El aire en el piso cincuenta de la Torre Volkov estaba tan frío que Emma sentía que sus pulmones se cristalizaban. Se ajustó la chaqueta del traje que había comprado en una tienda de segunda mano, tratando de ignorar que los puños estaban un poco desgastados. No importaba. Nadie miraría sus muñecas cuando su currículum era impecable. Necesitaba este trabajo. El alquiler del pequeño apartamento en la periferia no se pagaría solo, y los pañales de Liam eran cada vez más caros.
-¿La señora Thorne? -preguntó una secretaria que parecía más una modelo de pasarela que una administrativa.
-Señorita -corrigió Emma con una sonrisa nerviosa-. Sí, soy yo.
-El señor Volkov la recibirá ahora. Sea breve. No le gusta perder el tiempo.
Emma asintió, tragando saliva. Había investigado sobre la Editorial Volkov. Sabía que el nuevo dueño era un tiburón financiero que estaba rescatando empresas al borde de la quiebra para absorber sus activos. Lo que nadie mencionaba en los artículos de prensa era por qué todos sus empleados parecían estar en un estado de alerta constante, como si esperaran un terremoto en cualquier momento.
Caminó hacia las puertas dobles de madera de nogal. Al empujarlas, un aroma la golpeó de frente. Sándalo, lluvia y algo más... algo salvaje que le erizó el vello de la nuca.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un recuerdo, enterrado bajo capas de fatiga maternal y noches sin dormir, emergió con la fuerza de un rayo. Esa fragancia. La misma que se había quedado pegada a sus sábanas hace un año, después de la noche más imprudente y eléctrica de su vida.
-Tome asiento -dijo una voz profunda, vibrante, que pareció resonar en los huesos de Emma.
Dante Volkov estaba de espaldas, mirando a través del ventanal que dominaba toda la ciudad. Su silueta era imponente: hombros anchos que tensaban la tela de un traje hecho a medida, una postura de poder absoluto.
-Gracias, señor Volkov -respondió ella, intentando que su voz no temblara.
Dante se tensó. Sus hombros se crisparon y, por un segundo, Emma juró que escuchó un gruñido sordo, un sonido que ningún humano debería ser capaz de producir. Él se giró lentamente.
El mundo de Emma se detuvo.
Eran esos ojos. Un gris tormentoso, casi plateado, rodeados por pestañas densas. La mandíbula cuadrada, la nariz recta, la boca que recordaba haber besado con una urgencia desesperada en un callejón oscuro a la salida de una gala de caridad. El hombre que la había dejado antes de que el sol tocara el horizonte.
Dante no dijo nada. Se quedó petrificado, sus fosas nasales dilatándose mientras inhalaba el aire de la habitación. Para él, el tiempo se había fragmentado. Durante trescientos sesenta y cinco días, su lobo había aullado por la hembra que desapareció sin dejar rastro. La había buscado, pero el rastro se había perdido bajo la lluvia de aquella noche.
Y ahora, ella estaba aquí. Sentada en su oficina.
Pero había algo diferente. Dante dio un paso hacia adelante, rodeando el escritorio con la gracia depredadora de un cazador. El aire entre ellos comenzó a cargarse de electricidad estática.
-Emma -susurró él. Su nombre sonó como una sentencia de muerte y una promesa al mismo tiempo.
-Usted... usted se fue -logró decir ella, poniéndose de pie instintivamente, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada.
Dante no escuchaba sus palabras. Su instinto estaba en sobremarcha. El lobo dentro de él, una bestia de pelaje negro y ojos de fuego, estaba arañando su conciencia. Pero no era solo por ella. Había algo más en el aroma de Emma. Debajo de su perfume de vainilla y el olor a oficina, había una nota persistente, dulce y embriagadora.
El olor de un cachorro. Su cachorro.
Dante acortó la distancia en un parpadeo, atrapando a Emma entre la puerta y su cuerpo. Apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, inclinándose hasta que sus narices casi se rozaron.
-Mía -gruñó el lobo, la voz de Dante distorsionada por la naturaleza de su especie.
-No soy de nadie -respondió Emma, recuperando un poco de su fuego-. Me dejó en esa habitación de hotel, Dante. No tiene derecho a reclamar nada ahora. Vine por una entrevista de trabajo, no por un reencuentro dramático.
Dante hundió el rostro en el hueco de su cuello, inhalando profundamente. Emma dejó escapar un jadeo que intentó disfrazar de indignación, pero su cuerpo la traicionaba, recordando perfectamente cómo se sentía el calor de ese hombre contra el suyo.
-Hueles a él -murmuró Dante, su voz ahora un ronroneo peligroso contra su piel-. Hueles a leche, a talco y a mi sangre.
Emma se quedó helada. El secreto que había guardado con tanto celo, el motivo por el que trabajaba tres empleos y dormía cuatro horas, estaba siendo desnudado en segundos.
-No sé de qué habla -mintió ella, aunque su corazón latía tan fuerte que Dante podía escucharlo como un tambor de guerra.
Dante se alejó lo justo para mirarla a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, casi cubriendo el gris de sus iris.
-No me mientas, Emma. Puedo oír tu corazón. Puedo oler el vínculo. Tuviste un hijo. Mi hijo.
-Es mi hijo -siseó ella-. Mío. Tú desapareciste. No estuviste en las ecografías, no estuviste cuando nació, no estuviste cuando tuvo fiebre por primera vez. No eres nada para él.
Dante golpeó la puerta con el puño, no con fuerza suficiente para romperla, pero sí para hacer que Emma saltara. Su rostro estaba transformado por una posesividad primitiva.
-Soy su padre. Soy el Alfa de esta ciudad. Y nadie, ni siquiera tú, mantiene a un cachorro Volkov lejos de su jauría.
Emma intentó empujarlo, pero era como tratar de mover una montaña de granito.
-¿Qué vas a hacer? ¿Vas a usar tu dinero para quitármelo? -preguntó ella, las lágrimas de rabia comenzando a nublar su vista-. Si intentas tocar a Liam, juro que...
-¿Liam? -el nombre del niño pareció suavizar la expresión de Dante por un microsegundo, antes de que volviera a endurecerse-. Liam no irá a ninguna parte sin ti. Pero no volverás a ese apartamento miserable, Emma. Ni volverás a buscar trabajo en otro lugar.
Dante se enderezó, recuperando su compostura de CEO, aunque sus ojos seguían brillando con una luz sobrenatural. Caminó hacia su escritorio y presionó el intercomunicador.
-Sloane, cancela todas mis reuniones de la tarde. Llama a seguridad. Quiero un equipo de mudanza en la dirección que aparece en el CV de la señorita Thorne en una hora.
Emma abrió mucho los ojos, horrorizada.
-¡No puedes hacer eso! Es ilegal, es un secuestro...
-Es protección familiar -la cortó él, rodeándola de nuevo para tomarla de la barbilla con firmeza pero sin lastimarla-. El mundo de los cambiaformas es peligroso, Emma. Ahora que sé que mi heredero está ahí fuera, mis enemigos también lo sabrán pronto. Vendrás a la mansión. Vivirás bajo mi techo. Comerás en mi mesa.
-¡Soy una empleada, no una prisionera!
Dante sonrió, una expresión depredadora que prometía noches sin dormir, pero no por el llanto de un bebé.
-Oh, serás mi asistente, Emma. Estarás a mi lado cada minuto del día. Pero por las noches... por las noches recordaremos por qué terminamos en esa cama hace un año. No te vas a escapar de nuevo. El lobo te ha encontrado, y el lobo tiene hambre.
Emma sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación oscura. Sabía que su vida, tal como la conocía, había terminado en el momento en que cruzó esa puerta. El bebé secreto ya no era un secreto, y el millonario que lo había engendrado no era un hombre común. Era un monstruo con traje de seda, y ella acababa de entrar voluntariamente en su guarida.
El trayecto hacia el apartamento de Emma fue un torbellino de metal, cuero y el silencio opresivo que solo un Alfa puede imponer. Dante conducía su SUV blindado con una precisión aterradora, mientras Emma, hundida en el asiento del copiloto, sentía que el mundo pasaba a toda velocidad por la ventanilla. No habían pasado ni dos horas desde que entró a la oficina buscando empleo, y ahora regresaba a casa escoltada por el hombre que había protagonizado sus pesadillas y fantasías más oscuras.
-No puedes simplemente irrumpir en mi vida y llevarnos -dijo Emma, rompiendo el silencio-. Liam tiene una rutina. Tiene una niñera, la señora Gable, que se asustará si ve a hombres de negro sacando cajas de mi casa.
Dante no apartó la vista de la carretera, pero sus nudillos se blanquearon sobre el volante.
-La señora Gable ya ha sido compensada por sus servicios y enviada a casa -respondió él con una frialdad que heló la sangre de Emma-. Mis hombres están asegurando el perímetro de tu edificio. No es seguro, Emma. Ni para ti, ni para mi hijo.
-¿Seguro? ¿De qué estás hablando? ¿De otros "lobos"? -La palabra se sintió extraña en su boca, casi ridícula, si no fuera por la intensidad sobrenatural que emanaba de él.
Dante frenó bruscamente frente al edificio de ladrillos vistos donde Emma vivía. Se giró hacia ella, y por un momento, sus ojos grises brillaron con ese fulgor plateado que delataba a la bestia.
-En nuestro mundo, un heredero sin protección es una invitación a la guerra. No permitiré que usen a Liam para llegar a mí. Bajemos.
El apartamento de Emma era pequeño pero acogedor, lleno de juguetes de colores primarios y el aroma persistente a lavanda y bebé. En medio del salón, sentado en un corralito, estaba Liam. Tenía apenas once meses, un cabello castaño revuelto y los ojos... Dios, los ojos eran idénticos a los de Dante.
Cuando entraron, el pequeño levantó la vista. En lugar de llorar ante la presencia del imponente extraño, Liam soltó una risita y extendió sus pequeños brazos.
Dante se quedó paralizado en el umbral. El CEO implacable, el Alfa que gobernaba con puño de hierro, pareció desmoronarse por un segundo. Sus fosas nasales vibraron. El instinto del lobo reconoció instantáneamente la sangre de su sangre. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una vibración sorda; era el ronroneo de reconocimiento de la bestia de Dante.
-Es... es igual a ti -susurró Emma, sintiendo una punzada de dolor al ver la conexión inmediata.
Dante se acercó al corralito con movimientos lentos, casi temerosos de romper la fragilidad del momento. Se arrodilló, su traje de tres mil dólares rozando el suelo desgastado. Liam agarró uno de los dedos de Dante con su pequeña mano. La diferencia de tamaño era ridícula, pero la fuerza del vínculo era absoluta.
-Pequeño Alfa -murmuró Dante, y su voz no era la del empresario, sino la de un padre que acababa de encontrar su tesoro más preciado.
-No lo asustes, Dante -advirtió Emma, aunque sabía que era inútil. Liam estaba fascinado con el hombre.
Dante se puso de pie, cargando a Liam con una naturalidad que Emma no esperaba. El bebé se apoyó contra el pecho del hombre, buscando el calor de su cuerpo, y Dante cerró los ojos, inhalando el aroma del niño como si fuera oxígeno puro.
-Emma, haz las maletas. Solo lo esencial. Lo demás será reemplazado hoy mismo.
-No soy una de tus empresas, Dante. No puedes "reemplazar" mi vida -replicó ella, cruzándose de brazos-. Si voy contigo, es bajo mis condiciones. Liam no será un secreto escondido en una jaula de oro. Y yo no seré tu juguete.
Dante la miró por encima de la cabeza del bebé. La mirada era posesiva, hambrienta.
-No eres un juguete, Emma. Eres mi Luna, aunque todavía seas demasiado terca para admitirlo. En cuanto a las condiciones... tendrás todo lo que desees, excepto la libertad de alejarte de mi lado.
La mudanza fue un caos organizado. En menos de cuarenta minutos, la vida de Emma estaba contenida en seis maletas de lujo que los hombres de Dante habían traído. Ella miraba su antiguo hogar con una mezcla de tristeza y alivio. Por un lado, Liam tendría todo lo que ella no podía darle; por otro, sentía que estaba entrando en una guarida de la que nunca saldría.
Llegaron a la mansión Volkov al atardecer. Era una propiedad imponente, una fortaleza de cristal, acero y piedra negra situada en una colina boscosa que dominaba el valle. Al cruzar las puertas de hierro, Emma sintió una vibración en el suelo, como si la misma tierra reconociera el regreso de su señor.
-Bienvenida a casa -dijo Dante mientras bajaban del coche.
La mansión estaba llena de gente, pero no eran empleados normales. Todos se movían con una agilidad felina y mantenían la cabeza baja cuando Dante pasaba. "La jauría", pensó Emma con un escalofrío.
Dante guio a Emma a través de un gran salón con techos de doble altura hasta una suite privada en el segundo piso. Era más grande que todo su antiguo apartamento. Había una guardería conectada, equipada con la última tecnología y juguetes de los que Emma solo había visto fotos.
-Esta es tu zona -dijo Dante, dejando a un Liam ya dormido en la cuna-. Mi habitación está justo al lado. Hay una puerta comunicante. Nunca está cerrada con llave.
Emma se acercó a él, desafiante.
-Dante, ¿qué esperas de esto? ¿Crees que por ponerme en una habitación bonita voy a olvidar que me dejaste sola?
Dante dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Emma sintió el calor que emanaba de su cuerpo. La tomó por la cintura, pegándola a él. El deseo, antiguo y feroz, saltó entre ellos como una chispa en pólvora.
-Espero que entiendas que no soy el hombre que conociste hace un año -susurró él contra su oído-. Esa noche, mi lobo perdió el control por primera vez porque sintió que eras mi compañera y no supo cómo manejarlo. Me alejé para protegerte de mi propia oscuridad. Pero ahora que sé lo que creamos juntos... -Deslizó una mano por su espalda, provocando que ella se estremeciera-. Ahora no hay lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí.
-Te odio -mintió ella, aunque su respiración se volvía errática.
-Tu corazón dice lo contrario, Emma. Late tan rápido que parece que quiere saltar de tu pecho hacia el mío.
Dante se inclinó, rozando sus labios con los de ella, una tortura lenta que hizo que las piernas de Emma flaquearan. Pero justo cuando ella iba a ceder, él se apartó, dejando una estela de frío.
-Cena a las ocho. Vístete con lo que dejé en el armario. Es una cena oficial de la jauría. Necesitan saber quién es la madre del heredero.
-¿Y si no quiero ir?
Dante la miró desde la puerta, su figura recortada por la luz del pasillo.
-No fue una invitación, Emma. Eres parte de la familia Volkov ahora. Y los Volkov siempre dan la cara.
Cuando la puerta se cerró, Emma se dejó caer sobre la cama de seda. Miró hacia la guardería donde Liam dormía profundamente, ajeno a que su padre era un monstruo millonario. Sabía que estaba atrapada, pero mientras miraba el vestido de noche negro que descansaba sobre el diván, una parte de ella -una parte salvaje que Liam parecía haber heredado- comenzó a despertar.
Si Dante quería una compañera Alfa, eso es exactamente lo que le daría. Pero él no tenía idea de que una madre protegiendo a su cachorro podía ser mucho más peligrosa que cualquier lobo.
El vestido que Dante había dejado sobre la cama era una armadura de seda negra. Tenía un escote profundo en la espalda y una abertura lateral que llegaba hasta la mitad del muslo, diseñado no solo para resaltar las curvas de Emma, sino para anunciar su presencia. Mientras se miraba al espejo, Emma apenas se reconocía. La madre cansada que vestía leggings y camisetas manchadas de puré había desaparecido, dando paso a una mujer que parecía pertenecer a ese mundo de opulencia y sombras.
Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. Dante entró sin esperar invitación. Se había cambiado el traje de oficina por uno de etiqueta, negro sobre negro, que lo hacía parecer una extensión de las sombras de la habitación. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Emma con una lentitud que la hizo arder.
-Estás perfecta -dijo él, su voz era un rugido contenido-. Pero te falta algo.
Dante se acercó y, de su bolsillo, sacó un collar de diamantes negros con un rubí central que parecía una gota de sangre fresca. Se colocó detrás de ella. Emma sintió sus dedos fríos rozar la piel de su nuca mientras abrochaba la joya. El contraste entre su toque gélido y el calor que irradiaba su cuerpo la hizo estremecer.
-Es una marca, ¿verdad? -susurró Emma, mirando el reflejo de ambos en el espejo-. Como un collar de perro.
Dante hundió la nariz en su cabello, inhalando su aroma antes de responder.
-Es una advertencia. Significa que cualquiera que te mire debe saber que hay un lobo dispuesto a arrancarles la garganta si se acercan demasiado.
-Qué romántico -ironizó ella, aunque su corazón latía con una fuerza traicionera.
-Bajemos. La jauría no es conocida por su paciencia.
El comedor principal de la mansión Volkov era una estancia medieval modernizada, con una mesa de roble macizo capaz de sentar a treinta personas. El aire estaba viciado, cargado de una mezcla de feromonas y tensión. Cuando Dante y Emma entraron, el silencio cayó como una guillotina.
Había unas veinte personas sentadas a la mesa. Hombres y mujeres de aspecto atlético, con miradas demasiado intensas y posturas que recordaban a resortes tensos. En la cabecera opuesta a la de Dante, un hombre mayor con cicatrices en el cuello y ojos amarillentos los observaba con abierto desprecio.
Dante guio a Emma hasta el asiento a su derecha. Él no se sentó de inmediato; permaneció de pie, con una mano apoyada firmemente en el hombro de Emma, reclamando su territorio.
-Para aquellos que aún no han recibido el informe de mis centinelas -la voz de Dante se proyectó por toda la sala con una autoridad absoluta-, les presento a Emma Thorne. Mi compañera. Y la madre de mi heredero.
Un murmullo estalló en la mesa. El hombre de las cicatrices, a quien Dante presentó más tarde como Viktor, el ejecutor de la jauría, golpeó la mesa con el puño.
-¿Una humana, Dante? -escupió Viktor-. ¿Has traído a una humana y a un bastardo a este consejo mientras los clanes del norte nos pisan los talones? Un niño sin sangre pura es una debilidad, no un heredero.
El agarre de Dante en el hombro de Emma se apretó, pero fue ella quien reaccionó primero. Emma se puso de pie, ignorando el tirón instintivo de Dante para que se sentara. Se apoyó en la mesa, mirando directamente a Viktor.
-Mi hijo no es una debilidad -dijo Emma, su voz clara y firme-. Es un Volkov. Y si tiene la mitad de la tenacidad que he tenido yo para criarlo sola mientras ustedes se escondían en esta mansión, les aseguro que será más Alfa de lo que cualquiera de ustedes aspira a ser.
Un silencio sepulcral siguió a sus palabras. Algunos de los lobos jóvenes soltaron risitas de asombro; otros, como Viktor, hervían de rabia. Dante, por su parte, sentía una oleada de orgullo salvaje. Su lobo interno aullaba de placer al ver a su hembra desafiar al ejecutor.
-Suficiente -sentenció Dante, sentándose finalmente-. La cena ha comenzado. Coman.
Durante la primera media hora, Emma se sintió como una gacela cenando con leones. Las preguntas eran sutiles pero afiladas. Querían saber de dónde venía, qué sabía de su mundo, cuánto dinero quería para desaparecer. Emma respondió a cada una con una agudeza que los dejaba descolocados.
-Dime, Emma -intervino una mujer rubia y elegante llamada Sasha, que no había dejado de lanzar miradas de deseo a Dante-, ¿cómo planeas proteger al niño cuando los Cazadores huelan su rastro? No tienes garras, ni velocidad. Solo eres... piel y huesos.
-Tengo algo que ustedes parecen haber olvidado -respondió Emma, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica-: inteligencia. Liam no necesita que yo muerda por él; tiene a su padre para eso. Yo estoy aquí para asegurarme de que crezca con la mente necesaria para gobernar a animales como ustedes.
Sasha apretó los dientes, pero Dante soltó una carcajada genuina, la primera que Emma le escuchaba en un año.
Sin embargo, la paz duró poco. A mitad del segundo plato, las luces de la mansión parpadearon. Los lobos en la mesa se tensaron al unísono, sus orejas moviéndose hacia las ventanas. Dante se puso de pie de un salto, sus ojos volviéndose completamente plateados.
-Seguridad -rugió Dante.
Un estallido rompió los cristales del gran ventanal. Tres figuras vestidas de negro, moviéndose con una velocidad inhumana, irrumpieron en el salón. No eran lobos. Sus movimientos eran más erráticos, más brutales.
-¡Liam! -gritó Emma, intentando correr hacia las escaleras.
Dante la atrapó por la cintura y la lanzó detrás de él justo cuando uno de los atacantes saltaba sobre la mesa, derribando platos y copas.
-¡Viktor, encárgate de ellos! ¡Sasha, protege las escaleras! -ordenó Dante mientras su cuerpo empezaba a transformarse. Sus músculos se dilataron, rasgando la tela de su chaqueta. Sus uñas se convirtieron en garras y sus caninos se alargaron en colmillos letales.
La cena se convirtió en un campo de batalla. Emma veía con horror cómo Dante se movía como una sombra mortal, desgarrando a los intrusos con una ferocidad que la dejó sin aliento. No era una pelea; era una masacre.
En medio del caos, Emma vio que uno de los atacantes lograba esquivar a Sasha y se dirigía hacia el piso de arriba, hacia la habitación de Liam.
-¡Dante, arriba! -gritó ella.
Dante estaba ocupado con dos atacantes a la vez. Emma no esperó. Agarró un cuchillo de carne de la mesa y corrió hacia las escaleras traseras. Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a estallar, pero el miedo por su hijo era mayor que el miedo por su vida.
Llegó a la guardería justo cuando la puerta se abría de una patada. El atacante, un hombre con ojos inyectados en sangre que olía a podrido, se acercaba a la cuna de Liam. El bebé empezaba a llorar, asustado por el estruendo.
-¡Aléjate de él! -chilló Emma, lanzándose sobre la espalda del intruso.
Le clavó el cuchillo en el hombro, pero el hombre apenas pareció sentirlo. Se la sacudió como si fuera una muñeca, lanzándola contra la pared. Emma cayó pesadamente, el mundo dando vueltas. El atacante volvió su atención a la cuna, levantando una mano con garras.
-No... -susurró Emma, intentando levantarse.
De repente, una sombra negra y masiva entró volando por la puerta. Era un lobo de proporciones monstruosas, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber la luz. Era Dante en su forma completa. El lobo saltó sobre el atacante antes de que este pudiera tocar al bebé, cerrando sus mandíbulas alrededor del cuello del intruso. El sonido de huesos rompiéndose llenó la habitación.
El silencio volvió, interrumpido solo por el llanto de Liam.
El enorme lobo se quedó sobre el cadáver del atacante, respirando con dificultad, su pelaje manchado de sangre enemiga. Lentamente, giró su cabeza hacia Emma. Sus ojos plateados estaban llenos de una sed de sangre salvaje, pero cuando se posaron en ella, la ferocidad se transformó en algo parecido a la angustia.
Dante se acercó a ella, todavía en forma de lobo. Emma se encogió un poco, pero no se alejó. El lobo apoyó su enorme cabeza en el regazo de ella, emitiendo un gimoteo bajo.
-Estás bien... estamos bien -murmuró Emma, pasando sus manos temblorosas por el pelaje empapado de Dante-. Liam está bien.
En ese momento, Emma comprendió la verdad. Dante no la había llevado allí solo por posesión. La había llevado allí porque el mundo en el que vivía era un infierno, y ella era la única luz que su lobo podía seguir. Pero también comprendió algo más aterrador: ahora ella también era parte de esa guerra.