PUNTO DE VISTA DE ELODIE
El corazón se me hizo añicos mientras contemplaba el papel que sostenía entre las manos.
Había firmado mi renuncia ese mismo día.
Sin pestañear siquiera.
Nueve años a su lado. Nueve años amándolo, solo para descubrir que, para él, yo no significaba nada.
-¿Quieres que se lo diga? -La voz de la directora de Recursos Humanos volvió a sacarme de mi ensimismamiento.
Me puse rígida y me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que me dolió.
Aun así, aquel escozor no era nada comparado con el dolor que me atravesaba el pecho, como si alguien estuviera hundiéndome un puñado de dagas.
Aferré con más fuerza los documentos de la renuncia. Ya no podía seguir mirando la pantalla del portátil. No con las lágrimas a punto de desbordarse.
Aparté la cara, inspiré de manera entrecortada y parpadeé varias veces. La vista ya empezaba a nublárseme.
Dios.
Dolía mucho más de lo que había imaginado.
-Ya no hace falta. Él la firmó. Es hora de que me vaya.
La directora de Recursos Humanos suspiró. Con la preocupación reflejada en los ojos, se acercó un poco más a la cámara.
-El alfa Calhoun no se dio cuenta de que era tu renuncia. La firmó sin leerla siquiera. Llevas años siendo su mano derecha. Depende de ti más que de nadie. Te valora, Elodie. No se trata de cubrir un puesto cualquiera. No eres reemplazable.
Los labios me temblaron.
Y no precisamente por una sonrisa.
¿Me valoraba?
¿A mí?
Hundí los dientes en el labio para no echarme a reír. O a gritar.
Qué broma.
Si de verdad me valorara, ¿no habría venido corriendo? ¿No habría llamado ni una sola vez? ¿Ni siquiera habría enviado un mensaje?
Asentí despacio y respiré hondo.
-Lo siento -susurré-. Lo he pensado bien. He dado todo lo que podía dar. Aunque haya sido su gamma durante todos estos años... sé que Calhoun encontrará a otra persona. Siempre lo hace.
Parpadeé para contener el ardor de los ojos antes de continuar.
-Yo solo... necesito regresar con mi manada. Me avisaron de que mis padres no están bien. Quiero estar con ellos mientras aún pueda. Me quedaré durante el próximo mes para ocuparme de todo el proceso de transición. Pero después...
Tuve que hacer un esfuerzo para tragar.
-Me iré. Muchas gracias por todo.
La expresión de la directora de Recursos Humanos se vino abajo.
Y eso terminó de destrozarme. Ni siquiera ella sabía qué decir.
La pantalla quedó en negro.
Entonces rompí a llorar.
Me cubrí la cara con una mano y aspiré tan bruscamente que el aire me raspó la garganta. Luego me levanté, me sequé las mejillas con el dorso de la mano y caminé hacia el rincón donde había dejado las cajas.
La villa estaba en silencio.
Había pasado cuatro años enteros en aquel refugio privado junto al acantilado. El pequeño y lujoso exilio que Calhoun me había concedido.
Él me había dado aquel lugar. Me había dicho que era mío.
Pero nunca lo había sentido como un hogar.
Empecé a guardar mis cosas casi por inercia.
No tenía demasiado. Algo de ropa. Algunos libros. Una taza que él había dejado una vez sobre la encimera y que nunca me pidió que le devolviera.
La dejé allí.
No importaba. Era otra de esas cosas cuya ausencia él jamás notaría. Tal vez, cuando por fin regresara a la villa, la tiraría a la basura.
Después de cerrar la última caja, me quedé inmóvil.
Respirando.
Pero el pecho se me cerró con tanta fuerza que tuve que apoyarme en el borde de la mesa para no caer al suelo.
Las lágrimas regresaron.
Esta vez no intenté contenerlas.
Las dejé correr.
Porque nadie me estaba mirando.
Porque, por una vez, podía derrumbarme en paz.
No me di cuenta de la fuerza con la que sujetaba una de las cajas hasta que se me cayó al suelo y los pocos objetos que quedaban dentro salieron desparramados.
Entonces los recuerdos de aquellos nueve años irrumpieron sin previo aviso.
Dios, en aquella época yo no era más que una gamma. Nadie. Una chica con la confianza hecha pedazos y las manos temblorosas cada vez que alguien de rango superior miraba en su dirección.
Pero, de algún modo -todavía no sabía cómo-, aprobé el examen para conseguir una beca y me aceptaron en la academia de élite dirigida por la manada Nightbourne.
Debería haberme sentido orgullosa.
En cambio, desde el mismo instante en que llegué, deseé poder fundirme con las paredes y desaparecer.
Los pasillos estaban cubiertos de cristal y plata. ¿Y los estudiantes? Vestían como miembros de la realeza.
¿Yo?
Ni siquiera podía alzar la cabeza sin encontrar desprecio en sus miradas.
Me observaban como si acabara de salir arrastrándome de una alcantarilla.
Como si no perteneciera a aquel lugar.
Recordaba el primer día a la perfección.
Debía asistir a Historia Política Avanzada en la Sala B2, pero ya estaba a punto de dar media vuelta. No iba a entrar allí. No con ellos. Faltaría a clase, me escondería en los jardines traseros y quizá lloraría.
Fue entonces cuando me topé con Mila Damaris.
Ella no me miró como si fuera basura. Me preguntó qué clase tenía y, antes de que pudiera balbucear una frase completa, ya me estaba llevando hasta el aula.
Así, sin más, pasé a formar parte de su mundo.
Por aquel entonces no sabía lo que eso significaría.
Dios, si lo hubiera sabido... tal vez habría huido.
Si hubiera sabido lo que alguien de aquel mundo le haría a mi amor... Si hubiera sabido que acabaría de aquella manera... quizá habría dicho que no.
Pero no lo hice.
Seguí a Mila adondequiera que quisiera llevarme. Poco a poco, se convirtió en mi mejor amiga. Me presentaba ante todo el mundo como si yo fuera alguien importante.
Incluso ante su familia.
Y aquella fue la noche en que conocí a Calhoun.
Su hermano mayor.
El heredero de la manada Nightbourne.
Dios, aún recordaba la primera vez que lo vi.
Apenas me prestó atención.
Sin embargo, juraría que algo cambió dentro de mí. Mi loba se volvió loca. Ronroneaba, empujándome hacia él.
Pensé que tal vez, solo tal vez, él fuera mi compañero.
Pero ¿qué podía hacer yo con aquello?
Yo era una gamma.
Él había nacido alfa.
Así que enterré aquel sentimiento. Muy hondo. Tanto que dolía.
Después nos graduamos. Mila se marchó a Italia para ampliar el negocio de su familia y continuar sus estudios. Me pidió que fuera con ella.
Me negué.
Me quedé, no porque hubiera algo para mí allí...
Sino porque Calhoun seguía allí.
Y yo era lo bastante estúpida como para querer permanecer cerca de él.
Por eso solicité el puesto. Acepté trabajar como su gamma. Como su asistente.
Y él me aceptó. Me permitió estar un poco más cerca.
Eso debería haberme bastado.
Pero entonces llegó aquella noche.
La gala anual de las manadas.
Todo el mundo estaba allí. Vi a Calhoun junto al arco, con la mirada vidriosa y los dedos frotándose la sien.
Algo no iba bien.
Podía olerlo. Había algo extraño en su aroma.
Entonces se tambaleó. Apenas un poco, pero yo lo vi.
Y, como la tonta que era, lo seguí fuera del salón hasta el pasillo en penumbra.
Debería haber dado media vuelta.
Estaba sacando el teléfono cuando oí su gruñido de dolor.
Entonces se volvió hacia mí.
Sus ojos brillaban con un intenso tono ámbar.
Su lobo intentaba salir.
-¡Calhoun, espera! Solo aguanta... ¡Voy a llamar a alguien!
Nunca llegué a hacer aquella llamada.
De pronto, estaba frente a mí. Respiraba con dificultad y tenía una mano apoyada con violencia contra la pared, junto a mi cabeza.
Entonces me besó.
No.
No me besó.
Me devoró.
Y yo...
Yo se lo permití.
Debería haberlo apartado. En lugar de eso, cerré los ojos y dejé que mi estúpido corazón creyera, aunque solo fuera por un segundo, que él me deseaba.
Entonces llegó la mañana siguiente.
Ojalá nunca hubiera despertado.
No en aquella cama.
No en aquella habitación.
Durante un instante, el mundo quedó en silencio. Por primera vez en una eternidad.
Hasta que abrí los ojos.
Calhoun estaba sentado en una silla junto a la ventana, con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos apoyados con indolencia, como si hubiera pasado toda la noche observándome dormir.
Su mirada inexpresiva se clavó en la mía. Estaba tan vacía que me robó el aire de los pulmones. No había ni un atisbo de emoción en su rostro.
Se me encogió el estómago.
Entonces me di cuenta.
Estaba desnuda.
Dios... Aquella había sido mi primera vez.
¡Le había entregado mi primera vez!
El dolor se extendía por todo mi cuerpo. No era solo físico. Había algo más, algo que gritaba que había cometido un error tan terrible que quizá jamás lograría recuperarme.
Intenté incorporarme. Hasta respirar parecía un castigo.
Calhoun no se movió. Se limitó a reclinarse en la silla, sin apartar los ojos de mí, como si estuviera observando algo insignificante.
Cuando habló, lo hizo con frialdad.
-Sé que te gusto. Lo supe desde el momento en que Mila te llevó a la villa familiar.
Me quedé paralizada. Entreabrí los labios, pero no conseguí pronunciar una sola palabra.
-No necesitas fingir. Lo sé. -Se inclinó hacia delante-. Pero no te hagas ilusiones. Nunca me gustaría alguien como tú. Lo que ocurrió anoche fue un error... y debería quedarse así.
Sus palabras me golpearon como una bofetada, pero su expresión no cambió.
Ni siquiera mostró un atisbo de culpa.
¿Yo era un error?
Debería haber dicho algo. Haberle gritado. Haberlo abofeteado.
Pero había perdido la voz.
Y el corazón se me hundió en el pecho.
Calhoun se levantó con toda naturalidad, caminó hasta un cajón y sacó algo.
Una tarjeta negra.
La arrojó sobre la cama como si fuera basura.
-Mila me habló de ti -murmuró, todavía sin mirarme-. Tu familia pasa por dificultades. Eres de sangre gamma. Intentas hacer algo con tu vida.
Se volvió para marcharse, pero antes añadió, sin que su expresión se alterara:
-Ahí hay suficiente dinero para que puedas instalarte. Ya me darás las gracias después.
En ese momento, las lágrimas empezaron a escocerme en los ojos y la humillación me cerró la garganta. No sabía cómo tragarme aquello.
Pero él no se detuvo.
Me miró directamente a los ojos y dijo:
-No me mires así. Estoy enamorado. Tengo una compañera. Será mejor que los dos olvidemos que esto ocurrió.
Fue cruel.
Ni siquiera intentó ocultarlo.
Y yo me odié por haberme permitido soñar, aunque solo hubiera sido por una noche.
Entonces volví a oír la voz de Mila en mi cabeza.
-Está obsesionado con Carmela Reyes. Ya sabes, la chica de la manada vecina que no deja de engañarlo. Nunca dejará de perseguirla.
Mila tenía razón.
Calhoun jamás dejaría de ir detrás de alguien que no paraba de hacerle daño.
Y yo...
Yo solo era la idiota que había creído que quizá las cosas podrían ser diferentes conmigo.
Las lágrimas cayeron antes de que pudiera contenerlas. Sin embargo, él ni siquiera me dedicó una mirada mientras se dirigía hacia la puerta.
-¡Espera! -jadeé.
Me levanté de la cama a trompicones, arrastrando las sábanas conmigo. Todo mi cuerpo temblaba, pero no me importaba parecer patética.
-No quiero tu dinero -dije con la voz quebrada-. Solo quiero una oportunidad para demostrarte que podría estar destinada a ti.
Se detuvo.
Luego se volvió, puso los ojos en blanco y salió de la habitación.
Así comenzó mi infierno.
Desde aquel día, no fuimos más que dos extraños durante el día. Por las noches, yo me convertía en su asistente.
En su juguete sexual.
Nada más.
Me esforcé muchísimo. Le compré regalos, pequeños detalles que creí que podrían hacerlo sonreír.
Nunca abrió ninguno.
Los encontré todos en la basura.
Pero nada me preparó para su cumpleaños.
Aquella noche estaba sentada en el suelo de mi habitación, aferrada a una estúpida cajita con unos gemelos que nunca llegué a entregarle, cuando vi la foto que había publicado en sus redes sociales.
Calhoun y Carmela Reyes.
Él la estaba besando.
Y entonces lo comprendí.
Nunca sería suficiente.
Nunca lograría curarme de aquello.
Volví a clavarme los dientes en la mejilla hasta que el sabor metálico de la sangre me llenó la boca.
Ya había llorado bastante.
Lo juraba.
Regresé bruscamente al presente, recogí la caja del suelo y me dirigí hacia la puerta.
Pero, en cuanto la abrí, el aire se me quedó atascado en la garganta.
Calhoun estaba allí, apoyado con indolencia contra el marco.
Habló con total despreocupación, como si yo no me estuviera muriendo por dentro.
-¿Adónde vas?
Una fuerte presión me oprimió el pecho.
-Encontré un apartamento nuevo. Me mudo.
Él emitió un sonido bajo.
-Yo te llevo.
Abracé la caja con más fuerza y respondí enseguida:
-No está tan lejos.
Se le tensó la mandíbula.
-No te lo estaba preguntando.
No volví a discutir.
Caminamos en silencio hasta su Porsche. Sin embargo, en cuanto subí, supe que algo iba mal.
El interior apestaba a perfume floral.
Había muñecas rosas colocadas cuidadosamente sobre el salpicadero y el asiento.
Calhoun se dio cuenta de que las miraba y puso los ojos en blanco.
-Carmela quería un cambio. Tuve que dárselo.
Algo volvió a quebrarse dentro de mí.
Aquel era el coche donde me había susurrado cosas que, como una estúpida, había creído.
Donde me había follado.
Y ahora... era de ella.
Todo era de ella.
La caja se me resbaló de los brazos y cayó al suelo. El cristal que había dentro se hizo añicos.
Me apresuré a recoger los pedazos, pero uno de los fragmentos me abrió un corte profundo en la palma.
La sangre brotó al instante.
-Mierda -gruñó Calhoun mientras extendía una mano hacia mí.
Antes de que sus dedos pudieran rozarme, su teléfono vibró.
Se detuvo.
Luego contestó.
-Calhoun, cariño, me corté la mano -gimió Carmela al otro lado de la línea-. Está sangrando. Ven a casa, por favor.
Me quedé inmóvil.
Calhoun suspiró y me miró.
-Llamaré a mi beta para que venga a buscarte. Quédate quieta.
Y se marchó.
Me dejó allí.
Sangrando.
En el suelo.
Con cristales clavados en la piel.
El pecho se me cerró dolorosamente.
-Conseguirás lo que quieres, Calhoun. Nunca volveré a amarte.
PUNTO DE VISTA DE ELODIE
Era otro lunes cualquiera.
Pero para mí se sentía como el día de mi funeral.
Como cada mañana, arrastré lo poco que quedaba de mí hasta aquel maldito edificio solo para verlo. Para contemplar al hombre que me había destrozado pieza por pieza y que aún no tenía ni idea de cuánto sangraba por él.
Dios, cómo odiaba los lunes.
Pero, por encima de todo, me odiaba a mí misma.
Por seguir aferrándome a la esperanza. Por despertar cada mañana pensando: quizá hoy se fije en mí... quizá hoy me corresponda.
Qué estúpida era.
Me puse el abrigo, me apliqué un poco de bálsamo labial para no parecer medio muerta y entré en la oficina como un fantasma atrapado en su propia piel.
Por supuesto, nadie lo notó.
Siempre llegaba puntual. Siempre iba impecable. Siempre cumplía con mis obligaciones como una gamma perfecta. Hasta mi loba estaba harta de mí; se pasaba los días gimiendo.
Reuniones. Listas de la manada. Informes de inversión. Memorandos de la sala de juntas. Horarios.
Yo me ocupaba de todo. Me aseguraba de que el imperio que Calhoun intentaba construir no se desmoronara desde dentro.
Yo era las manos que sostenían el trono.
Pero él no lo veía.
Nunca lo había visto.
Me mantuve ocupada toda la mañana, sepultando el dolor bajo reuniones consecutivas y sonrisas vacías. Informé a los guerreros, revisé dos veces los contratos que llegaban de los sectores comerciales y archivé la última correspondencia de la manada Nightbourne, dirigida, irónicamente, a su atención.
Todo tenía que ser perfecto.
Todo tenía que estar en su sitio.
No fue hasta que miré el reloj cuando el corazón me dio un vuelco.
Mierda.
Su reunión.
Llegaría dentro de cinco minutos. Y, por supuesto, yo tenía que recordárselo. Tenía que entrar de nuevo en su despacho y fingir que no había pasado el fin de semana entero llorando contra la almohada mientras él, probablemente, se revolcaba con Carmela Reyes.
Respiré hondo. Una vez. Después otra.
Recogí varios expedientes para mantener las manos ocupadas, para impedir que me temblaran, y eché a andar despacio por el pasillo.
Cuanto más me acercaba, más se me oprimía el pecho. Como si mi corazón ya supiera algo que yo todavía ignoraba.
Entonces lo oí.
Una risa.
Aguda. Femenina. Estridente.
Me quedé paralizada.
Reconocería aquella voz en cualquier parte.
Carmela Reyes.
Pasé la lengua por los labios secos y los hombros se me hundieron. Quise encogerme hasta desaparecer entre las baldosas del suelo.
Pero tenía que entrar.
Tenía que hacer mi trabajo.
Así que abrí la puerta.
Y juro que la sangre abandonó mi rostro en cuanto crucé el umbral.
Ella estaba allí.
Sentada sobre su maldito escritorio como si Calhoun le perteneciera.
Su cabello pelirrojo le caía sobre un hombro desnudo mientras le daba trozos de manzana. Manzana. La única fruta que Calhoun siempre aseguraba odiar.
Él trabajaba con una mano en el portátil, mientras la otra rodeaba perezosamente la cintura de Carmela, como si aquel fuera su lugar.
El aire dejó de llegarme a los pulmones.
Calhoun... el Calhoun que yo conocía. El que odiaba el contacto físico. El que una vez se había negado a beber del mismo vaso que yo cuando tuve fiebre. El que jamás me permitía sentarme demasiado cerca y actuaba como si mi sola presencia alterara el aire a su alrededor...
La dejaba sentarse sobre su escritorio.
Ella le daba de comer como a un niño.
Lo tocaba con total naturalidad.
¿Quién era aquel hombre?
Al final levantó la mirada hacia mí. Su tono fue de pura irritación.
-¿Qué? -preguntó, como si yo hubiera interrumpido algo sin importancia-. ¿Qué quieres? ¿Por qué estás ahí plantada como si hubieras visto un fantasma?
Quería arrojarle los expedientes a la cara. Quería gritar. Llorar.
Pero lo único que pude hacer fue quedarme allí.
Inmóvil.
Humillada.
Con el corazón roto.
Otra vez.
Me obligué a hablar, aunque apenas logré emitir un susurro.
-Tienes una reunión dentro de cinco minutos, alfa.
De pronto, Carmela empezó a toser con violencia.
Todo mi cuerpo se tensó. No sabía qué me impulsó -tal vez el instinto, tal vez la preocupación-, pero avancé medio paso antes de detenerme.
Antes de recordar quién era yo para ellos.
Nadie.
Pero Calhoun...
Su reacción estuvo a punto de destruirme.
Abrió los ojos, alarmado. El pánico -un pánico real- se apoderó de su rostro como nunca antes había visto. De inmediato tomó la otra taza del escritorio, una de cerámica que jamás permitía tocar a nadie. La misma en la que una vez intenté servirle té y que él se negó a usar.
La levantó.
Su propia taza.
Y la acercó con cuidado a los labios de Carmela.
-Toma, cariño. Bebe despacio -le pidió, con una calma apresurada.
Le frotó la espalda mientras ella bebía un sorbo y le susurró algo que no alcancé a oír. No apartó la mano de su cuerpo ni un instante: le acariciaba suavemente la espalda y trazaba círculos detrás del cuello.
Tenía el ceño fruncido y los labios apretados por la preocupación.
Dolía.
Dios, cuánto dolía.
Era la versión más tierna de Calhoun que había visto jamás.
Y ni siquiera aquello fue lo peor.
Carmela volvió el rostro hacia él y alzó la barbilla como si le perteneciera -y quizá así fuera- antes de plantar un beso posesivo en sus labios. Le rodeó la nuca con una mano y enredó los dedos en su cabello, como si ahora fuera ella quien lo consolaba.
Después sonrió, dulce y satisfecha.
-Eres un encanto, Calhoun -ronroneó-. Harías cualquier cosa para asegurarte de que estoy bien, ¿verdad?
Me quedé sin aliento. Hundí las uñas en las carpetas, aferrándome a ellas con todas mis fuerzas para no derrumbarme allí mismo.
Los labios de Calhoun se curvaron en una leve sonrisa.
Era la primera vez que veía semejante calidez en su rostro.
Y parecía hecha para ella.
Solo para ella.
Desvió los ojos hacia Carmela y, con una risita baja, respondió:
-Por supuesto. Cualquier cosa por ti.
Cualquier cosa por ti.
No por mí.
Nunca por mí.
El pulso me temblaba en las manos.
El teléfono vibró en el bolsillo del abrigo y apenas consiguió devolverme a la realidad. Miré la pantalla. Era un recordatorio del calendario.
Consejo de alfas de la manada, dentro de veinte minutos.
Me aclaré la garganta y bajé los ojos para ocultar el ardor que empezaba a acumularse tras ellos.
-Alfa Calhoun, algunos de los alfas de las manadas todavía esperan tu respuesta. La mayoría... no está de buen humor.
Casi no podía mirarlo, pero hice el esfuerzo. Solo un poco. Lo suficiente para ver a Carmela poner los ojos en blanco de forma exagerada y soltar un gruñido de desagrado.
-Uf, Calhoun -se burló mientras me señalaba-. Te juro que odio a esta gamma tuya. ¿No sabe cuándo cerrar la boca?
Me puse rígida.
Entonces Calhoun clavó en mí una mirada furiosa.
Un destello implacable en aquellos ojos oscuros que tantas veces se habían suavizado en mis sueños.
-Diles que me uniré a ellos pronto -espetó, sin dignarse siquiera a mirarme de frente-. Mi futura luna casi se atraganta. Necesita que la atiendan. Ahora.
Entreabrí los labios. Iba a ofrecerme a aplazar la reunión o quizá a sugerir que otra persona transmitiera el mensaje, pero me interrumpió en cuanto tomé aire.
-Carmela está por encima de cualquier reunión de la manada -declaró con brusquedad.
Como si necesitara recordármelo.
Como si yo hubiera olvidado cuál era mi lugar.
El dolor me atenazó el pecho con tanta fuerza que tuve que cerrar los puños para que no me temblara la voz.
-Sí, alfa -murmuré.
Escribí enseguida en la plataforma de los alfas para reprogramar la sesión. Estaba a punto de darme la vuelta cuando Carmela dejó escapar otro gemido y se pasó los dedos por el cabello, fingiendo estar angustiada.
-¿Sabes? -dijo con tono lánguido-. He oído decir que Elodie prepara el mejor caldo de toda la oficina. Me gustaría probarlo. Me quedaré aquí descansando. Y, si me gusta... quizá permita que vuelva a servirme.
Los pulmones se me cerraron.
Por favor, no.
Esto no.
Entonces Calhoun habló.
-Ya la oíste. Ve a preparar el caldo. Quédate con ella hasta que yo regrese.
Eso fue todo.
Ni una vacilación. Ni la menor consideración. Ni una mirada para comprobar el dolor que sus palabras acababan de grabar en mí.
Me obligué a sonreír -Dios, incluso curvar los labios dolía- y asentí.
-Sí, alfa.
Me di la vuelta.
Los pies me pesaban. Me dolía el pecho. Me ardían los ojos.
Pero salí de allí e hice el caldo.
Solo tardé tres minutos.
Tres minutos para convencerme de que debía seguir respirando.
Tres minutos para recomponerme.
Cuando regresé con la bandeja entre las manos, lo primero que vi me revolvió el estómago.
Carmela estaba de pie, cerca de Calhoun.
Demasiado cerca.
Le ajustaba la corbata con ambas manos como una esposa perfecta. Él mantenía la cabeza ligeramente inclinada y se dejaba hacer.
Ni siquiera reparó en mi regreso.
Entré con la mirada baja y pasé junto a ellos en silencio. Cuando me volví hacia Carmela con el cuenco, Calhoun pasó a mi lado rozándome y se marchó sin más.
Llevé el caldo hasta ella y lo dejé con cuidado sobre la mesita auxiliar.
Apenas me miró. Se limitó a tomar la cuchara y probar un sorbo.
Al instante, su rostro se contrajo de asco.
-¿Qué demonios es esto? -espetó.
De inmediato soltó un chillido. Apenas tuve tiempo de retroceder antes de que me arrojara el caldo caliente encima.
El líquido me salpicó el pecho y la camisa. Un calor abrasador me quemó la piel y de mi garganta escapó un grito agudo.
-¡Ah!
Retrocedí tambaleándome e intenté no soltar la bandeja.
Pero ella aún no había terminado.
Lo siguiente que vi fue la taza de Calhoun. Su taza sagrada. La única que solo permitía tocar a Carmela.
Me la arrojó con tanta furia que no logré esquivarla a tiempo.
Se hizo añicos contra mi mejilla.
El dolor me estalló por toda la cara y el impacto me dejó los oídos zumbando.
El vidrio me cortó la piel. La sangre comenzó a deslizarse por mi rostro. Me tambaleé y tuve que apoyarme contra la pared. El corazón me golpeaba las costillas y la vista se me nubló.
Carmela se puso de pie.
Sus ojos brillaban con un peligroso tono ámbar. Cada palabra destilaba veneno.
-El caldo está frío, gamma. ¿Qué intentabas hacer? ¿Envenenarme?
No pude responder.
Abrí la boca e intenté explicarme, pero no salió nada. Solo respiraciones cortas y una humillación que me quemaba más que el caldo adherido a la ropa.
La puerta se abrió de golpe.
Calhoun entró a toda prisa, seguido por varios miembros del personal que jadearon al ver la escena.
Pero Carmela fue más rápida.
Se volvió hacia él con lágrimas deslizándose ya por el rostro, como si hubiera ensayado aquel momento. Corrió a refugiarse en sus brazos y hundió la cara en su pecho, interpretando a la víctima mientras lloraba.
-Intentó envenenarme -gimió-. Te lo juro, Calhoun... Solo porque antes la regañé por interrumpirnos. Le hizo algo al caldo, lo sé. No me siento bien...
Parpadeé.
Estaba temblando. Sangrando. El corazón me martilleaba dentro del pecho.
Esperé.
Solo esperé que me preguntara qué había ocurrido.
Pero no lo hizo.
Besó a Carmela en la cabeza y le susurró al oído algo que no alcancé a escuchar.
Después se volvió hacia alguien que estaba detrás de mí.
Ni siquiera hacia mí.
-Vacía su escritorio -ordenó con frialdad-. Le recortarán el salario en un setenta por ciento. Y asegúrate de que aprenda a preparar mejor el caldo. Mañana se disculpará públicamente con Carmela.
A continuación, rodeó la cintura de Carmela con un brazo, la atrajo con suavidad hacia él y la acompañó hasta la salida.
Eso fue todo.
Ni preguntas.
Ni defensa.
Ni una sola mirada en mi dirección.
Así de fácil, yo no era nada.
Me quedé allí, temblando, quemada, sangrando y humillada, mientras la puerta se cerraba tras ellos con un clic.
Y mi corazón...
Mi corazón se hizo añicos en pedazos que nadie se molestaría jamás en recoger.
PUNTO DE VISTA DE ELODIE
Sentía que el cuerpo se me desgarraba. Sin embargo, lo que terminó de destrozarme no fue el dolor de la herida, sino el tenue eco de los pasos de Calhoun al alejarse. Su alta figura desapareció de mi vista sin que mirara atrás ni una sola vez, llevándose a Carmela con él.
Así, sin más.
Se había ido.
Me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre, pero ni siquiera eso logró contener el sollozo que brotó de mi garganta. Los trabajadores que estaban cerca cuchicheaban y me lanzaban miradas furtivas, llenas de lástima. No podía soportarlo.
Odiaba que me miraran así. Odiaba que me recordaran lo bajo que había caído.
Lo estúpida que había sido todos aquellos años.
La garganta me ardía y, antes de que pudiera contenerme, las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Me sequé la cara con la manga y, respirando con dificultad, avancé tambaleándome hasta la pared donde estaban apoyadas la escoba y la fregona. Las manos me temblaban tanto que apenas podía sostenerlas. El mango de madera se me clavó en la palma.
«Haz algo. Muévete. Solo muévete».
Si me concentraba en limpiar, quizá no me derrumbaría.
Me obligué a seguir. Con la fregona en una mano y la escoba en la otra, me agaché para limpiar aquel desastre pese a que las lágrimas me nublaban la vista. Todo mi cuerpo temblaba. El mareo me atenazaba la cabeza y el suelo parecía balancearse bajo mis pies.
No sentía las piernas.
Apenas podía respirar.
-Elodie, detente... -Una voz suave logró abrirse paso entre la confusión.
Una compañera me rodeó con un brazo mientras otra recogía la escoba.
-Deja que te ayudemos -pidió una de ellas en voz baja, con un temblor de culpa en la voz.
Se arrodilló, apartó la fregona y me tendió la mano.
-Esto es injusto -susurró otra mujer-. Pasé por aquí antes y la vi cargando ese caldo. Salía vapor. Si no hubiera estado hirviendo, no te habría quemado la piel de esa manera.
Me quedé rígida. Respiraba con dificultad, pero no dejé de moverme.
Otra voz intervino, esta vez cargada de indignación.
-Carmela siempre causa problemas. Aunque el caldo no hubiera estado caliente, ¿por qué iba a lanzarlo así? No fue un accidente. Fue... ¡Fue casi un intento de asesinato! Podría haberle dejado cicatrices permanentes en la cara a Elodie o haberle roto la nariz.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y el estómago se me revolvió.
Otra mujer soltó un suspiro.
-¿Y qué podemos hacer? El alfa Calhoun ya no tiene voluntad propia. Se ha convertido en un títere que baila al son de Carmela. Ella es la verdadera dueña de este lugar, y todos lo sabemos. Si alguno de nosotros se atreve siquiera a pisarle un pie, lo pagará muy caro. Pobre Elodie. Carmela siempre la elige a ella para maltratarla.
Sus palabras me hirieron más que la quemadura.
-Gracias -murmuré.
Me dedicó una sonrisa triste. Sus ojos rebosaban compasión.
-Ven. Vamos a sacarte de aquí.
Me guio lejos de las miradas, de los susurros y de los últimos restos de mi orgullo.
Sin embargo, en cuanto salí de la habitación, los recuerdos se abalanzaron sobre mí.
Recordé el día en que nos habíamos sentado a negociar con la manada vecina. Intentaban destrozar nuestro contrato. Me acusaron, me señalaron con el dedo y trataron de humillarme delante de todos. Las manos me temblaban y las palabras se me atascaban en la garganta.
Antes de que pudiera venirme abajo, Calhoun descargó la mano sobre la mesa. Sus ojos ardían de furia.
-Vuelve a mencionar su nombre y daré por terminado este trato -gruñó con voz atronadora-. Si la culpas a ella, me culpas a mí. ¿Quieres una guerra? Entonces sigue poniéndome a prueba.
Toda la sala quedó en silencio. Incluso el alfa de la manada contraria palideció.
Y Calhoun...
Calhoun volvió el rostro hacia mí. Su expresión era indescifrable, pero su presencia me envolvió como una armadura.
Aquel día se puso de mi lado.
Inquebrantable. Desafiante.
Me protegió con una ferocidad que hizo volar mi corazón.
Yo me había ilusionado como una tonta. Estaba convencida de que aquello significaba algo. De que quizá... solo quizá... por fin empezaba a verme.
A interesarse por mí.
Ahora apenas podía respirar por el dolor de comprender lo equivocada que había estado.
Qué estúpida había sido.
Terriblemente estúpida.
No me había protegido a mí, sino a algo que consideraba de su propiedad.
Nunca había sido amor.
No sabía qué dolía más: que Carmela hubiera soltado una mentira sin fundamento con aquella lengua venenosa o que Calhoun la creyera sin pestañear. No hizo una sola pregunta. No mostró ni el menor atisbo de duda.
Solo me miró...
Me atravesó con la mirada y dictó sentencia como si yo ya fuera culpable.
En ese instante, el corazón se me hizo añicos.
¿Acaso no merecía un poco de confianza? ¿Ni siquiera una vez? ¿Ni siquiera la mitad de la que le concedía a Carmela con tanta facilidad?
¿O lo correcto y lo incorrecto no significaban nada en su mundo mientras ella estuviera satisfecha?
Cuando mi amable compañera me pasó un brazo por los hombros y me sacó del edificio, yo ya no era más que un cascarón vacío. Ni siquiera recordaba haber cruzado las puertas. Era como si mi cuerpo siguiera avanzando mientras mi alma se quedaba atrás.
Pidió un Uber para mí. Me hablaba con dulzura y me trataba con tanto cuidado como si temiera que fuera a romperme si me sujetaba con demasiada fuerza. Cuando llegó el auto, pagó ella misma el viaje y apoyó una mano con suavidad sobre mi hombro.
-Cuídate mucho, Elodie -susurró.
Sus ojos reflejaban una compasión que yo no podía soportar.
Asentí débilmente. Tenía la garganta demasiado irritada para pronunciar una sola palabra, así que me limité a subir al asiento trasero.
Al llegar a mi apartamento, bajé del auto tambaleándome y aferrada al bolso, como si fuera lo único que aún me mantenía unida a la realidad. Nada más entrar, lo dejé caer junto a la puerta. Estaba demasiado agotada para preocuparme por él.
Fui directa a la ducha.
El agua golpeó mi piel, pero no me proporcionó ningún alivio. Cada gota parecía una aguja que se clavaba en las quemaduras y los moretones que Carmela me había dejado.
Cuando salí, seguía temblando. La bata se me pegaba a la piel húmeda. No me importaba que el cabello siguiera goteando ni que fuera a empapar la cama. Solo quería derrumbarme, hundirme entre las sábanas y desaparecer.
Estaba a punto de acostarme cuando sonó el teléfono.
Al ver quién llamaba, sentí que el corazón se me hundía hasta el estómago.
Calhoun.
Durante un segundo, mis dedos temblorosos quedaron suspendidos sobre la pantalla. Estaba a punto de deslizar el dedo y responder, desesperada por oír su voz, aunque solo fuera para recibir su desprecio.
Pero la llamada terminó antes de que pudiera hacerlo.
El silencio que siguió fue desolador.
Entonces el teléfono vibró.
Se me oprimió el pecho al leer el mensaje que acababa de aparecer en la pantalla: «Tráeme ibuprofeno y leche tibia con miel. Apúrate».
La decepción me retorció el estómago hasta provocarme náuseas. Aun así, sin detenerme a pensar, como la tonta amaestrada en la que me había convertido, me cambié de ropa, me recogí el cabello con manos temblorosas y salí del apartamento.
Mis pies avanzaron en piloto automático. Me arrastraban a cumplir el encargo como si mi propio cuerpo se negara a rebelarse contra él.
Cuando por fin llegué al ático de Calhoun, no estaba preparada para lo que encontré.
Apenas entré, una oleada de náuseas me golpeó, incluso antes de que pudiera asimilar la impresión.
Todo era diferente.
Había desaparecido aquella decoración fría y negra que antes reflejaba su personalidad, sus gustos, su oscuridad...
También había desaparecido el pequeño bonsái que yo había plantado con su abuelo antes de que el anciano falleciera.
En su lugar había un girasol. Sus brillantes pétalos amarillos parecían burlarse de mí.
Carmela.
Por supuesto.
Me quedé paralizada en la entrada como una idiota, con los ojos ardiéndome mientras observaba el resto. Bolsos y zapatos caros ocupaban todos los rincones. Había perfumes alineados sobre las mesas de cristal y suaves tonos femeninos cubrían todo lo que antes había sido de él.
El corazón se me desplomó con una violencia insoportable.
El sonido de la puerta al abrirse me sobresaltó.
Calhoun apareció y ni siquiera me saludó. Sin mediar palabra, me arrancó el bolso de la mano y rebuscó en su interior. Solo después de comprobar que todo estaba allí se dignó a mirarme a la cara.
-Mierda -murmuró con el ceño fruncido-. Tus heridas tienen muy mal aspecto. ¿Te las has hecho tratar?
Hice un esfuerzo para tragar y negué despacio con la cabeza.
Exhaló mientras se frotaba la nuca.
-Elodie... Carmela ha estado con sus cambios de humor de siempre. No lo hizo porque quisiera lastimarte, ¿de acuerdo? Es solo que... está teniendo un día difícil. Asegúrate de que te curen esas heridas. Si necesitas unos días libres, firmaré el formulario.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios antes de que pudiera impedirlo.
-No será necesario, alfa Calhoun. Para finales de mes...
-Escúchame -me interrumpió con brusquedad-. Solo me preocupa que te mantengas fuerte. Vas a organizar la fiesta de bienvenida de Carmela y quiero que sea perfecta.
Las palabras se me atascaron en la garganta. Casi me ahogué con ellas.
Separé los labios, pero no logré emitir ningún sonido. Las rodillas amenazaron con fallarme y retrocedí un paso, desesperada por conseguir un poco de aire.
Él se dio cuenta. Entrecerró los ojos, como si estuviera a punto de decir algo más, pero un gemido suave y fingido rompió el silencio.
-Calhoun...
Carmela estaba apoyada contra la puerta del dormitorio, con la mirada clavada en mí. Durante un instante, su rostro se deformó y el veneno relampagueó en sus ojos.
Pero en cuanto Calhoun se volvió hacia ella, cambió por completo.
Su expresión adoptó una fragilidad calculada, como si pudiera romperse al menor roce.
-¿Ha traído las cosas? -preguntó-. Me duele todo el cuerpo, Calhoun. Solo... quiero mimos. Y masajes.
El estómago me dio un vuelco.
El rostro de Calhoun se suavizó al instante. Asintió y su voz se tornó dulce.
-No te lastimes los pies. Ve a recostarte en la cama. Les pediré a las criadas que calienten la leche y luego iré a hacerte compañía. ¿Sí?
-Sí -susurró ella con una sonrisa dulce.
Me quedé inmóvil y en silencio.
El pecho me ardía. Los ojos me escocían tanto que pensé que iban a estallar.
Todo su ser se enternecía por ella, mientras que yo solo recibía indiferencia.
Recordé aquella noche en que casi me rompí un diente de tanto apretar la mandíbula por el estrés. Recordé todas las veces que había tropezado delante de él sin que se molestara en volver a mirarme.
Y cuando me desmayé de agotamiento y tuvieron que llevarme de urgencia a emergencias, ¿cómo había reaccionado?
Firmó mi formulario de permiso.
Nada más.
No me visitó. No me llamó. No mostró preocupación alguna.
En cambio, a Carmela le bastaba con un simple gemido para derretirlo.
Cuando se marchó con ella, se me cerró la garganta. Una lágrima escapó antes de que pudiera contenerla.
Me di la vuelta y salí. Las piernas avanzaban como si ya no me pertenecieran. Un dolor amargo me invadió el pecho.
Cuando por fin llegué al exterior, alcé el rostro hacia el cielo.
Y solo cayó una lágrima.