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ESPOSADA AL CORAZON

ESPOSADA AL CORAZON

Autor: : MAINUMBY
Género: Romance
Aaron Morgan, en su viaje a Rusia realiza una jugada maestra aprovechando las deudas de un Poderoso hombre Ruso. Desde aquella noche, la vida de Katherine había cambiado para siempre, al ser obligada a contraer matrimonio con Aaron Morgan. Pero los enemigos del pasado regresan después de la muerte de su padre dispuestos a recuperar una promesa realizada tiempo atrás, en donde Katherine debería de er entregada, pero ella ya estaba unida en matrimonio al Poderoso Heredero Morgan.

Capítulo 1 Rusia

ANTES DE INICIAR CABE ACLARAR QUE ESTA HISTORIA PERTENECE A LOS HIJOS DE LA HISTORIA CONTRATO DE AMOR, ESCRITA POR MI Y QUE SE ENCUENTRA EN EL PERFIL. NO OBSTANTE, NO ES NECESARIO LEER ESA HISTORIA YA QUE NO ESTAN CONECTADOS.

El casino Volkov brillaba bajo las luces doradas de las arañas de cristal. La música de jazz suave flotaba en el aire, mezclándose con el sonido de las fichas deslizándose sobre las mesas y el tintineo de las copas de whisky caro. Era un lugar exclusivo, solo para la élite de Rusia, un refugio para los hombres más peligrosos del país.

Katerina Volkov caminaba entre las mesas de póker y ruleta con la gracia de una reina en su palacio. Su vestido negro de seda resaltaba su figura esbelta, y sus ojos de un azul profundo analizaban cada movimiento con cautela. No pertenecía a este mundo de apuestas y traiciones, pero su padre, Sergei Volkov, la había traído esta noche por un motivo que aún no comprendía.

Desde el otro lado del casino, un hombre la observaba. Aaron Morgan.

Alto, de traje impecable y presencia dominante, el CEO de Morgan Company se movía con una confianza absoluta, como si el casino entero le perteneciera. Su apellido era sinónimo de poder en Inglaterra y Rusia, y esta noche, estaba allí para cerrar un trato. Uno que Volkov no podría rechazar.

Cuando Aaron se acercó a la mesa donde Sergei jugaba con otros líderes criminales, el ambiente se tensó. Katerina vio cómo su padre sonreía con frialdad y se ponía de pie para estrechar la mano del inglés.

-Morgan, no pensé que te interesara este tipo de ambiente -dijo Sergei, su voz profunda y cargada de cautela.

Aaron sonrió de lado. Aquella sonrisa perversa y peligrosa que lo vuelve más atractivo.

-Los negocios me llevan a lugares inesperados. Y sé que usted necesita uno ahora mismo.

La mirada de Sergei se endureció. Katerina sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que su padre enfrentaba problemas financieros. A pesar del imperio criminal que dirigía, los últimos meses habían sido duros.

Aaron se sentó con calma en la mesa y dejó un portafolio negro frente a Sergei.

-Cien millones de dólares -dijo con frialdad, deslizando el portafolio hacia él-. Un préstamo para salvar su imperio. Sin intereses.

Katerina entrecerró los ojos. No había nada gratis en el mundo de los negocios, y menos viniendo de Aaron Morgan.

Sergei dejó escapar una risa áspera.

-Generoso, pero nada en esta vida es gratis. ¿Cuál es el precio?

Aaron giró la mirada hacia Katerina.

-Su hija.

El silencio cayó sobre la mesa como un golpe. Katerina sintió que su corazón se detenía por un segundo antes de comenzar a latir con fuerza.

-¿Qué? -su voz fue un susurro tenso.

Aaron no la miró, mantuvo sus ojos grises fijos en Sergei.

-Quiero casarme con ella.

Katerina sintió la ira subirle a la garganta.

-No soy una mercancía para negociar.

Aaron finalmente posó su mirada en ella, intensa y calculadora.

-No. Eres la única garantía que tengo de que tu padre pagará su deuda.

Sergei observó a su hija con seriedad. Katerina entendió en ese momento que su padre consideraría la oferta. Y eso la aterrorizó más que cualquier otra cosa.

Su destino acababa de ser apostado en la mesa de un casino.

El ambiente del casino estaba cargado de tensión cuando Sergei Volkov se puso de pie, su mirada oscura recorriendo el rostro impasible de Aaron Morgan. El inglés no había vacilado al exigir a Katerina como garantía de su préstamo. Su frialdad lo hacía peligroso, un hombre que no hacía ofertas a menos que ya hubiera calculado cada resultado posible.

Sergei inhaló hondo y luego asintió con la cabeza hacia sus guardaespaldas.

-Vigilen a Katerina -ordenó con voz grave.

Uno de los hombres, un gigante de dos metros con un traje negro ajustado, se acercó un paso a la joven. Katerina fulminó a su padre con la mirada, pero Sergei ignoró su indignación.

-Vamos, Morgan. Hablemos en privado.

Aaron no dijo nada, solo se levantó con la misma elegancia con la que había llegado. Su expresión seguía serena, como si ya supiera el desenlace de esa conversación.

Sergei lo llevó a través de un pasillo privado del casino, lejos del bullicio de las apuestas y las copas chocando. Atravesaron una puerta de madera tallada que daba a una oficina exclusiva para reuniones confidenciales.

El lugar estaba decorado con madera oscura y cuero, un escritorio enorme presidía el centro de la habitación, con un bar privado en una esquina y un ventanal que daba a las luces de Moscú. Una lámpara colgante dorada proyectaba sombras tenues en la pared.

Sergei caminó hasta el mueble de licor, sirvió dos vasos de vodka y le tendió uno a Aaron, quien lo aceptó con un ligero asentimiento.

-Bien -Sergei se apoyó en el escritorio-. ¿Por qué mi hija?

Aaron giró el vaso en su mano antes de responder.

-Porque es la única forma de asegurarte de que cumplirás tu palabra.

Sergei dejó escapar una risa grave.

-No soy un hombre que rompe sus tratos.

-No. Pero soy un hombre que no deja cabos sueltos -Aaron tomó un sorbo del vodka sin apartar sus ojos verdes de Sergei-. Y en este momento, no eres un hombre en posición de negociar.

El rostro de Sergei se endureció.

-No tienes idea de lo que estás pidiendo.

Aaron apoyó el vaso en el escritorio con calma.

-Tienes más enemigos de los que puedes manejar. Perdiste una operación de tráfico en la frontera con Ucrania hace tres meses, lo que te dejó sin una fuente de ingresos clave. Después, uno de tus hombres de confianza te traicionó y se llevó millones en efectivo. Y ahora, los otros jefes de la Bratva empiezan a dudar de tu liderazgo. No eres invencible, Volkov.

Sergei apretó la mandíbula.

Aaron no estaba adivinando. Sabía.

El inglés apoyó los codos en el escritorio, inclinándose ligeramente hacia él.

-Si los otros jefes ven tu debilidad, te aplastarán. Si la policía encuentra la forma de atraparte, te entregarán como un sacrificio para mantener su propio poder. Y si sigues sin dinero, perderás todo lo que has construido.

Sergei se pasó una mano por el rostro. Era cierto. Estaba al borde del colapso.

Aaron continuó con su voz fría y calculadora.

-Cien millones no te salvarán para siempre, pero te darán tiempo. Lo suficiente para reestructurar tus negocios, eliminar a los traidores y recuperar el control. Pero si quieres el dinero... hay un precio.

Sergei bebió un trago largo de vodka y se quedó en silencio, mirando la ciudad a través del ventanal. Su mente trabajaba rápidamente.

Katerina era su hija. Su sangre. Pero en su mundo, la familia no era solo amor, era una carta en el juego del poder. Y en este momento, ella era la única carta que podía jugar.

Finalmente, exhaló pesadamente y giró la mirada hacia Aaron.

-Si acepto... ¿qué pasará con ella?

Aaron sonrió con frialdad.

-Será mi esposa. Llevará mi apellido. Vivirá bajo mis reglas.

-¿Y si se niega?

-Se asegurará de no hacerlo.

Sergei dejó el vaso sobre la mesa y cerró los ojos un instante.

La decisión estaba tomada.

Katerina sería el precio de su imperio.

-Está bien, Morgan. Tienes a mi hija.

Aaron se levantó con la misma tranquilidad con la que había llegado.

-Un placer hacer negocios contigo, Volkov.

Sin otra palabra, salió de la oficina.

Sergei se quedó allí, con la mirada perdida en el licor que giraba en su vaso.

Sabía que Katerina nunca lo perdonaría.

El eco de los pasos de Sergei Volkov resonaba en el pasillo mientras salía de la oficina con el peso de su decisión clavado en los hombros. A su lado, Aaron Morgan caminaba con la misma frialdad con la que había sellado el trato. No había satisfacción en su expresión, ni emoción en sus ojos verdes, solo la certeza de un hombre que siempre obtenía lo que quería.

A pocos metros, Katerina Volkov se mantenía inmóvil entre dos guardaespaldas, su postura tensa mientras su mirada se paseaba entre su padre y el hombre que parecía ser su peor condena.

El corazón le latía con fuerza en el pecho. Algo dentro de ella le decía que el futuro que había imaginado, aquel donde aún tenía libertad, acababa de desmoronarse.

El silencio era espeso cuando Sergei se detuvo frente a ella.

-Padre... -su voz fue un susurro tembloroso, casi una súplica.

Él no la miró de inmediato. Sus ojos oscurecidos por el cansancio y el peso del poder evitaron los de su hija. Finalmente, exhaló y dijo con voz firme:

-A partir de ahora, estás comprometida con Aaron Morgan.

El golpe fue brutal.

Katerina sintió cómo su alma se marchitaba con esas palabras. Su respiración se cortó en su garganta y por un instante, el mundo pareció detenerse.

-No... -susurró, sacudiendo la cabeza con incredulidad-. No puedes hacerme esto.

Sergei no respondió.

-¡No soy una moneda de cambio! -su voz se quebró, la ira y el dolor mezclándose mientras sus ojos azules se llenaban de lágrimas.

Aaron, de pie junto a su padre, la observaba con una expresión indescifrable. No había compasión en su mirada, solo determinación.

Katerina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Había confiado en su padre. A pesar de la sangre en sus manos, a pesar de los pecados que pesaban sobre su nombre, siempre había creído que nunca la vendería como si fuera una simple transacción.

Pero estaba equivocada.

-Lo hice por el bien de la familia -dijo Sergei finalmente, con una frialdad que la destrozó aún más-. Es la única opción que tenemos.

Las lágrimas se deslizaron silenciosas por sus mejillas.

¿El bien de la familia? ¿Y qué había de ella?

Katerina dejó escapar una risa amarga, una risa de desesperanza.

-No me estás salvando, padre. Me estás condenando.

Su voz era apenas un hilo de resentimiento, pero en cada palabra latía una herida profunda que tardaría años en sanar... si es que alguna vez lo hacía.

Aaron dio un paso adelante, su presencia intimidante envolviéndola.

-No llores por lo inevitable, Katerina. A partir de ahora, eres mía.

El aire abandonó sus pulmones con esas palabras.

El futuro nunca le había parecido tan oscuro, estaría condenada a una cadena de oro, a una prisión de oro, pero también muy en el fondo conoce la palabra Mafia y todo el peligro que implicaba aquello, nada más no esperaba que sería una víctima más de aquella organización, Katerina bajo la mirada, el dolor penetrando todo su cuerpo y arrancando su corazón.

Capítulo 2 Destino sellado

El silencio en el casino era sofocante. Katerina Volkov apenas podía sostenerse en pie, su cuerpo tembloroso era incapaz de asimilar la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Su padre la había entregado. Su propio padre la había vendido como si fuera un mero peón en su juego de poder.

Aaron Morgan se giró hacia uno de sus hombres, un guardaespaldas de rostro pétreo vestido con un impecable traje negro.

-Lleven todas sus pertenencias a mi residencia -ordenó con su tono frío y autoritario digno de un Rey.

Los hombres asintieron y, sin vacilar, salieron del casino para cumplir la orden.

Katerina sintió su estómago revolverse.

-No. -Su voz se quebró mientras se aferraba al brazo de su padre, como si su toque pudiera traer de vuelta el hombre que alguna vez creyó que la protegería, al hombre que cuando había dado sus primeros pasos la aplaudia y estaba orgulloso de ella, el mismo hombre que cuando se caía ahí estaba para levantarla -. Padre, por favor. No lo hagas – ella suplicaba con la voz y la mirada.

Sergei permaneció impasible.

-Es lo mejor para todos, Katerina, así que lo mejor que puedes hacer o lo que tienes que hacer es cooperar.

-¿Para todos? ¡Para ti! -gritó ella con desesperación, las lágrimas ya rodaban por su rostro sin control-. ¿Acaso alguna vez me viste como tu hija y no como una pieza más en tu maldito tablero? Creo que al tenerme contigo solo era una misión y era alcanzar esto, que yo sea tu moneda de cambio de tu sucio mundo.

Sergei apartó la mirada, incapaz de sostener la tormenta en los ojos de su hija.

Pero Katerina no se rindió.

-¡Padre, protégeme! -su voz se rompió en un sollozo.

Los hombres de Aaron habían llegado a la mansión Volkov y, sin encontrar oposición, recogieron sus pertenencias. Todo lo que alguna vez había sido suyo: sus vestidos, sus joyas, sus libros... su vida entera fue empaquetada y retirada en cuestión de minutos.

Cuando regresaron con las maletas, Katerina comprendió que ya no había vuelta atrás.

El pánico se apoderó de su cuerpo. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas en el suelo de mármol del casino, sujetando la chaqueta de su padre con todas sus fuerzas.

-No me entregues, padre... -susurró, su voz rota y cargada de una súplica desgarradora-. Te lo ruego.

El silencio que siguió fue insoportable.

Sergei miró a Aaron con expresión seria y luego inhaló profundamente.

Cuando habló, lo hizo sin titubeos:

-Llévensela, ella ya está lista.

Katerina sintió que su mundo se derrumbaba.

Los guardaespaldas la tomaron con firmeza, sus manos rodeando sus brazos para levantarla del suelo.

-¡No! ¡Suéltenme! -gritó con desesperación, luchando contra los hombres que la arrastraban lejos de su padre-. ¡Padre, mírame! ¡No me hagas esto!

Pero Sergei ya había apartado la mirada.

Katerina lloraba, sus gritos de súplica retumbaban en el casino mientras la llevaban fuera. Cada lágrima que caía era una herida que jamás sanaría.

Aaron Morgan la observaba en silencio, con la misma calma de un depredador que había capturado a su presa.

El destino de Katerina Volkov estaba sellado.

Una hora después, la habitación era un reflejo de su captor: fría, elegante y sin una pizca de calidez. Katerina Volkov estaba de pie en medio de la opulenta residencia de Aaron Morgan, su respiración entrecortada por la ira y la impotencia que le quemaban la piel.

Frente a ella, Aaron estaba recostado en un lujoso sillón de cuero, con las piernas cruzadas y un vaso de whisky en la mano. La luz tenue del salón acentuaba sus facciones cinceladas, pero lo que más la perturbaba era la calma absoluta con la que la observaba.

-Te odio. -Las palabras salieron de su boca cargadas de veneno de la joven.

Aaron llevó el vaso a sus labios y tomó un sorbo, sin prisa, sin inmutarse siquiera ante su explosión de rabia.

-Eres despreciable. -La voz de Katerina temblaba de furia-. Un monstruo sin alma.

Él arqueó una ceja, divertido.

-¿Eso es todo?

La indiferencia con la que respondió hizo que la sangre de Katerina hirviera aún más.

-¡Arruinaste mi vida! -gritó, sus puños apretados con fuerza-. Me arrancaste de mi hogar, me trataste como si fuera tu propiedad. No eres más que un maldito tirano.

Aaron giró el vaso en su mano, observando cómo el líquido ámbar giraba en espiral. Luego, sin levantar la vista, replicó con su tono impasible:

-Hogar... -soltó una risa seca-. ¿Hablas del mismo lugar donde tu padre te vendió sin pestañear?

El golpe fue certero.

Katerina sintió que el aire abandonaba sus pulmones por un instante. Era cierto.

Pero eso no hacía que lo odiara menos.

-Al menos él me amaba -escupió con desprecio-. Tú... tú no eres capaz de amar a nadie.

Aaron la miró por primera vez, y en sus ojos verdes no había emoción alguna.

-El amor es un lujo que no me interesa.

Su respuesta fue tan simple, tan cruel, que Katerina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aaron llevó el vaso a sus labios por última vez y lo dejó sobre la mesa de mármol con un leve clic. Luego se levantó, caminando hacia ella con pasos calculados.

Katerina se negó a retroceder, aunque su corazón latía con fuerza.

Cuando él estuvo lo suficientemente cerca, inclinó la cabeza apenas unos centímetros hasta quedar a la altura de su rostro.

-Puedes gritar, llorar y odiarme todo lo que quieras, pero nada cambiará el hecho de que ahora eres mía.

Katerina sintió el peso de esas palabras como una losa sobre su pecho.

Aaron le dedicó una última mirada fría antes de alejarse, dejando atrás el eco de su condena.

La noche fue larga y cruel.

Katerina Volkov permaneció despierta, recostada en la cama demasiado grande y demasiado lujosa para ella. La habitación era un reflejo de su nueva prisión: fría, impersonal, sin un solo rastro de su vida anterior.

El silencio era sofocante. Solo su respiración entrecortada rompía la quietud de la noche mientras las lágrimas caían silenciosas por sus mejillas. Había sido vendida. Entregada como si su voluntad no significara nada.

Se abrazó a sí misma, intentando encontrar consuelo en un vacío que solo la devoraba más.

Pero no había consuelo.

La tristeza era un peso insoportable sobre su pecho, y cuando finalmente cerró los ojos, lo único que encontró fue una pesadilla de la que no podía despertar.

---

El sonido de la puerta abriéndose abruptamente la sacó de su frágil sueño.

-Señorita Volkov.

Su cuerpo se tensó al escuchar la voz de un guardaespaldas. Parpadeó varias veces, tratando de ubicarse en el tiempo y el espacio. La luz del amanecer se filtraba débilmente a través de las cortinas gruesas, iluminando el cuarto en tonos pálidos.

Se incorporó lentamente, sintiendo su cuerpo entumecido por la incomodidad de la noche anterior.

-Prepárese -ordenó el hombre de negro-. Salimos en una hora.

Katerina frunció el ceño.

-¿Salir? ¿A dónde?

El guardaespaldas la miró sin ninguna expresión.

-A Estados Unidos.

El shock la golpeó de inmediato.

-¿Qué?

Su voz sonó más débil de lo que esperaba. No solo la habían arrebatado de su hogar, sino que ahora la estaban arrancando de su país.

El pánico se encendió en su interior, pero el guardaespaldas ni siquiera se inmutó.

-Debe alistarse. No hagamos esto más difícil.

Katerina sintió la rabia treparle por la garganta.

-¿Y si me niego?

El hombre la observó con una frialdad impasible antes de responder:

-No tiene opción.

---

Furiosa, Katerina dejó que las asistentes le colocaran un vestido sencillo, pero no permitió que tocaran su rostro o su cabello. No les daría la satisfacción de verla sumisa.

Cuando bajó al vestíbulo, cuatro guardaespaldas la esperaban. Sin mediar palabra, le indicaron que caminara hacia la salida.

La luz del sol la cegó momentáneamente al cruzar la puerta principal.

Un auto negro esperaba con el motor encendido. Katerina sintió el impulso de correr, de huir, pero sabía que era inútil. La tenían rodeada.

-Entre.

Apretó los dientes y se metió en el vehículo con los puños cerrados. El aire dentro del auto era espeso, y la sensación de encierro solo empeoró su angustia.

El viaje hasta la pista privada fue un tormento de silencios y miradas vigilantes. Katerina clavó la vista en la ventana, observando cómo la ciudad que había sido su hogar se desdibujaba lentamente. Pronto, todo lo que conocía quedaría atrás.

Cuando llegaron a la pista, un jet privado aguardaba con sus motores rugiendo suavemente. Pero lo que más captó su atención fue la figura que la esperaba a unos metros de la escalerilla.

Aaron Morgan.

Estaba impecable, vestido con un traje negro que parecía diseñado solo para él. Su postura era relajada, una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso con algún licor. Sus ojos verdes la escudriñaron con un aire de superioridad, como si disfrutara verla doblegada por el destino que él mismo había decidido.

Katerina sintió un escalofrío de odio recorrerle la espalda.

Los guardaespaldas la guiaron hasta él.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Aaron bajó el vaso y le dedicó una sonrisa ladina.

-Buenos días, futura esposa mía.

Las palabras la golpearon como una bofetada.

Katerina sintió un nudo en la garganta, pero no se permitió temblar. Levantó el mentón, aferrándose al último vestigio de su dignidad.

-No me llames así -escupió con desprecio.

Aaron alzó una ceja, divertido.

-Tarde o temprano, lo serás. Mejor acostúmbrate.

La sangre hervía en sus venas, pero Katerina no respondió.

Aaron la observó por unos segundos antes de girarse con indiferencia y subir las escalerillas del jet.

Uno de los guardaespaldas se acercó a ella.

-Suba, señorita Volkov.

Ella no se movió.

El hombre suspiró y, con un tono más severo, añadió:

-O la subiremos nosotros.

Katerina sintió la humillación desgarrarla por dentro.

Apretó los dientes, obligando a sus pies a moverse. No les daría el gusto de verla obligada.

Subió al jet con el corazón destrozado, sintiendo que cada paso la alejaba más de sí misma.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, supo que ya no había escapatoria. Su destino estaba sellado, y no había nada que ella podía hacer más que solo aceptar que todo sus sueños fueron arrancados de raíz.

Capítulo 3 La llegada

El viaje en el avión privado de Aaron Morgan fue una tortura silenciosa.

Katerina Volkov no pronunció ni una sola palabra. Se mantuvo sentada, con la espalda rígida y las manos apretadas sobre su regazo, observando con resentimiento el horizonte que se extendía más allá de la ventanilla.

Las luces de la ciudad se desdibujaban bajo ellos, y con cada milla que avanzaban, Katerina sentía que su vida quedaba más y más atrás. Su hogar. Su país. Su libertad. Todo se desvanecía, y lo único que la esperaba era un futuro incierto en manos de un hombre al que odiaba con cada fibra de su ser.

Intentó calmarse, respirar, encontrar un atisbo de control en una situación en la que no tenía ninguno. Pero era imposible.

La desesperación la devoraba desde dentro, la sensación de encierro se hacía cada vez más insoportable. Estaba atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Aaron, por su parte, no parecía afectado en absoluto. Se recostaba con arrogancia en su asiento, bebiendo whisky con la misma indiferencia con la que la había arrancado de su vida. Como si su sufrimiento no significara nada.

Cuando el piloto anunció su llegada, Katerina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No quería salir de ese avión. No quería poner un pie en un país que nunca había sido suyo. No quería seguir adelante con esto.

Pero no tenía opción. Todos habían decidido por ella.

Estados Unidos.

El avión aterrizó suavemente en la pista privada, donde ya los esperaban varias camionetas negras.

Aaron se puso de pie con calma, abrochándose la chaqueta de su impecable traje negro antes de mirar de reojo a Katerina.

Ella no se movió.

Uno de los guardaespaldas se acercó a su lado, su expresión severa.

-Debe bajar, señorita Volkov.

El tono frío y autoritario solo avivó su frustración. ¿Cómo podía seguir permitiendo esto? Su orgullo le gritaba que resistiera, que luchara... pero la realidad era un muro impenetrable contra el que no podía hacer nada.

Respiró hondo y se obligó a ponerse de pie. Pero no porque lo aceptara. Sino porque no le quedaba alternativa.

Al salir del avión, el aire fresco de la noche le golpeó el rostro, pero no le trajo alivio. Era la brisa de un país al que no pertenecía, de un lugar que nunca sería su hogar.

Un hombre se acercó a Aaron con paso firme.

-Señor, su padre ya lo está esperando.

Aaron asintió con la misma serenidad con la que siempre actuaba. Tan inquebrantable, tan inhumano.

-Lleven a la señorita Volkov a la mansión -ordenó sin mirarla siquiera-. No la pierdan de vista.

Luego, giró la cabeza y posó sus ojos azules sobre Katerina.

-No intentes empacar. Aquello es imposible.

Katerina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Era una advertencia.

Aaron no esperó su reacción. Sin más, se subió a la primera camioneta y desapareció en la carretera.

Katerina se quedó inmóvil, mirando el vehículo alejarse con el corazón encogido. No había nada que pudiera hacer.

Un guardaespaldas abrió la puerta de una de las camionetas.

-Entre, señorita Volkov.

Apretó los puños con rabia contenida. Pero, una vez más, no tenía elección.

Se subió al vehículo, sintiéndose más prisionera que nunca.

La Mansión Morgan.

El trayecto hasta la residencia de los Morgan fue una tortura de silencios y miradas vigilantes. Katerina mantuvo la vista en la ventanilla, observando cómo la ciudad se desdibujaba a medida que se adentraban en una zona de lujo absoluto.

Cuando llegaron, su corazón se encogió.

Era un palacio.

La mansión se alzaba imponente, con columnas de mármol, ventanales enormes y jardines perfectamente cuidados. Todo gritaba riqueza y poder.

Las puertas se abrieron, y los guardaespaldas la guiaron al interior.

El vestíbulo era aún más deslumbrante que el exterior. Techos altos, candelabros brillantes y muebles que parecían sacados de un museo.

Pero lo que más llamó su atención fueron las cuatro figuras que la esperaban en la sala.

Tres jóvenes de aspecto refinado y una mujer de elegante presencia la observaban con curiosidad.

La primera en ponerse de pie fue la mujer mayor. Alicia Morgan.

Sus ojos se entrecerraron al ver a Katerina.

-¿Quién es usted? - Pregunta Alicia su tono era mesurado, pero su mirada era inquisitiva.

Las otras tres jóvenes se mantuvieron en sus lugares, expectantes.

Katerina sintió un nudo en la garganta. No quería estar aquí.

Pero no podía callar.

Alzó el mentón con orgullo y dejó que las palabras salieran con la crudeza de la verdad:

-Estoy aquí en contra de mi voluntad.

El aire en la sala se tensó.

Las tres jóvenes se miraron entre sí, sorprendidas.

Alicia frunció levemente el ceño.

-¿Perdón?

Katerina no titubeó.

-Fui comprada. Como si no fuera más que una simple transacción. Aaron Morgan me obligó a venir aquí.

Las tres jóvenes se enderezaron de inmediato. El impacto en sus rostros era evidente.

-¿Quién hizo eso? -preguntó una de ellas, con incredulidad.

Katerina sostuvo su mirada sin vacilar.

-Aaron Morgan.

El nombre cayó como un peso en la sala.

Alicia apretó los labios en una línea tensa, mientras las tres jóvenes intercambiaban miradas.

El ambiente se volvió más denso, y Katerina supo que su presencia en esta familia no iba a ser fácil.

El edificio Morgan Empire se alzaba imponente en el centro de Manhattan, dominando el horizonte con su estructura de vidrio y acero. Su nombre no solo representaba una empresa, sino un legado. Un imperio construido a base de estrategia, ambición y control absoluto.

Aaron Morgan descendió del automóvil con la misma elegancia y frialdad de siempre. Su traje negro, perfectamente ajustado, resaltaba aún más el hielo de sus ojos azules. Entró al edificio con pasos firmes, sin necesidad de que nadie lo escoltara. Era un Morgan. Aquí, él era el rey.

Los empleados bajaban la cabeza en señal de respeto a su paso. Sabían quién era. Sabían de qué era capaz.

Cuando llegó al piso ejecutivo, su padre, Alessandro Morgan, ya lo esperaba en su despacho.

Aaron no tocó la puerta. Entró como si el mundo le perteneciera.

Alessandro, un hombre de presencia imponente, con cabellos oscuros apenas salpicados de canas y una mirada penetrante, lo recibió con una leve inclinación de cabeza. No eran solo padre e hijo. Eran dos titanes de los negocios.

-Puntual, como siempre -comentó Alessandro, dejando a un lado unos documentos-. ¿Cómo estuvo tu viaje?

-Productivo. Rusia es un terreno inestable, pero útil cuando se sabe dónde pisar.

El padre esbozó una leve sonrisa.

-No esperaba menos. ¿Las negociaciones con los Volkov?

Aaron se sentó frente al escritorio con tranquilidad.

-Finalizadas. Sergei Volkov aceptó el acuerdo en los términos que establecí. Su imperio estaba al borde del colapso. Solo tuve que empujar un poco más.

Alessandro soltó una ligera risa.

-Sabes que la presión adecuada hace que incluso los hombres más orgullosos dobleguen la rodilla.

-Exactamente.

Los ojos de Alessandro brillaron con aprobación.

-Desde que tomaste el liderazgo en las filiales de la compañía, nuestra expansión ha sido más agresiva que nunca. No me equivoqué al dejarte el control en Estados Unidos.

Aaron asintió, sin dejarse afectar por los halagos.

-La competencia solo existe para ser eliminada.

Su padre lo observó con atención.

-Muchos hombres de negocios se enfocan solo en los números. Pero tú entiendes algo crucial: el verdadero poder radica en el control absoluto.

Aaron tomó la copa de whisky que Alessandro le ofrecía y la alzó ligeramente antes de beber.

-Y ese control, padre, está en nuestras manos.

Alessandro sonrió con satisfacción.

-Dime, hijo... ¿Cómo piensas manejar a los Volkov?

Aaron dejó el vaso sobre la mesa con calma.

-Ya lo hice.

La respuesta intrigó a Alessandro.

-¿Cómo?

Aaron sostuvo la mirada de su padre y pronunció las palabras con la misma frialdad con la que había cerrado el trato.

-Voy a casarme.

El silencio en la oficina fue absoluto por unos segundos.

Alessandro ladeó levemente la cabeza, procesando lo que acababa de escuchar.

-¿Con quién?

Aaron apoyó un codo sobre el brazo del sillón, sin apartar la mirada.

-Con Katerina Volkov.

Su padre soltó una breve carcajada, pero al ver la seriedad de Aaron, su expresión se endureció.

-Hablas en serio.

-Siempre hablo en serio.

Alessandro se apoyó en su escritorio, entrelazando los dedos.

-Esa chica es la única hija de Sergei Volkov. ¿Estás diciendo que la tomaste como parte del trato?

-No fue una toma -respondió Aaron con calma-. Fue un intercambio.

El CEO mayor lo miró con atención, evaluando cada palabra.

-¿Y qué obtuviste a cambio?

-El control absoluto sobre los negocios de los Volkov.

Alessandro sonrió lentamente.

-Sergei debió estar realmente desesperado para aceptar algo así.

-Lo estaba.

Su padre tomó su propio vaso de whisky y le dio un sorbo antes de hablar.

-Muchos hombres habrían aprovechado la vulnerabilidad de Sergei para humillarlo aún más. Pero tú... Tú fuiste más allá.

Aaron inclinó levemente la cabeza.

-La humillación es efímera. El control es eterno.

Alessandro rió suavemente.

-Y dime, hijo... ¿Qué piensas hacer con esa chica?

Aaron apoyó la espalda en el sillón, con una expresión indescifrable.

-Lo que sea necesario.

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