El recuerdo de los dientes de los coyotes desgarrando mi carne fue mi último sentimiento, con el frío del desierto calándose en mis huesos.
Entonces, abrí los ojos.
No había desierto, no había coyotes, no había dolor. Estaba en mi cama.
Miré el calendario: era el Día de San Miguel, el día exacto en que mi prometido, Mateo, y mi hermana adoptiva, Elena, me engañaron cruelmente para robar mi amuleto familiar y luego me abandonaron a una muerte segura.
¡Había renacido! Regresé de la muerte.
La rabia me invadió como un fuego helado. No volvería a ser la Sofía ingenua que ellos manipularon; no los dejaría salirse con la suya esta vez.
"¡Sofía! ¿Estás despierta, mi amor?" escuché la voz tramposa de Mateo afuera.
Él quería mi amuleto de la abuela, el que me heredó. Pero esta vez, las cosas serían muy diferentes.
¡No volverán a engañarme! Esta vez, escribiré mi propio destino.
El recuerdo de los dientes de los coyotes desgarrando mi carne era lo último que sentía, el frío del desierto se metía en mis huesos mientras la vida se me escapaba, y a lo lejos, la risa de Mateo resonaba como una sentencia final, una burla cruel que me acompañó a la oscuridad.
Pero de repente, abrí los ojos.
No había desierto, no había coyotes, no había dolor.
Estaba en mi cama, en mi pequeño cuarto del pueblo mágico, con el olor a hierbas secas de mi abuela flotando en el aire. La luz del sol se colaba por las rendijas de la ventana de madera.
Me senté de golpe, el corazón me latía con una fuerza increíble. Toqué mi cuerpo, mis brazos, mis piernas. No había heridas, no había sangre. Estaba completa.
Miré el calendario colgado en la pared, un calendario sencillo que regalaban en la tienda del pueblo. La fecha estaba marcada con un círculo rojo. Era el día de la fiesta de San Miguel, el día en que todo empezó a ir mal. El día en que Mateo me robó el amuleto.
Estoy viva.
Regresé.
Una oleada de alivio me recorrió, tan intensa que casi me ahoga, pero fue seguida inmediatamente por una furia fría y clara. No volvería a suceder. No dejaría que me engañaran de nuevo.
Apenas me había puesto una falda y una blusa sencilla cuando escuché su voz afuera.
"¡Sofía! ¿Estás despierta, mi amor?"
Era Mateo. Su voz, que antes me parecía música, ahora me sonaba falsa, como el canto de una serpiente.
Me quedé quieta, respirando hondo para calmar el temblor de mis manos. Apreté el pequeño bulto que sentía bajo mi blusa, colgado de mi cuello. El amuleto de la abuela. Aún lo tenía.
"¡Sofía!" insistió, ahora golpeando suavemente la puerta.
Salí del cuarto, obligándome a caminar con calma. Él estaba en el patio, vestido con su impecable traje de charro, sonriendo como si fuera el dueño del mundo. Su sonrisa era deslumbrante, la misma que había engañado a todo el pueblo, la misma que me había engañado a mí.
"Buenos días, mi vida," dijo, intentando abrazarme.
Lo esquivé.
"¿Qué quieres, Mateo?" mi voz sonó más dura de lo que pretendía.
Él parpadeó, sorprendido por mi tono. "¿Qué pasa? Solo vine a verte. Y... bueno, quería pedirte un favor."
"Habla."
Se aclaró la garganta, su confianza flaqueaba un poco. "Es sobre el amuleto de tu abuela. El que te heredó."
Ahí estaba.
"¿Qué con él?" pregunté, mirándolo fijamente a los ojos.
"Bueno, ya sabes que hoy es la gran presentación de Elena en la plaza. Ella está muy nerviosa, y pensé... pensé que si le prestabas el amuleto, le daría suerte. Tú sabes, para que tenga 'duende'."
La mención de Elena, su nueva novia, la bailarina de jarabe tapatío, fue como echarle sal a una herida que apenas empezaba a cerrar. En mi vida pasada, yo, ingenua y enamorada, se lo había dado sin dudar.
Esta vez no.
Me reí. Una risa corta y sin alegría.
"¿Crees que soy estúpida, Mateo?"
Su sonrisa se borró por completo. "¿De qué hablas, Sofía?"
"Sabes perfectamente que el amuleto no se presta. Y lo quieres para ella, para que gane fama, para que tú te beneficies de su éxito. ¿Crees que no me doy cuenta?"
Se quedó sin palabras, su rostro normalmente seguro ahora era una máscara de confusión y enojo.
"¿Desde cuándo te volviste tan desconfiada? ¡Solo intento ayudar a Elena! ¡Ella es como de la familia!"
"Ella no es mi familia," respondí con frialdad. "Y tú ya no eres nada mío."
"¿Qué te pasa? ¿Amaneciste de malas?" insistió, tratando de recuperar el control. "Vamos, Sofía, no seas egoísta. Solo será por esta noche. ¿Dónde está el amuleto? ¿Lo tienes puesto?"
Intentó acercarse para buscarlo, para tocar mi cuello. Retrocedí un paso, cubriendo mi pecho con los brazos.
"No lo tengo," mentí. "Mi abuela lo escondió antes de morir. Dijo que solo aparecería para su verdadera dueña en el momento adecuado."
"¿Qué?" su cara era un poema. "¿Cómo que lo escondió? ¡Tú me dijiste que te lo había dado!"
"Te mentí aquella vez," dije, encogiéndome de hombros. "O tal vez no entendí bien sus últimas palabras. Estaba muy triste, ya sabes."
Mateo me miró, frunciendo el ceño, tratando de descifrar si decía la verdad. La duda se instaló en sus ojos. Él sabía lo apegada que era yo a mi abuela y lo crípticas que podían ser sus palabras de curandera.
"Búscalo, Sofía," ordenó, su tono ya no era dulce, sino autoritario. "Elena lo necesita. Yo lo necesito."
"Pues qué pena," respondí, dándome la vuelta para volver a mi cuarto. "Tendrán que buscar el 'duende' en otro lado."
Cerré la puerta detrás de mí, escuchando sus maldiciones ahogadas en el patio. Me recargué en la madera, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía el control. El amuleto, tibio contra mi piel, parecía estar de acuerdo.
Mientras escuchaba a Mateo alejarse, maldiciendo por lo bajo, mi mente se llenó de pensamientos sobre Elena. Mi familia la había acogido cuando era una niña, una huérfana sin nadie en el mundo. Mis padres le dieron un techo, comida, la trataron como a una hija. Yo la traté como a una hermana.
Pero ahora, con la claridad que da haber vivido una muerte horrible, veía la verdad. La envidia siempre estuvo ahí, en sus ojos, cada vez que mi abuela me enseñaba los secretos de las hierbas, cada vez que me elogiaban por mi baile flamenco. Elena siempre quiso lo que yo tenía. Y Mateo fue su herramienta perfecta para conseguirlo.
Él era ambicioso, cegado por el deseo de riqueza y estatus en el pueblo. Elena le prometió que juntos, con su baile y su carisma de charro, podrían llegar muy lejos. Mucho más lejos que con una simple bailarina de flamenco como yo.
Unos minutos después, Mateo volvió a tocar, esta vez con más fuerza.
"¡Sofía, abre! ¡Tenemos que hablar en serio!"
Abrí la puerta de nuevo, con la cara seria.
"Ya te dije todo lo que tenía que decir, Mateo."
"No puedes hacerme esto," dijo, su voz era una mezcla de súplica y amenaza. "Elena es importante para mí. Y ella es como tu hermana, deberías apoyarla."
"Deja de decir eso," lo interrumpí, mi voz cortante. "Elena no es mi hermana. Mi hermano es un mariachi errante que anda de gira, no una oportunista que se acuesta con el prometido de quien le dio de comer. No tenemos la misma sangre, y ella nunca ha sido ni será de mi familia."
Las palabras lo golpearon como una bofetada. Nunca le había hablado así. La Sofía que él conocía era dócil, ingenua, fácil de manipular. Esta nueva versión de mí lo desconcertaba y lo enfurecía.
"Te vas a arrepentir de esto, Sofía," siseó, antes de darse la vuelta y marcharse de verdad.
Lo vi irse y cerré la puerta con llave. Sabía que no se rendiría tan fácil. Tenía que asegurar el amuleto. Tenía que hacerlo mío, de una forma que nadie más pudiera usarlo.
Fui al pequeño altar que mi abuela tenía en un rincón, donde aún quedaban algunas de sus cosas. Encontré su costurero y saqué una aguja pequeña y afilada. Mis manos no temblaban.
Saqué el amuleto de debajo de mi blusa. Era una pieza de plata vieja y oscura, con grabados extraños. En el centro, tenía una pequeña hendidura, una cueva diminuta, como mi abuela la llamaba.
Respiré hondo y, sin dudar, me pinché la yema del dedo índice. Una gota de sangre, roja y brillante, brotó al instante. Apreté el dedo sobre la pequeña cueva del amuleto.
La gota de sangre cayó y fue absorbida por la plata como si fuera tierra seca.
Por un instante no pasó nada. Luego, el amuleto empezó a calentarse en mi mano. Un calor agradable, reconfortante. Los grabados parecieron brillar con una luz pálida y plateada por un segundo, antes de volver a su oscuridad habitual.
Lo sentí. Una conexión. Como si una parte de mí se hubiera unido a esa pieza de metal.
Entonces lo entendí todo. En mi vida pasada, cuando Mateo me lo robó, el amuleto era solo un objeto. Nunca había hecho el ritual. Mi abuela me había dicho que lo hiciera, pero yo lo olvidé, perdida en mis sueños de amor y baile. Por eso Elena pudo usarlo, porque el amuleto no tenía dueño. Le daba un eco del poder, una pizca de gracia, pero no el verdadero "duende". El verdadero poder solo respondía a la sangre de nuestro linaje.
Ahora, el amuleto era mío. Completamente.
Me colgué el amuleto de nuevo, sintiendo su peso tibio contra mi pecho. Sentí una extraña claridad en mi mente. El cansancio que siempre arrastraba por las mañanas había desaparecido.
Fui a la cocina y tomé un vaso de agua de la jarra de barro. El agua, normalmente simple, me supo increíblemente fresca y dulce, como si bebiera de un manantial de montaña.
Luego, moví mi cuerpo. Estiré los brazos, giré el torso. Los músculos, siempre un poco adoloridos por las horas de práctica, se sentían flexibles y ligeros. No era una fuerza sobrehumana, no me había convertido en una superheroína. Pero el dolor crónico, la fatiga, habían disminuido. Era una sensación sutil pero real.
Sonreí para mis adentros. Esto era suficiente. El amuleto no me haría invencible, no resolvería mis problemas por arte de magia. Pero me daría la fuerza que necesitaba para enfrentarlos. Era una ayuda, no una solución. Y eso era exactamente lo que necesitaba para empezar mi nueva vida y mi venganza.