Oscuridad.
Una oscuridad absoluta, pesada y asfixiante.
Lo último que Maximilian Roth recordaba era el rugido ensordecedor del motor de su yate, el olor a combustible quemado y una ola de calor abrasador lanzándolo por los aires. Ahora, solo había un abismo negro y un pitido rítmico e irritante que taladraba su cráneo.
Intentó abrir los ojos, pero una presión punzante sobre el puente de su nariz se lo impidió. Estaban vendados. Llevó sus manos instintivamente hacia su rostro, sintiendo la textura áspera de las gruesas gasas cubriendo la mitad de su cabeza.
-¿Qué... qué significa esto? -su voz, normalmente un látigo que hacía temblar a las juntas directivas de medio mundo, salió como un graznido áspero y seco.
Escuchó el sonido de pasos apresurados, el roce de suelas de goma contra un suelo pulido.
-Señor Roth, por favor, no se toque los vendajes -dijo una voz temblorosa a su derecha. Era una mujer, sonaba joven y aterrorizada.
-¡Quítenme esta basura de la cara! -exigió Maximilian, incorporándose de golpe. Un dolor agudo le atravesó las costillas, pero la adrenalina y el pánico naciente lo anularon-. ¡Enciendan las luces! ¡No veo absolutamente nada!
-Las luces están encendidas, señor -murmuró otra voz masculina, probablemente un médico, tragando saliva con tanta fuerza que se escuchó en la habitación-. Hubo una explosión. Usted sufrió un traumatismo craneoencefálico y quemaduras de segundo grado. Sus ojos... sus córneas sufrieron daños severos por el destello y los escombros.
El silencio que siguió a esas palabras fue más ensordecedor que la explosión del yate.
¿Daños? ¿Él, Maximilian Roth, el CEO que controlaba el imperio financiero más grande del país con una sola mirada, estaba ciego?
El terror, una emoción que no había sentido desde la vulnerabilidad de la infancia, se transformó rápidamente en la única otra emoción que conocía a la perfección: la ira. Una furia ciega, literal y figurativamente.
-¡Incompetentes! -rugió, lanzando su brazo derecho hacia un lado con violencia. Su mano chocó contra una bandeja de metal.
El estruendo del acero cayendo al suelo, acompañado por el sonido de instrumental médico, una jarra de agua y vasos de cristal haciéndose añicos, llenó la lujosa habitación VIP del hospital. Hubo gritos ahogados de las enfermeras, retrocediendo como si estuvieran ante una bestia salvaje.
-¡Llamen a los mejores especialistas del mundo! ¡Tráiganme a alguien que sepa hacer su maldito trabajo! -vociferó, arrancándose la vía intravenosa del dorso de la mano sin importarle el desgarro-. ¡No voy a quedarme en esta maldita oscuridad! ¡Fuera! ¡Largo todos de aquí!
Escuchó el caos de la retirada. Pasos torpes, puertas abriéndose y cerrándose a toda prisa. El todopoderoso CEO se había convertido en un monstruo herido en su cueva, y nadie quería estar cerca de sus fauces.
Nadie, excepto ella.
En medio del silencio tenso que siguió, marcado solo por su propia respiración agitada y el goteo de su propia sangre manchando las sábanas donde se había arrancado la aguja, Maximilian percibió algo más.
No era el olor a antiséptico esterilizado del hospital, ni el hedor metálico del pánico. Era un aroma sutil, fresco y embriagadoramente limpio.
Gardenias.
El sonido de unos zapatos de tacón bajo avanzando con paso firme y deliberado rompió el silencio. No había prisa ni terror en esos pasos. Alguien caminaba directamente hacia la zona de desastre que él acababa de crear.
Escuchó el tintineo de los cristales rotos siendo apilados en la bandeja con una calma exasperante.
-Dije que se largaran todos -gruñó Maximilian, apretando la tela de las sábanas con sus nudillos blancos-. ¿Acaso eres sorda además de estúpida?
Los sonidos de limpieza cesaron. Pasaron dos segundos interminables.
-No, señor Roth. No soy sorda. Y le aseguro que tampoco soy estúpida -la voz que le respondió lo descolocó por completo.
No temblaba. No vacilaba. Era una voz femenina, suave pero con una firmeza que resonaba en el pecho. Tenía una cadencia serena, un timbre aterciopelado que contrastaba violentamente con la brutalidad y el caos de la habitación.
-Entonces, ¿por qué sigues aquí respirando mi aire? -escupió él, girando la cabeza vendada hacia donde creía que provenía el sonido-. Si sabes quién soy, sabes que puedo arruinar tu miserable vida entera con una sola llamada.
-Difícilmente podrá hacer una llamada si acaba de destrozar el teléfono de la habitación junto con su jarra de agua, señor Roth -respondió ella, con una nota de inquebrantable lógica profesional.
Maximilian apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. ¿Se estaba burlando de él?
Sintió una presencia acercándose a la cama. El aroma a gardenias se intensificó, envolviéndolo, creando una extraña burbuja de orden alrededor de su rabia destructiva. De repente, sintió un tacto frío y preciso sobre su mano herida.
Instintivamente, él intentó zafarse, levantando el brazo para apartarla con brusquedad.
Pero ella fue más rápida. Su mano, de dedos finos pero sorprendentemente fuertes, atrapó su muñeca en el aire. No con violencia, sino con una firmeza absoluta.
-Si sigue moviéndose así, se va a desangrar sobre las sábanas de seda que la junta directiva mandó traer especialmente para usted -dijo la voz, sin soltarlo-. Y créame, limpiar sangre de la seda es una pesadilla que el personal de limpieza de este hospital no tiene por qué soportar.
Maximilian se quedó paralizado. Nadie. Absolutamente nadie en la faz de la tierra le hablaba de esa manera. Ni sus socios comerciales, ni sus peores enemigos.
-¿Quién demonios eres? -exigió, su tono bajando de un grito a un siseo peligroso.
Sintió el roce de una gasa de algodón y el escozor del alcohol limpiando su herida. Ella continuó trabajando sin soltar su agarre del todo, anticipándose a cualquier movimiento brusco de él.
-Soy Sara -respondió ella, colocando una nueva vía intravenosa con una precisión casi imperceptible-. Soy su enfermera de turno. Y seré la persona encargada de asegurarse de que sobreviva a su propia estupidez hasta que recupere el sentido común, o la vista. Lo que ocurra primero.
-¡No necesito una niñera insolente! -espetó él, intentando tensar los músculos, pero sorpresivamente encontrándose cediendo ante el toque experto que ahora fijaba el vendaje en su piel.
-Lo que usted necesita, señor Roth, es dejar de comportarse como un niño en medio de una rabieta -replicó Sara, ajustando el goteo del suero. Se inclinó ligeramente sobre él, y el olor a gardenias le inundó los sentidos, borrando el olor a quemado de su memoria por un instante-. Está ciego, sí. Está asustado. Es una tragedia humana y es comprensible. Pero romper vasos y gritarle a profesionales que ganan en un año lo que usted gasta en un par de zapatos no le devolverá la visión.
El todopoderoso CEO se quedó sin palabras. La audacia de esa mujer era tan colosal que, por un segundo, eclipsó su propia tragedia.
Quería despedirla de inmediato. Quería llamar a seguridad y hacer que la echaran a la calle. Pero, en la vasta e inhóspita oscuridad de su nueva realidad, esa voz calmada y autoritaria era lo único que se sentía sólido. La única roca a la que aferrarse en medio de la tormenta.
Sara terminó de acomodar sus sábanas con movimientos eficientes.
-Le administraré un analgésico por vía intravenosa para el dolor. Intentaré conseguirle algo de beber en un vaso de plástico. Lo de cristal claramente no es seguro para usted en este momento.
Escuchó el roce de su uniforme mientras ella daba la vuelta hacia la puerta.
-Enfermera... Sara -la llamó él, casi en un susurro áspero. El sonido de su propio orgullo tragado le quemaba la garganta.
Los pasos se detuvieron de inmediato.
-¿Sí, señor Roth?
Maximilian giró el rostro vendado hacia ella.
-¿No me tienes miedo?
Hubo un breve silencio. El zumbido del aire acondicionado pareció llenarlo todo.
-Le tengo miedo a muchas cosas en esta vida, señor Roth. A no llegar a fin de mes, a la enfermedad, a perder a los que amo -su voz se suavizó ligeramente, perdiendo por una fracción de segundo su escudo profesional-. Pero no le tengo miedo a un hombre herido en la oscuridad. Ahora, trate de descansar. Volveré en diez minutos.
La puerta se cerró con un clic suave, pero definitivo.
Maximilian se quedó solo en el abismo negro. El dolor en sus ojos aún latía con fuerza, pero por primera vez desde que despertó, su mente no estaba consumida por el pánico de no poder ver.
Estaba consumida por el enigma de la mujer que olía a gardenias. La única luz que, sin saberlo ella misma, acababa de encenderse en su mundo de sombras.
Tres días. Ochenta y dos horas sumido en una noche perpetua.
Para Maximilian Roth, el tiempo había dejado de medirse en las manecillas de su Patek Philippe y ahora se calculaba por el sonido de la puerta abriéndose, el roce de las sábanas cambiadas y el eco de sus propios pensamientos oscuros. La ceguera no era solo la ausencia de luz; era una prisión opresiva que lo despojaba de su arma más letal: el control.
Sus asistentes personales entraban a la habitación del hospital temblando. Podía oler el sudor frío del terror emanando de sus trajes caros cuando les exigía informes sobre las acciones de Roth Industries. Balbuceaban, dudaban, trataban de suavizar las malas noticias como si su ceguera repentina lo hubiera vuelto también estúpido o frágil. Los detestaba a todos.
A todos menos a ella. Sara.
No sabía su apellido. No sabía el color de sus ojos, la forma de su rostro o si su cabello era largo o corto. Pero en la oscuridad constante, la mente de Maximilian había comenzado a construirla a través de fragmentos sensoriales. Su voz era un faro en la niebla: tranquila, constante, sin un ápice del temor reverencial que lo asqueaba en los demás. Sus pasos eran precisos; nunca tropezaba, nunca dudaba.
Y luego, estaba su perfume.
-Los dividendos del último trimestre en la filial asiática han caído un tres punto cuatro por ciento -la voz de Sara resonó en la quietud de la lujosa habitación, interrumpiendo el torbellino de sus pensamientos.
Maximilian estaba sentado en el sillón de cuero junto a la ventana panorámica que no podía ver, con la cabeza y los ojos cubiertos por gruesos vendajes. Sara estaba sentada a un par de metros de distancia, leyendo en voz alta el informe financiero que su incompetente asistente principal no había tenido el valor de recitarle sin tartamudear.
-Es por la huelga en los puertos de Shanghái -murmuró Maximilian, frotándose la barbilla. Detestaba no poder afeitarse por sí mismo, odiaba la textura de la barba incipiente raspar contra sus dedos-. Continúa con la página cuatro. Salta la jerga inútil de relaciones públicas y ve directo a los márgenes de beneficio bruto.
Escuchó el crujido limpio y preciso del papel. Sara pasó la página sin emitir queja alguna por su tono imperioso.
-"El margen de beneficio bruto se ha contraído a un veintidós por ciento, debido principalmente a..." -hizo una pausa diminuta, tan breve que nadie más la habría notado, pero en su ceguera, Maximilian captaba cada micro-respiración-. "Debido a la fluctuación adversa de las divisas y el aumento del coste de las materias primas en el sector de semiconductores".
-Maldición -masculló él, apretando los puños sobre los reposabrazos del sillón-. Sabía que la junta directiva intentaría usar esa excusa barata para presionar por la fusión.
-La fusión con Apex Holdings se menciona en el siguiente párrafo, de hecho -comentó ella, con un tono neutro, desprovisto de opinión, como una simple observadora que narra el clima.
-Léelo. Todo.
Durante la siguiente hora, la habitación se llenó únicamente con la cadencia de la voz de Sara. Leía términos complejos de economía, maniobras corporativas y estrategias de mercado agresivas con la misma calma con la que le había cambiado el vendaje de la mano dos días atrás.
Había una extraña disonancia que fascinaba y perturbaba a Maximilian. Esa mujer, una enfermera de turno que probablemente vivía en un apartamento modesto y tomaba el transporte público para llegar al hospital, estaba articulando en voz alta la ruina o el triunfo de imperios multimillonarios. Y lo hacía sin que su voz temblara ante las cifras astronómicas, cifras con más ceros de los que ella vería en toda su vida.
-Tienes buena dicción -soltó él de repente, interrumpiéndola a mitad de un sombrío análisis de riesgo.
No era un hombre dado a los cumplidos gratuitos, y las palabras se sintieron extrañas, casi ajenas, al abandonar su lengua.
El sonido del papel crujió de nuevo, señal de que ella había bajado el documento sobre su regazo.
-Gracias, señor Roth. Mi madre era profesora de literatura. Supongo que la exigencia por la pronunciación correcta se me quedó grabada desde niña.
-No suenas como una enfermera asustada tratando de aplacar a un paciente difícil. Suenas como si estuvieras presidiendo una junta directiva. ¿Por qué no estás temblando, Sara? Todos los demás lo hacen.
Hubo un silencio. Maximilian agudizó el oído, intentando descifrar el ritmo de la respiración de ella para adivinar su estado de ánimo. Quería ver su rostro. Deseaba fervientemente poder arrancar las gasas de sus ojos y ver qué expresión acompañaba a esa inquebrantable serenidad.
-Tal vez porque, a diferencia de los hombres de traje gris que vienen a visitarlo sudando frío, mi salario no depende de su estado de humor, señor Roth. Mi trabajo es cuidar su cuerpo, que se recupere del trauma, no proteger su ego ni su billetera. Y francamente, los números en estos papeles no me asustan.
-¿Ah, no? ¿Y qué asusta a una mujer tan imperturbable?
-La muerte, la enfermedad incurable, el sufrimiento de una madre que no puede pagar un tratamiento para salvar a quien ama... esas son cosas realmente aterradoras. Que sus acciones bajen un punto porcentual es solo un mal día en la oficina.
La franqueza brutal de su respuesta lo golpeó como un impacto físico. Nadie le hablaba de esa manera. Absolutamente nadie reducía sus inmensas crisis corporativas a "un mal día". La respuesta lógica y esperada en él habría sido estallar en ira, exigir que la despidieran por insubordinación. En su lugar, una carcajada ronca, oxidada por la falta de uso en los últimos días, escapó del pecho de Maximilian.
-Eres insolente, Sara. Profundamente insolente.
-Soy realista, señor Roth.
Pudo jurar que escuchó una leve, levísima sonrisa en su voz. Una sonrisa que no estaba destinada a adularlo, sino que era genuina.
La atmósfera en la habitación cambió de forma imperceptible. La tensión férrea que tensaba constantemente los hombros de Maximilian comenzó a ceder. En ese mundo de tinieblas donde cada paso era una amenaza y cada sombra un enemigo potencial, Sara se había convertido en su refugio seguro. Su ancla.
Empezó a anticipar sus turnos con una ansiedad impropia de él. Aprendió a reconocer su presencia en la habitación incluso antes de que ella articulara una palabra, guiado por ese rastro invisible y embriagador que dejaba a su paso al caminar.
Las gardenias.
Un aroma floral, profundamente fresco pero con una nota oculta de calidez, como si los blancos pétalos hubieran sido bañados por el sol de la tarde y luego machacados suavemente. No era uno de esos perfumes caros y agresivos de diseñador que usaban las supermodelos frívolas con las que solía salir; era algo mucho más íntimo. Más terrenal. Más real.
Cada vez que ella se acercaba para tomarle la presión arterial, ajustar los monitores o revisar las vías de sus brazos, el aroma lo envolvía por completo, domando a la fiera rabiosa y asustada que vivía en su pecho desde el accidente del yate. En la ceguera, los sentidos restantes buscan desesperadamente compensar la pérdida, y Maximilian sentía que estaba devorando la esencia de esa mujer en cada respiración profunda que daba a escondidas.
Quería preguntarle por qué olía así. Quería saber si la piel de su cuello tenía el mismo sabor fresco y dulce que su aroma prometía. El pensamiento, oscuro, intrusivo e inmensamente inapropiado para la situación, lo tomó por sorpresa, haciendo que la sangre bombeara más rápido por sus venas.
-Su ritmo cardíaco se ha elevado de repente, señor Roth -observó Sara. Escuchó el ligero pitido rítmico del monitor a su lado confirmando sus palabras-. ¿Siente dolor agudo en las heridas?
-No -mintió él, sintiendo un calor traicionero subiendo por su cuello, oculto bajo el pijama de seda-. Solo... tengo la garganta seca. Todo este aburrido papeleo corporativo me ha deshidratado.
-Le serviré agua.
Escuchó sus pasos alejándose del centro de la habitación y acercándose a la mesita de noche. El sonido cristalino del agua fresca vertiéndose en un vaso de plástico rompió el silencio.
-Aquí tiene -dijo ella, su voz proviniendo ahora desde su lado derecho, mucho más cerca.
Maximilian levantó la mano grande y masculina, tanteando el aire oscuro frente a él con una torpeza que le avergonzaba profundamente. Estaba acostumbrado a que el resto del personal médico le dejara las cosas en la mesa de noche por miedo a acercarse demasiado a su espacio personal y desencadenar su ira, pero Sara no lo hizo. Ella simplemente acercó el vaso hacia él, esperando a que lo tomara.
Sus dedos extendidos, buscando el plástico frío, calcularon mal la distancia. No encontraron el vaso de agua.
En su lugar, la yema de sus dedos rozó algo inmensamente suave, cálido y vivo.
La mano de Sara.
El contacto fue ínfimo, un accidente minúsculo de milímetros. Apenas una caricia involuntaria en el dorso de su mano mientras ambos buscaban en el aire la posición correcta para transferir el vaso. Pero para Maximilian Roth, que llevaba días confinado en una burbuja de aislamiento táctil, doloroso y emocional, aquel mínimo roce fue como recibir el impacto directo de un relámpago.
Se quedó rígidamente paralizado, con la respiración súbitamente atrapada en la garganta.
Sus dedos reaccionaron instintivamente, pero no retrayéndose con sorpresa. En un acto reflejo impulsado por una necesidad que no comprendía, sus dedos se flexionaron levemente hacia abajo, envolviendo la mano de ella, como si quisieran atrapar esa calidez vital antes de que se desvaneciera en la nada. Por un segundo eterno, la áspera yema de su pulgar acarició la delicada textura de la piel de Sara, comprobando que era tan perfecta y suave como su mente en las sombras había imaginado.
Sara tampoco apartó la mano de inmediato.
El silencio en la habitación VIP se volvió denso. Pesado. Repentinamente cargado de una tensión eléctrica, palpable y caliente que no tenía absolutamente nada que ver con acciones, fusiones o informes financieros. El aroma a gardenias pareció intensificarse de golpe, cerrándose alrededor de él, llenando sus pulmones hasta casi embriagarlo.
-Señor Roth... -murmuró ella.
Su voz, que siempre había sido el epítome de la firmeza inquebrantable, esta vez tenía una ligerísima vibración. Un quiebre rasposo, casi imperceptible, que delató ante el agudo oído del CEO que aquel breve contacto en la oscuridad también la había afectado a ella.
Maximilian sintió el contorno firme del vaso de plástico empujando suavemente contra su palma, guiado por la mano de ella, que finalmente se zafó de su agarre de forma renuente. Sus dedos largos se cerraron alrededor del recipiente, pero la profunda huella de calor de la piel de Sara se quedó grabada a fuego en la suya.
-Gracias, Sara -su voz sonó áspera, oscura, una octava mucho más baja de lo normal.
Escuchó cómo ella daba un paso hacia atrás de inmediato, el roce rápido de su uniforme delatando una retirada apresurada.
-Debo... debo ir a revisar los monitores de otros pacientes en el piso. El turno casi termina. Volveré más tarde con la medicación nocturna para el dolor.
Los pasos de goma se alejaron hacia la puerta, esta vez desprovistos de su cadencia pausada habitual, revelando una urgencia nerviosa que jamás había estado allí antes. La pesada puerta se abrió y se cerró con un clic definitivo.
Maximilian se quedó en soledad, sentado en el sillón de cuero, sosteniendo el vaso de agua intacto. Llevó la mano derecha, la misma que ella había tocado apenas unos segundos atrás, cerca de su rostro vendado. El fantasma del perfume de gardenias aún flotaba en el aire a su alrededor.
En la más profunda de sus oscuridades, el despiadado y solitario CEO acababa de darse cuenta de un hecho aterrador que haría temblar los cimientos de su ordenado mundo. No estaba simplemente dependiendo de su enfermera para sobrevivir a la pesadilla de la ceguera.
Se estaba volviendo adicto a ella.
El cielo sobre la ciudad se rompió con una furia implacable.
Desde hacía horas, la lluvia azotaba los gruesos cristales de la ventana panorámica de la habitación VIP como si buscara entrar a la fuerza. Un trueno ensordecedor hizo vibrar el suelo bajo los pies de Maximilian. Para un hombre que había perdido la vista, una tormenta no era un espectáculo de la naturaleza; era un asalto directo a sus oídos y a sus nervios ya destrozados.
Cada trueno era una explosión que lo devolvía al yate. Al calor abrasador. Al momento exacto en que su mundo se había apagado.
Sentado al borde de la cama, con los puños apretados sobre las rodillas y los nudillos blancos por la tensión, Maximilian respiraba de forma errática. Las luces de la habitación debían estar encendidas -el hospital contaba con generadores infalibles-, pero en su mente, la oscuridad se sentía más densa, casi asfixiante, presionando contra las gruesas gasas que cubrían sus ojos.
Otro trueno estalló, tan cercano que pareció detonar dentro de la habitación. Maximilian soltó un gruñido ronco, llevándose las manos a las sienes, sintiendo un pinchazo de dolor agudo detrás de las órbitas oculares.
-Señor Roth.
La voz cortó el estruendo de la tormenta como una cuchilla de seda. Suave. Firme. Real.
Maximilian levantó la cabeza de golpe. No la había escuchado entrar. El sonido de la lluvia había ahogado sus pasos, pero ahora que estaba allí, el inconfundible y fresco aroma a gardenias comenzó a desplazar el olor esterilizado de la habitación.
-Deberías estar en tu casa, Sara -dijo él, intentando en vano que su voz sonara con la autoridad habitual. Salió rasposa, delatando el temblor que intentaba reprimir-. El turno de noche terminó hace dos horas.
-Las calles están inundadas. El transporte público está suspendido hasta que pase la alerta roja -respondió ella, acercándose. El roce de su uniforme era un susurro constante que le indicaba su posición exacta-. Además, su ritmo cardíaco en el monitor de control de enfermería estaba por las nubes. Supuse que la tormenta no le estaba haciendo bien.
-No necesito que me vigiles fuera de tu horario. No soy un niño asustado por los truenos -espetó él, a la defensiva, girando el rostro vendado hacia la dirección opuesta.
-Nadie dijo que lo fuera.
Sara no retrocedió. Se detuvo a escasos centímetros de él. Maximilian podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, una presencia reconfortante que contrastaba con el frío gélido del aire acondicionado y la tormenta exterior.
-¿Siente dolor en los ojos? -preguntó ella, con ese tono profesional que a veces lo volvía loco porque le recordaba la barrera entre ellos.
-No es dolor -confesó él, la coraza de arrogancia agrietándose finalmente ante el peso del agotamiento-. Es... es la nada, Sara. Es estar atrapado en esta caja negra sin saber si alguna vez habrá una puerta de salida.
El silencio que siguió solo fue roto por el repiqueteo de la lluvia. Maximilian tragó saliva, odiándose por la vulnerabilidad que acababa de mostrar. Él, el depredador de Wall Street, el hombre de hielo, confesándole sus terrores a una enfermera.
Pero ya no podía detenerse. La presa se había roto.
-Los médicos hablan con términos rebuscados -continuó, su voz bajando a un susurro tenso y desesperado-. Hablan de inflamación corneal, de nervios ópticos comprometidos, de probabilidades. Pero nadie me asegura nada. Nadie me mira a la cara... o a estas malditas vendas... y me jura que volveré a ver. ¿Qué pasa si esto es todo? ¿Qué pasa si este es el resto de mi vida? Un ciego inútil, rodeado de buitres que solo esperan que me tropiece para arrebatarme todo lo que construí.
Sintió un movimiento a su lado. El colchón se hundió ligeramente. Sara se había sentado junto a él.
El atrevimiento de la acción lo dejó mudo. El espacio personal de Maximilian Roth era sagrado, infranqueable. Pero en ese instante, agradeció infinitamente que ella hubiera cruzado la línea.
-Usted no es inútil, Maximilian.
Fue la primera vez que no lo llamó "señor Roth". El sonido de su nombre, pronunciado con esa cadencia aterciopelada y grave, le envió un escalofrío eléctrico por la espina dorsal.
-Construyó un imperio de la nada -continuó ella, y por primera vez, él notó que la voz de Sara también temblaba un poco, traicionando la emoción contenida-. Su mente es brillante, su voluntad es de hierro. La visión es solo uno de sus sentidos. Si la pierde, lo cual aún no es un hecho, el mundo seguirá temblando cuando usted hable. No deje que la oscuridad gane antes de que se libre la batalla.
Lentamente, como si temiera asustarlo, Sara posó su mano sobre la de él, que seguía tensa sobre su rodilla. El tacto de su piel contra los nudillos rígidos de Maximilian fue como agua fría sobre una quemadura.
Esta vez, él no se quedó paralizado. Con un movimiento ágil y desesperado, giró su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, aferrándose como un náufrago a un trozo de madera en medio del océano.
-Háblame -suplicó él, la respiración agitada-. Sigue hablando. Tu voz es lo único que tiene sentido en este maldito lugar. Lo único que me ancla.
Sara dejó escapar un suspiro tembloroso, y Maximilian supo, por la cercanía del sonido, que había girado el rostro hacia él.
-Estoy aquí -susurró ella.
Guiado por un instinto primario, una necesidad abrasadora de conocer a la mujer que lo estaba salvando de la locura, Maximilian soltó su mano y levantó ambas hacia el rostro de Sara.
Ella contuvo el aliento, pero no se apartó.
Las yemas de los dedos de Maximilian, ásperas y grandes, encontraron primero la línea de su mandíbula. Trazaron el contorno con una suavidad reverencial que él no sabía que poseía. Sintió la piel tersa, el pulso desbocado latiendo salvajemente en su cuello. Subió por sus mejillas, memorizando la curva de sus pómulos, rozando delicadamente la línea de sus cejas.
Era pequeña en comparación con él, pero irradiaba una fuerza colosal.
Cuando sus pulgares delinearon la forma de sus labios, suaves, cálidos y ligeramente entreabiertos por la anticipación, el control de Maximilian se hizo añicos por completo.
El aroma a gardenias lo embriagó, mezclándose con la electricidad de la tormenta y el olor a piel limpia. Se inclinó hacia adelante, guiado por la respiración entrecortada de ella, hasta que no hubo más espacio entre los dos.
Sus labios se encontraron.
No fue un roce tímido. Fue un choque. Un beso cargado de toda la frustración, el miedo y la pasión cruda que se había estado acumulando en esa habitación durante días. Maximilian la besó con una urgencia posesiva, reclamando su boca como un hombre sediento que finalmente encuentra agua. Sus manos bajaron de su rostro para enredarse en su cabello, atrayéndola más hacia él, buscando absorber su luz para combatir su propia sombra.
Para su total asombro y perdición, Sara no se resistió. Después de un segundo de rígida sorpresa, ella se rindió al beso, soltando un leve gemido que lo volvió loco. Sus manos, pequeñas y firmes, se aferraron a los hombros de él, respondiendo con la misma desesperación pura y sin filtros.
El mundo exterior, la junta directiva, la tormenta, el hospital y las gasas que lo cegaban... todo desapareció. Solo existía el sabor de ella, la calidez de su cuerpo contra el suyo y el latido frenético de dos corazones que estaban a punto de cometer el error más hermoso y trágico de sus vidas.
Cuando la falta de aire los obligó a separarse, ambos tenían la respiración agitada. Maximilian mantuvo sus frentes unidas, sintiendo el rápido latir del corazón de ella contra su pecho. No quería soltarla. Si la soltaba, temía despertar y descubrir que ella era solo un espejismo creado por su mente rota.
-Sara... -murmuró él, rozando con sus labios la comisura de la boca de ella.
-Esto... esto no está bien, Maximilian -susurró ella, su voz temblando por primera vez por algo que no era compasión, sino deseo puro y miedo a las consecuencias. Intentó apartarse ligeramente, recordando el abismo social y ético que los separaba.
Pero él la sujetó por la cintura, manteniéndola cerca.
-No me importa lo que esté bien o mal -sentenció él, con una ferocidad ronca-. He estado muerto durante una semana, y tú eres la única que me hace sentir vivo. No me dejes en esta oscuridad.
Levantó una mano para acariciar la mejilla de Sara una vez más, como un ciego leyendo el braille del universo en su rostro.
-Escúchame bien, Sara -continuó, su tono adquiriendo la solemnidad de un juramento inquebrantable-. No sé de qué color son tus ojos, ni si tu cabello es claro u oscuro. Pero juro por mi vida que, cuando me quiten estas vendas, cuando esta pesadilla termine... tu rostro será lo primero que quiera mirar. Lo único que me importe ver.
En el silencio que siguió a su juramento, iluminado momentáneamente por el relámpago de un trueno lejano, Sara cerró los ojos y dejó caer una sola lágrima silenciosa.
Sabía que él era Maximilian Roth, el príncipe de un imperio de cristal. Y ella era solo la plebeya que lo había encontrado en las sombras. En ese momento de perfección, mientras él le juraba devoción en la penumbra, Sara supo que le acababa de entregar su corazón a un hombre cuyo mundo, cuando finalmente pudiera verlo, jamás tendría lugar para ella.