El recuerdo de la traición me quemaba el alma, incluso en la fría oscuridad de la muerte. Vi a mi prima Isabella brillando en el escenario, vistiendo mi diseño, mientras la gente la aclamaba como la nueva leyenda del flamenco. Yo, Sofía, yacía en el olvido, expulsada de la academia, mi nombre manchado por una falsa acusación de agresión que ella misma orquestó.
La desesperación fue mi única compañía; mi cuerpo se rindió, mi espíritu se quebró, y el mundo se desvaneció con la imagen triunfante de Isabella como mi último tormento.
De repente, un destello, una sacudida violenta. Abrí los ojos en el camerino: el olor a laca, el boceto de mi vestido intacto sobre la mesa. No sabía cómo ni por qué, pero había regresado al día del fatídico concurso, el día en que mi vida se convirtió en un infierno.
Las lágrimas brotaron, no de tristeza, sino de una rabia helada y una determinación feroz. Recordé cada detalle de su falsedad, sus palabras venenosas, la manipulación de mi familia, la decepción de mis maestros, el desprecio de mis compañeros y la soledad aplastante.
¡No más! Esta vez, no sería la víctima.
La puerta se abrió y entró Isabella, su voz melosa, sus ojos clavados en mi diseño. La miré directamente a los ojos, con una frialdad que la sorprendió. "No me llames prima" , dije. "Sé lo que intentas hacer. Sé que quieres mi diseño. Eres una ladrona, una mentirosa, indigna de llevar mi sangre." El shock en su rostro fue delicioso, porque esta vez, la víbora había sido expuesta.
El recuerdo de la traición era un fuego que me quemaba por dentro, incluso en la fría oscuridad de la muerte. Vi a mi prima, Isabella, en el escenario más grande del mundo del flamenco. Llevaba puesto el vestido rojo y negro que yo había diseñado, cada hilo, cada lentejuela era un sueño que había tejido con mis propias manos durante meses. La tela se movía con ella, pero era mi alma la que danzaba.
La gente la aclamaba, la llamaban la nueva leyenda del flamenco, mientras yo yacía en el olvido, expulsada de la academia, despojada de mi beca, con mi nombre manchado por una acusación falsa de agresión que ella misma había orquestado.
La desesperación fue mi última compañera. Me aferré al amuleto de mi abuela, una pequeña luna de plata, y leí su diario una y otra vez hasta que las páginas se deshicieron. Pero no fue suficiente. Mi cuerpo se rindió, mi espíritu se quebró. El mundo se desvaneció en un silencio helado, con la imagen de Isabella sonriendo triunfante como mi último tormento.
De repente, un destello, una sacudida violenta.
Abrí los ojos.
La luz del camerino me cegó por un instante. El olor a laca y a maquillaje viejo llenaba el aire. Mis manos temblaban, pero al mirarlas, vi el boceto de mi vestido. El vestido. El que Isabella me robaría. Estaba sobre la mesa, intacto, perfecto.
Mi corazón latía con una fuerza brutal en mi pecho. Me puse de pie de un salto, tropezando con mis propios pies. Miré mi reflejo en el espejo. Era yo, pero más joven, con la ingenuidad todavía en mis ojos, la que me había llevado a la ruina. Saqué mi celular del bolso. La fecha. Era el día del concurso. El día en que todo comenzó, el día en que mi vida se convirtió en un infierno.
Había vuelto.
No sabía cómo ni por qué, pero me habían dado una segunda oportunidad.
Las lágrimas que no pude derramar en mi lecho de muerte ahora brotaban sin control, pero no eran de tristeza. Eran de rabia, de una determinación helada que nunca antes había sentido. Recordé cada detalle de mi vida anterior. La sonrisa falsa de Isabella, sus palabras venenosas disfrazadas de cariño, la forma en que manipuló a nuestra familia para que me dieran la espalda. Recordé la mirada de decepción de mis maestros, el desprecio de mis compañeros y la soledad aplastante que me consumió.
No más.
Esta vez, no sería la víctima. Esta vez, yo escribiría el final de la historia.
La puerta del camerino se abrió y entró Isabella, con su sonrisa de siempre, esa que ahora me revolvía el estómago.
"Prima, ¿estás lista? El concurso está por empezar," dijo, con su voz melosa. Sus ojos se posaron inmediatamente en el boceto sobre la mesa. "Wow, Sofía, ese diseño es... increíble. Eres tan talentosa."
En mi vida anterior, esas palabras me habrían llenado de orgullo. Ahora, solo escuchaba la mentira, la envidia que goteaba de cada sílaba.
Me sequé las lágrimas bruscamente y la miré directamente a los ojos, con una frialdad que la sorprendió.
"No me llames prima," dije, mi voz sonando extraña, más dura, más profunda.
Isabella parpadeó, confundida.
"¿Qué? Sofía, ¿estás bien? Estás muy pálida."
Avancé hacia ella, lenta, deliberadamente, como un depredador que acorrala a su presa. Ella retrocedió instintivamente un paso.
"Sé lo que intentas hacer," continué, mi voz baja y amenazante. "Sé que quieres mi diseño."
El color desapareció del rostro de Isabella. Su sonrisa flaqueó.
"No... no sé de qué hablas."
"Ah, ¿no lo sabes?" Tomé el boceto de la mesa y lo sostuve frente a su cara. "Tú, que nunca has tenido una idea original en tu vida. Tú, que siempre has vivido a mi sombra, codiciando todo lo que es mío."
Un grupo de otras bailarinas que pasaban por el pasillo se detuvo, atraídas por la tensión. Susurros empezaron a volar por el aire.
"Esto se acaba aquí y ahora, Isabella," declaré, mi voz resonando en el repentino silencio. "Delante de todas, quiero que quede claro. Este diseño es mío. Esta coreografía es mía. Este futuro es mío."
Levanté la barbilla, sintiendo un poder que nunca supe que tenía.
"Y si vuelves a intentar robarme algo, me aseguraré de que no vuelvas a pisar un escenario en tu vida."
El shock en el rostro de Isabella era delicioso. La víbora había sido expuesta, y esto era solo el comienzo de mi venganza.
La cara de Isabella pasó del shock a una máscara de victimismo en un abrir y cerrar de ojos. Las lágrimas brotaron de sus ojos, grandes y lastimeras, como si yo fuera la agresora y ella la pobre e inocente víctima.
"Sofía... prima... ¿por qué me dices estas cosas tan horribles?" sollozó, llevándose una mano al pecho. "Yo solo vine a desearte suerte. Te admiro tanto... ¿cómo puedes pensar que yo te robaría algo?"
Se volvió hacia las bailarinas que nos observaban, buscando su simpatía.
"Ella ha estado bajo mucha presión por el concurso, seguro no quiso decir eso," dijo, su voz temblorosa y llena de una falsa comprensión.
La bilis me subió por la garganta. Era la misma actuación que había usado en mi vida anterior para arruinarme. La misma cara de ángel ocultando un demonio. Pero esta vez, yo conocía el guion.
"Deja de actuar, Isabella," le espeté, mi voz cortante como el hielo. "Tu teatro ya no funciona conmigo. Todas aquí sabemos que tu talento no se compara con el mío, y la envidia te está carcomiendo por dentro."
Isabella retrocedió como si la hubiera abofeteado.
"¡No es verdad!"
"¿No es verdad?" Me reí, un sonido amargo y sin alegría. "Entonces explícame por qué le dijiste a la maestra de vestuario que tenías un 'diseño revolucionario' listo para hoy, cuando ayer no tenías ni una sola idea. Explícame por qué has estado entrando a mi camerino a escondidas toda la semana."
Su rostro palideció aún más. La había atrapado. Los susurros entre las otras bailarinas se hicieron más fuertes. Algunas me miraban con nueva comprensión, otras miraban a Isabella con sospecha.
"Y deja de llamarme 'prima' ," añadí, mi voz bajando a un gruñido. "No eres digna de llevar mi sangre. Para mí, no eres nada."
El insulto fue directo y brutal. Vi el odio puro brillar en sus ojos por un segundo antes de que lo ocultara de nuevo bajo una capa de lágrimas.
"Sofía, por favor..."
Me cansé de sus mentiras. Di un paso adelante y le arrebaté el bolso de las manos. Lo abrí de un tirón y vacié su contenido en el suelo. Entre su maquillaje y su celular, había una pequeña libreta. La misma libreta donde yo había visto, en mi otra vida, cómo copiaba torpemente las líneas de mi diseño.
La recogí y se la mostré a todas.
"¿Qué es esto, Isabella? ¿Tu diario de inspiración?"
Isabella se lanzó para quitármela, pero fui más rápida. La abrí. En las páginas, había garabatos y copias mal hechas de mis patrones, de mis ideas.
"¡Devuélvemelo! ¡Es privado!" gritó, su compostura finalmente rota.
"¡Esto," dije, levantando la libreta para que todas la vieran, "es la prueba de que eres una ladrona y una mentirosa!"
Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Era Marco. Mi antiguo rival, el único bailarín cuya pasión y técnica podían competir con la mía. Nos miró a las dos, luego al desorden en el suelo, con una expresión indescifrable en su rostro. Pero antes de que pudiera decir nada, otra voz interrumpió la escena.
"¡Sofía! ¿Qué demonios está pasando aquí?"
Era Javier, mi prometido. O, mejor dicho, mi ex prometido en esta nueva vida que apenas comenzaba. Entró furioso, viendo la escena: yo, de pie, agresiva, con la libreta en la mano, e Isabella, en el suelo, llorando desconsoladamente.
Sin preguntar, sin dudar un segundo, se puso del lado de ella.
"¿Pero qué te pasa? ¡Mira cómo la tienes!" me gritó, ayudando a Isabella a levantarse. "Siempre con tus celos y tu mal genio. ¿No puedes estar feliz por ella ni un solo día?"
Isabella se aferró a su brazo, sollozando.
"Javier... ella... ella dice que le robé su diseño... me acusó delante de todas..."
Javier me miró con un desprecio que me heló la sangre, a pesar de que ya lo esperaba.
"¿Estás loca? Isabella te adora. ¿Cómo puedes ser tan cruel?" me espetó. "Pídele una disculpa ahora mismo."
Me quedé mirándolo. El hombre con el que había planeado casarme, el hombre que me abandonó a mi suerte en mi vida pasada. La ira que sentía era tan intensa que me costaba respirar.
"No voy a disculparme por decir la verdad," respondí, mi voz temblando de furia contenida.
Javier apretó la mandíbula. Su rostro se ensombreció.
"Sofía, no me obligues a ponerme serio," me amenazó en voz baja, para que solo yo lo oyera. "Tenemos una boda que planear, nuestras familias están involucradas. Un escándalo como este manchará tu nombre y el mío. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que todos piensen que eres una arpía desquiciada?"
La amenaza colgaba en el aire, pesada y sofocante. En mi otra vida, me habría acobardado. Me habría disculpado para mantener la paz, para salvar mi reputación y mi matrimonio.
Pero yo ya había perdido todo eso una vez. Ya no tenía nada que perder.
Y todo por ganar.