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ERA EL CABALLO BLANCO ENTRE LA MANADA NEGRA

ERA EL CABALLO BLANCO ENTRE LA MANADA NEGRA

Autor: : Alberto Waldemar
Género: Adulto Joven
La joven Flores Oviedo aprenderá de la vida en medio de un tiempo difícil, convulso y revolucionario tanto para ella como para su propio país. Su inocencia así como su inexperiencia la llevarán a sufrir en el amor por esta misma razón. Sólo su valor y templanza serán sus compañeras en una época tan cruel e intempestiva. La joven descubrirá sus sentimientos siendo una niña, y deberá aferrarse a ese amor, a su recuerdo y a una endeble promesa de espera, para poder sobrevivir al caos imperante que la revolución mexicana ha provocado. Así mismo la vida la llevará a enfrentarse al amor, que insiste en presentársele con diferentes rostros, haciéndola vacilar sobre continuar manteniendo viva la esperanza de que su primer amor, su amor de infancia regrese por ella. Las pruebas para la joven serán duras, y la tentación tan implacable que terminará cuestionándose, si el amor no será tan sólo la fantasía de una adolescente necesitada de un poco de cariño; y si es el amor verdadero capaz de superar la prueba del tiempo y esperar por siempre.

Capítulo 1 Parte Uno

Capítulo Uno

Había llegado el verano del 1900, al interior de la hacienda Las Palomas ubicada a las afueras del estado de Querétaro, se respiraba un ambiente tranquilo y apacible; mismo que se terminó cuando dos niños llegaron corriendo de las montañas a la casa grande de la hacienda. Al llegar sólo la niña vestida de ropas finas entró. El humilde niño que la acompañaba se detuvo justo antes de cruzar la puerta. La niña comenzó a inspeccionar el lugar, esperando que no hubiese alguien cerca; y cuando se aseguró que nadie los podía ver, hizo señas al niño para que entrara. El niño limpiando las suelas de sus huaraches y quitándose su sombrero de paja, entró. Luego los dos se fueron sigilosos a la cocina. Al llegar a la mesa pudieron ver un suculento pastel al centro de ésta. Mirándose con complicidad tomaron dos rebanadas y salieron de la casa huyendo hacia un escondido jardín.

Los escurridizos ladrones habían crecido juntos, ella era Flores, la pequeña hija del dueño de la hacienda y él era Rafael, el hijo de un pobre peón.

Fue tal vez por ser los únicos niños en el lugar y por el trato y los juegos diarios, que un sentimiento fue creciendo en ellos a la par de su estatura. Y es que siempre buscaban pretextos para estar juntos. Ella se escabullía de su nana Conrada y él de su estricto padre que lo obligaba a trabajar todos los días con ahínco.

La pequeña que había llegado a los seis años de edad y él a los siete, pasaban la mayor parte del tiempo recorriendo las montañas cercanas a la hacienda, explorando, curioseando, recolectando cosas. Eran tan felices que a su corta edad no había nada que les importase más que estar juntos, aunque no lo decían.

Esa relación de íntima amistad cambió drásticamente tres años más tarde, cuando Rafael que acababa de cumplir diez años dio un gran grito llamando a Flores ahora de nueve años. La niña se llamaba así por deseo expreso de su padre, pues cuando la tuvo entre sus brazos al nacer y ver sus rozadas mejillas, sus tiernos y destellantes ojos cafés, sus finos y castaños cabellos, en aquel pequeño rostro tan blanco como el algodón, le pareció mirar un ramo de flores, el más hermoso.

Al llegar Flores donde Rafael, pudo ver lo que éste le señalaba insistente. Corriendo velozmente en un cercano pastizal, un grupo de unos veinte caballos cruzaban un soleado claro. La cara de la niña era de asombro total.

Y mientras los caballos llenos de vida y belleza aplastaban la hierba, el fresco viento traía ese enervante olor a savia verde hasta la nariz de los niños, que extasiados llenaban sus pulmones.

Repentinamente entre la manada hizo su aparición un hermoso caballo blanco, lo que hizo que los niños abrieran sus bocas asombrados. El majestuoso animal poco a poco se fue mezclando entre los otros. Su color resaltaba radiante.

–¡Así eres tú! – dijo Rafael mirando a los caballos alejarse y perdiéndose entre árboles.

La pequeña Flores no comprendió a que se refería con eso. Fue cuando Rafael que se había acercado a la niña, tomó su mano. El corazón de Flores comenzó a acelerarse hasta ponerse muy nerviosa. Mientras el niño que estaba totalmente tranquilo, imaginaba aún a los caballos corriendo a lo lejos.

– Tú eres como el caballo blanco entre la manada negra – dijo Rafael.

Ella, que en años anteriores hubiese hecho algo para que el niño soltara su mano, no hizo nada esta vez.

– Así, así resaltas tú – continuó Rafael –, es imposible que no resaltes, que no destelles entre los demás.

Desde ese momento un extraño sentimiento revoloteó en el estómago de Flores, que había encendido sus mejillas del color de los cerezos.

A lo lejos se escuchó el grito de la nana de la niña llamándola a la casa, pues ya era la hora de la merienda.

La niña sin decir nada soltó la mano de Rafael y echó a correr rumbo a su casa, dejando al niño solo entre las montañas.

Esa noche estando Flores en su casa, evitó salir al patio y ver a Rafael. La niña no se explicaba el por qué cada vez que recordaba esa tarde su corazón se agitaba emocionado y sus mejillas parecían delatarla.

Con los días la niña continuó alejada de Rafael sin decir el por qué, pues tenía miedo de eso que comenzaba a sentir y que no podía explicarse. Así pues, cada vez que escuchaba el nombre del niño cuando era llamado por su padre o algún otro peón, ella volvía a sentirse igual; con el corazón agitado y con las mejillas que parecían estallarle.

Para todos fue extraña esa semana que los dos inseparables amigos no anduviesen juntos por ahí. Era algo que no pasaba desapercibido pues antes cuando él era llamado por su padre, ella respondía sonriente por el niño; y cuando sus padres o la nana la llamaban a ella, ante los ojos de éstos por la puerta aparecía primero Rafael solo y apenado, ya que Flores a empujones lo obligaba a entrar; se trataba de una broma que ella le hacía para que dejara de ser tan tímido. Aunque después el niño salía corriendo de la habitación y terminaba más avergonzado que nunca.

Los padres de la niña en un inicio nunca vieron mal la amistad entre los dos jovencitos, pues eran los únicos de esa edad en toda la hacienda.

Al correr de la siguiente semana muy temprano, un toquido se escuchó en la ventana de la recámara de la niña. Ella reconoció el golpeteo pues lo había oído miles de veces, era Rafael; el cual al parecer se había cansado de ser evitado.

La pequeña Flores se decidió y abrió la ventana de su balcón. Allí estaba Rafael con una caja de madera entre sus manos. Él guardó silencio sintiéndose apenado, como si la hubiese ofendido en algo. Luego bajó su mirada y extendió sus manos con la caja. Ella también seria la tomó. Al momento Rafael saltó del balcón y alejó rápidamente a las habitaciones de los peones. Mientras Flores abrió la pequeña caja y se sorprendió al mirar en el interior.

Capítulo 2 Parte Dos

Al sonido de varios disparos de alguna carabina, seguidos de los gritos de rabia de algunos hombres, todas guardaron silencio. Ninguna de las nueve gritó pues sabían que había mucho en juego.

Esa segunda vez de nuevo en la plena oscuridad que imperaba, nadie se atrevió siquiera a moverse. Pero la fría agua que les llegaba a las rodillas, empezó a hacer temblar las mandíbulas.

La inexpresiva Estefana que siempre había mostrado rudeza, fuerza de carácter y modos toscos no pudo evitar también sentir temor; y al igual que el resto de las mujeres comenzó a imaginarse lo peor.

Teniendo la cajita de madera entre sus manos, Flores vio que contenía hierba machacada; luego el olor la hizo recordar aquellos caballos, y por supuesto aquella tarde junto a Rafael cuando pasaron el día entre las montañas.

Ella no se atrevía a cerrar la caja pues quería seguir oliendo aquella esencia; por lo que sólo la estrechó contra su pecho. Flores había vuelto a sentir esa extraña sensación que había querido evitar y olvidar. La pequeña niña estaba confundida, no sabía por qué no dejaba de pensar en Rafael, en sus ojos café, en sus largas y rizadas pestañas, en su sonrisa forzada cuando no podía atrapar a una gallina o cuando algo se le complicaba. La niña incluso pensaba en lo cálido de sus manos cuando él tomó su mano aquella vez.

Repentinamente llamaron a la puerta de su habitación, entonces Flores asustada cerró de golpe la caja. Sintió como si hubiese sido ayer cuando Rafael le obsequió la cajita, aunque ya habían transcurrido más de siete años. De la hierba no quedaba nada y hasta los brillosos herrajes de la caja se habían oxidado completamente.

La vieja nana Conrada entró en la habitación alcanzando a ver como la joven Flores guardaba la cajita dentro de una maleta debajo de su cama. En esa maleta también había conchas de caracolas y coloridas piedras de río, todos preciados regalos que Rafael le había hecho.

La jovencita que acababa de llegar a los dieciséis años y que era poseedora de una inigualable belleza, había dejado los juegos y se ocupaba con gusto de algunas de las tareas de la casa; ya que sus padres don Manuel y doña Rosario habían muerto casi cuatro años atrás, y dos antes de esto, Rafael desaparecería repentinamente de la hacienda y de su vida.

La ausencia de sus padres y del niño habían sido dos golpes que casi la habían acabado.

También a la joven le fue muy difícil tener que lidiar con que al frente de la hacienda había quedado su ebrio tío Asúnsolo, mismo que entre juegos, vino y excesos había perdido poco más de la mitad de las propiedades de la familia.

Estando en la habitación Flores y Conrada hablaron acerca de lo injusta que había sido la vida con la joven, pues le arrebataba todo lo que ella quería.

La vieja abrazó a la muchacha como demostrándole que aún podía contar con ella.

– ¿Por qué todo no puede ser como antes nana?

– Así es la vida hija, nada es para siempre.

– Y el amor ¿el amor no es para siempre?

– Ya sé por qué lo dices mi niña.

– ¿Crees que regrese Rafael algún día por mí?

– Pos' si no es tonto claro que sí.

– Tú sabías que yo lo quer...

– Mi'ja si no se te caía de la boca, que Rafael esto, y que Rafael lo otro.

Flores sonrió apenada.

-Yo sé que regresará-dijo la joven -, aunque fue cuando yo tenía diez años que me hizo aquella promesa de que nos casaríamos... sé que cumplirá su promesa.

Entonces la vieja Conrada guardó silencio y se sentó en la cama.

-¿Sucede algo nana? -preguntó Flores.

La vieja no se animaba a romper las ilusiones de la joven a la que veía como su nieta, pero debía decirle lo que sabía.

-Mira mi'ja te voy a ser franca, ese muchacho no va a volver... tal vez nunca -dijo Conrada cabizbaja.

-¿Qué dices?

Capítulo 3 Parte Tres

CAPÍTULO 3

Todas las mujeres que no se habían vuelto a ver desde hacía un mes, ahora estando de nuevo en aquel húmedo, frío y oscuro lugar, volvieron a sentir el mismo miedo. Estefana que era una mujer dura e inexpresiva, y que tenía una fuerte personalidad más allá de su vestimenta de hombre, mostró un poco de sensibilidad y trató de dar ánimos a las otras; pero Candelaria que tenía poco más de nueve años comenzó a llorar. Fue cuando Estefana sujetándose el sombrero en su cabeza, rápidamente se acercó a ella y le tapó la boca con la otra mano. No debía permitir que la niña delatara su ubicación con su llanto.

– Es que le falta Isadora, su hermana mayor– murmuró muy despacio otra de las mujeres.

– ¿Es eso cierto? – preguntó en voz baja Estefana a la niña.

La niña aún con la mano en la boca y con lágrimas en sus ojos asintió con la cabeza. Mientras, Estefana las contó a todas con la mirada. Efectivamente ahora eran ocho. Entonces aquel intento por callar a la niña se transformó en una caricia, luego Estefana la estrechó entre sus brazos.

– No llores pues – le dijo susurrándole Estefana –. Si quieres yo seré tu hermana mayor, yo te voy a cuidar hasta que Isadora regrese.

Estefana no pudo evitar sonreírle con ternura a la pequeña Candelaria que todavía se veía nerviosa.

– Mi hermana no va a volver. Tú sabes que mi hermana no va a volver ¿verdad?

Entonces a Estefana se le borró la sonrisa.

Habían pasado ya cuatro años desde que Flores y Rafael habían descubierto aquellos caballos y a sus propios sentimientos. Y justo el día en que Rafael cumplió los once años, Flores le preparó una gran sorpresa. Ese día especial no iba a pasar desapercibido.

Por la tarde cuando todos en la casa se habían ido a descansar, Rafael entró a la cocina de la hacienda; y al poner un pie en el lugar vio sobre la mesa un pequeño pastel de chocolate con una vela encendida al centro. Luego miró hacia todos lados pero la cocina lucía vacía. Hasta que un estornudo delató a Flores que tuvo que salir de detrás de la puerta de la cocina. Aún tenía algo de polvo blanco de harina en las mejillas y chocolate entre sus castaños cabellos.

– ¡Felicidades! – dijo la niña tosiendo debido a la harina.

Él sonriendo se le acercó y con su pañuelo le limpió las mejillas, con sus dedos quitó de los cabellos algo de chocolate para luego probarlo contento.

– Este es mi mejor cumpleaños, tú eres mi mejor regalo – dijo el niño.

Repentinamente se abrazaron. Ambos sentían que lo tenían todo. Flores se sentía protegida, segura; y Rafael se sentía invencible. Ella pudo escuchar el fuerte latido del corazón de él, y Rafael pudo sentir la delicadeza y ternura de ella.

– Promete que nunca me vas a dejar sola.

– Con todo mi corazón.

Luego se miraron a los ojos. No necesitaban más palabras. Sin saber cómo poco a poco se fueron acercando más. Estando frente a frente rozando sus narices, comenzaron a respirar nerviosos. Pero su nerviosismo se desvaneció cuando cerrando sus ojos unieron sus labios en un tierno beso. Después sonrieron y se mantuvieron abrazados un buen rato. Por último probaron el pastel.

– Si tú prometes no querer a otra niña, yo prometo no querer, ni jugar, ni aceptar regalos de otro niño, es más ni siquiera voy a pensar en otro niño nunca.

– Lo prometo, y yo también prometo no querer a nadie más nunca, por todos los días de mi vida. Es más y prometo que cuando seamos grandes tú y yo nos vamos a casar.

– Si y vamos a vivir solos y muy lejos... me gustaría que mi casa me la hicieras allá donde vimos a los caballos.

– Si allí la quieres allí será.

– Oh y que tenga ventanas grandes por donde entre el sol.

– Y tendrá ventanas grandes.

– Que tenga una cocina grande muy grande, donde pueda hacerte miles de pasteles de chocolate.

– Mmm eso me gusta más.

– Y quiero un patio grande donde podamos correr hasta cansarnos.

– Muy bien.

– Oh y quiero unas ocho habitaciones.

–¿Para visitas?

– No para los niños... para los hijos que vamos a tener.

–¿Qué? Bueno entonces debo irme... – dijo Rafael yendo hacia la puerta.

–¿Por qué?

– Porqué si quieres ocho hijos debo empezar a trabajar sin descanso desde ahora.

La joven Flores que había recordado la última vez que vio a Rafael, su primer beso y aquella promesa, no podía aceptar que tal vez ya no lo vería más. Y es que habían pasado ya seis largos años de la partida del niño, y en los que había guardado con esperanza esa promesa hasta que la nana Conrada acabó de tajo con sus ilusiones.

La nana le reveló que el mismo año en que su tío Asúnsolo llegó a la hacienda, éste culpó al padre de Rafael del robo de algunos bultos de maíz ante los padres de Flores. Don Manuel terminó por echar a los dos peones jurando que si volvían irían a la cárcel y tal vez encontrarían la muerte.

– Pero no pudo ser cierto, no creo eso de Rafael y de su padre.

– Tampoco yo – dijo Conrada –, pero quien iba a creerle a dos pobres peones.

– ¿Por qué? ¿Por qué nunca me dijiste nada?

– Porqué al igual que tú, yo también creía que el muchacho regresaría pero...

– ¿Pero qué?

– Hoy me dijeron en el pueblo que habían visto a Rafael casado y con hijos allá por la hacienda de Salamanca en Durango.

Flores sintió un fuerte dolor en el corazón. Se sintió traicionada. No podía creerlo. Pero aunque le incomodara y doliera, tal vez él ya había hecho su vida.

– Tengo que verlo – dijo Flores poniéndose en pie –, tengo que verlo con mis propios ojos... él debe explicarme, debe...

La nana se puso de pie y abrazó a la joven que comenzó a llorar desconsolada; aunque de pronto debido a un arranque de valor, la joven desesperada decidió irse a la hacienda Salamanca y buscar a Rafael cuanto antes. Aunque eran unos niños cuando prometieron unir sus vidas, al menos ella había cumplido con su parte.

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