio. ¿Acaso eres ciega o qué?

Sentí cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Mi cuerpo, frágil, sucumbió ante el frío de la noticia. Las manos comenzaron a temblarme y, una vez más, el llanto inundó mi rostro.

-¡No, mi amor! No quiero divorciarme, por favor. -Dejé la carpeta sobre la mesa y me lancé hacia él, desesperada, pero me empujó, alejándome con desdén.

-¡No me toques, Charlotte! Firma y lárgate de mi casa.

-No, no me dejes, por favor. Haré lo que sea por ti. ¡Te amo demasiado! No me hagas esto, cariño, ¡por favor! -Me encontraba en un estado de desesperación total. El divorcio no era parte de mis planes, no ahora. No me importaba soportar lo que fuera, pero perderlo... no podía aceptarlo.

Me arrodillé ante él, aferrándome a sus piernas mientras mis lágrimas caían sin control. Rogaba que no me dejara, que reconsiderara. Pero Federick, insensible, se zafó de mi agarre. Caminó hacia el armario y, sin mirarme, sacó una maleta. Descolgó mi ropa y la tiró al suelo, dejándome ver lo poco que le importaba todo lo que yo había entregado.

-¡Lárgate ya, campesina! -me gritó, señalando la puerta.

-Es casi medianoche, ¡no me hagas esto, por favor! -seguí suplicando-. No tengo a dónde ir.

-¡Que te vayas! -Federick me miró con furia, su voz amenazante.

-Por favor, Federick, dame una segunda oportunidad, mi amor. Prometo que haré las cosas mejor -insistí, desesperada.

-¡Eres increíble! -espetó con una sonrisa cruel-. ¿Qué parte no entiendes de que no quiero seguir casado contigo?

Recogí mis pocas pertenencias, viendo el odio en los ojos de Federick. No me quedó más opción que salir de la mansión con el alma rota y sin un solo centavo en el bolsillo. Toda la familia Maclovin fue testigo de mi humillación, pero en lugar de defenderme, se sumaron a mi desgracia. Las carcajadas burlonas de la madre y la vergüenza evidente en el rostro del padre terminaron de aplastar mi dignidad.

Con el corazón hecho trizas, solo quedaba una salida: regresar al hogar que nunca debí abandonar. Pero estaba tan lejos, tan desprotegida, que ni siquiera sabía cómo me recibirían. Me había casado perdidamente enamorada de un Federick que, en otro tiempo, fue dulce y devoto. Sin embargo, con el paso de los meses, se convirtió en mi verdugo. No soportaba mi amor, ni mi presencia.

Nunca entendí por qué cambió. Lo que jamás habría imaginado era que su corazón pertenecía a otra persona. Ese desprecio que mostraba hacia mí no era más que el reflejo de una traición. En los caprichos del amor, solo manda el sentimiento verdadero, y el suyo ya no era mío.

Bajo la lluvia, empapada y sin abrigo, llegué a la estación de tren. Sin consuelo y completamente desolada, una mujer, movida por la piedad, se acercó y me dio dinero para un billete. Tomé el primer tren de la mañana, dejando atrás los últimos tres años de mi vida. No podía creer lo que mi esposo me había hecho.

Capítulo 2 2

CAPÍTULO 2. UNA FUERZA IMPONENTE Y ARRAZADORA

Dos años más tarde

Charlotte

El tiempo fue apagando poco a poco el dolor que Federick dejó en mí. Durante mucho tiempo intenté descifrar por qué me había entregado esos papeles de divorcio de forma tan cruel, pero nunca logré encontrar una explicación que me convenciera.

Regresar a mi hogar fue como un bálsamo. Mis padres y hermanos me acogieron con todo el amor que siempre habían tenido para mí. Era la menor, la favorita de mis padres, y durante esos meses hicieron todo lo posible por devolverme la felicidad que parecía haber perdido. Lejos de ser una campesina común, como los Maclovin siempre creyeron, yo era la heredera de los Feldman, una de las familias más influyentes en el mundo de la agricultura. Quién iba a imaginar que detrás de aquella "campesina humilde" se encontraba una fortuna tan inmensa.

Federick nunca supo quién era realmente. Cuando me casé con él, decidí ocultar mi verdadero origen y posición. Para él y su familia, solo fui una empleada que había tenido la suerte de entrar a su vida, una mujer más entre tantas, sin importancia.

-Hija, ¿qué estás mirando? -mi madre, Dora, me interrumpió mientras hojeaba distraída el periódico. Mis ojos se habían detenido en un artículo que anunciaba un importante evento empresarial que tendría lugar en California.

-Sobre una gran gala empresarial que se celebrará pronto -le contesté sin levantar la vista.

-Nos han invitado -comentó-, pero dudo que tu padre quiera ir. Está cansado y quizá enviemos a uno de los abogados para que nos represente.

Cerré el periódico, pero mi mente seguía atrapada en lo que acababa de leer. Sabía que los Maclovin también asistirían a la gala; después de todo, eran empresarios importantes, aunque ahora se encontraban al borde de la ruina. La idea de verlos allí, de enfrentarme a ellos, me llenaba de una extraña mezcla de emoción y ansiedad. ¿No sería el escenario perfecto para devolverles todas sus humillaciones?

-No necesitamos enviar a ningún abogado, mamá. Yo misma iré al evento -anuncié, con una decisión que sorprendió incluso a mi madre.

Dora me miró con los ojos abiertos de par en par, casi incrédula.

-No es necesario, hija. Sabes quiénes van a estar allí, y no quiero que vuelvan a hacerte daño. Si se atreven, juro que me encargaré de ellos personalmente -dijo con una evidente preocupación

Me giré hacia ella, esbozando una sonrisa serena.

-Mamá, aquella Charlotte que ellos despreciaron y pisotearon murió el día en que Federick me echó de su casa como si no valiera nada. ¿Sabías que su empresa está en la quiebra? Bien, voy a presentarme con una oferta que no podrán rechazar.

-Entonces iré contigo -respondió con firmeza-. No estás sola.

Su abrazo me reconfortó, pero sabía que no era la misma mujer que un día se entregó por completo a alguien que jamás me valoró. Una semana después, ya estábamos a bordo de un avión privado rumbo a California, listas para lo que se avecinaba.

El salón era un espectáculo de lujo y elegancia. Lo primero que noté fueron las imponentes puertas de caoba que se abrían hacia un vestíbulo iluminado por lámparas de araña, cuyos destellos dorados danzaban sobre el mármol pulido. El suelo de madera bajo mis pies resonaba suavemente, anticipando lo que sería una noche inolvidable. Al entrar, todos parecían ya estar en sus sitios, pero pude distinguir en una de las mesas principales a los Maclovin, dominando la escena con su presencia habitual.

Magdalena, siempre ostentosa, llevaba un collar de diamantes que brillaba intensamente, mientras Diane, con un vestido similar, se sentaba a su lado. John estaba impecable en su esmoquin, pero era Federick quien capturaba todas las miradas. Era el soltero más deseado de la ciudad, y su sonrisa lo decía todo. Me preguntaba cuántas de esas mujeres lo veían como yo lo había visto alguna vez, sin imaginar quién era en realidad.

De pronto, el murmullo del salón se detuvo, y todos los ojos se giraron hacia nosotras. Sentí el impacto de los tacones de mi madre y los míos resonando en el suelo mientras entrábamos. Dora, mi madre, caminaba con la gracia que la caracterizaba, pero sabía que era yo quien acaparaba la atención. Mi vestido rojo, ajustado a mi figura, y el escote en forma de corazón no dejaban espacio a la discreción. Sentí cómo los flashes de las cámaras se dirigían hacia nosotras, y cómo cada mirada se fijaba en mí. Había esperado este momento, y lo disfrutaba.

Al levantar la vista, vi a Federick. Su expresión lo decía todo: estaba perplejo, incapaz de creer lo que veía. Era como si estuviera mirando a un fantasma, aunque sabía que era yo. La sorpresa en su rostro fue mi pequeña venganza, la confirmación de que no me reconocía, no al menos como la mujer que una vez despreció.

-¿Quiénes son esas mujeres? -escuché a Magdalena preguntar, su voz cargada de envidia.

-¿No sabes quién es? -respondió Diane-. Esa es Dora Feldman, la multimillonaria agricultora. Pero lo interesante es... ¿qué hace Charlotte con ella?

Diane me había reconocido, aunque sabía que ya no era la misma mujer a la que todos ellos habían humillado.

-Esa mujer no puede ser Charlotte, ¿Qué te pasa, Diane? ¿Acaso no la estás viendo bien? -Magdalena exhaló con incredulidad, sus ojos estaban entrecerrados mientras me observaban.

-¡Mamá! Te juro que es Charlotte, la exesposa de Federick. Pero me confunde verla con esa mujer. No entiendo qué sentido tendría -respondió Diane, tratando de racionalizar lo que veía.

Federick, por su parte, no podía apartar la mirada, sentía como sus ojos devoraban mi cuerpo, de arriba abajo, como tratando de asimilar, quien era la mujer que había llamado la atención con tanto entusiasmo, inclusive, me estaba robando la suya, cuando pensó que todo ya estaba superado.

Cuando pasé al lado de la mesa donde estaban los Maclovin, no me molesté en mirar. Para mí, no existían. Sentí la mirada de Federick sobre mí, pero lo ignoré. Sabía que estaba ahí, lo localicé en cuanto entré al salón, pero no le daría el gusto de notarlo. Aun así, su reacción no pasó desapercibida; al pasar cerca, vi cómo su cuerpo se tensaba. Mi perfume debió traerle recuerdos, era el mismo que usaba en momentos especiales. Seguro estaba desconcertado.

Desde la distancia, pude oír a Diane agitarlo. La escuché llamarlo repetidamente, intentando sacarlo de su estupor.

-¿La has visto? -le preguntaba, con insistencia.

-¿He visto qué? -respondió él, claramente desorientado.

-¡A Charlotte, tonto! ¿Qué demonios le pasó? ¿Por qué está vestida así? ¿Y qué hace con Dora Feldman? -seguía preguntando, mientras el desconcierto crecía en su voz.

Federick tartamudeaba. -No puede ser ella... Charlotte era una campesina. Nunca supe de su familia ni de sus orígenes, no tiene sentido que esté con una mujer como Dora Feldman.

Diane, por su parte, no dejaba de sonreír. -Tú mismo lo acabas de decir, ni siquiera sabías quién era realmente tu esposa. Es Charlotte, ¡lo sé! -murmuraba con un toque de satisfacción. Sabía que, en el fondo, me reconocía, aunque no quería admitirlo. Y aunque ella y yo habíamos sido cercanas en algún momento, su familia me había rechazado, viéndome como una simple sirvienta.

Capítulo 3 3

CAPÍTULO 3 NO PUEDE SER EL CAMBIO

Federick Maclovin

Palidecí al escuchar las palabras de Diane. Si ella está en lo cierto, necesitaba averiguar qué está haciendo Charlotte aquí. Pero antes de que pudiera mover un dedo, el anfitrión del evento pidió a todos que tomaran asiento para anunciar a los empresarios del año. Mientras él hablaba por el micrófono, yo no podía concentrarme en nada más que en Charlotte, observando cómo todos a su alrededor la alababan. Y turbios pensamientos allanaron mi cabeza, como si estuviera cayendo ante sus encantos, unos que jamás me fije cuando estuve casado que pudiera tenerlos.

«¿Será ella? ¿Será mi Charlotte?» Pensaba una y otra vez.

-¡Señoras y señores! El gran premio a la empresa agrícola del año es para Industrias Feldman -anunció el anfitrión, señalando a Charlotte y a Dora. Vi cómo se abrazaban y reían juntas antes de subir al escenario. La atención de todos se centró en ellas.

Solo entonces empecé a prestar atención cuando Dora tomó el micrófono.

-Gracias por este reconocimiento. Pero nuestra compañía no habría alcanzado este éxito sin la gestión de nuestra brillante administradora, mi querida hija, Charlotte Feldman.

El nombre resonó en mi cabeza como un ruido torturador. ¡Charlotte Feldman! No era el apellido de la mujer que conocía como mi esposa, pero, sin duda, era ella. Mi tensión cayó por completo, y un sudor frío comenzó a recorrerme. No podía creer que Charlotte no era solo una campesina, sino la hija de una familia agrícola influyente. Todo lo que creía saber se desmoronó frente a mí.

Sentí que me iba a desmayar. Mis manos resbalaron de las barandas de mi silla, y casi vomito por la sorpresa. No era el único sorprendido. Mi madre, a mi lado, estaba en shock absoluto.

-¡No me digas que es ella! ¡No puede ser esa arrastrada! -mi madre pataleaba incrédula, para ella era imposible ver como la mujer que ocupo un lugar en nuestra casa, y hasta llegó a ser su empleada del servicio, estaba siendo nombrada la ganadora de uno de los eventos más importantes del país, eso si que era realmente humillante para nosotros ¡De no creer!

-Así es, mamá -respondió Diane, con una satisfacción que no podía ocultar.

-No, no puede ser ella. ¿En qué momento se convirtió en la hija de los Feldman? ¿Sabes cuánto dinero tiene esa gente? -se preguntó mi madre con ironía

Yo seguía en estado de shock. Me había alejado de una mujer tan especial por un capricho, y nunca imaginé que regresaría, y menos convertida en una figura tan poderosa. Solo deseaba que la tierra se abriera y me tragara de una vez.

-¡Vámonos! -exclamé.

-¿Qué? ¡No vamos a irnos, Federick! Ahora es el peor momento para irnos. ¿No te das cuenta lo que está pasando frente a nosotros? -Mi madre señaló hacia el escenario, donde Charlotte hablaba.

-¿De qué estás hablando, mamá? -le pregunté, confundido-. Solo veo a una mujer ostentosa. No me siento cómodo aquí. Si ustedes no se van, me iré solo.

-¿Eres idiota o qué, Federick? Esa mujer te amaba con toda su vida. Esta es la oportunidad perfecta para hablarle y volver con ella. Podría ser nuestra única chance de salvarnos de esta quiebra -me dijo mi madre, visiblemente interesada.

La incredulidad me invadió al ver la perspectiva de mi madre. Negué con la cabeza y me puse la mano en la frente.

-¿Qué te pasa, mamá? Eso nunca va a pasar. ¿Acaso te olvidas de cómo nos divorciamos?

-Hijo, todos cometemos errores -dijo Magdalena con una nota de esperanza en su voz-. Debemos acercarnos a Charlotte. Es nuestra última oportunidad.

Suspiré con pesadez y volví a mirar hacia el escenario. Mi empresa estaba al borde de la quiebra y necesitaba urgentemente una inyección de capital. Nadie quería arriesgarse a ayudarnos por miedo a perderlo todo. Y ahí, frente a nosotros, parecía estar nuestra salvación. ¿Sería posible que Charlotte aún sintiera algo por mí y estuviera dispuesta a ayudarnos?

Finalmente, no pude evitar que mi madre insistiera en que habláramos con Charlotte. Ella había pasado de ser una simple campesina a una multimillonaria, y mi madre no quería dejar pasar la oportunidad de aprovecharlo.

Después de la premiación, la mayoría de los invitados se dirigieron al gran baile, pero Charlotte y su madre se estaban preparando para irse. Ellas solo buscaban hacer acto de presencia en ese momento; el resto podía esperar. A pesar de eso, Magdalena, siempre tan impulsiva, se acercó a ellas.

-¡Nuera! ¡Qué gusto verte después de tanto tiempo! ¿Cómo has estado? -dijo mi madre con una sonrisa forzada. Charlotte y su madre intercambiaron miradas de falsa confusión y se rieron de la situación.

-Disculpé, señora, ¿nos conocemos? -respondió Charlotte con un tono que dejaba claro su desdén, y pude ver cómo las mejillas de mi madre se sonrojaban de vergüenza.

-¡Claro que sí, cariño! Soy tu suegra, Magdalena Maclovin -dijo mi madre, y en ese instante, deseé que el suelo se abriera y me tragara. La humillación era evidente.

Charlotte intentó fingir que no me reconocía, moviendo la cabeza como si no se acordara. Sin embargo, cuando me acerqué a ellas, su semblante cambió de inmediato. Intentó alejarse, pero su madre la sujetó del brazo, instándola a enfrentarnos.

-¡Charlotte! -exclamé, tratando de mantener mi voz firme.

Vi cómo Dora fruncía el ceño y me miraba con desdén. No podía evitar que mi presencia pareciera una invasión. Charlotte parecía nerviosa y estaba a punto de irse corriendo, pero su madre la retenía, alentándola a no huir.

-¡Ah, ya recuerdo! -Charlotte dio una sonrisa con la comisura de sus labios -Los Maclovin , bueno ya no soy su nuera señora, con permiso. -Charlotte quiso irse, pero mi madre la tomó del brazo.

-Cariño, no te vayas. Ha pasado tanto tiempo, queremos hablar contigo -dijo mi mamá, un poco nerviosa. Le echó una mirada a Dora, como si le estuviera dando una orden, tal como solía hacer cuando Charlotte aún era mi esposa.

-Hija, si necesitas hablar con ellos, yo te acompaño -respondió Dora, antes de que Charlotte pudiera decir algo.

-Madre, no tengo nada que hablar con ellos. Todo quedó claro hace dos años. Vámonos, por favor. El conductor nos está esperando -Charlotte tomó del brazo a su madre, dejándonos a los Maclovin con la palabra en la boca. Mi madre se llevó la mano al pecho, completamente desconcertada. Charlotte había cambiado tanto: de aquella mujer sumisa y sonriente no quedaba nada. Ahora era imponente y desafiante.

-Mamá, ¿qué demonios fue todo esto? No entiendo por qué accedí a la idea estúpida de hablar con ella -le reproché a mi madre, frustrado.

-¡Ay, Federick! Es evidente que está herida, pero por su reacción me di cuenta de que todavía siente algo por ti. Apenas te vio, sus ojos brillaron y sus mejillas se ruborizaron. Aún se muere por ti, y nosotros vamos a aprovechar eso -mi madre sonreía esperanzada, como si aun quisiera verme con ella.

La incredulidad me invadió. Las ideas de mi madre parecían completamente descabelladas.

Un par de días después del evento estaba en mi oficina, en medio del caos que mi empresa se había convertido. Como CEO, estaba acostumbrado a lidiar con problemas, pero esto era algo completamente diferente. El despido masivo de empleados, las deudas acumuladas con los proveedores y la falta de contratos estaban llevando la compañía al borde del colapso. Cada notificación en mi buzón era una amenaza de cobro, y si la empresa cerraba, mi familia y yo no tendríamos ni para comer.

Las ideas oscuras de mi madre no me dejaban en paz. Tal vez Charlotte aún guardaba algo de bondad en su corazón y, por respeto a nuestro pasado, podría ayudarnos. Pero sabía que había sido un completo cretino y que ahora estaba pagando las consecuencias.

Entre las notificaciones de cobro, encontré una propuesta escrita por Industrias Feldman. Al principio, no podía creerlo. ¿Es una broma? ¿Qué podría querer la compañía de Charlotte de nosotros? me pregunté. Lo pensé mucho antes de abrir el sobre, pero al final lo hice. La propuesta ofrecía un enorme préstamo para salvarnos, a cambio de que trabajáramos para ellos y entregáramos nuestro nombre como garantía.

Al final de la propuesta estaba la firma de Charlotte y toda su información de contacto. Sentí una oleada de repulsión. ¿Cómo se atrevía a hacerme esto? Nunca entregaría el poder de mi compañía, y aun después del divorcio, Charlotte seguía atormentando mi vida. Con furia, arrugué la hoja y la tiré a la basura. Pero mi decisión tuvo que cambiar cuando mi madre entró a mi oficina, visiblemente angustiada.

-¡Hijo! ¡Pasó algo terrible! -Mi madre gritó llorando desesperada

-Mamá, ¿qué pasó? Cálmate y explícame por favor -le dije, tratando de entender la gravedad de la situación.

-Nos han echado de la mansión. La vendieron y nos sacaron a la calle como si fuéramos animales. Los nuevos dueños llegaron con el asesor del banco y nos sacaron de allí sin piedad.

-¿Qué? ¿Cómo es posible? No me dijiste nada de esto, mamá. ¿Qué hicieron exactamente?

-Fuimos a tu apartamento de soltero, pero estamos en la quiebra, Federick. Nos moriremos de hambre si no hacemos algo pronto. ¡Maldita sea! Necesitamos actuar con urgencia, por favor.

La angustia en la voz de mi madre era palpable. Era la peor noticia que había recibido en días. Dudoso, me volví hacia la caneca de la basura, donde había arrojado la propuesta arrugada de Industrias Feldman. Me agaché, la saqué de nuevo y la examiné.

-¿Qué es eso? -preguntó mi madre en medio de su caos

-Nada importante, mamá -mentí, tratando de minimizar la situación.

-Déjame ver -dijo ella, extendiendo la mano. Yo apreté el papel con fuerza.

-¡Déjame ver! -ordenó con más firmeza, mientras intentaba arrebatármelo.

Mi madre empezó a leer la propuesta, y su angustia se transformó en enojo cuando vio la firma de Charlotte.

-¿Qué se cree esa maldita campesina? -exclamó, furiosa.

-Mamá, no es nada. No te preocupes, por supuesto que no voy a aceptar esto -respondí, intentando tranquilizarla, aunque mi voz sonaba insegura.

-¡Claro que no! Ella no se quedará con nuestra compañía, que nos ha mantenido durante tanto tiempo. Pero tú necesitas hacer un gran sacrificio por la familia.

La miré, confundido, frunciendo el ceño.

-¿Un sacrificio? ¿A qué te refieres, madre?

-Tienes que buscarla. Ya tienes sus datos, así que ve y habla con ella. Pídele dinero prestado, sedúcela, haz que vuelva a ti. Consigue lo que necesitamos. Mira, Federick, estamos en la calle, y la única salvación es Charlotte.

Le di un fuerte golpe a mi escritorio y me levanté de un salto.

-Ni lo pienses, mamá. Jamás volveré con mi exmujer.

-Hijo, hazlo por nosotros, por favor. Necesitamos su ayuda. Estamos prácticamente en la calle. Si pudiera hacerlo, te juro que lo resolvería, pero está en tus manos. Por favor, Federick.

Sentí una profunda frustración, sabiendo que no podía hacer mucho más por mi familia en este momento. A pesar de todo, mi madre tenía razón en una cosa: Charlotte era nuestra última esperanza. Así que, al día siguiente, aunque a regañadientes, me dirigí hacia la oficina de la mujer que había sido mi esposa.

Decidido, me dirigí directamente a la sede de Industrias Feldman. En el camino, pasé por una floristería y me detuve. Recordé que cuando Charlotte fue mi esposa, siempre me había pedido un ramo de flores, algo que nunca me molesté en hacer. Ella se fue con la ilusión de que algún día se lo daría. Así que, decidí elegir uno de los ramos más hermosos y lo llevé conmigo hacia la oficina de Charlotte.

Al llegar a las instalaciones de Industrias Feldman, me sorprendió ver cuán moderno y lujoso era el edificio. Nunca imaginé que unos simples agricultores pudieran tener un lugar tan refinado. Desde el momento en que entré, cada rincón del lugar estaba decorado con un gusto impecable y ostentaba un nivel de riqueza que no había visto antes.

Me anuncié en la recepción y la secretaria me pidió que esperara en la sala de recepción. Mi corazón latía con fuerza. La idea de rogarle a mi exesposa por un préstamo o hablarle de nuestra desesperada situación me perturbaba profundamente. Pero no tenía otra opción si quería salvar a mi familia.

Cuando la secretaria me anunció, me imagine los ojos de Charlotte con un deseo profundo de echarme de su oficina, así como yo la había echado de mi vida. Sin embargo, era consciente de la propuesta que me había hecho, así que probablemente pensaba que había venido solo para aceptarla.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022