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El Accidente me Revela que No era Amor

El Accidente me Revela que No era Amor

Autor: : Kong Chan
Género: Romance
Creía que nuestra vida en Madrid era sólida, con Mateo a mi lado, conduciendo por la M-30 bajo el monótono zumbido del tráfico. Pero un chirrido de neumáticos y el golpe seco de un accidente lo cambiaron todo inesperadamente. Mi corazón se heló cuando Mateo, sin mirarme, se lanzó hacia el Fiat accidentado de Lucía, su ex, dejándome sola, inmovilizada en nuestro coche. Él la consoló y protegió, ajeno a mi miedo y mi abandono glacial en la concurrida autopista. Al regresar, solo hubo impaciencia en sus ojos, no preocupación, deseando irse y ofreciéndome una "tila" para mis "nervios". Luego intentó "arreglarlo" con regalos vacíos, y cuando le exigí hablar, me llevó a un bar para que Lucía, la víctima de su "ataque de pánico", me pidiera perdón por él, convirtiéndome en la villana celosa. Pero la verdad más amarga llegó en una galería, escuché a sus amigos susurrar: "Sofía fue la tirita perfecta para sacar otro clavo", la sustituta vacía para su obsesión nunca superada por Lucía. Tres años de mi vida, adaptados a él, reducidos a una mera segunda opción para llenar un agujero. La rabia, fría y cristalina, me impulsó hacia él, no a suplicar, sino a desenmascarar la farsa. Con una calma que lo desarmó, le lancé las duras verdades. Y en un acto simbólico de liberación, "accidentalmente" derramé sangría sobre su inmaculada camisa blanca, manchando su perfección y control. "Se acabó, Mateo," declaré, "por ti, porque solo sabes poseer y manipular, nunca amar." Me di la vuelta y me marché, finalmente libre, lista para construir mi propia vida, lejos de su sombra.

Introducción

Creía que nuestra vida en Madrid era sólida, con Mateo a mi lado, conduciendo por la M-30 bajo el monótono zumbido del tráfico.

Pero un chirrido de neumáticos y el golpe seco de un accidente lo cambiaron todo inesperadamente.

Mi corazón se heló cuando Mateo, sin mirarme, se lanzó hacia el Fiat accidentado de Lucía, su ex, dejándome sola, inmovilizada en nuestro coche.

Él la consoló y protegió, ajeno a mi miedo y mi abandono glacial en la concurrida autopista.

Al regresar, solo hubo impaciencia en sus ojos, no preocupación, deseando irse y ofreciéndome una "tila" para mis "nervios".

Luego intentó "arreglarlo" con regalos vacíos, y cuando le exigí hablar, me llevó a un bar para que Lucía, la víctima de su "ataque de pánico", me pidiera perdón por él, convirtiéndome en la villana celosa.

Pero la verdad más amarga llegó en una galería, escuché a sus amigos susurrar: "Sofía fue la tirita perfecta para sacar otro clavo", la sustituta vacía para su obsesión nunca superada por Lucía.

Tres años de mi vida, adaptados a él, reducidos a una mera segunda opción para llenar un agujero.

La rabia, fría y cristalina, me impulsó hacia él, no a suplicar, sino a desenmascarar la farsa.

Con una calma que lo desarmó, le lancé las duras verdades.

Y en un acto simbólico de liberación, "accidentalmente" derramé sangría sobre su inmaculada camisa blanca, manchando su perfección y control.

"Se acabó, Mateo," declaré, "por ti, porque solo sabes poseer y manipular, nunca amar."

Me di la vuelta y me marché, finalmente libre, lista para construir mi propia vida, lejos de su sombra.

Capítulo 1

El chirrido de los neumáticos fue lo primero que oí, un sonido agudo que cortó el zumbido monótono del tráfico en la M-30.

Luego vino el golpe seco.

Mi cuerpo se tensó contra el cinturón de seguridad. Mateo, a mi lado, pisó el freno con una calma que me heló la sangre. Nuestro coche se detuvo bruscamente en el arcén.

Delante de nosotros, un pequeño Fiat 500 de color menta había chocado contra la mediana. El humo salía del capó.

"¿Estás bien?", pregunté, con la voz temblorosa. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

Mateo no me respondió.

Sus ojos estaban fijos en el coche accidentado. Su mandíbula estaba apretada, su rostro era una máscara de concentración fría.

Reconocí el coche. Era el de Lucía.

"Mateo", susurré, pero él ya se estaba quitando el cinturón.

"Espera aquí", dijo, sin mirarme.

Abrió la puerta y salió corriendo. No dudó ni un segundo. Corrió hacia el Fiat, hacia Lucía, dejándome sola en el coche, con el eco del accidente resonando en mis oídos.

Me quedé paralizada, mirando a través del parabrisas. Vi cómo Mateo abría la puerta del otro coche. Vi cómo sacaba a Lucía de entre el humo. Ella lloraba, aferrándose a él. Él la abrazó, la acunó contra su pecho, susurrándole palabras que no podía oír pero que podía imaginar.

La protegió. La calmó.

Y yo seguía en el coche, sola en el arcén de la autopista más concurrida de Madrid. El miedo inicial se transformó en un frío glacial que se extendió desde mi estómago hasta la punta de mis dedos.

Los coches pasaban a toda velocidad, ajenos a la pequeña burbuja de mi abandono.

Pasaron diez minutos, quizás quince. La policía y una ambulancia llegaron. Mateo no se apartó de Lucía ni un momento. Habló con los sanitarios, con los agentes, siempre con una mano protectora en el hombro de ella.

Finalmente, cuando ya se llevaban a Lucía en la ambulancia, él se giró y caminó de vuelta hacia nuestro coche.

Abrió la puerta del conductor y se sentó. Su camisa blanca impecable seguía perfecta. Su pelo, apenas despeinado.

"No es nada grave", dijo, con su tono habitual, sereno y controlado. "Solo un susto. Un ataque de pánico, parece ser".

Me miró por primera vez desde el accidente. Esperaba ver preocupación en sus ojos. Encontré impaciencia.

"¿Nos vamos? Tengo una reunión importante en una hora".

Lo miré. Miré su rostro perfecto, su calma irritante. La imagen de él corriendo, sin mirar atrás, se repetía en mi mente.

"Se acabó, Mateo", dije. Mi voz sonó extrañamente tranquila, ajena a mí.

Él frunció el ceño, como si no entendiera el idioma que hablaba.

"Sofía, no digas tonterías. Estás nerviosa por el accidente. Es normal".

"No estoy nerviosa", respondí, y la certeza de mis palabras me sorprendió. "Estoy lúcida. Se acabó".

Arrancó el motor, ignorándome.

"Cuando lleguemos a casa, te prepararé una tila. Ya verás cómo se te pasa".

No volví a hablar en todo el trayecto. Él tampoco. El silencio en el coche era más ruidoso que el accidente.

Capítulo 2

Los días siguientes, Mateo intentó arreglarlo a su manera. Con cosas.

Primero llegó un ramo de peonías blancas, mis favoritas, con una tarjeta sin firma. Luego, una caja de Valrhona, el chocolate más caro que usaba en el restaurante. Al tercer día, un repartidor entregó un robot de cocina de última generación.

Dejé las cajas sin abrir en la entrada del apartamento que compartíamos, un espacio minimalista y frío que siempre había sentido más suyo que mío.

Yo dormía en el sofá.

Él actuaba como si no pasara nada. Me daba los buenos días, me preguntaba qué tal el trabajo. Yo respondía con monosílabos.

El jueves por la noche, me acorraló en la cocina.

"Sofía, esto es ridículo. Tenemos que hablar".

"No hay nada de qué hablar, Mateo".

"Claro que sí. Te invito a tomar algo. En La Latina, como a ti te gusta. Para hablar tranquilos".

Una parte de mí, la parte estúpida y soñadora que se había enamorado de él, sintió una punzada de esperanza. Quizás esta vez sería diferente. Quizás por fin entendería.

Acepté.

Llegué al bar de tapas puntualmente. El local estaba lleno de gente, el ruido de las conversaciones y el olor a pimientos de padrón llenaban el aire.

Lo vi en una mesa al fondo.

Y mi corazón se hundió.

Lucía estaba sentada a su lado.

Me acerqué lentamente, sintiendo las miradas de la gente sobre mí. Mateo se levantó al verme, sonriendo como si me estuviera haciendo un favor.

"Sofía, qué bien que has venido".

Lucía levantó la vista. Tenía los ojos rojos e hinchados. Parecía una muñeca de porcelana a punto de romperse.

"Sofía...", empezó con voz temblorosa. "Quería pedirte perdón. Fue culpa mía. Tuve un ataque de pánico terrible al volante. Si Mateo no hubiera estado allí... no sé qué habría hecho".

Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

"Él solo reaccionó para ayudarme. No te enfades con él, por favor. La culpa es mía".

Miré a Mateo. Él me miraba con una expresión que decía: "¿Lo ves? Todo tiene una explicación. Ahora puedes dejar de estar enfadada".

Me sentí atrapada. Me habían convertido en la mala de la película. La novia celosa e irracional que no entendía la situación.

Él ni siquiera había intentado disculparse. Había traído a Lucía para que lo hiciera por él. Para que su sufrimiento justificara su abandono.

Una risa amarga subió por mi garganta, pero la reprimí.

"Entiendo", dije, con una calma que no sentía.

Me di la vuelta sin decir nada más.

"¡Sofía, espera!", gritó Mateo.

No me detuve. Salí del bar y me sumergí en la noche madrileña, dejando atrás sus voces y la sensación pegajosa de su manipulación.

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